jueves, 12 de junio de 2008

Oda a la naranja (Y)

A toda la gente de la Secona, la única naranja campeona.
¿Por qué Holanda nunca ha sido campeón del mundo? Las últimas cuatro décadas nos presentan equipazos vestidos bajo el apelativo de “la naranja mecánica” que por una u otra razón, no quedarán jamás en las frías estadísticas que sólo recuerdan a los ganadores. Repasemos: en los setentas apareció el mito. Johan Cruyff fue el abanderado de un demoledor equipo que con una táctica moderna revolucionó el fútbol. Su juego fue catalogado como “el fútbol total”, pero fueron sub campeones en el 74 y en el 78, siempre superados por el país anfitrión, Alemania y Argentina, respectivamente. Los ochentas nos regalaron a “los tres mosqueteros de Milán”, que a nivel de clubes dejaron migajas al resto con el A.C. Milan italiano, pero que con su selección fracasaron en los mundiales. Ruud Gullit, Frank Rijkard y el mortal Marco Van Basten se sumaron a la potencia de Ronald Koeman para formar un equipo que consiguió el único laurel de los “tulipanes”, la Eurocopa del 88. Hubo un recambio generacional en los noventas con la llegada de Dennis Bergkamp y el nacimiento de una generación prodigiosa que con el Ajax de Ámsterdam, de la mano de Louis Van Gaal, fueron dioses en Europa (siempre a nivel de clubes). De ahí podemos nombrar apellidos ilustres como Seedorf, Davids, los hermanos De Boer, Van Der Sar, Overmars, Kluivert; y otros ajenos a la camada del Ajax como Stam, Van Bronchors, Cocu o Makaay. Ellos, siempre candidatos al título, se quedaron en cuartos en el 94 y en semifinales en el 98 (en ambas jornadas fueron eliminados por Brasil). La década actual tuvo en Ruud Van Nistelrooy la mejor aparición, y complementado con la madurez de los hombres de los noventas, dieron a luz a una selección que ilusionó a todos. El resultado fue una eliminación en semifinales en la Eurocopa que ellos mismos organizaron en el 2000, la ausencia impensada en el Mundial 2002, y el fracaso en octavos de final del último Mundial a manos de Portugal.
Alguna vez le escuché contar una anécdota a un periodista argentino en relación a lo expuesto. Él le pidió a un colega holandés que le explique la razón de la ausencia de títulos en los escudos de su camiseta. El europeo le respondió, sin mofa, “es que para nosotros los caños (huachas o túneles en “argentino”) nos sirven para los canales de agua”. Clarito. Ellos ven el fútbol desde otra perspectiva. Ajenísima a la de estos lares sudamericanos, tan pasionales, y también distinta a la de los países “fuertes” en Europa, como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra o España, donde lo que importa es ganar, sea como sea. Los holandeses ven en el fútbol una diversión. Un hooby. Quizás por ello su eterno buen trato del balón, y la bendita regla de prevalecer el toque y la técnica ante el pelotazo y las patadas amedrentadoras. En Holanda se respiran aires relajados y todo es permitido, el peace and love es patrimonio cultural. Y así avanzan en la competencia por el desarrollo, y a veces pareciera que perder una final en el fútbol no les hace daño.
La presente Eurocopa (donde al parecer se han acabado las sorpresas) me deja, una vez más, el buen juego de los holandeses. Superaron con facilidad a la Italia campeona del mundo por tres a cero. Una Italia que fue la extraña imprecisión de Pirlo, la lentitud de Panucci, la inoperancia de Toni y la maldita opción de todos los entrenadores de la “Azurra” de dejar en el banco a Del Piero. Holanda, con un Van Nistelrooy aún mortal pese a que ha perdido velocidad, con un Gio Van Bronchorts que debe haber jugado su mejor partido en competencias europeas, con un Rafa Van Der Vaart notable y un Sneijder oportuno, dio el cachetazo a los “tanos”, y les complicó su clasificación en el “grupo de la muerte”.
Holanda, dirigido por Marco Van Basten, aquel número nueve cuya lesión a la rodilla nos privó de observarlo más tiempo, tiene en Van Der Sar al mejor arquero del mundo actualmente. Con la inyección que significa haber ganado la Champions por segunda vez en su carrera, y trece años después de la primera, nos presenta un arquero maduro y conocedor del juego. En la defensa tiene cuatro robots, Boulharouz, Ooiger, Mathijsen y Gio. Ellos van a cumplir a la perfección la tarea siempre. Sin complicarse. En el medio ha sorprendido con Engelaar, una especie de Patrick Vieira (aunque menos técnico) que se come la cancha al lado de De Jong, el compañero de Paolo Guerrero en el Hamburgo. Después deja cuatro para la improvisación. Van der Vaart es el nexo entre Sneijder, Kuyt y Van Nistelrooy. Cualquiera puede anotar en el momento menos pensado.
A excepción de Portugal, que avanza a paso firme, y España que superó con facilidad a Rusia, no hay otro equipo que pueda sorprender. Alemania es siempre candidato hasta jugando mezquinamente, y entre Italia o Francia, quien despierte, estará el acompañante de Holanda en cuartos. A partir de ese momento, estará en los once hombres de Van Basten la posibilidad de reconciliarse con su historia.
Yo seguiré robándole minutos de descuento al tiempo para verlos en acción. Siempre he sido hincha de Holanda, y su fútbol me ha engatusado en varias pollas en las que los señalé como campeones. De todas maneras me divierto viéndolos rotar el balón con la elegancia que sólo esa mítica camiseta naranja puede producir. Y si se me pide un pronóstico, diría que cada vez serán más firmes, siempre con el toque fino y la velocidad, hasta llegar a la final. Ahí dominarán los noventa minutos y serán empatados faltando segundos con un gol de cabeza al más puro estilo alemán o italiano. Y en los penales, quizás Van Nistelrooy o el que menos nos imaginemos, la enviará al poste. En unas horas seguirán las construcciones de los “caños” en Ámsterdam. Los bares impregnarán de aromas a peace and love a la gente. Y vendrá otro entrenador, que, por ventura de los dioses del deporte rey, seguirá apostando por una selección que hace el “fútbol total”. Aunque las vitrinas de su federación brillen por la ausencia de trofeos.

Combis asesinas (F)

Viernes. Seis y media. La mañana, como siempre, con aroma a kerosene. Agrio cielo vestido de gris. Malena llevaba cuarenta minutos despierta. Le había preparado el desayuno a su hermano Andrés e improvisado un ropaje a tono con su trabajo. Pantalón de buso gris, polera vieja azul y zapatillas blancas. Tenía 16 años, y el año anterior, había terminado el colegio en Carhuaz, su tierra natal. Aún extrañaba su terruño, y recordaba las sinceras lágrimas de su madre cuando se despidieron, mientras abrazaba a sus tres hermanos menores. Su padre vivía en Lima, y la había convencido sin mucha dificultad que lo acompañase, con la promesa de que estudiaría en un instituto o academia. Pero llevaba dos meses en la capital y de estudios aún no le hablaban. Su padre era un eterno trabajador de una empresa constructora, pero que con el tiempo había ahorrado dinero. Eso le servía para invertir en algo que le permitía aumentar sus ingresos. Entonces alquilaba una combi. Su hijo Andrés la manejaba, y Malena era su ayudante.

Las combis en Lima funcionan así: el chofer conduce y su ayudante hace de cobrador. Generalmente ese trabajo recae en jóvenes varones que por falta de preparación no están en capacidad de encontrar algo mejor. Y tienen una particularidad: son todos vivos. Para sobrevivir en el tráfico limeño hay que estar alerta, y eso es una modalidad engendrada por las combis, que no respetan las señales de tránsito, se cruzan de carril a carril sin importarles ni los transeúntes ni los pasajeros, y hacen oídos sordos a los insultos. El cobrador tiene que estar a tono. Entonces utiliza un lenguaje achorado, se viste como el pandillero más temido y ensaya miradas asesinas. Adopta un papel que imita a los ídolos del barrio, y que muy en el fondo, no quiere interpretar.

Ese viernes el tráfico sería insoportable. Desde las ventanas de la combi, haciendo un esfuerzo, se veía el cielo con una tajada de naranja insípida. Andrés la trataría con dureza, como siempre. Y Malena impregnaría sus manos con un aroma a moneda sucia. Las horas se harían eternas y ella tendría que matar el tiempo observando la ciudad, ese monstruo interminable que la llenaba de anhelos y de miedos. Ese pedazo casi metálico tan ajeno al verde y celeste de sus días en la sierra. Era mágico notar los cambios. El contraste. Al inicio las casas modestas, las calles grises, el aire triste, la gente con sencillo. Luego los edificios, las tiendas, el cine, la gente de oficina. Malena observaba en todo su recorrido imágenes habituales, como aquellos hombres de los paraderos que indicaban a los choferes si andaban bien de tiempo o si su competencia se había llevado a la mayoría de pasajeros. A ellos les daba monedas doradas, de esas que tienen poco valor. Y veía que ciertos locales, sobre todo de comidas, se repetían en zonas urbanas. De todos ellos le llamaba la atención una pizzería azul adornada por un dominó, y se juraba que cuando tuviese dinero, entraría a probar.

Ya había aprendido algunos tips del cobrador. Pedir pasaje un par de minutos después del arribo del pasajero, no abrir la puerta si un policía andaba cerca, exigir a cada momento que la gente se apriete, que “al fondo había sitio”. Cuando se iba con velocidad y la combi estaba llena, no se frenaba en algunos paraderos. A los niños y los ancianos mejor no recogerlos. Y al pasajero que se quedaba dormido, o tenía cara de imbécil, pues se le pedía dos veces el pasaje “por si las moscas”.

Lo que más molestia le generaba a Malena no ocurría precisamente en la combi. Ahí, en cierto modo, se sentía protegida. Era un incómodo paréntesis a la precariedad. Un submarino terrestre que le propiciaba la dosis pequeña de oxígeno que no encontraría en la calle. Su hermano Andrés era duro con ella, pero si alguien le faltaba el respeto, lo bajaba en el acto. Lo peor del día llegaba al final. Cuando había que estirar las piernas y enfrentarse al mundo sin escudo. Por la noche, todos los choferes y cobradores que alquilaban las combis las tenían que devolver en un mismo lugar a la misma hora. Muy cerca de allí había un restaurante muy barato en el que comían, y de vez en cuando, consumían cervezas. En ese escenario estos cautivos del tráfico gastaban lo que conseguían con el sudor de su frente y los malos humores en una típica liturgia a la mediocridad de su existencia. Carcajadas. Bromas que veneraban lo vulgar. Chelas al polo. Generalmente los días de semana Malena y Andrés comían rápido y luego partían, pero los viernes era día de fiesta. Entonces Malena quedaba expuesta.

Ese viernes Andrés tomó más de la cuenta, como el resto, y eventualmente tuvo que ir al baño o en búsqueda de cigarros en los puestos de los vendedores ambulantes que rondaban por el lugar. Cuando eso ocurría, los hombres aledaños a su mesa se acercaban a Malena a decirle improperios, y según aumentaba la cebada en sus cerebros, empezaban a tocarla. Malena no encontraba fuerzas para frenarlos. Sólo atinaba a observar a lo lejos y de reojo a su hermano.

“Mamita ¿qué haces por acá tan tarde?”, le decía alguno con un tono de voz por el que Malena sentía asco. Después rozaba sus manos llenas de callos por entre sus muslos. Malena alejaba el cuerpo. Luego llegaba otro. “Flaca, vámonos de acá, te invito unas chelas por mi casa, no te va a pasar nada, mamasita”. Y amagaba con acariciarle la barbilla. Luego explotaban carcajadas hasta que reaparecía Andrés. “Salud flaco”, le decían. “Salud”, respondía él empinando el codo. Cobardía o respeto. Códigos indescifrables.

Se quedaron en el local un par de horas. Luego regresaron a su hogar. En el camino casi ni hablaron. Andrés hizo planes desde su teléfono celular y Malena aguantó las lágrimas. Su padre llegaría más tarde. Sus horarios no coincidían con los de sus hijos. Ella quiso esperarlo despierta para conversar, contarle sus desventuras. Pero al verlo aparecer con evidentes síntomas de haber estado libando licor también, prefirió el silencio. Y los recuerdos. La mano de su padre ácida de furia en el rostro de su madre.

Detestaba su trabajo. Encima de tener que adoptar una personalidad que no era la suya y de andar vestida de mala manera, aguantar a los borrachos era ya mucho. El domingo por la tarde, día de su descanso, mientras paseaba en silencio por las calles de su barrio, Malena se encontró con una vecina suya. Tenía 19 años, tres más que ella. Era delgada y alta. Pese al frío del otoño limeño, vestía una minifalda de jean y un top negro. Andaba maquillada exageradamente, como a la espera del príncipe que la borre de su rutina. Se llamaba Adela, y resultó muy amable y abierta al diálogo.
-Te he visto varias veces llegar con tu hermano, ¿trabajas con él en la combi o te recoge de algún otro sitio? –preguntó la vecina-.
-Trabajo con él –respondió Malena, entre avergonzada y apenada- le ayudo a cobrar pasaje.
-¿Y te gusta tu trabajo?
-No creo que a nadie le guste ese trabajo, pero lo tengo que hacer.
-¿Pero te pagan bien?
-Algo es algo. Estoy ahorrando para poder estudiar. ¿Y tú? ¿No trabajas? –preguntó Malena.
La vecina hizo un sonido agudo con la garganta y movió la cabeza en señal de negación.
-¿Y de dónde sacas plata? –dijo Malena. ¿Tu papá te da tanto?
-No. Qué me va a dar. Yo saco plata como todas las chicas del barrio.
Malena la observó sin entender nada.
-Buscando chicos pues –dijo la vecina. Es la única forma. Así hacen toooodas las chicas del barrio.
Y empezó a explicarle la modalidad. Salimos a las discotecas, bailamos, tomamos algo, y marcamos a los chicos que pueden tener más plata. Nos acercamos, y listo. Pero eso sólo los viernes y los sábados ah. Los jueves nos mudamos hacia otras partes. Nos vamos a locales por Miraflores o Barranco, esos sitios pitucos, y buscamos carne mayor. Ese día salen muchos viejos arrechos, la mayoría casados a escondidas de sus esposas, y siempre andan buscando chicas. A ellos igual, nos acercamos, tomamos algo y después, que pase lo que pase. Pero yo no soy ninguna puta ah, si el viejo no me gusta no me acuesto con él.
Malena tuvo sentimientos encontrados. Quiso preguntarle cómo era que sacaban dinero así, pero le pareció bastante obvio. Adela masticaba chicle y hacía globitos casi instintivamente. ¿Cómo era posible que ella tenga esa ropa sin recibir sueldo? A Malena no le alcanzaba ni para acercarse a la pizzería del dominó. Encima, tenía que madrugar todos los días, y jamás aparecía la ocasión de usar sus mejores ropajes. Por otro lado, sintió pena por Adela. Hasta rechazo por la forma como pasaba la vida. Y se dijo a sí misma que jamás haría algo similar. Recordó, además, que fuera de los besos calientes que se daba con Óscar, su ex enamorado en Carhuaz, jamás había tenido sexo. Y que para ella la virginidad, y la sexualidad en general, eran algo muy importante. “Anímate amiga, no te vas a arrepentir”, le diría Adela al despedirse.

Extrañaba Carhuaz. ¿Ya era hora de volver? Lima era una ciudad en la que no había futuro. Malena llegó a pensar que no le quedaría otra que aceptar en algún momento un trabajo al que se prometió jamás ingresar: el de empleada doméstica. A razón del suyo o el de su vecina, aquel era más digno. Pero algo dentro de ella le decía que no podía más, que no valía la pena tanto sacrificio. Que tal vez había sido un error descartar un futuro como el de su madre, rodeada de gallinas y de cuyes y de embarazos. Pasaron un par de meses y la tónica era la misma. El cielo lucía un abrigo con molestosos puntitos transparentes y las fuerzas para enfrentarse a él eran cada mañana más escasas. Andrés seguía consumiendo cervezas religiosamente todos los viernes. No había pasado a mayores, pero los borrachos no la dejaban en paz. Amenazaban con llevársela a la fuerza luego de que controlaban sus instintos copulativos acariciándola cada vez más cerca.
El camino del local hacia su casa era muy peligroso, y Malena le había prometido a su padre que jamás lo haría sola. Pero un viernes no aguantó y escapó. Desobedeciendo las órdenes de Andrés, repleta de rezos y más alerta incluso que cuando había que cobrar boleto a pasajeros revoltosos, llegó a su hogar. Sintió en el alma una gran satisfacción. Lo había logrado. ¿Su vida cambiaría de ahí en adelante? Tomó una ducha cantando, se vistió de la mejor manera, como nunca lo había hecho en Lima. Se maquilló y se perfumó. Sentía que era capaz de todo. Por un segundo hasta tuvo ganas de buscar a Adela, “acompañarla, nada más”. Luego desistió y se desparramó en el cuarto de su padre a ver televisión.
Al rato escuchó bulla. Era muy temprano para que llegue Andrés. Tuvo miedo de que sea un ladrón, y retomó los rezos. Abrieron la chapa de la puerta con facilidad. Reconoció a su padre. Él, luego de tambalear y de quedarse pensativo unos segundos, se le acercó, y el perfume de ella fue suplido por aromas a viernes de choferes y cobradores. Luego Malena sólo escuchó frases distorsionadas y creyó estar frente a uno de ellos. No tuvo fuerzas. Y decidió cerrar los ojos y esperar. Recordó el llanto de su madre cuando se tuvieron que despedir. Luego su cerebro se abstrajo dibujando las imágenes de la Lima que recorría a diario. Su Lima. Condenadamente, su Lima. Las monedas, los boletos, los pasajeros. Las calles bonitas, los edificios, la pizzería del dominó. El dolor físico fue insignificante. Aquella noche se le abrieron todas las posibilidades. Y de Carhuaz mejor ni acordarse.

viernes, 30 de mayo de 2008

Regalo de cumpleaños (Y)

Desde que tengo uso de razón encuentro en el dedo índice de mi mano izquierda una cicatriz. Está intacta. En el límite del nudillo con el inicio del mismo dedo que me permitía ser un soldado de dos pistolas cuando jugaba a la guerra de pequeño, y que me ofrece la posibilidad hoy de escribir con velocidad y precisión cada vez que me enfrento a una PC. No es una gran cicatriz, pero su tamaño y profundidad hablan de uno de esos golpes que no se olvidan. Y al no tener en mi memoria siquiera un retazo de recuerdo que me traslade al momento que se produjo, la deduzco como una herida demasiado púber, y que en el más extremo de los casos, me ocurrió en el útero de mi madre. Los cumpleaños son para mí como una cicatriz. Cada año que pasa simbólicamente por el día que marcamos con un aspa en el calendario de nuestra vida, deja una huella irremediable. Traen consigo heridas con cicatrices que cuando nos detenemos a observar, evocan un aprendizaje, un cariño, una tristeza.
Nunca he sido muy amigo de mi cumpleaños. Creo que mi eterna búsqueda por pasar desapercibido, entre las sombras, afectada de manera inevitable cada 28 de mayo, es la principal razón. Pero hoy, adentrado cada vez más a los 30, pienso que rechazo mi cumpleaños por el sencillo y contundente maleficio que me topa cara a cara con mi peor enemigo: el paso del tiempo. No es que me sienta viejo, pero cada vez son más lejanas mis épocas de niño. Y mis recuerdos adolescentes ya casi ni me duelen.
Las horas previas a mi cumpleaños son siempre un martirio. Esta vez no ha sido la excepción. Un bajón terrible parecido a la depresión, dolores en el cuerpo (malestar del alma), ganas de que sea pasado mañana. Creo que por primera vez, mi entorno me ha hecho caso, y me ha concedido el deseo de no realizar festejo alguno. Un cumpleaños sin tortas, sin visitas, sin regalos. Hoy que observo en el reloj de mi celular cómo el 28 de mayo se va extinguiendo, no me arrepiento.
He vivido 26 veces este día que no se olvida. El primer cumpleaños que recuerdo fue cuando cumplí siete años, y en el ocaso del festejo en la casa de mis abuelos en Pueblo Libre, se apareció mi padrino para darme el regalo que estaba esperando. Y que anhelaba (y envidiaba) en varios de mis compañeros y amigos. Un muñeco de Leon-o, el felino héroe de la serie animada los Thondercats, personaje básico en mi niñez el corto tiempo (a diferencia de otros dibujos) que permaneció en el aire. Al año siguiente, cuando cumplí ocho, decidí festejar mi santo “como un grande”, y le pedí a mis padres que me concedan la posibilidad de invitar a tres amigos de mi promoción a almorzar a La Romana, un restaurante donde vendían (aún las venden) las primeras pizzas que consumí con devoción en mi idílico romance con ese plato italiano. Al momento de treparnos al auto, los amigos se habían reproducido. ¡Eran ocho! Mi eterna condena de no saber decir nunca “no” propició un malestar en el bolsillo de mi viejo, que por ese entonces no daba, tal vez, ni para alimentar a tres.
Ya de más grande, cuando estaba en sexto grado de primaria, recuerdo que vivía en San Miguel, en una especie de residencial que hoy que la evoco llego a la conclusión de que debí aprovechar más. Que debí crecer al lado de esos vecinos que me miraban, según mis ojos, como “el pituco” del barrio. Lo cierto es que me avergonzaba mi hogar. No me gustaba la zona, era muy lejos, en fin. Y teniendo en mi salón de colegio a puro miraflorino y barranquino, no los iba a llevar jamás. Una profesora, que además es mamá de un par de primos míos, y a la que le debo muchísimas cosas, me obligó a invitar a mis compañeros a festejar mi santo en esa casa que llevaba escondida en la mochila. A la larga, me convenció. Lamentablemente ese 28 de mayo se apoderó de mí una fiebre que no pude disimular, y la reunión fue cancelada por la ausencia del protagonista. Tiempo después nos cobramos la revancha, y mi profesora realizó una actividad con todos los hombres de mi salón, y los llevó a mi barrio de San Miguel. Ahí los vi desenvolverse como peces de pecera devueltos al mar. Y olvidé para siempre la vergüenza por aquella casa, en la urbanización Julio C. Tello, de incontables edificios idénticos, canchita de fulbito en el medio y un aroma a barrio que me arrepiento de no haber adoptado del todo.
Cuando llegó la adolescencia, aparecieron los cumpleaños con cebada, y se hicieron más llevaderos. Recuerdo que cuando cumplí 18 se avecinaban las elecciones que coronarían de manera fraudulenta a Fujimori, y hubo “ley seca” en todo el país. Cerca de mi hogar (en ese entonces, la antítesis de mi depa en San Miguel) mi madre encontró una tienda abierta, y me compró una cantidad apoteósica de six packs, que terminamos liquidando mi grupo más íntimo de amigos y yo, hasta altas horas de la madrugada.
Desde que conocí a mi enamorada mis cumpleaños variaron de tónica. Supe por vez primera lo que significaba un saludo sincero. Me enfrenté a los regalos más dulces en sus cartas. Y comprendí que cuando uno lleva una vida de pareja, cambian los esquemas. Ella cumple años el primero de junio, cuatro días después que yo. Y a diferencia mía, le encanta festejarlo. Y vive ese y los días previos de manera intensa. Tengo la certeza de que antes de que me conociera, el 28 de mayo para ella era un día parecido a su santo, por la cercanía. Y más de una vez me he enfrentado, con sonrisas, a la planeación de su festejo incluso antes de que llegue mi cumple. Ella me ha ofrecido sin querer el mejor escape a mi santo. Estas fechas estarán, durante todo el tiempo que nos permita compartir la vida, destinadas para ella. Cuando éramos aún unos “niñitos” y yo estaba a punto de cumplir 19 años, estuve con ella un día antes de mi cumple en el cine. En esa época no había auto, así que nos regresamos en taxi. Mientras la dejaba en su casa me dijo “te llamo a las doce para saludarte”, y se marchó. El taxista arrancó y me dijo, “así que estamos de cumpleaños, yo también soy del 28 de mayo”. Rarísimo.
Un cumpleaños particular ocurrió en el 2003, cuando llegué a los 21. Ese día pasó de todo. Andaba soltero, eran épocas de una separación con mi enamorada que me había depositado en las tinieblas, y recién, con la llegada de una mujer que tenía lo necesario para ser su reemplazante, me andaba recuperando. Aquel día Dios me regaló una final de Champions League, la que le ganó por penales el Milan a la Juventus, ¡qué más quería! Y encima, hubo temblor. Increíble. Recuerdo que esperé en mi celular como mínimo un mensaje de texto de la que era mi ex, pero jamás llegó. Por el contrario, me llegó un mensaje de la chica con la que empezaba a flirtear. “Ya vez, me acordé de tu santo. Pásala mostro. Un beso”. Ese día la amé, y fue el punto de partida para meterme de lleno en mi plan por conquistarla. Cómo es la vida, cuando creí que sería mía, y que había olvidado a mi ex, salí con un grupo de amigos a tomar unas cervezas. Cuatro días después de mi santo. ¿Fecha conocida? Por esas cosas del destino, una prima mía festejaba su santo en un local miraflorino, y cuando nos disponíamos a entrar, vi a mi ex haciendo lo mismo que mi prima. Mis amigos me detuvieron y me dijeron: “Si quieres nos vamos”. Yo, que me creía curtido gracias a lo que sentía por la otra mujer, afirmé, “no, entremos”. El desenlace es que mi ex nunca más fue mi ex. Que decidimos unir nuestras fuerzas para combatir los problemas y andar por el mismo camino. La otra chica me odió en un inicio. Luego, gracias a mis artimañas con la escritura, le pedí perdón. Y en un cortísimo tiempo, tal como se lo pronostiqué en mi carta de despedida, me olvidó para siempre.
El recuerdo más fresco de mi cumpleaños es del año pasado, cuando llegué al temido cuarto de siglo. Mi santo caía lunes, un día triste que pasa al olvido. Pero el sábado anterior me disponía a “festejarlo” en la casa de una pareja amiga que servía de cubil para mi grupo más selecto de amistades. Quería pasarlo así, con cinco o seis bebedores que en veinte segundos se olvidaran de mi santo. Al entrar a ese mítico departamento de Barranco, me recibió una multitud. Fiesta sorpresa. Algo que jamás imaginé para mí. No hubo ni la ligera sospecha. Fue literalmente una sorpresa ver a mis primos ahí, a algunos amigos externos que jamás habían pisado ese hogar. Hasta me trajeron a Paolo Guerrero, un amigo mío que vive en Alemania. Aquel festejo fue una iniciativa de mi enamorada que me sirvió para amarla y amarla.
Hoy que tengo en este blog una especie de diario, quería compartir con el que me lea estos sentimientos. Y agradecer a todo el que se acordó de mí (el hi5 y el facebook también valen). Lo cierto es que para ellos al menos un minuto del 28 de mayo fue mío, y eso es más importante que cualquier regalo. Al fin y al cabo, lo bueno de las cicatrices es la anécdota, cada vez más fantástica, cuando la compartimos con los demás. Mi cicatriz número 26 me deja el sonido de mi celular, el aumento de mi bandeja de entrada. Los buenos sentimientos que alumbraron en este escribidor este miércoles de finales de mayo. Hoy miro mi dedo índice y tengo ganas de seguir mirándolo. Y tengo ganas de incrementar las cicatrices. Y eso en mí, amigos míos, es más valioso que cualquier torta o happy birtdhay. Feliz cumpleaños a mí.

jueves, 22 de mayo de 2008

La sal de Matute (F)

A mi padre, por ser la antítesis de este cuento.
Los tres primeros días de mi regreso a Lima han estado llenos de ajetreos. Reencontrarse con la familia, lamentar el desorden de las calles, recibir las condolencias. Recordar a papá. Fuera de la tristeza, he visto a mi madre vulnerable. Sin la fuerza de sus mejores años, cuando nos empujaba a mis hermanas y a mí al esfuerzo, a la superación. Cuando asolapaba la falta de trabajo de mi padre y su desamor, incursionando en negocios pequeños que permitían mantener a la familia dignamente. Debe ser la edad. Sesenta y cinco abriles no son pocos. Mi hermana Carola, la única que sigue en el Perú, ha aceptado a regañadientes llevársela a vivir con ella. La condición es obvia, y tanto Silvia como yo, que estamos instalados en Miami desde hace buen tiempo, la aceptamos. Cada mes habrá que enviar dinero.

Tengo 31 años y sigo soltero. Me fui del país a los 25, cuando el futuro se me tornaba incierto, y una novia duradera, me había puesto las maletas. Mi hermana Silvia ya vivía en Miami, y con los documentos en regla gracias a su matrimonio con un gringo con cierta ascendencia al gobierno, me dio una mano. Al poco tiempo ya tenía los papeles en orden, y me desenvolvía como Pedro por su casa en esa ciudad llena de edificios, playas, sol y ese aire tan ambiguo que brinda la sensación de no ser de ninguna parte. Mis trabajos no han variado mucho desde que llegué. Mozo, acomodador de carros, limpiador de piscinas. Pero la regla aprendida de mi madre, de guardar siempre pan para mayo, me permite un estatus más digno que el de la mayoría de mis colegas latinoamericanos.

Carola me dio la noticia. Llamó a mi casa un viernes por la noche y la reaparición repentina de su número en mi identificador de llamadas me hizo imaginar lo peor. Ojalá no sea mi mamá, pensé. Mi padre se fue de golpe. No hubo sufrimientos ni lo afectó el cáncer al pulmón que tanto temía por su adictiva y precipitada afición al cigarrillo. Un infarto se lo llevó mientras dormía la siesta. Unas horas después, yo ya estaba tomando el primer vuelo a mi Lima desde que la abandoné.


Me quedan algunos días más en Perú, y luego del velorio y el entierro, ha llegado la calma. Desde que me enteré de la noticia he tratado de hallar en mi memoria acontecimientos que me unan a mi viejo. Nunca fuimos amigos. No hizo bien su trabajo como padre. Sólo se las ingeniaba para tratarme con dureza de vez en cuando, sobre todo de pequeño, y cuando se dio cuenta de que su hijo menor no sería homosexual, me dejó de lado. Ya en Estados Unidos nuestra relación, digamos, mejoró. Hablábamos esporádicamente por teléfono, me hacía con cariño las mismas preguntas de siempre y yo notaba en su voz cierta añoranza. De mi viejo no conservo ningún diálogo profundo. Nunca le pedí un consejo. La única afición que le recuerdo es el fútbol, y para su desgracia, ese deporte tan popular en mi Perú, nunca me cautivó.

Pero es precisamente el fútbol lo que me traslada a él hoy que lo quiero extrañar. Cada vez que mi madre aparecía con la cantaleta de que debíamos pasar más tiempo juntos, que nuestra relación era nula y distintas frases afines que mi viejo y yo no dudábamos en negar, a mi padre se le ocurría la misma solución. Nos vamos al estadio, me decía con ese tono de voz entre triste y autoritario. Habré pisado ese templo en el que se rinde devoción a falsos dioses que cuando nos representan en el extranjero son unos mansos gatitos, unas cinco o seis veces. Recuerdo que la primera vez me llamó la atención la majestuosidad del verde césped del estadio Nacional. Impresionante. Mi viejo notó en mí aquel interés y yo lo supe emocionado. Jugaban Alianza Lima, ese tradicional equipo criollo de camisetas blanquiazules que envuelve en pasión a todo tipo de gente en el Perú, y el Municipal. Mi viejo era hincha de Alianza, y recuerdo siempre que sus amigos le decían a manera de broma que “cuando lo lleves al cachorro al estadio procura que sea contra un equipo fácil, no vaya a ser que pierdas”. Ese día el triunfo blanquiazul era cuestión de trámite, pero el destino tenía reservado para ese momento el clic de mi desunión hacia mi padre, y por consiguiente, hacia el fútbol. Alianza perdió dos a uno contra un Municipal que mereció la victoria ampliamente. Desde ese día hasta hoy cada vez que me preguntan de qué equipo soy hincha, digo “echa Muni”, arenga con la que es reconocido el Municipal, un equipo carismático y del que la mayoría de sus hinchas roza la tercera edad. Y desde ese día mi viejo no dudó en catalogarme como un falso amuleto. Como una anti cábala. En suma, un salado.

La ocasión lo ameritaba, así que me averigüé cuándo jugaba Alianza para ir a verlo. Decidí que era la mejor manera de despedirme de mi viejo. Rindiéndole homenaje a su pasión. Alianza jugaba en su estadio de Matute, en el populoso distrito de La Victoria, donde el cielo es más blanquiazul que en cualquier parte del mundo, y donde hasta los rateros dudan su arremetida si te ven con la insignia de ese querido equipo. Las veces siguientes que acudí al estadio con mi viejo fueron en ese escenario, el Alejandro Villanueva, denominado así en honor al máximo ídolo de la escuadra. Pocas veces ganó Alianza, así que nunca dejé de ser el salado. Mi padre iba seguido al estadio. Siempre solo. Decía que no era necesaria la compañía pues en la tribuna podía conversar con todo el mundo. Y efectivamente, hoy que lo recuerdo, mi viejo era otro en el estadio. Cambiaba su semblante indiferente y conversaba con su compañero de butaca. Dejaba de lado su pausado tono de voz y vociferaba en contra de los jugadores, el árbitro o el entrenador. Olvidaba su tacañería y me compraba las gaseosas más aguadas de la tierra, los sánguches de pollo con el menor relleno posible, maníes envueltos en cáscara. De todo con tal de mantenerme callado.


Había olvidado ese sentimiento que me generaba el estadio. El camino inhóspito inquebrantable que me llevaba al miedo y al malhumor. La claustrofobia por tanto movimiento. Siempre admiré en mi padre la maña que se daba para cruzar a los micros y a las combis en la avenida Isabel La Católica, ese pedazo de concreto que los días de partido, alberga cual hormigas obreras, a todo tipo de seres humanos apurados. El criollismo que afloraba en el viejo para encontrar sitio en un estacionamiento poblado por la informalidad. La fortaleza con la que superaba todos los obstáculos sin renegar, a diferencia de los insultos que ofrecía a diario por las pistas de mi Magdalena querida. La recompensa le llegaba al ingresar al estadio. Ahí solo había espacio para su Alianza.

Felizmente esta vez, he subido a un taxi que ha tenido que atravesar por todas esas periferias. A decir verdad, con mucho menos talento que el de mi viejo. Por fin estoy en la tribuna de occidente. La que tanto prefería él, y la destinada para la gente con más poder adquisitivo. Alianza, vaya casualidad, se enfrenta al Municipal. Algunas cosas han cambiado. Veo menos gente de tés negra en el equipo. Antes me llamaba mucho la atención ver a esos jugadores negros enfundados en lo blanquiazul de su armadura, con dientes blanquísimos que alumbraban la tarde noche lúdicamente. Las camisetas se han modernizado, incluso la de Municipal, que antiguamente era una réplica de las que utiliza la selección peruana. Hay menos gente en las butacas, cuánto lo lamentaría mi viejo. Y la hinchada principal, que se sigue colocando en la tribuna sur de Matute, ha dejado de tener esas banderolas con las que me entretenía mínimo diez minutos.

El partido es de trámite parejo, y tengo la ligera sospecha de que el destino se las va a ingeniar para que desde donde esté, mi viejo comente: “sigue siendo un salado este”. Por más que lo intento es difícil encontrar algo que pueda relacionar directamente con mi padre. Hace más de diez años que no pisaba el estadio de Matute y no reconozco algunas cosas. Pero me divierte pensar que el grupo de gente que insulta impaciente a mi costado fue cómplice de mi viejo alguna vez. O que aquella señorita que me intenta vender una golosina ganando el doscientos por ciento del precio algún día fue despachada por la indiferencia de mi padre. Pero nada más. Su rastro es una huella tímida en el actual Alejandro Villanueva. Su anatomía, con la casaca de cuero agamuzada aún en verano y sus eternas zapatillas blancas, han ido a parar al baúl de los recuerdos del recinto victoriano, junto con el viejo tablero que ofrecía el marcador con el resultado del partido, o las propagandas de productos que ya no existen.

Hasta que apareció. Por fin una silueta conocida. Un retazo de los pocos momentos de unión con mi padre. Está igualito. Algo más arrugado y peinando algunas canas pero es el mismo. El personaje por el que mis ratos en Matute se hacían más llevaderos. Sigue en lo suyo y Alianza que no anota. Un costal celeste a sus espaldas y la tribuna que se altera. Abriendo un paquete y ofreciendo. “Una canchita para que Alianza gane”. Siempre hacía lo mismo. El canchero, le decíamos mi viejo y yo. El vendedor de cancha, las palomitas de maíz, del estadio de Matute. Dulces y saladas, con una estrategia de marketing que aún lo diferencia del resto. Él ofrece gratuitamente su producto y te deja el sabor en los labios. Luego no hay forma, no queda otra que comprar.

Mi padre cada vez que me veía aburrido me decía: “Ya viene el canchero”. Y yo fingía consolarme ante la llegada de ese personaje enigmático. Qué hará en sus ratos libres. De qué vivirá. No creo que sólo de la cancha.


El partido está llegando a su fin. Parece que al empate a cero no lo cambian ni los ídolos de antaño, de los que veneraba mi viejo en sus esporádicas borracheras. Ya no están Cueto, Cubillas ni Sotil. Ya no está Pocho Rospigliosi, que con su radio Ovación, un Perú en sintonía, hacía más larga mi agonía en el camino de regreso a casa. Ya no está mi padre en la tribuna. Queda sólo el vendedor de cancha. El canchero. “Un poco de cancha para que meta gol Alianza”. Cuando le ligaba esa proyección, mi padre lo señalaba como amuleto. Una especie de anti-yo. Fuera de generarme envidia, me alegraba ver a mi viejo feliz. Hoy que lo pienso, su sonrisa en el estadio es lo más auténtico que conservo de él.

Había algo en la mirada del canchero que me generaba dudas. A veces pensaba que para él era más conveniente que Alianza no ganase. Que así vendía mejor. Esta vez no me he aguantado y le he hecho la pregunta de rigor. “Maestro, ¿es usted hincha de Alianza de verdad o es pura finta?”. A mi viejo le hubiese dado otro infarto si lo escuchase. “No sobrino, yo soy echa Muni”.


Estoy de regreso en Miami. Me despedí de mi madre y no sé por qué razón imaginé que sería nuestro último encuentro. De ella conservaré muchos recuerdos, felizmente. A mi padre no lo extraño. Creo que nunca lo extrañé. Nos fuimos despidiendo desde hace mucho. Hoy que estoy a millares de kilómetros de distancia del distrito de La Victoria, sólo me quedan las ganas de susurrarle al oído que cuando íbamos al estadio, el salado no era yo.

martes, 6 de mayo de 2008

Veinte razones para querer al Salmón (Y)

Al grupo que le dedicó un tributo el viernes en "La noche". Aún Barranco me sigue escuchando...
Este texto busca actuar como un disco recopilatorio de las que considero las mejores canciones de Calamaro. En principio elegí 20, pero me quedé corto, así que coloqué una sección denominada Bonus Track. Al que le guste el Salmón, se identificará conmigo. Al que no, lo invito a escuchar cada una de estas canciones. Con atención. A ver si se aumentan los motivos para querer a Andrés.

1. El tercio de los sueños: “Tenías el vestido más horrible, de todo el tendido. Y yo trataba de llamarte la atención de algún modo oportuno”. Ella para mí tenía el vestido más hermoso. Mis técnicas no eran oportunas, y llamar su atención formaba parte de mis sueños. Y de mis tardes escuchando a Calamaro, que con esta canción tan hermosa me conquistó. “Pero tú sólo tenías ojos para el joven matador de toros…”. Aún hoy lo odio. Cosas del primer amor adolescente. En gente como yo, lleno de sentimientos platónicos. Recuerdo que le cantaba en silencio “no me extraña que seas así, y te rías de mí otra vez”. Con el tiempo descubrí que no tenía por qué reírse. Que quizás si hubiese sido otra mi personalidad, otra sería la historia. Casi diez años después de aquella historia cada vez que escucho al Salmón decir “no me tengas piedad porque soy de verdad, y me puede hacer mal”, mi cerebro me traslada a esas épocas tan difíciles, llenas de cambios físicos y emocionales, y tan hermosas, por la presencia (ausencia) de aquella niña que me enseñó que “el tercio de los sueños tiene dueño y siempre suele ser así”.

2. Te quiero igual: cuando me tocó perder, esta canción fue un himno. Forma parte de los éxitos comerciales del Salmón pero es brutal. A mí me rompieron el corazón una tarde de febrero. El sol se extinguía mientras me despedía de la niña de mi vida. Hubo resignación y lágrimas compartidas. Calamaro planeaba quizás “el regreso”, o seleccionaba los tangos que utilizaría en “El cantante”. Y yo lo escuchaba decir “te quiero, pero te llevaste marzo, y te rendiste en febrero”. Los meses pasaban y regresaba “pero te olvidaste abril en el ropero”. Cuando mi corazón volvió a latir sin pena ni odios, yo le cantaba: “primero, te quiero, igual”.

3. No me nombres: a veces “para siempre” parece que no dura tanto. El miedo al futuro es así, y una relación de pareja es complejidad y lucha, más que sexo y más que amor. Más que la costumbre, es necesidad. Adicción. Y sí, a veces hay odios y no se explica dónde quedaron los momentos gratos, y te imaginas una vida en soledad, y lo escuchas a él decir “puedes para toda la vida olvidar que también hubo alegrías, pero si prefieres quedarte con años que olvidaste, entonces, voy a pedirte: no me nombres, para siempre, no me nombres”. Para ese rato, el nuestro, que es toda la vida. Yo, “lo mejor, lo voy a seguir dando, (pues) te estoy cuidando, para siempre de mí…”. Ojo, para siempre de mí.

4. Mi propia trampa: ella me miraba con sus ojos negros. Con esa profundidad que solamente posee el mar. Y tal vez por ser negro ese mar era confuso, y no me atreví a surcarlo. Había alianzas. Códigos que en silencio no respetaríamos, si acaso quisiéramos. Y yo le respondía “a mí tampoco me gusta tu novio, lo siento si soy tan franco (pero) soy varón, y solo me la banco”. La noche nos envolvía cómplices pero aparentaba (ella más que yo) que era indiferente. Lo siento si fallé, pues “apenas estoy aprendiendo a volar y ya mis alas se quemaron y caí”.

5. Paloma: siempre con cebada, y humo cerca. Tan pensante y deliciosa, como la noche. Hay que escuchar a Paloma en la voz de Calamaro. Si es en vivo, mejor. Y a mí venerarlo a voz en grito, cuando asoma la duda tan pensante y asquerosa, que me obliga a gritar “puse precio a mi libertad, y nadie quiso pagarlo, te cambio tu corazón por el mío, para mirarlo y mirarlo”. Aún no ha nacido el que le dedique a Paloma lo que le compuso Andrés. Y ella vuela por la vida mientras la consuelan: “no te preocupes Paloma, hoy no estoy adentro mío, tu amor es mi enfermedad”. Y yo le digo cuando no la calmo, y no lo intento y finjo que no me incumbe, “soy un embase vacío”. Pero aún recuerdo una tarde de verano cuando compartíamos una mesa y la banda sonora imaginaria nos decía “no te preocupes Paloma, no hay pájaros en el nido, dos ilusiones se irán a volar, pero otras dos han venido”.

6. Ni hablar: la ausencia es así, enigmática. Corta en apariencia, pero eterna. El corazón la conserva, el cerebro no. No puede. Sería un suicidio constante. Es una coraza inevitable. Hoy “mi tórax está tan sensible que no puedo ni hablar de ciertos temas, y extraño a los amigos que no están conmigo”. A mi ausencia le escuché decir “te devuelvo a la ciudad, no te puedo retener”. En el camino no hemos perdido la conexión, “fue el manso clima que dio tu amor”, pero “ya me acostumbré hasta de los problemas”. La coraza inevitable. Es fuerte y te digo “hace frío en el anden, y ahora sigo hablando solo, (siempre) con tu sombra tras de mí”.

7. Media Verónica: dicen los toreros que la media verónica es un paso, una elegancia, un lujo. No opino de toreros. Cobardía. Media Verónica para el Salmón es un código torero. Para mí es una mujer. Como tantas. Esas adorables y solitarias. Locas. Les molesta la luna por la ventana abierta. También les molesta el sol. Nunca fuiste mía, Verónica. Pero repartías besos a estropajos. Verónica “no sabe distinguir el amor de cualquier sentimiento”. Tal vez yo tampoco. Pero sí comparto lo que escribió en la pared: “la vida es una cárcel con las puertas abiertas”.

8. Nos volveremos a ver: porque siempre hay un regreso. Y mi regreso debió llegar con esta canción. Pues “nunca hay un adiós total. Siempre es un nos volveremos a ver, en algún lugar del tiempo”. Él, sólido, se desmorona por ella, una loca linda. Fue la excusa. Todos somos protagonistas. ¿A mí me pides un consejo? Te ofrezco sólo mi brazo, amigo. Apóyate en mi hombro. Y te suscribo Salmón, palabra, “a pesar de ser bonito, nunca dormí en el palito… (también) viví las tumbas de la vida, (y) soy un poeta maldito”.

9. La libertad: “la conocen los que la perdieron, los que la vieron de cerca irse muy lejos, y los que la volvieron a encontrar…”. La libertad, la felicidad, es así. Todos buscamos lo mismo. Y al final del camino la búsqueda es incompleta. Igual que Calamaro, “me pregunto muchas veces, ¿dónde está? Y no dejo de pensar, ¿será solamente una palabra? La hermana hermosa… la libertad”.

10. Maradona: un homenaje sincero al número 10. Un mago, genio, goleador, campeón eterno, un Dios. Las drogas, el doping, Fidel, Chavez. Dieguito, pese a todo y por todo, siempre “estamos esperando que vuelvas“. Y hay que tener en cuenta que “no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero”. Y por ese don celestial lo quiero yo.

11. Negrita: Un hotel. Un cuarto vacío. Una tierra extraña. Tu luz fuera de mi luz. Inalcanzable. Y mi cerebro volando. Con quién estarás ahora. Esa boca que era mía. Tu olor. El aire frío de tu voz al momento de decirme adiós. “Una vez en Buenos Aires me di cuenta que existen las fantasías, pero también, existe el amor verdadero, y sin ese no puedo seguir entero, porque me falta lo más importante”. Ay negrita, el corazón me grita.

12. Soy tuyo: A ti me entrego. Contigo cierro las puertas de mis labios. Contigo espero el futuro. Me gusta tu mirada cuando sabes que me ganas. Me gusta derrotarte en silencio. Acepta mi inquietud. Yo acepto la tuya. Soy complicado, pero si somos dos es más fuerte. Si somos dos, compañerita mía, seremos tres. Y te digo, con el gallo que me traiciona cada vez que canto “soy tuyo, con mi mayor convicción, soy tuyo, con toda la fuerza de mi corazón, que es tuyo, como cada pensamiento mío es tuyo. Soy tuyo”.

13. Y todo lo demás: a veces imagino el futuro y duele. A veces te incluyo y me calmo. A veces sucumbo a la duda, y a los años, y a las cicatrices. Y mi rostro que empieza a arrugarse. Y te miento, no por maldad, por necesidad. “Yo te prometí hacer deporte, pero era una mentira para robarte un tal vez”. Me dibujo en una plaza de la serranía peruana, tú quemando el pasaporte con rabia, a lo lejos. Esa sonrisa que aniquila cuando es lejana. Podrá llover, podrá sofocar el calor. Podrá ser la antítesis de la belleza el paisaje que nos acompañaba, pero para mí, “parecía el cielo, porque estabas conmigo”. Y todo lo demás también.

14. Ok perdón: la exclusividad, sacrificio antes que placer, suscribiendo a un poeta. Vale la pena. A ti que me miras con afán, que trasladas a tu memoria lo que alguna vez evoqué a mi amor imposible. A ti que alguna vez diste la media vuelta decepcionada. A ti que me cuestionabas cosas que no las creías por el simple anhelo de robarme el aire. Aunque sea un momento. “Yo no quise lastimarte, solamente te dije que no”. Y si eres linda, si tienes a cuatro o cinco que babean por tus labios, tú, que no estás acostumbrada a sentirte rechazada, “ok perdón, fue sin querer”. “Cuántas veces me dijeron que no, a mí, y sobreviví”. Bueno, aunque no seamos amigos (ni enemigos) “la próxima vez te digo que sí”.

15. Cuando te conocí: “Cuando te conocí ya no salías con el primero que te había abandonado, no vale la pena hablar de aquellos años pasados”. Y aunque mis palabras se cumplieron, aunque formo parte de tus años pasados y es irrelevante, yo me acuerdo de cada parte. Tuya y mía. Y te agradezco. “Cuando te conocí miré por un agujero en tus pantalones… y dos años después, ya tomabas todas las decisiones”. ¿Lo ves? “No se puede cambiar de corazón como de sombrero”. Y no podía cambiar de corazón como de camisa (querida mía), sin perder la sonrisa.

16. Mi quebranto: hay que ser un Calamaro para soportar con posibilidades de triunfo ese quebranto. “Mi quebranto, dos estrellas que seguir”. Tenías el pelo ondulado, castaño rojizo. Los ojos, como dos soles, verde mar caribe. Pequeñita. Dulce. Aún hoy sueño con la noche en que mi quebranto pudo ser, “y soporto dos vidas vivir”. Esa alianza entre la luna y el sol. No fuiste mi luna pero sí mi estrella. Para siempre, mi estrellita. “¡Tendrías que aprender a compartir!!!!!”.

17. Me pierdo: amigo mío, te reto a que vivas mi vida. A que te atrevas. A que venzas lo establecido por el dios pecador. Superar la tentación. Y amar pese a las noches frías, y soportar y que te soporten. Y enciende la radio con Calamaro cantando “Me pierdo”. Es un himno al amor verdadero. Al menos a mi amor, tan fuera del de las películas, tan terrenal, como ella y yo. “Con tanto dolor, no puedo. Contigo, o sin ti, no puedo. No puedo olvidarte pero pasa el tiempo. Es muy duro saber cual es la mejor mujer”. Compañerita mía, a veces, “no quisiera quererte, pero cuánto te quiero”.

18. Hacer el tonto: esta canción forma parte de alguno de los duetos que tiene el Salmón. En su repertorio hay canciones con Sabina, con Fito Paez, con Vicentino. Pero esta es con Maradona, y por eso la escojo como indispensable. “Voy a ponerme a cantar lo que quiera”, dijo Andrés. Y Diego le responde: “Va a ser mientras el sol esté cayendo, todos estamos sobreviviendo…”. A veces la vida te empuja al festejo aún cuando no hay motivo. Entonces, como el Salmón y el 10, aunque “tengo otra afición preferida”, ahora “voy a ponerme el sombrero… pero a emborracharme primero”. Para cantarla a pulmón abierto. Bien juergueado. Eso sí, “mente sana in corpole sano”.

19. Donde manda marinero: no es bueno llorar sobre la leche derramada. Pero a veces es inevitable cuestionar con dureza el paso del tiempo. Donde manda marinero es una canción que me genera aquello. “Últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa”. “Voy a pasar a retiro, de un tiro, al culpable de mi soledad”. “Puedo seguir escapando, y aún lo estoy pensando, lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar”. Por eso de cada viaje me traigo el equipaje perdido. Esta canción, que forma parte del disco “Alta suciedad”, no es de mis preferidas. Pero le encanta a mi hermana, y “por eso es que he decidido nunca olvidar, nunca olvidar”.

20. Socio de la soledad: un himno. Simplemente eso.

Bonus track:

21. Flaca: es indispensable mencionar “Flaca” si se habla del Salmón. Pese a su extrema comercialización, es una canción hermosa. “Aunque casi me equivoco y te digo, poco a poco, no me mientas, no me digas la verdad. No te quedes callada. No levantes la voz, ni me pidas perdón”. Cómo no identificarse. Y sí, el perro compañero.
22. Malena: en el disco denominado “El salmón”, donde Calamaro coloca más de cien canciones en un empaque con cinco discos en uno, coloca este tango llamado “Malena”. Una interpretación notable. La clásica voz de Andrés acompañada de instrumentos propios del tango, y una letra desgarradora. “Tal vez allá en la infancia su voz de alondra, tomó ese tono oscuro de callejón; o acaso aquel romance, que sólo nombra cuando se pone triste por el alcohol”.
23. Buena suerte y hasta luego: con “Los Rodríguez” Calamaro interpretó esta mágica canción. Una choteada al más puro estilo de las locas cuya profesión es la de romper corazones. “Ese manicomio estaba lleno de problemas de fronteras”. Suscribiendo a Ok perdón, “hay que ser fuerte contra la corriente también”. Por eso cuando ella me dijo “que te vaya bien”, yo le dije “buena suerte y hasta luego”.
24.Todavía una canción de amor: siguiendo con “Los Rodríguez”, esta obra maestra. Compuesta por el Salmón en dupla con Joaquín Sabina (no es para menos, se nota el sello sabinesco). “No te fíes si te digo que imposible, no dudes de mi duda, ni mi quizás. El amor es igual que un imperdible, perdido en la solapa del azar”. Si hubiese conocido este tema cuando la veía de lejos… “Estoy tratando de decirte que me desespero de esperarte, que no salgo a buscarte porque sé que corro el riesgo de encontrarte”. Un día él se enamoró de una cantante, y ella lo dejó. Y le quise decir, amigo, “cantar es disparar contra el olvido”, pero “vivir sin ti, es dormir en la estación”.
25. Salud, dinero y amor: esta canción es simplemente un himno a la vida. La suscribo enterita. No hay retazos que escoger. “Desde un rincón del mundo… brindo contigo”. Siempre, siempre, siempre.

lunes, 21 de abril de 2008

Sin pensarlo tanto (F)

A nadie. O en todo caso, a cualquiera.
Lima ha vuelto a la normalidad. El cielo luce alicaído, monótono y melancólico, como siempre. Ha llegado el invierno. Tengo la garganta áspera y buenos retazos de papel higiénico en el bolsillo de mi saco. Va a oscurecer. He salido de la oficina, y entre la duda de tomar un taxi o sumarme al martirio de las combis, estoy caminando. No hay un rumbo elegido. La orientación no es mi mejor virtud, pero sé que no quiero llegar a casa.
Miraflores está plagado de terrenos con recuerdos olvidados. Viejo hombre de familia de alcurnia que no se resigna al paso del tiempo, y que sufre la condena de compartir un alimento cada vez menos pródigo. Es mi distrito desde hace cuatro años, cuando me casé con Claudia, siete días después de haber cumplido veinticuatro abriles. Y llegué al departamento que hoy no quiero enfrentar, entre las calles de 28 de julio con República de Panamá. Tengo una hija, Mariel, que bordea sus tres primeros años. Sigo con Claudia, lógico. Y tengo a mis suegros rondando todo el tiempo desde que decidieron mudarse también a un departamento de su pequeño edificio. El mismo que les sirve para mantener a su hija cerca con innegables gangas de alquiler, y mano blanda para la cobranza. Trabajo en un estudio de abogados como administrador. No sé absolutamente nada de aspectos legales pero todos los días me enfrento a hombres de buen manejo del lenguaje y títulos de postgrado en universidades extranjeras, y me obligan a vestir como ellos. El trabajo me lo consiguió mi suegro. Me jefe es muy amigo de él.
He llegado al parque de Miraflores. Muy cerca están los imperios de Ripley y Saga, un Mc Donalds, un D’onofrio y muchos otros locales de comidas. Algunos de prestigio y antigüedad, como el Café Café, y otros de dudoso higiene y muy alertas a la Sunat, como la sanguchería Miguel o un chifa en el que alguna vez observé una rata recorriendo la entrada a la cocina. Me he sentado en la rotonda que sirve para que algunos viejos artistas vendan sus productos artesanales a los curiosos y turistas, que inexplicablemente, siempre están por Miraflores. He visto de lejos al loco Poggi. Su pelo verde y su libro. Lo evito con la mirada. Estoy sentado dándole la espalda al movimiento de la rotonda. A mi lado sólo hay restos líquidos de un sánguche que venden en una carreta muy cerca de allí. He llegado a la conclusión de que me voy a comer uno en un rato. Qué importa lo que me diga Claudia. En el peor de los casos, tendré que comer doble disimulando con un chicle los aromas de mi butifarra.
*
Siempre he creído que las cosas buenas de mi vida ocurren cuando no las pienso tanto. Si pienso mucho en algo, me sucede lo contrario. Si estoy a la espera de una buena noticia y dibujo su desenlace feliz en mi cerebro más de una vez, nunca llega. Hoy no ha sido así. He pensado en Gonzalo. Lo he vuelto a extrañar. Y de repente ha aparecido la silueta de Isabel.
Los años han pasado y ya no es la chica que marcaba la diferencia por donde iba. Pero sigue siendo una mujer hermosa. Aún delgada, aunque no tanto como los últimos días que la vi. Lleva puesto un pantalón de tela negro y un largo abrigo verde. Una moda que no es limeña. Asumo que la debe haber traído de España segundos antes de que me reconozca. Isabel ha soltado una mini carcajada para después abrazarme. Luego de las típicas frases de los reencuentros sin alcohol, ha roto la incomodidad bromeando sobre mi peso. Sí pues, he engordado. Isabel me cuenta que está de paso por Lima. Que se quedará un par de días para luego viajar a Máncora, dónde pasará, con el sol de aliado, su última semana de vacaciones. No quiere más frío. Estudia antropología en Barcelona y el año entrante acabará. No se ha casado. Esporádicos noviazgos la ayudaron a domar la añoranza y la carga de sentirse una extraña. Sus padres siguen vivos, me alegro. Tiene 29 años, uno más que yo.
Nos hemos alejado de la rotonda y para mí, ya Miraflores no existe. Estamos sentados en el Café Z, frente al bowling y al lugar en el que me hice mi primer tatuaje junto a Gonzalo. Le he dicho que yo invitaré, e Isabel no se ha negado. Cojudamente pido comida en abundancia. Para beber yo quiero una cerveza. Ella agua. Estás linda, le he dicho. Ya nuestra edad permite ese tipo de frases sin que suenen necesariamente a un jileo. Ella me lo ha agradecido y sus mejillas han retomado el color de nuestros veranos más hermosos. Me ha hecho hablar largo rato de Claudia y de Mariel. Y me ha sorprendido mi poco entusiasmo pese a que me esmeré en no hacerlo notar. Aún no llegamos al tema principal. El que nos une y nos unirá para siempre. He vuelto a pedir una cerveza y esta vez ella me ha imitado.
*

Desde que conocí a Claudia no he vuelto a salir con mujeres. No he vuelto siquiera a conversar más de tres minutos con alguna, y esta situación con Isabel me tiene temblando de ansiedad. Como si estuviese ingresando a un maravilloso mundo prohibido. Como si me ofreciera la manzana que me expulsará del paraíso. En realidad nunca fui muy mujeriego. Antes de Claudia sólo tuve romances esporádicos y cortos. Sexualmente mi vida era risible para mis “colegas” cuando le dije para ser enamorados. Así estuvimos un año. Y luego llegaron la boda y Mariel. Eran épocas duras y yo buscaba formar mi propio camino. Y nunca me dediqué a pensar mucho sobre lo que estaba haciendo al casarme.
¿Y qué sabes de Nora? Me ha dicho Isabel con seriedad, mientras tomaba de pico un largo sorbo de su cerveza. Nada, desde hace tiempo, le digo. Creo que tenía pensado irse a Estados Unidos con Lorena, su hija mayor. Qué pena, me dice Isabel. Me hubiera gustado visitarla. Nora es la mamá de Gonzalo, e Isabel no la ve desde hace seis años, cuando decidió despedirse de Lima y de sus recuerdos, para refugiar sus angustias en España. A Nora la vi cada vez con menos frecuencia hasta que llegamos a este punto, cuando le digo a Isabel que no sé nada de ella desde hace tiempo y no miento.
Gonzalo fue mi mejor amigo. Prácticamente nos hicimos grandes juntos. Lo conocí en la universidad, cuando ambos teníamos 17 años y un futuro incierto. La química fue inevitable. Éramos personajes retraídos, descontentos. Sin la motivación de los estudiantes de administración de la De Lima. A los dos años, Gonzalo conoció a Isabel. Y se hicieron enamorados.
¿Lo extrañas? Mi pregunta ha sonado estúpida, pero ya considero inevitable abordar el tema. He apagado mi teléfono, son casi las nueve de la noche e Isabel lleva tres botellas de cerveza en el cuerpo. Claudia me retará de todas formas, y esta vez, no le tengo miedo. Claro que sí, me ha respondido. A veces creo que nunca lo voy a dejar de extrañar. Sus ojos tienen un incuestionable brillo de melancolía. Yo también lo extraño. Me ha hecho muchísima falta. Pero a veces creo que su recuerdo es más duro por el hecho de que con él, se fue Isabel de mi vida.
Isabel y Gonzalo formaban una pareja envidiable. Se llevaban muy bien. Ella era de verdad hermosa. La chica más linda que he visto en mi vida, me decía Gonzalo. Y yo opinaba exactamente lo mismo. Me sumaron casi como un complemento a su relación. Pasaba mucho tiempo con ellos. Viajábamos juntos cada vez que se podía, Isabel me invitaba los fines de semana de verano a su casa de playa en San Bartolo, y así, fuimos moldeando una muy bonita amistad. Es cierto que yo en silencio estaba enamorado de Isabel, pero era un secreto vetado para mi cerebro. En ocasiones sólo estábamos los dos, y yo no me cansaba de escuchar su voz, y de compartir sus sueños. Hoy que lo recuerdo, Isabel más de una vez mencionó vivir en España.
“Gonzalo siempre sospechó de nosotros”, me ha dicho Isabel. Y mi cuerpo ha experimentado esa sensación de hormigueo en el estómago que sucumbe con un dolor helado en el alma. “Sí, hasta le llegué a comentar algo”. ¿Cuándo se lo comentaste? ¿Qué le dijiste? ¿Acaso tuvo algo que ver? Isabel ha colocado su boca en señal de quién sabe y sus ojos verdes como dos ametralladoras.
Gonzalo tenía un problema que descubrimos era hereditario. Grandes síntomas de esquizofrenia se apoderaron de él los últimos meses de su vida. Su papá tiene la misma enfermedad. Vivía en Tacna hasta donde yo sabía. Nuca lo conocí. Pero estoy seguro de que no ha muerto. Dicen que las drogas intensifican el mal. Y Gonzalo no era un chico sano. Gracias a él conocí la marihuana, vicio que me acoge aún hoy. Esa hierba fue acompañante frecuente en nuestra amistad. Luego le trasladamos el vicio a Isabel. Aún no le pregunto si lo conserva. Pero Gonzalo no se quedó en eso. Poco a poco conoció otras formas de escapar de su mundo, hasta que llegó a la cocaína, que a diferencia del resto, lo colocaba en un estado de contemplación, siempre con los ojos llenos de miedo, furia, amor, odio o sabe Dios qué. Los últimos días de su vida los sobrellevó con pastillas para dormir en grandes cantidades, y las mezclaba con otras que lo mantenían despierto. Se convirtió en un ser dependiente totalmente. Y esto fue separándolo de Isabel.
Pese a ello, Isabel y yo trasladamos todas nuestras fuerzas a tratar de alejarlo de las malas mañas. Era en vano. Cuando las cosas se pusieron serias, y Gonzalo perdía poco a poco la batalla, Isabel fue entrando en depresión. Y yo le serví de aguante.
*

He prendido mi teléfono. Claudia me ha llamado casi al instante. ¿Dónde andas? Te he estado llamando, son más de las diez de la noche. Disculpa, mi amor, le digo. Me he encontrado con una antigua amistad, y estamos tomando unas cervezas. Isabel me observa. Y escucha. Sí, ya sé que es miércoles pero no te preocupes. Ya sé que estoy resfriado. Sí, ya la tomé. Ya mi amor, yo la paso a su cama. Un beso. Yo también. Isabel sonríe a medias y se pide una última cerveza. Nos miramos fijamente unos segundos. Le noto el paso del tiempo. Unas pequeñas líneas se asoman a sus ojos. ¿Alguna vez te has preguntado si lo nuestro hubiese funcionado? La pregunta de Isabel viene cargada de sentimientos encontrados. Era difícil, ¿no?, le he contestado.
La noticia del suicidio de mi amigo me golpeó el alma. Me dejó literalmente inerte. Sin respuestas. Sin anhelos. Isabel sufrió más. La tuvieron que controlar con medicamentos los días del velorio y el entierro. No la volví a ver. Semanas después se había largado del Perú. Nunca se comunicó conmigo. Y me enteré por algunas amistades en común, que su paradero era España. Me quedé solo en Lima. Y decidí seguir adelante. Claudia me ayudó mucho en eso, y hoy que lo pienso, quizás fue esa la verdadera razón de mi matrimonio.
He pedido la cuenta. Claudia me ha vuelto a llamar pero he dejado que el teléfono suene y suene. Estoy caminando con Isabel sabiendo que depende de mí seguir alargando la noche. Pese a ello, nos despedimos. La ayudo a tomar un taxi. Me deja su correo electrónico y su dirección en Barcelona. La abrazo con resignación. Ella acomoda su rostro en mi pecho. Cuídate, me dice. Tú también. Y se marcha. Sigo caminando. Mi casa no está lejos. Entro. Llevo a Mariel a su cama. Está dormida. Al rato veré los inicios de una película con Claudia y luego le haré el amor. Siempre tendré la pregunta de Isabel en mi cerebro. ¿Alguna vez te has preguntado si lo nuestro hubiese funcionado? Claro que no. Las cosas buenas en mi vida sólo suceden cuando no las pienso tanto.

jueves, 3 de abril de 2008

El adiós de la gacela (F)

Con sincerísimo agradecimiento, a mis primos George y Rafo, que me leen.
Quedaban escasos segundos en tiempo real, pero el reloj de la pantalla en el campo virtual del Old Trafford señalaba 38 minutos del segundo tiempo. El Manchester de Javier me ganaba el partido uno a cero. El público expectante. Ese encuentro definía el campeonato. Y con ello, el pozo de veinte soles que habíamos acumulado entre los diez participantes en el “vicio”. Fue allí que empezó la leyenda de los Gunners del Arsenal. Comandados por Thierry Henry, mis once guerreros vestidos de rojo dieron una muestra de garra y talento. Borde del área, Javier pierde el control de su defensa y Henry que arremete con potencia. Disparo cruzado, arriesgado si tomamos en cuenta la distancia, y golazo. El griterío no se hizo esperar. El Manchester había perdido moral, y eso fue suficiente para que en la siguiente jugada otra escapada de Henry termine en gol de Pires. El dos a uno y el campeonato. El primero de mi larga racha comandando al magnífico Arsenal.
Desde ese entonces el “vicio” se convirtió en mi segundo hogar. Oscuro, en un segundo piso. Con varios televisores apretados y muchos alaridos en el ambiente. Quedaba a varias cuadras de mi casa, muy cerca de una conocida universidad. Y albergaba a jugadores de todo tipo. Había mucha gente de barrio, como yo, que no contábamos en casa con el bendito Play Station 2, la consola que hacía funcionar al Winning Eleven, acaso el mejor juego de fútbol virtual de todos los tiempos. Pero también llegaban al lugar chicos pitucos, que sin duda tenían el aparato, pero que arribaban al “vicio” por el simple afán de competir. Yo acudía todas las tardes después del colegio. Y en aquella gloriosa jornada de mi primer campeonato, tenía trece años. Y había conseguido los dos soles para la apuesta por mi abuela, que se compadeció ante la negación de mi mamá.
El Winning Eleven es una religión. En el Perú y en todos los países futboleros. Sus inicios datan de la consola Play Station 1, pero con la segunda versión, el juego adquirió tonalidades espectaculares, muy cercanas a la realidad. Con la llegada del cable a las masas, y la posibilidad de observar en ESPN la Champions League, el campeonato de clubes más atractivo del mundo, el Winning se convirtió en una connotación de esos partidos. Y los ídolos del barrio dejaron de ser los jugadores de Alianza o de Universitario, y ocuparon su lugar las estrellas del Barcelona, el Milán, el Real Madrid, etc.
Mi equipo siempre fue el Arsenal. Del maestro Thierry Henry. La gacela, lo llamaba con cariño. Henry era de los mejores jugadores del Winning Eleven. Rapidísimo, con potencia en ambas piernas, gambeta endiablada y una capacidad asesina al momento de anotar un gol. Un calco del mejor Henry de la realidad. Era mi mejor arma. Y me siguió acompañando en la obtención de todos mis logros en el “vicio”. Modestia aparte, muy pocas veces perdía. Los años pasaron y el magnífico Arsenal se fue deteriorando. De aquel primer equipo glorioso e imparable, se me fueron yendo Vieira, Wiltord, Campbell, Kanú, Pires, Ashley Cole. Pero siempre me quedaba Henry. Y eso, para molestia de mis rivales, era suficiente.
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Un par de años después de mi primer título de campeón, el “vicio” se convirtió en una preocupación para mis padres. Pasaba cada vez más tiempo allí. Además, me había servido para hacer amistades. Y cuando no me tocaba jugar, me dedicaba, como el resto, a meter chacota, a retar a la gente, a burlarme de la desgracia ajena cuando se perdía. Conmigo, éramos cuatro los infaltables. Completaban el grupo Javier y Mario, que tenían mi edad, y Alexis, que tenía 20 años, pero su sentido de la madurez iba paralelo al nuestro. Él incluyó un nuevo vicio al grupo. Era asiduo aficionado a la marihuana, y le gustaba llegar drogado a jugar. Todos lo imitábamos. Y las tardes se hacían larguísimas sin que nos diéramos cuenta.
Mis padres no hallaban la manera de mantenerme en casa. Me reducían la propina, improvisaban castigos. Pero no había forma. Yo en el “vicio” tenía un nombre. Y la mayoría de muchachos que se atrevían a retarme, terminaban pagando la hora, así que de dinero no me preocupaba mucho. Encima, había añadido algo más a mi afición por andar fuera de casa. Mi abuela, que vivía con nosotros desde siempre, había sucumbido a la vejez. Y la memoria se le andaba deteriorando de manera ascendente con el correr del calendario. Yo simplemente no la soportaba.
Ella fue parte importantísima de mi vida. Prácticamente me crió muchos años, cuando mi mamá tenía trabajo. Y tanto a mí como a mi hermana mayor, nos adoraba. Nos consentía de manera desmesurada. No había posibilidad de molestia en sus palabras, y cuando nuestros padres nos retaban, nos levantaba el ánimo a escondidas con dulces o monedas. Así que no nos hacía gracia verla en su estado actual. A veces no nos reconocía. Confundía roles. A mi mamá, que era su hija, la trataba como si fuese su madre, y a mi hermana, como a una empleada doméstica de las de antes, casi como una esclava. Mi padre, que nunca se portó mal con ella, le hacía recodar a mi abuelo. Entonces le podía gritar improperios como borracho o mañoso. Y en ocasiones hasta lo quería obligar a que entre a su cuarto con ella.
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El “vicio” era entonces, mi refugio, mi escape. Sin embargo con el tiempo mi afición por el Winning disminuyó. Era duro cargar con esa cruz que me señalaba como el mejor de todos. Eso significaba jugar siempre con el público en contra, y cuando perdía un partido, el griterío era digno de gol peruano en las Eliminatorias. Entonces me podía pasar cuatro o cinco horas en el “vicio” o cerca de allí, jugando sólo algunos partidos. Eso sí, junto a Javier, Mario y Alexis, la marihuana era cada vez más frecuente. Y cuando había dinero, aparecían la cerveza o el ron, que me invitaban a confesar el odio hacia mi hogar.
Lo mejor del “vicio” era que por haber aumentado su población de adictos, llegaban incluso mujeres. Algunas lo hacían para jugar Winning y otras para estar cerca de algún chico que les gustaba. No eran de nivel (tanto en el juego como en el físico) pero servían para adornar el ambiente. Alexis era de los que llegaba de vez en cuando con alguna. Y una tarde logró citar a cuatro. Nos unimos a ellas y nos dirigimos a un parque cercano a tomar cervezas y fumar marihuana. Sólo una de las chicas era bonita, pero estaba con Alexis. Nosotros nos conformamos con el resto. La que era quizás la segunda en el ranking me puso la puntería, y de manera inmediata, decidí seguirle el juego. Se llamaba Alexandra. Tenía el cabello negro, la cara bonita y era entretenida, pero algo gordita para mi gusto.
Yo estudiaba en colegio de hombres, y mi contacto con mujeres era mínimo. Casi nulo. No tenía experiencia en el arte del “jileo”, y si no hubiese sido por el alcohol, que me desinhibía, y la marihuana, que volvía idiota a cualquier interlocutor, no hubiese podido siquiera hablar con Alexandra. Con el correr de los minutos y la carcajada, llegué a la conclusión de que si éstas chicas estaban una tarde-noche con cuatro muchachos en el apogeo de su mañosería, y que salían de estar metidos por horas en un cubículo oscuro al que llamaban “vicio”, era por algo. A conversar no habían llegado. Yo fui el primero en lanzarme. Sólo recuerdo mis labios moviéndose torpemente entre los de Alexandra que con los ojos cerrados disimulaba el malestar de estar en contacto con un chico inexperto y que la llenaba de babas con olor a cerveza. Luego noté que el resto de mis amigos hacía lo mismo con su chica de turno. Y nos sentimos bien.
Cuando llegó la hora de cambiar de aires, Alexandra fue la de la iniciativa. “Nos vamos”, le dijo al grupo tomándome de la mano. Y nos alejamos del parque. Alexandra era la primera mujer a la que besaba. Y pese a que físicamente no era de mi agrado, la amé ese momento mientras su lengua me hacía hombre. Ella gozaba de muchísima más experiencia que yo, y terminamos, muy cerca de las doce de la noche, tocando nuestras partes íntimas en las afueras de una quinta escondida.
En una sola noche yo había besado a mi primera mujer, ¡y por poco había tenido sexo con ella! Mis quince años me decían a gritos que quería más. Quedamos en encontrarnos la tarde siguiente, la acompañé a su casa que quedaba muy cerca, y llegué a la mía silbando de contento después de tiempo. Esa noche en mi cama no podía dormir de las ganas que tenía de estar con Alexandra. Ideaba en mi cerebro mil y una estrategias a utilizar la próxima vez que nuestros cuerpos se junten. Tenía aún su olor en los dedos y no dejaba de inhalarlos. Andaba caliente como estufa de verano. Hasta que una sombra se hizo espacio entre mi cuarto. Un cúmulo de piel de pasas se acercaba. Era mi abuela totalmente desnuda, y con la velocidad de sus mejores años, se metió en mi cama.
La calentura se me fue en el acto. Dejé de ser el hombre viril del que me jactaba por haber pasado la noche con Alexandra y volví a ser un niño. Un grito suplicante se apoderó de mi hogar: “¡Mamá!”
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Aquella anécdota con mi abuela me dejó un trauma muy fuerte. No acudí a la cita con Alexandra. Ahora sus olores los relacionaba con los de mi abuela, y la conclusión era nauseabunda. Una mezcla de flores con naftalina. Nunca más la volví a ver. Asimismo dejé de tener contacto con mujeres un buen tiempo. Mis amigos fueron abandonando el “vicio” paulatinamente. Preferían pasar el tiempo buscando chicas. Y así, entre traumas y controles negros del Play Station 2, me fui quedando solo.
Mi abuela seguía con lo suyo. Mi madre estaba cada vez más desesperada, la volvía loca. Pienso que mi incidente con la abuela significó para ella un trauma peor. La escuchaba llorar muchísimas noches. Confieso que deseé con todas mis fuerzas que mi abuela se muera. Que nos deje en paz.
Los recuerdos que tenía de la persona que más había influenciado en mi niñez se distorsionaban con los hechos de la actualidad. Mi abuela siempre fue una mujer pudorosa. Siempre aconsejándole a mi hermana que había que cuidarse, que no tenía por qué andar con poca ropa. Ahora se paseaba desnuda por mi hogar como si nada. Insultaba a diestra y siniestra, se comía la mantequilla como si se tratase de una fruta, luchaba por escaparse de su cuarto.
Fue así que al año siguiente, y luego de tormentosas anécdotas que prefiero obviar, tratando de huir de su encierro, cayó al suelo. Se rompió la cadera la abuela. Ahora andaba en silla de ruedas. Y como por arte de magia, su luz se apagó. Parece que lo conciente que aún guardaba floreció. Y se dedicó a esperar el fin sin hacernos problemas.
El día de su muerte yo andaba en el “vicio”. Alexis me había retado a un mano a mano que superé con facilidad. Thierry Henry, la gacela, se encargó de desechar en todos los asiduos concurrentes al lugar el rumor que indicaba que yo había perdido habilidad en el Winning. Cuando me enteré de lo de la abuela, me sorprendió mi indiferencia. Permanecí inmutable tanto en el velorio como en su entierro. Mi abuela se había ido de mi vida ya hace mucho tiempo.
Dos días después, los cables de noticias deportivas por la televisión informaban sobre “el traspaso del año”. Thierry Henry, del Arsenal, abandonaba su club de toda la vida para enrolarse al Barcelona de España. Era el fin de la dinastía del Arsenal en el “vicio”. Sin la gacela, no podría ganar nada. Y pasar a usar otro equipo era algo vetado en el código de los “viciosos”. Mi hogar, después de tiempo, era un monumento al silencio, como yo. Entonces apagué el televisor, me senté al borde de mi cama, y lloré, lloré y lloré.