jueves, 17 de julio de 2008

Sobre la ciencia de estar solo (Y)

A Paloma, para que no le de "penita".
Mi hermana siempre me dice que le da “penita” cuando por casualidades de la vida me encuentra por la calle, ya sea en el auto o caminando, sin más compañía que la atormentada luz de mi sombra. Siempre le contesto con varonil autosuficiencia, y le digo que no me importa estar solo. Que incluso a veces, me gusta. Hace unos días me puse a pensar en aquello cuando me sorprendí a mí mismo en esas estresantes horas libres para el almuerzo en los trabajos, ingresando a mi frecuentado supermercado, el Wong de Benavides, realizando la más análoga oda al individualismo. Entre las dos y las tres de la tarde la sección de comidas preparadas en Wong, revienta. Se forma una larga cola en la que destacan mujeres de oficina uniformadas, tríos o cuartetos de hombres enternados, uno que otro grupo de trabajadores de construcción. Hasta amas de casa acompañadas por sus hijos. Yo había elegido dos panes y un jugo de naranja natural, y me disponía a comprar una porción de lomo saltado. Luego de pagar, y observando a los grupos o parejas desfilar hacia un lugar cómodo para alimentarse, fui a parar a mi carro, ubicado en el rincón más alejado del estacionamiento privado del lugar, dispuesto a devorar el par de sánguches que fungirían de almuerzo.

No sé por qué razón las palabras de mi hermana reaparecieron. “Qué penita”, hubiese dicho sin dudas al verme tratando de parar el hambre en un asiento estorbado por un timón, abriendo panes y colocando un alimento que destaca por su hediondez sin siquiera haber pedido por compasión un tenedor o un cuchillo (ni hablar de la servilleta, partes de “El Bocón” recién comprado terminaron con dibujos fusiformes de colores rojizos y encebollados). Confieso que sentí “autopenita”.

Antes de compartir con el viento un eructo desvergonzado, medité sobre mis ratos de soledad. Todo el que me conoce pensará que por el hecho de estar inmerso en una larga relación de pareja, si hablo de soledad suena a broma. Pero no es así. Suelo ser un solitario. Esto se debe quizás a que me llevo bien conmigo mismo. Conozco gente que no tolera estar sola. Que le abruma el aburrimiento ni bien se sorprende sin compañía. Yo no. Qué raro. Siempre se me ha catalogado como un hombre que no se quiere mucho a sí mismo. ¿El problema no será tal vez que me quiero demasiado? Al menos quiero mucho al ente que se queda conmigo cada vez que me abandona el mundo.

Mi hermana ni lo sospecha, pero quizás ella tiene mucho que ver en mi situación. Desde que llegó al mundo, tres meses antes de que yo cumpla tres años, compartimos vivienda. Y cuando uno es pequeño y el tiempo sobra, hay que ingeniársela para no desfallecer de sopor. Nunca me gustó jugar a la comidita o a las barbies, y pese a que me esmeré en moldear a mi hermana en las artes del fútbol o las peleas, rápidamente perdí la batalla ante sus histéricos gritos, pese a que en el fondo se moría por contentar a su entonces abusivo hermano mayor. Así, me las fui arreglando solo. Mal no me fue. Heredé y modernicé un juego de mi padre que consistía en realizar partidos de fútbol con chapitas desempeñando roles de jugadores. Yo convertí a todos mis muñecos en los “amigos” que me acompañaron tardes y tardes antes de que aparezca el Winning Eleven. Al mismo tiempo, cuando mi cuerpo me pedía movimiento, cualquier espacio se convertía en estadio, y hasta las pequeñas salas de los departamentos de mi niñez soportaban los pelotazos que daba mientras narraba en silencio la carrera entera de un crack del deporte rey: un tal Gabriel Reaño.

Me iba mejor solo que acompañado, es la verdad. Incluso en los veranos, cuando compartía tres meses una gran casa con todos mis primos hermanos en San Bartolo, no había mayor placer que encerrarme en un cuarto a jugar solo (no estoy hablando de las periferias que cada uno desempeñaba en los baños cuando llegó la adolescencia, por si acaso). Cuando llegó a mi vida mi hermano menor, la cosa varió un poco. Jugaba con él casi todas las tardes al fútbol o a las peleas. Aunque a veces, cuando me aburría y quería volver a la soledad de mis juegos, lo llenaba de taponazos hasta que no le quedaba otra que abandonar la partida (en el caso de las peleas estilo Dragon Ball Z con las que nos vacilábamos, abandoné yo el ring cuando noté que crecía, y que me era cada vez más difícil tumbarlo y someterlo a mis torturas).

Hoy en día pues, he heredado esa tendencia a la soledad. No me desagrada, por ejemplo, manejar solo, y salvo excepciones, como alguna noche entre las seis y las siete por la Javier Prado, suelo andar contento entre mis maniobras “caña monses” y mis contados y repetidísimos discos. Caminar es un tanto más difícil. A veces hasta yo no logro tolerar mis pasos acelerados que tanto le disgustan a mi enamorada. Pero una vez que llego a mi destino, todo es felicidad. Así me paseo, si es el caso, por Wong en búsqueda de insumos que van desde alguna revista hasta un pequeño frasco de leche condensada que degusto golosamente íntegro a escondidas. Cuando hay billete, un paquete de salames es básico. Y me encargo de que llegue a mi hogar únicamente para botar el envase vacío.

También me gusta ir al cine solo. Es más, admiro a la gente que descubro sin compañía en la penumbra de la sala. Cada vez que tengo tiempo, lo primero que quiero es entrar a un cine. Cuando la economía no me lo permite, me cuelo entre el mar de desconocidos que es a veces mi facultad y me meto al cine que tenemos en el tercer piso del pabellón colindante. Así me he ganado con películas que no escogería jamás así me dieran una tarde entera en los huecos de DVDs piratas de Polvos Azules, pero que me han gustado mucho.

En el fútbol también soy solitario. Prefiero ver un partido importante sin compañía. No soporto las reuniones que se hacen a propósito de un partido de Perú por ejemplo, que terminan con excesos de cervezas y el abandono del interés a los 23 minutos del primer tiempo (casi siempre el resultado negativo ayuda en ello). Yo prefiero verlo en mi casa. Y si es solo, mejor. En otro cuarto se ubican mi viejo con mi hermano, y si quiero comentar algo, simplemente les grito.

Otra de las actividades que puedo realizar solo es la visita a las librerías. Tengo una preferida, Crisol del Jockey Plaza. Me puedo pasar, sin exagerar, una o dos horas ahí. Incluso ideé la estrategia perfecta para leer un libro de un japonés, Haruki Murakami, que me había recomendado un primo, cuyo precio, 90 soles, me generaba un absurdo reparo. Sabía exactamente dónde estaba ubicado, y había logrado abrir una edición y esconderla en la tercera fila de esa columna de ejemplares de color negro. Un día, tal vez al notar que un tacañazo como yo le estaba ganando al sistema, me lo desaparecieron. Y no logré concluir la historia del protagonista de Tokio Blues (pongo el nombre para ver si desencadeno el instinto solidario de algún lector y me lo regala).

Estar solo me sirve, sobre todo, para pensar. Yo pienso mucho (y eso a veces no es muy bueno). Cuestiono harto las cosas. Les doy vueltas. También me sirve para observar a la gente. Me encanta sentirme un desconocido. Analizar miradas, ritmos al caminar, cuchicheos. De hecho todas las cosas que escribo tienen un borrador en mi memoria realizado cuando estoy solo. Algunas historias nunca llegan al papel. Otras se transforman y mejoran, otras nunca llegan a la perfección con las que las ideé en mi cabeza mientras paseaba por el mundo.

¿Seré un maldito egoísta? ¿Acaso un narcisista? Claro que no. Sólo puedo decir que mi tendencia antisocial tiene una razón. Eso sí, afirmo con la convicción que me brinda ser a menudo un “compañero sentimental”, que no he conocido mejor sentimiento que la compañía de una persona que te ame. Que sólo su presencia me puede sacar con gusto de mis casillas solitarias. Estoy seguro de que sin ella, no podría disfrutar como lo hago de mi soledad. Y no me quedaría otra que agachar la cabeza cuando mi hermana me encuentre por la calle cual pinche loco solitario, y me diga llena de ternura y sinceridad: “qué penita”.

lunes, 23 de junio de 2008

Euro 2008: nostalgia por el 10 (Y)

Con artimañas y jugando un poco a Houdini, me desligué de las “obligaciones” sentimentales del domingo y separé casi tres horas de mi tiempo para ver el partido por cuartos de final entre Italia y España. La ocasión lo ameritaba. La previa nos señalaba una especie de “clásico”, y teniendo en cuenta lo que habían hecho ambos equipos en la Eurocopa, se podía imaginar un partidazo, con una Italia reconfortada por su “milagrosa” clasificación, enfrentando a la España demoledora de David Villa y el “Niño” Torres. Pasados los primeros minutos deduje que lo más factible hubiese sido sospechar el verdadero desenlace del encuentro. Una Italia despojada de sus dos mejores hombres, el batallador Gattuso (que vale por dos en la marca) y el elegante Pirlo, núcleo de los esporádicos momentos de buen fútbol de la “Azurra”, se dedicó, con más ahínco que el habitual (que es extremo) al famoso “catenaccio”. Y España, siguiendo las leyes no escritas pero establecidas del fútbol, no pudo ser ese equipo grande capaz de superar las adversidades en el momento exacto. El cero a cero estaba cantado desde que el “Niño” Torres era anulado por la experiencia de la zaga italiana y Villa abusaba de lo individual con esfuerzos que terminaban mansitos en las manos de Buffon.
Fuera de una atropellada de Luca Toni que desencadenó en un disparo mediocre de Camoranessi y uno que otro remate desde lejos de David Silva o Marcos Senna, fueron los penales los que suscitaron la mayor emoción. Aunque el brote de sentimientos apareció en mí en una imagen ajena al partido, cuando las cámaras poncharon al público y encontraron, sentado al costado de Arsene Wenger, al maestro Zinedine Zidane. Qué nostalgia verlo en ropajes distintos a su camiseta número diez, a sus medias siempre hasta arriba, a sus botines, que aún en épocas marketeras de colores y formas llamativas, siempre fueron los Predator más simples de Adidas. La simpleza, pese a ello, es el adjetivo que menos calza en Zidane. Aquel elegantísimo volante francés de metro ochenta y cinco de exquisita técnica y dueño de jugadas dignas de un mago.
La presente Eurocopa me deja el buen juego de Holanda (ya había presagiado que no sería campeón, pero lo imaginé mínimo en semifinales); la sorprendente “mano” de Guus Hiddink, que hizo de Rusia un equipo jodido; la confirmación del mito (¿o realidad?) de que Alemania siempre está; el amor propio de Turquía, superando un partido ya perdido; el colofón del maleficio de los cuartos de final para España. En las individualidades, me quedo con los arqueros. Qué arquerazos hay en Europa. Creo que es en lo único que nos superan (hablando como sudamericano, obvio). También con Ballack, que siempre está; David Villa, goleadorzote; y el ruso Arshavin, dueño de la mejor actuación individual del torneo frente a Holanda (yo le hubiese puesto 10 si se me pedía una calificación).
Y hablando de sistemas, todos los equipos medianamente protagonistas respondieron con capacidad ofensiva y muchas variantes. Lo de Holanda fue superlativo, pero por momentos Portugal destacó, España confirmó que con jugadores de buen pie (los verdaderos, no Donny Neyra ni esas cagadas que pone Chemo en la primera línea de la selección) se puede llegar lejos, Alemania ha tenido lo suyo; Rusia, Turquía, Croacia…Pero lo principal en esta Euro versión 2008 es la certeza de que el número diez, aquel volante armador, elegante, de buena técnica y el ancla de un equipo, ha desaparecido. Ya nadie lo utiliza.
¿Cómo pensar en una Francia protagonista sin Zinedine Zidane? ¿Es concebible que su camiseta (la 10) sea utilizada ahora por Govou? Dejando la modestia de lado, mi condición de eficiente delantero a nivel amateur me permite criticar con dureza a los atacantes. No concibo, por ejemplo, un delantero al que se le pague plata que no pueda pegarle con las dos piernas. Sí rescato al que tiene buen juego aéreo, condición de la que carezco rotundamente, y hablando de carencias, por ello admiro siempre al número 10. Aquel hombre capaz de inventar lo que no me permite el talento en mis "pichangas". Por eso hoy añoro a Zidane, y más que una Eurocopa sin Inglaterra, esta para mí fue rarísima porque no estuvo Zizou. Y por ende, no estuvo Francia.
Crecí con las últimas caricias de los números diez. Me enamoré del fútbol con Valderrama, Leo Rodríguez, Aguinaga, Raí, Bengochea, los enganches de mis primeras aproximaciones al fútbol internacional. Admiré a Laudrup, Gascoigne, Hagi y Roberto Baggio cuando mi romance florecía, y ya en el apogeo de mi relación, me conquistó Zidane. Por eso hoy lo extraño, y por eso seré el principal defensor de Riquelme, el único sobreviviente de esa bendita especie de jugadores diferentes.
La Euro 2008 se va a clausurar el domingo próximo. El rey fútbol coronará a un nuevo campeón. Si no hay sorpresas, será Alemania. No descarto a Rusia en la final. ¿España? No creo (y no quiero). Pero al menos para mí, este torneo pasará al recuerdo como el primero sin Zinedine. El primero con la camiseta número 10 definitivamente extraviada entre volantes de primera línea y centrodelanteros. La ley del fútbol dice que así será de hoy en adelante. Y con el tiempo no habrá mayor drama. Me aclimataré a ello. Y pasaré domingos sentado frente al televisor esquivando a mis afectos con ilusionismos estilo Houdini. Ilusionismos, porque si hablamos de magia, sólo Zidane.

jueves, 12 de junio de 2008

Oda a la naranja (Y)

A toda la gente de la Secona, la única naranja campeona.
¿Por qué Holanda nunca ha sido campeón del mundo? Las últimas cuatro décadas nos presentan equipazos vestidos bajo el apelativo de “la naranja mecánica” que por una u otra razón, no quedarán jamás en las frías estadísticas que sólo recuerdan a los ganadores. Repasemos: en los setentas apareció el mito. Johan Cruyff fue el abanderado de un demoledor equipo que con una táctica moderna revolucionó el fútbol. Su juego fue catalogado como “el fútbol total”, pero fueron sub campeones en el 74 y en el 78, siempre superados por el país anfitrión, Alemania y Argentina, respectivamente. Los ochentas nos regalaron a “los tres mosqueteros de Milán”, que a nivel de clubes dejaron migajas al resto con el A.C. Milan italiano, pero que con su selección fracasaron en los mundiales. Ruud Gullit, Frank Rijkard y el mortal Marco Van Basten se sumaron a la potencia de Ronald Koeman para formar un equipo que consiguió el único laurel de los “tulipanes”, la Eurocopa del 88. Hubo un recambio generacional en los noventas con la llegada de Dennis Bergkamp y el nacimiento de una generación prodigiosa que con el Ajax de Ámsterdam, de la mano de Louis Van Gaal, fueron dioses en Europa (siempre a nivel de clubes). De ahí podemos nombrar apellidos ilustres como Seedorf, Davids, los hermanos De Boer, Van Der Sar, Overmars, Kluivert; y otros ajenos a la camada del Ajax como Stam, Van Bronchors, Cocu o Makaay. Ellos, siempre candidatos al título, se quedaron en cuartos en el 94 y en semifinales en el 98 (en ambas jornadas fueron eliminados por Brasil). La década actual tuvo en Ruud Van Nistelrooy la mejor aparición, y complementado con la madurez de los hombres de los noventas, dieron a luz a una selección que ilusionó a todos. El resultado fue una eliminación en semifinales en la Eurocopa que ellos mismos organizaron en el 2000, la ausencia impensada en el Mundial 2002, y el fracaso en octavos de final del último Mundial a manos de Portugal.
Alguna vez le escuché contar una anécdota a un periodista argentino en relación a lo expuesto. Él le pidió a un colega holandés que le explique la razón de la ausencia de títulos en los escudos de su camiseta. El europeo le respondió, sin mofa, “es que para nosotros los caños (huachas o túneles en “argentino”) nos sirven para los canales de agua”. Clarito. Ellos ven el fútbol desde otra perspectiva. Ajenísima a la de estos lares sudamericanos, tan pasionales, y también distinta a la de los países “fuertes” en Europa, como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra o España, donde lo que importa es ganar, sea como sea. Los holandeses ven en el fútbol una diversión. Un hooby. Quizás por ello su eterno buen trato del balón, y la bendita regla de prevalecer el toque y la técnica ante el pelotazo y las patadas amedrentadoras. En Holanda se respiran aires relajados y todo es permitido, el peace and love es patrimonio cultural. Y así avanzan en la competencia por el desarrollo, y a veces pareciera que perder una final en el fútbol no les hace daño.
La presente Eurocopa (donde al parecer se han acabado las sorpresas) me deja, una vez más, el buen juego de los holandeses. Superaron con facilidad a la Italia campeona del mundo por tres a cero. Una Italia que fue la extraña imprecisión de Pirlo, la lentitud de Panucci, la inoperancia de Toni y la maldita opción de todos los entrenadores de la “Azurra” de dejar en el banco a Del Piero. Holanda, con un Van Nistelrooy aún mortal pese a que ha perdido velocidad, con un Gio Van Bronchorts que debe haber jugado su mejor partido en competencias europeas, con un Rafa Van Der Vaart notable y un Sneijder oportuno, dio el cachetazo a los “tanos”, y les complicó su clasificación en el “grupo de la muerte”.
Holanda, dirigido por Marco Van Basten, aquel número nueve cuya lesión a la rodilla nos privó de observarlo más tiempo, tiene en Van Der Sar al mejor arquero del mundo actualmente. Con la inyección que significa haber ganado la Champions por segunda vez en su carrera, y trece años después de la primera, nos presenta un arquero maduro y conocedor del juego. En la defensa tiene cuatro robots, Boulharouz, Ooiger, Mathijsen y Gio. Ellos van a cumplir a la perfección la tarea siempre. Sin complicarse. En el medio ha sorprendido con Engelaar, una especie de Patrick Vieira (aunque menos técnico) que se come la cancha al lado de De Jong, el compañero de Paolo Guerrero en el Hamburgo. Después deja cuatro para la improvisación. Van der Vaart es el nexo entre Sneijder, Kuyt y Van Nistelrooy. Cualquiera puede anotar en el momento menos pensado.
A excepción de Portugal, que avanza a paso firme, y España que superó con facilidad a Rusia, no hay otro equipo que pueda sorprender. Alemania es siempre candidato hasta jugando mezquinamente, y entre Italia o Francia, quien despierte, estará el acompañante de Holanda en cuartos. A partir de ese momento, estará en los once hombres de Van Basten la posibilidad de reconciliarse con su historia.
Yo seguiré robándole minutos de descuento al tiempo para verlos en acción. Siempre he sido hincha de Holanda, y su fútbol me ha engatusado en varias pollas en las que los señalé como campeones. De todas maneras me divierto viéndolos rotar el balón con la elegancia que sólo esa mítica camiseta naranja puede producir. Y si se me pide un pronóstico, diría que cada vez serán más firmes, siempre con el toque fino y la velocidad, hasta llegar a la final. Ahí dominarán los noventa minutos y serán empatados faltando segundos con un gol de cabeza al más puro estilo alemán o italiano. Y en los penales, quizás Van Nistelrooy o el que menos nos imaginemos, la enviará al poste. En unas horas seguirán las construcciones de los “caños” en Ámsterdam. Los bares impregnarán de aromas a peace and love a la gente. Y vendrá otro entrenador, que, por ventura de los dioses del deporte rey, seguirá apostando por una selección que hace el “fútbol total”. Aunque las vitrinas de su federación brillen por la ausencia de trofeos.

Combis asesinas (F)

Viernes. Seis y media. La mañana, como siempre, con aroma a kerosene. Agrio cielo vestido de gris. Malena llevaba cuarenta minutos despierta. Le había preparado el desayuno a su hermano Andrés e improvisado un ropaje a tono con su trabajo. Pantalón de buso gris, polera vieja azul y zapatillas blancas. Tenía 16 años, y el año anterior, había terminado el colegio en Carhuaz, su tierra natal. Aún extrañaba su terruño, y recordaba las sinceras lágrimas de su madre cuando se despidieron, mientras abrazaba a sus tres hermanos menores. Su padre vivía en Lima, y la había convencido sin mucha dificultad que lo acompañase, con la promesa de que estudiaría en un instituto o academia. Pero llevaba dos meses en la capital y de estudios aún no le hablaban. Su padre era un eterno trabajador de una empresa constructora, pero que con el tiempo había ahorrado dinero. Eso le servía para invertir en algo que le permitía aumentar sus ingresos. Entonces alquilaba una combi. Su hijo Andrés la manejaba, y Malena era su ayudante.

Las combis en Lima funcionan así: el chofer conduce y su ayudante hace de cobrador. Generalmente ese trabajo recae en jóvenes varones que por falta de preparación no están en capacidad de encontrar algo mejor. Y tienen una particularidad: son todos vivos. Para sobrevivir en el tráfico limeño hay que estar alerta, y eso es una modalidad engendrada por las combis, que no respetan las señales de tránsito, se cruzan de carril a carril sin importarles ni los transeúntes ni los pasajeros, y hacen oídos sordos a los insultos. El cobrador tiene que estar a tono. Entonces utiliza un lenguaje achorado, se viste como el pandillero más temido y ensaya miradas asesinas. Adopta un papel que imita a los ídolos del barrio, y que muy en el fondo, no quiere interpretar.

Ese viernes el tráfico sería insoportable. Desde las ventanas de la combi, haciendo un esfuerzo, se veía el cielo con una tajada de naranja insípida. Andrés la trataría con dureza, como siempre. Y Malena impregnaría sus manos con un aroma a moneda sucia. Las horas se harían eternas y ella tendría que matar el tiempo observando la ciudad, ese monstruo interminable que la llenaba de anhelos y de miedos. Ese pedazo casi metálico tan ajeno al verde y celeste de sus días en la sierra. Era mágico notar los cambios. El contraste. Al inicio las casas modestas, las calles grises, el aire triste, la gente con sencillo. Luego los edificios, las tiendas, el cine, la gente de oficina. Malena observaba en todo su recorrido imágenes habituales, como aquellos hombres de los paraderos que indicaban a los choferes si andaban bien de tiempo o si su competencia se había llevado a la mayoría de pasajeros. A ellos les daba monedas doradas, de esas que tienen poco valor. Y veía que ciertos locales, sobre todo de comidas, se repetían en zonas urbanas. De todos ellos le llamaba la atención una pizzería azul adornada por un dominó, y se juraba que cuando tuviese dinero, entraría a probar.

Ya había aprendido algunos tips del cobrador. Pedir pasaje un par de minutos después del arribo del pasajero, no abrir la puerta si un policía andaba cerca, exigir a cada momento que la gente se apriete, que “al fondo había sitio”. Cuando se iba con velocidad y la combi estaba llena, no se frenaba en algunos paraderos. A los niños y los ancianos mejor no recogerlos. Y al pasajero que se quedaba dormido, o tenía cara de imbécil, pues se le pedía dos veces el pasaje “por si las moscas”.

Lo que más molestia le generaba a Malena no ocurría precisamente en la combi. Ahí, en cierto modo, se sentía protegida. Era un incómodo paréntesis a la precariedad. Un submarino terrestre que le propiciaba la dosis pequeña de oxígeno que no encontraría en la calle. Su hermano Andrés era duro con ella, pero si alguien le faltaba el respeto, lo bajaba en el acto. Lo peor del día llegaba al final. Cuando había que estirar las piernas y enfrentarse al mundo sin escudo. Por la noche, todos los choferes y cobradores que alquilaban las combis las tenían que devolver en un mismo lugar a la misma hora. Muy cerca de allí había un restaurante muy barato en el que comían, y de vez en cuando, consumían cervezas. En ese escenario estos cautivos del tráfico gastaban lo que conseguían con el sudor de su frente y los malos humores en una típica liturgia a la mediocridad de su existencia. Carcajadas. Bromas que veneraban lo vulgar. Chelas al polo. Generalmente los días de semana Malena y Andrés comían rápido y luego partían, pero los viernes era día de fiesta. Entonces Malena quedaba expuesta.

Ese viernes Andrés tomó más de la cuenta, como el resto, y eventualmente tuvo que ir al baño o en búsqueda de cigarros en los puestos de los vendedores ambulantes que rondaban por el lugar. Cuando eso ocurría, los hombres aledaños a su mesa se acercaban a Malena a decirle improperios, y según aumentaba la cebada en sus cerebros, empezaban a tocarla. Malena no encontraba fuerzas para frenarlos. Sólo atinaba a observar a lo lejos y de reojo a su hermano.

“Mamita ¿qué haces por acá tan tarde?”, le decía alguno con un tono de voz por el que Malena sentía asco. Después rozaba sus manos llenas de callos por entre sus muslos. Malena alejaba el cuerpo. Luego llegaba otro. “Flaca, vámonos de acá, te invito unas chelas por mi casa, no te va a pasar nada, mamasita”. Y amagaba con acariciarle la barbilla. Luego explotaban carcajadas hasta que reaparecía Andrés. “Salud flaco”, le decían. “Salud”, respondía él empinando el codo. Cobardía o respeto. Códigos indescifrables.

Se quedaron en el local un par de horas. Luego regresaron a su hogar. En el camino casi ni hablaron. Andrés hizo planes desde su teléfono celular y Malena aguantó las lágrimas. Su padre llegaría más tarde. Sus horarios no coincidían con los de sus hijos. Ella quiso esperarlo despierta para conversar, contarle sus desventuras. Pero al verlo aparecer con evidentes síntomas de haber estado libando licor también, prefirió el silencio. Y los recuerdos. La mano de su padre ácida de furia en el rostro de su madre.

Detestaba su trabajo. Encima de tener que adoptar una personalidad que no era la suya y de andar vestida de mala manera, aguantar a los borrachos era ya mucho. El domingo por la tarde, día de su descanso, mientras paseaba en silencio por las calles de su barrio, Malena se encontró con una vecina suya. Tenía 19 años, tres más que ella. Era delgada y alta. Pese al frío del otoño limeño, vestía una minifalda de jean y un top negro. Andaba maquillada exageradamente, como a la espera del príncipe que la borre de su rutina. Se llamaba Adela, y resultó muy amable y abierta al diálogo.
-Te he visto varias veces llegar con tu hermano, ¿trabajas con él en la combi o te recoge de algún otro sitio? –preguntó la vecina-.
-Trabajo con él –respondió Malena, entre avergonzada y apenada- le ayudo a cobrar pasaje.
-¿Y te gusta tu trabajo?
-No creo que a nadie le guste ese trabajo, pero lo tengo que hacer.
-¿Pero te pagan bien?
-Algo es algo. Estoy ahorrando para poder estudiar. ¿Y tú? ¿No trabajas? –preguntó Malena.
La vecina hizo un sonido agudo con la garganta y movió la cabeza en señal de negación.
-¿Y de dónde sacas plata? –dijo Malena. ¿Tu papá te da tanto?
-No. Qué me va a dar. Yo saco plata como todas las chicas del barrio.
Malena la observó sin entender nada.
-Buscando chicos pues –dijo la vecina. Es la única forma. Así hacen toooodas las chicas del barrio.
Y empezó a explicarle la modalidad. Salimos a las discotecas, bailamos, tomamos algo, y marcamos a los chicos que pueden tener más plata. Nos acercamos, y listo. Pero eso sólo los viernes y los sábados ah. Los jueves nos mudamos hacia otras partes. Nos vamos a locales por Miraflores o Barranco, esos sitios pitucos, y buscamos carne mayor. Ese día salen muchos viejos arrechos, la mayoría casados a escondidas de sus esposas, y siempre andan buscando chicas. A ellos igual, nos acercamos, tomamos algo y después, que pase lo que pase. Pero yo no soy ninguna puta ah, si el viejo no me gusta no me acuesto con él.
Malena tuvo sentimientos encontrados. Quiso preguntarle cómo era que sacaban dinero así, pero le pareció bastante obvio. Adela masticaba chicle y hacía globitos casi instintivamente. ¿Cómo era posible que ella tenga esa ropa sin recibir sueldo? A Malena no le alcanzaba ni para acercarse a la pizzería del dominó. Encima, tenía que madrugar todos los días, y jamás aparecía la ocasión de usar sus mejores ropajes. Por otro lado, sintió pena por Adela. Hasta rechazo por la forma como pasaba la vida. Y se dijo a sí misma que jamás haría algo similar. Recordó, además, que fuera de los besos calientes que se daba con Óscar, su ex enamorado en Carhuaz, jamás había tenido sexo. Y que para ella la virginidad, y la sexualidad en general, eran algo muy importante. “Anímate amiga, no te vas a arrepentir”, le diría Adela al despedirse.

Extrañaba Carhuaz. ¿Ya era hora de volver? Lima era una ciudad en la que no había futuro. Malena llegó a pensar que no le quedaría otra que aceptar en algún momento un trabajo al que se prometió jamás ingresar: el de empleada doméstica. A razón del suyo o el de su vecina, aquel era más digno. Pero algo dentro de ella le decía que no podía más, que no valía la pena tanto sacrificio. Que tal vez había sido un error descartar un futuro como el de su madre, rodeada de gallinas y de cuyes y de embarazos. Pasaron un par de meses y la tónica era la misma. El cielo lucía un abrigo con molestosos puntitos transparentes y las fuerzas para enfrentarse a él eran cada mañana más escasas. Andrés seguía consumiendo cervezas religiosamente todos los viernes. No había pasado a mayores, pero los borrachos no la dejaban en paz. Amenazaban con llevársela a la fuerza luego de que controlaban sus instintos copulativos acariciándola cada vez más cerca.
El camino del local hacia su casa era muy peligroso, y Malena le había prometido a su padre que jamás lo haría sola. Pero un viernes no aguantó y escapó. Desobedeciendo las órdenes de Andrés, repleta de rezos y más alerta incluso que cuando había que cobrar boleto a pasajeros revoltosos, llegó a su hogar. Sintió en el alma una gran satisfacción. Lo había logrado. ¿Su vida cambiaría de ahí en adelante? Tomó una ducha cantando, se vistió de la mejor manera, como nunca lo había hecho en Lima. Se maquilló y se perfumó. Sentía que era capaz de todo. Por un segundo hasta tuvo ganas de buscar a Adela, “acompañarla, nada más”. Luego desistió y se desparramó en el cuarto de su padre a ver televisión.
Al rato escuchó bulla. Era muy temprano para que llegue Andrés. Tuvo miedo de que sea un ladrón, y retomó los rezos. Abrieron la chapa de la puerta con facilidad. Reconoció a su padre. Él, luego de tambalear y de quedarse pensativo unos segundos, se le acercó, y el perfume de ella fue suplido por aromas a viernes de choferes y cobradores. Luego Malena sólo escuchó frases distorsionadas y creyó estar frente a uno de ellos. No tuvo fuerzas. Y decidió cerrar los ojos y esperar. Recordó el llanto de su madre cuando se tuvieron que despedir. Luego su cerebro se abstrajo dibujando las imágenes de la Lima que recorría a diario. Su Lima. Condenadamente, su Lima. Las monedas, los boletos, los pasajeros. Las calles bonitas, los edificios, la pizzería del dominó. El dolor físico fue insignificante. Aquella noche se le abrieron todas las posibilidades. Y de Carhuaz mejor ni acordarse.

viernes, 30 de mayo de 2008

Regalo de cumpleaños (Y)

Desde que tengo uso de razón encuentro en el dedo índice de mi mano izquierda una cicatriz. Está intacta. En el límite del nudillo con el inicio del mismo dedo que me permitía ser un soldado de dos pistolas cuando jugaba a la guerra de pequeño, y que me ofrece la posibilidad hoy de escribir con velocidad y precisión cada vez que me enfrento a una PC. No es una gran cicatriz, pero su tamaño y profundidad hablan de uno de esos golpes que no se olvidan. Y al no tener en mi memoria siquiera un retazo de recuerdo que me traslade al momento que se produjo, la deduzco como una herida demasiado púber, y que en el más extremo de los casos, me ocurrió en el útero de mi madre. Los cumpleaños son para mí como una cicatriz. Cada año que pasa simbólicamente por el día que marcamos con un aspa en el calendario de nuestra vida, deja una huella irremediable. Traen consigo heridas con cicatrices que cuando nos detenemos a observar, evocan un aprendizaje, un cariño, una tristeza.
Nunca he sido muy amigo de mi cumpleaños. Creo que mi eterna búsqueda por pasar desapercibido, entre las sombras, afectada de manera inevitable cada 28 de mayo, es la principal razón. Pero hoy, adentrado cada vez más a los 30, pienso que rechazo mi cumpleaños por el sencillo y contundente maleficio que me topa cara a cara con mi peor enemigo: el paso del tiempo. No es que me sienta viejo, pero cada vez son más lejanas mis épocas de niño. Y mis recuerdos adolescentes ya casi ni me duelen.
Las horas previas a mi cumpleaños son siempre un martirio. Esta vez no ha sido la excepción. Un bajón terrible parecido a la depresión, dolores en el cuerpo (malestar del alma), ganas de que sea pasado mañana. Creo que por primera vez, mi entorno me ha hecho caso, y me ha concedido el deseo de no realizar festejo alguno. Un cumpleaños sin tortas, sin visitas, sin regalos. Hoy que observo en el reloj de mi celular cómo el 28 de mayo se va extinguiendo, no me arrepiento.
He vivido 26 veces este día que no se olvida. El primer cumpleaños que recuerdo fue cuando cumplí siete años, y en el ocaso del festejo en la casa de mis abuelos en Pueblo Libre, se apareció mi padrino para darme el regalo que estaba esperando. Y que anhelaba (y envidiaba) en varios de mis compañeros y amigos. Un muñeco de Leon-o, el felino héroe de la serie animada los Thondercats, personaje básico en mi niñez el corto tiempo (a diferencia de otros dibujos) que permaneció en el aire. Al año siguiente, cuando cumplí ocho, decidí festejar mi santo “como un grande”, y le pedí a mis padres que me concedan la posibilidad de invitar a tres amigos de mi promoción a almorzar a La Romana, un restaurante donde vendían (aún las venden) las primeras pizzas que consumí con devoción en mi idílico romance con ese plato italiano. Al momento de treparnos al auto, los amigos se habían reproducido. ¡Eran ocho! Mi eterna condena de no saber decir nunca “no” propició un malestar en el bolsillo de mi viejo, que por ese entonces no daba, tal vez, ni para alimentar a tres.
Ya de más grande, cuando estaba en sexto grado de primaria, recuerdo que vivía en San Miguel, en una especie de residencial que hoy que la evoco llego a la conclusión de que debí aprovechar más. Que debí crecer al lado de esos vecinos que me miraban, según mis ojos, como “el pituco” del barrio. Lo cierto es que me avergonzaba mi hogar. No me gustaba la zona, era muy lejos, en fin. Y teniendo en mi salón de colegio a puro miraflorino y barranquino, no los iba a llevar jamás. Una profesora, que además es mamá de un par de primos míos, y a la que le debo muchísimas cosas, me obligó a invitar a mis compañeros a festejar mi santo en esa casa que llevaba escondida en la mochila. A la larga, me convenció. Lamentablemente ese 28 de mayo se apoderó de mí una fiebre que no pude disimular, y la reunión fue cancelada por la ausencia del protagonista. Tiempo después nos cobramos la revancha, y mi profesora realizó una actividad con todos los hombres de mi salón, y los llevó a mi barrio de San Miguel. Ahí los vi desenvolverse como peces de pecera devueltos al mar. Y olvidé para siempre la vergüenza por aquella casa, en la urbanización Julio C. Tello, de incontables edificios idénticos, canchita de fulbito en el medio y un aroma a barrio que me arrepiento de no haber adoptado del todo.
Cuando llegó la adolescencia, aparecieron los cumpleaños con cebada, y se hicieron más llevaderos. Recuerdo que cuando cumplí 18 se avecinaban las elecciones que coronarían de manera fraudulenta a Fujimori, y hubo “ley seca” en todo el país. Cerca de mi hogar (en ese entonces, la antítesis de mi depa en San Miguel) mi madre encontró una tienda abierta, y me compró una cantidad apoteósica de six packs, que terminamos liquidando mi grupo más íntimo de amigos y yo, hasta altas horas de la madrugada.
Desde que conocí a mi enamorada mis cumpleaños variaron de tónica. Supe por vez primera lo que significaba un saludo sincero. Me enfrenté a los regalos más dulces en sus cartas. Y comprendí que cuando uno lleva una vida de pareja, cambian los esquemas. Ella cumple años el primero de junio, cuatro días después que yo. Y a diferencia mía, le encanta festejarlo. Y vive ese y los días previos de manera intensa. Tengo la certeza de que antes de que me conociera, el 28 de mayo para ella era un día parecido a su santo, por la cercanía. Y más de una vez me he enfrentado, con sonrisas, a la planeación de su festejo incluso antes de que llegue mi cumple. Ella me ha ofrecido sin querer el mejor escape a mi santo. Estas fechas estarán, durante todo el tiempo que nos permita compartir la vida, destinadas para ella. Cuando éramos aún unos “niñitos” y yo estaba a punto de cumplir 19 años, estuve con ella un día antes de mi cumple en el cine. En esa época no había auto, así que nos regresamos en taxi. Mientras la dejaba en su casa me dijo “te llamo a las doce para saludarte”, y se marchó. El taxista arrancó y me dijo, “así que estamos de cumpleaños, yo también soy del 28 de mayo”. Rarísimo.
Un cumpleaños particular ocurrió en el 2003, cuando llegué a los 21. Ese día pasó de todo. Andaba soltero, eran épocas de una separación con mi enamorada que me había depositado en las tinieblas, y recién, con la llegada de una mujer que tenía lo necesario para ser su reemplazante, me andaba recuperando. Aquel día Dios me regaló una final de Champions League, la que le ganó por penales el Milan a la Juventus, ¡qué más quería! Y encima, hubo temblor. Increíble. Recuerdo que esperé en mi celular como mínimo un mensaje de texto de la que era mi ex, pero jamás llegó. Por el contrario, me llegó un mensaje de la chica con la que empezaba a flirtear. “Ya vez, me acordé de tu santo. Pásala mostro. Un beso”. Ese día la amé, y fue el punto de partida para meterme de lleno en mi plan por conquistarla. Cómo es la vida, cuando creí que sería mía, y que había olvidado a mi ex, salí con un grupo de amigos a tomar unas cervezas. Cuatro días después de mi santo. ¿Fecha conocida? Por esas cosas del destino, una prima mía festejaba su santo en un local miraflorino, y cuando nos disponíamos a entrar, vi a mi ex haciendo lo mismo que mi prima. Mis amigos me detuvieron y me dijeron: “Si quieres nos vamos”. Yo, que me creía curtido gracias a lo que sentía por la otra mujer, afirmé, “no, entremos”. El desenlace es que mi ex nunca más fue mi ex. Que decidimos unir nuestras fuerzas para combatir los problemas y andar por el mismo camino. La otra chica me odió en un inicio. Luego, gracias a mis artimañas con la escritura, le pedí perdón. Y en un cortísimo tiempo, tal como se lo pronostiqué en mi carta de despedida, me olvidó para siempre.
El recuerdo más fresco de mi cumpleaños es del año pasado, cuando llegué al temido cuarto de siglo. Mi santo caía lunes, un día triste que pasa al olvido. Pero el sábado anterior me disponía a “festejarlo” en la casa de una pareja amiga que servía de cubil para mi grupo más selecto de amistades. Quería pasarlo así, con cinco o seis bebedores que en veinte segundos se olvidaran de mi santo. Al entrar a ese mítico departamento de Barranco, me recibió una multitud. Fiesta sorpresa. Algo que jamás imaginé para mí. No hubo ni la ligera sospecha. Fue literalmente una sorpresa ver a mis primos ahí, a algunos amigos externos que jamás habían pisado ese hogar. Hasta me trajeron a Paolo Guerrero, un amigo mío que vive en Alemania. Aquel festejo fue una iniciativa de mi enamorada que me sirvió para amarla y amarla.
Hoy que tengo en este blog una especie de diario, quería compartir con el que me lea estos sentimientos. Y agradecer a todo el que se acordó de mí (el hi5 y el facebook también valen). Lo cierto es que para ellos al menos un minuto del 28 de mayo fue mío, y eso es más importante que cualquier regalo. Al fin y al cabo, lo bueno de las cicatrices es la anécdota, cada vez más fantástica, cuando la compartimos con los demás. Mi cicatriz número 26 me deja el sonido de mi celular, el aumento de mi bandeja de entrada. Los buenos sentimientos que alumbraron en este escribidor este miércoles de finales de mayo. Hoy miro mi dedo índice y tengo ganas de seguir mirándolo. Y tengo ganas de incrementar las cicatrices. Y eso en mí, amigos míos, es más valioso que cualquier torta o happy birtdhay. Feliz cumpleaños a mí.

jueves, 22 de mayo de 2008

La sal de Matute (F)

A mi padre, por ser la antítesis de este cuento.
Los tres primeros días de mi regreso a Lima han estado llenos de ajetreos. Reencontrarse con la familia, lamentar el desorden de las calles, recibir las condolencias. Recordar a papá. Fuera de la tristeza, he visto a mi madre vulnerable. Sin la fuerza de sus mejores años, cuando nos empujaba a mis hermanas y a mí al esfuerzo, a la superación. Cuando asolapaba la falta de trabajo de mi padre y su desamor, incursionando en negocios pequeños que permitían mantener a la familia dignamente. Debe ser la edad. Sesenta y cinco abriles no son pocos. Mi hermana Carola, la única que sigue en el Perú, ha aceptado a regañadientes llevársela a vivir con ella. La condición es obvia, y tanto Silvia como yo, que estamos instalados en Miami desde hace buen tiempo, la aceptamos. Cada mes habrá que enviar dinero.

Tengo 31 años y sigo soltero. Me fui del país a los 25, cuando el futuro se me tornaba incierto, y una novia duradera, me había puesto las maletas. Mi hermana Silvia ya vivía en Miami, y con los documentos en regla gracias a su matrimonio con un gringo con cierta ascendencia al gobierno, me dio una mano. Al poco tiempo ya tenía los papeles en orden, y me desenvolvía como Pedro por su casa en esa ciudad llena de edificios, playas, sol y ese aire tan ambiguo que brinda la sensación de no ser de ninguna parte. Mis trabajos no han variado mucho desde que llegué. Mozo, acomodador de carros, limpiador de piscinas. Pero la regla aprendida de mi madre, de guardar siempre pan para mayo, me permite un estatus más digno que el de la mayoría de mis colegas latinoamericanos.

Carola me dio la noticia. Llamó a mi casa un viernes por la noche y la reaparición repentina de su número en mi identificador de llamadas me hizo imaginar lo peor. Ojalá no sea mi mamá, pensé. Mi padre se fue de golpe. No hubo sufrimientos ni lo afectó el cáncer al pulmón que tanto temía por su adictiva y precipitada afición al cigarrillo. Un infarto se lo llevó mientras dormía la siesta. Unas horas después, yo ya estaba tomando el primer vuelo a mi Lima desde que la abandoné.


Me quedan algunos días más en Perú, y luego del velorio y el entierro, ha llegado la calma. Desde que me enteré de la noticia he tratado de hallar en mi memoria acontecimientos que me unan a mi viejo. Nunca fuimos amigos. No hizo bien su trabajo como padre. Sólo se las ingeniaba para tratarme con dureza de vez en cuando, sobre todo de pequeño, y cuando se dio cuenta de que su hijo menor no sería homosexual, me dejó de lado. Ya en Estados Unidos nuestra relación, digamos, mejoró. Hablábamos esporádicamente por teléfono, me hacía con cariño las mismas preguntas de siempre y yo notaba en su voz cierta añoranza. De mi viejo no conservo ningún diálogo profundo. Nunca le pedí un consejo. La única afición que le recuerdo es el fútbol, y para su desgracia, ese deporte tan popular en mi Perú, nunca me cautivó.

Pero es precisamente el fútbol lo que me traslada a él hoy que lo quiero extrañar. Cada vez que mi madre aparecía con la cantaleta de que debíamos pasar más tiempo juntos, que nuestra relación era nula y distintas frases afines que mi viejo y yo no dudábamos en negar, a mi padre se le ocurría la misma solución. Nos vamos al estadio, me decía con ese tono de voz entre triste y autoritario. Habré pisado ese templo en el que se rinde devoción a falsos dioses que cuando nos representan en el extranjero son unos mansos gatitos, unas cinco o seis veces. Recuerdo que la primera vez me llamó la atención la majestuosidad del verde césped del estadio Nacional. Impresionante. Mi viejo notó en mí aquel interés y yo lo supe emocionado. Jugaban Alianza Lima, ese tradicional equipo criollo de camisetas blanquiazules que envuelve en pasión a todo tipo de gente en el Perú, y el Municipal. Mi viejo era hincha de Alianza, y recuerdo siempre que sus amigos le decían a manera de broma que “cuando lo lleves al cachorro al estadio procura que sea contra un equipo fácil, no vaya a ser que pierdas”. Ese día el triunfo blanquiazul era cuestión de trámite, pero el destino tenía reservado para ese momento el clic de mi desunión hacia mi padre, y por consiguiente, hacia el fútbol. Alianza perdió dos a uno contra un Municipal que mereció la victoria ampliamente. Desde ese día hasta hoy cada vez que me preguntan de qué equipo soy hincha, digo “echa Muni”, arenga con la que es reconocido el Municipal, un equipo carismático y del que la mayoría de sus hinchas roza la tercera edad. Y desde ese día mi viejo no dudó en catalogarme como un falso amuleto. Como una anti cábala. En suma, un salado.

La ocasión lo ameritaba, así que me averigüé cuándo jugaba Alianza para ir a verlo. Decidí que era la mejor manera de despedirme de mi viejo. Rindiéndole homenaje a su pasión. Alianza jugaba en su estadio de Matute, en el populoso distrito de La Victoria, donde el cielo es más blanquiazul que en cualquier parte del mundo, y donde hasta los rateros dudan su arremetida si te ven con la insignia de ese querido equipo. Las veces siguientes que acudí al estadio con mi viejo fueron en ese escenario, el Alejandro Villanueva, denominado así en honor al máximo ídolo de la escuadra. Pocas veces ganó Alianza, así que nunca dejé de ser el salado. Mi padre iba seguido al estadio. Siempre solo. Decía que no era necesaria la compañía pues en la tribuna podía conversar con todo el mundo. Y efectivamente, hoy que lo recuerdo, mi viejo era otro en el estadio. Cambiaba su semblante indiferente y conversaba con su compañero de butaca. Dejaba de lado su pausado tono de voz y vociferaba en contra de los jugadores, el árbitro o el entrenador. Olvidaba su tacañería y me compraba las gaseosas más aguadas de la tierra, los sánguches de pollo con el menor relleno posible, maníes envueltos en cáscara. De todo con tal de mantenerme callado.


Había olvidado ese sentimiento que me generaba el estadio. El camino inhóspito inquebrantable que me llevaba al miedo y al malhumor. La claustrofobia por tanto movimiento. Siempre admiré en mi padre la maña que se daba para cruzar a los micros y a las combis en la avenida Isabel La Católica, ese pedazo de concreto que los días de partido, alberga cual hormigas obreras, a todo tipo de seres humanos apurados. El criollismo que afloraba en el viejo para encontrar sitio en un estacionamiento poblado por la informalidad. La fortaleza con la que superaba todos los obstáculos sin renegar, a diferencia de los insultos que ofrecía a diario por las pistas de mi Magdalena querida. La recompensa le llegaba al ingresar al estadio. Ahí solo había espacio para su Alianza.

Felizmente esta vez, he subido a un taxi que ha tenido que atravesar por todas esas periferias. A decir verdad, con mucho menos talento que el de mi viejo. Por fin estoy en la tribuna de occidente. La que tanto prefería él, y la destinada para la gente con más poder adquisitivo. Alianza, vaya casualidad, se enfrenta al Municipal. Algunas cosas han cambiado. Veo menos gente de tés negra en el equipo. Antes me llamaba mucho la atención ver a esos jugadores negros enfundados en lo blanquiazul de su armadura, con dientes blanquísimos que alumbraban la tarde noche lúdicamente. Las camisetas se han modernizado, incluso la de Municipal, que antiguamente era una réplica de las que utiliza la selección peruana. Hay menos gente en las butacas, cuánto lo lamentaría mi viejo. Y la hinchada principal, que se sigue colocando en la tribuna sur de Matute, ha dejado de tener esas banderolas con las que me entretenía mínimo diez minutos.

El partido es de trámite parejo, y tengo la ligera sospecha de que el destino se las va a ingeniar para que desde donde esté, mi viejo comente: “sigue siendo un salado este”. Por más que lo intento es difícil encontrar algo que pueda relacionar directamente con mi padre. Hace más de diez años que no pisaba el estadio de Matute y no reconozco algunas cosas. Pero me divierte pensar que el grupo de gente que insulta impaciente a mi costado fue cómplice de mi viejo alguna vez. O que aquella señorita que me intenta vender una golosina ganando el doscientos por ciento del precio algún día fue despachada por la indiferencia de mi padre. Pero nada más. Su rastro es una huella tímida en el actual Alejandro Villanueva. Su anatomía, con la casaca de cuero agamuzada aún en verano y sus eternas zapatillas blancas, han ido a parar al baúl de los recuerdos del recinto victoriano, junto con el viejo tablero que ofrecía el marcador con el resultado del partido, o las propagandas de productos que ya no existen.

Hasta que apareció. Por fin una silueta conocida. Un retazo de los pocos momentos de unión con mi padre. Está igualito. Algo más arrugado y peinando algunas canas pero es el mismo. El personaje por el que mis ratos en Matute se hacían más llevaderos. Sigue en lo suyo y Alianza que no anota. Un costal celeste a sus espaldas y la tribuna que se altera. Abriendo un paquete y ofreciendo. “Una canchita para que Alianza gane”. Siempre hacía lo mismo. El canchero, le decíamos mi viejo y yo. El vendedor de cancha, las palomitas de maíz, del estadio de Matute. Dulces y saladas, con una estrategia de marketing que aún lo diferencia del resto. Él ofrece gratuitamente su producto y te deja el sabor en los labios. Luego no hay forma, no queda otra que comprar.

Mi padre cada vez que me veía aburrido me decía: “Ya viene el canchero”. Y yo fingía consolarme ante la llegada de ese personaje enigmático. Qué hará en sus ratos libres. De qué vivirá. No creo que sólo de la cancha.


El partido está llegando a su fin. Parece que al empate a cero no lo cambian ni los ídolos de antaño, de los que veneraba mi viejo en sus esporádicas borracheras. Ya no están Cueto, Cubillas ni Sotil. Ya no está Pocho Rospigliosi, que con su radio Ovación, un Perú en sintonía, hacía más larga mi agonía en el camino de regreso a casa. Ya no está mi padre en la tribuna. Queda sólo el vendedor de cancha. El canchero. “Un poco de cancha para que meta gol Alianza”. Cuando le ligaba esa proyección, mi padre lo señalaba como amuleto. Una especie de anti-yo. Fuera de generarme envidia, me alegraba ver a mi viejo feliz. Hoy que lo pienso, su sonrisa en el estadio es lo más auténtico que conservo de él.

Había algo en la mirada del canchero que me generaba dudas. A veces pensaba que para él era más conveniente que Alianza no ganase. Que así vendía mejor. Esta vez no me he aguantado y le he hecho la pregunta de rigor. “Maestro, ¿es usted hincha de Alianza de verdad o es pura finta?”. A mi viejo le hubiese dado otro infarto si lo escuchase. “No sobrino, yo soy echa Muni”.


Estoy de regreso en Miami. Me despedí de mi madre y no sé por qué razón imaginé que sería nuestro último encuentro. De ella conservaré muchos recuerdos, felizmente. A mi padre no lo extraño. Creo que nunca lo extrañé. Nos fuimos despidiendo desde hace mucho. Hoy que estoy a millares de kilómetros de distancia del distrito de La Victoria, sólo me quedan las ganas de susurrarle al oído que cuando íbamos al estadio, el salado no era yo.

martes, 6 de mayo de 2008

Veinte razones para querer al Salmón (Y)

Al grupo que le dedicó un tributo el viernes en "La noche". Aún Barranco me sigue escuchando...
Este texto busca actuar como un disco recopilatorio de las que considero las mejores canciones de Calamaro. En principio elegí 20, pero me quedé corto, así que coloqué una sección denominada Bonus Track. Al que le guste el Salmón, se identificará conmigo. Al que no, lo invito a escuchar cada una de estas canciones. Con atención. A ver si se aumentan los motivos para querer a Andrés.

1. El tercio de los sueños: “Tenías el vestido más horrible, de todo el tendido. Y yo trataba de llamarte la atención de algún modo oportuno”. Ella para mí tenía el vestido más hermoso. Mis técnicas no eran oportunas, y llamar su atención formaba parte de mis sueños. Y de mis tardes escuchando a Calamaro, que con esta canción tan hermosa me conquistó. “Pero tú sólo tenías ojos para el joven matador de toros…”. Aún hoy lo odio. Cosas del primer amor adolescente. En gente como yo, lleno de sentimientos platónicos. Recuerdo que le cantaba en silencio “no me extraña que seas así, y te rías de mí otra vez”. Con el tiempo descubrí que no tenía por qué reírse. Que quizás si hubiese sido otra mi personalidad, otra sería la historia. Casi diez años después de aquella historia cada vez que escucho al Salmón decir “no me tengas piedad porque soy de verdad, y me puede hacer mal”, mi cerebro me traslada a esas épocas tan difíciles, llenas de cambios físicos y emocionales, y tan hermosas, por la presencia (ausencia) de aquella niña que me enseñó que “el tercio de los sueños tiene dueño y siempre suele ser así”.

2. Te quiero igual: cuando me tocó perder, esta canción fue un himno. Forma parte de los éxitos comerciales del Salmón pero es brutal. A mí me rompieron el corazón una tarde de febrero. El sol se extinguía mientras me despedía de la niña de mi vida. Hubo resignación y lágrimas compartidas. Calamaro planeaba quizás “el regreso”, o seleccionaba los tangos que utilizaría en “El cantante”. Y yo lo escuchaba decir “te quiero, pero te llevaste marzo, y te rendiste en febrero”. Los meses pasaban y regresaba “pero te olvidaste abril en el ropero”. Cuando mi corazón volvió a latir sin pena ni odios, yo le cantaba: “primero, te quiero, igual”.

3. No me nombres: a veces “para siempre” parece que no dura tanto. El miedo al futuro es así, y una relación de pareja es complejidad y lucha, más que sexo y más que amor. Más que la costumbre, es necesidad. Adicción. Y sí, a veces hay odios y no se explica dónde quedaron los momentos gratos, y te imaginas una vida en soledad, y lo escuchas a él decir “puedes para toda la vida olvidar que también hubo alegrías, pero si prefieres quedarte con años que olvidaste, entonces, voy a pedirte: no me nombres, para siempre, no me nombres”. Para ese rato, el nuestro, que es toda la vida. Yo, “lo mejor, lo voy a seguir dando, (pues) te estoy cuidando, para siempre de mí…”. Ojo, para siempre de mí.

4. Mi propia trampa: ella me miraba con sus ojos negros. Con esa profundidad que solamente posee el mar. Y tal vez por ser negro ese mar era confuso, y no me atreví a surcarlo. Había alianzas. Códigos que en silencio no respetaríamos, si acaso quisiéramos. Y yo le respondía “a mí tampoco me gusta tu novio, lo siento si soy tan franco (pero) soy varón, y solo me la banco”. La noche nos envolvía cómplices pero aparentaba (ella más que yo) que era indiferente. Lo siento si fallé, pues “apenas estoy aprendiendo a volar y ya mis alas se quemaron y caí”.

5. Paloma: siempre con cebada, y humo cerca. Tan pensante y deliciosa, como la noche. Hay que escuchar a Paloma en la voz de Calamaro. Si es en vivo, mejor. Y a mí venerarlo a voz en grito, cuando asoma la duda tan pensante y asquerosa, que me obliga a gritar “puse precio a mi libertad, y nadie quiso pagarlo, te cambio tu corazón por el mío, para mirarlo y mirarlo”. Aún no ha nacido el que le dedique a Paloma lo que le compuso Andrés. Y ella vuela por la vida mientras la consuelan: “no te preocupes Paloma, hoy no estoy adentro mío, tu amor es mi enfermedad”. Y yo le digo cuando no la calmo, y no lo intento y finjo que no me incumbe, “soy un embase vacío”. Pero aún recuerdo una tarde de verano cuando compartíamos una mesa y la banda sonora imaginaria nos decía “no te preocupes Paloma, no hay pájaros en el nido, dos ilusiones se irán a volar, pero otras dos han venido”.

6. Ni hablar: la ausencia es así, enigmática. Corta en apariencia, pero eterna. El corazón la conserva, el cerebro no. No puede. Sería un suicidio constante. Es una coraza inevitable. Hoy “mi tórax está tan sensible que no puedo ni hablar de ciertos temas, y extraño a los amigos que no están conmigo”. A mi ausencia le escuché decir “te devuelvo a la ciudad, no te puedo retener”. En el camino no hemos perdido la conexión, “fue el manso clima que dio tu amor”, pero “ya me acostumbré hasta de los problemas”. La coraza inevitable. Es fuerte y te digo “hace frío en el anden, y ahora sigo hablando solo, (siempre) con tu sombra tras de mí”.

7. Media Verónica: dicen los toreros que la media verónica es un paso, una elegancia, un lujo. No opino de toreros. Cobardía. Media Verónica para el Salmón es un código torero. Para mí es una mujer. Como tantas. Esas adorables y solitarias. Locas. Les molesta la luna por la ventana abierta. También les molesta el sol. Nunca fuiste mía, Verónica. Pero repartías besos a estropajos. Verónica “no sabe distinguir el amor de cualquier sentimiento”. Tal vez yo tampoco. Pero sí comparto lo que escribió en la pared: “la vida es una cárcel con las puertas abiertas”.

8. Nos volveremos a ver: porque siempre hay un regreso. Y mi regreso debió llegar con esta canción. Pues “nunca hay un adiós total. Siempre es un nos volveremos a ver, en algún lugar del tiempo”. Él, sólido, se desmorona por ella, una loca linda. Fue la excusa. Todos somos protagonistas. ¿A mí me pides un consejo? Te ofrezco sólo mi brazo, amigo. Apóyate en mi hombro. Y te suscribo Salmón, palabra, “a pesar de ser bonito, nunca dormí en el palito… (también) viví las tumbas de la vida, (y) soy un poeta maldito”.

9. La libertad: “la conocen los que la perdieron, los que la vieron de cerca irse muy lejos, y los que la volvieron a encontrar…”. La libertad, la felicidad, es así. Todos buscamos lo mismo. Y al final del camino la búsqueda es incompleta. Igual que Calamaro, “me pregunto muchas veces, ¿dónde está? Y no dejo de pensar, ¿será solamente una palabra? La hermana hermosa… la libertad”.

10. Maradona: un homenaje sincero al número 10. Un mago, genio, goleador, campeón eterno, un Dios. Las drogas, el doping, Fidel, Chavez. Dieguito, pese a todo y por todo, siempre “estamos esperando que vuelvas“. Y hay que tener en cuenta que “no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero”. Y por ese don celestial lo quiero yo.

11. Negrita: Un hotel. Un cuarto vacío. Una tierra extraña. Tu luz fuera de mi luz. Inalcanzable. Y mi cerebro volando. Con quién estarás ahora. Esa boca que era mía. Tu olor. El aire frío de tu voz al momento de decirme adiós. “Una vez en Buenos Aires me di cuenta que existen las fantasías, pero también, existe el amor verdadero, y sin ese no puedo seguir entero, porque me falta lo más importante”. Ay negrita, el corazón me grita.

12. Soy tuyo: A ti me entrego. Contigo cierro las puertas de mis labios. Contigo espero el futuro. Me gusta tu mirada cuando sabes que me ganas. Me gusta derrotarte en silencio. Acepta mi inquietud. Yo acepto la tuya. Soy complicado, pero si somos dos es más fuerte. Si somos dos, compañerita mía, seremos tres. Y te digo, con el gallo que me traiciona cada vez que canto “soy tuyo, con mi mayor convicción, soy tuyo, con toda la fuerza de mi corazón, que es tuyo, como cada pensamiento mío es tuyo. Soy tuyo”.

13. Y todo lo demás: a veces imagino el futuro y duele. A veces te incluyo y me calmo. A veces sucumbo a la duda, y a los años, y a las cicatrices. Y mi rostro que empieza a arrugarse. Y te miento, no por maldad, por necesidad. “Yo te prometí hacer deporte, pero era una mentira para robarte un tal vez”. Me dibujo en una plaza de la serranía peruana, tú quemando el pasaporte con rabia, a lo lejos. Esa sonrisa que aniquila cuando es lejana. Podrá llover, podrá sofocar el calor. Podrá ser la antítesis de la belleza el paisaje que nos acompañaba, pero para mí, “parecía el cielo, porque estabas conmigo”. Y todo lo demás también.

14. Ok perdón: la exclusividad, sacrificio antes que placer, suscribiendo a un poeta. Vale la pena. A ti que me miras con afán, que trasladas a tu memoria lo que alguna vez evoqué a mi amor imposible. A ti que alguna vez diste la media vuelta decepcionada. A ti que me cuestionabas cosas que no las creías por el simple anhelo de robarme el aire. Aunque sea un momento. “Yo no quise lastimarte, solamente te dije que no”. Y si eres linda, si tienes a cuatro o cinco que babean por tus labios, tú, que no estás acostumbrada a sentirte rechazada, “ok perdón, fue sin querer”. “Cuántas veces me dijeron que no, a mí, y sobreviví”. Bueno, aunque no seamos amigos (ni enemigos) “la próxima vez te digo que sí”.

15. Cuando te conocí: “Cuando te conocí ya no salías con el primero que te había abandonado, no vale la pena hablar de aquellos años pasados”. Y aunque mis palabras se cumplieron, aunque formo parte de tus años pasados y es irrelevante, yo me acuerdo de cada parte. Tuya y mía. Y te agradezco. “Cuando te conocí miré por un agujero en tus pantalones… y dos años después, ya tomabas todas las decisiones”. ¿Lo ves? “No se puede cambiar de corazón como de sombrero”. Y no podía cambiar de corazón como de camisa (querida mía), sin perder la sonrisa.

16. Mi quebranto: hay que ser un Calamaro para soportar con posibilidades de triunfo ese quebranto. “Mi quebranto, dos estrellas que seguir”. Tenías el pelo ondulado, castaño rojizo. Los ojos, como dos soles, verde mar caribe. Pequeñita. Dulce. Aún hoy sueño con la noche en que mi quebranto pudo ser, “y soporto dos vidas vivir”. Esa alianza entre la luna y el sol. No fuiste mi luna pero sí mi estrella. Para siempre, mi estrellita. “¡Tendrías que aprender a compartir!!!!!”.

17. Me pierdo: amigo mío, te reto a que vivas mi vida. A que te atrevas. A que venzas lo establecido por el dios pecador. Superar la tentación. Y amar pese a las noches frías, y soportar y que te soporten. Y enciende la radio con Calamaro cantando “Me pierdo”. Es un himno al amor verdadero. Al menos a mi amor, tan fuera del de las películas, tan terrenal, como ella y yo. “Con tanto dolor, no puedo. Contigo, o sin ti, no puedo. No puedo olvidarte pero pasa el tiempo. Es muy duro saber cual es la mejor mujer”. Compañerita mía, a veces, “no quisiera quererte, pero cuánto te quiero”.

18. Hacer el tonto: esta canción forma parte de alguno de los duetos que tiene el Salmón. En su repertorio hay canciones con Sabina, con Fito Paez, con Vicentino. Pero esta es con Maradona, y por eso la escojo como indispensable. “Voy a ponerme a cantar lo que quiera”, dijo Andrés. Y Diego le responde: “Va a ser mientras el sol esté cayendo, todos estamos sobreviviendo…”. A veces la vida te empuja al festejo aún cuando no hay motivo. Entonces, como el Salmón y el 10, aunque “tengo otra afición preferida”, ahora “voy a ponerme el sombrero… pero a emborracharme primero”. Para cantarla a pulmón abierto. Bien juergueado. Eso sí, “mente sana in corpole sano”.

19. Donde manda marinero: no es bueno llorar sobre la leche derramada. Pero a veces es inevitable cuestionar con dureza el paso del tiempo. Donde manda marinero es una canción que me genera aquello. “Últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa”. “Voy a pasar a retiro, de un tiro, al culpable de mi soledad”. “Puedo seguir escapando, y aún lo estoy pensando, lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar”. Por eso de cada viaje me traigo el equipaje perdido. Esta canción, que forma parte del disco “Alta suciedad”, no es de mis preferidas. Pero le encanta a mi hermana, y “por eso es que he decidido nunca olvidar, nunca olvidar”.

20. Socio de la soledad: un himno. Simplemente eso.

Bonus track:

21. Flaca: es indispensable mencionar “Flaca” si se habla del Salmón. Pese a su extrema comercialización, es una canción hermosa. “Aunque casi me equivoco y te digo, poco a poco, no me mientas, no me digas la verdad. No te quedes callada. No levantes la voz, ni me pidas perdón”. Cómo no identificarse. Y sí, el perro compañero.
22. Malena: en el disco denominado “El salmón”, donde Calamaro coloca más de cien canciones en un empaque con cinco discos en uno, coloca este tango llamado “Malena”. Una interpretación notable. La clásica voz de Andrés acompañada de instrumentos propios del tango, y una letra desgarradora. “Tal vez allá en la infancia su voz de alondra, tomó ese tono oscuro de callejón; o acaso aquel romance, que sólo nombra cuando se pone triste por el alcohol”.
23. Buena suerte y hasta luego: con “Los Rodríguez” Calamaro interpretó esta mágica canción. Una choteada al más puro estilo de las locas cuya profesión es la de romper corazones. “Ese manicomio estaba lleno de problemas de fronteras”. Suscribiendo a Ok perdón, “hay que ser fuerte contra la corriente también”. Por eso cuando ella me dijo “que te vaya bien”, yo le dije “buena suerte y hasta luego”.
24.Todavía una canción de amor: siguiendo con “Los Rodríguez”, esta obra maestra. Compuesta por el Salmón en dupla con Joaquín Sabina (no es para menos, se nota el sello sabinesco). “No te fíes si te digo que imposible, no dudes de mi duda, ni mi quizás. El amor es igual que un imperdible, perdido en la solapa del azar”. Si hubiese conocido este tema cuando la veía de lejos… “Estoy tratando de decirte que me desespero de esperarte, que no salgo a buscarte porque sé que corro el riesgo de encontrarte”. Un día él se enamoró de una cantante, y ella lo dejó. Y le quise decir, amigo, “cantar es disparar contra el olvido”, pero “vivir sin ti, es dormir en la estación”.
25. Salud, dinero y amor: esta canción es simplemente un himno a la vida. La suscribo enterita. No hay retazos que escoger. “Desde un rincón del mundo… brindo contigo”. Siempre, siempre, siempre.