miércoles, 18 de marzo de 2009

Everybody loves Kina (Y)

A Kina, que sea feliz toda la vida.
Debe ser dificilísimo enfrentarse a Jaime Bayly en el set de su programa “El Francotirador”. Detrás de esas gafas inocuas y un peinado alejado de todas las épocas que la humanidad recuerde, se esconden cual dardos embusteros las interrogantes que definirán el futuro próximo de todos sus invitados. Hace algunas semanas, destrozó al “Puma” Carranza. En veinte minutos, con una dosis de sarcasmo no captada por el ex futbolista y frases sin escrúpulos en las que el entrevistador no dudó en catalogarlo, por decir lo menos, como ignorante, debe haber generado en todos los hinchas de Universitario que tuvieron como ídolo al “Puma” durante veinte años una desazón disfrazada de vergüenza ajena. El último domingo pudo haber ocurrido algo similar con Kina Malpartida, nuestra reciente campeona mundial de boxeo, pero acaso ese logro, tan ajeno a nuestro país, compadeció al fin a Bayly, y pese a que la tuvo contra la cuerda varios rounds, al momento del knock out bajó la guarda. Kina Malpartida perdió por decisión de los jueces.

Hasta hace unas semanas Malpartida era una peruana más de la incontable lista de emigrantes que dejan el país en búsqueda de un futuro mejor. Trabajando en silencio, sin que se sepa mucho de su existencia, logró calzar en sus guantes la furia de todo compatriota alejado del Perú, y la tradujo en sendos golpes ante su yanqui rival, que con arrogancia y discriminación, escenificó a todo el poder opresor. Kina dio el puñete soñado, ese que anhelan a diario los que limpian baños, los que atienden pedidos de hamburguesa, los que estacionan autos ante jefes con un tono de voz tan ajeno al de sus orígenes.

En el set del canal 2 pudimos conocer por fin, luego de lo hermoso que significó su triunfo, y de lo lamentable que fue la polémica en cuanto a su doble nacionalidad y los laureles deportivos, a la Kina humana. Despojada del ring y de esos guantes intimidantes, Kinita se mostró como una mujer, sin llegar a la exageración, enigmática. Con desvaríos mal aconsejados (como cuando dijo que le gustaba el sexo al momento de hablar de su relación con “los vicios”) y risitas nerviosas tan propias de actriz que gana el Óscar por interpretar a un personaje aturdido. También con el libreto aprendido del deportista estándar, ese que ante cada pregunta difícil recurre a lo fuerte de su entrenamiento y de su disciplina. Y con sorprendentes salidas airosas cuando parecía caer en un hoyo parecido a la lona, terminando con sutil inteligencia las frases que en un inicio aparentaban un disparate.

¿Qué se puede esperar del fruto de la relación de una guapísima modelo con un hombre adicto a la adrenalina? Nada normal, eso está clarísimo. Kina tiene un hermano surfer, el gran Álvaro Malpartida, que sobre las olas es Messi, y eso en el Perú es menester de poquísimos. Y ella es distinta a todo lo que podemos generalizar como mujer. Es exitosa en un terruño donde las mujeres son más exitosas que los hombres, pero con la atenuante de serlo en el único espacio en el que las mujeres no han inspeccionado. Con Kina los machistas están fritos. Gracias a ella en el Perú las mujeres nos superan hasta en el box.

Felizmente Bayly no la quiso tumbar. Aunque por momentos daban ganas de meterse en la pantalla y ayudarla con algunas respuestas. Y en otros instantes, no faltó el deseo de traspasar el televisor para escenificar los golpes de Kina en el rostro de “El Francotirador”, por el mero placer de callar sus impertinencias alejando las gafas de su rostro y despojándolo de su inestético flequillo. Al final del round Kina fue más peruana que nunca: perdió pero con la frente en alto. Y eso en este país de derrotas, se reconoce más que a los triunfos.

A Kina la quiero. Más aún después de “conocerla” frente a Bayly. Me genera ternura. Es como esos chicos malos del salón que en el fondo esconden un corazón de oro, pero no lo muestran por carencias del pasado o dificultades psicológicas. A Kina la quiero porque de casualidad, el día de su triunfo, leí un pequeño recorte en un periódico deportivo que anunciaba la pelea, y en silencio le ofrecí todas mis vibras positivas (esas que aparecen pocas veces). Cómo sería si ganase, pensé. A Kina la quiero porque representa a Punta Hermosa, balneario hermano de mi San Bartolo que aún conserva tercamente a sus hinchas, que no sucumbimos ante los lujos y el glamour de Asia. A Kina la quiero porque siempre habla bien de su hermano y de sus padres. A Kina la quiero porque cuando llegó al país dijo ser una “peruana al rojo vivo”, y aterrizó en el Jorge Chávez sin las poses “super star” de nuestros futbolistas. A Kina la quiero porque pese a escenificar la antítesis de todo lo que me gusta en una mujer, me la llevaría conmigo para mirarla y mirarla.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Jaque de Rey a Rey

A Román, pese a todo.
El fútbol de vez en cuando asoma con tormentas. Noticias que escarapelan las convicciones y obligan a mirar el pasado con una dosis de amnesia. La de ayer ha sido una bomba para todo fanático. Juan Román Riquelme y Diego Armando Maradona, figura y director técnico de la selección argentina respectivamente, han manifestado públicamente sus desacuerdos, y la conclusión es tajante: Román no va más en el equipo albiceleste.

Maradona, lo digo siempre, y ha quedado clarísimo en algún artículo del Blog, es el estandarte de todo lo que significa el fútbol para mí. El ídolo máximo. Al que le perdono hasta su “amistad” con Chávez. Pero si hay algún jugador del que me he “enamorado” de verdad a lo largo de mis casi veinte años como futbolero, ese es Riquelme. A Román lo sigo desde que debutó con Boca, allá por el año 97, y fue primera página de “El Gráfico” con un titular contundente. Boca venía de una sequía de títulos y alegrías imperdonable, y se desbordaba en exageradas contrataciones que nada habían resuelto. Las letras tamaño veinte de aquella editorial decía: “Boca gastó veinte palos verdes… pero safó con el pibe Riquelme”.

A partir de ese momento Riquelme me conquistó. Era (es, en realidad) apasionante verlo jugar. La manera de acariciar la pelota, de lanzar con elegancia hasta el pase más sencillo. De pegarle al arco con una potencia y dirección únicas. De aparecer con goles de tiro libre en minutos 93 de partidos cerrados. Lo seguí en Boca, en esa maravillosa primera etapa que lo consagró como rey de América. Me ilusioné con su llegada al Barcelona, y luego del desenlace negativo, cuestioné al entorno y no a su talento. De su época en el Villarreal conservo la última camiseta que compré oficial (me la trajeron unos primos de Europa), y con eso creo que digo todo. Riquelme tenía todo para encandilar mis gustos. Y encima, Maradona lo amaba.

Ayer por la noche Román ha afirmado “no tener los mismos código del entrenador de la selección”. En ningún momento, ni por respeto, ha mencionado el nombre de Maradona. Ha dicho que se ha enterado de las cosas del combinado argentino por los medios, que nunca recibió una llamada del técnico. Y que no tiene los mismos códigos que él. Códigos. Esa determinante palabra que aparece de vez en cuando en el planeta fútbol y que viene acompañada siempre de tempestades.

Román ha sido siempre un jugador difícil. Se le acusa de “pecho frío”, de díscolo y hasta déspota. Pero siempre ha contestado con fútbol. Se peleó a muerte con Pellegrini, su técnico en el Villarreal, y mientras entrenaba a un costado del plantel ejecutando tiros libres, era “bancado” por el Coco Basile que lo citaba a la selección y la rompía. Mostraba desacuerdos con los dirigentes del mismo “submarino amarillo” y se las ingeniaba para que Boca apueste por su préstamo. Ya en la cancha, lo sacaba campeón de América. Cuando no le gustó algún compañero, “rompió” el vestuario, como en aquella trifulca con el paraguayo Cáceres y Caranta en Boca previa a un “Superclásico” con River. Partido que ganarían los “Xeneises” con gran actuación de Román.

Pero hoy se ha metido con un peso pesado. Quizás con el hombre con el que no se debe pelear nadie involucrado en el fútbol. Menos un argentino. Ahora estará en sus pies (que por lo que ha mostrado este año, andan flojitos) demostrar que tiene la razón. Que Diego extrañará en ese equipo vertiginoso que quiere implantar, la pausa única de Román. Que para que la camiseta número 10, hasta hace poco propiedad suya, no pese, se la tendrá que volver a calzar Maradona, porque nadie más en el plantel podrá cargarla.

Es muy difícil manifestar una posición. Estamos hablando de dos íconos del fútbol en mi vida. Puedo decir que ambos se han equivocado. Que han faltado incluso a los mismos códigos que tanto reclama Román. Diego por declarar a la prensa antes de comunicarse con Riquelme, y este por hacer exactamente lo mismo. Y encima con la atenuante de haberlo hecho con arrogancia, como si se tratase de Bielsa o Pellegrini. Como si al frente no tuviera al que para él, hasta hace unas semanas, era el mejor jugador de la historia del fútbol.

¿Se arreglará el problema? Lo dudo mucho. Estamos hablando de dos “intocables”, y en Argentina cada vez que han chocado dos “pesos pesados”, el intermediario ha sido Maradona. Futbolísticamente tal vez el beneficiado será el equipo. Hoy en día ninguna selección de primera índole está en la capacidad de aguantar el ritmo de Riquelme. Y el Román actual, a diferencia del de hace apenas unos meses, tampoco está para afrontar esa responsabilidad. Argentina, pues, apelará a un equipo sin enganche.

Atrás quedarán los días felices. Los goles de Román en la Bombonera dedicados al Diego. Los mutuos elogios, la frase de Riquelme luego de regalarle la camiseta número 10 de la selección a Maradona afirmando: “es tuya, jamás te la has quitado”. O el maravilloso gesto del Diego en su partido de despedida, allá por el 2001. En ese entonces Bielsa, entrenador de la selección argentina, se empecinaba en no convocar a Riquelme. Maradona luego de anotar un gol de penal en el partido que significaba “Su” fiesta, se despojó de la camiseta albiceleste que llevaba en la piel, y mostró ante el mundo entero una de Boca Juniors con el nombre de Román. Con esa incluso, dio su magnífico discurso, aquel que coronó con la mítica frase “la pelota no se mancha”.

Ambos son astros. A ambos los voy a querer siempre. Pero así como en el fútbol, en la vida hay “códigos”. A los padres se les perdona todo, y uno no le debe faltar el respeto jamás a Dios. Y en el fútbol Dios se escribe con 10. Román querido, mis ojos dolidos, a partir de hoy, te mirarán distinto.

viernes, 6 de marzo de 2009

Quisiera ser cinéfilo (Y)

A Pende, para que todos los días sean viernes.
Deben ser los escasos kilometrajes que reservo para mis sueños, o la insolvencia de estímulos en épocas claves, pero jamás se me pasó por la mente la posibilidad de ser cineasta. Ni siquiera cuando descubrí que poseía cierto talento para escribir, anhelé ser, por ejemplo, guionista. Nada. Ni productor ni director. Ni siquiera el man del script. Ni en mis más optimistas fantasías apareció la palabra cine en el rodaje de mi futuro. Ni como extra. Cosa curiosa, porque el cine (y todo lo que envuelve) es uno de mis pasatiempos predilectos. No hay mayor sensación de placer que tener tiempo y monedas para poder adquirir una entrada, acomodarse estratégicamente en la sala oscura, y hasta prescindiendo de la canchita, esperar una película.

Me encanta ir al cine. Es un ritual apasionante, como la vida misma, con sus idas y vueltas. Con sus subidas y sus bajadas. Ir al cine significa desligarte de la realidad por dos horas y media, y eso es siempre maravilloso; pero también incluye rezar porque la película elegida colme las expectativas, y sobre todo, implorar porque no te toque un desgraciado en la fila de atrás que te patee el asiento sin mesura, o lo que es peor, un infeliz que se la pase hablando por teléfono o haciendo sabe Dios qué comentarios al de su costado sin guardar el mínimo pudor ante el resto. El cine es mágico porque no depende de uno mismo que la experiencia sea provechosa, pero siempre queremos volver, esperar una revancha. Como en el fútbol. Como con tu equipo favorito.

Los últimos días de mi ocio han estado colmados de cine. Quizás por la llegada del Óscar, y un tanto por el polémico triunfo de “La teta asustada”. También porque pude gozar de “Slumdog Millionaire” (en español, “Quiero ser millonario”), la cinta que arrasó en los premios de la Academia, y quedé más que satisfecho al salir de la sala. No soy un “Cinéfilo”. Sería iluso catalogarme en ese sitial. He despreciado películas muy aplaudidas por “los que saben” como “El arca rusa”, por ejemplo, que a mi entender fue un bodrio. Y mi repertorio de películas, con énfasis en esas imprescindibles del pasado, es, por decir lo menos, mezquino.

Saber de cine es como saber de fútbol. Podemos nombrar algunos equipos “caletas”, detallar de memoria la trayectoria de un determinado jugador; pero el verdadero conocedor del deporte rey destaca desde el momento en que suelta un comentario sobre lo que debería hacer un entrenador y adivina. Es el que más o menos a los 75 u 80 minutos del partido sabe si lo que resta es para relajarse o para sufrir. Ser cinéfilo no es mencionar sacando pecho en una conversación que Sean Penn ganó también el Óscar con “Río místico”, o recomendar embriagado por la coyuntura (como yo) “El lector” porque Kate Winslet cumple un papel genial. Cinéfilo es el que sabe de movimientos de cámara, de planos estilo general, medio o hasta plano detalle, esos tips que me ofrecieron en diversos cursos de la universidad que mi memoria decidió emanciparlos junto a un papelito con letras tamaño cinco para el famoso “plaje”. Cinéfilo es el que por ahí sorprende recomendándote una película de título lúdico o vacío (gracias a los traductores por estos lares) como “Los fantasmas nunca olvidan”. Cinéfilo es el que no necesita de una carencia en la inspiración ni de ver un capítulo de Seinfeld relacionado al cine para escribir sobre el séptimo arte por primera vez en su Blog.
El cine y yo

Debo tener más de veinte años acudiendo al cine. No sé por qué mis primeros recuerdos datan de “La noche de las narices frías” en un olvidado y seguro hoy demolido cine de la capital acompañado de mi padre. Le pregunté por ello hace poco y me dijo que no recordaba ni un pedazo del trailer de esa anécdota. Debo haberlo soñado, esa fue mi conclusión, pero por algo será. Mi niñez tiene al cine como protagonista furtivo, de esos que aparecen poco pero que resuelven la trama de la película, porque ir al cine significaba festejo, y salir de la rutina es maravilloso hasta cuando se tienen ocho o nueve años. Iba con mis padres a veces (pocas veces en verdad) y recuerdo “Las Tortuninjas” en una sala de Lince, o “Daniel el travieso”, el debut “cinemero” de mi hermano menor, en el cine “Metro” del Centro de Lima. Iba con mis primos y recuerdo “Mi pobre angelito 2” en el ex Alcázar, o “El rey León” en el Centro Comercial Arenales. Iba con un amigo de mi promoción que hoy es cineasta (cómo es la vida) a ver “Jurassic Parck”, y hasta hoy que nos encontramos esporádicamente hacemos mención a esa anécdota. Iba con mi colegio, en la actividad que más añoro de ese espacio barranquino, siempre los viernes en las últimas horas de la semana. Qué placer. Recuerdo hoy, no sé por qué, “El jorobado de Notre Dame” o “Todos somos estrellas” (película peruana, por siaca), y mis mañas nunca provechosas de sentarme cerca a la chica que me gustaba.

Cuando fui creciendo recuerdo claramente dos episodios con la gente de mi promoción del colegio, ya como una actividad alejada de la currícula. El primero, para ver “Rescatando al soldado Ryan” en el cine Pacífico. No encontramos entradas para el horario de las ocho de la noche y tuvimos que esperar hasta las 10 y 45. Éramos siete u ocho hombres del salón haciendo hora por Miraflores. Al final nos depositamos en el parque apoyados en nuestras mochilas, porque no habíamos ido a casa en ningún momento. Al entrar a la sala y veinte minutos después de empezada la película, era graciosísimo ver a mis amigos sucumbiendo uno por uno ante los poderes del sueño. Escuchar un ronquido fue la hecatombe. Y la otra anécdota data de la genial “Loco por Mary”. Fuimos también seis o siete hombres del salón a ver la película. Estábamos en quinto de media y el bacilón era fumarnos un porraso de marihuana antes. En ese momento yo era el de menor experiencia en esas artes, y llegué a la sala como si me hubiese metido un ácido y para bajar su efecto, una dosis de hongos. No me dejó de latir el corazón y sentía que moría mientras mis compañeros se carcajeaban tanto por mi desventura como por las inolvidables escenas que nos mostraron esa noche fría de invierno Cameron Díaz y Ben Stiller. Escenas que reviví años después por la tele y que llegaron como nuevas a mi cerebro, pues de aquella vez del cine sólo recuerdo los distorsionados comentarios de mis amigos dirigidos a mí al acabar la película, y no sé por qué me late hasta hoy la frase “pasado de vueltas”.

Tiempo después, ya fuera de mi época colegial, un gran amigo mío me comentó entre líneas que en su intento por conquistar a la que por ese entonces era la chica de su vida, había quedado con un grupo mixto para ir al cine en mancha, y me proponía sumarme al barco. En esos tiempos se había apoderado de mi persona un genuino instinto antisocial, y me negué rotundamente. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando tocaron el timbre de mi casa. Al abrir me recibió mi amigo con el batallón de gente convocada para la bendita salida. Juro que me iba a negar, estaba más que dispuesto, pero vi en sus ojos por vez primera que me necesitaba, que era capaz hasta de suplicar. El resultado fue un bodrio de cine italiano (si la memoria no me falla, creo que hasta era una película muda), y una oda general al difuerzo que nos obligó a dejar la sala a la mitad del film. Han pasado casi diez años y nuestra amistad se ha fortalecido. Ha habido de ambas partes otras miradas suplicantes, y nos hemos hecho viejos cada verano cerquita de ese grupo de niños y niñas con ganas de crecer.

El cine después formó parte fundamental en mi relación de pareja. Entre otras cosas, creo que la mutua afición cinemera ha sido básica para tanto tiempo de romance. No sé si nos hubiésemos soportado sin el cine, sin las películas. Tal vez ese tiempo destinado a las entradas, a las tarjetas para los descuentos, a la lectura de las críticas de cine, hubiese sido utilizado en absurdas peleas o en ganas de escapar. Quién sabe. El día que formalizamos nuestra unión, salíamos del cine. Ella me juraba que no iba a otra sala que no sea la del Alcázar, y por ese entonces de Caminos del Inca no me movía nadie. Gané yo la primera batalla y ese fue nuestro destino. ¿La película? Una cursi y melodramática con Ben Affleck y Gwyneth Paltrow. Como es lógico, ni más volvimos a Caminos del Inca, y perdí sin objeciones ante el Óvalo Gutiérrez y su Cineplanet. Al final, un poco por el precio y por la cercanía, nos hemos quedado, creo que para siempre, con Larcomar.

También soy capaz de ir al cine solo. Es una actividad que valoro muchísimo y que no la hago tanto como quisiera. No me da vergüenza aparecer en una sala repleta de parejas, familias o grupos de amigos. De hecho mis ratos de ocio en la Universidad de Lima muchas veces los he pasado en ese ex imperio de las salas comerciales que es el Cinemark del Jockey Plaza. La última que vi sin compañía en ese recinto fue “Paranoid Park”, y no me canso de recomendarla. Pero si me piden una anécdota en esa faceta solitaria me quedo con “Kill Bill 2”. Recuerdo que la vi en el último horario, cerca de las once de la noche en el Cineplanet de Primavera, y salí excitadísimo, con unas ganas enormes de comentarla. Creo que ha sido la única vez que he extrañado a alguien en el cine.

El cine y el fútbol, ojo a esta afirmación, van de la mano en el repertorio de mi vida. Jamás quise ser cineasta pero festejo su existencia tanto como la de los futbolistas. No soy ni uno ni lo otro, pero en cambio navego por “pichangas” tratando ser un crack y me basta con galardonarme siempre de ser el hombre que más sabe de fútbol en la reunión; y me dedico, por otro lado, a escribir de vez en cuando historias con el oscuro deseo de que quizás alguien las recoja y haga en mi honor una mala película.

jueves, 12 de febrero de 2009

Bodas de plata en catalán (Y)

A Roka, viejo de m...
Lo conozco desde que llegó al mundo, pero los últimos años hemos jugado a intercambiar roles. Acaso por su disfraz adusto y mi tendencia a la inmadurez, un tanto por la aglomeración de bellos en su rostro y mi pálido bigote. Fuimos primos muchos años, cuando compartíamos en Las Bahías una casa inmensa y nos sumergíamos en apasionados partidos de fútbol en un mítico terrenal. Cuando soportábamos las huellas de los tropezones en bicicleta por maltratadas aceras, y las tortas de cumpleaños se adornaban con lentejas o chinchines. Nos hicimos hermanos en otra casa, coincidiendo en el infortunio de mujeres inalcanzables, y alargando nuestros sueños y desidias hasta la una de la tarde. Ya éramos íntimos cuando el alcohol desinhibía los elogios y los cariños, y algunas chicas deambulaban por nuestro lado. Nos rompieron el corazón y fuimos mutuos escudos. Conocimos los placeres y pecados de la noche, nos involucramos en la caspa de la fiesta, nos separamos pero supimos siempre con quién volvía el otro a casa.

Conservo en el alma aquel parque de nuestros inviernos infantiles. Mi gol de tijera para impresionar a sus amigos, los odiosos vecinos, las pizzas, el cine, los mixtos y las galletas Dorés con manjarblanco que en mi casa no existían. Las idas al Rancho o a la Granja Villa, donde fui su copiloto en los chachicars. Mucho antes, su bendito juego de adivinar las marcas de los autos y los Milkiway que devorábamos a escondidas. Los cebiches en Alfresco, el aire acondicionado de Sted Service y la supuesta huella de bala que amenazó con liquidar a Mario Barackus.

Coincidimos en la universidad, a veces sólo nos tocábamos la bocina y enfrascábamos cómplices sonrisas. Otras veces nos tirábamos la pera para el famoso Winning y su tertuliana antesala. También éramos cracks de La Secona y defendimos a la facultad de comunicaciones en algún campeonato. Cuando me quedé solo, la universidad no fue la misma. No había a quién saludar con sincero afecto en el estacionamiento. No había con quién comentar mis estreses ni mis mañas con el pisco para enfrentar a mis demonios.

Cuando dejó el país lloré un día entero. Nos despedimos un lunes y mi rostro estuvo acongojado hasta el martes. Supe que mi vida estaba cambiando. Que una etapa fundamental se me escapaba. Sólo jugábamos a intercambiar roles, pues yo como mayor, le di las alas, lo dejé partir. Su cielo se tornó azulgrana pero ambos sabemos que por nuestras venas corre sangre blanquiazul. Hoy que se cumplen las bodas de plata de su existencia sólo le pido a la vida que siga su curso exacto y él esté presente cuando a mí me toque partir. Que también me llore harto, me dedique una plegaria en su particular religión y me arroje flores con el pensamiento para siempre.

Hoy que es su cumple yo sí quiero Paris con aguacero. El sol se va diluyendo en el terruño que forjó nuestra amistad y para mí es feriado, como cada 12 de febrero.
San Bartolo, 12 de febrero del 2009.

martes, 3 de febrero de 2009

Homenaje tardío al amor invisible (F)

A mi adolescencia. Tortuoso y entrañable romance.
Es curioso y hasta criticable, pero creo estar en la capacidad por fin, de afirmar que las palabras que adornarán mi siguiente frase le darán vida a nuestra última conversación. Y sonará en el resto rarísimo porque jamás hemos hablado. Pero te lo digo con certeza pese al temor: Te he olvidado. Sí. Mi alma ha sucumbido a la llegada del anticuerpo exacto, y ya tu presencia no genera en mí esa maldita danza de abejas en el pecho. Ni el sudor de manos. Tampoco la añeja sentencia de que no serás mía, y ese pesar infinito que me mandaba cuesta abajo, a conversar con mis demonios.

Nos ha recibido por separado un antro cargado de almas indiferentes, y ya no estoy solo. Fiorella está a mi lado y también su anillo y la fecha tatuada: en un mes. El ambiente despide una melodía conocida y ambas danzan al ritmo. Alterno las pupilas. Son segundos interminables. La maquillada conclusión me reconforta. Será mejor así. Hoy llevo una camisa elegante escogida por Fiorella. Han desaparecido los deslucidos polos del colegio que un par de veces por semana nos depositaban a ti y a mí en la misma casilla. Ya no tengo que actuar de polizonte en las fiestas amparado en la tibia cerveza que no me empujaría a saludarte. Ahora tengo con quién bailar. Tu mirada, por otro lado, sigue siendo ajena a la mía, pero considero injusto que ignores lo propia que fue todos estos años mientras inventaba nuestra historia. Ya no sufro (eso creo) y te la quiero contar.

El primer amor también puede ser platónico, me defendía así cuando hablaba de ti con mis amigos. Y lo sigo creyendo. Pero es curioso cómo la manera de querer a una persona aumenta proporcionalmente con la incapacidad de querernos a nosotros mismos. Así mientras sonreías con los ojos exactos y tu armadura roja, yo me cuestionaba hasta los codos. Y tu distanciamiento constituía algo parecido a la depresión. Esto me trajo desventuras. Mi corazón, porfiado, moldeaba a menudo discursos que me llevarían a tus brazos. Al menos a tu mirada, a tu atención. Jamás los puse en práctica. Todo era lamentos. Oda a la resignación. Al desprecio unipersonal. Hasta en mi inconciente te me hacías imposible. Qué duro era soñarte y al despertar, por unos seis o siete segundos, preguntarme: ¿fue de verdad?

Fuiste el punto de partida. Tu piadoso desprecio, un molde. Me amparé en el retraimiento, en la soledad. Y mi introspección le fue dando dotes de inalcanzable a tu retrato. Eso se trasladó también a los demás. Siempre se me hizo difícil ligar, por ejemplo. Llegué a sentir a todas las chicas bonitas con tus ojos. Esos ojos que sin importar el color, serían indiferentes a mis movimientos. Entonces, aunque jamás me permití volar tan bajo, arribaba a la batalla con el score en contra. Y eso tuvo repercusión, qué duda cabe, en mi personalidad.

El ritmo de mi vida lo ha marcado la incertidumbre de sacarte a bailar en la fiesta de fin de año. Mi existencia es ese inmenso salón de baile, y yo sigo inventando excusas para permanecer sentado. Desde ti, no he podido con las frustraciones. Prefiero encerrar con siete llaves a la ilusión, no sacarla a flote. Pese a eso el destino me ha protegido. Pero estoy seguro, pude haber llegado más alto si hubiese prevalecido el valor en mayores ocasiones. Después he tenido una vida, asumo, como la de cualquiera a mi edad. Me he involucrado en tres relaciones. Fiorella es la última. Tuve sexo desde mi primera chica. Fui un celoso y llegué a amar. Me dejaron. Sufrí como un condenado. Me obsesioné con la segunda. También me dejó. De ella no me despedí bien. Fui cariñoso e infiel, y me escudé siempre en el pesimismo: ellas también me lo deben hacer. Seguro así fue.

*

Nos seguimos encontrando un par de años después del colegio pero la distancia nunca dejó de alargarse. Incluso sé que te enteraste de mi relación con Sofía, mi primera novia. Ella frecuentaba más o menos tu círculo en ese momento. A veces pensaba que aquello te podía afectar. Que al menos un rasguño te podía originar en el ego. Hoy no me importa. Luego supe de tu alejamiento del país. Divorcio de tus padres, contaban las malas lenguas. Qué extraño, nunca conocí a tu papá. Jamás revelé el secreto de tu belleza en tu madre. Me dijeron que tu destino fue Miami. Otros por ahí Canadá. Preferí imaginarte en un lugar más interesante. Barcelona, París, Londres. Acaso Buenos Aires. Y serías escritora o cineasta. Tal vez para contrarrestar de alguna manera mis frustraciones.

Yo no me fui nunca. Me quedé acá. Mis planes de vivir afuera se diluyeron a la par de mis sueños de ser escritor. Sin pedirme permiso. Acabé la universidad algo tarde, pero casi al instante conseguí un trabajo. Y luego otro, donde me encuentro hoy, cobrando un sueldo mezquino pero mucho más digno que mi esfuerzo. Mi estatus no es un problema para Fiorella, y la amo por ello. Que una persona se atreva a surcar los usurpadores mares del destino conmigo es un halago valiosísimo, como comprenderás.

La ventaja más importante de la separación en nuestra historia estuvo en el hecho de que jamás te noté cerca de algún enamorado. Y no tuve que lidiar con la desagradable escena de un beso. Construir en cambio un personaje fue más fácil (acaso tú también lo eras). Tenía la posibilidad de moldearlos para que siempre sean superados por mí. Mis defectos, ahora sí, pasaban a un segundo plano. Pensaba en que jamás hallarías un hombre capaz de tratarte como traté a Sofía. Lo mismo con Daniela, mi segundo amor. Nadie aguantaría tus angustias ni les daría solución incluso perjudicándose a él mismo como hice yo con ella. Nadie te ofrecería la enigmática seguridad que despliego en Fiorella, y a ningún hombre le dirías, como ella, que deseas que tus hijos lleven su apellido. En mi reparto, nadie sería capaz de quererte como lo mereces. Sólo yo.

Cuando los años pasaron y la pérdida de la virginidad fue inevitable (a tu caso le adjudiqué la edad de 20 años, ¿exageré?), simplemente lo asumí. Jamás en mi vida, ni en los momentos más fuertes de mi idilio, proyecté una escena tuya teniendo sexo. Si supieras lo alto que puede volar mi imaginación, tomarías aquello como un piropo. Eres quizás la única mujer a la que no he imaginado en la cama. Pero si me pides un esfuerzo, también te digo: nadie como yo.

*

Lo que vivimos en la adolescencia marca nuestra vida y tu llegada sacudió la mía. De tal forma que me costó muchísimo reacomodarla. En el camino experimenté de todo y me quedé con algunas cosas que hoy son adicciones. Me he sometido a ellas aunque a veces se me escapen de las manos. Soy casi un hipocondríaco y le temo a la muerte, siempre creo estar cerca. El insomnio es mi condena. Acaso es el miedo al futuro, al nuevo día. He tratado siempre de encontrar respuestas como lo hacía en el colegio, sin mayor esfuerzo y deseando que el recreo ofrezca la dosis justa de respiro para seguir cuestionándolo todo. Así se me fue el tiempo.

Ahora estoy a un mes.

Te he vuelto a ver. Y pese a este antro reproductor de sudores y sonidos estridentes, tu belleza sigue intacta. No así tu aura. Los años sin contemplar tu rostro y los golpes en mi calendario quizás me obligan a catalogarte como ajena. Ya no eres la misma pero eres igual. La música golpea y llevo de la mano a Fiorella. Te observo de lejos y me parece increíble que estés allí, tan cerca; y más increíble incluso que seas justo tú, dentro de un mar de mujeres hermosas, la única que engendró aquellos sentimientos.

Lo repito, te he superado. Pero quién sabe, quizás la verdad es que por mi condición, pese a la fatalidad de antaño, me he resignado por primera vez a que jamás te tendré. Tal vez dentro de mis complejos y mi timidez; dentro del escondite de mis ojos cada vez que te tenía cerca, guardaba una esperanza. Hoy se ha diluido. Así ha tenido que ser. Estoy listo para tomar otro rumbo, para que mi nostalgia, ese mal incurable, sea como diría un escritor que admiro: una nostalgia por el presente. Y el pasado seas tú de la forma en que hoy te observo bailoteando a diez parejas de distancia: una huella prohibida.

Eso sí, te ruego, al menos como retribución a todo el tiempo que has estado en mi cabeza, que te alejes. Que tu aguda mirada no se vuelva a cruzar con la mía y no me saludes ni con las cejas. Que dejes en casa esa bendita armadura roja con la que me conquistaste hace más de una década. Y que mi nombre siga siendo para ti un punto oscuro dentro de un cuadro abstracto. De lo contrario, no sería raro que mis demonios retomen la batuta de la conversación y me devuelvan a los dieciséis años, cuando el anticuerpo era aún una quimera. Cuando no había cuentas que saldar ni partes por entregar. Y la música se haga precisa en un salón mucho más íntimo que este que me dibuja la última escena de tu sonrisa. Porque esta vez, te juro, sí te invito a bailar.

viernes, 23 de enero de 2009

Con el "Burrito" es robo

De todas las atrocidades que ha publicado la prensa deportiva a lo largo de mi “carrera” como apasionado del fútbol, la de ayer fue la más cruel. Es muy común que cada vez que se abra el mercado de pases en el Perú los diarios suelten noticias sin confirmar cuya única misión es confundir e ilusionar al hincha en vano. Las portadas se llenan con imágenes mal “photoshopeadas” de jugadores con camisetas ajenas, y mínimo una vez al año, se menciona a un crack de talla internacional que está por venir al país. Al “Tigre” Jairo Castillo lo han voceado para todos los equipos grandes incluso en el éxtasis de su carrera. El “Chelo” Delgado es una posibilidad desde que dejó Boca Juniors. Higuita iba a tapar por Alianza. Leo Rodríguez sería el 10 de la “U”. El “Beto” Acosta se iba a pasear por acá porque lo querían todos. Hasta Bebeto apareció de blanquiazul el año del centenario aliancista. La realidad es que los clubes no han podido traer ni a Lujambio ni al “Bichi” Fuertes, y nos hemos conformado con el mellizo malo de los Barros Schelotto, con un “Peque” Benítez destrozado, un Alvarenga desconocido o un Elkin Murillo que parecía su doble. Ayer la “bomba” fue el “Burrito” Ortega. Crack de cracks. Acaso el último ídolo del River Plate argentino.

Lo triste es que parecía verdad. Ariel está jugando los descuentos de su frenética carrera en un equipo de Segunda División en su país. Fue expulsado de River el pasado año por su evidente problema con el alcohol. Y si a eso le sumamos su rostro de pendenciero eterno, es un jugador hecho para Alianza. Fabricado para ese equipo que ha sabido darles porte de ídolos a hombres como el “Loco” Enrique, Palinha o Flavio Maestri, cuando el fútbol los había alejado de las buenas noticias.

He aprendido a no hacer mucho caso a los periódicos si sueltan esas “bombas”. Siempre le pongo el freno a mi viejo cuando, ilusionado, me enseña una portada del Bocón o del Líbero con el posible 10 de Alianza (lo estamos buscando hace tanto viejito). Pero mentiría si afirmo que no me emocioné cuando vi al “Burrito” ayer. Al menos por un momento lo imaginé con la camiseta que más amo en el mundo. Con las medias abajo y los botines sencillos, dribleando a cuanto rival se le ponga al frente y anotando esos golazos de antología con los que me conquistó hace más de diez años. Pero en Matute, y en un clásico encima.

Generalmente cuando un crack aterriza en el Jorge Chávez lo hace de sorpresa. Solano llegó de golpe a la “U”. Ni al más sensacionalista de los redactores se le había ocurrido ese dato. Y recuerdo que cuando Palinha ancló en Cristal, su nombre no fue voceado las semanas previas. Si Ortega hubiese sido una posibilidad tendría que haber aparecido en Matute sin que nadie lo espere. Pero los dirigentes de mi equipo jamás han logrado una de esas faenas. Aún espero a Cabrol por ejemplo, aquel 10 compañero de Jayo en Unión de Santa Fé que en el 2002 se escapó de las oficinas aliancistas. Y aún me duele recordar al presidente Masías anunciando semanas “al jale del año” para presentarnos finalmente al hijo de Cubillas, que jugaba menos que yo.

Con el “Burrito” todo se ha desmentido rápidamente. Fue una fugaz ilusión, de esas que duelen en el alma y cuestan procesar. Al menos me sirvió para evocarlo en mi memoria. Para recordar lo que me emocionaba viéndolo jugar, o cómo me sentía orgulloso cuando adolescente y pelucón, alguna vez me bautizaron como “Orteguita”. Ariel fue un monstruo. Un crack que supo cargar con la responsabilidad de llevar la número 10 de Argentina después de Maradona, y que en un Mundial jugando contra Inglaterra, verdugo eterno del Diego, lo homenajeó haciendo cuatro “huachas” en 45 minutos. Poseedor de una gambeta endiablada y genuina, goleador incluso, capaz de pegarle de igual manera con la derecha y la izquierda, con tiros libres certeros. Además, humano, requisito fundamental para que un mortal se convierta en mi ídolo. En fin, algún día les hablaré a mis hijos de él.

Lo que jugabas “Burrito”. Si las portadas fueran certezas, lo feliz que me hubieras hecho.

jueves, 15 de enero de 2009

Catarsis laboral (Y)

Al IPG, para que encuentren el éxito pronto (y un administrador, de paso)
Algún día de mi zigzagueante adolescencia medité la posibilidad de estudiar Administración de Empresas. Aún no comprendo la regla que indica que a los 15 o 16 años uno debe saber a qué se quiere dedicar durante toda su vida, pero me pidieron una opción, y elegí esa. Un poco por mi padre, que metía presión entre las sombras, como quien no quiere la cosa; y otro poco porque a esa edad lo que uno menos quiere es colocarse cara a cara con el futuro, y se resuelven los aprietos tan sólo para salir del paso. Administración entonces, ese era mi destino. Qué importaba mi escasez de química con los números. Daba igual mi falta de orden. Total, todo se aprende. No recuerdo quién o cómo se me cambió el chip. Pero si hay algo que no he hecho en mi prorrogada etapa de universitario es acercarme a esa carrera. Mis dilemas han viajado por otro lado, acaso por mi inmadurez, acaso por mi vagancia. Nunca dejé las ciencias de la comunicación, sí dejé universidades, pero ni siquiera cuando observaba a mis contemporáneos ir acumulando capital por haber elegido otras ramas, medité la posibilidad de mudarme de profesión.

La vida es ingrata e impredecible. Han pasado muchos años desde que ingresé al mundo universitario, y hoy me encuentro desempeñando una función ajena a todo lo que estudié (o aprendí, para ser más exactos). Me han ganado los almanaques y el dinero ya no es un juego, así que he aceptado colaborar en un negocio de mi padre fungiendo de administrador. Vaya paradoja. Yo que le puse la cruz a los números ni bien obtuve un poquito de criterio, ahora me encuentro realizando sumas y restas con el Excel, contando dinero para los sueldos, ensayando un dulce gesto para que no me odien más de lo necesario cuando no tenga con qué pagar a la gente.

He entrado en un dilema. Le tengo cariño al negocio, y mi padre ha depositado toda su fe en él (sin contar su capital). Ya vengo colaborando ahí desde hace un año, pero con aspectos que tienen que ver con lo mío (básicamente textos, y una que otra labor de “fercho”). Así tenía tiempo para mis proyectos personales. Mi oficina podía permanecer en silencio largas horas, utilizadas para escribir mis cosas, leer buenos libros o para darle movida a mi Blog. Hoy el tiempo se pasa volando. En un abrir y cerrar de ojos me da la hora del almuerzo, y la novela de Paul Auster que empecé a buen ritmo a finales del 2008, se ha quedado estancada, ocupando su lugar muchas facturas, una que otra boleta, ingresos miles a caja por si se me ha escapado un sol de mis cuentas. La noche me recibe agotado, y lo que menos deseo en el mundo es sentarme frente a mi computadora.

Siempre me jacté de ir contra la corriente, de demorar mi ingreso al sobre poblado mundo laboral y todo lo que ello implica (tarjetas de crédito, descuentos por planillas, etc.). Pese a eso, observaba a mi alrededor distintos allegados ya inmersos, y los veía con la billetera gruesa y con proyectos cada vez más serios. Claro, a la hora de averiguar sobre su rutina diaria, la sana envidia que me generaba mi pálido monedero se convertía en lástima. Metidos en la oficina horas y horas. Casi sin ver la luz. Algunos laburando hasta los sábados.

Hoy en día, asumo, mi trabajo no tiene mucha diferencia con el de los oficinistas que surcan ocho horas diarias el camino del estrés. ¿Será que después de una década el destino me está diciendo socarronamente que debí cuidar mis palabras cuando dije que quería estudiar administración? “No la estudiarás, pero ejercerás esa carrera toda tu vida”. Eso es mucho peor. Un maleficio.

Los artistas (con el perdón de los verdaderos, me incluyo en esa lista a veces agonizando en el intento) estamos hechos para otra cosa. En síntesis, el dinero no es lo nuestro. O no debería serlo, en todo caso. Si un pintor trabaja sólo pensando en el precio de su obra, está frito. Si un escritor escribe para publicar, lo mismo. Uno se cohíbe, sufre. Y la línea que separa el éxito del fracaso se torna inabordable. Un administrador de empresas tiene la boleta de su sueldo tatuada en la frente desde que empieza a llevar cursos de su carrera. Ese es el fin, su propósito en la vida. Dicen que los chicos que salen de la Pacífico, a los 35 años deben ser millonarios, o al menos tener resuelta su vida. Tamaña presión. El éxito en los artistas viene en otro empaque. Una sincera felicitación, un elogio. Acaso un hincha.

Llevo poquísimo tiempo realizando tareas administrativas, y sería injusto colocarme en ese pedestal. Lo gracioso es que siempre imaginé a aquellos hombres como inteligentes, con una “chamba” dificilísima que les genere excesivo raciocinio. Sólo puedo decir que mucho más neuronas pierdo intentando darle forma a un texto de una página que en todo un día cuajando cifras. Más difícil se me hace escribir un cuento que andar con el Excel y llamando por teléfono. Pero cada loco con su tema.

Algún día de pensamientos absortos llegué a la conclusión de que los artistas (y en ese rubro incluyo a los publicistas, fotógrafos, cineastas, escritores, etc.) están en este mundo para darles diversión a los hombres que de verdad trabajan. Para que el personaje de oficina se relaje por las noches. Una vida de terno y corbata, de poderosas y efímeras cantidades de dinero, de escaso tiempo para vacacionar, no sería digna sin los artistas. Sin una buena exposición de un talentoso pintor, sin una novela agradable, sin una película en el cine con su canchita y gaseosa grandes, porque a ellos sí les alcanza. Los artistas combaten la monotonía. Alegran la existencia.

Lo lamentable aparece con el dinero. Y en ese rótulo conviene formar parte de la otra vereda. Es probable que un administrador mediocre obtenga un trabajo decente y alcance a vivir dignamente. Un artista mediocre, o promedio, para no hacerle espacio al pesimismo, vivirá entre las sombras, misio como él solo, adentrándose cada vez más a la introspección y relegando su existencia a su obra, desconocida y desterrada de la fama. Por eso es un riesgo no elegir como carrera la Administración o la Economía o la Ingeniería. Ahí, salvo aislados desastres, todo cae por su propio peso. Con las Ciencias de la comunicación no. Por ejemplo, una rama directa de esa profesión, como la prensa escrita, ya sea en periódicos o revistas, suele ser ingrata. Si es que no destacas sobremanera ante el resto, si es que no eres un “crack” de las letras o la fotografía, para llegar a un diario importante se requiere de una mixtura de situaciones. Tal vez una recomendación de un poderoso allegado, una relación de chupamedias con algún profesor de la universidad, una perseverancia inmensa traducida en diversas agachadas de cabeza ante los abusos del poder y el palidísimo sueldo hacia los practicantes. Yo no tengo nada de eso. Y así es muy difícil.

Es muy probable que sea ese el verdadero motivo de mi actual estado. Andando entre la línea del artista y el ciudadano común y corriente. Acaso mi desgracia está en querer trabajar como artista y cobrar como empresario. Hoy la vida me sigue dando lecciones. Un trabajo monótono y vacío, sin emociones. Y aunque mi sueldo espere calientito para poder ir al cine sin que sea martes de dos por uno, no soy feliz.

Yo quiero ser artista. Quiero pasar la vida escribiendo. También quiero tener dinero. Quiero viajar por el mundo. Pero puedo afirmar, sin temor a que el destino me castigue como lo hizo con mi apurada elección hacia la Administración a los 16 años, que si me dan a elegir entre un trabajo de oficina bien remunerado, o un ático con una lap top para escribir mis cosas y vivir de la caridad de mis lectores, me quedo con lo segundo. Claro, uno nunca debe escupir al cielo. No vaya a ser que a la porción snob que poseo le haga un guiño un buen par de zapatillas. Y esas se pagan con Excel, no con Word.