lunes, 26 de octubre de 2009

Que no te cueste (tanto), Celeste (Y)

A los doctores de la Cid, para que me la "devuelvan" enterita.
La capacidad autodestructiva de algunos personajes públicos es tan o más fuerte que el talento o la suerte que los llevó a ser (re)conocidos. Nunca lo entenderé. ¿Por qué un actor en la flor de su edad y en el momento cumbre de su carrera decide inyectar a su cuerpo una dosis mortal de pastillas? ¿Qué obliga a un ex galán de diversos (y renombrados) shows televisivos a sumirse en el más patético alcoholismo? ¿Ser el mejor es insoportable? ¿O acaso mirar la fama en retrospectiva convierte al futuro en el infierno terrenal?

La depresión es la enfermedad de esta época, y los que siquiera mínimamente la hemos sufrido sabemos de su magnitud, pero que ocurra en gente que lo tiene todo me parece una de las grandes paradojas de la humanidad. ¿Qué compra la felicidad? A veces ni siquiera la salud (física, digamos) es el máximo tesoro. ¿Lo es el dinero? ¿El poder? ¿El sexo? Los actores, músicos y hasta deportistas que a menudo se suicidan llevan esa interrogante a dimensiones escalofriantes, y entonces la duda para mí cambia de giro: ¿Cómo una persona desequilibrada puede llegar a la fama? Qué mundo raro…

Hace unas horas mientras buscaba noticias por Internet me enteré del internamiento de Celeste Cid, una mujer argentina cuya belleza es incuestionable, con un rostro de porcelana y unos ojos inmensos que derretirían hasta al más gay de los gays. Ha llegado a la clínica por los problemas de siempre en la gente de la “farándula”: alcohol, depresión, mala alimentación. El tratamiento a seguir es casi idéntico al que tuvo que afrontar el gran Charly García, y su recuperación consiste en engordar diez kilos, no mirar televisión ni leer revistas, eliminar los hábitos nocturnos y alejarse de las malas influencias.

Según los medios argentinos, la enfermedad de Celeste sería la alcoholexia, una mezcla entre alcoholismo y anorexia. Además se habla de bipolaridad y de diversos intentos de suicidio. Increíble, Celeste Cid (Yoko en Verano del 98) no está conforme con su vida. No está conforme con su cuerpo. Ella no tiene 50 años para comprenderla y mencionar que el distanciamiento de sus mejores tiempos le ha golpeado el alma. Celeste Cid ha cumplido el pasado 19 de enero 25 años y está en la flor de su talento (acaba de filmar una película) y de su belleza.

¿Es tan difícil la fama? ¿Qué se siente saber que el 80 por ciento de tus semejantes darían su vida por estar en tu lugar? ¿Es tan terrible tener la certeza de que para muchísima gente, por más que en su anodina existencia no lograrán ni rozarte la mano, eres alguien especial? A Celeste Cid la “conocí” un verano, que no fue del 98, mientras veía pedacitos de la serie que la lanzó a la fama. El idilio fue casi automático, y compartido a escondidas con varios de mis amigos. Después, en mi primera experiencia laboral, su rostro me alegraba las mañanas como protector de pantalla, y cuando los nervios o el mal humor me sobrepasaban, su sonrisa me devolvía la calma. Luego he sabido de ella a cuenta gotas, pero siempre, cuando la ocasión lo ameritaba, la he sacado a relucir, sobre todo cuando en una conversación asomaba la palabra belleza.

Hoy que tengo una nueva oficina para llenar la rutina de nervios y malos humores, su foto no está más en mi pantalla.

A veces juego a imaginarme cómo sería mi vida si fuese famoso. No perdería la humildad, me digo. Jamás andaría deprimido, me consuelo. Tal vez no sea así. Tal vez les quitaría el saludo a mis amigos más genuinos. Tal vez me escondería a llorar o a emborracharme hastiado de las adulaciones. Siempre es duro (porque genera hasta rabia si se tiene en cuenta que uno se las arregla para ser feliz mientras se lucha por llegar a fin de mes en el anonimato) enterarte de gente famosa que se suicida o termina hospitalizada por una terrible adicción, pero es más llevadera la noticia cuando los caídos son ex famosos. Ex sex simbols. Ex actrices de renombre. Resulta incomprensible cuando se habla de Heath Ledger o de Kurt Cobain. Resulta incomprensible cuando la que se está matando es la chica por la que alguna vez dijiste: “esta es, no hay mujer más hermosa en el mundo”. Y te pones a pensar en qué tan difícil es ser el número uno. Y los entiendes, porque ser el mejor es llegar a la cima, y porque ser el mejor es tener que demostrárselo en cada momento a todo el mundo, a todos los anónimos. Y porque ser el mejor, sobre todo, es creerte esa frase a ti mismo. Y ni siquiera Celeste Cid le ha podido creer a su espejo todo lo que tarde, muy tarde, le estoy diciendo yo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Vos sabés (Y)

Conciencia en Offside ha permanecido largo tiempo en descanso. A diferencia de otras ocasiones similares, esta vez la tristeza no ha tenido nada que ver. Todo lo contrario. Esta reaparición está dedicada a la hermosa luz que es en estos momentos mi primer heredero. Y con este texto empiezo una larguísima etapa en la que absolutamente todo lo que escriba, todo lo que diga, todo lo que anhele, sera para él(ella). "Cómo te esperaba, cuánto te deseaba..."
No sé si serás mi amigo más fiel o mi eterna princesa, pero tengo clarísimo desde que supe de tu arribo a mi mundo que lo más importante de mi vida está contigo. Me he demorado mucho en escribirte y te pido perdón. Me he estado acomodando a tu noticia. He ido sumando cambios, diciendo adiós. Y en el camino imaginando tu presencia, tu voz, tu magia para brindarme el mejor regalo que un hombre puede anhelar. Con el tiempo, lo prometo, te escribiré tanto y tanto que me pedirás stop.

Quiero empezar diciéndote que estoy muy emocionado por tu llegada. Que no sé bajo qué hechizo me has convertido en otra persona, al punto de poder gritarle al mundo que yo, tan amigo de la rutina y tan temeroso del paso del tiempo, hoy quisiera apretarle el botón de adelanto a los días para que ya estés conmigo, para que todos los momentos a tu lado sean cualquier cosa menos una rutina.

Ya me conocerás, y con anécdotas repetidas que en unos años sabrás de memoria y te romperán un poco la paciencia, podrás saber un poco de lo que fui antes de volver a nacer contigo. Pero para el libro de tu existencia, ese que lleva escritas apenas sus páginas iniciales, quedará el hecho de que cuando supe por primera vez de ti, tenía 27 años. Que era un hombre en camino a un vacío interminable. Que venía, con armas embusteras, perdiendo la batalla contra la vida. Que prefería el silencio, veneraba la quietud, apenas dormía y le hacía daño a mi cuerpo. Y encima, me estaba dando el lujo de perder una parte fundamental de mis afectos.

Entretanto, en ese letargo que fue el mundo sin ti, el pasado era siempre mejor. Como si tuviese 80 años, como si la resignación hubiese colocado en el fondo de mi memoria los momentos gratos, y además, insertado una barrera inquebrantable. Pero todo terminó. Contigo he mutado. Me has sacado con dulzura de las tinieblas. Hoy que estás en camino no hay nada que anhele más que mi futuro, que llevará tu nombre y tu fuerza. Me has proporcionado desde ya las armas exactas. He vuelto a soñar, que es mejor que dormir. Y aunque el silencio será mi sombra hasta siempre, quiero transformarlo, plasmarlo en la contemplación, en el deseo de tu voz. Venerar esta vez el movimiento, tu movimiento.

Te imagino un ser maravilloso. Sólo eso. Sin importar tu género, serás maravilloso. Espero que heredes de tu madre la belleza. Que tus ojos se parezcan a los suyos, tan profundos y cautivantes (aunque no me haré problemas si llevas unos tristes, como los míos). Que tu pelo sí sea la mezcla perfecta y si eres mujer, no te deje de legado mi nariz (si eres hombre, ya verás, igual conquistarás). Que tengas estéticamente las manos de tu mamá, y sentimentalmente las mías. Que si eres mujer tus piernas sean infinitas, y si eres hombre, gusten de patear una pelota y seas todo menos delantero (pues te he dejado un poco alta la valla de goleador). Que no heredes mi timidez, y si no hay remedio, que encuentres más rápido que yo la manera de contrarrestarla. Que tu estómago prosiga en calma su camino, que nunca te juegue en contra, como el mío. Que no te condene, lo imploro, el insomnio. Que duermas plácidamente, como tu mamá, y me dejen la angustia y los fantasmas a mí.

Que tengas la risa a flor de piel. Y el buen ánimo te albergue la mayoría del tiempo. Que tengas muchos amigos. Que te rompan poco el corazón. Que jamás llegue a tu aura el bichito de la depresión. Que el amor y la sonrisa prevalezcan antes que lo material. Que no te rindas antes de tiempo, y cuando la derrota sea ineludible, desees con el alma la revancha. Que el día de mi adiós te encuentre fortalecido. Que me quieras tanto como quiero a tus abuelos, pero que estés preparado, mucho antes que yo, para caminar solo. Que el destino te sonría y hagas realidad tus propios anhelos. Los míos los cumpliré tan sólo al contemplarte. Que me digas papá, porque a partir de ti, ya no seré más un simple Gabriel.

Yo haré hasta lo imposible por hacerte feliz. Lucharé en cada instante de mi vida por hacer de la tuya una más grata. No me imagino cuánto me podrás cambiar cuando por fin abandones la cuevita en la que te vas forjando para mirarme a los ojos, si desde ya, que apenas eres un puntito en el alma de tu mami, mi pasado ya no importa. Te seguiré esperando, siete meses se pasan volando. Y no tengas miedo, el hombre que fui antes de conocerte ya no existe. Y no volverá jamás, pues como escribió algún día un maestro que tuve: seré mejor por ti, bebé.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Cuatro gallos (F)

Un cuentito después de tiempo. Para los hermanos Saco. Los míos. Mis gallos.
Aquel día Chirozo y Manotas no quisieron pelear. Rechazando las leyes explícitas, se observaron breves segundos y dirigieron sus pensamientos hacia el infinito. Era mi primera vez en un coliseo para peleas de gallos. Un debut pacífico, pensé. Surgieron breves silbatinas. Los separaron. Los hicieron “pechar” con la danza infalible del pico a pico. Pero nada. Se pidió disculpas a la concurrencia. ¿Cada cuánto ocurre esto?, pregunté. Nunca, me dijo Guillermo, que para ese entonces refunfuñaba y casi déspota, anulaba todo compromiso futuro con el apostador que había elegido.

Guillermo nos había insistido tiempo atrás. Vamos, se van a divertir. Por fin habíamos coincidido ese sábado, y éramos una vez más nosotros, como hace tanto. Aldo y Manuel me habían convencido. Van unos hembrones, me dijeron en dos mails por separado. Yo imaginaba que en las peleas de gallos me podría encontrar con cualquier cosa menos con hembrones. Todo lo demás estaba ahí, como en mi imaginación. El criollismo, la tradición. La música en vivo. Las apuestas. El sello del vicio, colorado y de ojos inyectados, en los gestos de los conocedores. Y cómo no, el trago. Aldo y Manuel andaban con sed. Fuera de acá, dijeron cuando Guillermo sugirió esperar hasta la pelea siguiente. Segundos después teníamos una botella de pisco a nuestra merced. Cuatro gallos, decía la etiqueta. Vaya nombre. Quién pudiera tener la dicha que tiene el gallo. Salud, compadre.

Cada encuentro de los cuatro era un triunfo desde hacía algunos años, cuando la vida se había puesto seria, y el dinero, el trabajo y las mujeres nos habían alejado. No podíamos hallar entre las primeras carcajadas la fecha exacta de nuestra última vez. Yo tenía una hipótesis, pero preferí callar. Lo concreto es que éramos amigos desde siempre, y cuando estábamos juntos nos olvidábamos de interpretar los roles que nos había asignado el destino. Aldo no era más el payasito de su grupo de trabajo. Manuel no tenía que ensayar aquellas posturas importantes frente a los clientes de la empresa de su padre. Y Guillermo dejaba de vender, de exagerar, de mentir para ganarse el pan de cada día. No recordábamos detalles de nuestro último encuentro, generalmente bañado de risas, apodos y una que otra confesión, pero tenía la certeza de que esta vez el más necesitado de aquello era yo. Llevaba un mes sin empleo desde que la revista a la que le dedicaba mediocres artículos me había mecido por tercera vez en cuanto al aumento del miserable sueldo que me pagaban, y no tuve más alternativa que renunciar. Dignidad le dicen. Las pelotas. Andaba con la moral por los suelos, sin mucho por ofrecer y con la sospecha de que Mariana me había perdido la fe.

Los siguientes gallos se diferenciaron totalmente de Manotas y Chirozo. Tanto que no tuve ni tiempo de memorizar sus nombres. Las peleas de estos animales duran realmente muy poco, escasos segundos vibrantes que de vez en cuando regalan a la multitud rastros de sangre. Parece que los gallos de pelea se atacan por instinto. Basta que sientan la presencia de un similar para empezar a pelear. Llevan cual prótesis una eficiente navaja, el arma mortal. Y todo concluye cuando el gallo derrotado (muerto) entierra el pico. En muchas peleas el vencedor deja de existir segundos después de su triunfo, y en pocas ocasiones, el triunfante logra permanecer entero para participar en otra pelea. Guillermo era el único especialista. Las apuestas corrían mínimo desde 50 soles y él se había adjudicado ya 200. Como en todo ritual en el que influye el azar, había que tener cierto tino para no perder por goleada. Poco a poco, sin siquiera hablar, nuestro amigo nos estaba incentivando a participar, a dejar de lado las apuestas internas que en su pico máximo de emoción, llegaron a cinco soles. Para ese entonces el gallo que más quería era el de nuestra botella. Sentí que me estaba emborrachando mucho antes que mis amigos. Debe ser el estrés, pensé. Y los observaba eufóricos ante las maniobras de los púgiles con plumas, interrumpiendo su rictus únicamente para contestar las llamadas de sus mujeres.

A mí Mariana no me había llamado. Tampoco me había puesto peros tras comentarle la posibilidad de salir un sábado por la tarde sin ella y a beber alcohol. Cosa rara. Mis tres amigos sí tuvieron complicaciones. Aldo hasta tuvo que mentir. Más tarde, cuando las peleas hayan declarado al campeón y el pisco nos embarcase a la conversación sincera, hablaría de mi trabajo y del dolor por un ingrato futuro económico. Me darían consejos y tal vez propondrían algún contacto. Cholo, ya sabes que si necesitas billete, pídeme nomás. Hubiese preferido hablar de Mariana. Les hubiese comentado a mis tres gallos el tiempo que llevaba sin hacerle el amor, sus gestos forzados al hablarme, su escasez de compromiso, su poca similitud con la mujer que me había hecho pensar en el para siempre.

En las peleas de gallos sí hay hembrones. No sé bajo qué criterio acuden en masa a ese lugar tan ajeno a las discotecas en las que terminarán la noche. Lo cierto es que, sin exagerar del todo, en el coliseo podemos encontrar casi un desfile de modas. Todas acompañadas de grandes grupos de hombres de la clase más alta de la capital, atiborrándose de cervezas y convirtiendo el palco preferencial del lugar en una connotación de un after party de concierto de lujo. En algún momento de la jornada nos dirigimos hacia allí, a contemplar a las chicas. Ese era, según los mails de Aldo y Manuel, nuestro propósito principal de la actividad sabatina al fin y al cabo; y con el pretexto de comprar unas cervezas, iniciamos el patético espectáculo que suele ofrecer un grupo de cuatro ex chiquillos que ni siquiera por la experiencia y el garbo que ofrece una billetera con tarjetas de crédito son capaces de confrontar a una dama. Nuestros ojos destilaban pisco y excitación. La antítesis de lo que necesitaba cualquier mujer en ese momento.

Pero hubo algo que me empujó a cambiar la historia. Quizás el hecho de creerme por primera vez aquello de “no tengo nada que perder”. Tal vez el velorio en el que se hallaba mi celular. O el vértigo que ofrece una pelea de gallos. Y es que el cortejo tiene similares desenlaces, hay un perdedor y un sobreviviente, o en el peor de los casos, la indiferencia de Chirozo y Manotas. Escogí a una linda chica, lucía un saco verde y la sonrisa perfecta. Pude haberle dicho cualquier cosa pero para la anécdota quedarán frases como mi papá cría gallos, es el santo de una amiga y no, no tengo novio. Mis tres gallos observaban más allá cómo un beso en la mejilla aparentaba el triunfo del cuarto, el más necesitado de gloria, que se selló un rato después con un salud a lo lejos que se prestaba para todo tipo de interpretación. Hubo varios picotazos de envidia.

Para una de las últimas peleas, entre Aldo, Manuel y yo juntamos 50 soles y apostamos, tercos, en contra del gallo que eligió Guillermo. Perdimos, y contrapesamos la desazón embutiéndonos un par de sánguches de lechón y una porción de anticuchos. La noche aún tenía camino por ofrecer y cada uno un plan distinto junto a sus parejas. No nos veríamos hasta dos semanas después, cuando los convoqué para darles la noticia. Esa noche Mariana me recibió en su casa sin variar su indiferencia. Odié a Chirozo y a Manotas. Pensé en los sobrevivientes y en su dañado futuro. Y quise enterrar el pico, pero quién pudiera tener la dicha que tiene el gallo.

jueves, 20 de agosto de 2009

Promesas incumplidas de la pelota (Y)

Este texto le rinde homenaje a los futbolistas que por una u otra razón, no rindieron lo que se esperaba de ellos. Hay algunos ejemplos discutibles, otros que son un consenso. En todo caso están los que alguna vez, con su talento o su poder mediático, me ilusionaron en vano. Está dedicado a todos mis amigos peloteros. Todos ellos unas promesas incumplidas.
Los consagrados:

El dribleador de emociones

Antes de que Ronaldinho sorprenda con sus amagues de fantasía o que Cristiano Ronaldo deslumbre al mundo con sus bicicletas, hubo un jugador que hizo del fútbol una connotación del malabarismo. Se hacía llamar Denilson y era brasilero. Contemporáneo de Ronaldo, supo protagonizar en su momento el fichaje más caro del mundo en la temporada 98-99, cuando aterrizó en el Betis de Sevilla. Nunca colmó las expectativas. Con la camiseta de su selección, fue protagonista en el título de la Copa América en Bolivia 97, pero luego sus actuaciones se fueron diluyendo. Ni siquiera su presencia en el fantástico equipo brasileño del Mundial de Francia 98 será recordada amablemente. Denilson fue una estrella fugaz. Hábil como pocos para dejar desparramados y humillados a los rivales, cuando le tocó ser efectivo, cuando le llegó la hora de ponerse un equipo al hombro, decepcionó y decepcionó. En el Betis jamás se olvidarán de él. El fichaje que los hizo soñar con títulos y consagraciones internacionales los terminó hundiendo en reproches y silbatinas; y una larga racha de frustraciones que se coronaría incluso años después con el descenso. Denilson jugó luego en Francia, Arabia Saudita y Estados Unidos sin cambiar su suerte. Retornó a Brasil en búsqueda de afecto popular y tampoco destacó. Lo último que se supo de él fue que anduvo por el fútbol de Vietnam, haciendo gala de su pasado para cerrar contratos millonarios hasta el final de su carrera. Las lesiones lo terminaron por hundir hace poco, a los 32 años. Una lástima. No hubiese sido raro tenerlo como protagonista de las portadas de diciembre a enero, publicitando su llegada, con bombos y platillos, a algún equipo “grande” de nuestro alicaído fútbol. Eso sí, para mí y todos los futboleros de mi generación, esa bendita e imposible jugada que venera Cristiano Ronaldo, de mover los pies por encima del balón y burlar rivales sin tocarlo, está inmortalizada como “la de Denilson”.

La tetera negra

Los juegos olímpicos no le llegan ni a los tobillos al Mundial, pero hubo un año en el que el fútbol fue protagonista de las olimpiadas, y logró captar televidentes casi a la par de la Copa del Mundo. Fue en Atlanta 96, cuando por Sudamérica participaron Brasil, abanderado por Ronaldo, y la Argentina de la fantástica generación de Orteguita, Crespo y el “Piojo” López. La medalla de oro tenía que caer en uno de estos dos equipazos. Pero el campeón vino de África. Liderados por el extraordinario Nwankwo Kanu, Nigeria dio la sorpresa, eliminando en semifinales al “Scratch”, y en la final derrotando a Argentina con un gol en el último minuto. Kanu fue en ese entonces el mejor del mundo. Desplazó a Ronaldo incluso. Era un jugador atípico, pues medía casi dos metros. Pero el ardid de su juego estaba a ras del suelo. Poseedor de una técnica exquisita, con olfato goleador y solidario. Un crack. Apareció en el Ajax de Holanda y luego de su mentada participación en Atlanta 96 lo compró el Inter de Italia. Un problema en el corazón casi acaba con su carrera, pero logró sobreponerse. Volvió al fútbol para beneplácito de los que lo amábamos, aunque jamás fue el mismo. Ni en el Arsenal fantástico de Wenger, donde nunca se ganó la titularidad. Ni en su selección. Luego de pasar desapercibido de la óptica mundial del fútbol, apareció a cuentagotas en el Portsmouth inglés, equipo en el que juega hasta hoy. A veces dan ganas de verlo, pero su lejanía con aquel morocho de bigotes pálidos que festejaba transformándose en una enorme tetera sus golazos, hacen que uno cambie de canal. Kanu pintaba para refuerzo rimbombante del Real Madrid cuando apareció en el fútbol. Hoy, a los 33 años, es un master en actividad.

El ídolo ingles

Roberto Ayala hasta hoy debe tener pesadillas con el partido por octavos de final en el Mundial de Francia 98 entre su Argentina e Inglaterra. Aunque aquella vez el triunfo fue albiceleste, Ayala pasó a la historia porque sufrió la fractura emocional de su cintura al ser amagado por un petizo de dieciocho años que respondía al nombre de Michael Owen. Ese fue el inicio de la que sería, según vaticinio de todo conocedor del buen fútbol, la brillante carrera del futuro crack inglés. Owen estaba destinado a ser el hombre orquesta de la Inglaterra campeona del mundo luego del lejano 66. Eso jamás ocurrió. Pese a varios buenos partidos con el Liverpool inglés, y uno que otro gol vestido con los colores de su país, Owen jamás se sacó de encima la chapa de ser una promesa. Nunca despegó. Y aunque tuvo siempre la suerte de su lado en cuanto a poder mediático (recordemos su sonada transferencia al Real Madrid), el Liverpool volvió a ser gigante una vez que él abandonó el equipo. Después las lesiones terminaron por desligarlo de la simpatía del hincha. Llegó al Newcastle, club con el que descendió la temporada pasada. Y hoy tiene una nueva oportunidad (acaso esperando su despegue a los 30 años) en el Manchester United, equipo que le ha dado la camiseta número 7 (sí, la de Cristiano Ronaldo, Beckham y Cantoná). Para muestra de lo que es Owen es cuestión de consultarle a Konami, la empresa líder en videojuegos peloteros. Owen ha sido siempre en el Play Station un modelo de lo que pudo haber sido en el césped. Veloz y goleador. No confío en una buena etapa suya en el Manchester, ya le perdí la paciencia. Pero en el Winning, a Owen dámelo siempre.

El “Puma” merengue

El Real Madrid, acostumbrado a comprar siempre a lo mejor del mercado, en la temporada 1999-2000 se adjudicó de los servicios de Nicolás Anelka. El “Puma” venía de grandes campañas en el Arsenal de Inglaterra, donde fue ídolo. Y por su porte de boxeador y su extraordinaria precisión en el área, era fácil imaginarlo como el delantero potente que le faltaba al Madrid, su hombre gol. En síntesis, un calco (o una aproximación) a lo que había sido Ronaldo algunas temporadas atrás en el Barcelona. No fue así. Habitualmente relegado a la suplencia por el cumplidor Fernando Morientes, el paso de Anelka por la entidad blanca (aunque coronado con la Champions del 2000) pasó rápidamente al olvido. La carrera del “Puma” tuvo un tremendo bajón. El PSG de Francia, el Manchester City y el Fenerbache de Turquía fueron los clubes donde intentó en vano reposicionarse como un delantero A1. Luego de un resurgimiento en el Bolton de la Premier League, fue fichado por el Chelsea. Anelka en ese club, reconociendo su lugar como atacante de un nivel secundario, ha adoptado la postura que más le conviene hoy: ser actor de reparto. En el Chelsea matan por Drogba. El “Puma” es el delantero que de vez en cuando les regala un hat-trick, pero a la hora de la hora, falla un penal decisivo.

Los efímeros:

El “angelito” de Madrid

En un fútbol tan comercial y globalizado como el de hoy es difícil valorar a los ídolos. Terminan siendo reemplazados al primer error, o resistidos por la hinchada. Más difícil se pone la cosa si el ídolo es un delantero. El Real Madrid podrá ser el equipo más derrochador de la historia en cuanto a fichajes se refiere, pero ha sabido mantener en un alto pedestal a su jugador emblema: Raúl. A inicios de esta década corrió el rumor de que aparecería el heredero de Raúl, y que llegaría de las divisiones menores del club. El señalado era Javier Portillo, un atacante eficiente que superó todos los récords del fútbol infantil con la casquilla merengue. Dicen que anotó más de 700 goles, y eso fue suficiente para que el madridismo se ilusione con su “nuevo Raúl”. Nunca pasó nada. Portillo jamás se ganó la titularidad, y fue perdiendo peso en el plantel hasta que terminó (luego de un paso fugaz por la Florentina) en el Gimnastic, equipo con el que perdió la categoría, y posteriormente en el Osasuna. Alguna vez fue portada por su look atrevido y por sus ganas ventiladas de superar a Raúl. Hoy pasa desapercibido en la Liga de las estrellas. Pobre, Portillo no la tuvo fácil. Estamos hablando de Raúl, un crack que supo dar siempre un poco más que los delanteros que le trajeron para desterrarlo. Y en esa índole mencionamos a Anelka, Owen, Ronaldo, Van Nistelrooy, Huntelaar. ¿Portillo? Hasta por acá suenan las carcajadas de Raúl.

Guillermo hay uno sólo

Carlitos Bianchi lo calificó como el mejor jugador del Boca Juniors que ganó el título argentino en 1998. Y es que Adrián Guillermo, el popular “Escobillón”, resolvió partidos claves con su inclusión desde el banco de suplentes. Delante de él estaban los mentados Martín Palermo y Guillermo Barros Schelotto, y se tuvo que comer sin reclamos la suplencia. Pese a eso, sus amagues y su veloz desborde eran reconocidos por la hinchada xeneise. Cuando fue convocado a una selección sub 20 de Argentina sufrió la rotura del ligamento cruzado de su rodilla derecha. Entre Boca y la selección se echaban la culpa. Al final corrió el rumor de que se había lesionado jugando en su barrio. “Escobillón” se quedará en la retina de todos los que disfrutamos con ese Boca de Bianchi que recién empezaba a gritarle al mundo su poderío. Tiempo después de ese 98 se consagrarían y no pararían en una bendita racha de ganar campeonatos hasta hoy. Claro, sin “Escobillón” en el plantel. Tal vez le jugó mal el apellido. Guillermo en Boca es y será siempre el mellizo Barros Schelotto.

Los nuestros:

El diablo de la botella

En el Perú somos especialistas en ensalzar a las promesas. Llenarlos de portadas y elogios para después disfrutar de su caída. Hay muchísimos ejemplos de futbolistas que aparecieron como futuros cracks y terminaron en el olvido. Se me viene a la cabeza el “Diablo” Carazas por ejemplo. Un jugador que se “encontró” el “Puma” Carranza en una pichanga de barrio y se lo llevó a la “U”. En ese equipo destacó en una Copa Libertadores ante los uruguayos, y hasta llegó a la selección que jugó la Copa América de Bolivia 97. Luego la carrera del “Diablo” se fue diluyendo. Aunque tuvo un afortunado desliz por el Belgrano de Córdoba, su nivel bajó hasta que caló (entiendo que hasta hoy) en equipos de Segunda. Dicen que siempre fue “amigo” de la bebida y la mala noche.

Los “Potrillos” cremas

La “U” del 98 se consagró campeón gracias al trabajo de Osvaldo Piazza con los juveniles. De ese plantel salieron prospectos de cracks que terminaron apagándose. Hoy nadie se acuerda de Cotito o de Matellini, habituales piezas de recambio. Y la carrera de “Machito” Gómez o “Pompo” Cordero ha tenido mucho más bajos que altos. Hubo una época en la que Alfredo Gonzáles soñó con venderlos al extranjero y hacerse millonario. Hoy los tiene que padecer cuando de vez en cuando, si les toca enfrentar a la “U” con sus equipos de provincia, sacan a relucir un poquito del talento que alguna vez ilusionó a la fanaticada merengue.

El agrandado

El caso más reciente y por eso no menos patético es el de Reimond Manco. Estandarte principal de la selección sub 17 de “los Jotitas”, adoptó demasiado rápido las malas mañas de los futbolistas de nuestro país. No tenía ni cuatro partidos en Primera y ya se comportaba como consagrado. Fue vendido al PSV de Holanda, y en ese club, que alguna vez supo idolatrar a la “Foquita” Farfán, nunca se acomodó. Hoy anda lesionado y desmotivado. Aún no llega ni a los 10 partidos en Primera pero ya viste “Dolce & Gabana”, maneja un carrazo y mete mujeres a la concentración. Una vergüenza.

El mío:

Aparecer a los 16 años en la selección de tu país. Jugar una Copa América a esa edad y ser figura. Anotarle un golazo a Argentina. Ser vendido al Parma de Italia. Todo eso le pasó a Jhonier Montaño, actual jugador del Alianza Lima. Es uno de los tantos volantes ofensivos que han tenido que cargar con la responsabilidad de suplantar al “Pibe” Carlos Valderrama en Colombia. Y así como Mayer Candelo, Giovanni Hernández o el “Mao” Molina, se quedó en el camino. Jhonier desapareció de la retina del hincha mundial hace tiempo, y recaló en el Sport Boys del 2007 para resurgir de las tinieblas. Literalmente. Hoy lo soportamos en Alianza Lima, anhelando ver a aquel muchachito revelación de una Copa América, y muy de vez en cuando, disfrutamos de la exquisitez de su zurda. Montaño, para mí, aún hoy es una promesa incumplida.

jueves, 13 de agosto de 2009

Mad about Weeds (Y)

A Pende, Luquillas, Rafo y Yorch, quienes en este largo período de ausencia, me reclamaron hasta enfadados mi abandono a la conciencia. Ojo, texto machista. Mujeres abstenerse, por si las moscas.
Alguna vez un futuro cineasta me comentó que para él era básico en una película que la protagonista femenina sea muy atractiva. Que sea linda, me dijo, genera química con el espectador. Hace unos días fui al cine a ver “La felicidad trae suerte”. Un film que tiene como protagonista a una mujer. En teoría, a un personaje adorable. No la soporté. La dosis de belleza falló. Y fue más fácil notar su extrema delgadez, el disonante ritmo de su risa, su poco agraciada encía. Recordé a mi amigo cineasta.

Luego de hacer un breve repaso por las mujeres que me han conquistado en la pantalla grande (liderando el ranking, y perdón por la franqueza, la mágica Cameron Díaz) llegué a la conclusión de que la belleza de la mujer se vuelve incluso más importante en las series de televisión. Muchas veces es un factor determinante para volver a ver un capítulo pese a que la trama no es del todo buena. Y en mi vida hay casos clarísimos, como “Verano del 98” por María Celeste Cid o “Rebelde Way” por Luisana Lopilato, la inolvidable Mía, que logró un consenso en el apogeo de la serie en el Perú: todos los hombres la amábamos.

Pero hay ocasiones en que el contenido de la serie supera a cualquier protagonista, y en el camino, gracias a su desempeño, terminamos templados de una mujer sin que sea necesariamente una top model. Ahí triunfa el talento. Y el desenlace es parecido al amor: creemos que la actriz es en la vida real como su personaje, y la queremos para nosotros.

Me ha pasado en tres distintas etapas de mi vida. Con tres series televisivas. Con tres mujeres protagonistas. La historia se confabula de la misma manera: seguir a la multitud y engancharse tarde a un éxito televisivo, disfrutar de la trama, conocer a la protagonista, someternos a ella hasta el punto de sentir celos cuando un pobre diablo alcanza sus labios.

Yo me sumé a la apoteósica cantidad de fanáticos de Friends una tarde de finales del 2000, cuando el sexteto más popular de los noventas alborotaba las noches del mundo entero. Y recuerdo que antes de que surja el idilio, Jennifer Aniston era para mí una rubia común y corriente, de cabeza algo más grande de lo normal y voz chillona que no duraba ni dos segundos en mi televisor. Hoy reto a cualquiera a competir por quién anticipa más rápido sus intervenciones en los archirepetidos pero imprescindibles capítulos de su serie. A Rachel la amaré eternamente. Y con Jennifer Aniston seré un juez implacable al momento de calificar si valen o no la pena sus eventuales parejas en cuanta película aparezca, con un régimen que ni siquiera Matt LeBlanc pudo superar cuando a los guionistas de Friends se les ocurrió que Joey podría conquistar a Rachel.

Pero mi primer amor de pantalla fue otro. Y ocurrió en el despertar de mi adolescencia, cuando las chicas del mundo real empezaban a llenar de baches mi corazón. Yo me moría por tener una novia, y quería a la de Paul Buchman. Helen Hunt hacía el papel de Jamie en la fabulosa “Mad About You”. Yo la veía todas las noches antes de dormir por el canal 5, y fue la primera mujer que me conquistó por su carisma. Jamie no poseía un rostro hermoso. Tampoco un cuerpo escultural. Pero era fundamentalmente adorable. Tierna, graciosa, sarcástica y cruel. En ese entonces, a la chica que me volvía loco en mi mundillo adolescente la veía parecida a Helen Hunt, y fantaseaba con una relación con ella tan chévere como la de Paul y Jamie. Quería que me extrañe cuando me vaya de viaje y que no soporte una fiesta sin mí, como ellos. Quería un Murray como mascota antes que a un hijo. Quería ser cineasta y enloquecer deliciosamente por mi propia Helen Hunt.

Vaya que estoy viejo. Las series han variado de tónica. Las relaciones de pareja ya no venden. Tampoco los grupos de amigos perfectos en las orillas de una cafetería. Hoy lideran la audiencia éxitos como “24”, “Prison Break” o “Héroes”, programas que me rehúso a seguir por mera flojera. Hoy están de moda las series ambientadas en hospitales, que no hacen más que recordarme que algún día moriré, y rescatando a “Scrubs”, no las tolero. Hoy es la voz carcajearse por disfuncionales antihéroes como el gran Charlie en “Two And a Half Men”, o sacarle le lengua a la nostalgia para descubrir algún detalle nuevo en el eterno “Seinfeld”.

Pero dentro de los modernos éxitos también hay espacio para el amor. Hoy mi mujer inalcanzable favorita no está inmersa en una mágica relación de pareja. Tampoco es la mesera más sexy de la historia de las cafeterías. Hoy mi chica preferida tiene la mirada esquiva y es una oda al relajo mientras pasa la vida vendiendo marihuana. Se llama Nancy Botwin y en la vida real la conocen como Mary-Louise Parker. Es la protagonista de una serie llamada “Weeds”, que una tarde de domingo, similar a las de Agrestic, barrio ficticio donde viven los Botwin, encontré junto a mi novia en algún canal de cable. Como los tiempos han cambiado también en la velocidad, seguimos el desenlace desde sus inicios gracias a la magia de la piratería de nuestro país y a un dvd que de vez en cuando ronca. Así hemos pasado temporada tras temporada en maratónicas jornadas de fin de semana, mientras Nancy me conquistaba con muecas indescifrables y una voz como la hierba, apacible y embustera.

Mi idilio con “Weeds” me deja como a los ancianos frente al Internet. Ya no sé qué esperar. Si mi actual chica inalcanzable vende hierba para sobrevivir a la viudez y lo hace magistralmente, cómo será la próxima. Nancy, como Rachel, y a diferencia de Jamie, tiene sexo con muchos hombres. Ese fue el primer avance. El primer cambio. Lo que es menester de la protagonista de “Weeds” es su capacidad de involucrarse con hombres casados, con negros, o con latinos perversos. Y según avanzan las temporadas se vuelve más promiscua. Para beneplácito de sus fanáticos, incluso, ya ha aparecido con las tetas al aire. Cuánto hubiésemos dado por gozar con los pechos de Rachel. A Nancy la queremos todos. Y sus encantos alcanzan hasta a su cuñado, que la observa con voracidad morbosa; o a su hijo menor, que le dedica no pocas masturbaciones a antiguas fotografías que la muestran desnuda.

Hubo una época en la que soñaba con hacer las típicas cosas de pareja con una chica que me volvía loco. Luego deseé con controlada morbosidad tener sexo con una “amiga” en una cafetería. Hoy quiero tocarle la puerta a la “dealer” más hermosa del mundo, y si me lo permite, alucinar el futuro juntos.

martes, 14 de julio de 2009

Ninguna como la mía (Y)

A mis primos Guille y Javicho, con el alma y el consuelo que no les puedo dar.
En uno de los recuerdos más añejos de mi infancia aparece Cecilia. Estoy en San Bartolo y es de noche. Mis padres se preparan para la juerga sabatina y a mí me va a costar dormir. Entonces asoma una mujer de ojos imponentes que me quiere leer un cuento, y me la presentan como mi tía. Debe haber sido su belleza, pues eran sus años mozos y a todos nos consta que Cecilia fue una mujer hermosa, pero hasta el día de hoy recuerdo esa escena. Ella leyéndome con cariño de tía. Ella sorprendida por mi habilidad al seguirle la trama con vocación de maestra. Quién diría que tiempo después se convertiría en una mujer fundamental para mi vida. Y construiríamos una relación que no tiene nombre, que sobrepasa los adjetivos.

Cecilia fue mi profesora desde sexto grado hasta quinto de media, y escenificó magistralmente lo que significó (y lo que significa) Los Reyes Rojos para mí: autoridad, amistad, amor maternal, orgullo mutuo. Yo entré al colegio en segundo grado de primaria. Debo poseer un récord, pues jamás cursé el primero. Me adelantaron cuando notaron luego de una serie de exámenes que yo había aprendido en mi nido todo lo que enseñarían en el primer año de la primaria. Entonces recuerdo haber sido alguna vez el nuevo del salón, y todo nuevo atraviesa por el ritual de presentarse en una ceremonia repleta para decir, entre otras cosas, de qué colegio proviene. Yo no llegaba de ningún colegio, y me daba una vergüenza extrema contar que venía, a segundo grado, de un lugar llamado “Mi pequeño mundo”. Sentía esas temibles cosquillas en el estómago que no me abandonan hasta hoy cuando estoy en aprietos. Quería desaparecer. Cuando llegó mi turno y me hicieron la pregunta de rigor ya me estaba cagando en los pantalones. Mi primera opción era quedarme callado, pero erróneamente elegí la segunda. “¿De qué colegio vienes?”, me dijeron. “No me acuerdo”, respondí.

Antes de que las carcajadas se apoderen del lugar, apareció Cecilia. “Él no viene de otro colegio, viene de frente de un nido”. Desde ese momento entendí que en Los Reyes Rojos jamás estaría solo. Desde ese momento Cecilia se robó mi corazón.

Después llegaron años hermosos. Cecilia fue para mi promoción una profesora espectacular. No hay quién no la haya querido. Nos amó y la amamos. Nos vio crecer. Superar las pruebas de sexto, descubrirnos en la secundaria. Tuvo que soportar nuestra adolescencia y nuestros cambios hormonales y físicos. Nos dijo adiós entre lágrimas cuando nos tocó partir. Y supo siempre cómo tratarme. Notó mi tendencia al perfil bajo y jamás me exigió salir de allí. Cuando había que levantarme el ego, me engreía con abrazos o exageradas felicitaciones que me enrojecían el rostro. Cuando había que encarrilar mi desidia, ponía cara de mala, y con voz autoritaria, me obligaba a estudiar un poco más. Cuando había que desahuevarme se las ingeniaba para obligarme a cantar en una mítica clausura. Y cuando había que plasmar la furia o la reprimenda severa, no podía. A Cecilia como a mi madre, le gané esa batalla clave, cuando el amor te incita a callar, a pasar por alto ciertas cosas.

Con ella tengo infinitos recuerdos. Su festejo como si fuera un gol (o en su caso, un punto que valdría un set) en cada uno de mis triunfos. Cuando pasé las pruebas de sexto o cuando me paré frente al mismo público de mi debut en Los Reyes, pero nueve años después, a cantar los coros de “La llave”. Cuando en primero de media se enteró que me gustaba una chica de quinto y no cesó de molestarme hasta lograr que aquella rubia espectacular se diera cuenta de mi existencia, alegrando mis mañanas. Cuando tiempo después, en cuarto de media, nos encontramos con la misma rubia en un campamento en Cerro Azul, y le noté a Cecilia el pícaro gesto que la caracterizó al momento de la chacota, y al descubrir mi rostro adusto a lo lejos, entendió que esta vez debía callar. Cuando a la hora del vals en el quinceañero de mi hermana me sacó a la fuerza de mi escondite, y gracias a ella hoy tengo esa foto que por mi timidez no debió existir. Cuando me dijo en tercero de media que estaba orgullosa de mí, y me susurró al oído: “ahora sólo te falta una hembrita”.

Qué paradoja Cecilia, las hembritas no desfilarían muy a menudo por mí desde aquel otoño del 96. Me bastaron poquísimas. Por eso hoy escribo sin pudor que entre las tres o cuatro mujeres más importantes de mi vida estás tú. Por eso te voy a recordar para siempre. Por eso hasta hoy, casi tres semanas después de tu partida, sueño contigo todas las noches. Por eso cada vez que hablo de ti me emociono. Por eso recién le gano la batalla a mi cobardía, y a mi manera, como lo hice con Constantino, me despido tecleando agradecimiento. Por eso, como diría Vicentico, “juro que la cara voy a dar cada vez que alguien te nombre, aquí o allá”.

Cecilia ya no está más entre nosotros. Parece increíble, pero no la veré ya en las clausuras del cole, o en el malecón de San Bartolo. Parece mentira que no tendré su saludo. Su sonrisa partida, su criollismo, su porte de diva linda. Su enigmática mirada y sus manifestaciones de afecto tan particulares y especiales, que para mí siempre valieron por dos. Me deja como legado una escolaridad entrañable, el recuerdo de su imagen impactante ya sea leyéndome un cuento o gastándome una broma. Y sobre todo, me deja a dos primos extraordinarios, en los que la veré reflejada siempre, siempre, siempre.

Los Reyes Rojos estamos de luto. Se fue la reina. Sólo nos queda el orgullo de haberla conocido, de haber plasmado en nuestra educación tanto amor y compromiso. Una maestra de verdad. Los Reyes Rojos sabemos que todos tienen a su profesora favorita, pero ninguna como la nuestra. Ninguna como la mía.

jueves, 18 de junio de 2009

Ensalada de Camote (Y)

A mi tío Augusto Bartolomé Rómulo, para que nunca deje la sana costumbre de leerme.
Parte de crecer es dejar ir. Desde una perspectiva práctica, la vida es una acumulación de despedidas. Cerramos una etapa para empezar otra, y en el proceso, es inevitable el adiós. Es que nuestra existencia no se basa sólo en los ciclos establecidos. Vivir no es simplemente nacer, estudiar, trabajar y morir. Hay mucho más. La primera frustración, el primer triunfo. El descubrimiento de las aficiones. La primera resignación. El primer enamoramiento (generalmente no correspondido), el primer corazón que nos toca destrozar. Todo ello significa un camino de puertas abiertas y también cerradas. Una etapa fundamental en la vida es, después de soltar el cordón umbilical, elegir a tu primera persona favorita. Generalmente ocurre cuando empezamos a hablar, a socializar, y nos enfrentamos por primera vez al mundo. En ese ínterin inconcientemente nos damos cuenta de que solos no la vamos a hacer. Que necesitamos compañía. Mi primera persona favorita fue mi primo Gonzalo. Lo elegí (me gusta contar que nos elegimos) a muy temprana edad, e iniciamos un ciclo juntos que parecía indestructible.

Mi primo Gonzalo llegó al mundo seis meses antes que yo, y ha estado cerca de mí durante mis 27 años de vida. Hace unos días partió hacia Barcelona (espacio empecinado en llevarse mis afectos y en pintar su cielo de colores cada vez más inalcanzables). Ahí permanecerá un año entero como mínimo. Hará una maestría, observará paisajes hermosos que moldearán sus sentidos de cineasta, se encontrará con él mismo. Estoy feliz por él. Creo que lo necesita, que se lo merece. Y tiene todas las de ganar. Pero recién mientras se acercaba el día de su partida caí en lo mucho que se le extrañará. Y me di con la sentencia de que si bien ahora físicamente nos separa un océano interminable, desde hace mucho nuestra unión se tornó lejana incluso viviendo a tres minutos de distancia. Que en algún momento imperceptible mi primo y yo nos dijimos adiós. Y resignamos nuestra unión a esporádicos (pero siempre mágicos) momentos.

Tal vez fue la universidad, o su alejamiento de San Bartolo. O quizás nuestra personalidad afectiva, que encontró en el amor de una mujer a lo primordial de nuestra vida. No lo sé. Ello no quitará jamás el vínculo que aún nos une, esa complicidad añeja que significa la infancia. Gonzalo y yo hasta acudimos al mismo colegio. Fuimos compañeros de promoción. Desde nuestro nacimiento hasta el inicio de la adultez atravesamos por los mismos problemas y las mismas alegrías. Nos hicimos hombres a la par. Con él me metí mi primera borrachera. Estuvimos juntos la primera vez que llegó un cigarrillo de marihuana a nuestras manos. Y en dupla, cuando éramos pequeños, ingresamos al mundo de la “delincuencia”. Tendríamos seis y cinco años, y nos fuimos al mercado de San Bartolo como cada tarde. Cada uno tomó a escondidas un adefesiero muñeco que no valdría ni un sol. La travesura estaba lista. Pero fue tanto el sentimiento de culpa que terminamos aventando los muñecos al techo. No queríamos ser descubiertos ni podíamos cargar con un robo semejante en nuestras pequeñas conciencias. Claro, devolverlos ni hablar.

Para Gonzalo la vida no ha sido fácil. Desde pequeño le tocó luchar, por ello es un guerrero por naturaleza. Yo fui su aliado en las primeras batallas mientras él se convertía en mi escudo en mi guerra interna por enfrentar el mundo. Cuando llegaba la calma sólo quedábamos los dos, y había espacio para inventar nuestro propio universo. Allí donde para emular una piscina llenábamos de agua su garaje, y nos deslizábamos como si estuviésemos en el Regatas. Gonzalo entendía que yo no sabía nadar, y antes de verme arrinconado mientras los demás chapoteaban, nadaba conmigo en un espacio donde jamás me ahogaría. La solidaridad es algo innato en él. Esa bendita capacidad de ponerse en el lugar del otro. Por eso cada vez que me quedaba a dormir a su casa me daba su cama. Por eso cuando yo rompía un vidrio y se avecinaba una reprimenda, él se echaba la culpa.

Mi niñez tiene mucho en común con mi primo. También con su familia, que prácticamente me adoptó como uno más. Crecí con los valores de ese hogar, con las reglas, con el mágico olor de su closet en el segundo piso y de su despensa. Recuerdo que cuando éramos mocosos veíamos las fotos de mis tíos en un viaje por Disney, y jurábamos que algún día iríamos. Había un individual en el que tomábamos lonche con una especie de mapa del parque de diversiones, y ya sabíamos exactamente por dónde teníamos que ir. A qué juegos subirnos y qué muñecos saludar. Con el tiempo aquel viaje se hizo realidad, allá por el verano del 94, cuando me invitaron a Miami. Y fue una experiencia extraordinaria.

De Miami nos trajimos básicamente las mismas cosas. Ambos poseíamos un reloj que se diferenciaba únicamente en el color. Íbamos a pasar a secundaria, y en nuestro colegio por ese entonces no se les permitía usar reloj a los de primaria, y queríamos ser grandes pues. Pero patinamos en otro objeto. Cada uno se compró un par de zapatillas con luces que se encendían al caminar. Las usábamos para acontecimientos especiales. La ocasión lo ameritó el día que la gente de mi promoción organizó una fiesta, y fuimos con nuestra mejor ropa. Al llegar fue tanta la burla de nuestros compañeros por las benditas luces que no pudimos disfrutar del tonazo. Quedamos como “chibolos”, y nos dolió en el alma. Cuando regresamos a su casa, lo primero que hicimos fue tomar un cuchillo y con esas mañas que sacaba Gonzalo de la galera, acabamos con las luces (y con nuestra niñez) para siempre.

Parte de crecer es dejar ir. Despedirse. Con los años Gonzalo y yo trasladamos nuestros encuentros sobre todo al fútbol. Las quedadas a dormir en su casa o los paseos a la fábrica de su familia pasaron a la historia. También nuestras confesiones sobre las chicas que nos traían locos y nuestras ganas de conquistar Disney. Cada martes nos veíamos únicamente para jugar a la pelota, y allí, cortísimos minutos antes del pitazo inicial, nos dábamos abasto para conversar, para ponernos un poquito al día. Muchas veces quedábamos para tomarnos unas cervezas el fin de semana, pero casi nunca cumplimos. Así es la vida. Incluso, como hasta en el fútbol fuimos un complemento perfecto (él la garra, el sacrificio y la mentalidad ganadora; yo los goles) siempre anduvimos por equipos distintos. Hoy pienso que nuestro distanciamiento se debe a que juntos éramos hermosos e invencibles, y la vida es un invento tremendamente aguafiestas.

Ayer ha sido el primer martes sin Camote (con esa chapa me dirigía hacia Gonzalo. Creo que jamás lo llamé por su nombre, siempre había un apelativo cariñoso. Golga de niños, Gonza alguna vez). Y he sentido su ausencia. Él conocía de memoria mis movimientos y habitualmente me anulaba. Ayer me despaché con diez goles para demostrar que como él no habrá ninguno. A veces la vida se parece tanto al fútbol. Ya habrá tiempo para reencontrarnos. Él sabe que es una persona fundamental para mí, que lo quiero cerca de mis hijos, pues posee valores que alguna vez me contagió y que contribuyeron a forjar mi corazón y mi personalidad. Quiero creer que el proceso ha sido recíproco, y cuando estrene la película de sus sueños, en algún rincón escondido aparecerá un pedazo de nuestra niñez, cuando le hacíamos la guerra a un mundo complicado, pero si estábamos juntos todo era más fácil. Ya le abriremos la puerta a otra etapa, siempre con el recuerdo de años maravillosos, y habrá espacio para que cuando el mundo nos descubra conversando, se deleite esta vez con un par de viejos hermosos e invencibles.