miércoles, 12 de mayo de 2010

Digo tu nombre (Y)

"No abuses de mi inspiración, no acuses a mi corazón..."
Ahora sí, hasta que llegues, estas son las últimas líneas que te escribo.
La historia del por qué de tu nombre.
Si la criatura que se resiste a salir, y navega plácida e indiferente en el vientre de Flora fuese varón, ya tendría nombre desde hace mucho tiempo. Se llamaría Diego con el prematuro consentimiento de ambos, y el conserje de mi edificio tendría en algunos días a un nuevo mini tocayo. No nos haríamos bolas. Se llamaría Diego porque es el nombre que quise para mí desde niño, y acentuó su fortaleza cuando me enteré que existía sobre la tierra un tal Maradona. Se llamaría Diego porque a diferencia del resto de nombres de futbolistas que propuse, Flora lo aprobó con simpatía, y con un poco de ingenuidad se comió el “no” cuando me dijo: “¿no será por Maradona, no?”.

Pero si reviso las peripecias y contradicciones de la decisión de bautizar a nuestra futura niña es fácil sospechar que Diego hubiese sido uno más de la lista de descartados, y tendríamos en estos momentos a un nombre impensado, tal vez a uno de los que negué tajantemente cuando dije que ningún hijo mío se llamaría de manera rara u original. Llegar al consenso en el nombre que figurará en los documentos de nuestra hija ha sido una batalla difícil. Un proceso áspero en el que no han faltado la desilusión y la pena; el efímero triunfo y la piconería.

El arte de escoger nombres ha aparecido en realidad desde hace mucho en mí, en las cada vez más esporádicas e infructuosas aproximaciones al mundo de la ficción. En esa índole no se me hacía difícil bautizar a los personajes masculinos. En ellos, generalmente extraídos de los retazos más oscuros de mi alter ego, a veces hasta un nombre feo calzaba bien. Además aparecían los básicos complementos, los compinches o rivales del protagonista. Y vamos, a quién le molesta el nombre de los amigos; a quién coño le interesa cómo se llama el desgraciado con el que tu chica te pone los cuernos.

Escoger en cambio el nombre de la protagonista era (es) más complicado. Tendría que sonar bien, tendría que llevarme al suspiro, a las ganas de seguir dándole vida a ese personaje del que me venía enamorando, y que saciaba en cada párrafo el travieso impulso de tentar otros labios en la vida real. Por eso propuse Lucía como la alternativa más profunda y duradera. Hasta hace muy poquito mi hija se llamaría así, y de no ser porque Flora se desencantó en algún momento clave, nos estaríamos ahorrando tanto rollo. Lucía es un nombre hermoso que me evoca a mujeres encantadoras por más que no haya conversado más de dos minutos con alguna de sus cuantiosas representantes. Lucía me suena a mujer más que cualquier otro nombre, y no sé qué pedazo de mi subconsciente es el responsable de ello.

Al personaje femenino del primer cuento que me recuerdo le puse Lucía. Fue mi debut en el arte de bautizar a la gente. Lo escribí a mediados del 2002, y pese a que imprimí un par de copias, desapareció de mis archivos y de mi vida. Desde cualquier punto de vista literario e incluso desde el modesto control de calidad de este blog, el cuento era impresentable, pero le guardo un cariño súper especial porque con él descubrí que era feliz escribiendo, que podía sortear mis angustias y mis temores en la azotea de mi ex casa, mientras el mundo amenazaba con llevarme de encuentro. Lucía se llamaba aquella muchacha de mi cuento, y era la novia del mejor amigo e ídolo del narrador (y protagonista), que en silencio la amaba. La trama era sencilla y previsible, propia de un muchacho de veinte años atormentado, con un final triste y solitario.

A esa Lucía me la llevaré siempre conmigo por más que su historia se haya extraviado en los herméticos vientos de la cibernética, mucho antes del blog y del USB que cargo cual llavero hoy en día. Y creí que una tierna manera de compensar su existencia sería eternizando su nombre en mi hija. Pero no se pudo. Hubo algo en su fonética o en su popularidad que no terminó de cuajar en Flora, llegando a convencerme incluso, y lo descartamos una tarde de verano con mucha pena.

Pero Lucía no es el único nombre que ha formado parte de mis escritos. Durante mucho tiempo, amparado en la masoquista y solitaria actividad de anhelar un imposible, creé una musa con la que me jugaba la revancha ante los partidos que la realidad me ganaba por goleada. Fue la protagonista hasta de mis incursiones (aún menos célebres) a la poesía. Se llamaba Fiorella, un nombre que Flora rechazó de plano, alegando que bastaba con una F en la familia, pero acaso a sabiendas de la existencia, aún en mi cerebro, de esa musa imprescindible que calzaba aspectos de ella, pero no completamente.

Fiorella, la mujer de mis sueños, la chica por la que más he sufrido en la vida, tampoco le dará el nombre a mi hija. Será mejor así. Las poquísimas oportunidades en que se dignó a sonreírme no pesan tanto como sus desprecios, como su indiferencia, y agasajarla de una manera tan sincera me sonaba injusto, acaso una resignación. De plano llegaron los rechazos hacia las otras habituales compañeras de mi incipiente narrativa, y tanto Isabel, Marisol y Micaela, no ingresaron siquiera a la lista de pre-convocadas. Entendí que sería yo el indicado de postular candidatas, pero el dictamen final sería responsabilidad de Flora, así ella se niegue a aceptarlo.

Luego de lanzar casi por compromiso y sin ningún motivo literario que las proteja nombres como Nadia, Isabela (con una L para que se distinga) y Alisa (con una S y no tanto por Allysa Milano como por Alianza Lima), me dediqué a sabotear la elección favorita de Flora: Mariel. Mariel era a mujer lo que Diego a hombre cuando jugábamos a imaginar el futuro, mucho antes de que los fríos números de unos análisis nos digan por Internet, una larga noche de agosto, que nuestras vidas cambiarían para siempre. Mariel, por ser la candidata de Flora, lideró la elección casi toda la campaña. Fue una versión antipática del Alianza de los noventa: se cayó al final. Y fui cien por ciento responsable de su bajón. Me propuse mencionar cada vez más a menudo que empecé a querer ese nombre por una chica que me tenía loco en las épocas más lindas y pueriles de mi San Bartolo; y la terminé por convencer cuando le dije que se vería opacada por una de sus ex alumnitas favoritas, que se llama Mariel, y que sustrae de toda objetividad pedagógica a Flora cada vez que le sonríe.

Entonces llegó la hecatombe. Estábamos a mes y medio de la fecha pactada y nuestra niña no tenía nombre. Habíamos descartado los principales candidatos, habíamos discutido hasta airadamente en el camino, habíamos hecho sorteos fraudulentos con papelitos, y nada. Volví a mis orígenes y me amparé de nuevo en mis escritos. Con una salvedad, no deberían ser parte del pasado, tendrían que representar el futuro. Y decidí por primera vez arrebatarle parte de lo que me ha quitado (y me quitará) el tiempo (o la desidia, que es mucho peor) cuando juego a representar a un escritor, y mis historias sólo toman vida, y hasta de manera estructurada, en mi cabeza.

Recogí la historia que me ha venido rondando desde hace meses, desde que me mudé a Barranco, que por esas cosas de las musas no he podido colocarle ni un párrafo en el ordenador. Entonces casi como adentrándome a la sala de reunión donde se sella un pacto inquebrantable, y capeando el temporal, le solté el nombre de la protagonista a Flora: ¿qué te parece Inés?

Su reacción lejos de conmoverme o entristecerme, me dejó perplejo. Sólo atinó a aprobar el nombre con un gesto dominado por los labios. Inés pasó a ser la sorpresiva candidata que se tumba a los favoritos, en una mezcla del Fujimori de los noventas (rebeldía hacia los poderosos) y el Alan del 2006 (en contra del feo enemigo). Ahora el dubitativo era yo. Si es tan bonito, ¿por qué no se me había ocurrido antes? ¿No es un nombre de vieja? ¿Estoy seguro?

Debo confesarlo, volví a retroceder. Necesitaba una señal divina, tal vez algo místico para re-convencerme. Pensé en todos los acontecimientos que llegaron con la concepción de mi hija. En cómo su alumbramiento escenificaría el triunfo de la vida justito después de un par de años caóticos, sumido en la depresión y el pesimismo, coronados malamente con la repentina e inexplicable partida de mi tía Cecilia. Y sucedió el milagro.

Una noche luego de aterrizar fallidamente en Larcomar para ver una película, mientras nos engullíamos un par de sánguches del Burger King, Flora me comentó que había estado conversando con Melissa, la hija de Constantino, hermano favorito de Cecilia y que como ella, no está más con nosotros; y como ella, personaje vital en la historia de mi vida. Melissa le había preguntado por el nombre de la futura bebé, y Flora le había dicho que estaba pensando en Inés. Ella respondió diciendo que le gustaba mucho, que era ese el nombre que su papá quería para ella. Que ella era incluso Melissa Inés. Dejé de masticar como un ex presidiario recién liberado, y con la boca aún llena, le dije: ya está. Se va a llamar Inés. La protagonista de mi nueva historia se va a llamar Inés.

Así, me dije en silencio, la Ceci va a estar contenta, y junto a Constantino, no tendrán otra alternativa que cuidar y proteger desde su cielo a mi hijita como me cuidaron y me protegieron tanto tiempo a mí. Y así será más simbólico el acontecimiento cuando mire a los ojitos a Inés, y sienta que es verdad, que después de tanto dolor, la vida será más fuerte que la muerte.

viernes, 30 de abril de 2010

Se va abril (F)

Se va abril y con las últimas gotas de su rutina se lleva paisajes de aprendizaje, desprendimiento y muerte. Se cierra abril y su libro parece tan corto y tan largo. Se despide abril y desde mi cueva se asoma la semilla gigante con letras de colores que dibujan la palabra vida. Se va abril y carga con veintisiete soledades y me deja el camino servidito y me susurra que la cuenta regresiva será maravillosa.

Abril no existe más. El mundo será otro. Individualismo en extinción. Amor correspondido. Abril duró por nueve. Abril pateaba fuerte por las noches. Abril sentía mi voz. Para abril no habrá mañana. Abril es el pasado. Es la llave hacia el futuro.

La puerta está cerquita. Es el epílogo de la eterna sombra. La alcanzo de puntillas. Y no me espera más que luz.

miércoles, 7 de abril de 2010

Servinacuy in the Junin street (Y)

A mi primo Gonzalo, en calidad de su más fiel y querido guardián.
Es imposible ser un hombre de 27 años de la Lima “clasemediera” y no guardar un cariño especial por Barranco. Un distrito relacionado entrañablemente con la juerga, con lugares como Sargento, Wahios, La Noche, Mochileros; guariques a los que jamás se llegaba con un propósito disímil al de consumir serias cantidades de cerveza a un precio más cómodo que el de las discotecas que se volvieron top, casi siempre acomodadas en ese homenaje al comercio que es Larcomar. Yo no escapo a ese pronunciamiento, he juergueado cerca al boulevard Sánchez Carrión más de diez años de mi vida, pero Barranco forma parte de mis afectos sobre todo porque en uno de sus rincones, en la avenida Cajamarca, se encuentra mi colegio, un lugar al que acudí mañana tras mañana durante diez años seguidos siendo alumno, y que sigo frecuentando con regular frecuencia hasta hoy. Barranco, entonces, siempre ha sido mi segundo distrito. Ese espacio al que llegamos con la mentalidad exclusiva de pasarla bien; ese terreno en el que podemos carcajearnos, hacer deporte y hasta cometer algún delito con la seguridad de que en algún momento del día lo dejaremos, y retornaremos al hogar verdadero, al calor monótono y apacible que te acepta hasta cuando roncas, hasta cuando lloras.

Si hubiese dependido de mí el escoger un distrito para mi primer hogar como independizado, Barranco se llevaba todos los boletos. Por eso estoy agradecido al destino (el verdadero artífice de nuestras decisiones) el haber confabulado una serie de episodios para que mi deseo se haga realidad, para tener la dicha de mencionar luego de haberlo tenido cerca durante veinte años, que pertenezco a Barranco, que soy un barranquino. Que vivo en la bella calle Junín, cerquita al mar, y que cuando miro la noche desde mi balcón me acoge una felicidad indescriptible.

Pese a que aún no lloro, Barranco me acoge por primera vez en madrugadas sin que mi cerebro esté distorsionado, y me tolera roncando, despertando y hasta desnudo. Comparto el hogar con mi novia mientras esperamos la llegada de nuestra hija. Y coincidimos al afirmar que mejor lugar que este no le hubiésemos podido ofrecer.

La prueba de fuego

Todos sabemos que el matrimonio es una etapa crucial en la relación de pareja. Que en tiempos pasados era acaso la única posibilidad de independencia para cierta gente. Hoy que el mundo ha avanzado lo suficiente como para tachar de obsoletos a ciertos pensamientos la convivencia es cosa de todos los días. Y la comparto. Pienso que toda pareja que decida sellar su amor con un anillo de compromiso debería pasar primero por esta prueba de fuego. Y en caso no se llegue al objetivo, pese a que la ruptura siempre es dolorosa, podría ocurrir sin papeleos ni etiquetas terribles e imperecederas como el divorcio. Yo hoy vivo con mi novia, y estamos aprendiendo a aceptarnos con la mayor voluntad del mundo. Porque hay algunos detalles que pese a la cercanía de la pareja reservamos exclusivamente para el hogar. Y aunque, valgan verdades, Flora y yo tuvimos una pequeña gran prueba años antes de compartir el mismo techo, posicionando nuestro romance en una vorágine en la que yo me pasaba cinco de los siete días de la semana despertando en su casa, había momentos de mi vida sólo para la mía, para mis manías, para mi desorden. Había espacios que sólo podía explorar yo, objetos que sólo tomaban vida gracias a mis órdenes autoritarias.

Guerrillas internas

Hoy he perdido sobre todo el control absoluto del televisor. Ahí empieza la primera guerra de los sexos. Es que el ocio es fundamental en la vida, y la tele ha colmado ese espacio de una manera contundente. Todos al llegar a la casa luego de pasar horas en el trabajo queremos una cama y el control remoto. Yo había acostumbrado mis horas de zapping a todo tipo de programas relacionados al fútbol. Y para mi pesar, Flora no soporta ese maravilloso deporte. Basta que mis manos naveguen por canales como el 3, el 50, el 51, el 52 y el 53 (sí, tenemos cable a la antigua) para que ella suelte sonidos desaprobatorios. Algún puchero, algún gemido, o frases de todo tipo con el mensaje tatuado: fútbol no.

Para poder ver fútbol, salvo contadas excepciones tramitadas con días de anticipación, debo esperar a las once u once y media de la noche, la hora en la que Flora ingresa al mundo de los sueños. Entonces encuentro razón al horario del programa de Barnechea y Coki Gonzáles en Frecuencia Latina, los domingos justito después de Jaime Bayly, cuando antes me burlaba del gordo de Philip Butters (el conductor anterior) con la frase: “pobre, su programa sólo lo ve él mismo, y a punto de quedarse dormido”. El precio de mi independencia es ver el resumen de los goles del fin de semana tal como imaginaba a Butters, con una mano en el control y la otra en un vaso de Coca-Cola; con un ojo en Messi y el Barcelona y con el otro pidiendo permiso para sumarse a la aventura de Flora en el terriblemente corto (sobre todo el domingo) mundo de los sueños.

La tele es fundamental. Más aún en una pareja como Flora y yo, que sólo nos acercamos a la computadora para aspectos relacionados al trabajo. Porque si fuese ella, por ejemplo, una adicta al Facebook, me dejaría algunas horas el reinado a mí. Y si yo le proporcionaría el tiempo que en verdad requiero a mis escritos, ella andaría sumergida en esos programas de maternidad que me ponen nervioso o en ese bodrio televisivo llamado “Ghost Whisperer”, que inexplicablemente le fascina a Florita y que yo rechazo tal vez de puro picón por el veto al fútbol. La idea, entonces, es llegar al consenso. Y lo hemos ido construyendo desde antes de nuestro arribo a Barranco. Cuando sabemos que hay tiempo de sobra, compramos un DVD pirata y nos despanzurramos a ver una película. En ese rubro siempre concordamos. Y cuando llega la hora del zapping nos hemos hecho amigos (y perdón por la franqueza) de “Desperate Housewives”; y si se trata de confesar, “Los Exitosos Gomes” nos mantienen ocupados de nueve a diez de la noche. Después coincidimos en las series que todo el mundo ve, como “Friends” (aunque Flora la sigue cada vez con menos ahínco, y yo la defiendo ya por una cuestión de principios) o “Two and a Half Man”.
La hora de los caprichos

En lo que sí he ganado es en las comidas. Un triunfo a medias, una victoria mentirosilla. Ahora depende de mí el alimento a ingerir por las noches. Flora no se mete conmigo en ese terreno y me da libre albedrío sin protestar. Como almuerzo en la casa de mis padres, y por costumbre tengo el pésimo hábito de no ingerir ni medio pan en el desayuno, mi presupuesto alimenticio se reserva para la cena, para el lonche, para el momento del día en que se come mejor. Y ahí manda mi estado de ánimo, la elección la rige lo que voy alucinando a golpe de seis de la tarde, cuando lo engullido en el almuerzo ha pasado a mejor (o peor) vida. Lo negativo aparece también ahí, en la mismísima elección, generalmente dominada por comidas poco sanas. Así desfilan por mi repertorio alimentos como las hamburguesas con queso, los sánguches mixtos dos por uno (dos quesos y dos jamones por pan) o las pizzas caseras, que gracias a un hornito que me regalaron mi hermana y su novio, me salen exquisitas. De esta manera, mientras colmo de colesterol mi organismo y me disfrazo del más elemental de los chef, soy preso de una sensación similar a la que tuve al descubrir que podía viajar en micro solo, que se incrementa cuando de vez en cuando Flora me acepta un bocado, y lo aprueba con una mezcla de felicidad y tierna consideración.

La responsabilidad

Lo primero que descubrimos al dejar el hogar de nuestros padres, y después del período de exaltación y júbilo que significa hallar un terreno para uno mismo, es todo lo que nos ahorramos siendo hijos. O mejor dicho, todo lo que gastaremos a partir de nuestra independencia. La vida es cara aún sin lujos, aún con ayuda de la familia, aún gorreando almuerzos, aún sin hijos. Mi sueldo es un plastiquito de color azul con naranja que funge de vale ante las cajeras de Metro. No había caído jamás en la cuenta de lo doloroso que resulta esa liturgia: la registradora anunciando dígitos que afectan directamente a tu economía y sin siquiera haber pagado por, no sé, un buen plato en el “Antica” o una entrada al cine para ver una película en 3D. Para nada. Hoy gasto 30, 40 hasta 100 soles y mi canasta está repleta de productos que antes me llegaban gratuitos y que jamás me di el tiempo de agradecer. Hablo de consistentes rollos de papel higiénico, pastas de dientes, líquidos para limpiar platos y vasos, venenos para liquidar insectos, desodorantes, shampoos, jabones, frutas, verduras, tallarines, corn flakes. Eso sin contar los que pagaría con gusto, como el queso, el jamón, los salames, la leche condensada, las gaseosas. Felizmente el lado cleptómano que tengo me permite escabullir en mis bolsillos una bolsa diaria de M&M's, que devoro con gusto y pensando cojudamente que el vivo soy yo.

El Metro de Barranco queda muy cerca de mi casa, y es un punto de encuentro para toda la comunidad del distrito. Ahí me topo siempre con la misma gente en mi mismo plan, consumiendo y consumiendo para sobrevivir. A veces me pregunto si sufrirán tanto como yo; si mientras retiran sus billeteras de sus bolsillos accederán a la tristísima conclusión que me atormenta, esa que me indica que la vida laboral es simplemente llegar a un lugar de nueve de la mañana a seis de la tarde para perderte los partidos de la Champions League y el crecimiento de Lionel Messi, y así poder venir a Metro a comprar el lonche. Pero cada loco con su tema.

También me pregunto cómo sería mi vida independiente sin una mujer al lado. Porque la diferencia entre sexos aparece en momentos claves de la convivencia, y las compras forman parte de ellos. Me pasa mucho esta escena: Flora y yo llegando a Metro con la misión de comprar cinco panes y un par de paltas. Mientras nos adentramos en esos pasillos subliminalmente amarillos vamos de la mano. Luego escoge un producto fuera de los planes. La suelto para poder cargarlo. Luego toma otro. Tengo que ir en búsqueda de la carretilla. A pagar. Pensé gastar siete soles. Mi boleta de compra dice 32.

Después veo mi casa impecable. Que no me falta un solo utensilio. Y tengo que aceptar que absolutamente todo lo que Flora escoge es imprescindible. El panorama en soledad se dibuja diametralmente opuesto. No tendría refrigeradora pues sin su empuje no me hubiese puesto las pilas para recoger la que me han prestado. Mis caprichos caducarían y a la larga gastaría más al renovarlos. Viviría en armonía con el polvo que me ofrece gratuitamente el fuerte viento de Barranco, acumularía semanas de ropa sucia, no habría una sola planta, no hubiese cambiado jamás el foco que se me quemó en el baño y habría pasado más de los dos días que pasé alumbrándome en la ducha con una lámpara vieja. Me dejaría vencer por la flojera, esa enemiga que sólo sucumbe cuando Flora me pide un favor.

Los nuevos roles: unas de cal, otras de arena

Por Flora he adoptado algunas acciones que si supieran en mi casa se caerían de espaldas. Por ejemplo yo soy el encargado, en la mayoría de las ocasiones, de lavar los platos, vasos, ollas, licuadoras, sartenes y equis utensilios que utilizamos. Eso es un paso gigantesco si tomamos en cuenta que he crecido sin siquiera levantar el plato hacia la cocina luego de comer. Hoy me aviento a la aventura de abrir el caño y contrarrestar el ruido del agua cantando temas de toda época con una voz que seguramente todos mis vecinos deben reconocer (y detestar). Y en el camino me enfrento a escobillas y restos de comidas, a polos manchados de espuma y a pedidos como el de la última navidad, cuando en mi imaginaria lista de regalos, junto a las zapatillas que alcancé a comprar con las justas, coloqué un mejor escurridor para aligerarme la tarea.

También me encargo de botar la basura. Y eso es quizás lo único que detesto hacer. Todo bien con la de la cocina (pese a que a veces se filtran incontables hormigas en diversas cáscaras de granadillas o tunas), pero la liturgia de extraer la bolsa del tacho del baño es realmente desagradable. Por eso cuando nos caen nuestras pocas visitas ruego porque ninguno tenga que defecar, y si veo a alguno con toda la pinta de querer evacuar lo mando directamente al baño del fondo, donde ni siquiera me he dignado a colocar un tacho, sin importar que los papeles cagados interfieran en las tuberías de todo el edificio.

Otra de mis tareas es tender la cama. O mejor dicho, hacer la finta de que la tiendo, estirando las sábanas y acomodando malamente los pijamas entre las almohadas. Flora está embarazada y me he propuesto aliviarle la carga de esas labores domésticas, pero tampoco soy un fanático. Lógico que tengo otros errores. El cuarto que será de mi hijita está poblado de mis pertenencias y cada vez que Flora llega del trabajo tengo que cerciorarme de que la puerta esté cerrada sino la puedo matar del disgusto. “Cuándo vamos a tener listo esto”, me dice mientras yo intento desaparecer con la mirada tres o cuatro maletines que tengo en el suelo desde que me mudé, mis zapatillas de fútbol con sus pedazos de caucho incluidos, una caja con mi colección de revistas “El Gráfico” que me niego a regalar, y mi objeto más valioso, mi PlayStation 3, que la vez pasada osé en colocar en la cuna que espera a mi bebé, y por poquito me salvé del divorcio.

Dulce espera barranquina

Tengo más de seis meses en la calle Junín, ese pedacito de Barranco que me llevaré para siempre cuando me tenga que mudar. Y he sido exageradamente feliz. Me encanta desenvolverme por las calles como si fuesen una extensión de mi casa. Adoro tener cerca a las boticas, a una bodega completita, al emolientero, a diversas sangucherías, a la Tapa, a Los Reyes Rojos, al malecón, a mi casero que me vende a tres por nueve las películas que ya no veo en el cine. Me aligera la vida tener a todos los bancos a paso de caminante, a un cambista de dólares fiel, a improvisados cuidadores de carros con pinta de asesinos pero que me consideran su causita.

Mi hogar tiene además un aura novedoso a cada momento, y se prepara poco a poco para recibir a la personita que lo seguirá iluminando. Inconcientemente (o tal vez más concientes que nunca) todo paso que damos es por ella. Para Flora tal y como está la casa sería imposible que la albergue, pero para mí está perfecta, sólo falta la hermosa cereza del postre. El techo del cuarto de la bebe se viene pelando por culpa de una inundación en el piso de arriba y quizás es sencillo sospechar que mi desorden continuará por los siglos de los siglos. Pero no es así. Hemos demostrado que nos habituamos a lo que nos dice el destino, y estoy seguro de que cuando la niña llegue todo será hermoso.

Estamos viviendo una etapa linda, que no se da muy a menudo en la vida, y trae consigo mucha responsabilidad. Somos unos verdaderos inexpertos y particularmente ando lleno de miedos. Pero me supera la emoción. Quiero inundar de llantos mis madrugadas, quiero tener que odiar más de la cuenta a Metro por comprar los pañales. Quiero conocer la felicidad verdadera con sonrisas nuevas, con descubrimientos mutuos.

Siempre me he llevado bien conmigo mismo, y la soledad es una compañera muy agradable para mí. Hace un par de meses Flora se fue de viaje dejándome solo por una semana. Aunque de antemano sabía que la extrañaría, confieso que parte de mí tuvo un ligero bochorno de emoción. Podría hacer lo que me diera la gana, ahora sí, con todas las de la ley. Pero por una extraña razón, pese a que jamás le he temido a los fantasmas, no pude dormir. Me agobiaba una añoranza nueva, nunca antes descubierta. Un dolor en el pecho similar a la angustia, rebotes en la cama, malos pensamientos. Entendí entonces que me hacía falta Flora, pero también esa presencia mágica, esos latidos y susurros que valen por dos y que la convierten en la persona que más me importa en la tierra. E interpreté la ausencia como la sentencia de que jamás disfrutaría del despertar solo. Que no volvería a dormir sin ese nuevo amor que venimos forjando desde hace años, pero que recién nació en Barranco, en la mágica e inolvidable calle Junín.

lunes, 15 de marzo de 2010

Que el corazón no se pase de moda (Y)

"Brindo por el momento en que tú y yo nos conocimos... y por los corazones que se han roto en el camino".
Nueve años es mucho tiempo. Es casi una década. En nueve años una persona ha vivido lo necesario como para que ya se le exijan algunas cosas. En nueve años alguien que tiene nueve años pasa a tener 18, y se cree grande, y luce con orgullo el cartoncito celeste y contundente del DNI. Nueve años es el tiempo suficiente como para escoger una carrera, seguirla, fracasar, escoger otra y terminarla. En nueve años la piel sufre una metamorfosis lapidaria que te invita a pensar que hace nueve años eras tan solo un muchacho con ganas de pasarla bien, y ahora eres un padre de familia con deudas y responsabilidades que acabarán con la muerte. En nueve años pasas de ser un cuarentón interesante a ser un hombre encallado en los pesados oleajes de los cincuentas. Hace nueve años yo tenía 18. Lucía el pelo largo y más abultado que el que luciría hoy si me lo dejase crecer. Eran parte de mí los medicamentos contra el acné, las pizzas Dominos los martes y jueves, las canchas de fulbito en las que jamás acusaba cansancio y las ganas de conocer, por fin, a una mujer con la cual pasar el rato y darle algunos besos y si se daba el caso, ofrecerle también un poquito de mi corazón adolescente e inexperto. Hace nueve años conocí a Flora. Y hace nueve años, el 14 de marzo del 2001, nos hicimos enamorados.

Todo empezó como empiezan los romances a esa edad. Ella andaba aún en el colegio y tenía planes a corto, mediano y largo plazo que no me tomaban en cuenta. Yo me había mudado de universidad. Acababa de llegar a la San Martín, y cargaba con demasiados estímulos como para imaginar una relación más allá de algunos meses y una ruptura, en el mejor de los casos, no tan abrupta. Poco a poco llegamos a intimar, y a complementar nuestros demonios de una manera inteligente. Así pasó el tiempo. Y descubrimos que juntos la pasábamos bien, y pese a todo lo que nos decía el mundo, no había porqué hacerle caso. No había porqué ponerle fin a lo que construíamos día a día.

Cada 14 de marzo nos mirábamos un rato a los ojos y nos decíamos en silencio que sí, había pasado un año más. Y aunque siempre aparecía el “hasta cuándo”, preferíamos creer en el presente. Ese presente que hoy es ajeno a los anteriores. Pues nuestra relación ha evolucionado también en la forma y el modo. Hoy compartimos la vivienda. Nos dormimos y despertamos juntos todos los días. Y mientras yo me esmero en dejar de lado mis malos hábitos y en adoptar poco a poco las mañas necesarias para formar un hogar en armonía, ella afronta con amor la responsabilidad de llevar a nuestra hija en el alma, y es feliz cuando por las noches me toma de la mano y se la acomoda en su barriga para que yo también disfrute y participe de las pataditas más hermosas de la tierra.

Poca gente me lo dice, pero estoy seguro de que muchos se preguntan cómo lo hemos logrado. Cómo nos hemos hecho grandes juntos, sin tropezar con las dudas, sin preguntarnos para qué. Hay gente que nos debe creer unos locos, unos muchachos confundidos. Gente que no cree cuando les decimos que somos felices. Es que el mundo te abruma a cada momento con datos del estilo los matrimonios son un fracaso, que estamos en la época del individualismo, que hay que vivir intensamente conociendo y probando de todo un poco porque la vida es corta. Y en esa línea Flora y yo estamos en nada. Fuera de foco. Tal vez tengan razón. Pero sólo puedo decir que me seguiría equivocando mucho tiempo más, me volvería a equivocar si retrocediera el tiempo, si eso significa tenerla al lado. Si eso significa contar con la certeza de que alguien me ama de verdad, y que en verdad me necesita. Al final la vida es una constante búsqueda de la satisfacción, de una satisfacción efímera. Y qué mejor que haber encontrado el complemento para duplicar la búsqueda, para alargar la satisfacción.

No ha sido fácil. En nueve años pasan muchas cosas. Nos hemos peleado mucho. Nos hemos odiado a veces. Incluso llegamos a ponerle por cuatro meses el punto final a nuestra aventura. También nos hemos reconciliado. Hemos viajado por el Perú y el extranjero, hemos caminado interminables cuadras, nos hemos cagado de la risa. Y en el tintero nos hemos dado a conocer, nos hemos posicionado ante el resto como pareja. Casi como un solo ente.

En el camino hemos coincidido con muchas otras parejas. Algunas que ya eran sólidas antes de que nos conociéramos, otras que se formaron junto a nosotros, otras que se fueron uniendo después. Todas con sus pros y sus contras. Quizás más intensas que nosotros, hasta más comprometidas. Pero al final las hemos visto derrumbarse, hasta maltratarse, mientras nosotros seguíamos inmunes al adiós, vacunados contra el olvido. ¿Cuál es el secreto? ¿De qué está hecha la fórmula?

Quiero creer que para Flora yo soy alguien importante. Algo valioso le debo dar para que haya permitido que esté a su lado durante más de un tercio de su vida. Ella es mi complemento. Mi reconciliación con el mundo. No me imagino al lado de otra. Hasta me da flojera pensarlo. Tendría que remar mucho para alcanzar lo que tengo junto a ella. La búsqueda sería infructuosa con seguridad. No sólo es una mujer extraordinaria, llena de virtudes que me hacen pensar que desde ya es una buena madre. Aparte tiene la capacidad de adoptar todos los roles que necesito. La mala cara cuando tengo que enderezarme, la dulzura cuando lo merezco, la sapiencia cuando hay que guardar la calma, la inocencia y la ternura cuando le tomo el pelo. Además ella es la única persona que se recontra caga de risa con mis chistes. Así sean absurdos, siempre la hago reír, y creo que ahí radica la sal de nuestra unión, el insumo imprescindible.

Nos hemos hecho adultos juntos porque cuando nos conocíamos éramos al fin y al cabo unos niños. Unos niños que hoy que los evoco me generan ternura. Y aparecen los recuerdos. Nuestra primera cita formal en Pollos Pierrs de Miraflores, ese antro preciso para todo tipo de artimañas. Recuerdo que mientras caminábamos hacia el lugar la quise tomar de la mano para “ayudarla” a cruzar la pista, y me dijo que ella estaba más que acostumbrada a caminar sola. Me dejó huevón un buen rato. Luego nos tomamos unas cervezas y tuve que ser sincero con ella por el bien del futuro: cuando tomo, le dije, voy al baño como mierda. Así apacigüé las ganas de mear que no me dejaban escucharla con atención.

Después me recuerdo recogiéndola del colegio cuando me tiraba la pera a mis clases de la universidad, y ella me recibía con su uniforme de educación física, y yo pensaba que tenía que contar con tres años de ex alumno para que una niña con los colores de mi colegio (en el que pasé diez años) por fin me recibiera con un beso en los labios. Y muchas otras anécdotas. Las primeras cartitas que me enviaba y mis primeros mails (mis primeras insinuaciones a la escritura). Los regalos en navidades y cumpleaños, los viajes con permiso de los papás, las citas en su casa hasta una hora prudente. Qué increíble que hoy nuestras preocupaciones vayan por alargar los salarios al extremo, y nuestra meta más próxima esté en la cunita que descansa aún solita en el cuarto vacío.

La gente pensará que nos hemos perdido de muchas cosas. Al final ni ella ni yo hicimos realidad el deseo de estudiar en el extranjero, por ejemplo. Y nuestras respectivas carreras como conquistadores se diluyeron pronto. Pero yo estoy seguro de que más es lo que hemos ganado. “Nadie tiene a nadie y yo te tengo a vos”, diría Fito Páez. Y le doy la razón.

No sé qué pasará después. Uno nunca sabe lo que le tiene reservado el futuro. Lo que sí es cierto es que en este noveno aniversario Flora y yo le estamos poniendo punto final a una etapa. Una etapa que fue hermosa, y que se coronará con la niña que aún descansa en su vientre. El próximo 14 de marzo nos recibirá distintos, y será quizás una fecha más del calendario. Nueve años es un montón de tiempo, es toda una vida. Hemos mutado, hemos cambiado de parecer, hemos adquirido otras manías. Hemos conocido muchísima gente. Nos hemos despedido de otra. Pero nuestro mayor logro es haber permanecido juntos, inquebrantables. Contra la corriente del mundo, como el salmón. “Qué increíble que pese a todo el tiempo que tienen juntos, Flora y Gabriel se sigan llevando así”, he escuchado esta frase alguna vez. No seremos los más entretenidos, tampoco los más bonitos. Pero pese a que jamás lo acepten en voz alta, creo que coincido con todo el que nos ha conocido a lo largo de estos nueve años cuando digo que si hubiera un ranking de las parejas más chéveres, nos llevamos el premio.

Que el corazón no se pase de moda.

lunes, 1 de marzo de 2010

Aire (Y)

Este textito lo escibí mientras volaba de regreso a Lima desde Chiclayo. Fue mi retorno a un avión luego de casi tres años. Ha sido la primera vez que he escrito cagándome de miedo. Se lo dedico a mi hijita, que cada vez está más próxima. En ella pensaba mientras me ahogaba en el pesimismo. No puede ser, me decía, moriré sin conocerla. Felizmente estoy aquí. En la rutina feliz que es la espera en tierra firme.
Nunca encontraré la comodidad en un avión. Incluso hoy, que se trata de un viaje corto y sin sobresaltos, el tiempo que paso en el aire es lo más parecido a la muerte. Tal vez por masoquismo he elegido, en la ida y en la vuelta, un asiento en la ventana. La ciudad se empequeñece segundos después de haber estado en una cápsula que simula con perfección a un gran auto de Fórmula 1. Luego la inmensidad del mar, con sus olas estáticas. Y ese gigantesco colchón de nubes que son el vértigo en fotografía.

Mi espíritu es a ras del suelo. Podré correr, caminar a prisa, pero si la meta incluye un gran salto, prefiero desistir. El cielo no es el límite de mis anhelos. El cielo es para los pájaros…

… Y la aeromoza que anuncia el cinturón de seguridad. Y la palabra turbulencia es la espera con resignación al diagnóstico final del médico en el hospital. El ticket de entrada al juicio final. Y yo que me he portado bien, prefiero bajar que quedarme arriba.

Zorrito eterno (Y)

Mis vecinos los Rey se han mudado, y me han dejado sin su WiFi. No he podido conectarme al Internet y eso, sumado a un viaje de trabajo, no me permitió colgar este texto escrito al día siguiente de la hazaña de Alianza Lima, el club de mis amores, frente al Estudiantes de la Plata. Algo tenía que escribir. Algún sello personal tenía que guardarme para la eternidad. Para todos los aliancistas del mundo. En especial a mi primo Frankie, grone acérrimo en Los Ángeles, California.
Siempre se me ha hecho muy fácil decir que soy amigo de Paolo Guerrero. Por más que no lo vea desde hace más de un año, por más que no haya sido capaz de mandarle ni un mensaje cuando supe de su terrible lesión. He contado a menudo, entre los diversos grupos en los que me he desenvuelto, que él formó parte de mi colegio, que fue de la promoción de mi hermana, que ya de ex alumno jugué incontables partidos de fulbito con él, que cuando empezó a ser famoso nos paraba la juerga sin pudor. Entre los invalorables recuerdos que me dejó mi colegio está el hecho de que varios actuales futbolistas compartieron espacio conmigo allá por la década del noventa, y que los vi crecer y poco a poco perfeccionar la técnica que los llevó a ser profesionales en ese rubro tan amado y respetado por mí. También he contado que Wally Sánchez está presente en los momentos más jocosos de mi adolescencia, y que con el hombre que acostumbra a desparramar rivales vestido de blanquiazul tengo anécdotas de todo tipo (hasta incontables en este espacio). Pero muy pocas veces he dicho que Wilmer Aguirre, el “Zorrito”, también pertenece a esa especie. Que es en edad con el que más vínculo educativo tuve, que fue el delantero estrella de la selección de mi colegio en el año 98, cuando yo estaba en quinto de media, y conseguimos, creo que por primera vez, el título de campeones de Barranco.

Es que el “Zorrito” jamás ha sido motivo de orgullo. Ha generado una tormentosa relación con el hincha aliancista, y con el futbolero peruano en general. Todo debido a una cantidad apoteósica de goles errados y por manifestar torpeza cuando se imponía una sutileza. Aguirre es de los jugadores más resistidos por la hinchada. No muy poca gente pedía su cabeza al finalizar la temporada pasada, y notarlo entre los titulares al empezar la Copa Libertadores fue más una resignación que una alegría.

Pese a que siempre lo he defendido, señalando sobre todo que lo prefiero en mi equipo (aunque de suplente) que de rival, jamás he sacado pecho diciendo que lo conozco, que sabe perfectamente quién es mi viejo, que alguna vez osó con sirear a mi hermana, o que en algún partido colegial, de puro goleadorzote que era, me dieron ganas de decirle al oído que era un genio, y que me sentía respaldado por su sola presencia. Ayer el “Zorrito” fue por fin ese crack que deshacía defensas en mi época escolar, pero lo hizo contra la zaga del mejor equipo de América. Aguirre fue el goleador de Los Reyes Rojos contra el equipo sub campeón del mundo.

Alianza Lima ayer me regaló la mejor noche de mi vida futbolera, la velada más dulce de ese idilio blanquiazul que tengo desde los diez años. La goleada por cuatro a uno contra Estudiantes, con todo lo que traía y trajo consigo el partido (se trataba del último campeón de la Libertadores; nos hicieron un gol a los ocho segundos de juego), ha sacado boleto en la historia de mi hinchaje como el momento más sublime. Nunca antes vi jugar a Alianza de esa manera. Superior en todos los metros del campo, sobrio durante noventa minutos, certero en el área. Y con actuaciones sobresalientes en los once (o catorce) que entraron a la cancha. Y ahí el Zorrito fue el mejor. Ni siquiera en los mejores partidos de Jéfferson Farfán vi una actuación individual tan descollante. Aguirre no sólo hizo tres goles, además estuvo lúcido con la pelota (algo tan poco observado en él) y se dio el lujo de asistir a Fernández en el último gol.

No sé si Wilmer Aguirre vuelva a jugar siquiera remotamente parecido a lo de ayer en un futuro. Incluso aún hablando con el corazón agitado por su proeza contra los argentinos, no me animo a decir que lo logrará. El Zorro lleva muchas temporadas en el fútbol y todos sabemos hasta cuándo puede rendir en buenas rachas y todo lo que puede desquiciarnos en algunos partidos. Por eso mismo jamás ha logrado posicionarse en el cariño del fanático, por eso no aparece en mis anécdotas colegiales cuando quiero impresionar a un nuevo amigo futbolero. Aguirre no tiene carisma, y no le interesa tenerla. Siempre fue así. Su timidez y retraimiento se convirtieron en ciertas posturas de divo con eternos problemas. Escondiendo en desplantes sus complejos, y tomando las críticas como quien se enfrenta al recibo de la luz. Quizás ahí radica su éxito. Cualquier otro hubiese renunciado. Él utilizó el silencio como coraza frente a los silbidos y cuando le tocó reaparecer luego de ser relegado a la suplencia, siempre respondió con goles.

Claro, no hay que pedirle lujos a Aguirre, no hay que pedirle festejos de portada, no hay que pedirle siquiera una distinción, un sello. Deben haber muy pocos hinchas que deseen comprarse la camiseta de Aguirre, deben haber pocos niños que jueguen a ser el Zorrito. Porque encima el aguafiestas ha elegido como dorsal el número 15. ¿Y quién se compra la 15? En Alianza el 15 tiene que ver con el sacrificio y la perseverancia, con correr con la lengua afuera y entregando un diez de calificación interna, pero externamente un seis, como lo hizo siempre el “Churre” Hinostroza, el último 15 duradero en el club. Yo crecí con el “Churre” en mi equipo. Y de niño jamás jugué a ser él, y de más grande jamás se me ocurrió comprarme la número 15. Yo jugué a ser César Cueto, a ser Marco Valencia, a ser Waldir Sáenz. Y tiempo después me compré la 7 de Marquinho, la 9 de Claudio Pizarro, la 14 de Palinha.

Pero ninguno de los arriba mencionados (incluyendo al “Churre”, ícono de la proeza que hasta ayer consideraba como el éxtasis de mi hinchaje, en aquel inolvidable 6 a 3 a la “U”) me regaló nunca una noche como la del Zorrito contra Estudiantes. Wilmer fue el de siempre en apariencia, pero en la cancha reencarnó lo mejor de la historia del Club Alianza Lima. A la actuación del número 15 ayer le pongo como calificación, del uno al diez, once. El Zorro se puede morir en paz. Se puede retirar mañana del fútbol y quedará grabado positivamente para siempre en la memoria de los aliancistas del mundo que ayer lo vimos jugar. Podrá volver a sus torpezas el próximo partido, podrá desperdiciar goles si quiere hasta frente a Fernández, pero igual lo voy (lo vamos) a querer siempre. A comprarse la número 15 muchachos, a guardarla en el cajón más hermoso de nuestro idilio grone. Que los niños jueguen a ser el Zorrito, ese superhéroe que al menos una noche sacó chapa del más fuerte de una historia repleta de ídolos con poderes eternos.

Gracias Zorro, como en aquel partido de 1998 contra la selección de Chincha, cuando me cagaba de miedo por enfrentar a ese equipo de abetunados jugadores con pinta de que nos golearían y nos pegarían encima, y apareciste tú para meter cinco goles en un contundente 5 a 2. Gracias porque ayer, como en esa tarde calurosa, te volví a sentir un genio. Ese genio incomprendido y que parecía haber extraviado su talento en el patio de Los Reyes Rojos, o acaso en las maltrechas canchas auxiliares de los menores en Matute. Y que en el momento más difícil apareció más lúcido que nunca, y me regaló una anécdota que le podré contar a mis nietos: yo disfruté del mejor triunfo de la historia de nuestro equipo, allá por el año 2010, frente al Estudiantes de la Plata de un tal Juan Sebastián Verón. Les ganamos 4 a 1 a los que eran los campeones de América y sub campeones del mundo. Y lo hicimos con una actuación sobresaliente del Zorrito Aguirre, mi amigo.

lunes, 1 de febrero de 2010

Elogio al tocayo más querido (Y)

A mi viejo, por darme el nombre. Y por compartir este homenaje.
Hoy que la vida ha avanzado lo suficiente como para dejarme de niñerías y tirar para adelante, tengo un sueño: quiero ser escritor. Sí. Escribir y publicar un material con un mínimo de validez para que se convierta en un libro. A eso se reducen mis anhelos profesionales. No quiero ser un cronista reconocido. No quiero ser imprescindible en algún diario. No quiero ganar un premio. Quiero posicionarme en el amplio y embustero rubro de los escritores. Sólo eso.

Pero antes, cuando la ilusión era gratis de verdad, y soñar formaba parte del juego para matar la tarde, tuve otro sueño: quería ser futbolista. Quería jugar en mi equipo favorito y meter goles a estadio lleno. Que me vitoreen los fanáticos, que los empresarios se peleen por mis servicios. Quería levantar trofeos y que me capten las cámaras para convertir mi imagen en un afiche. En un póster como los que adornaban mi cuarto.

Los tocayos son parte de uno. Están en todos lados. En el salón de clases, en el trabajo. También en la televisión, y si tienes suerte, en un personaje admirable. Mi tocayo más mentado en relación a mi sueño actual es García Márquez. El escritor colombiano que una tarde de 1982 se adjudicó el Premio Nobel de Literatura, y a partir de esa fecha (del año en que nací) dejó en el mundo la sentencia de que jamás habría un escritor llamado Gabriel que pudiese trascender.

Mis viejos me cuentan que antes de que elijan mi nombre tuvieron otros en carpeta, y siguiendo una ley que hasta el momento voy emulando al pie de la letra, decidieron bautizarme al conocer mi rostro. No recuerdo qué nombre había pensado mi madre, pero mi viejo me quería llamar Omar. Cuando yo llevaba minutos en el mundo y mi mamá yacía adolorida en el hospital, mi padre le dijo emocionado que era hora de ponerme el nombre. La respuesta de mi mamá fue contundente: ponle cualquiera, menos Omar.

No sé qué bichito apareció en la cabeza de mi viejo para que elija Gabriel, pero sé que por muchos años le agradecí el haber descartado por completo el nombre Omar. Hasta que un día de mi infancia conocí a un delantero argentino que llevaba la número nueve, y que con una cabellera larga que al viento se tornaba imponente y un par de misiles en ambas piernas, destrozaba cuanta red se le posaba al frente. Y le dije, “pucha pa’, ¿por qué me pusiste Francisco como tú? ¿Por qué no me pusiste Gabriel Omar?”

Un día como hoy hace cuarenta años, en Reconquista, un pueblito en la Provincia de Santa Fe en Argentina, llegó al mundo Gabriel Omar Batistuta, el Gabriel que mejor ha tratado a la pelota de fútbol en toda la historia de la humanidad. Para mis tocayos futboleros, el primero de febrero debería ser feriado. El Bati se retiró de la actividad en el 2005. Lo hizo casi en el anonimato, en el lejano Qatar. Y hasta hoy no se le rinde el famoso partido de despedida. Tal vez porque el fanático aún se resiste a creer que ya no está. Tal vez porque la selección argentina no ha encontrado a su reemplazo. Tal vez porque la camiseta número nueve de la Fiorentina sólo tiene razón de ser con su apellido.

Batistuta hizo su debut en el Newells Old Boys de Rosario, y luego pasó sin pena ni gloria por el River Plate. Después lo compró Boca en una transacción que hoy forma parte del mueso del club. Ahí se lee la ficha del Bati, y el precio por su transferencia: cero pesos. Esa jugada de algún cazatalentos con buen ojo es festejada como un campeonato por la hinchada de Boca. “Mira lo que te quitamos sin que te des cuenta”, parecen decir.

El Bati pasó luego a la Fiorentina de Italia, club en el que alcanzó la madurez de su juego, la efectividad de su sola presencia. Y hasta hoy es un Dios en el equipo violeta, con el que marcó 207 goles en 332 partidos, y consiguió en 1996 la Copa y la Súper Copa de Italia. La Fiore es el equipo del “Loco” Vargas para los peruanos, pero para el mundo entero es y será el equipo de Batistuta.

El hambre de gloria lo llevó a dejar Florencia en el 2000, y llegó a la Roma para gritar su primer Scudetto junto a Francesco Totti. Pero su paso por el equipo capitalino no caló tanto en el hincha como su dominio en Fiorentina. La única camiseta que supo vestir a la par, con igual ímpetu, compromiso y efectividad, fue la de su país. Batistuta es el mejor número nueve de la historia del fútbol argentino. Consiguió con su selección la Copa América en el 91 y el 93, y desde esa época, Argentina no sabe lo que es levantar un trofeo a nivel profesional. Jugó además tres Mundiales (94, 98 y 2002), anotando en total 10 goles que lo posicionan como el argentino más efectivo de todos los tiempos. Pero el mayor galardón del Bati es, pese a formar parte de la generación post Maradona, el hecho de ser el primer jugador en superar a Diego al menos en un rubro: Bati es el máximo goleador de la albiceleste con 56 goles oficiales. En 1996 desplazó a Maradona, que calzaba ese récord con 34 tantos.

Hoy está de cumpleaños, el número 40 además, y quise rendirle un homenaje. El Bati formó parte de mi selección de pósters en toda mi infancia, y fue el estandarte principal de mis sueños en esa folclórica generación antes del Internet y la velocidad en la comunicación, cuando el look era fundamental para destacar, y él sobresalía pelucón y goleador. Era imposible ser delantero y no creerte Batistuta. Era imposible meter un gol y no compararlo en la ilusoria repetición de la memoria con los goles del Bati.

Batistuta es vital para mí porque le dio aires de imprescindible al nombre Gabriel en el fútbol. Hace algunos años, cuando yo empezaba a darle a la redacción y de vez en cuando, en épocas donde no había blog, mortificaba a mis amigos en sus bandejas de entrada con mis textos, un amigo entrañable empezó a llamarme Gabo, en honor a García Márquez. Y me jodía, porque hasta hoy, cuando la ilusión le da chances a los sueños más auténticos, quiero ser el Bati, no Gabo.