miércoles, 23 de marzo de 2011

Un sentimiento, no un verbo (Y)

Líneas asorochadas. Nostalgia provinciana.
El Perú es maravillosamente lindo sobre todo cuando salimos de Lima, o de la rutina, o del tedio gris, que es lo mismo. El Perú es enigmáticamente lindo porque al llegar al corazón de una provincia aún nos golpean las huellas de Lima y su falsa (u obsoleta) aristocracia y su tarjeta de crédito. El Perú es injustamente lindo porque el paisaje que nos sacude más el cerebro está escondido en un pueblito recóndito habitado por la cruel regla del pobre, o la lejanía en peligro, o la soledad ignorante.
Ayacucho ya no es terror. Ayacucho es positivo. Lo compruebo con mis contactos laborales de estos lares, que empiezan llamándome "ingeniero" y terminan gastándome bromas sanas pero irreproducibles luego de que les cuento un poquito sobre mi vida. En Ayacucho los miedos se quedan en la puerta. Dentro de las casas asoman crucifijos y santitos estáticos junto a unas fotografías antiguas que nos relatan que por acá ocurrió algo crucial para esta patria, algo injusto y (tristemente) comprensible.
Pero la gente de a pie es amable. Y cuando escuchan PPK se cagan de risa. Pero si hablan de Keiko hablan del Chino, de sus obras, de su supremacía ante los (más, un poco más) malos de la película. Y Toledo no hizo nada, y si volvió Alan… pues voto por Keiko. Humala está loco (vaya, una buena). La gente de a pie sigue siendo amable. José, el del hotel, me saluda con afecto y mirándome a los ojos; Sandra, la de la bodega, se sonroja con optimismo; y Soledad, en la inmensidad del campo y de su titánica faena de cuidar vacas de una a seis de la tarde, es Madeinusa (y no Magaly), y no acepta posar para la cámara porque no le gusta la ropa que lleva puesta (que a mí me parece hermosa).
Viajar es un sentimiento, no es un verbo. En mí: es tensión, nerviosismo, flojera… y al final, disfrute máximo. Viajar también, y sobre todo, es volver.
Y volver es añorar.
Inés aparece en cada rostro feliz. En cada distracción del piloto. Inés está en mis vacilaciones cuando la imagino conmigo en la sierra; y en mi preocupación porque con este frío, no se me vaya a enfermar. Inés está en la canción "Ay Carmela", que una noche le hizo Sabina a su hija. Y mientras la escucho con atención por primera vez en mi cuarto de hotel, debo salir porque se me anuda la garganta, y necesito plasmar en bonito estas cojudeces que vengo arañando en mi libreta de apuntes.
Entonces le doy un click a la pantalla y recuerdo a la otra mitad de mi amor, a la actual protagonista de mis satisfacciones humanas, y noto que el Perú es chévere fuera de Lima, pero más chévere si la tuviese a mi lado, y que estoy en Ayacucho muriendo de frío, bajo la resaca tétrica de un camino poblado de lodo patinante en una inhóspita carretera lluviosa y un mágico arcoíris a las 5 y 29, y la evoco diciéndome que ya quiere que llegue el invierno, y no acepto sus argumentos, y como se da cuenta, me dice que también anhela el invierno para tomarse un café conmigo. O mejor un tecito, mi amor.
Siento que viajar es satisfactorio porque siempre hay que volver a casa ("a alguna casa"). Y es lindo redescubrir que el Perú es mucho más que la Lima de los problemas y de los embaucadores de vehículos. Y en un cielo diferente, te palpita el alma pensando en Inés, y maquinas con emoción en cuál de las frías esquinas le encontrarás el regalo perfecto. Y recuerdas que estás en Ayacucho en un insólitamente helado mes de marzo. Y que rodeada de sol, tu "princesa vampira" respira. Y te mira. Y te acepta pese a lo que eres y lo que no serás jamás. Y la extrañas, porque Barranco se parece tanto a Órganos… y le pedirás a los Dioses o a las pastillas que te permitan dormir pese al frío, y aunque añores con el alma las últimas olas del verano, soñarás con ese café desabrigado. O tienes razón, un tecito está bien.

martes, 8 de marzo de 2011

Los monstruos y la mujer noche (F)

Creo en los fantasmas, terribles, de algún extraño lugar (y en mis tonterías para hacer tu risa estallar).
Tiago fue el primero en hablarme de la mujer noche. Ocurrió una tarde de primavera, mientras paseábamos en bicicleta por el malecón de la brisa, y yo le repetía las mismas frases que atormentaban mi cerebro desde hacía unos meses, y él respondía siempre amable, siempre positivo, aún a sabiendas de que yo reconocía de memoria su naturaleza, y lo que escondía entre las sombras de sus ojos tristes. Lo hizo casi pidiendo permiso, como si estuviese rompiendo el tácito pacto que colocaba a nuestra amistad en el espacio en el que él actuaba como receptor y yo como el ególatra paciente de un psicólogo barato que a la larga me ofrecería las frases que requería escuchar, con tal de no sufrir, con tal de no reír, con tal de no despegar del letargo en el que me había encallado.

He conocido a una chica, me dijo sin variar la suavidad de su voz.

Yo conozco a Tiago desde que tengo uso de razón. Lo he visto crecer y moldear esa personalidad tan inquietante, esa mezcla de tormento y encanto. Y sé que cada vez que me menciona una chica es porque se trata de “la chica”. Por eso decidí prestarle atención y olvidarme de mis rollos repetidos. Tiago me hablaba de una presencia ineludible. De un volcán en medio del fuerte ruido silencioso de una discoteca al que bautizó como mujer noche. De unos ojos de caramelo. De una sonrisa fácil. De algún amigo que le jugó algunas bromas. De una mirada fija de dos segundos. De sus párpados escondiéndose. Y se me hacía facilísimo imaginarlo. Y hasta sentir ternura por sus vacilaciones, por la maldita coreografía de avispas en su estómago. Por su callar. Por su extrañar. Por su escribir luego para borrar después.

Yo representaba en mi cerebro su figura en la discoteca, con un vaso de cerveza en una mano y tolerando el humo de los cómodos parroquianos pese a cargar en el pecho con el cartel de no fumador. Por eso perdí un poco el hilo de su discurso mientras me posicionaba junto a él en la imaginación, con la certeza de que nada hubiese cambiado yo, que en nada hubiese contribuido. Y tal vez por el atardecer, no me percaté del todo de que nos habíamos cruzado con un grupo de gente en el malecón mientras pedaleábamos, y la única chica del grupo se le quedó mirando, y entonces volvió en nuestro silencio su relato. Y las avispas y el humo y el dolor. Era ella, me dijo cuadras después, era la mujer noche. Uno de ellos debe de ser el novio, sentenció, y las emociones de hacía instantes se dilataron en esos tremendos ojos de tristeza.

Tiago y yo somos esos ojos tristes. Por eso lo quiero tanto. Y por eso me esmero en tenerlo cerca pese a que nuestra unión está muy ligada al fracaso. Antes de aquella bicicleteada por el malecón y de la aparición de la mujer noche en nuestras conversaciones el único tema era mi insomnio. Había pasado meses sin poder dormir por las noches, sin conocer la clara luz del día, adentrándome en pensamientos dolorosos que no me permitían producir ningún párrafo hacia el futuro, y Tiago había sido mi aliado. Mi compañía fiel. He llegado a pensar que por purita consideración él tampoco dormía, y que aquello de compartir el insomnio era una excusa para no abandonarme.

Mi insomnio tenía nombre de mujer. Y Tiago conllevaba la angustia. Éramos cómplices los tres de una parte importante de nuestra relación de a dos que nos había llevado a pasar las páginas calcadas de un calendario con disfraz de eternidad, y que se había roto intempestivamente en el séptimo mes. Insomnio, entonces, era mujer, y por ella había conocido a Octavio. El segundo personaje en hablarme de la mujer noche.

Octavio sopesa la melancolía de Tiago. Su compañía es, también, indispensable. Pero desde el otro lado del cristal. A él me lo presentó insomnio cuando aún podía dormir, cuando aún el día me era familiar y no se había convertido en un deseo cada vez más lejano. Y fuera de tenerle celos, lo utilicé para usurpar sus pensamientos y para impregnar en insomnio el virus mentiroso de mis anhelos.

Cuando las noches se hicieron más largas Octavio dejó de recorrer nuestro sendero. Y vaya coincidencia, había vuelto a aparecer con un discurso opuesto al de Tiago pero con la misma protagonista. Para Octavio la mujer noche era una presencia alcanzable, vulnerable además, y el supuesto novio un escollo baldío. Me hablaba también de una discoteca aunque distinta a la de Tiago. Me hablaba de un malestar narciso que lo había depositado en un extraño estatus antisocial, y de la mujer noche rondándole en más de tres oportunidades con genuino interés. Siempre se me ha hecho difícil creerle a Octavio pero pocas veces me ha decepcionado. Suele ser un conquistador pero le falta moderar su ímpetu. Su principal virtud no radica, como él cree, en su facha; figura en su ágil sentido del humor. Y según lo que me contaba de la mujer noche, era ella una persona propicia a la carcajada. Podía ser verdad.

Decidí despojar la pena y alejar a Tiago de la conversación para seguir averiguando aspectos de la mujer noche desde la retina de Octavio. Uno se da cuenta cuando una chica está interesada, me dijo, y ella lo está. Necesito saber en qué frecuencia anda, porque no me quiero enrollar en nada serio con nadie. He estado amarrado mucho tiempo y ya sabes, se viene el verano. Para Octavio mucho tiempo era poco tiempo. Y era de los contados personajes que metía el bichito de las terceras personas entre insomnio y yo. Lamenté la suerte de Tiago. Su silencio y su contemplación exagerada. Y hasta sentí misericordia por la mujer noche. Las chicas que se obsesionan con gente como Octavio nunca acaban bien.

Pero debo confesar que algo en el accionar de mi amigo me generaba cierta envidia (sana). En pos de alcanzar la luz, semanas atrás, uno de los primeros manotazos de ahogado apareció anhelando esa coraza para mí. Deseando esa armadura para enfrentar la bulla y atrapar corazones. Lo necesitaba con urgencia por esos tiempos de madrugadas palpables. Había muchos peces en el agua y muchos andaban con la temperatura apta para sumarse a la puntería de mi anzuelo. Pero la mujer noche se había convertido de pronto en alguien especial en mi cerebro y el mar me había dejado de interesar. Pese a que no la había visto de frente, me era familiar. Más aún cuando una noche cercana al verano la reconocí sentada en el mismo malecón en el que Tiago la había encontrado, conversando con Esteban, el tercer hombre en hablarme de ella.

Esteban es un amigo peculiar. Sé que compartimos muchas cosas, que tenemos muchos rasgos en común, pero extrañamente nuestros encuentros son exiguos, y nunca llegamos a sentirnos cómodos frente a frente. Es como si cada uno supiese algo del otro que no se atreve a mencionar, pero que sabemos trascendente. Somos parecidos, lo acepto. Pero no queremos serlo. Si no fuera por la intriga que me generó su encuentro con la mujer noche no lo hubiese buscado. Así ha sido siempre nuestra amistad. Esporádica y fuerte. Genuina e impertinente.

Me saludó con más cariño del habitual. Sabía perfectamente de mis peripecias con insomnio. Más allá de mis ojeras y mi andar amortiguado, intuí en él una conexión con mi interior. Me dio gusto. ¿Qué ondas con la mujer noche? Le solté la pregunta sin pestañear. Él me respondió como si estuviese a la espera. Y me dijo que sabía de lo que sentía Tiago por ella, y que ella, además, no era tan ajena en su respuesta. Pero que no dudaba en afirmar que Octavio la había conquistado. Y había algo más: Esteban también la quería, y la quería desde antes.

Nunca te lo mencioné pero es verdad, me dijo Esteban. Ha pasado mucho tiempo desde que ella frecuentaba mi espacio pero su presencia, aún en la distancia, jamás resultó intrascendente. Esteban me hablaba de un cariño casi familiar. De días de infancia. De huellas en orillas. De idilios prohibidos. De corazones rotos. De un encuentro furtivo. He seguido sus pasos siempre, me decía. Y creo que nos hemos tenido a nuestro modo un cariño cómplice, aún sabiéndonos inalcanzables.

Pero había algo esta vez que empujaba a Esteban a dejar de lado el simple cariño. Algo que no podía describir pero que lo llevaba a pugnar por conquistarla. Vista desde sus ojos, la mujer noche alcanzaba el clímax en mi inquietante curiosidad. Entré en un dilema moral. Me sentí el emperador de la hipocresía. Tres de mis amigos más íntimos se disputaban, a su manera, el amor de la misma chica. El amor enigmático de la mujer noche. Y en lugar de tomar partido por alguno veía cada una de sus historias como el estímulo fundamental de mi propio despegue. Cuando insomnio no era insomnio este tipo de vacilaciones quedaban rápidamente en el olvido, o dibujadas en forma de letras en pantallas unipersonales. Ahora no había excusas. Esa fue la egoísta conclusión a la que llegué.

Tiago jamás daría el paso crucial. Octavio andaba preocupado en demasiados detalles. Y Esteban había perdido su oportunidad. Al despedirme de él, me habló de otra discoteca. Una distinta a las frecuentadas por mi par de amigos. Pero esta vez, no mencionó el pasado.
De pronto estaba yo sumido en el humo de los parroquianos. Tolerando el ruido silencioso de un antro olvidado. Con las huellas de insomnio escondidas para siempre en el bolsillo. La descubrí entre las sombras y noté que los ojos tristes a veces cargan mercurio. Y cuando los párpados se vuelven fulminantes, superan la barrera de los dos segundos. Sabiéndome poco agraciado, solté un chiste al aire y asomó el cálido brío de una carcajada. Era tal como me la había descrito Tiago, pero diferente. Avispas danzaban en un pasadizo de dulzura. Un volcán ahora en reposo. Y me acordé de Octavio a la sonrisa número tres. Entonces noté que como Esteban, yo la podía haber amado en tiempos lejanos, pero eso ya no era relevante. ¿Nos conocemos? Me preguntó casi afirmándolo. Y yo la tomé de la mano para no soltarla. Y aprendí a cerrar los ojos para despertar y despertar al lado de la mujer noche, conociendo la real magnitud de sus encantos a plena luz del día.

lunes, 14 de febrero de 2011

Todos somos Ronaldo (Y)

Ronaldo acaba de decirle adiós al fútbol. Lo ha hecho entre lágrimas, aburrido de tanta lesión y de la pobre imagen que ofreció en sus últimos partidos. Nos ha partido el alma a los que crecimos con él. Se ha ido nuestro primer Maradona (el segundo es Messi). Todos tenemos anécdotas con Ronaldo. Todos nos cortábamos a ras el pelo para imitarlo. Todos lo usábamos en el Winning pese a que su estado era siempre de color plomo, pues pasó varias temporadas sin jugar por sus malditas lesiones. Todos nos sorprendimos de su mágica reaparición en el 2002. Y todos después nos dijimos que habíamos sido unos estúpidos por sorprendernos, ¿acaso no lo conocíamos? Todos gritamos su gol número 15 en los Mundiales. Todos festejamos que Klose se haya quedado en el camino por igualarlo. Todos soñábamos con la Kappa del Barcelona. Todos nos compramos en Polvos Azules la réplica de su número 11 en el Madrid. Todos llegamos a la conclusión de que el 99 era un buen dorsal si era rossonero y llevaba su apellido. Todos nos ilusionamos con el quimérico título en Copa Libertadores del Corinthians. Todos teníamos 13 años cuando lo conocimos una tarde de verano y decidimos adoptarlo. Todos tenemos ahora 28 y vemos en su despedida una connotación de los ciclos de la vida que nos deja sin excusas. Todos hemos buscado en nuestros baúles una digna manera de homenajearlo. Y todos hemos encontrado este artículo que hicimos todos una madrugada del 2002, cuando tener 20 años significaba seguir disfrutándolo, y tener la dicha de ver un último Mundial sin responsabilidades que atender. Todos decidimos reproducirlo (y eternizarlo) en este blog que sabe alguito de fútbol y mucho de agradecimiento. Y todos nos volveremos a emocionar leyéndolo pese a las fallas en la redacción, y volveremos a encontrar en la vida un nuevo motivo para decir que sí, todos somos Ronaldo. Ayer, hoy y siempre.
Al “Fenómeno”, gracias por tanto papá! Los mitos del fútbol nunca se extinguen.
Apareció Ronaldo


Con el correr de los años mi visión del fútbol se ha ido perfeccionando hasta haber encontrado mi propio estilo. Mi propio estilo de equipo perfecto, mi propio estilo de buen jugador, mi propio estilo de emoción. Soy admirador del buen juego, del juego ofensivo. Me gustan los equipos que son contundentes en ataque y no tan recatados en defensa. Me encantó el Ajax del 94-95 con una generación de jugadores espléndida, que de la mano de Van Gaal llegaron a ser campeones de Europa y del mundo una temporada, y la siguiente quedaron segundos. Admiré mucho el orden táctico que propuso Fergusson en el Manchester las temporadas 99 y 2000, que con un esquema ordenado, casi insuperable atrás, se dio maña para convertir a su equipo en uno de los más ofensivos del mundo. Campeón de Europa y del mundo también, e innumerables campeonatos locales. De todos los jugadores que vi en mi ya considerable trayectoria de ocho años entendiendo fútbol, el que más me ha emocionado ha sido sin duda Ronaldo.

Como todos, lo vi en su mejor momento la temporada 96-97 en el Barcelona, donde sencillamente era imparable. Estaba asombrado de ver a un jugador con una potencia física avasallante y aparte, una técnica mágica, digna de crack brasilero, y un olfato de gol propio de los dioses. Ronaldo fue la década pasada el mejor jugador sin duda. Lejos. Una lesión nos lo robó. Sus incontables esfuerzos por regresar caían en la pena de verlo salir del campo en camilla, con lágrimas de dolor que seguramente compartíamos.

Hoy, en Japón-Corea, los amantes del buen fútbol hemos vuelto a sonreír. Ante tanta mezquindad de técnicos defensivos y jugadores simples y amarretes, ha aparecido entre las sombras, Ronaldo. Su carisma, su pelada y sobre todo, su juego, han hecho que este Mundial obtenga valor, porque su sola presencia con la 9 “verdeamarelha” nos llena de satisfacción.

Con Alemania ya instalada en la final, Brasil veía en Turquía a su último escollo hacia el camino anhelado. Luego de un partido muy cerrado en donde los turcos se mostraban seguros atrás e inquietantes en ofensiva, a los 4’ del segundo tiempo aparecería la magia. Un desborde de Gilberto Silva acabó con el balón en los pies de Ronaldo unos metros antes del área. Sin despegar el balón de sus botines y con un par de amagues indescifrables, dejó en el camino a tres defensores turcos y se introdujo en el área. Justo antes de la barrida final del último hombre turco, el “Fenómeno” punteó el balón y este se coló en el ángulo izquierdo de Rustu. Partido resuelto. 1 a 0 para Brasil.

Pese a que fue un buen rival, Turquía no pudo contra el peso de la historia. Parecía que el destino quería que Brasil esté en la final, por tercera vez consecutiva además. El equipo de Scolari es candidato serio a ser el campeón. Ya encontró lo que se buscaba y no aparecía en el Mundial: un equipo ordenado tácticamente. Que sumado al peso de sus individualidades, que aparecieron desde el comienzo del torneo, es muy difícil que sea superado. Hoy rindieron todos. Marcos seguro cada vez que fue intervenido. La defensa muy ordenada, segura. Cafú y Roberto Carlos en una doble función de volantes ofensivos y de marcadores defensivos extraordinarios. Klébersson le ha dado al medio campo más marca, pero a la vez más variantes. Gilberto Silva ya es una realidad. Rivaldo, pese a exagerar con la jugada individual, se encuentra en gran nivel. Y Ronaldo ahí. En lo suyo. Pasó desapercibido en el primer tiempo, pero cada vez que la tocó hizo daño. Hizo el gol y no apareció más. Pero definió el partido. Definió la semifinal.

Se nos viene una final esperada. Los equipos más ganadores en la historia de los mundiales se enfrentan por primera vez. Ambos a la espera de su séptima final. Un partido para cualquiera, pero si los sudamericanos amanecen inspirados, lo ganan seguro.

Por ahora deleitarnos con el regreso del hijo mimado. De aquel muchachito con sonrisa bonachona y dientes grandes que una vez fue considerado como el heredero al trono de las grandes figuras. En lo que a mi respecta, ya se quedó en mi memoria como el mejor de todos. El resumen a mi propio estilo de grandeza. La perfección ante la exigencia de mis ojos sedientos de goles y jugadores hermosos, diferentes. Con arte y magia. Un genio. Simplemente Ronaldo.
Gabriel, 26 de junio del 2002

martes, 11 de enero de 2011

Cosa de locos (Y)

A los nuevos visitantes. Les debía un post hace un tiempo. Y esta confesión es lo mejor que les puedo ofrecer.
Hace un par de meses acudí a una conferencia para comunicadores sociales organizada por Telefónica en la Universidad Pacífico. Los tres expositores del evento nos informaban sobre la relación de su empresa con la responsabilidad social, término muy en boga los últimos tiempos. Los pormenores de sus discursos los olvidé al cabo de unos días, y de aquella mañana sólo conservo el sabor de los bocaditos ofrecidos en el coffee break y el par de elegantes cuadernos que nos regalaron junto a un USB con máscara de madera que fungía de ecológico. Y sobre todo, me quedo con las diversas impresiones que aparecieron en mi cerebro al notarme nuevamente en una universidad. Los pasillos uniformes con olor a nervio, las oficinas de los bancos con disfraz de robo, el andar de los muchachos tan ajenos al acontecer de su país.

La universidad fue una etapa compleja y larga en mi vida. Un estigma maldito que muchas veces amenazó con liquidarme. Y también el espacio donde arañé la felicidad, en el que me desligué de la niñez y aprendí a valérmelas por mí mismo. Mi currículum universitario acumula anécdotas de todo tipo. Y también decisiones cruciales. Mi tiempo como estudiante anduvo a la par de mi desarrollo personal. Tuve mi primera clase siendo un asustadizo adolescente poco familiarizado con la calle y al terminar mi último examen era un hombre de ideas y opiniones claras, con una perspectiva (buena o mala) de lo que quería para mi futuro. ¿Eso se logra en cinco años? Creo que no, o en todo caso, es muy difícil. Yo me tomé más tiempo. Mucho más tiempo. Y aunque a veces el mundo laboral me ha pasado factura, no me arrepiento de nada.

Yo acabé mis estudios en la Universidad de Lima, pero no fue mi única “Alma Mater”. Llegué a ese recinto a punto de cumplir 22 años, y lo hice trasladado de la Universidad San Martín de Porres. Pero antes de arribar a esa popular casa de estudios donde predominaba la gente de barrio y que albergaba a la facultad de Comunicaciones en la avenida Brasil, pasé por su antítesis: la acaudalada y modernísima UPC.

Yo fui continuamente un alumno “caleta”, y aunque no me considero miembro del club bautizado por mi profesor Julio Hevia como “los que pasaron por la universidad pero la universidad no pasó por ellos”, mantuve siempre un perfil bajo. Y pese a mi introspección y a la timidez, encontré muchos amigos y me llegué a posicionar como alguien “respetable” para algunos (mis favoritos) profesores. Pero la UPC fue mi cruz. Mi primera experiencia universitaria fue un ring de boxeo con el Tyzon de inicios de los noventa como rival. Un knockout absoluto.

Observando desde el pasillo “V” de la Pacífico a los alumnos que socializaban en la rotonda me acordé mucho de mis tiempos en la UPC. “Yo debo haber sido así”, me decía mientras analizaba a un muchacho solitario de pasos apurados abandonar su salón con dirección a la puerta de salida de la universidad. “Chicos como esos yo odiaba”, recordaba mirando a los típicos extrovertidos que se ganan con los abrazos empalagosos de las mujeres más bonitas. Cuando ingresé a la UPC no había cumplido los 18 años y provenía de un colegio hermoso, en donde me habían tratado durante diez años con un cariño maternal. Y sabemos que las madres en su afán de protección delegan ciertas taras muy difíciles de superar. Entonces no contaba con las armas para socializar más allá de los límites de la avenida Cajamarca en Barranco, donde gobernaban Los Reyes Rojos. Veía con sumisión a los que aparentaban más carácter y look (que en la UPC parecían ser todos). Y lo que es peor, no tenía ni la más puta ambición por estudiar.

Anduve poco más de un año en la UPC, y fuera de arranchar del bolsillo de mi padre apoteósicas cantidades de soles para pagar boletas cada 20 días, en mi desarrollo, digamos, intelectual, no obtuve nada a cambio. Me la pasé con mucho más pena que gloria por las asignaturas introductorias de esa universidad que tenía la patética regla de aprobar a los alumnos con 13 y no con 11. Y al descubrirme en la “Bica” en un par de cursos que se me hacían imposibles, decidí tirar la toalla. Pero personalmente sí aprendí mucho en la UPC. Entendí que existían profesores distintos a los de mi colegio, y que a partir de ese momento sería un código y a lo mucho un apellido. Encontré entre las sombras a varios semejantes con los que me metí mis primeras juergas bravas. Descubrí lo mágico de ser libre mientras me tiraba la pera para mataperrear en la cancha de fulbito o en el billar más cercano. Y me acomodé al sistema de los universitarios, aquel que consiste en almorzar a deshoras en guariques para regresar a clases por la tarde, sacar fotocopias en cantidades siderales y chapar combis en lugar de taxis.

Toda primera vez es trascendente, y la UPC, con sus certeros golpes de puño y sus poses de mujer inalcanzable, tiene un pedacito de mi alma escondida por algún rincón de sus modernos edificios (quizás en el baño del pabellón “A”). Es rarísimo porque fue una etapa que no sumó nada a mi situación de estudiante, porque al fin y al cabo, pese a que me convalidaron pocas asignaturas, algunas notas de mis tiempos en la San Martín están en mi registro final de la De Lima, pero de la UPC no existen rastros. Los amigos que he escogido como compañeros eternos de mi vida aparecieron después, e incluso mi única ex novia era una perfecta desconocida para mí por esos días. Pero es verdad, yo estuve ahí. Conocí gente, conversé con algunas (poquísimas) mujeres, jugué fulbito, aprobé exámenes, hice trampa, me decepcioné con un 12.3 en un curso por el que me había esforzado mucho. Me enamoré de alguien.

En realidad me enamoré dos veces. Por esos tiempos mis amores eran platónicos, y no me dolía aceptarlo. Venía aún con las huellas de un idilio por una chica de mi colegio a la que jamás me animé a hablar, y no estaba preparado para cambiar de estigma en mi primera experiencia universitaria. La primera chica que me gustó se llamaba Araceli. Hay que obviar su nombre de night club e imaginar a una mujer que podía volver loco a cualquier chiquillo de 17 añitos. Alta, de pelo castaño, mayor que yo, de cara preciosa. Con ella desarrollé mi vocación de espía. Sabía las horas en las que coincidíamos en la universidad y la veía llegar, siempre sola, a sus salones de turno. Soñaba con alguna posibilidad de hablarle, de encontrarla en la combi, de recogerle algún cuaderno olvidado.

Nunca pasó nada. La única vez que su mirada se cruzó con la mía fue casi al finalizar mi primer ciclo, cuando se acercaba el verano y me pasaría sin verla tres meses o más. Yo estaba en el cuarto piso del pabellón por el que siempre la observaba, y a sabiendas de su total indiferencia, lo hacía sin reparos. Hasta que un día casi a la par de los primeros movimientos de mis ojos (que eran suyos en esos momentos) ella alzó la mirada. Me descubrió. Mi primer instinto fue cambiar de dirección, pero algo me llevó a quedarme quieto. Tuvimos conexión visual durante tres larguísimos segundos. Y juro que me sonrió. Ella era mayor que yo, y tal vez mi anatomía de ese entonces (escuálida y de rebelde cabellera) le pareció tierna, pero me sonrió. Quedé con el corazón extasiado y el rostro enrojecido de pasión. Me convertí en un zombie enamorado esa tarde y hasta el final del ciclo. Nunca más la volví a ver.

Pero si Araceli poseía una belleza mitológica y los dominios de su cuerpo estaban reservados para alguien mucho más cuajado que yo, la segunda chica por la que perdí la razón llevaba el aura un poco más alcanzable. Se llamaba Rocío, y a diferencia de Araceli, tenía mi edad, y coincidí con ella en un par de cursos del segundo ciclo que llevé en la UPC. Tenía la piel canela pero el pelo rubio. Unos ojos de gata y semblante de antagonista de novela juvenil. Habían rondando chicas más bonitas que Rocío, pero ella nos traía locos a todos los hombres del salón. Todos los hombres que no la conocíamos, pues ella paraba con dos o tres mequetrefes que no la soltaban así estuviesen regalando ropa en los eventos culturales de la universidad.

Con Rocío tampoco corté mi “afición” por la contemplación, y su amor jamás dejó de ser platónico. Pero la tuve más cerca. Tristemente cerca. Con ella llevé un curso denominado “Nivelación de Matemáticas”, el abanderado del famoso “Ciclo cero” de la UPC, conocido por ser un asalto a mano armada. Fue el curso que desaprobé con 12.3 luego de haberme topado con un profesor particular que iba a mi casa en los horarios más inverosímiles, y que en mi “Bica”, con el apasionado estímulo de tener a Rocío en mi clase, me preparó como a un futuro ingeniero. Rocío era la típica chancona de un colegio al estilo San Silvestre, y así como destilaba sensualidad en cada paso era también la alumna más aplicada del salón. Eso hasta que llegó el primer examen.

Habían pasado tres semanas desde el inicio del ciclo, y pese a que no había faltado a ninguna clase, el profesor de turno no sabía de mi existencia hasta que repartió las notas. Rocío fue orgullosa a recoger su 18 y miró con desprecio a los que empezaban a preocuparse por sus diez u onces. Pero lo que nadie tenía era que había un examen mejor: el mío. El profesor se sorprendió al descubrir que el 19 le correspondía a un muchacho que no había abierto la boca en todo el ciclo. Y yo me desparramé en mi asiento agobiado por tanta gloria repentina, como lo hubiese hecho Messi si el protocolo no le exigiría un discurso al recibir todos sus premios.

En los siguientes exámenes y hasta el Parcial, Rocío y yo entramos en una disputa por ser lo mejorcito del salón. Ella me superó en alguno, yo en otro, pero siempre estábamos en el podio. Y como suele suceder, me gané su antipatía. Yo quería ser su cómplice, resolverle las dudas que asomaban con algún tema nuevo (vamos, jamás fui un dotado en las matemáticas pero era mi “Bica”, y además, me había preparado como un condenado para aprobar desde mi primera vez, así que estaba muy familiarizado con el curso); o por último ofrecerle mi decoroso retiro de la competencia a cambio de un besito tímido o de la sonrisa con la que le guardaba el asiento a sus tardones amigos. Pero ella me quería ver por los suelos. Su complejo de “primer puesto” la tenía desbocada.

Rocío sabía perfectamente quién era yo, pero si acaso nos cruzábamos por las afueras de nuestro salón, era un poema al desprecio. Recuerdo claramente habérmela topado en la puerta de ingreso a la universidad una vez. Ambos andábamos apurados, ella por llegar a su clase, yo por salir en búsqueda de unas cervezas para calmar la sed y el sudor delegados tras un ardiente partidito de fulbito. Casi, casi, nos chocamos cara a cara, y cuando me disponía a regalarle como saludo una tímida sonrisa sazonada por una línea negra de mugre por la frente, ella puso tal cara de asco que me llevó a regresarme a mi casa, olvidando a mis amigos y a las cervezas. Y en taxi.

Así empezó mi caída. Días después nos tocó una práctica dirigida en el salón que consistía en una especie de concurso en el que el profesor escogía a dos personas para competir en la pizarra por quién resolvía un ejercicio primero. Teníamos la mejor nota del examen Parcial, y era obvio que mi rival sería Rocío. Decidí dejar mi idilio de lado y me dediqué a observarla como lo que ella quería: como mi rival. La vi nerviosa a unos metros de distancia mientras yo alucinaba con lo lindo que sería devolverle la indiferencia con una paliza frente al resto del salón. Cuando llegó nuestro turno yo estaba listo y decidí pararme de mi asiento con una convicción ganadora que muy pocas veces ha regresado a mi vida. Pero no conté con una máxima fehaciente que indica que los cuentos de hadas sólo se hacen realidad para las princesas, y no para los plebeyos. La UPC debe haber sido la primera universidad en colocar elementos audiovisuales en los salones de clases, y en aquel de “Nivelación de matemáticas” había un televisor acomodado justo encima de mi esquinada carpeta. El impulso triunfalista que tomé para derrotar a Rocío me llevó a meterme uno de los golpes más fuertes de mi existencia. Un cabezazo de lleno frente al pedazo de metal que cuidaba al televisor de los alumnos cleptómanos me dejó un profundísimo dolor físico y uno acaso más fuerte desde el lado emocional. Obviamente las burlas no tardaron en aparecer. Todos se carcajearon. Todos menos Rocío. Nada ni nadie la pudo abstraer de las ganas que tenía por liquidarme matemáticamente.

Obviamente mi golpeado cerebro no me permitió resolver ni medio ejercicio y perdí estrepitosamente contra la que sería categóricamente la mejor alumna del salón al final del ciclo. Los días siguientes los pasé como lo que fui en general en toda mi etapa universitaria, un alumno relajado y conformista. Empecé a faltar a las clases y mis notas descendieron a niveles risibles. Aparecieron los jalados hasta que terminé por aprobar el curso con un escueto 13.5, decepcionando a mi profesor, quien me consideraba un genio incomprendido, y pasando al lado más triste del olvido para Rocío.

Una de las últimas imágenes que conservo de ella data de la penúltima semana de clases, antes de los finales, cuando el curso se había convertido en asesorías donde estaban permitidas las conversaciones y el relajo. Rocío era la reina y yo un objeto grisáceo. Llegué al salón dispuesto a sentarme en la esquina de siempre a esperar que pasen las dos horas, y la vi a lo lejos destilando belleza y seguridad, cantando sin que le importe el repertorio una de esas cumbias que estaban de moda por esos tiempos de inicios de la década pasada, y que decía algo como “maldito corazón, ya deja de llorar, ya no sigas sufrieeeendooo".

Duré medio ciclo más en la UPC. Ese imperio morado me terminó de consumir al llegar a las asignaturas “post ciclo cero”. Confirmé al mostrarme como un buen alumno en Lengua 1 que lo mío iba más con la redacción que con otra cosa; y con la masacre que me dieron en Mate 1 decidí que era mejor depositar a mi aventura numérica con Rocío como una ilusión. A ella me la crucé un par de años después vestida y maquillada como si bailase flamenco, y desde entonces alejé el rencor para acomodarla en mis memorias con música y olés. Será mejor así.

Del grupo de compinches que me acompañó en la ardua aventura de estar en un lugar que no nos correspondía supe que uno a uno fueron desfilando a otras universidades. Asumo que encontraron la calma que perdían a menudo cuando llegaban los consolidados de notas y observaban que les faltaba un mundo para llegar a la cima de ese carísimo infierno. Al menos yo la alcancé tiempo después, pero eso forma parte de otra historia.

lunes, 3 de enero de 2011

2011 (Y)

El que pasó fue un año camaleónico. Fui un inexperto, un conviviente, un esposo, un hombre de familia, un hombre en peleas, un moribundo, un divorciado. Fui un futbolista venido a menos, un cantante de duchas y pasillos, un blogger esporádico, un caminante, un usuario de buses enormes. Fui un decepcionado, un “decepcionador”, un melancólico, un rencoroso, un resignado. Fui unos lentes de contacto, un guatón, un ser que encontró su primera cana. Fui un asalariado, un ocioso, un soñador, un emprendedor, un conformista. Fui un conductor renegón, un conductor apurado, un conductor saltarín, un conductor asaltado. Fui un solitario, un hombre libre, un egoísta con licencia. Fui un soltero. Un soltero agazapado, un soltero tímido, un soltero perfil bajo. Un soltero monse, un soltero floro monse, un soltero lenteja. Un soltero atrevido, un soltero ganador, un soltero hostigante, un soltero feliz. Fui un barranquino. Fui un san bartolino. Fui un limeño irresponsable. Fui un aliancista. Y sobre todo fui el súbdito, el hincha y el papá de Inés.

El 2010 ha sido el año más intenso de mi vida. Nunca antes había atravesado por tantos cambios, por tantas pruebas duras. Aún con la resaca de los feriados y de mis minivacaciones, he llegado a la conclusión de que dentro de todo lo triste que me pasó, fue un buen año. Un año clave. Recibí las 12 al lado de tres hombres en situación parecida a la mía, y todos, a nuestra propia manera, coincidimos en afirmar que el 2010 había sido el año en que por fin nos dimos cuenta de qué iba la vida, que el relajo y la despreocupación habían quedado en el pasado, y que no volverían. En mi caso, obviamente, el punto clave fue la llegada de Inés a mi mundo, que sumada a la despedida de su mamá, se convirtió en un renacimiento para mí. Soy otra persona. Y aunque el futuro incierto me llena de miedos antiguos, la luz de mi niñita me ofrece un arma nueva e infinita para contrarrestarlos.

Enero llega con los bríos del cambio, de la vuelta de página. Es por eso que prefiero obviar detalles de lo ocurrido en el 2010 para pensar con buen viento en el 2011. A vivir el presente. A ser menos camaleónico, pero a reinventarme positivamente siempre. A nadar en ese tormentoso mar con la meta tatuada en la frente: ser feliz para poder hacer feliz a Inés. ¿Qué otro aliciente necesito? Bienvenidos los que quieran sumarse a mi travesía. Tendrá altas y bajas. Habrá calma y revolcones. No prometo un jardín de rosas ni tampoco la sucursal del infierno. Ofrezco, eso sí, un camino constante, porque no voy a rendirme nunca.

Feliz 2011

jueves, 16 de diciembre de 2010

Aguardiente de mora (F)

La carne de este cuento fue concebida hace un par de años, una tarde solitaria en San Bartolo, desde la terraza de una casita hermosa en la que podía mirar el mar, y mientras pensaba en la muerte. Lo he venido editando mucho tiempo, tratando infructuosamente de impregnarle la madurez del presente, y estoy exhausto. El punto de partida es un hecho real, y está ambientado en un lugar de verdad, que es la chacra de los abuelos de mi ex novia. Podría escribir muchísimas cosas relacionadas a la chacra. Todas positivas y trascendentes. Lo podría hacer incluso con cursilería en una especie de merecida despedida, pero ese lugar, que ya no es mío, será de Inés muchísimo tiempo, y eventualmente habrá que regresar. Por eso alejo el pudor y hago públicos a todos estos falsos personajes (sobre todo al narrador). Felizmente hoy están de moda frases célebres diciendo que la ficción es la mejor manera de hacer interesante a la vida. Que “inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”. En el momento en que escribí este cuento mi lado más hijo de puta quería tal vez esa vida. Quién sabe. Así salió. Se lo dedico a Adrián (mi verdadero compañero de la chacra), quien fue hasta hace unos meses mi cuñado, y será mi amigo y mi familia (escogida) para siempre. Por el gusto de habérmelo cruzado la otra noche. Por el gusto de redescubrir su esencia buena. Por sentirme partícipe de ella.
Pensando en la Terrano, el Chilco y en Pablito.
He tomado una ducha un sábado por la mañana y mi cerebro no tiene la palabra resaca en su repertorio. He separado un billete de cincuenta soles de mi billetera que terminará en las arcas de un grifo y Luciana me ha preguntado ya en siete oportunidades qué tal le queda la ropa. Todo es parte de la liturgia que implica visitar la chacra de su familia al sur de Lima. Esta vez la excusa es irrechazable. Es el cumpleaños número 80 de su abuela materna, la única que le queda con vida y una de las personas que más ha querido en sus 27 años de existencia.

Son esporádicas las reuniones en la chacra, y casi siempre tienen que ver con cumpleaños. He recorrido los 75 kilómetros que separan mi Miraflores del lugar desde hace casi una década. Al inicio, cuando no contaba con auto, era muy tedioso. Esperar un ómnibus veloz hacia el sur es complicado. Luego se me hizo más llevadero, pero no puedo negar el estrés que me genera manejar por la carretera, sobre todo en épocas de verano como ésta, y aún, pese a las repeticiones, no logro captar el atajo que me lleva a la puerta de ingreso al lugar sin consultarle a Luciana. Ha pasado más de un año desde el acontecimiento que marcó el futuro de su familia, y la chacra me vuelve a recibir con retazos de la felicidad de antaño por primera vez, desde que un arisco infortunio se filtró en sus planes. Hasta las flores parecen haber despertado de su letargo. Hay música de moda en el añejo pero eficiente equipo de sonido. Y las botellas de ese aguardiente delicioso en base a moras, cuya existencia es exclusividad de los árboles en este gran espacio anaranjado por el que deambulan vacas y caballos escuálidos, han reaparecido.

El último cumpleaños de la abuela no se festejó en la chacra. No había entonces espacio para sonrisas ni felicitaciones. El aroma a hospital y la resignación de los médicos estaban en carne viva. El abuelo no soltó las manos de su esposa en todo momento. Tampoco derramó una lágrima en público. Le restaba oxígeno para seguir exteriorizando su torso inquebrantable ante la humanidad acongojada. Mi suegra desecha. Su optimismo fue más una negación hasta que los dibujos en la angustiosa pantalla se salieron de la línea. Y Luciana ida. Como yo, que no entré a la habitación en ninguna de mis visitas a la clínica. Como yo que no tuve el valor de despedirme. Como yo que había olvidado el rostro de mi padre pero ya era sabio para entender incluso a los cuatro años de edad que la vida también estaba acabando para mi madre. Ese gesto cómplice fue quizás mi principal motivo para seguir llenando de meses y monotonías una relación por la que desde hace mucho había dejado de luchar.

*

La chacra se ha llenado de sus habituales visitantes. He saludado amable como siempre a todo el repertorio mayor. Un beso en la mejilla y un fuerte apretón de manos acompañando a las palabras “hola” y “bien” serán suficientes. Por eso amo llegar a la chacra. Nadie me pregunta nada. No se meten en mi vida ni me cuestionan. Ser ignorado es para mí un halago. Detesto las comparaciones y Ernesto, el esposo de Marisol, la única prima contemporánea de Luciana, me supera en todo lo que podría interesarle a un grupo en los vientos de los cincuentas. Ernesto tiene dos años más que yo y es mi antítesis. Viste una camisa elegante y llega en pantalón desde que era un aprendiz de veinteañero. Se involucra en conversaciones “adultas” sin aparentar aburrimiento. Y no calla ni con el pensamiento a su mujer cada vez que se impone más de la cuenta en voz alta. Pese a eso, cuando ya cumplió con el protocolo, este hombre de hielo es mi complemento, mi “amigo de la chacra”. No me imagino su compañía en otro escenario pero sólo gracias a él he soportado las largas ausencias de Luciana, siempre colaborando en la cocina, entreteniendo a sus primos más chicos, y desde que Marisol es mamá, sin despegarse de Mariel, el dulce retoño de dos añitos de la pareja perfecta de la familia.

“Voy a dejar a Luciana”, le he dicho a Ernesto. Y automáticamente ha roto el hielo a nuestro modo: sirviendo un par de vasos puros de aguardiente de mora.

*
Marisol siempre ha sido un enigma. Manifiesta su felicidad sin siquiera desplegar una pizca de su sonrisa. Llegó al mundo medio año antes que Luciana, y eso la torna especial en la familia. Su condena es que sin importar el rubro, debe superar a mi mujer en todo. Dar un poco más. Eso sólo genera malestar y sacrificio en ella. Luciana ni se inmuta, pues es una persona relajada, no se hace problemas. Está acostumbrada a darle pelea a la vida sin estacionarse mucho en lo negativo. Por eso quizás lleva conmigo tanto tiempo. Por eso aceptó la convivencia antes que el matrimonio, el mismo año en que Ernesto y Marisol festejaron su unión en una derrochante ceremonia.

Marisol se las ha ingeniado para cumplir el ritmo de lo establecido. Se lo inculcaron sus padres desde que la colocaron en un colegio para mujeres de carácter religioso. De esos que antaño significaban “clase”, tan fuera de la coyuntura mundial. Y respondió con las mejores notas del salón. Luego una carrera de cinco años exactos, el novio, el trabajo a los 22, el matrimonio, la hija y un embarazo como meta próxima. Por eso se esmera en presentar a Ernesto a los octogenarios primos lejanos de su abuela que acaban de llegar a la chacra y lo separa de mi lado justo cuando esperaba su respuesta. A Luciana, por supuesto, no se le ocurre hacer lo mismo conmigo.

*

Estoy apoyado en una de esas rocas que fungen de sillas bordeando la piscina de la chacra. Los primos menores de Luciana se lanzan clavados y simulan surfear trepados a antiguas tablas hawaianas con la genuina libertad en sus ojos que no varió ni con los acontecimientos del año pasado. A algunos los conozco desde las panzas de sus madres. A otros he visto crecer. Luego de Marisol y Luciana hubo una pausa prolongada en la procreación de la familia. La tercera es Micaela, una niña que ya cumplió 18 años, y que recuerdo desde cuando le llenaron de fierros la dentadura y no le interesaba realizarme los más básicos trucos de magia acomodando las piernas sin cubrirse el calzón. En el último cumpleaños de Luciana que festejamos en la chacra ella ya tenía 16, y mis amigos no dejaron de observarla con una morbosidad que me incomodó. Micaela se alejó de mí conforme fue creciendo. Hoy sólo nos saludamos y nos gastamos durante cuatro segundos la misma broma de siempre. Después me entero de sus cosas por mi suegra, que a veces comenta sus desdichas, disfrazadas de un español encallado en Lima algo mayor que ella con ojos lindos y traviesos.

*

He prolongado mi decisión mucho tiempo. La idea de alejarme de Luciana ha estado latente desde que me descubrí indiferente a mis pecados, y noté en su capacidad por tolerar mis silencios una serena resignación. Continúo siendo el equilibrio de sus actos pese a que sin ella, al igual que en el camino para entrar a la chacra, ando desorientado por la vida. Sin embargo son lejanas en mi memoria las imágenes de la Luciana enamorada. Nos siento como dos hermanos compartiendo una casa acordándose de vez en cuando que se aprecian. Nuestra propia pantalla angustiosa hace rato que colapsó, pero decidimos ignorar su desborde. La observo desde la piscina mientras un clavado me salpica la camisa. Está junto a la homenajeada, y me pregunto si el tiempo le alcanzará a la señora para conocer al próximo hombre de su nieta favorita. Te voy a extrañar, digo para mí mientras me sirvo ahora mi tercer vaso de alcohol.

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El licor de mora que preparan aquí es un manjar. Una variante eficiente del pisco, aguardiente bandera del Perú. Navega suavecito por la garganta y desencadena, mientras adormece, las neuronas de la felicidad. Hoy día es indispensable. Después de tiempo están permitidas las sonrisas en la chacra. Algunas señoras allegadas a la abuela, de esas que sólo se asoman en su cumpleaños, se dedican a divertirla. La hacen hasta bailar, y la multitud celebra con carcajadas sus esforzados pasos danzantes. Ella sonríe arrugadísima y tierna, con el pelo más blanco que veré en el mundo y los ojos fuertes que comunican que por hoy día, su ausencia descansará efectivamente en el lujoso jarrón lleno de cenizas de la capilla.

Es hora de comer. Marisol y Luciana entran en una competencia por quién atiende mejor a la gente. Una competencia que sólo conoce la primera. Cuando ya todos tienen sus platos, nos acomodamos los cuatro en la misma mesa. Ahora Marisol propondrá un tema incómodo y Ernesto no la frenará. Me preguntará por mi trabajo para que quede claro a quién le va mejor. Comentará su próximo viaje junto a Ernesto o sus planes de adquirir una nueva camioneta. Yo ya ni muestro incomodidad. Mi mediocridad ha sido mi aliada en la decisión de aceptar ser el segundo frente a los éxitos de Ernesto. Más aún ahora que conozco su secreto. Más aún ahora que la dosis de antítesis ha disminuido.

Fue sin querer. Nunca habíamos tenido una conversación tan íntima, y sin duda lo descuadré cuando mencioné lo de Luciana. Sentí su alejamiento largos minutos, hasta que me lo crucé en el baño. Mientras se lavaba las manos escuchando la melodía de mi orina alcoholizada, me dijo: “es iluso creer que uno le puede ganar a la vida, que uno escoge su destino”. Luego de secarse las manos me cogió el hombro y me dijo: “pero hay cosas que ayudan”. Automáticamente sacó de su bolsillo un papelito doblado de forma archiconocida. “Pídeme cuando quieras”.

*

Nunca imaginé a Ernesto involucrado en drogas. Me hubiese aliviado algunas mentirillas para escabullirme entre los matorrales de la chacra a meterle tres o cuatro pitadas al cigarro de marihuana que me suele acompañar. Hubiese fumado conmigo tal vez, o servido de cortina de humo (aunque no literalmente) para hacerlo con menos tensión. A la coca le tengo respeto. Y aunque de vez en cuando retorno a ella, desde que vivo con Luciana es más complicado. Se hace la desentendida pero más de una vez la he pillado husmeando entre las esquinas de mis tarjetas. En otras épocas la juerga fue su peor enemiga, y no se despegaba de mi lado ni me dejaba salir sin ella por temor a que mi nariz se blanquee.

En la mesa, pese a ser un cemento por dentro, Ernesto actúa como siempre. Amable ante los adultos que le dirigen bromas, educado para servir el refresco tanto a Marisol como a Luciana. Su esposa ahora toma la batuta de la conversación. “¿Y ustedes? ¿Para cuándo?” me dice señalando a Mariel con sus ojos inexpresivos y su estática sonrisa. Luciana responde como suele hacerlo ante esa pregunta, con un gesto sarcástico y acústico para dejar en claro que no depende de ella. Yo prefiero callar e imaginar la posible reacción de Marisol al descubrir a Ernesto jalando. Lo último que supe de ella a propósito de las drogas fue que estaba en contra. Que jamás las había probado.

*

Fue unos meses antes de la aparición de la punta del iceberg de la tragedia, en la última celebración en la chacra con todas las de la ley. Cuando los hospitales y los médicos eran parte de lejanas anécdotas. Luciana es una escritora magnífica que desaprovecha su talento en una frívola agencia de publicidad, y en una oportunidad se adjudicó el primer puesto en la categoría de cuento de los reconocidos juegos florales de su universidad. Coincidimos el siguiente fin de semana todos en la chacra. Creo que se celebraba la primera comunión de alguno de sus primos. Mi suegra hizo público el asunto y no se hablaba de otra cosa en la reunión que no sea del premio de su hija. Todos querían leer ese cuento que me tenía como protagonista oculto. Una especie de “yo” mejorado. Menos dubitativo.

Marisol no sabía cómo actuar. Sentía la derrota por primera vez. No había felicitado a Luciana de antemano y no tenía con qué excusa retroceder. Faltó en la cocina un insumo, como suele suceder, y la abuela, al notarme cerca, me pidió por favor que vaya a conseguirlo. Tenía que usar el auto, el establecimiento más cercano queda lejos. “Yo te acompaño”, dijo Marisol, “quiero comprar unas cosas”. Hasta ahí todo estaba en orden, pero yo recordé que mi viejo Honda Civic no había sido lavado en semanas, y que sin duda, desparramados por la guantera o los posavasos, aparecerían residuos de mi idilio marihuanero. No tuve ni tiempo ni armas para limpiar la escena del crimen. Marisol andaba inquieta y yo sabía que era por el premio de Luciana. Movía con nerviosismo las piernas y no paraba de conversar y de mirarme fijamente. Justo cuando la situación estaba llegando al pico de la incomodidad, notó pequeñas ramas verdes por la caja de cambios, y la curiosidad la obligó a abrir la guantera, donde descansaba una latita de la que era fácil adivinar su contenido.

Lo que continuó a la escena me descuadró. Marisol se olvidó de su conversación y con voz autoritaria me dijo: “para, estaciónate acá”, y me obligó a detener el auto en plena carretera, como si se hubiese averiado o bajado una llanta. Antes de que pueda hacer cualquier gesto, se dio maña para desprenderme del cinturón de seguridad y desabrocharme el cierre del pantalón. Segundos después se había levantado la falda y cabalgaba con ferocidad mientras me llenaba de besos húmedos y automáticos. Los autos pasaban raudos no muy a menudo y ella no llevaba ropa interior. Eso bastó para que mi excitado cerebro no descargue el freno hacia mi erección. “¿Desde cuándo fumas?”, me decía alternando sus gemidos embusteros. Yo trataba de mentir pero no podía. Me sentía en el más enardecido de los interrogatorios. “¿Y Luciana fuma?”. Cuando le respondí afirmativamente mientras acomodaba con violencia mis dientes en sus gruesos pezones, afianzó la velocidad hasta que segundos después, acabé dentro de ella. No soltó ningún gemido más. Luego se reacomodó en su asiento y dijo: “sabía que era una fumona. La marihuana me parece desagradable”.

Nunca más hablé del tema con Marisol ni con nadie. Ella siguió actuando como siempre. El día de la consumación de la tragedia, todos los hijos, nietos y demás familiares habían ofrecido sus condolencias a la abuela, y con todos, Marisol incluida, ella había actuado con serenidad, pero cuando se acercó Luciana, rompió en llanto. En algún momento de la ceremonia me llegó un mensaje de texto: “te espero afuera”. Era Marisol.

*

La noche va a llegar pronto. El baile se ha generalizado. Hasta el abuelo ahora danza al ritmo de huachafos hits. Es en vano decir que después del almuerzo le solicité el papelito a Ernesto, y al aguardiente de mora le hemos añadido varias latas de cerveza que han entrado a nuestro organismo sin que nadie externo las pueda notar jamás. He olvidado por un momento mis vacilaciones. La coca me sensibiliza. También me excita y no dejo de mirar con lujuria a Marisol. Ella me ignora. Más tarde le diré que quiero tener un hijo con Luciana, que de este año no pasará, que una gran noticia se hace urgente en estos momentos. Ella caerá en mi trampa y seguro se las ingeniará para en algún descuidado dormitorio o entre los matorrales, plasmar su poder a su manera.

Luciana baila conmigo y soporta mis besos como cuando éramos una pareja de verdad. “Te voy a extrañar”, me consuelo en silencio otra vez introspectivamente. Luego nos tomamos un descanso. Está agotada, pero yo no ceso de beber. Ignora que ese hombre ideal que bailotea robóticamente con su prima me ha proporcionado la coca, tanto como Ernesto ignora que conozco de memoria todos los rincones ocultos del cuerpo de su esposa. Luciana acomoda su rostro en mi hombro y contempla a la multitud que se mueve como en una ola. “Qué increíble que ya haya pasado un año”, me dice, y ambos suspiramos con dirección a la capilla.

*

Es tiempo de la foto de rigor. La misma que todos los años discrimina a los invitados que no son de la familia. Es una costumbre. Sólo aparecen en la imagen los abuelos, los hijos y sus parejas, y los primos. Desde que se casó con Marisol, Ernesto forma parte de la foto. Mi relación no goza del consentimiento de Dios, así que yo siempre quedo aparte junto a los invitados que han llegado con paracaídas. Pero hoy la abuela hace una pausa y me llama por mi nombre para luego dirigirse al grupo de rechazados. “Acérquense”. Yo acudo casi con regocijo y tomo de la mano a Luciana. “Esta vez no quiero que falte nadie”, sentencia la abuela. Y ensaya para el flash la más arrugada de las sonrisas.

martes, 30 de noviembre de 2010

Cinco goles más (Y)

Nos vamos levantando. Y gracias al Dios Fútbol.
1- No pude ver en directo el partido de ayer. De tres a cinco de la tarde me la pasé en la oficina con ganas de matarme cada vez que actualizaba la página virtual de El Comercio y me llegaba la noticia de un nuevo gol. Felizmente al regresar a casa me encontré con el derbi completito, y aunque no es lo mismo, disfruté como todos, al punto en que también me di tiempo para ver la tercera repetición bordeando la medianoche. En espectáculos como el de ayer sobran las palabras. Fue un partido mágico. Una demostración certera de que el fútbol todavía puede ser arte. Y la confirmación de una frase que ya debería ser un consenso: el Barcelona de Guardiola es el mejor equipo de la historia. ¿Con qué argumentos negarlo? ¿Hay algún equipo superior? Los futboleros de mi generación hemos crecido con tres posibilidades en el tapete: el Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff y el Milan de Arrigo Sacchi. Hablamos de un cuadro repleto de jugadores finos, otro revolucionario en cuanto a tácticas ofensivas y un tercero implacable y muy eficaz. Bueno, el Barça de Guardiola posee todo eso. Y con el agregado de plasmarlo en tiempos donde el fútbol ha dejado de ser un deporte estético. Hoy, amarrado firmemente al marketing y al dinero, prioriza el resultado, amparándose en esquemas ultradefensivos donde prevalecen los jugadores físicos sobre los talentosos. Y el Barça se da maña para ofrecer un fútbol casi setentero, de toque y paredes en primera, de lujos y goles en cantidad. Y a mil por hora.

2- ¿Cuánto mérito tiene Guardiola? Mucho. Ha encontrado su equipo ideal. Cuenta con once guerreros que lo comprenden a la perfección, que interpretan como propias las partituras de su orquesta. En el Barça actual no hay espacio para nadie. Guardiola no quiere a nadie. Incluso Víctor Valdés y su conocido segundo plano frente a Casillas en la selección española, incluso Eric Abidal y su aparente simpleza, incluso Pedro pese a que en su puesto existe un tal Cristiano Ronaldo, son indiscutibles. Los ocho jugadores restantes de su escuadra son actualmente, con amplia diferencia, los mejores del mundo en su posición.

3- Hablar del Barça y no mencionar a Xavi e Iniesta es peyorativo. Ayer definieron el clásico a los siete minutos. Iniesta con un pase excepcional y Xavi con la posterior definición con sutileza. Pudo haber sido perfectamente al revés la jugada. Ambos hacen bien las dos cosas. Poseen un conocimiento de la pelota que asusta. Ellos la acarician con el pie, pero la dominan con todo el cuerpo. Por ello pese a ser jugadores de escasa estatura y no muy corpulentos, dan la impresión de ser insuperables. Para robarles el balón hay que hacerles foul. Y un foul fuerte además, porque si los empujas o los desestabilizas apenas con las manos, no pierden el control, salen airosos siempre. Xavi e Iniesta son los cimientos más fuertes del Barça porque pese a ofrecer mayormente su talento alejados del área rival, son dos jugadores determinantes. Y si ya tener a Villa y a Messi en la delantera es un terrible dolor de cabeza, si los dos que los resguardan son ellos, se necesitan más de once para neutralizarlos.

4- Y la frutilla del postre es Lionel Messi. Porque Puyol y Piqué se complementan a la perfección, Dani Álves es un genio, Busquets el mejor volante tapón de los últimos tiempos y David Villa un asesino frente a la red, pero todos ellos (e incluso Xavi e Iniesta), juegan con el plus de saber que su número 10 va a desequilibrar en cualquier momento, y que aparecerá mínimo cinco o seis veces por partido con una genialidad que se grafica en un golazo o en un par de asistencias como las que le dio a Villa ayer. Y así todo es más fácil. Messi es lo mejor que vi en mi vida. Es, además, parte del mejor equipo de la historia, y eso vuelve cada vez menos insólito el decir que individualmente, es el mejor también.

5- ¿Y el Madrid? Florentino Pérez debe estar dándose de cabezazos. ¿Qué más puede comprar para ganarle al Barcelona? Tiene al segundo jugador más desequilibrante del mundo en Cristiano Ronaldo y ni bien aparece un crack de mediano nivel en Europa (Ozil, Di María, Khedira), es fichado por el Real. Encima tiene a Mourinho, el único entrenador que se podía jactar de haberle aguado la fiesta al Barça de Guardiola. Mourinho es un DT cuya virtud está en plasmar lo mejor de cada jugador de su plantel. Con él mejoró una barbaridad Marcelo, con él Xabi Alonso volvió al fútbol, con él Carvalho no es un central en bajada, con él Cristiano Ronaldo es un jugador de PlayStation. Pero el Barcelona, el Barça de Guardiola, con la pelota a ras del suelo tiene como principal virtud el sacar lo peor de sus rivales. Ayer todo el Madrid, incluso Iker Casillas, quien es a mi entender (siguiendo con dictámenes absolutos) el mejor arquero de la historia, tuvo una actuación de tres puntos. Florentino Pérez debe haber pasado toda la noche en vela, pensando en cómo hacer para comprar el próximo año a los once jugadores con la piel azulgrana que ayer le mostraban la mano abierta. Sabe que sólo así podrá ser mejor que el Barça.