viernes, 30 de mayo de 2008

Regalo de cumpleaños (Y)

Desde que tengo uso de razón encuentro en el dedo índice de mi mano izquierda una cicatriz. Está intacta. En el límite del nudillo con el inicio del mismo dedo que me permitía ser un soldado de dos pistolas cuando jugaba a la guerra de pequeño, y que me ofrece la posibilidad hoy de escribir con velocidad y precisión cada vez que me enfrento a una PC. No es una gran cicatriz, pero su tamaño y profundidad hablan de uno de esos golpes que no se olvidan. Y al no tener en mi memoria siquiera un retazo de recuerdo que me traslade al momento que se produjo, la deduzco como una herida demasiado púber, y que en el más extremo de los casos, me ocurrió en el útero de mi madre. Los cumpleaños son para mí como una cicatriz. Cada año que pasa simbólicamente por el día que marcamos con un aspa en el calendario de nuestra vida, deja una huella irremediable. Traen consigo heridas con cicatrices que cuando nos detenemos a observar, evocan un aprendizaje, un cariño, una tristeza.
Nunca he sido muy amigo de mi cumpleaños. Creo que mi eterna búsqueda por pasar desapercibido, entre las sombras, afectada de manera inevitable cada 28 de mayo, es la principal razón. Pero hoy, adentrado cada vez más a los 30, pienso que rechazo mi cumpleaños por el sencillo y contundente maleficio que me topa cara a cara con mi peor enemigo: el paso del tiempo. No es que me sienta viejo, pero cada vez son más lejanas mis épocas de niño. Y mis recuerdos adolescentes ya casi ni me duelen.
Las horas previas a mi cumpleaños son siempre un martirio. Esta vez no ha sido la excepción. Un bajón terrible parecido a la depresión, dolores en el cuerpo (malestar del alma), ganas de que sea pasado mañana. Creo que por primera vez, mi entorno me ha hecho caso, y me ha concedido el deseo de no realizar festejo alguno. Un cumpleaños sin tortas, sin visitas, sin regalos. Hoy que observo en el reloj de mi celular cómo el 28 de mayo se va extinguiendo, no me arrepiento.
He vivido 26 veces este día que no se olvida. El primer cumpleaños que recuerdo fue cuando cumplí siete años, y en el ocaso del festejo en la casa de mis abuelos en Pueblo Libre, se apareció mi padrino para darme el regalo que estaba esperando. Y que anhelaba (y envidiaba) en varios de mis compañeros y amigos. Un muñeco de Leon-o, el felino héroe de la serie animada los Thondercats, personaje básico en mi niñez el corto tiempo (a diferencia de otros dibujos) que permaneció en el aire. Al año siguiente, cuando cumplí ocho, decidí festejar mi santo “como un grande”, y le pedí a mis padres que me concedan la posibilidad de invitar a tres amigos de mi promoción a almorzar a La Romana, un restaurante donde vendían (aún las venden) las primeras pizzas que consumí con devoción en mi idílico romance con ese plato italiano. Al momento de treparnos al auto, los amigos se habían reproducido. ¡Eran ocho! Mi eterna condena de no saber decir nunca “no” propició un malestar en el bolsillo de mi viejo, que por ese entonces no daba, tal vez, ni para alimentar a tres.
Ya de más grande, cuando estaba en sexto grado de primaria, recuerdo que vivía en San Miguel, en una especie de residencial que hoy que la evoco llego a la conclusión de que debí aprovechar más. Que debí crecer al lado de esos vecinos que me miraban, según mis ojos, como “el pituco” del barrio. Lo cierto es que me avergonzaba mi hogar. No me gustaba la zona, era muy lejos, en fin. Y teniendo en mi salón de colegio a puro miraflorino y barranquino, no los iba a llevar jamás. Una profesora, que además es mamá de un par de primos míos, y a la que le debo muchísimas cosas, me obligó a invitar a mis compañeros a festejar mi santo en esa casa que llevaba escondida en la mochila. A la larga, me convenció. Lamentablemente ese 28 de mayo se apoderó de mí una fiebre que no pude disimular, y la reunión fue cancelada por la ausencia del protagonista. Tiempo después nos cobramos la revancha, y mi profesora realizó una actividad con todos los hombres de mi salón, y los llevó a mi barrio de San Miguel. Ahí los vi desenvolverse como peces de pecera devueltos al mar. Y olvidé para siempre la vergüenza por aquella casa, en la urbanización Julio C. Tello, de incontables edificios idénticos, canchita de fulbito en el medio y un aroma a barrio que me arrepiento de no haber adoptado del todo.
Cuando llegó la adolescencia, aparecieron los cumpleaños con cebada, y se hicieron más llevaderos. Recuerdo que cuando cumplí 18 se avecinaban las elecciones que coronarían de manera fraudulenta a Fujimori, y hubo “ley seca” en todo el país. Cerca de mi hogar (en ese entonces, la antítesis de mi depa en San Miguel) mi madre encontró una tienda abierta, y me compró una cantidad apoteósica de six packs, que terminamos liquidando mi grupo más íntimo de amigos y yo, hasta altas horas de la madrugada.
Desde que conocí a mi enamorada mis cumpleaños variaron de tónica. Supe por vez primera lo que significaba un saludo sincero. Me enfrenté a los regalos más dulces en sus cartas. Y comprendí que cuando uno lleva una vida de pareja, cambian los esquemas. Ella cumple años el primero de junio, cuatro días después que yo. Y a diferencia mía, le encanta festejarlo. Y vive ese y los días previos de manera intensa. Tengo la certeza de que antes de que me conociera, el 28 de mayo para ella era un día parecido a su santo, por la cercanía. Y más de una vez me he enfrentado, con sonrisas, a la planeación de su festejo incluso antes de que llegue mi cumple. Ella me ha ofrecido sin querer el mejor escape a mi santo. Estas fechas estarán, durante todo el tiempo que nos permita compartir la vida, destinadas para ella. Cuando éramos aún unos “niñitos” y yo estaba a punto de cumplir 19 años, estuve con ella un día antes de mi cumple en el cine. En esa época no había auto, así que nos regresamos en taxi. Mientras la dejaba en su casa me dijo “te llamo a las doce para saludarte”, y se marchó. El taxista arrancó y me dijo, “así que estamos de cumpleaños, yo también soy del 28 de mayo”. Rarísimo.
Un cumpleaños particular ocurrió en el 2003, cuando llegué a los 21. Ese día pasó de todo. Andaba soltero, eran épocas de una separación con mi enamorada que me había depositado en las tinieblas, y recién, con la llegada de una mujer que tenía lo necesario para ser su reemplazante, me andaba recuperando. Aquel día Dios me regaló una final de Champions League, la que le ganó por penales el Milan a la Juventus, ¡qué más quería! Y encima, hubo temblor. Increíble. Recuerdo que esperé en mi celular como mínimo un mensaje de texto de la que era mi ex, pero jamás llegó. Por el contrario, me llegó un mensaje de la chica con la que empezaba a flirtear. “Ya vez, me acordé de tu santo. Pásala mostro. Un beso”. Ese día la amé, y fue el punto de partida para meterme de lleno en mi plan por conquistarla. Cómo es la vida, cuando creí que sería mía, y que había olvidado a mi ex, salí con un grupo de amigos a tomar unas cervezas. Cuatro días después de mi santo. ¿Fecha conocida? Por esas cosas del destino, una prima mía festejaba su santo en un local miraflorino, y cuando nos disponíamos a entrar, vi a mi ex haciendo lo mismo que mi prima. Mis amigos me detuvieron y me dijeron: “Si quieres nos vamos”. Yo, que me creía curtido gracias a lo que sentía por la otra mujer, afirmé, “no, entremos”. El desenlace es que mi ex nunca más fue mi ex. Que decidimos unir nuestras fuerzas para combatir los problemas y andar por el mismo camino. La otra chica me odió en un inicio. Luego, gracias a mis artimañas con la escritura, le pedí perdón. Y en un cortísimo tiempo, tal como se lo pronostiqué en mi carta de despedida, me olvidó para siempre.
El recuerdo más fresco de mi cumpleaños es del año pasado, cuando llegué al temido cuarto de siglo. Mi santo caía lunes, un día triste que pasa al olvido. Pero el sábado anterior me disponía a “festejarlo” en la casa de una pareja amiga que servía de cubil para mi grupo más selecto de amistades. Quería pasarlo así, con cinco o seis bebedores que en veinte segundos se olvidaran de mi santo. Al entrar a ese mítico departamento de Barranco, me recibió una multitud. Fiesta sorpresa. Algo que jamás imaginé para mí. No hubo ni la ligera sospecha. Fue literalmente una sorpresa ver a mis primos ahí, a algunos amigos externos que jamás habían pisado ese hogar. Hasta me trajeron a Paolo Guerrero, un amigo mío que vive en Alemania. Aquel festejo fue una iniciativa de mi enamorada que me sirvió para amarla y amarla.
Hoy que tengo en este blog una especie de diario, quería compartir con el que me lea estos sentimientos. Y agradecer a todo el que se acordó de mí (el hi5 y el facebook también valen). Lo cierto es que para ellos al menos un minuto del 28 de mayo fue mío, y eso es más importante que cualquier regalo. Al fin y al cabo, lo bueno de las cicatrices es la anécdota, cada vez más fantástica, cuando la compartimos con los demás. Mi cicatriz número 26 me deja el sonido de mi celular, el aumento de mi bandeja de entrada. Los buenos sentimientos que alumbraron en este escribidor este miércoles de finales de mayo. Hoy miro mi dedo índice y tengo ganas de seguir mirándolo. Y tengo ganas de incrementar las cicatrices. Y eso en mí, amigos míos, es más valioso que cualquier torta o happy birtdhay. Feliz cumpleaños a mí.

jueves, 22 de mayo de 2008

La sal de Matute (F)

A mi padre, por ser la antítesis de este cuento.
Los tres primeros días de mi regreso a Lima han estado llenos de ajetreos. Reencontrarse con la familia, lamentar el desorden de las calles, recibir las condolencias. Recordar a papá. Fuera de la tristeza, he visto a mi madre vulnerable. Sin la fuerza de sus mejores años, cuando nos empujaba a mis hermanas y a mí al esfuerzo, a la superación. Cuando asolapaba la falta de trabajo de mi padre y su desamor, incursionando en negocios pequeños que permitían mantener a la familia dignamente. Debe ser la edad. Sesenta y cinco abriles no son pocos. Mi hermana Carola, la única que sigue en el Perú, ha aceptado a regañadientes llevársela a vivir con ella. La condición es obvia, y tanto Silvia como yo, que estamos instalados en Miami desde hace buen tiempo, la aceptamos. Cada mes habrá que enviar dinero.

Tengo 31 años y sigo soltero. Me fui del país a los 25, cuando el futuro se me tornaba incierto, y una novia duradera, me había puesto las maletas. Mi hermana Silvia ya vivía en Miami, y con los documentos en regla gracias a su matrimonio con un gringo con cierta ascendencia al gobierno, me dio una mano. Al poco tiempo ya tenía los papeles en orden, y me desenvolvía como Pedro por su casa en esa ciudad llena de edificios, playas, sol y ese aire tan ambiguo que brinda la sensación de no ser de ninguna parte. Mis trabajos no han variado mucho desde que llegué. Mozo, acomodador de carros, limpiador de piscinas. Pero la regla aprendida de mi madre, de guardar siempre pan para mayo, me permite un estatus más digno que el de la mayoría de mis colegas latinoamericanos.

Carola me dio la noticia. Llamó a mi casa un viernes por la noche y la reaparición repentina de su número en mi identificador de llamadas me hizo imaginar lo peor. Ojalá no sea mi mamá, pensé. Mi padre se fue de golpe. No hubo sufrimientos ni lo afectó el cáncer al pulmón que tanto temía por su adictiva y precipitada afición al cigarrillo. Un infarto se lo llevó mientras dormía la siesta. Unas horas después, yo ya estaba tomando el primer vuelo a mi Lima desde que la abandoné.


Me quedan algunos días más en Perú, y luego del velorio y el entierro, ha llegado la calma. Desde que me enteré de la noticia he tratado de hallar en mi memoria acontecimientos que me unan a mi viejo. Nunca fuimos amigos. No hizo bien su trabajo como padre. Sólo se las ingeniaba para tratarme con dureza de vez en cuando, sobre todo de pequeño, y cuando se dio cuenta de que su hijo menor no sería homosexual, me dejó de lado. Ya en Estados Unidos nuestra relación, digamos, mejoró. Hablábamos esporádicamente por teléfono, me hacía con cariño las mismas preguntas de siempre y yo notaba en su voz cierta añoranza. De mi viejo no conservo ningún diálogo profundo. Nunca le pedí un consejo. La única afición que le recuerdo es el fútbol, y para su desgracia, ese deporte tan popular en mi Perú, nunca me cautivó.

Pero es precisamente el fútbol lo que me traslada a él hoy que lo quiero extrañar. Cada vez que mi madre aparecía con la cantaleta de que debíamos pasar más tiempo juntos, que nuestra relación era nula y distintas frases afines que mi viejo y yo no dudábamos en negar, a mi padre se le ocurría la misma solución. Nos vamos al estadio, me decía con ese tono de voz entre triste y autoritario. Habré pisado ese templo en el que se rinde devoción a falsos dioses que cuando nos representan en el extranjero son unos mansos gatitos, unas cinco o seis veces. Recuerdo que la primera vez me llamó la atención la majestuosidad del verde césped del estadio Nacional. Impresionante. Mi viejo notó en mí aquel interés y yo lo supe emocionado. Jugaban Alianza Lima, ese tradicional equipo criollo de camisetas blanquiazules que envuelve en pasión a todo tipo de gente en el Perú, y el Municipal. Mi viejo era hincha de Alianza, y recuerdo siempre que sus amigos le decían a manera de broma que “cuando lo lleves al cachorro al estadio procura que sea contra un equipo fácil, no vaya a ser que pierdas”. Ese día el triunfo blanquiazul era cuestión de trámite, pero el destino tenía reservado para ese momento el clic de mi desunión hacia mi padre, y por consiguiente, hacia el fútbol. Alianza perdió dos a uno contra un Municipal que mereció la victoria ampliamente. Desde ese día hasta hoy cada vez que me preguntan de qué equipo soy hincha, digo “echa Muni”, arenga con la que es reconocido el Municipal, un equipo carismático y del que la mayoría de sus hinchas roza la tercera edad. Y desde ese día mi viejo no dudó en catalogarme como un falso amuleto. Como una anti cábala. En suma, un salado.

La ocasión lo ameritaba, así que me averigüé cuándo jugaba Alianza para ir a verlo. Decidí que era la mejor manera de despedirme de mi viejo. Rindiéndole homenaje a su pasión. Alianza jugaba en su estadio de Matute, en el populoso distrito de La Victoria, donde el cielo es más blanquiazul que en cualquier parte del mundo, y donde hasta los rateros dudan su arremetida si te ven con la insignia de ese querido equipo. Las veces siguientes que acudí al estadio con mi viejo fueron en ese escenario, el Alejandro Villanueva, denominado así en honor al máximo ídolo de la escuadra. Pocas veces ganó Alianza, así que nunca dejé de ser el salado. Mi padre iba seguido al estadio. Siempre solo. Decía que no era necesaria la compañía pues en la tribuna podía conversar con todo el mundo. Y efectivamente, hoy que lo recuerdo, mi viejo era otro en el estadio. Cambiaba su semblante indiferente y conversaba con su compañero de butaca. Dejaba de lado su pausado tono de voz y vociferaba en contra de los jugadores, el árbitro o el entrenador. Olvidaba su tacañería y me compraba las gaseosas más aguadas de la tierra, los sánguches de pollo con el menor relleno posible, maníes envueltos en cáscara. De todo con tal de mantenerme callado.


Había olvidado ese sentimiento que me generaba el estadio. El camino inhóspito inquebrantable que me llevaba al miedo y al malhumor. La claustrofobia por tanto movimiento. Siempre admiré en mi padre la maña que se daba para cruzar a los micros y a las combis en la avenida Isabel La Católica, ese pedazo de concreto que los días de partido, alberga cual hormigas obreras, a todo tipo de seres humanos apurados. El criollismo que afloraba en el viejo para encontrar sitio en un estacionamiento poblado por la informalidad. La fortaleza con la que superaba todos los obstáculos sin renegar, a diferencia de los insultos que ofrecía a diario por las pistas de mi Magdalena querida. La recompensa le llegaba al ingresar al estadio. Ahí solo había espacio para su Alianza.

Felizmente esta vez, he subido a un taxi que ha tenido que atravesar por todas esas periferias. A decir verdad, con mucho menos talento que el de mi viejo. Por fin estoy en la tribuna de occidente. La que tanto prefería él, y la destinada para la gente con más poder adquisitivo. Alianza, vaya casualidad, se enfrenta al Municipal. Algunas cosas han cambiado. Veo menos gente de tés negra en el equipo. Antes me llamaba mucho la atención ver a esos jugadores negros enfundados en lo blanquiazul de su armadura, con dientes blanquísimos que alumbraban la tarde noche lúdicamente. Las camisetas se han modernizado, incluso la de Municipal, que antiguamente era una réplica de las que utiliza la selección peruana. Hay menos gente en las butacas, cuánto lo lamentaría mi viejo. Y la hinchada principal, que se sigue colocando en la tribuna sur de Matute, ha dejado de tener esas banderolas con las que me entretenía mínimo diez minutos.

El partido es de trámite parejo, y tengo la ligera sospecha de que el destino se las va a ingeniar para que desde donde esté, mi viejo comente: “sigue siendo un salado este”. Por más que lo intento es difícil encontrar algo que pueda relacionar directamente con mi padre. Hace más de diez años que no pisaba el estadio de Matute y no reconozco algunas cosas. Pero me divierte pensar que el grupo de gente que insulta impaciente a mi costado fue cómplice de mi viejo alguna vez. O que aquella señorita que me intenta vender una golosina ganando el doscientos por ciento del precio algún día fue despachada por la indiferencia de mi padre. Pero nada más. Su rastro es una huella tímida en el actual Alejandro Villanueva. Su anatomía, con la casaca de cuero agamuzada aún en verano y sus eternas zapatillas blancas, han ido a parar al baúl de los recuerdos del recinto victoriano, junto con el viejo tablero que ofrecía el marcador con el resultado del partido, o las propagandas de productos que ya no existen.

Hasta que apareció. Por fin una silueta conocida. Un retazo de los pocos momentos de unión con mi padre. Está igualito. Algo más arrugado y peinando algunas canas pero es el mismo. El personaje por el que mis ratos en Matute se hacían más llevaderos. Sigue en lo suyo y Alianza que no anota. Un costal celeste a sus espaldas y la tribuna que se altera. Abriendo un paquete y ofreciendo. “Una canchita para que Alianza gane”. Siempre hacía lo mismo. El canchero, le decíamos mi viejo y yo. El vendedor de cancha, las palomitas de maíz, del estadio de Matute. Dulces y saladas, con una estrategia de marketing que aún lo diferencia del resto. Él ofrece gratuitamente su producto y te deja el sabor en los labios. Luego no hay forma, no queda otra que comprar.

Mi padre cada vez que me veía aburrido me decía: “Ya viene el canchero”. Y yo fingía consolarme ante la llegada de ese personaje enigmático. Qué hará en sus ratos libres. De qué vivirá. No creo que sólo de la cancha.


El partido está llegando a su fin. Parece que al empate a cero no lo cambian ni los ídolos de antaño, de los que veneraba mi viejo en sus esporádicas borracheras. Ya no están Cueto, Cubillas ni Sotil. Ya no está Pocho Rospigliosi, que con su radio Ovación, un Perú en sintonía, hacía más larga mi agonía en el camino de regreso a casa. Ya no está mi padre en la tribuna. Queda sólo el vendedor de cancha. El canchero. “Un poco de cancha para que meta gol Alianza”. Cuando le ligaba esa proyección, mi padre lo señalaba como amuleto. Una especie de anti-yo. Fuera de generarme envidia, me alegraba ver a mi viejo feliz. Hoy que lo pienso, su sonrisa en el estadio es lo más auténtico que conservo de él.

Había algo en la mirada del canchero que me generaba dudas. A veces pensaba que para él era más conveniente que Alianza no ganase. Que así vendía mejor. Esta vez no me he aguantado y le he hecho la pregunta de rigor. “Maestro, ¿es usted hincha de Alianza de verdad o es pura finta?”. A mi viejo le hubiese dado otro infarto si lo escuchase. “No sobrino, yo soy echa Muni”.


Estoy de regreso en Miami. Me despedí de mi madre y no sé por qué razón imaginé que sería nuestro último encuentro. De ella conservaré muchos recuerdos, felizmente. A mi padre no lo extraño. Creo que nunca lo extrañé. Nos fuimos despidiendo desde hace mucho. Hoy que estoy a millares de kilómetros de distancia del distrito de La Victoria, sólo me quedan las ganas de susurrarle al oído que cuando íbamos al estadio, el salado no era yo.

martes, 6 de mayo de 2008

Veinte razones para querer al Salmón (Y)

Al grupo que le dedicó un tributo el viernes en "La noche". Aún Barranco me sigue escuchando...
Este texto busca actuar como un disco recopilatorio de las que considero las mejores canciones de Calamaro. En principio elegí 20, pero me quedé corto, así que coloqué una sección denominada Bonus Track. Al que le guste el Salmón, se identificará conmigo. Al que no, lo invito a escuchar cada una de estas canciones. Con atención. A ver si se aumentan los motivos para querer a Andrés.

1. El tercio de los sueños: “Tenías el vestido más horrible, de todo el tendido. Y yo trataba de llamarte la atención de algún modo oportuno”. Ella para mí tenía el vestido más hermoso. Mis técnicas no eran oportunas, y llamar su atención formaba parte de mis sueños. Y de mis tardes escuchando a Calamaro, que con esta canción tan hermosa me conquistó. “Pero tú sólo tenías ojos para el joven matador de toros…”. Aún hoy lo odio. Cosas del primer amor adolescente. En gente como yo, lleno de sentimientos platónicos. Recuerdo que le cantaba en silencio “no me extraña que seas así, y te rías de mí otra vez”. Con el tiempo descubrí que no tenía por qué reírse. Que quizás si hubiese sido otra mi personalidad, otra sería la historia. Casi diez años después de aquella historia cada vez que escucho al Salmón decir “no me tengas piedad porque soy de verdad, y me puede hacer mal”, mi cerebro me traslada a esas épocas tan difíciles, llenas de cambios físicos y emocionales, y tan hermosas, por la presencia (ausencia) de aquella niña que me enseñó que “el tercio de los sueños tiene dueño y siempre suele ser así”.

2. Te quiero igual: cuando me tocó perder, esta canción fue un himno. Forma parte de los éxitos comerciales del Salmón pero es brutal. A mí me rompieron el corazón una tarde de febrero. El sol se extinguía mientras me despedía de la niña de mi vida. Hubo resignación y lágrimas compartidas. Calamaro planeaba quizás “el regreso”, o seleccionaba los tangos que utilizaría en “El cantante”. Y yo lo escuchaba decir “te quiero, pero te llevaste marzo, y te rendiste en febrero”. Los meses pasaban y regresaba “pero te olvidaste abril en el ropero”. Cuando mi corazón volvió a latir sin pena ni odios, yo le cantaba: “primero, te quiero, igual”.

3. No me nombres: a veces “para siempre” parece que no dura tanto. El miedo al futuro es así, y una relación de pareja es complejidad y lucha, más que sexo y más que amor. Más que la costumbre, es necesidad. Adicción. Y sí, a veces hay odios y no se explica dónde quedaron los momentos gratos, y te imaginas una vida en soledad, y lo escuchas a él decir “puedes para toda la vida olvidar que también hubo alegrías, pero si prefieres quedarte con años que olvidaste, entonces, voy a pedirte: no me nombres, para siempre, no me nombres”. Para ese rato, el nuestro, que es toda la vida. Yo, “lo mejor, lo voy a seguir dando, (pues) te estoy cuidando, para siempre de mí…”. Ojo, para siempre de mí.

4. Mi propia trampa: ella me miraba con sus ojos negros. Con esa profundidad que solamente posee el mar. Y tal vez por ser negro ese mar era confuso, y no me atreví a surcarlo. Había alianzas. Códigos que en silencio no respetaríamos, si acaso quisiéramos. Y yo le respondía “a mí tampoco me gusta tu novio, lo siento si soy tan franco (pero) soy varón, y solo me la banco”. La noche nos envolvía cómplices pero aparentaba (ella más que yo) que era indiferente. Lo siento si fallé, pues “apenas estoy aprendiendo a volar y ya mis alas se quemaron y caí”.

5. Paloma: siempre con cebada, y humo cerca. Tan pensante y deliciosa, como la noche. Hay que escuchar a Paloma en la voz de Calamaro. Si es en vivo, mejor. Y a mí venerarlo a voz en grito, cuando asoma la duda tan pensante y asquerosa, que me obliga a gritar “puse precio a mi libertad, y nadie quiso pagarlo, te cambio tu corazón por el mío, para mirarlo y mirarlo”. Aún no ha nacido el que le dedique a Paloma lo que le compuso Andrés. Y ella vuela por la vida mientras la consuelan: “no te preocupes Paloma, hoy no estoy adentro mío, tu amor es mi enfermedad”. Y yo le digo cuando no la calmo, y no lo intento y finjo que no me incumbe, “soy un embase vacío”. Pero aún recuerdo una tarde de verano cuando compartíamos una mesa y la banda sonora imaginaria nos decía “no te preocupes Paloma, no hay pájaros en el nido, dos ilusiones se irán a volar, pero otras dos han venido”.

6. Ni hablar: la ausencia es así, enigmática. Corta en apariencia, pero eterna. El corazón la conserva, el cerebro no. No puede. Sería un suicidio constante. Es una coraza inevitable. Hoy “mi tórax está tan sensible que no puedo ni hablar de ciertos temas, y extraño a los amigos que no están conmigo”. A mi ausencia le escuché decir “te devuelvo a la ciudad, no te puedo retener”. En el camino no hemos perdido la conexión, “fue el manso clima que dio tu amor”, pero “ya me acostumbré hasta de los problemas”. La coraza inevitable. Es fuerte y te digo “hace frío en el anden, y ahora sigo hablando solo, (siempre) con tu sombra tras de mí”.

7. Media Verónica: dicen los toreros que la media verónica es un paso, una elegancia, un lujo. No opino de toreros. Cobardía. Media Verónica para el Salmón es un código torero. Para mí es una mujer. Como tantas. Esas adorables y solitarias. Locas. Les molesta la luna por la ventana abierta. También les molesta el sol. Nunca fuiste mía, Verónica. Pero repartías besos a estropajos. Verónica “no sabe distinguir el amor de cualquier sentimiento”. Tal vez yo tampoco. Pero sí comparto lo que escribió en la pared: “la vida es una cárcel con las puertas abiertas”.

8. Nos volveremos a ver: porque siempre hay un regreso. Y mi regreso debió llegar con esta canción. Pues “nunca hay un adiós total. Siempre es un nos volveremos a ver, en algún lugar del tiempo”. Él, sólido, se desmorona por ella, una loca linda. Fue la excusa. Todos somos protagonistas. ¿A mí me pides un consejo? Te ofrezco sólo mi brazo, amigo. Apóyate en mi hombro. Y te suscribo Salmón, palabra, “a pesar de ser bonito, nunca dormí en el palito… (también) viví las tumbas de la vida, (y) soy un poeta maldito”.

9. La libertad: “la conocen los que la perdieron, los que la vieron de cerca irse muy lejos, y los que la volvieron a encontrar…”. La libertad, la felicidad, es así. Todos buscamos lo mismo. Y al final del camino la búsqueda es incompleta. Igual que Calamaro, “me pregunto muchas veces, ¿dónde está? Y no dejo de pensar, ¿será solamente una palabra? La hermana hermosa… la libertad”.

10. Maradona: un homenaje sincero al número 10. Un mago, genio, goleador, campeón eterno, un Dios. Las drogas, el doping, Fidel, Chavez. Dieguito, pese a todo y por todo, siempre “estamos esperando que vuelvas“. Y hay que tener en cuenta que “no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero”. Y por ese don celestial lo quiero yo.

11. Negrita: Un hotel. Un cuarto vacío. Una tierra extraña. Tu luz fuera de mi luz. Inalcanzable. Y mi cerebro volando. Con quién estarás ahora. Esa boca que era mía. Tu olor. El aire frío de tu voz al momento de decirme adiós. “Una vez en Buenos Aires me di cuenta que existen las fantasías, pero también, existe el amor verdadero, y sin ese no puedo seguir entero, porque me falta lo más importante”. Ay negrita, el corazón me grita.

12. Soy tuyo: A ti me entrego. Contigo cierro las puertas de mis labios. Contigo espero el futuro. Me gusta tu mirada cuando sabes que me ganas. Me gusta derrotarte en silencio. Acepta mi inquietud. Yo acepto la tuya. Soy complicado, pero si somos dos es más fuerte. Si somos dos, compañerita mía, seremos tres. Y te digo, con el gallo que me traiciona cada vez que canto “soy tuyo, con mi mayor convicción, soy tuyo, con toda la fuerza de mi corazón, que es tuyo, como cada pensamiento mío es tuyo. Soy tuyo”.

13. Y todo lo demás: a veces imagino el futuro y duele. A veces te incluyo y me calmo. A veces sucumbo a la duda, y a los años, y a las cicatrices. Y mi rostro que empieza a arrugarse. Y te miento, no por maldad, por necesidad. “Yo te prometí hacer deporte, pero era una mentira para robarte un tal vez”. Me dibujo en una plaza de la serranía peruana, tú quemando el pasaporte con rabia, a lo lejos. Esa sonrisa que aniquila cuando es lejana. Podrá llover, podrá sofocar el calor. Podrá ser la antítesis de la belleza el paisaje que nos acompañaba, pero para mí, “parecía el cielo, porque estabas conmigo”. Y todo lo demás también.

14. Ok perdón: la exclusividad, sacrificio antes que placer, suscribiendo a un poeta. Vale la pena. A ti que me miras con afán, que trasladas a tu memoria lo que alguna vez evoqué a mi amor imposible. A ti que alguna vez diste la media vuelta decepcionada. A ti que me cuestionabas cosas que no las creías por el simple anhelo de robarme el aire. Aunque sea un momento. “Yo no quise lastimarte, solamente te dije que no”. Y si eres linda, si tienes a cuatro o cinco que babean por tus labios, tú, que no estás acostumbrada a sentirte rechazada, “ok perdón, fue sin querer”. “Cuántas veces me dijeron que no, a mí, y sobreviví”. Bueno, aunque no seamos amigos (ni enemigos) “la próxima vez te digo que sí”.

15. Cuando te conocí: “Cuando te conocí ya no salías con el primero que te había abandonado, no vale la pena hablar de aquellos años pasados”. Y aunque mis palabras se cumplieron, aunque formo parte de tus años pasados y es irrelevante, yo me acuerdo de cada parte. Tuya y mía. Y te agradezco. “Cuando te conocí miré por un agujero en tus pantalones… y dos años después, ya tomabas todas las decisiones”. ¿Lo ves? “No se puede cambiar de corazón como de sombrero”. Y no podía cambiar de corazón como de camisa (querida mía), sin perder la sonrisa.

16. Mi quebranto: hay que ser un Calamaro para soportar con posibilidades de triunfo ese quebranto. “Mi quebranto, dos estrellas que seguir”. Tenías el pelo ondulado, castaño rojizo. Los ojos, como dos soles, verde mar caribe. Pequeñita. Dulce. Aún hoy sueño con la noche en que mi quebranto pudo ser, “y soporto dos vidas vivir”. Esa alianza entre la luna y el sol. No fuiste mi luna pero sí mi estrella. Para siempre, mi estrellita. “¡Tendrías que aprender a compartir!!!!!”.

17. Me pierdo: amigo mío, te reto a que vivas mi vida. A que te atrevas. A que venzas lo establecido por el dios pecador. Superar la tentación. Y amar pese a las noches frías, y soportar y que te soporten. Y enciende la radio con Calamaro cantando “Me pierdo”. Es un himno al amor verdadero. Al menos a mi amor, tan fuera del de las películas, tan terrenal, como ella y yo. “Con tanto dolor, no puedo. Contigo, o sin ti, no puedo. No puedo olvidarte pero pasa el tiempo. Es muy duro saber cual es la mejor mujer”. Compañerita mía, a veces, “no quisiera quererte, pero cuánto te quiero”.

18. Hacer el tonto: esta canción forma parte de alguno de los duetos que tiene el Salmón. En su repertorio hay canciones con Sabina, con Fito Paez, con Vicentino. Pero esta es con Maradona, y por eso la escojo como indispensable. “Voy a ponerme a cantar lo que quiera”, dijo Andrés. Y Diego le responde: “Va a ser mientras el sol esté cayendo, todos estamos sobreviviendo…”. A veces la vida te empuja al festejo aún cuando no hay motivo. Entonces, como el Salmón y el 10, aunque “tengo otra afición preferida”, ahora “voy a ponerme el sombrero… pero a emborracharme primero”. Para cantarla a pulmón abierto. Bien juergueado. Eso sí, “mente sana in corpole sano”.

19. Donde manda marinero: no es bueno llorar sobre la leche derramada. Pero a veces es inevitable cuestionar con dureza el paso del tiempo. Donde manda marinero es una canción que me genera aquello. “Últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa”. “Voy a pasar a retiro, de un tiro, al culpable de mi soledad”. “Puedo seguir escapando, y aún lo estoy pensando, lo estoy pensando pero estoy cansado de pensar”. Por eso de cada viaje me traigo el equipaje perdido. Esta canción, que forma parte del disco “Alta suciedad”, no es de mis preferidas. Pero le encanta a mi hermana, y “por eso es que he decidido nunca olvidar, nunca olvidar”.

20. Socio de la soledad: un himno. Simplemente eso.

Bonus track:

21. Flaca: es indispensable mencionar “Flaca” si se habla del Salmón. Pese a su extrema comercialización, es una canción hermosa. “Aunque casi me equivoco y te digo, poco a poco, no me mientas, no me digas la verdad. No te quedes callada. No levantes la voz, ni me pidas perdón”. Cómo no identificarse. Y sí, el perro compañero.
22. Malena: en el disco denominado “El salmón”, donde Calamaro coloca más de cien canciones en un empaque con cinco discos en uno, coloca este tango llamado “Malena”. Una interpretación notable. La clásica voz de Andrés acompañada de instrumentos propios del tango, y una letra desgarradora. “Tal vez allá en la infancia su voz de alondra, tomó ese tono oscuro de callejón; o acaso aquel romance, que sólo nombra cuando se pone triste por el alcohol”.
23. Buena suerte y hasta luego: con “Los Rodríguez” Calamaro interpretó esta mágica canción. Una choteada al más puro estilo de las locas cuya profesión es la de romper corazones. “Ese manicomio estaba lleno de problemas de fronteras”. Suscribiendo a Ok perdón, “hay que ser fuerte contra la corriente también”. Por eso cuando ella me dijo “que te vaya bien”, yo le dije “buena suerte y hasta luego”.
24.Todavía una canción de amor: siguiendo con “Los Rodríguez”, esta obra maestra. Compuesta por el Salmón en dupla con Joaquín Sabina (no es para menos, se nota el sello sabinesco). “No te fíes si te digo que imposible, no dudes de mi duda, ni mi quizás. El amor es igual que un imperdible, perdido en la solapa del azar”. Si hubiese conocido este tema cuando la veía de lejos… “Estoy tratando de decirte que me desespero de esperarte, que no salgo a buscarte porque sé que corro el riesgo de encontrarte”. Un día él se enamoró de una cantante, y ella lo dejó. Y le quise decir, amigo, “cantar es disparar contra el olvido”, pero “vivir sin ti, es dormir en la estación”.
25. Salud, dinero y amor: esta canción es simplemente un himno a la vida. La suscribo enterita. No hay retazos que escoger. “Desde un rincón del mundo… brindo contigo”. Siempre, siempre, siempre.

lunes, 21 de abril de 2008

Sin pensarlo tanto (F)

A nadie. O en todo caso, a cualquiera.
Lima ha vuelto a la normalidad. El cielo luce alicaído, monótono y melancólico, como siempre. Ha llegado el invierno. Tengo la garganta áspera y buenos retazos de papel higiénico en el bolsillo de mi saco. Va a oscurecer. He salido de la oficina, y entre la duda de tomar un taxi o sumarme al martirio de las combis, estoy caminando. No hay un rumbo elegido. La orientación no es mi mejor virtud, pero sé que no quiero llegar a casa.
Miraflores está plagado de terrenos con recuerdos olvidados. Viejo hombre de familia de alcurnia que no se resigna al paso del tiempo, y que sufre la condena de compartir un alimento cada vez menos pródigo. Es mi distrito desde hace cuatro años, cuando me casé con Claudia, siete días después de haber cumplido veinticuatro abriles. Y llegué al departamento que hoy no quiero enfrentar, entre las calles de 28 de julio con República de Panamá. Tengo una hija, Mariel, que bordea sus tres primeros años. Sigo con Claudia, lógico. Y tengo a mis suegros rondando todo el tiempo desde que decidieron mudarse también a un departamento de su pequeño edificio. El mismo que les sirve para mantener a su hija cerca con innegables gangas de alquiler, y mano blanda para la cobranza. Trabajo en un estudio de abogados como administrador. No sé absolutamente nada de aspectos legales pero todos los días me enfrento a hombres de buen manejo del lenguaje y títulos de postgrado en universidades extranjeras, y me obligan a vestir como ellos. El trabajo me lo consiguió mi suegro. Me jefe es muy amigo de él.
He llegado al parque de Miraflores. Muy cerca están los imperios de Ripley y Saga, un Mc Donalds, un D’onofrio y muchos otros locales de comidas. Algunos de prestigio y antigüedad, como el Café Café, y otros de dudoso higiene y muy alertas a la Sunat, como la sanguchería Miguel o un chifa en el que alguna vez observé una rata recorriendo la entrada a la cocina. Me he sentado en la rotonda que sirve para que algunos viejos artistas vendan sus productos artesanales a los curiosos y turistas, que inexplicablemente, siempre están por Miraflores. He visto de lejos al loco Poggi. Su pelo verde y su libro. Lo evito con la mirada. Estoy sentado dándole la espalda al movimiento de la rotonda. A mi lado sólo hay restos líquidos de un sánguche que venden en una carreta muy cerca de allí. He llegado a la conclusión de que me voy a comer uno en un rato. Qué importa lo que me diga Claudia. En el peor de los casos, tendré que comer doble disimulando con un chicle los aromas de mi butifarra.
*
Siempre he creído que las cosas buenas de mi vida ocurren cuando no las pienso tanto. Si pienso mucho en algo, me sucede lo contrario. Si estoy a la espera de una buena noticia y dibujo su desenlace feliz en mi cerebro más de una vez, nunca llega. Hoy no ha sido así. He pensado en Gonzalo. Lo he vuelto a extrañar. Y de repente ha aparecido la silueta de Isabel.
Los años han pasado y ya no es la chica que marcaba la diferencia por donde iba. Pero sigue siendo una mujer hermosa. Aún delgada, aunque no tanto como los últimos días que la vi. Lleva puesto un pantalón de tela negro y un largo abrigo verde. Una moda que no es limeña. Asumo que la debe haber traído de España segundos antes de que me reconozca. Isabel ha soltado una mini carcajada para después abrazarme. Luego de las típicas frases de los reencuentros sin alcohol, ha roto la incomodidad bromeando sobre mi peso. Sí pues, he engordado. Isabel me cuenta que está de paso por Lima. Que se quedará un par de días para luego viajar a Máncora, dónde pasará, con el sol de aliado, su última semana de vacaciones. No quiere más frío. Estudia antropología en Barcelona y el año entrante acabará. No se ha casado. Esporádicos noviazgos la ayudaron a domar la añoranza y la carga de sentirse una extraña. Sus padres siguen vivos, me alegro. Tiene 29 años, uno más que yo.
Nos hemos alejado de la rotonda y para mí, ya Miraflores no existe. Estamos sentados en el Café Z, frente al bowling y al lugar en el que me hice mi primer tatuaje junto a Gonzalo. Le he dicho que yo invitaré, e Isabel no se ha negado. Cojudamente pido comida en abundancia. Para beber yo quiero una cerveza. Ella agua. Estás linda, le he dicho. Ya nuestra edad permite ese tipo de frases sin que suenen necesariamente a un jileo. Ella me lo ha agradecido y sus mejillas han retomado el color de nuestros veranos más hermosos. Me ha hecho hablar largo rato de Claudia y de Mariel. Y me ha sorprendido mi poco entusiasmo pese a que me esmeré en no hacerlo notar. Aún no llegamos al tema principal. El que nos une y nos unirá para siempre. He vuelto a pedir una cerveza y esta vez ella me ha imitado.
*

Desde que conocí a Claudia no he vuelto a salir con mujeres. No he vuelto siquiera a conversar más de tres minutos con alguna, y esta situación con Isabel me tiene temblando de ansiedad. Como si estuviese ingresando a un maravilloso mundo prohibido. Como si me ofreciera la manzana que me expulsará del paraíso. En realidad nunca fui muy mujeriego. Antes de Claudia sólo tuve romances esporádicos y cortos. Sexualmente mi vida era risible para mis “colegas” cuando le dije para ser enamorados. Así estuvimos un año. Y luego llegaron la boda y Mariel. Eran épocas duras y yo buscaba formar mi propio camino. Y nunca me dediqué a pensar mucho sobre lo que estaba haciendo al casarme.
¿Y qué sabes de Nora? Me ha dicho Isabel con seriedad, mientras tomaba de pico un largo sorbo de su cerveza. Nada, desde hace tiempo, le digo. Creo que tenía pensado irse a Estados Unidos con Lorena, su hija mayor. Qué pena, me dice Isabel. Me hubiera gustado visitarla. Nora es la mamá de Gonzalo, e Isabel no la ve desde hace seis años, cuando decidió despedirse de Lima y de sus recuerdos, para refugiar sus angustias en España. A Nora la vi cada vez con menos frecuencia hasta que llegamos a este punto, cuando le digo a Isabel que no sé nada de ella desde hace tiempo y no miento.
Gonzalo fue mi mejor amigo. Prácticamente nos hicimos grandes juntos. Lo conocí en la universidad, cuando ambos teníamos 17 años y un futuro incierto. La química fue inevitable. Éramos personajes retraídos, descontentos. Sin la motivación de los estudiantes de administración de la De Lima. A los dos años, Gonzalo conoció a Isabel. Y se hicieron enamorados.
¿Lo extrañas? Mi pregunta ha sonado estúpida, pero ya considero inevitable abordar el tema. He apagado mi teléfono, son casi las nueve de la noche e Isabel lleva tres botellas de cerveza en el cuerpo. Claudia me retará de todas formas, y esta vez, no le tengo miedo. Claro que sí, me ha respondido. A veces creo que nunca lo voy a dejar de extrañar. Sus ojos tienen un incuestionable brillo de melancolía. Yo también lo extraño. Me ha hecho muchísima falta. Pero a veces creo que su recuerdo es más duro por el hecho de que con él, se fue Isabel de mi vida.
Isabel y Gonzalo formaban una pareja envidiable. Se llevaban muy bien. Ella era de verdad hermosa. La chica más linda que he visto en mi vida, me decía Gonzalo. Y yo opinaba exactamente lo mismo. Me sumaron casi como un complemento a su relación. Pasaba mucho tiempo con ellos. Viajábamos juntos cada vez que se podía, Isabel me invitaba los fines de semana de verano a su casa de playa en San Bartolo, y así, fuimos moldeando una muy bonita amistad. Es cierto que yo en silencio estaba enamorado de Isabel, pero era un secreto vetado para mi cerebro. En ocasiones sólo estábamos los dos, y yo no me cansaba de escuchar su voz, y de compartir sus sueños. Hoy que lo recuerdo, Isabel más de una vez mencionó vivir en España.
“Gonzalo siempre sospechó de nosotros”, me ha dicho Isabel. Y mi cuerpo ha experimentado esa sensación de hormigueo en el estómago que sucumbe con un dolor helado en el alma. “Sí, hasta le llegué a comentar algo”. ¿Cuándo se lo comentaste? ¿Qué le dijiste? ¿Acaso tuvo algo que ver? Isabel ha colocado su boca en señal de quién sabe y sus ojos verdes como dos ametralladoras.
Gonzalo tenía un problema que descubrimos era hereditario. Grandes síntomas de esquizofrenia se apoderaron de él los últimos meses de su vida. Su papá tiene la misma enfermedad. Vivía en Tacna hasta donde yo sabía. Nuca lo conocí. Pero estoy seguro de que no ha muerto. Dicen que las drogas intensifican el mal. Y Gonzalo no era un chico sano. Gracias a él conocí la marihuana, vicio que me acoge aún hoy. Esa hierba fue acompañante frecuente en nuestra amistad. Luego le trasladamos el vicio a Isabel. Aún no le pregunto si lo conserva. Pero Gonzalo no se quedó en eso. Poco a poco conoció otras formas de escapar de su mundo, hasta que llegó a la cocaína, que a diferencia del resto, lo colocaba en un estado de contemplación, siempre con los ojos llenos de miedo, furia, amor, odio o sabe Dios qué. Los últimos días de su vida los sobrellevó con pastillas para dormir en grandes cantidades, y las mezclaba con otras que lo mantenían despierto. Se convirtió en un ser dependiente totalmente. Y esto fue separándolo de Isabel.
Pese a ello, Isabel y yo trasladamos todas nuestras fuerzas a tratar de alejarlo de las malas mañas. Era en vano. Cuando las cosas se pusieron serias, y Gonzalo perdía poco a poco la batalla, Isabel fue entrando en depresión. Y yo le serví de aguante.
*

He prendido mi teléfono. Claudia me ha llamado casi al instante. ¿Dónde andas? Te he estado llamando, son más de las diez de la noche. Disculpa, mi amor, le digo. Me he encontrado con una antigua amistad, y estamos tomando unas cervezas. Isabel me observa. Y escucha. Sí, ya sé que es miércoles pero no te preocupes. Ya sé que estoy resfriado. Sí, ya la tomé. Ya mi amor, yo la paso a su cama. Un beso. Yo también. Isabel sonríe a medias y se pide una última cerveza. Nos miramos fijamente unos segundos. Le noto el paso del tiempo. Unas pequeñas líneas se asoman a sus ojos. ¿Alguna vez te has preguntado si lo nuestro hubiese funcionado? La pregunta de Isabel viene cargada de sentimientos encontrados. Era difícil, ¿no?, le he contestado.
La noticia del suicidio de mi amigo me golpeó el alma. Me dejó literalmente inerte. Sin respuestas. Sin anhelos. Isabel sufrió más. La tuvieron que controlar con medicamentos los días del velorio y el entierro. No la volví a ver. Semanas después se había largado del Perú. Nunca se comunicó conmigo. Y me enteré por algunas amistades en común, que su paradero era España. Me quedé solo en Lima. Y decidí seguir adelante. Claudia me ayudó mucho en eso, y hoy que lo pienso, quizás fue esa la verdadera razón de mi matrimonio.
He pedido la cuenta. Claudia me ha vuelto a llamar pero he dejado que el teléfono suene y suene. Estoy caminando con Isabel sabiendo que depende de mí seguir alargando la noche. Pese a ello, nos despedimos. La ayudo a tomar un taxi. Me deja su correo electrónico y su dirección en Barcelona. La abrazo con resignación. Ella acomoda su rostro en mi pecho. Cuídate, me dice. Tú también. Y se marcha. Sigo caminando. Mi casa no está lejos. Entro. Llevo a Mariel a su cama. Está dormida. Al rato veré los inicios de una película con Claudia y luego le haré el amor. Siempre tendré la pregunta de Isabel en mi cerebro. ¿Alguna vez te has preguntado si lo nuestro hubiese funcionado? Claro que no. Las cosas buenas en mi vida sólo suceden cuando no las pienso tanto.

jueves, 3 de abril de 2008

El adiós de la gacela (F)

Con sincerísimo agradecimiento, a mis primos George y Rafo, que me leen.
Quedaban escasos segundos en tiempo real, pero el reloj de la pantalla en el campo virtual del Old Trafford señalaba 38 minutos del segundo tiempo. El Manchester de Javier me ganaba el partido uno a cero. El público expectante. Ese encuentro definía el campeonato. Y con ello, el pozo de veinte soles que habíamos acumulado entre los diez participantes en el “vicio”. Fue allí que empezó la leyenda de los Gunners del Arsenal. Comandados por Thierry Henry, mis once guerreros vestidos de rojo dieron una muestra de garra y talento. Borde del área, Javier pierde el control de su defensa y Henry que arremete con potencia. Disparo cruzado, arriesgado si tomamos en cuenta la distancia, y golazo. El griterío no se hizo esperar. El Manchester había perdido moral, y eso fue suficiente para que en la siguiente jugada otra escapada de Henry termine en gol de Pires. El dos a uno y el campeonato. El primero de mi larga racha comandando al magnífico Arsenal.
Desde ese entonces el “vicio” se convirtió en mi segundo hogar. Oscuro, en un segundo piso. Con varios televisores apretados y muchos alaridos en el ambiente. Quedaba a varias cuadras de mi casa, muy cerca de una conocida universidad. Y albergaba a jugadores de todo tipo. Había mucha gente de barrio, como yo, que no contábamos en casa con el bendito Play Station 2, la consola que hacía funcionar al Winning Eleven, acaso el mejor juego de fútbol virtual de todos los tiempos. Pero también llegaban al lugar chicos pitucos, que sin duda tenían el aparato, pero que arribaban al “vicio” por el simple afán de competir. Yo acudía todas las tardes después del colegio. Y en aquella gloriosa jornada de mi primer campeonato, tenía trece años. Y había conseguido los dos soles para la apuesta por mi abuela, que se compadeció ante la negación de mi mamá.
El Winning Eleven es una religión. En el Perú y en todos los países futboleros. Sus inicios datan de la consola Play Station 1, pero con la segunda versión, el juego adquirió tonalidades espectaculares, muy cercanas a la realidad. Con la llegada del cable a las masas, y la posibilidad de observar en ESPN la Champions League, el campeonato de clubes más atractivo del mundo, el Winning se convirtió en una connotación de esos partidos. Y los ídolos del barrio dejaron de ser los jugadores de Alianza o de Universitario, y ocuparon su lugar las estrellas del Barcelona, el Milán, el Real Madrid, etc.
Mi equipo siempre fue el Arsenal. Del maestro Thierry Henry. La gacela, lo llamaba con cariño. Henry era de los mejores jugadores del Winning Eleven. Rapidísimo, con potencia en ambas piernas, gambeta endiablada y una capacidad asesina al momento de anotar un gol. Un calco del mejor Henry de la realidad. Era mi mejor arma. Y me siguió acompañando en la obtención de todos mis logros en el “vicio”. Modestia aparte, muy pocas veces perdía. Los años pasaron y el magnífico Arsenal se fue deteriorando. De aquel primer equipo glorioso e imparable, se me fueron yendo Vieira, Wiltord, Campbell, Kanú, Pires, Ashley Cole. Pero siempre me quedaba Henry. Y eso, para molestia de mis rivales, era suficiente.
*
Un par de años después de mi primer título de campeón, el “vicio” se convirtió en una preocupación para mis padres. Pasaba cada vez más tiempo allí. Además, me había servido para hacer amistades. Y cuando no me tocaba jugar, me dedicaba, como el resto, a meter chacota, a retar a la gente, a burlarme de la desgracia ajena cuando se perdía. Conmigo, éramos cuatro los infaltables. Completaban el grupo Javier y Mario, que tenían mi edad, y Alexis, que tenía 20 años, pero su sentido de la madurez iba paralelo al nuestro. Él incluyó un nuevo vicio al grupo. Era asiduo aficionado a la marihuana, y le gustaba llegar drogado a jugar. Todos lo imitábamos. Y las tardes se hacían larguísimas sin que nos diéramos cuenta.
Mis padres no hallaban la manera de mantenerme en casa. Me reducían la propina, improvisaban castigos. Pero no había forma. Yo en el “vicio” tenía un nombre. Y la mayoría de muchachos que se atrevían a retarme, terminaban pagando la hora, así que de dinero no me preocupaba mucho. Encima, había añadido algo más a mi afición por andar fuera de casa. Mi abuela, que vivía con nosotros desde siempre, había sucumbido a la vejez. Y la memoria se le andaba deteriorando de manera ascendente con el correr del calendario. Yo simplemente no la soportaba.
Ella fue parte importantísima de mi vida. Prácticamente me crió muchos años, cuando mi mamá tenía trabajo. Y tanto a mí como a mi hermana mayor, nos adoraba. Nos consentía de manera desmesurada. No había posibilidad de molestia en sus palabras, y cuando nuestros padres nos retaban, nos levantaba el ánimo a escondidas con dulces o monedas. Así que no nos hacía gracia verla en su estado actual. A veces no nos reconocía. Confundía roles. A mi mamá, que era su hija, la trataba como si fuese su madre, y a mi hermana, como a una empleada doméstica de las de antes, casi como una esclava. Mi padre, que nunca se portó mal con ella, le hacía recodar a mi abuelo. Entonces le podía gritar improperios como borracho o mañoso. Y en ocasiones hasta lo quería obligar a que entre a su cuarto con ella.
*
El “vicio” era entonces, mi refugio, mi escape. Sin embargo con el tiempo mi afición por el Winning disminuyó. Era duro cargar con esa cruz que me señalaba como el mejor de todos. Eso significaba jugar siempre con el público en contra, y cuando perdía un partido, el griterío era digno de gol peruano en las Eliminatorias. Entonces me podía pasar cuatro o cinco horas en el “vicio” o cerca de allí, jugando sólo algunos partidos. Eso sí, junto a Javier, Mario y Alexis, la marihuana era cada vez más frecuente. Y cuando había dinero, aparecían la cerveza o el ron, que me invitaban a confesar el odio hacia mi hogar.
Lo mejor del “vicio” era que por haber aumentado su población de adictos, llegaban incluso mujeres. Algunas lo hacían para jugar Winning y otras para estar cerca de algún chico que les gustaba. No eran de nivel (tanto en el juego como en el físico) pero servían para adornar el ambiente. Alexis era de los que llegaba de vez en cuando con alguna. Y una tarde logró citar a cuatro. Nos unimos a ellas y nos dirigimos a un parque cercano a tomar cervezas y fumar marihuana. Sólo una de las chicas era bonita, pero estaba con Alexis. Nosotros nos conformamos con el resto. La que era quizás la segunda en el ranking me puso la puntería, y de manera inmediata, decidí seguirle el juego. Se llamaba Alexandra. Tenía el cabello negro, la cara bonita y era entretenida, pero algo gordita para mi gusto.
Yo estudiaba en colegio de hombres, y mi contacto con mujeres era mínimo. Casi nulo. No tenía experiencia en el arte del “jileo”, y si no hubiese sido por el alcohol, que me desinhibía, y la marihuana, que volvía idiota a cualquier interlocutor, no hubiese podido siquiera hablar con Alexandra. Con el correr de los minutos y la carcajada, llegué a la conclusión de que si éstas chicas estaban una tarde-noche con cuatro muchachos en el apogeo de su mañosería, y que salían de estar metidos por horas en un cubículo oscuro al que llamaban “vicio”, era por algo. A conversar no habían llegado. Yo fui el primero en lanzarme. Sólo recuerdo mis labios moviéndose torpemente entre los de Alexandra que con los ojos cerrados disimulaba el malestar de estar en contacto con un chico inexperto y que la llenaba de babas con olor a cerveza. Luego noté que el resto de mis amigos hacía lo mismo con su chica de turno. Y nos sentimos bien.
Cuando llegó la hora de cambiar de aires, Alexandra fue la de la iniciativa. “Nos vamos”, le dijo al grupo tomándome de la mano. Y nos alejamos del parque. Alexandra era la primera mujer a la que besaba. Y pese a que físicamente no era de mi agrado, la amé ese momento mientras su lengua me hacía hombre. Ella gozaba de muchísima más experiencia que yo, y terminamos, muy cerca de las doce de la noche, tocando nuestras partes íntimas en las afueras de una quinta escondida.
En una sola noche yo había besado a mi primera mujer, ¡y por poco había tenido sexo con ella! Mis quince años me decían a gritos que quería más. Quedamos en encontrarnos la tarde siguiente, la acompañé a su casa que quedaba muy cerca, y llegué a la mía silbando de contento después de tiempo. Esa noche en mi cama no podía dormir de las ganas que tenía de estar con Alexandra. Ideaba en mi cerebro mil y una estrategias a utilizar la próxima vez que nuestros cuerpos se junten. Tenía aún su olor en los dedos y no dejaba de inhalarlos. Andaba caliente como estufa de verano. Hasta que una sombra se hizo espacio entre mi cuarto. Un cúmulo de piel de pasas se acercaba. Era mi abuela totalmente desnuda, y con la velocidad de sus mejores años, se metió en mi cama.
La calentura se me fue en el acto. Dejé de ser el hombre viril del que me jactaba por haber pasado la noche con Alexandra y volví a ser un niño. Un grito suplicante se apoderó de mi hogar: “¡Mamá!”
*
Aquella anécdota con mi abuela me dejó un trauma muy fuerte. No acudí a la cita con Alexandra. Ahora sus olores los relacionaba con los de mi abuela, y la conclusión era nauseabunda. Una mezcla de flores con naftalina. Nunca más la volví a ver. Asimismo dejé de tener contacto con mujeres un buen tiempo. Mis amigos fueron abandonando el “vicio” paulatinamente. Preferían pasar el tiempo buscando chicas. Y así, entre traumas y controles negros del Play Station 2, me fui quedando solo.
Mi abuela seguía con lo suyo. Mi madre estaba cada vez más desesperada, la volvía loca. Pienso que mi incidente con la abuela significó para ella un trauma peor. La escuchaba llorar muchísimas noches. Confieso que deseé con todas mis fuerzas que mi abuela se muera. Que nos deje en paz.
Los recuerdos que tenía de la persona que más había influenciado en mi niñez se distorsionaban con los hechos de la actualidad. Mi abuela siempre fue una mujer pudorosa. Siempre aconsejándole a mi hermana que había que cuidarse, que no tenía por qué andar con poca ropa. Ahora se paseaba desnuda por mi hogar como si nada. Insultaba a diestra y siniestra, se comía la mantequilla como si se tratase de una fruta, luchaba por escaparse de su cuarto.
Fue así que al año siguiente, y luego de tormentosas anécdotas que prefiero obviar, tratando de huir de su encierro, cayó al suelo. Se rompió la cadera la abuela. Ahora andaba en silla de ruedas. Y como por arte de magia, su luz se apagó. Parece que lo conciente que aún guardaba floreció. Y se dedicó a esperar el fin sin hacernos problemas.
El día de su muerte yo andaba en el “vicio”. Alexis me había retado a un mano a mano que superé con facilidad. Thierry Henry, la gacela, se encargó de desechar en todos los asiduos concurrentes al lugar el rumor que indicaba que yo había perdido habilidad en el Winning. Cuando me enteré de lo de la abuela, me sorprendió mi indiferencia. Permanecí inmutable tanto en el velorio como en su entierro. Mi abuela se había ido de mi vida ya hace mucho tiempo.
Dos días después, los cables de noticias deportivas por la televisión informaban sobre “el traspaso del año”. Thierry Henry, del Arsenal, abandonaba su club de toda la vida para enrolarse al Barcelona de España. Era el fin de la dinastía del Arsenal en el “vicio”. Sin la gacela, no podría ganar nada. Y pasar a usar otro equipo era algo vetado en el código de los “viciosos”. Mi hogar, después de tiempo, era un monumento al silencio, como yo. Entonces apagué el televisor, me senté al borde de mi cama, y lloré, lloré y lloré.

martes, 25 de marzo de 2008

Fobias, miedos y maldiciones en el fútbol (p)

En este texto se relatan algunas anécdotas sobre futbolistas que atravesaron crisis relacionadas a las fobias, los temores o las malas rachas. Un juvenil delantero que no soportó el terrorismo en el Perú, un arquero que le temía a otro arquero, un “fenómeno” que no aguantó la presión, o un número diez que no se pudo desligar de una marca personal.


Las bombas del terror

Al Alianza Lima de 1992 llegaron un par de extranjeros como refuerzos. Dos delanteros. Un uruguayo, Julio Daniel Morales, y un argentino, Alejandro Glaría. Jugaron algunos partidos y la afición coincidió en que pese a su juventud (tenía 19 años), Glaría era el menos malo. Eran tiempos difíciles en el Perú. Atentados, apagones. Noticias tristísimas se apoderaban de nosotros por los medios de comunicación todos los días. Hasta que una bomba fue más allá y se coló en Tarata, una calle miraflorina. Dos días después, ambos jugadores, que vivían muy cerca, estaban de regreso en sus países. De Morales nunca más se supo nada. Glaría fue un muy buen atacante que paseó su fútbol por Chile y México. Cuentan que cuando le tocaba enfrentar a un equipo peruano por la Copa Libertadores, antes del viaje, fingía lesiones.

Fobia a un arquero goleador

El “Mono” Burgos es hoy un aficionado al rock que oculta canas en su larga cabellera mientras ensaya y toca con un grupo de músicos aficionados, que son conocidos por que lo tienen en sus filas. Es que el “Mono” fue futbolista. Fue un cumplidor arquero de selecciones argentinas, del River Plate y de algunos otros equipos de Europa. Una noche jugando para River se enfrentó a su “colega” José Luis Chilavert, del Vélez Sarsfield. Andaba algo distraído cuando el árbitro pitó una falta a favor del Vélez por la media cancha. Nadie imaginó el desenlace de la jugada. Sólo Chilavert, que al ver al Mono pensando en las musarañas o en sus instrumentos musicales, decidió pegarle al arco. Golazo. Una ofensa en el “código” de los guardametas. Meses después era usual escuchar sobre “el gol de Chilavert a Burgos”. Hasta que se volvieron a enfrentar. Esta vez con camisetas distintas. Burgos, con la de Argentina. El “Chila”, con la de Paraguay. Partido por las Eliminatorias en Buenos Aires. Uno a cero para Argentina. Ganaban cómodos los albicelestes. Hasta que el réferi decide cobrar un foul a favor de Paraguay. Esta vez, no tan lejos del arco, pero tampoco cerca. Chilavert, conocido por sus habituales goles de tiro libre, se paró frente al balón. Silencio en el Monumental de Núñez. “Está muy lejos”, dijo Mariano Closs que narraba el partido. “¿Te parece?”, le respondió Fernando Niembro, mítico periodista, que hacía los comentarios. Más sabe el diablo por viejo, dicen. Disparo mansito de Chilavert (algo raro en él, que le pegaba con un fierro), carambola en el aire, y… gol. Dicen que si otro hubiese sido el arquero, cualquier otro; dicen que si hasta un defensa se ponía en lugar del “Mono” Burgos, la pelota no entraba. (En la foto aparece Chilavert gritando su gol a Argentina, y al fondo, el "Mono" derrotado).

Tirria a la final

La previa al Mundial de Francia 98 tenía a Brasil como el gran candidato. Y a Ronaldo como la figura excluyente. El jugador esperado por todos. El hoy gordito en ese entonces era una máquina asesina de goles y de desparramar rivales con sus fintas y gambetas contenidas únicamente por su dentista. Ronaldo tuvo un buen Mundial. Hizo goles importantes. Y llevó a su selección a la final. Contra Francia, el país anfitrión. Horas antes del partido, sabedor de que su figura en buen estado era la absoluta expectativa de todos los espectadores del planeta, Ronaldo no aguantó. Dicen que los nervios le jugaron una mala pasada. Lo cierto es que convulsionó en la concentración de los “brasucas”, y que el parte médico creyó conveniente su ausencia en el partido. Presión de los medios, de la empresa que lo auspiciaba o sabe Dios qué, pero Ronaldo se paró en la cancha con el resto de jugadores del “Scratch” a disputar la final. Brasil no dio pie con bola ese partido, y Ronaldo pasó desapercibido. Francia ganó 3 a 0, resultado abultadísimo para una final en esos tiempos. Ronaldo pasó al olvido unos meses y el mundo entero aplaudió la aparición del verdadero héroe que tenía reservado el Dios Fútbol para ese Mundial. Un tal Zinedine Zidane.

La condena de ser segundo (cuatro veces)

Antes de pasar al poderoso Chelsea inglés y de posicionarse en la memoria futbolera de su Alemania natal como un icono de ese deporte, Michael Ballack era un polifuncional volante que defendía los colores del Bayern Leverkusen, equipo de mediano calibre en el país teutón. Sudaba la número 13 con más vehemencia que hoy (que es mucho), y se las ingenió para llevar a su equipo, que contaba también con el brasileño Lucio, en el año 2002 a protagonizar los tres torneos que jugaron. La Liga Alemana, la Copa de ese país, y la famosa Champions League. En la Liga, se quedaron a un punto del Borussia Dortmund; en la Copa les ganó el Schalke 04; y en la Champions, perdieron la final contra el Real Madrid (en la foto se observa el maravilloso gol de Zidane con el que ganaron los merengues y a Ballack observando). Sólo en el 2002 Ballack había perdido tres finales. Pero el destino le tenía reservado algo más. Con su selección, en el Mundial de ese año en Japón y Corea, Ballack anotó el gol que le sirvió a Alemania para clasificar a la final. Pero faltando minutos para que se extinga el partido, el árbitro lo amonestó con una tarjeta amarilla que lo descalificaba de jugar el siguiente encuentro. Lo que sigue es historia conocida. Brasil le ganó aquella final a Alemania, y Ballack tuvo que aceptar la medalla de subcampeón sin siquiera haber sudado. Cuatro veces ser segundo en el mismo año era ya mucho. Ballack abandonó Leverkusen y pasó a formar parte del poderoso Bayern Munich para después, sobre todo en Alemania, ganarlo todo. Ah, su compañero Lucio, que al menos se dio el gusto de gritar una vez campeón ese año jugando para Brasil, se fue con él.

El Capitán frío no podía en el aire

Para los que aprendimos a amar el fútbol en la preciosa década del noventa, Dennis Bergkamp es un personaje archiconocido. Figura excluyente de la selección de Holanda, el “Capitán Frío” (esa fue una de sus “chapas” por la frialdad con la que definía ante los arqueros rivales) paseó su fútbol por distintos equipos hasta que caló en el poderoso Arsenal inglés. Ahí recuperó el protagonismo que venía perdiendo por que se le acusaba de ser un jugador triste, deprimido, angustiado. La razón a ello la halló durante el Mundial de EE.UU. 94, cuando tuvo que cruzar el atlántico con su selección. Una gran turbulencia. Muchos nervios. Conclusión: “nunca más viajo en avión”. En el Arsenal le permitieron esa cláusula al momento de firmar su contrato tras pasar algo desapercibido en el Inter de Milán, y el resultado fue la aparición de otro jugador, aún con la frialdad como marca registrada, pero más contento. Bergkamp en Inglaterra tenía la posibilidad de moverse por tierra. No había que volar. Hasta en los partidos por Champions League, o cuando tenía que defender a su país en las competiciones europeas, Dennis se despedía antes de sus compañeros, y si por ejemplo, jugaban en Italia, él llegaba tras un largo viaje de veinte horas, cuando el resto lo hacía en dos. Por esa fobia Bergkamp se perdió la oportunidad de pasar al Barcelona de España, en la época en la que lo dirigía su compatriota Johan Cruyff. Quizás por eso fue que no trascendió a la altura de su grandeza. El Barza le hubiera propiciado al gran “Capitán Frío” esa fama mundial que le obsequia ese club a todos sus cracks. Y hoy, ya fuera de las canchas, en lugar de que su recuerdo se vaya diluyendo, tal vez lo conocerían hasta los que no vivieron esa década futbolística del noventa tan maravillosa.

Los chanchos no vuelan

En el año 1995 llegó a Universitario un arquero paraguayo que asombró, más que por sus atajadas o buenos reflejos, por su contextura física. Se llamaba Celso Guerrero, pero no pasó un minuto en Lima sin que su nuevo sobrenombre aparezca: “Cerdo” Guerrero. La guata que poseía, que amenazaba con reventar el uniforme, no era impedimento para algunas buenas intervenciones en los partidos. Hasta que le llegó la hecatombe. En un clásico de la primera ronda del torneo de aquel año, en el estadio de Matute, Alianza Lima aniquiló a su eterno rival por seis goles a tres. El gol que empezó con el festival del ridículo para el mencionado guardameta paraguayo lo anotó el brasilero Marquinho. A partir de ahí, todas las fotos al día siguiente dibujaron la anatomía de Guerrero derrotada. Casi, panza al aire. El gordo pasó a ser suplente. Tiempo después, a puro tesón y pequeñas dietas, Celso recuperó el titularato en la “U”. Hasta que llegó la hora del clásico de revancha. Octubre de 1995. Partido ajustado. Celso Guerrero rendía una buena actuación. Hasta que otra falta puso a Marquinho una vez más al frente de la valla crema. Lo que sigue es fácil de adivinar. Marquinho, que durante su paso por el país les debe haber marcado goles de tiro libre a todos los arqueros que desfilaron en el fútbol peruano, la clavó en un ángulo. Golazo y triunfo aliancista por uno a cero. Celso Guerrero se despidió luego con mucho más pena que gloria del Perú. Tal vez abandonó el fútbol porque de él no se supo nada más. Es muy posible que hasta hoy tenga pesadillas. Los diarios deportivos con su panza de chef criollo. La tribuna de Alianza festejándole en el rostro. Marquinho parado frente a la pelota. Tiro libre. En fin, ese chancho tampoco podía volar.

El Rey y la Reyna

¿A qué le temía el “Diez”? En realidad, a nada. En la cancha al menos, Diego Armando Maradona fue un guerrero, un soldado indomable. Valiente como él solo, capaz de aguantar cuanta patada era necesaria. Hasta se pudo “bancar” al criminal de Andoni Goicoetxea, que jugando para el Athletic de Bilbao contra el Barcelona que defendía Diego en 1983, le fracturó la pierna con una entrada artera. La lesión más fuerte que sufrió el “Diez” a lo largo de su carrera. La siguiente vez que se enfrentaron, Diego fue sin miedo, y Goicoetxea lo volvió a patear.
Pero si existe alguien al que Diego le tuvo fobia fue a Lucho Reyna, el peruano que lo sacó del partido con una marca personal que rozaba lo ridículo o el anti-fútbol. Perú y Argentina se enfrentaron por las Eliminatorias al Mundial de México 86 en Lima, y el técnico peruano, Roberto Challe, le ordenó a Reyna una marca personal impresionante sobre Maradona. ¡Un poco más y lo sigue hasta los vestuarios en el entretiempo! Cuenta el Diego que cuando estuvo internado en Cuba le llegó un simbólico regalo de varios futbolistas peruanos, y entre las muchas firmas que lo adornaban, encontró la de Reyna. “¡Hasta Cuba me siguió el hijo de p…!”, dijo Diego con poco humor.

miércoles, 12 de marzo de 2008

De profesión, goleador (P)

A todos los delanteros del mundo


Estoy seguro de que haciendo pataditas, cualquier persona que practique el fútbol de manera amateur con cierta frecuencia es más hábil que Martín Palermo. Con la pelota en los pies, el “Loco” debe ser de lo más flojito en la larga vida del fútbol argentino. Su casi metro noventa de estatura y su envergadura hacen poco posible imaginarlo dribleando y dejando rivales en el camino, o tirando un caño (como le dicen los argentinos a la “huachita”). Pese a ello, Martín Palermo ha entrado a la historia del fútbol gaucho al superar el récord que tenía Francisco Varallo como el máximo anotador en la historia del Boca Juniors, acaso el equipo más importante de la Argentina.


El fútbol se gana con goles, y la labor del delantero tiene relación directa con ello. Si un equipo termina un partido sin anotar un gol es probable que sus defensas o sus mediocampistas sean señalados como figuras. Pero un delantero jamás. Si este no anota su presencia en la cancha no sirvió de nada. El delantero es el ejecutor final del trabajo que realiza todo el equipo, y por eso es imprescindible que cuente con la confianza de todos. Al delantero se le perdona su improductividad y su distanciamiento del juego siempre y cuando aparezca en el momento exacto, ahí, para empujarla, para clavarla en la red. Y Martín Palermo lo sabe muy bien. Por eso se frustra cuando acaba un partido sin su nombre en las estadísticas del gol. Por eso sus compañeros, todos artistas del balón, le aguantan sus torpezas y le siguen tirando centros. Y por eso es ídolo indiscutible para la exigente hinchada del Boca Juniors.


Son 181 los goles del “Loco” vestido de xeneise. Y su presencia en el club coincide con un período de apogeo, de triunfos, de títulos. Palermo es el delantero estándar en un Boca Juniors que desde 1998 ganó cerca de 17 títulos (entre locales e internacionales), y tiene la virtud de haber sido elegido como titular, y tildado de imprescindible, por todos los técnicos que pasaron por la institución. Desde que asumió Carlos Bianchi el equipo, Boca fue una máquina de ganar campeonatos. Con el “Virrey”, Palermo ganó tres torneos argentinos, la Copa Libertadores del 2000 y la del 2001, y la Intercontinental del 2000 contra el Real Madrid, anotando los dos goles de aquel recordado partido. Luego emigró a España para regresar el 2004 bajo la batuta del Chino Benítez, con quien obtuvo la Copa Sudamericana de ese año. Continuó en el club de titular con la llegada del “Coco” Alfio Basile, y formó parte de ese maravilloso equipo que entre el 2005 y el 2006 consiguió ganar los cinco campeonatos que disputó (la Copa Sudamericana del 2005, la Recopa de ese año y la del 2006, y dos títulos locales, Apertura 2005 y Clausura 2006). Luego de la partida del “Coco” llegó Miguel Ángel Russo con un mensaje claro: Palermo es titular indiscutible. El resultado: campeones de la Copa Libertadores del 2007.


Fuera del área Martín Palermo es simplemente un larguirucho hombre enfundado en ropajes azul y oro que conmueve por su entrega y genera burlas por sus poco ortodoxos movimientos. Pero el área es su habitad. Y ahí es mortal. Pocos delanteros en el mundo tienen su eficacia. Y se las arregla para anotar goles de toda factura. Palermo tiene incontables goles con la cabeza (su mejor arma), con la zurda (su pierna más hábil) y también con la derecha. De penal (aunque tiene un récord negativo en ese rubro, ya que falló tres en un mismo partido jugando para la selección argentina), con el taco, de tijera, de sombrero, de chalaca. Hasta uno de media cancha. Martín, además, aparece en los momentos importantes, cuando las papas queman. Y tiene muchísimos goles en clásicos contra River, y en partidos que Boca viene perdiendo, anota el empate faltando segundos para el final.


Pese a que la mayoría de su carrera la ha realizado en Boca, Palermo no olvida el club que lo vio nacer, y del cual es hincha acérrimo: el Estudiantes de la Plata. Sólo los goles que le anotó a su ex equipo no fueron celebrados. Si Palermo le hace un gol a Estudiantes reacciona como si acabaran de entregarle su ropa de entrenamiento. Ni se inmuta. No se atreve ni a abrir la boca pese a que se juegue una final. Después, el “Loco” es conocido por sus festejos extravagantes. Alguna vez se estrelló contra un cartel de publicidad, en otra oportunidad se bajó los pantalones y en un partido, jugando en España, festejó trepándose a una tribuna y esta le cayó encima ocasionándole una lesión que lo alejó seis meses de las canchas.


Por todo esto, Martín Palermo será inolvidable. Un loco lindo, de los que engrandecen el deporte. De los que alegran corazones y arrancan aplausos sinceros. ¿Por qué no triunfó en Europa? Sencillamente porque no le tuvieron paciencia. Acostumbrados a pagar millones por atacantes estilo Ronaldo, Henry o Drogba, Palermo resultaba un chancay. Pero afirmo, sin temor a equivocarme, que hay muy pocos delanteros con la eficacia de Martín. Goleador, además, del mejor equipo del mundo en los últimos diez años. Un hombre que desde su debut hasta hoy, que maquilla sus últimos partidos, siempre fue goleador. Hay un dato curioso en ese rubro. Fue máximo anotador del campeonato Apertura argentino en 1998 con 25 años de edad, y en el Clausura del 2007, con 34 años, repitió el plato.


Palermo no es un gran futbolista. Técnicamente no le llega ni a los tobillos a un atacante de cualquier equipo de mediano calibre en Europa. Pero las estadísticas lo protegen, y cuando el tiempo pase y el “Loco” decida colgar los botines, se seguirá hablando de él. Como lo hacían de Varallo, delantero eficaz de la década del treinta que hasta hace unos días, casi setenta años después de su retiro, tenía un récord. Un récord que hoy descansa en la figura de Martín Palermo. Cuando algún día aparezca otro mortal atacante en el Boca Juniors, los programas televisivos lo compararán inevitablemente con él. Y su figura anotando goles de toda factura y festejándolos como un verdadero loco despertará la nostalgia de todos los que tuvimos la suerte de seguir su asombrosa carrera. Un hombre que no es un futbolista. Un hombre que es de profesión goleador. Simplemente eso.