martes, 14 de julio de 2009

Ninguna como la mía (Y)

A mis primos Guille y Javicho, con el alma y el consuelo que no les puedo dar.
En uno de los recuerdos más añejos de mi infancia aparece Cecilia. Estoy en San Bartolo y es de noche. Mis padres se preparan para la juerga sabatina y a mí me va a costar dormir. Entonces asoma una mujer de ojos imponentes que me quiere leer un cuento, y me la presentan como mi tía. Debe haber sido su belleza, pues eran sus años mozos y a todos nos consta que Cecilia fue una mujer hermosa, pero hasta el día de hoy recuerdo esa escena. Ella leyéndome con cariño de tía. Ella sorprendida por mi habilidad al seguirle la trama con vocación de maestra. Quién diría que tiempo después se convertiría en una mujer fundamental para mi vida. Y construiríamos una relación que no tiene nombre, que sobrepasa los adjetivos.

Cecilia fue mi profesora desde sexto grado hasta quinto de media, y escenificó magistralmente lo que significó (y lo que significa) Los Reyes Rojos para mí: autoridad, amistad, amor maternal, orgullo mutuo. Yo entré al colegio en segundo grado de primaria. Debo poseer un récord, pues jamás cursé el primero. Me adelantaron cuando notaron luego de una serie de exámenes que yo había aprendido en mi nido todo lo que enseñarían en el primer año de la primaria. Entonces recuerdo haber sido alguna vez el nuevo del salón, y todo nuevo atraviesa por el ritual de presentarse en una ceremonia repleta para decir, entre otras cosas, de qué colegio proviene. Yo no llegaba de ningún colegio, y me daba una vergüenza extrema contar que venía, a segundo grado, de un lugar llamado “Mi pequeño mundo”. Sentía esas temibles cosquillas en el estómago que no me abandonan hasta hoy cuando estoy en aprietos. Quería desaparecer. Cuando llegó mi turno y me hicieron la pregunta de rigor ya me estaba cagando en los pantalones. Mi primera opción era quedarme callado, pero erróneamente elegí la segunda. “¿De qué colegio vienes?”, me dijeron. “No me acuerdo”, respondí.

Antes de que las carcajadas se apoderen del lugar, apareció Cecilia. “Él no viene de otro colegio, viene de frente de un nido”. Desde ese momento entendí que en Los Reyes Rojos jamás estaría solo. Desde ese momento Cecilia se robó mi corazón.

Después llegaron años hermosos. Cecilia fue para mi promoción una profesora espectacular. No hay quién no la haya querido. Nos amó y la amamos. Nos vio crecer. Superar las pruebas de sexto, descubrirnos en la secundaria. Tuvo que soportar nuestra adolescencia y nuestros cambios hormonales y físicos. Nos dijo adiós entre lágrimas cuando nos tocó partir. Y supo siempre cómo tratarme. Notó mi tendencia al perfil bajo y jamás me exigió salir de allí. Cuando había que levantarme el ego, me engreía con abrazos o exageradas felicitaciones que me enrojecían el rostro. Cuando había que encarrilar mi desidia, ponía cara de mala, y con voz autoritaria, me obligaba a estudiar un poco más. Cuando había que desahuevarme se las ingeniaba para obligarme a cantar en una mítica clausura. Y cuando había que plasmar la furia o la reprimenda severa, no podía. A Cecilia como a mi madre, le gané esa batalla clave, cuando el amor te incita a callar, a pasar por alto ciertas cosas.

Con ella tengo infinitos recuerdos. Su festejo como si fuera un gol (o en su caso, un punto que valdría un set) en cada uno de mis triunfos. Cuando pasé las pruebas de sexto o cuando me paré frente al mismo público de mi debut en Los Reyes, pero nueve años después, a cantar los coros de “La llave”. Cuando en primero de media se enteró que me gustaba una chica de quinto y no cesó de molestarme hasta lograr que aquella rubia espectacular se diera cuenta de mi existencia, alegrando mis mañanas. Cuando tiempo después, en cuarto de media, nos encontramos con la misma rubia en un campamento en Cerro Azul, y le noté a Cecilia el pícaro gesto que la caracterizó al momento de la chacota, y al descubrir mi rostro adusto a lo lejos, entendió que esta vez debía callar. Cuando a la hora del vals en el quinceañero de mi hermana me sacó a la fuerza de mi escondite, y gracias a ella hoy tengo esa foto que por mi timidez no debió existir. Cuando me dijo en tercero de media que estaba orgullosa de mí, y me susurró al oído: “ahora sólo te falta una hembrita”.

Qué paradoja Cecilia, las hembritas no desfilarían muy a menudo por mí desde aquel otoño del 96. Me bastaron poquísimas. Por eso hoy escribo sin pudor que entre las tres o cuatro mujeres más importantes de mi vida estás tú. Por eso te voy a recordar para siempre. Por eso hasta hoy, casi tres semanas después de tu partida, sueño contigo todas las noches. Por eso cada vez que hablo de ti me emociono. Por eso recién le gano la batalla a mi cobardía, y a mi manera, como lo hice con Constantino, me despido tecleando agradecimiento. Por eso, como diría Vicentico, “juro que la cara voy a dar cada vez que alguien te nombre, aquí o allá”.

Cecilia ya no está más entre nosotros. Parece increíble, pero no la veré ya en las clausuras del cole, o en el malecón de San Bartolo. Parece mentira que no tendré su saludo. Su sonrisa partida, su criollismo, su porte de diva linda. Su enigmática mirada y sus manifestaciones de afecto tan particulares y especiales, que para mí siempre valieron por dos. Me deja como legado una escolaridad entrañable, el recuerdo de su imagen impactante ya sea leyéndome un cuento o gastándome una broma. Y sobre todo, me deja a dos primos extraordinarios, en los que la veré reflejada siempre, siempre, siempre.

Los Reyes Rojos estamos de luto. Se fue la reina. Sólo nos queda el orgullo de haberla conocido, de haber plasmado en nuestra educación tanto amor y compromiso. Una maestra de verdad. Los Reyes Rojos sabemos que todos tienen a su profesora favorita, pero ninguna como la nuestra. Ninguna como la mía.

jueves, 18 de junio de 2009

Ensalada de Camote (Y)

A mi tío Augusto Bartolomé Rómulo, para que nunca deje la sana costumbre de leerme.
Parte de crecer es dejar ir. Desde una perspectiva práctica, la vida es una acumulación de despedidas. Cerramos una etapa para empezar otra, y en el proceso, es inevitable el adiós. Es que nuestra existencia no se basa sólo en los ciclos establecidos. Vivir no es simplemente nacer, estudiar, trabajar y morir. Hay mucho más. La primera frustración, el primer triunfo. El descubrimiento de las aficiones. La primera resignación. El primer enamoramiento (generalmente no correspondido), el primer corazón que nos toca destrozar. Todo ello significa un camino de puertas abiertas y también cerradas. Una etapa fundamental en la vida es, después de soltar el cordón umbilical, elegir a tu primera persona favorita. Generalmente ocurre cuando empezamos a hablar, a socializar, y nos enfrentamos por primera vez al mundo. En ese ínterin inconcientemente nos damos cuenta de que solos no la vamos a hacer. Que necesitamos compañía. Mi primera persona favorita fue mi primo Gonzalo. Lo elegí (me gusta contar que nos elegimos) a muy temprana edad, e iniciamos un ciclo juntos que parecía indestructible.

Mi primo Gonzalo llegó al mundo seis meses antes que yo, y ha estado cerca de mí durante mis 27 años de vida. Hace unos días partió hacia Barcelona (espacio empecinado en llevarse mis afectos y en pintar su cielo de colores cada vez más inalcanzables). Ahí permanecerá un año entero como mínimo. Hará una maestría, observará paisajes hermosos que moldearán sus sentidos de cineasta, se encontrará con él mismo. Estoy feliz por él. Creo que lo necesita, que se lo merece. Y tiene todas las de ganar. Pero recién mientras se acercaba el día de su partida caí en lo mucho que se le extrañará. Y me di con la sentencia de que si bien ahora físicamente nos separa un océano interminable, desde hace mucho nuestra unión se tornó lejana incluso viviendo a tres minutos de distancia. Que en algún momento imperceptible mi primo y yo nos dijimos adiós. Y resignamos nuestra unión a esporádicos (pero siempre mágicos) momentos.

Tal vez fue la universidad, o su alejamiento de San Bartolo. O quizás nuestra personalidad afectiva, que encontró en el amor de una mujer a lo primordial de nuestra vida. No lo sé. Ello no quitará jamás el vínculo que aún nos une, esa complicidad añeja que significa la infancia. Gonzalo y yo hasta acudimos al mismo colegio. Fuimos compañeros de promoción. Desde nuestro nacimiento hasta el inicio de la adultez atravesamos por los mismos problemas y las mismas alegrías. Nos hicimos hombres a la par. Con él me metí mi primera borrachera. Estuvimos juntos la primera vez que llegó un cigarrillo de marihuana a nuestras manos. Y en dupla, cuando éramos pequeños, ingresamos al mundo de la “delincuencia”. Tendríamos seis y cinco años, y nos fuimos al mercado de San Bartolo como cada tarde. Cada uno tomó a escondidas un adefesiero muñeco que no valdría ni un sol. La travesura estaba lista. Pero fue tanto el sentimiento de culpa que terminamos aventando los muñecos al techo. No queríamos ser descubiertos ni podíamos cargar con un robo semejante en nuestras pequeñas conciencias. Claro, devolverlos ni hablar.

Para Gonzalo la vida no ha sido fácil. Desde pequeño le tocó luchar, por ello es un guerrero por naturaleza. Yo fui su aliado en las primeras batallas mientras él se convertía en mi escudo en mi guerra interna por enfrentar el mundo. Cuando llegaba la calma sólo quedábamos los dos, y había espacio para inventar nuestro propio universo. Allí donde para emular una piscina llenábamos de agua su garaje, y nos deslizábamos como si estuviésemos en el Regatas. Gonzalo entendía que yo no sabía nadar, y antes de verme arrinconado mientras los demás chapoteaban, nadaba conmigo en un espacio donde jamás me ahogaría. La solidaridad es algo innato en él. Esa bendita capacidad de ponerse en el lugar del otro. Por eso cada vez que me quedaba a dormir a su casa me daba su cama. Por eso cuando yo rompía un vidrio y se avecinaba una reprimenda, él se echaba la culpa.

Mi niñez tiene mucho en común con mi primo. También con su familia, que prácticamente me adoptó como uno más. Crecí con los valores de ese hogar, con las reglas, con el mágico olor de su closet en el segundo piso y de su despensa. Recuerdo que cuando éramos mocosos veíamos las fotos de mis tíos en un viaje por Disney, y jurábamos que algún día iríamos. Había un individual en el que tomábamos lonche con una especie de mapa del parque de diversiones, y ya sabíamos exactamente por dónde teníamos que ir. A qué juegos subirnos y qué muñecos saludar. Con el tiempo aquel viaje se hizo realidad, allá por el verano del 94, cuando me invitaron a Miami. Y fue una experiencia extraordinaria.

De Miami nos trajimos básicamente las mismas cosas. Ambos poseíamos un reloj que se diferenciaba únicamente en el color. Íbamos a pasar a secundaria, y en nuestro colegio por ese entonces no se les permitía usar reloj a los de primaria, y queríamos ser grandes pues. Pero patinamos en otro objeto. Cada uno se compró un par de zapatillas con luces que se encendían al caminar. Las usábamos para acontecimientos especiales. La ocasión lo ameritó el día que la gente de mi promoción organizó una fiesta, y fuimos con nuestra mejor ropa. Al llegar fue tanta la burla de nuestros compañeros por las benditas luces que no pudimos disfrutar del tonazo. Quedamos como “chibolos”, y nos dolió en el alma. Cuando regresamos a su casa, lo primero que hicimos fue tomar un cuchillo y con esas mañas que sacaba Gonzalo de la galera, acabamos con las luces (y con nuestra niñez) para siempre.

Parte de crecer es dejar ir. Despedirse. Con los años Gonzalo y yo trasladamos nuestros encuentros sobre todo al fútbol. Las quedadas a dormir en su casa o los paseos a la fábrica de su familia pasaron a la historia. También nuestras confesiones sobre las chicas que nos traían locos y nuestras ganas de conquistar Disney. Cada martes nos veíamos únicamente para jugar a la pelota, y allí, cortísimos minutos antes del pitazo inicial, nos dábamos abasto para conversar, para ponernos un poquito al día. Muchas veces quedábamos para tomarnos unas cervezas el fin de semana, pero casi nunca cumplimos. Así es la vida. Incluso, como hasta en el fútbol fuimos un complemento perfecto (él la garra, el sacrificio y la mentalidad ganadora; yo los goles) siempre anduvimos por equipos distintos. Hoy pienso que nuestro distanciamiento se debe a que juntos éramos hermosos e invencibles, y la vida es un invento tremendamente aguafiestas.

Ayer ha sido el primer martes sin Camote (con esa chapa me dirigía hacia Gonzalo. Creo que jamás lo llamé por su nombre, siempre había un apelativo cariñoso. Golga de niños, Gonza alguna vez). Y he sentido su ausencia. Él conocía de memoria mis movimientos y habitualmente me anulaba. Ayer me despaché con diez goles para demostrar que como él no habrá ninguno. A veces la vida se parece tanto al fútbol. Ya habrá tiempo para reencontrarnos. Él sabe que es una persona fundamental para mí, que lo quiero cerca de mis hijos, pues posee valores que alguna vez me contagió y que contribuyeron a forjar mi corazón y mi personalidad. Quiero creer que el proceso ha sido recíproco, y cuando estrene la película de sus sueños, en algún rincón escondido aparecerá un pedazo de nuestra niñez, cuando le hacíamos la guerra a un mundo complicado, pero si estábamos juntos todo era más fácil. Ya le abriremos la puerta a otra etapa, siempre con el recuerdo de años maravillosos, y habrá espacio para que cuando el mundo nos descubra conversando, se deleite esta vez con un par de viejos hermosos e invencibles.

jueves, 28 de mayo de 2009

Barça y Lionel para siempre (Y)

Bueno, es mi cumpleaños, espero no se vea mal que me autodedique el texto. El regalo me lo dio Messi ayer.


Yo empecé a sentir fascinación por el fútbol a los once años. Eran épocas de Descentralizado recién televisado. Con el cable y la globalización alejados de los hogares del Perú, no había mejor espectáculo que nuestro siempre mezquino balompié. Eran tiempos de clásicos con llenos de bandera, de potrillos indomables que quedaron en promesas, de aguerridos y experimentados enemigos, de celestes con pie finísimo. Eran tiempos de Copa América, de moderna camiseta de la selección, de ídolos locales que en mi imberbe opinión, podían hacerle frente a cualquier extranjero. Han pasado 16 años. Y el mundo ha cambiado. En ese vaivén mi ligazón al fútbol ha aumentado, ha obtenido autonomía y voz propia. Y aunque siempre están presentes (y estarán), generando mi más incivilizada pasión, los ídolos locales han pasado a un merecidísimo segundo plano, dejando su lugar a los futbolistas de los mejores equipos del mundo.


Así he disfrutado de equipos como el Ajax de 1995, el de Van Gaal, el de precoses Van Der Sar, Davids, Kluivert, Litmanen, Kanú, etc. El Manchester United de 1999, que dirigido por el eterno Ferguson, hizo una sinfonía con un fútbol que juntaba la verticalidad inglesa y la fantasía negra, con un Roy Keane impresionante, la mejor versión de Beckham, la más veloz versión de Giggs y la potencia y habilidad de sus atacantes Dwight Yorke y Andy Cole. El Boca de Carlos Bianchi, el primero, con un Riquelme exquisito, un Guillermo intratable y un Palermo joven (si el de ahora “moja”, hay que imaginárselo nueve años atrás). O el Madrid pre-galáctico, arrollador con un tractor (Roberto Carlos), un príncipe (Fernando Redondo) y un ángel (Raúl).

También, lógicamente, me han conquistado las individualidades. Ya tenía cierta madurez futbolística cuando apareció Ronaldo, y veía en canal peruano (no sé si el 4 o el 9) los partidos de la Liga de España, y lo que hacía el entonces flaco, pelado y dientón brasileño no se lo he visto hacer a nadie. Gocé de Zidane sobre todo cuando se puso la del Madrid. Un mago por donde se lo mire. Técnica exquisita, disparos con ambas piernas, buen cabezazo, excelente en la pelota parada. Goleador. Un monstruo. Rivaldo fue una cosa de locos. Individualista como nadie, letal como los más grandes. Poseedor de la mejor zurda que he visto en disparos con balón en movimiento. Y ganador frecuente. Ronaldinho fue un albor de algo que parecía apoteósico, y aunque sufrí en silencio su caída, en el trayecto me regaló un par de años maravillosos. Pura fantasía. Tengo una debilidad por Riquelme, y aunque en un nivel inferior como el sudamericano, lo he visto hacer cosas imposibles. Nadie como él (sólo Zidane) manejó los tiempos y los espacios del campo, por eso lo incluyo cerrando esta lista top five (que va en orden de gustos) de los jugadores que más han encandilado mi pasión futbolera.

Pero pese a que estos cinco jugadores reinaron el planeta fútbol en su época, siempre había una sombra atrás, un estigma, una barrera. Nadie podía superar a Maradona, el último monarca oleado y sacramentado. Han pasado 16 años desde que me enamoré de la pelota, y si tuviera enfrente a un niño de once años en mi antigua condición, le diría que en esa búsqueda por encontrar al “jugador de nuestra generación”, estamos empatados. Si ha visto jugar a Lionel Messi casi no interesan los demás. El niño de once años puede decir que ha obviado un camino largo, que contó con cuatro Mundiales y muchísimos cracks. Hemos encontrado, él y yo, al jugador con el que deleitaremos en tertulias de domingo a nuestros nietos. Es un petizo que si se empina llega al metro setenta, y usa la 10 del Barcelona como si hubiese nacido con ella.

El de ayer será un partido que marcará la consagración de Lionel Messi. Si es verdad que los cracks deben sustentar con títulos su condición de inmortales, Lío ya conquistó al jurado. ¡Y lo ha hecho a los 21 años! Sólo queda rezar para que no aparezca un mal nacido que lo lesione de gravedad, que en un futuro, jugadores como Vidic o Scholes se muerdan la lengua antes de manifestar con violencia la frustración de no poder pararlo. Si eso ocurre, el camino estará servido para que el argentino nacido en Rosario pero rebautizado en Catalunya nos siga dando motivos para brindar por su existencia. Messi es más que Maradona con la pelota en los pies, lo ha demostrado. Diego tenía un plus en la pelota parada, y acaso sus tiros libres son lo único que lo mantienen en disputa para los fanáticos neutrales. Para los argentinos, no podía ser de otra manera, el título del 86 pesa más que cualquier joyita de su paisano vestido de azulgrana, pero en el 2010, si todo transcurre en orden, Messi puede cambiar aquello.

Lo que es innegable en Maradona es su triunfo en México 86 rodeado de jugadores de un nivel secundario. Ese equipo moría (literalmente) sin Diego en el campo. Y sacó campeón a Argentina cuando muchos coincidían en afirmar que si se hubiese calzado la casquilla de Corea del Sur, el desenlace hubiese sido el mismo. Para redondear el esplendor que genera Lío Messi cuando está en el campo, juega en el mejor Barcelona de la historia. Y en eso no hay discusión. Este Barça de Pep Guardiola pasará a la posteridad como el mejor equipo de los últimos veinte años, y en cuestiones de grupo, a diferencia de las individualidades, la tecnología está a nuestro favor, como para animarnos a discutir su posición como el mejor de todos los tiempos. No hay videos del Madrid arrollador de Di Stéfano, y las cintas del Brasil de México 70 o la Naranja Mecánica de Cruyff, se parecen a las del Chavo del ocho, un producto entrañable pero cada vez menos creíble.

El año pasado escribí un artículo para el blog denominado “Un hinchaje infiel”, donde señalaba mi predilección por el Barcelona de Frank Rijkaard, que juntó a Ronaldinho, Eto’o, Henry y Messi. Y recibí algunas críticas de diversos entendidos que manifestaban que aquel Barça no jugaba bien. Les hice caso y decidí para esta nueva temporada, ser más observador con el equipo catalán. No me he perdido un solo partido del Barça en esta Champions, y en mi hogar, así esté jugando contra el Basilea, se veía ese canal antes que un duelo entre Liverpool y Chelsea, por ejemplo. Y ha sido el torneo de Messi. Así como Cristiano Ronaldo arrasó en la temporada anterior, Messi fue avanzando a paso firme hasta la “Orejona”, y sin dejar dudas. En los duelos a muerte súbita, de octavos de final a la final, anotó siempre. Salvo en la semi contra el Chelsea, donde sólo hubo un gol (Iniesta). Le hizo goles al Lyon y al Bayern, y redondeó la faena contra el Manchester, mandando el balón a la red de la única manera en la que no lo creíamos capaz: de cabeza ante la dupla de centrales más alta del mundo.

Este Barça de Guardiola, de Messi, es histórico tanto en lo objetivo como en lo emocional. Su obtención del triplete (Liga, Copa del Rey y Champions) es inapelable, y ha brindado para el cuchicheo o la discusión acalorada entre fanáticos, virtudes por doquier, una semblanza para los románticos. Barcelona ha jugado al fútbol más vistoso, aquel que parecía obsoleto en tiempos de físico y velocidad, y hasta cuando se vio superado por el pragmatismo y la excesiva táctica, tuvo la suerte de su lado.

Y es que cuando uno hace las cosas bien, la suerte es apacible. Ayer no despertaba y hasta el minuto nueve Cristiano Ronaldo había hecho daño en tres ocasiones. Hasta el minuto nueve Messi había tocado dos balones, uno para mandar un pase a Puyol que se perdió en el lateral y otro para devolver una pared a Xavi intrascendente. Hasta el minuto nueve sus intérpretes más finos no habían despertado. Pero despertaron, por suerte. Un rechazo fue interceptado por Xavi, quien le cedió la responsabilidad al socio que lo ha hecho el imprescindible jugador que es hoy, Andrés Iniesta. Este buscó a Messi, el complemento perfecto para este trío de bajitos que ha conquistado con fineza y dulzura al mundo entero. Lío se la devolvió y Andrés encaró. Lo demás corrió por cuenta de Samuel Eto’o, el goleador de los partidos importantes, quien definió la final tornando bello un gol de puntín.

Después el Barça controló el partido a su antojo. Poco a poco Ronaldo se fue diluyendo y con él, todo el Manchester. Tomó protagonismo Xavi, quien a los 29 años y justo después de aparecer en diversas listas negras en los diarios con noticias del Barcelona al terminar la temporada pasada, se convirtió en el mejor mediocampista del mundo. Ayer lo demostró con el centro a Messi para el segundo gol, y cada vez que la pelota pasó por sus pies. Iniesta fue el complemento ideal. Con un traslado de balón nunca antes visto. Es en apariencia frágil y poco veloz, pero la lleva atada, no se la pueden robar. Piqué resultó clave en dos jugadas. La primera en el esplendor de Ronaldo, cuando tras un rebote de Valdés, obstruyó el disparo de Park; y la segunda ante Cristiano, cuando el partido ya iba dos a cero. Estos tres españoles fueron a mi gusto las figuras del encuentro. Luego a Eto’o y Messi no se les puede discutir nada, hicieron los goles. Henry anduvo como siempre desde que decidió dejar el papel protagónico para interpretar un rol secundario. Sin la explosión de antaño pero haciendo lo justo, y colocando su mejor cara para los festejos, alejando de sus gestos cualquier índice de arrepentimiento ante su decisión de dejar su reinado en el Arsenal. Puyol hizo también un magnífico partido. Sólo un escalón debajo del tridente español arriba mencionado. Rooney no apareció por su lado, y cuando Cristiano recostó su fútbol por ahí, le impuso la humanidad hasta sacarlo de quicio. Silvinho entendió que era esta su última oportunidad de consagrarse, y aprendió a la perfección el libreto heredado de Belleti, fundamental en la final de la Champions del 2006. Era discutido y poco utilizado por Guardiola, pero ayer demostró que no en vano es un lateral brasileño (la tierra de los laterales) que juega en el Barcelona. Yaya Touré es extraordinario. Una moderna versión de Patrick Vieira cuando juega en el medio, y ayer no se hizo problemas para jugar de central. Salvo un quiebre de Cristiano en el primer tiempo, no pasó mayores apuros. Valdés casi no fue exigido ni bien el Barça controló el partido, pero cumplió. Y ya le susurra a su mayor competencia, Iker Casillas, que también él ha ganado dos veces la Champions. Y el juvenil Busquets no defraudó en un puesto clave en el esquema de Pep Guardiola, el volante tapón. Ordenado y prolijo en sus pases, jugó como experimentado. El Manchester fue Ronaldo y nada más…

Todo Barcelona festeja, todo el planeta fútbol sonríe. Sólo queda agradecer por un año de fantasía. Y esperar que la leyenda de Lionel Messi se siga expandiendo. Tal vez en un futuro próximo la palabra Maradona ya no goce de unanimidad. Por el menester de mi generación (y la del niño de once años que recién empieza), ojalá así sea.

No imagino lo que debe haber sido ver a Maradona en carne viva en sus tiempos benévolos. Muchos afirman que era como estar cerca de un Dios. Tal vez en el futuro ver a Messi signifique lo mismo. Y yo podré estar tranquilo. Hace unos meses, cuando la selección argentina vino al Perú a jugar por las Eliminatorias, entrenaron en el colegio Markham. Un gran amigo mío, fotógrafo, tenía credencial para cubrir la práctica, y no sé bajo qué artimañas logró persuadir a los guardias que custodiaban como si se tratase de la familia de Obama a los albicelestes para que me dejen entrar. Al cabo de unos minutos yo estaba ahí, pasmado. Los veía a todos de lejos, Riquelme, D’Alessandro, Agüero, Mascherano. Estaban jugando una pichanguita en arcos reducidos, y hasta en esa situación, Messi destacaba. Como cuando en un paréntesis de la práctica le metió tres disparos de fuera del área al arquero Carrizo, y en los tres lo mandó a recoger el balón de las redes. Eso era suficiente. Hasta que el Coco Basile los mandó a trotar, y pasaron a paso lento por donde estábamos nosotros. Y pude ver a Messi en persona, a tres metros de distancia. A primera reacción, un chaparro de piernas lampiñas que se jugaba bromas con sus compañeros. Después de ayer, un genio pisando mi mismo césped. Un Dios en vivo y en directo.

lunes, 25 de mayo de 2009

Cincuenta y veintisiete (Y)

"Si se va, puede volver... el día menos pensado".



Ha sido un tiempo porcino. Una enfermedad, idas al hospital, citas con el médico. Ilusiones de trabajos, entrevistas con palmaditas en el hombro, ganas de mandar la burocracia a la rechonchadesumadre. Un viaje revitalizador, nuestra sierra querida y difícil, el frío y la lejanía de la bulla. Un bus interminable y la esperanza de nuevo. En fin, nunca tan acertado tu nombre. Vieja conciencia, a horas de un nuevo almanaque, y aún fuera de juego. El juez de línea es infalible…

Escribir es un termómetro de lo que me ocurre. Y es esta una frase que roza lo paradójico, pues jamás escribo de forma sincera sobre lo que me ocurre. Es un impulso, una especie de terapia si nos ponemos cursis. Pienso (o pensaba) que lo hago cuando ya no doy más, pero no dar más, estar en el hoyo, es un estadio vetado para mi literatura, y siempre hay que sacar la cabeza. Un poquito siquiera. Ahí aparece la inspiración, la musa coqueta. Aquella que ve la luz en épocas y formas de lo más variadas.

Una mujer inalcanzable, un escritor inalcanzable. Una canción. Una película de trama accesible. Cualquier cosa. Un impulso ineludible. Y volver a la hoja en blanco (maldita y bendita hoja en blanco). Y por ahora, volver a ti. No lo cuentas, no reclamas. Pero estática, te adivino deseosa. De brillo y calor. De soledad compartida.

El mundo está cambiando. Amigos con los que ya no me puedo tomar ni un trago, hermanos que me están alcanzando, primos que me hacen y me harán falta, abuelas que se van despidiendo. Padres que me soportan aún. Sueños ajenos y pesimismo. Bolsillos flacos. Y en el camino, tú.

Vendrán peores rachas. También mejores. La vida, al fin y al cabo, es un sendero de espinas y rosas. Lo triste es que no sabemos cuándo nos tocará caer definitivamente. Y no queda mejor consuelo entonces, ante resbalones y sequías, que observar lo bonito que es a veces levantarse. Y en ese proceso, mi proceso, apelar a tu conciencia, que es la mía maquillada.

Nunca me podré alejar de ti.

martes, 7 de abril de 2009

Un amigo gástrico (Y)

A los creadores del Excedrin. Para que encuentren en una futura píldora anti-estomacal, la misma eficiencia que acaba con los dolores de cabeza. Ninguna farmacia me ha bendecido hasta ahora, y la verdad, ya estoy cansado.
Hay seres humanos que escogen parte de su cuerpo para mostrarse al mundo. Hombres que se matan en el gimnasio tratando de tallar un torso fornido que funcione como carta de presentación. Mujeres con piernas de acero, que conocedoras de su encanto, visten minifaldas hasta en invierno. O gente de ojos hechiceros, que no tienen pierde. También hay ejemplos desde la otra perspectiva. Personas que no pueden disimular su protuberante boca, su antiestética nariz, su lamentable discapacidad dibujada en alguna extremidad. Ellos son eso: unas piernas, unos ojos, una nariz. Yo soy mi estómago.

Lo mío no va con el físico. Mis complejos hace rato desaparecieron, sucumbiendo a la cruda realidad. Lo mío es interno. Quisiera poetizar y señalar a mi corazón, pero lo mío es gástrico. Soy mi estómago, y lo seré hasta la muerte.

Mi estómago domina mi mundo. Es el único capaz de dictarme una orden, y sin importar mi ánimo ni mis quehaceres, le hago caso. Tengo una relación dependiente con él, y se las ingenia para aparecer en los momentos más inoportunos. Es imparcial, y sus punzadas no distinguen ni las madrugadas. Es inquebrantable, pues su dolor no lo cura ni el Plidán ni ninguna pastilla de la que tenga conocimiento. Es agridulce, a veces apacible y a veces cruel. En ocasiones parece que le disgusta mi felicidad, y arremete cuando estoy por hurgar en un escenario anhelado. Y hay momentos en que detesta mi tristeza, y cuando toco fondo, asoma con un malestar tan fuerte que hasta mis preocupaciones parecen mansas palomas.

He llegado a pensar que mi cerebro es tan fuerte que muta en mi estómago, y traslada todo lo que soy y seré, a retorcijones, estreñimientos y dolorosas diarreas. Porque si bien es cierto, mi venganza hacia este embustero órgano se traduce en un nefasto régimen alimenticio, hay ocasiones en las que sin haber ingerido nada dañino me deja estático con un dolor a la altura de mis escondidos abdominales. Eso ocurre generalmente cuando ando preocupado, nervioso o acongojado. No es casualidad que antes de una exposición universitaria, un examen oral o una entrevista de trabajo, mi humanidad vaya a parar al baño más cercano. No es casualidad que hoy que ando sin dinero, con un entorno que se cae a pedazos por la incertidumbre, el crujir gástrico me haga presagiar malos momentos. No es casualidad que ante la muerte de mi último ser querido haya desembarcado cual enfermo terminal en la clínica por un dolor en la puta panza que duró más de catorce horas.

No sé si mi tormentosa relación con mi estómago sea parte de un maleficio genético. La última vez que caí en el hospital me dijeron que a aquel malestar se le denominada “obstrucción intestinal”, y mi madre me comentó que recordaba a mi abuelo sufriendo de eso. Mi padre se ha caracterizado siempre por “pedorro”, y sus visitas al water han dejado en mi memoria un profundísimo olor desagradable, muy por encima del promedio. En lo que a mí respecta, a decir verdad, son pocas las oportunidades en las que dejo un bañó inhabitable, pero si en algo mi estómago incluye al resto, es en los gases. No hay persona que se jacte de conocerme a profundidad sin que me recuerde o apesadumbrado por un dolor estomacal, o lanzándome un pedo que de purito evidente, me obligue a plasmar mi firma antes de que empiecen las burlas.

Mi estómago es sobre todo, un aguafiestas profesional, porque me priva de uno de los máximos placeres de la vida, que es comer rico. En mi caso, comer rico significa ingerir alimentos grasosos o condimentados al extremo. Es cierto que he descubierto la magia de la comida japonesa, pero no siempre se tiene el presupuesto para engullirme veinte makis, la dosis que roza mi satisfacción. Por el contrario, siempre hay espacio en la billetera para, al vuelo, comer en Mc Donalds. Si quiero gastar un poco más, una Bembos es infaltable. Deben ser los años y más que nada, la malicia de mi estómago, pero hoy en día cada vez que me suministro una de estas comidas denominadas “rápidas” (intuyo que deben el nombre a la voracidad con la que se comen mas no a la velocidad de su preparación) termino herido.

Soy adicto a las comidas grasosas. Asumo fungiendo de psicólogo que con ellas lleno un vacío. Tal vez soy adicto también al sufrimiento. Por eso mi estómago ríe en su trono, allí en la mitad de mi anatomía, donde los demás órganos trabajan como uno de esos empleados que siempre cobran puntual pero que el sueldo no les alcanza ni para el mínimo lujo. Por eso tal vez no hago mucho para contrarrestar mis pesares, y espero que el tiempo cure las heridas mientras me regala una que otra efímera alegría. Por eso recaigo cada vez que me juro a mí mismo una dieta balanceada.

El último sábado venía de una semana negativa, y andaba deseoso de atiborrarme de alcohol en cualquier antro de la capital. No hubo quórum y terminé en casa de mi novia viendo una película. Cerca de las doce de la noche, cuando ella andaba sumergida en el sueño más profundo, y yo hacía zapping con los ojos más que abiertos, meditando sobre el futuro inmediato y consolándome con el clásico “ya vendrán tiempos mejores”, sentí los primeros pasos de mi estómago. Conocedor de mis más íntimos sentimientos, intuía mi pesar, así que no dudó en desembarcar sus primeras naves para derrotarme. Juro que ni tenía hambre ni andaba adolorido, así que era sencillo hacerle caso omiso para despertar con la conciencia tranquila el domingo. No pude. El desenlace fue una llamada al KFC, y en veinte minutos tenía conmigo esa oda a la chatarra que son los hot wings, acompañados de papas fritas y de una Pepsi de medio litro. Antes de comer, sin embargo, recé. Juro que recé. No agradecí el pan de cada día. Imploré por la diarrea del día siguiente. Y por qué no, por mi pedazo de cielo para cuando este maldito infeliz gástrico me gane la batalla.

Yo no me moriré de cáncer al estómago (o al colon que es lo mismo para mí). Lo haré antes, cuando la mala noticia no haya sido procesada por mis afectos. Tomaré un frasco entero de somníferos y no despertaré jamás. Como espero que eso no llegue pronto, calculo que los malestares estomacales de mi vida van a ser tantos y tan desagradables que no estaré en condiciones de soportarlos acompañados de la agonía. Sólo así, cobardemente, habré vencido a este amigo gástrico. Y casi con seguridad, cuando ande derechito en mi camino al cielo (o al infierno) este traidor querrá despertarme para trasladarme a mi última diarrea en este mundo. Pero felizmente, ya será demasiado tarde.

miércoles, 1 de abril de 2009

Breve epístola al joven Salvador (Y)

ASilvi y Alejo.
Ignoro los movimientos que hayan hecho tus incipientes y traviesas extremidades el último domingo, entre las seis y las ocho de la noche. Intuyo que la maravillosa luz de tus pupilas se perdió entre los gestos de tu madre, y que tu inocencia flotaba ajena a la alegría de tu padre. Pero te comento, mientras tu presente (una cuna, un juguete y muchas ganas de sentir tu dedo en los enchufes) se desenvolvía en un tierno cuento infinito, tu futuro dibujaba la apertura de un acontecimiento que sin duda, marcará tu vida. Tu madre, hermosa Julieta limeña, sucumbía ante los gritos de gol de tu padre, amable Romeo chileno, y desencadenaban, a su modo, la primera batalla familiar.

Has nacido en mi país, querido Salvador. En el seno de una familia donde en las reuniones las mujeres se resignan y los hombres hablan de fútbol como si se tratase de lo único importante. Y has nacido diferente, con la sangre del “enemigo” pelotero. Si todo transcurre en orden, serás otro preso de la pasión por el deporte rey, y cuando el destino programe un duelo entre Perú y Chile por las Eliminatorias, tu corazón andará dubitativo, anhelando mientras respiras la pasión enardecida de tus semejantes, el único resultado prohibido en estos duelos: el empate.

Tengo la certeza de que el trabajo de tu padre surtirá efecto, y que tu pasión por Alianza Lima irá a la par de tu amor por Colocolo. Me pongo en tu lugar, y por más que tu camino tenga suelo peruano, será ineludible tu cariño por tu otra patria. Y aunque sufrirás por los arrebatos de la sociedad, al menos en el fútbol, hinchar por la “estrella solitaria” te proporcionará alegrías que la blanquirroja no podrá ofrecerte. Vamos, no eres mitad brasileño ni mitad argentino, pero desde hace rato (y la cosa no va a cambiar mínimo hasta que obtengas tu DNI) Chile anda un escalón más arriba que el Perú. Y seguirá compitiendo en las Eliminatorias mientras nosotros nos conformaremos con participar.

El ritmo de tu vida va a dar un giro cada vez que el fútbol enfrente a los países de tus padres. Recién cuando eso ocurre, asoman los fantasmas del pasado, y las rencillas obsoletas por el mar o el pisco se vuelven importantes. A puertas del partido, durante, y algunos días después, los chilenos y los peruanos nos odiamos. Para qué te voy a mentir. Aunque en el resto de la vida a los miembros de tu familia la xenofobia entre vecinos nos resulte indiferente, cuando se trata de la pelota nos sumamos a la lucha por el Huáscar, y Miguel Grau deja de ser un personaje que le daba rostro a un antiguo billete de cinco soles (¿o intis?).

Te cuento una anécdota. Hace más de diez años, en octubre de 1997, también por las Eliminatorias, jugaban Chile y Perú. El partido sería en Santiago, y definiría, a secas, un cupo en el Mundial de Francia. Mi padre (tu tío abuelo), tu padrino, tu abuelo y yo nos embarcamos en una travesía que pensábamos sería inolvidable, pues nos proporcionaría los pasajes al Mundial luego de una larga etapa de ausencias. Lo que sucedió sí resultó inolvidable, pero no por algo bueno. Chile nos humilló en la cancha (nos destrozaron 4 a 0), y fuera de ella, nos manifestaron el odio y el rencor que hasta ese entonces (yo tenía 15 años), desconocía. Gritos racistas, alusiones a la guerra del Pacífico, gestos obscenos cara a cara. En medio de la roja euforia del Estadio Nacional de Santiago mi mundo estaba cambiando. Juré jamás volver a Chile. Juré una cruel revancha. Juré odiar para siempre a todo hombre perteneciente al país del sur.

Felizmente para mi hígado y mi corazón, naciste tú. Y aunque aquel octubre de 1997 aún aparece en esporádicas pesadillas, he aprendido que los seres humanos son justamente eso, humanos, y que la nacionalidad queda de lado cuando asoman la amistad y sobre todo, el amor. No te voy a mentir, cada vez que la pelota nos enfrente, odiaré a Chile. Le querré ganar siempre, y si pierdo como el último domingo, tendré una mala semana. Pero ese odio, te lo juro querido sobrino, es exactamente el mismo que aparece cuando nuestro pálido torneo nacional nos regala un clásico. Y tengo entrañables amigos “gallinas”.

Ignoro lo que dibujaron tus enigmáticos pensamientos el pasado domingo entre las seis y las ocho de la noche. Pero tengo la convicción de que el futuro te pondrá en aprietos cada vez que regrese el “clásico del Pacífico”. Y cuando tus acústicos sonidos se conviertan en palabras y mi imagen deje de ser el misterio que analizas con esos ojazos que te ha regalado el cielo, conversaremos largo y tendido sobre el tema. Y sea cual sea tu posición y el resultado, para mí siempre vas a ganar tú.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Polos opuestos logros similares (Y)

A partir de este texto tengo un nuevo contador de visitas que me ha permitido, entre otras cosas, notar que a Conciencia en Offside le dan un click en lugares como Arequipa y Cajamarca, y su poco trabajado diseño traspasa fronteras en Estados Unidos y España, donde tengo parientes, y hasta en México y Argentina. Este primer texto se lo dedico al personaje que me proporcionó el contador, mi querido primo Paquito Barriga. Futuro escritor y desde ya, maestro de la originalidad. Total, sé que para él el verdadero goleador soy yo.
Paolo Guerrero y Jéfferson Farfán son rivales hasta de compañeros. Los dos mejores delanteros que ha dado el Perú en los últimos años tienen una vida juntos, pero separados. Desde sus primeros enfrentamientos, ambos como estandartes de la categoría 84 en las divisiones inferiores, han colocado en el mismo pedestal los propósitos del equipo y los personales. Guerrero en Alianza y Farfán en Municipal, competían por salir campeones y, sobre todo, por ser goleadores del torneo. Cuando Jéfferson aterrizó en Matute la lucha por el título quedaba de lado. La categoría 84 de Alianza Lima lo tenía asegurado con ambos delanteros, y sólo había espacio en el resto para luchar por ser segundo. La cosa era quién metía más goles.

Los susurros del pasillo en el fútbol, esas noticias sin confirmar pero que por repetitivas se traducen en verdades, afirmaban datos como “la mamá de Farfán le ha dicho que no le pase la pelota a Guerrero”; o “Alianza ganó la final con dos goles de Jéfferson, y Paolo no festejó”. Fuera de la cancha parecían amigos, pero era obvio que dentro del campo tenían objetivos distintos. Jéfferson era el alumno obediente mimado por el profesor, que firmaba a ojos cerrados un mezquino contrato con tal de debutar en la Primera de Alianza con 16 años. Paolo era el rebelde que exigía un mejor trato, y de firmas, nada. Era capaz de pelearse con el entrenador y los dirigentes, dejar una concentración, y amparado en la ley y en los consejos de un maquiavélico (el empresario Carlos Delgado), firmaba por el poderosísimo Bayern Munich de Alemania ante la sorpresa de todos. Jéfferson soñaba con hacer goles para el Comando Sur. Paolo se sentía capaz de convencer a Gerd Muller, histórico atacante teutón, que también él era un goleador de raza.

Jéfferson siguió lo establecido. Debutó en Alianza a temprana edad, y luego de una larga etapa en la que no le hacía goles ni al arco iris, agarró la madurez necesaria para pasearse en el torneo local, regalándole al club de sus amores dos títulos. Luego fue vendido como correspondía al PSV de Holanda, dejando en las arcas del club un buen billete. Paolo tomó otro camino. Eligió lo más difícil, y luego de romper todos los récords en el fútbol amateur, llegó al primer equipo del Bayern Munich para hacerse conocido mundialmente. Hizo lo que muy pocos jugadores en el mundo podrían hacer. Aguantó ser un peruano (tercermundista incluso para el fútbol) en la fría e implacable Europa y a puro tesón, se convirtió en un goleador globalizado. El resultado hoy refleja sus personalidades: a Farfán le cuesta calzarse el traje de figura en el Schalke 04, y Guerrero exige públicamente titularidad en Hamburgo porque se siente mejor que Olic y Petric.
Tanto Farfán como Guerrero tenían un futuro escrito desde que devoraban rivales en los torneos infantiles. Era fácil adivinar que serían futbolistas destacados. Lo difícil era saber hasta qué punto serían beneficiosos para el Perú. No eran Bebeto y Romario ni tampoco Batistuta y Caniggia. Tal vez jamás superarían a Cubillas y a Sotil, pero no sonaba descabellado pensar en una dupla como la de Salas y Zamorano, capaces de clasificar a un país de mediano calibre como Chile a un Mundial. A Farfán y a Guerrero les enseñaron a ser grandes jugadores, pero jamás les entró el bichito para ser compañeros. Y hoy, con 25 años a cuestas y con la coyuntura de la selección (Farfán castigado por Chemo y Guerrero suspendido por la Conmebol) es difícil imaginar un futuro provechoso con sonrisas compartidas de ambos delanteros con la camiseta del Perú.

Para que una dupla de atacantes funcione es necesaria la sumisión de uno. Bebeto sabía que Romario era el goleador, y el Cani tenía clarísimo que sin Batistuta sería difícil ganar. Salas era capaz de tirarse al piso para quitar un balón con tal de que Zamorano no sude más de lo necesario. Después había espacio para ambos. Caniggia fue el artífice del último gran partido de la selección argentina en un Mundial, cuando le hizo los dos goles a Nigeria. Salas hizo cuatro goles en Francia 98 y su capitán, Zamorano, no anotó ni de rebote. Bebeto fue clave en Estados Unidos 94 contra Holanda y sobre todo con su gol ante los locales en octavos de final. Aquel gol inclinó la balanza para Brasil en un partido muy luchado, y llegó tras un buen pase de Romario. La grandeza de Bebeto estuvo en el festejo: se olvidó del individualismo y corrió tras Romario. Ahí ante las cámaras y con un portugués españolizado, le pudimos leer los labios: “Eres un genio”, le decía a su compañero de ataque.

Ni Farfán ni Guerrero estaban dispuestos a ceder individualismos. Ambos eran demasiado buenos. Y a ambos les molestaba particularmente el éxito del otro. Futbolísticamente Farfán es más completo, pero Paolo es más goleador. Tal vez la sumisión le tocaba a Jéfferson. Él correr, él marcar, él tirar el centro. Total, un gol iba a hacer. Lo curioso es que Paolo tiene el sacrificio tatuado en la piel, y si se la dejas en bandeja, no perdona. Si Jéfferson hubiese jugado para Paolo las contadas veces que los pudimos ver vestidos de blanquirojo, Guerrero sería el goleador que todos anhelamos ver, y se daría abasto para pelearse contra los rivales cada vez que le den una patada a Farfán.

El destino los volvió a enfrentar en la cancha, como cuando rivales en los clásicos de la 84 entre Alianza y Municipal. Ya no en los campos con poco césped del parque zonal Huaynapacac ni en las canchas sin tribunas de la Videna. Esta vez en un lejanísimo y lujoso estadio germano. Hamburgo y Schalke 04 se enfrentaron por la Bundesliga y el resultado fue Paolo 2 Jéfferson 1. Ambos anotaron, que es lo normal en dos delanteros de primera índole en el torneo alemán. Pero estoy seguro de que el triunfo tuvo un sabor más dulce para Guerrero. Y que para Farfán, incluso luego de tanta crítica por su sequía de goles, la derrota ante el Hamburgo fue la más dolorosa de todas.