lunes, 1 de febrero de 2010

Elogio al tocayo más querido (Y)

A mi viejo, por darme el nombre. Y por compartir este homenaje.
Hoy que la vida ha avanzado lo suficiente como para dejarme de niñerías y tirar para adelante, tengo un sueño: quiero ser escritor. Sí. Escribir y publicar un material con un mínimo de validez para que se convierta en un libro. A eso se reducen mis anhelos profesionales. No quiero ser un cronista reconocido. No quiero ser imprescindible en algún diario. No quiero ganar un premio. Quiero posicionarme en el amplio y embustero rubro de los escritores. Sólo eso.

Pero antes, cuando la ilusión era gratis de verdad, y soñar formaba parte del juego para matar la tarde, tuve otro sueño: quería ser futbolista. Quería jugar en mi equipo favorito y meter goles a estadio lleno. Que me vitoreen los fanáticos, que los empresarios se peleen por mis servicios. Quería levantar trofeos y que me capten las cámaras para convertir mi imagen en un afiche. En un póster como los que adornaban mi cuarto.

Los tocayos son parte de uno. Están en todos lados. En el salón de clases, en el trabajo. También en la televisión, y si tienes suerte, en un personaje admirable. Mi tocayo más mentado en relación a mi sueño actual es García Márquez. El escritor colombiano que una tarde de 1982 se adjudicó el Premio Nobel de Literatura, y a partir de esa fecha (del año en que nací) dejó en el mundo la sentencia de que jamás habría un escritor llamado Gabriel que pudiese trascender.

Mis viejos me cuentan que antes de que elijan mi nombre tuvieron otros en carpeta, y siguiendo una ley que hasta el momento voy emulando al pie de la letra, decidieron bautizarme al conocer mi rostro. No recuerdo qué nombre había pensado mi madre, pero mi viejo me quería llamar Omar. Cuando yo llevaba minutos en el mundo y mi mamá yacía adolorida en el hospital, mi padre le dijo emocionado que era hora de ponerme el nombre. La respuesta de mi mamá fue contundente: ponle cualquiera, menos Omar.

No sé qué bichito apareció en la cabeza de mi viejo para que elija Gabriel, pero sé que por muchos años le agradecí el haber descartado por completo el nombre Omar. Hasta que un día de mi infancia conocí a un delantero argentino que llevaba la número nueve, y que con una cabellera larga que al viento se tornaba imponente y un par de misiles en ambas piernas, destrozaba cuanta red se le posaba al frente. Y le dije, “pucha pa’, ¿por qué me pusiste Francisco como tú? ¿Por qué no me pusiste Gabriel Omar?”

Un día como hoy hace cuarenta años, en Reconquista, un pueblito en la Provincia de Santa Fe en Argentina, llegó al mundo Gabriel Omar Batistuta, el Gabriel que mejor ha tratado a la pelota de fútbol en toda la historia de la humanidad. Para mis tocayos futboleros, el primero de febrero debería ser feriado. El Bati se retiró de la actividad en el 2005. Lo hizo casi en el anonimato, en el lejano Qatar. Y hasta hoy no se le rinde el famoso partido de despedida. Tal vez porque el fanático aún se resiste a creer que ya no está. Tal vez porque la selección argentina no ha encontrado a su reemplazo. Tal vez porque la camiseta número nueve de la Fiorentina sólo tiene razón de ser con su apellido.

Batistuta hizo su debut en el Newells Old Boys de Rosario, y luego pasó sin pena ni gloria por el River Plate. Después lo compró Boca en una transacción que hoy forma parte del mueso del club. Ahí se lee la ficha del Bati, y el precio por su transferencia: cero pesos. Esa jugada de algún cazatalentos con buen ojo es festejada como un campeonato por la hinchada de Boca. “Mira lo que te quitamos sin que te des cuenta”, parecen decir.

El Bati pasó luego a la Fiorentina de Italia, club en el que alcanzó la madurez de su juego, la efectividad de su sola presencia. Y hasta hoy es un Dios en el equipo violeta, con el que marcó 207 goles en 332 partidos, y consiguió en 1996 la Copa y la Súper Copa de Italia. La Fiore es el equipo del “Loco” Vargas para los peruanos, pero para el mundo entero es y será el equipo de Batistuta.

El hambre de gloria lo llevó a dejar Florencia en el 2000, y llegó a la Roma para gritar su primer Scudetto junto a Francesco Totti. Pero su paso por el equipo capitalino no caló tanto en el hincha como su dominio en Fiorentina. La única camiseta que supo vestir a la par, con igual ímpetu, compromiso y efectividad, fue la de su país. Batistuta es el mejor número nueve de la historia del fútbol argentino. Consiguió con su selección la Copa América en el 91 y el 93, y desde esa época, Argentina no sabe lo que es levantar un trofeo a nivel profesional. Jugó además tres Mundiales (94, 98 y 2002), anotando en total 10 goles que lo posicionan como el argentino más efectivo de todos los tiempos. Pero el mayor galardón del Bati es, pese a formar parte de la generación post Maradona, el hecho de ser el primer jugador en superar a Diego al menos en un rubro: Bati es el máximo goleador de la albiceleste con 56 goles oficiales. En 1996 desplazó a Maradona, que calzaba ese récord con 34 tantos.

Hoy está de cumpleaños, el número 40 además, y quise rendirle un homenaje. El Bati formó parte de mi selección de pósters en toda mi infancia, y fue el estandarte principal de mis sueños en esa folclórica generación antes del Internet y la velocidad en la comunicación, cuando el look era fundamental para destacar, y él sobresalía pelucón y goleador. Era imposible ser delantero y no creerte Batistuta. Era imposible meter un gol y no compararlo en la ilusoria repetición de la memoria con los goles del Bati.

Batistuta es vital para mí porque le dio aires de imprescindible al nombre Gabriel en el fútbol. Hace algunos años, cuando yo empezaba a darle a la redacción y de vez en cuando, en épocas donde no había blog, mortificaba a mis amigos en sus bandejas de entrada con mis textos, un amigo entrañable empezó a llamarme Gabo, en honor a García Márquez. Y me jodía, porque hasta hoy, cuando la ilusión le da chances a los sueños más auténticos, quiero ser el Bati, no Gabo.

sábado, 23 de enero de 2010

Serás mujer, ¿y ahora? (Y)

"...mis problemas con las mujeres son humanos: o me aburren o estoy hasta las manos".
Andrés Calamaro. "Una bomba". Honestidad Brutal (1999).
Para mi futura hija. Con el perdón de todo su género. Texto entre sincero y exagerado. Entre machista y papanatas.
Sólo desde hace algunos días lo que se mostraba como sospecha se volvió tangible, y el imaginario interno me propició definitivamente los colores que le faltaban a mi lienzo provisional. Serás mujer, hija mía. Serás mujer y así la ternura es más sencilla. Serás mujer y desde ahora me someto. Serás mujer y ya te adivino hermosa mientras colecciono días en un calendario cada vez más pequeño. Serás mujer ¿y ahora?

Confieso que cuando supe de tu llegada fue más fácil pensar en un varón. Deseaba al muchacho que sería mi calcomanía mejorada, quería al niño al que le pudiese contar secretos y proveer de datos que ayuden a moldear una personalidad adorable, aún con las dificultades propias de llevar en la entrepierna un órgano tan inquieto. Sería más sencillo reconocer los demonios que asoman en un colega de género, y más fácil calmar sus dudas y moderar su ímpetu.

Hoy carezco de armas. Estoy indefenso. ¿Cómo educar a una mujer? ¿Cómo notar aspectos como sus gustos por las muñecas, la ropa o peor aún, por los hombres? ¿Cómo ayudarla a combatir sus frustraciones, sus tristezas? ¿Cómo saber desde qué momento la estoy aburriendo? ¿Cómo lograr que me crea cuando le digo que el mequetrefe que la corteja buscará la primera oportunidad para palpar partes que ni me quiero imaginar? ¿Cómo tolerar la sentencia de que en algún momento dejaré de ser el hombre de su vida?

Hijita mía, no tengo por qué mentirte. Las mujeres me resultan complicadas. He tomado muy a pecho aquello de ser seres diametralmente opuestos y no me he preocupado mucho por interpretarlas en general. Con las mujeres mi nivel de timidez alcanza cifras exageradas, y por ejemplo, si estoy frente a una que recién conozco, balbuceo, suelto frases que no quise soltar, y sin duda dejo una impresión negativa. No me muestro con mi verdadera naturaleza, aquella que, me consuelo, es diferente. Creo que el motivo está en que siempre he visto a la mujer como un ser superior, y las he contemplado con una ligera dosis de temor. Y cada vez que ha aparecido el temor en mi vida, la solución, inadecuada por cierto, ha sido escapar.

También, te lo confieso avergonzado, he sido un miserable, un superficial en la guerra de los sexos. Y así el físico ha intervenido más de la cuenta, y en las dos posibilidades, de manera negativa. Si era una mujer atractiva, la fobia al rechazo superaba al deseo de cortejo y me quedaba en silencio. Y si la chica era más bien feita, aplicaba la indiferencia. De hecho todas las féminas con las que he tenido un contacto, digamos, carnal, han dado el primer paso. Las veces que yo me he animado han ocurrido porque me han dejado el camino servidito.

Como con tu madre, por ejemplo, cuando el destino acomodó una serie de circunstancias en las que si no me le acercaba me tenían que fusilar por imbécil o empezar a tratar como gay. Felizmente el tiempo fue amable, y permitió que ella me acepte y me soporte aún con mis desatinos y metidas de pata. Y empezamos una relación que me ayudó a conocer una parte de la mujer. La parte más hermosa, y digamos, la más importante, pues es la causante de que tú estés en camino. Aprendí a querer con intensidad y que me quieran igual. Y tuve en el amor a la mejor excusa para seguir un sendero firme sin necesidad de sumergirme demasiado en el universo mujeres. Mi universo fue de una, y creí que sería siempre así.

Pero existe otra parte en la mujer. La parte que indica que la luz puede aparecer más allá de la atracción física. Que puede ser divertido conversar con una chica descontando el deseo. Que la amistad entre géneros es posible. Y que si uno le pone empeño, la búsqueda por la eterna comodidad frente a una dama no tiene que ser infructuosa. Esa parte no la he obtenido. Al menos no del todo. No he tenido jamás una amiga. Y las “amigas” que me conocerás, antes fueron amigas de tu mami, y tal vez si fuese por mí, y sobre todo por ellas, jamás hubiesen sido mis amigas. Yo hoy en día no puedo conversar mucho rato con mujeres. No sé si por aburrimiento, temor o desinterés, pero evito el tema. Suelto chistes absurdos, esquivo el contacto visual, impido la confidencia. Si lo hubiese logrado tendría una perspectiva más adecuada para conocerte, una visión diferente a la que me ha podido proporcionar tu madre. Podría comparar otras carcajadas sinceras, otros arrebatos de dulzura; otros gestos de engreimiento, otras pistas para interpretar malestares.

Esa manera de ser tan inexplicable, alejada de toda coyuntura, de toda época, me ha generado algunos inconvenientes en el pasado. Mis compañeras de colegio no tienen idea de cómo soy en verdad, conservan un recuerdo poco apreciable, aún me imaginan como el chico tímido que sólo podía tratar adecuadamente a una pelota, y que escondía con largos y resinosos cabellos los ataques del acné. Las chicas con las que compartí aulas en la universidad San Martín me rechazan por atorrante, desprecian mi indiferencia, y me señalan como un aprendiz de vivaracho por malentendidos que jamás me encargué de aclarar. Y las de la De Lima no saben ni mi nombre. Y por eso jamás me recomendarán a uno de sus bien remunerados trabajos. Acaso alguna me tiene simpatía por estupideces que hablé borracho en más de una ocasión, porque sobrio, la de siempre, escapista.

Pero tampoco quiero alarmarte. La vida está hecha para aprender y tú serás mi enseñanza más dulce. Y ya verás que si me tienes paciencia, contigo superaré mis demonios. El destino me viene ofreciendo la redención casi a la par de tu llegada, y en mi trabajo, ya fuera de mis épocas inmaduras y estoicas, tengo que enfrentarme a una población liderada por hormonas femeninas. En mi oficina por ejemplo, un salón de dos espacios, convivimos cuatro chicas y yo; y en general en toda mi área prevalecen las mujeres. Y ahí me tengo que dejar de niñerías y traumas antiguos si deseo permanecer cobrando un sueldo cada mes. Entonces trato de cambiar mi postura, de alejar lo máximo que se pueda a mi timidez. Claro, hay cosas que no cambian, entonces me someto a lo que me digan sin objetar, no converso si no me conversan, jamás comparto almuerzos. Pero también las voy interpretando en mi guarida solitaria. Las noto interesantes y cuajadas. Admiro sus capacidades e inteligencias. Y a la vez adivino sus miedos, su vulnerabilidad. Comprendo así que cuando aparece la necesidad, los hombres y las mujeres somos parecidos, y uno al final se adecua.

Por eso no tengo dudas, el mágico camino que emprenderemos me dará las pautas para poder educarte. Para saber decirte “no” pese a que me derritas con tus pucheros. Para ampliar mi universo, y contigo, (re)conocer al resto de mujeres que la vida se encargó de alejar de mis anhelos. Para que me describas frente a los demás como un papá sincero, entretenido y tierno. Jamás como un resinoso, como un indiferente ni como un evasivo nerviosón. Para que te encante compartir ratos conmigo y permanezcas en mi regazo mucho, mucho tiempo.

Hijita linda, que aún eres pataditas en el vientre por la noche. Preciosa criatura que no conozco pero que extraño. Te escribo todo esto a manera de catarsis y en el camino alejo para siempre las ganas de tener un varón. Te quiero mujer. Sí, mujer, mujer, mujer. Contigo me jugaré la revancha, y verás que pese a todo lo que te cuento, al final triunfaremos. Seré astuto y acomodaré mi estrategia desde el primer minuto. Multiplicaré mis pocas armas, y te cantaré canciones todo el día, te engreiré sin mesura, te contaré fantásticas historias, me haré el tonto con simpatía. Y en el camino adoptaré las otras: esconderé mi aburrimiento cuando me toque conversar con tus amigas, no manifestaré mi nerviosismo cuando te compre tu primer bikini ante la chica bonita de la tienda, entenderé tus gustos por las muñecas, las ropas y por los chicos.

Y aceptaré pese a la pena el momento en que ya no quieras caminar de mi mano. Y cuando te atrape la curiosidad e indagues por mi pasado te diré que no necesité de más mujeres, porque desde muy temprano encontré en tu madre al amor y a mi mejor amiga. Me dediqué a plasmar un universo de a dos con la chica que imaginé sería la más importante, y te contaré bajito que además era la más bonita. Claro, hasta que llegaste tú, hijita. Hasta que llegaste tú.

viernes, 8 de enero de 2010

San Bartolo rules (Y)

"Yo te quiero desde lejos, y desde cerca te extraño"
Hoy vivo en Barranco pero vengo de Miraflores. E incluso antes de llegar a ese distrito que me cobijó más de ocho años, anduve por Surco, San Miguel, Lince, Pueblo Libre. Sin embargo jamás me sentí parte de nada en todos esos lugares más allá de los límites de mi casa y uno que otro camino minúsculo hacia parques o bodegas. No tuve nunca amigos de barrio. Ni siquiera un vecino con el que podía intercambiar palabras de vez en cuando. Lo más cerca de socializar lo viví mientras observaba desde la ventana de mi cuarto, en el quinto piso de un edificio de la urbanización en la que pasé los últimos cuatro años de mi niñez, a un grupo de muchachos de mi edad que peloteaban a diario, y que manifestaban su odio hacia mí con miradas despectivas y uno que otro silbido por considerarme, sin razón monetaria que los avale, como el pituco del barrio. Sin embargo he crecido rodeado de amigos. Y no necesariamente amigos de colegio, que queramos o no aceptarlo, son amigos que te impone el destino. He tenido amigos de barrio porque gozo con la fortuna de haber pasado veintisiete veranos de mi vida en San Bartolo, balneario que me atañe desde hace muchos más, cuando las familias de mis padres coincidieron en casas vecinas y le gritaron al destino que si yo existiese, tendría que separar importantes momentos de mi felicidad para ese recinto playero. Hoy en día tan maltratado por el tiempo y el desorden, pero no por eso menos entrañable.

Los festejos por el año nuevo me llevaron, después de un par de años de ausencia, de regreso a San Bartolo. Y la sucesión de emociones fue exacta a la de tantas veces: cuánto hay por hacer por ti, querido amigo, qué capacidad la tuya de negarte a las leyes de la estética; pero qué calma me proporcionas, cuántos recuerdos florecen como la espuma (de tu mar y de tus cervezas, las más sabrosas de mi universo). El San Bartolo de hoy dista mucho del que adornó mis años de inocencia, allá por la década del noventa, cuando Asia era un terreno baldío y veranear aún era abandonar Lima tres meses al año. E incluso está más alejado del San Bartolo que escenificó las repetidísimas anécdotas de mis padres, con su Suizo y su Mirador, con su cine y su escasez de comercio. Hoy en día San Bartolo es casi un pueblo joven. Limita con invasiones, apiña restaurantes y bulla en el mismísimo terreno por el que jugaba junto a mis primos respirando brisa y no humos de micros y silbatazos de “jaladores” de locales. Y en año nuevo se torna hasta peligroso, cuando la avalancha de limeños tan ajenos a mis recuerdos, a mis raíces, conquista sin piedad las veredas por donde aprendí a que me fiaran y a montar bicicleta, con alcohol en exceso y drogas que los incitan a peleas dignas de barras bravas, que el último 31 sólo cesaron con disparos de bala.

Pese a eso San Bartolo es, como diría Calamaro, mi cloaca preferida. Sin importar que la casa de mis abuelos en la que pasé mis veranos de infancia haya sido vendida, o que este 2010 me reciba sin un hogar propio. Y lo es sobre todo porque me proporcionó lo que mis nueve barrios limeños no me pudieron dar: gente a la que quiero y gente que me quiere. En San Bartolo están aún mis mejores amigos, ahora con barrigas en camino a ser voluptuosas; y sigo compartiendo canchitas de fulbito y conversaciones con tipos que conocí hace 18 años. Hay otros que han partido, pero así estén en Buenos Aires o Barcelona, en Canadá o en California, la playita norte con sus sombrillas de paja y el malecón sur con su eterno aroma a desagüe figuran en su top five de lugares hermosos a los que siempre hay que regresar.

El sentido de pertenencia tiene que ver con el alma; como la personalidad, como la empatía. Creo que los sanbartolinos de mi generación tenemos un sello que no sé cómo describir, ese que nos empuja a retornar verano tras verano a un lugar gobernado por el desorden y cada vez menos bonito; ese que nos dice que aunque crecimos en grupos distintos, si nos cruzamos en un aeropuerto o en algún punto fuera de nuestra “patria trimestral”, nos saludamos por lo menos con las cejas. Y tiene que ver, sin lugar a dudas, con la felicidad. Está ligado a los recuerdos de un lugar que tal vez ya no existe, ese deseo de retorno a momentos mágicos, a tardes sin que interese el sueldo o las ganas de escalar de puesto, a noches de pies embarrados y tertulias sin profundidad a la espera de una mañana de playa, sol y nosotros. Nada más.

Este será un verano especial para mí. Será el último que me reciba solo. A partir del próximo tendré a mi descendiente a mi cargo, y ahí empezará la verdadera prueba de fuego. Porque la ley indica que nada es eterno. Que aparecen en escena muchos factores que te obligan a girar de rumbo sin plantearnos siquiera la duda. Y así como mi gente, los sanbartolinos de mi generación, hubo otros. Así como mi grupo de amigos ha cosechado anécdotas en cada pedazo de tierra de ese balneario, también lo hizo el grupo de amigos de mis padres. Y poco a poco se han ido despidiendo. Hoy sobrevive alguno inmerso ya demasiado en los vicios, u otro aferrado al romanticismo pero cada vez con menos ahínco. De todas maneras seguiré en la lucha. Trataré de contagiar en mi hijo(a) el idilio por el mar únicamente en las fronteras entre Curayacu y Peñascal. Al final uno nunca sabe, y San Bartolo no está necesariamente encaminado a ser (o parecerse) el balneario en el que fue posible engendrar el amor que hoy profeso. Pero la esperanza está.

Yo soy sanbartolino porque pese a no ser muy amigo del mar, desde que tengo uso de razón he ido a la playa con religiosidad (eso no quita que no me pueda alejar más allá de un metro de la orilla en otro sitio). Soy sanbartolino porque tengo recuerdos de cuando iba a la playa bautizada por mis primos como “la mansita”, que hoy posee cada vez menos espacio para colocar la toalla, y mi madre me lavaba los pies de arena después de subir esas míticas escaleritas. Soy sanbartolino porque todas las cicatrices que tengo en la piel fueron fabricadas ahí, gracias a tropezones y varias sacadas de mugre en bicicleta. Soy sanbartolino porque para matar la tarde, pasé incontables veranos inmerso en pichangas en una improvisada cancha de tierra (bautizada como “el terrenal”), con arcos de dos piedritas que sin duda contribuyeron a mi olfato goleador. Soy sanbartolino porque sé lo que significa corretear al camión de agua, y sé también de las bondades de bañarse con agua calentada en la tetera, con un balde y una jarrita. Soy sanbartolino porque le he comprado barquillo, maní y maní a Manuel, y me he burlado de su dialecto y de su sombrero. Soy sanbartolino porque he hecho hora con Cuacuá, que vendía unos helados glaciales diferentes, a menor precio, y cada verano yo hacía interpersonales apuestas por si él seguía vivo. Soy sanbartolino porque conozco a Fresia antes que Gustavo, y más de una vez renegué por Liberata. Soy sanbartolino porque me hice pata de Martín, quien me fiaba a diestra y siniestra helados que no sé cómo pagaba después. Soy sanbartolino porque he visto envejecer a Pepe y a su esposa, la Pepa, y he sufrido con la decadencia de locales como el Tiburón y La Rosita, donde vendían unos locos mayo deliciosos. Soy sanbartolino porque mil veces fracasé al querer emular la receta de la delicia de limón de don Pedrito. Soy sanbartolino porque jugaba a ser grande por las noches en Miramar, y por las tardes, en la Gaviota, su bodega vecina, compraba con un sol, un chup y dos Tickets (ese bendito chocolate que venía con una galleta de vainilla encima). Soy sanbartolino porque alguna vez ingresé a la casa de los sodálites a jugar Risk y a escuchar sutilmente la palabra de Dios.

Soy sanbartolino porque mis primeras juergas me las metí en el Bufadero, y ahí también cayó a mis manos mi primer cigarrillo de marihuana. Soy sanbartolino porque el mercado pasó de ser el escenario en el que robaba juguetes y figuritas de diversos álbunes al lugar en el que hacía los previos para llegar empilado a las discotecas. Soy sanbartolino porque me metí varias bombas en Las Brisas. Soy sanbartolino porque “tonié” en el Volcán, Huayco y Peñascal, y siempre me parecieron la misma vaina. Soy sanbartolino porque miraba con devoción a Ericka Tello y a la “Che”. Soy sanbartolino porque pese a tener un sabor más bien rancio, me comí varias pizzas en Don Carmelo. Soy sanbartolino porque alguna vez llegué a decir que las hamburguesas de Nandos eran las mejores del Perú. Soy sanbartolino porque desde que tengo nueve años juego campeonatos en “la canchita”, y tengo el récord de haber recibido diploma de goleador tanto en Mini-mini como en Mayores. Soy sanbartolino porque fui discípulo del señor Cedó, y lo recuerdo jugando pichanguitas conmigo diciéndome: “todavía soy más rápido que tú”, tanto como en sus últimos tiempos, cuando ya no me reconocía. Soy sanbartolino porque pasé tardes y tardes en el “vicio” pese a no saber jugar Street Fighter. Soy sanbartolino porque “El rincón de Chelulo” sabe perfectamente quién soy. Soy sanbartolino porque entoné la canción “nunca tuvimos la oportunidad de ver a Micky campeonar”, y recibí ofertas para enrolarme a su equipo con ese virolo gesto suyo, entre pedófilo y pánfilo.

Soy sanbartolino porque he entrado al club Náutico millones de veces sin ser socio, y conozco el sabor de las yucas con mayonesa y ají que servían unos mozos con pinta de relajados. Soy sanbartolino porque alguna vez me “sampé” a Curayacu y me bañé en su piscina de agua dulce. Soy sanbartolino porque en el D’onofrio canjeé Sublimes con palitos premiados de Turbos. Soy sanbartolino porque conozco el vértigo de bajar por la Rivera Sur en bicicleta. Soy sanbartolino porque también cedí ante la presión grupal y me tiré de los siete metros pese a cagarme de miedo. Soy sanbartolino porque conozco el restaurante Rocío desde que era una tienda que nos vendía gaseosas después de calurosas pichangas de fin de semana, y el plato media suprema es por el que más veces he pagado en mi vida. Soy sanbartolino porque sé (y comparto) lo que se recuerda los 5 de enero, y pese a todo lo que se diga de él, extraño a Willy Miranda. Soy sanbartolino porque también, como el colegio Los Reyes Rojos, ese recinto me conecta con mi tía Cecilia. Soy sanbartolino porque pasé varios veranos templado de una chica a la que jamás me animé a hablar. Y soy sanbartolino porque en alguna de sus calles le di el primer beso a la mujer que será la madre de mis hijos.

Es verdad, San Bartolo ha cambiado y mucho. Mis tiempos de reinado, cuando no hacía otra cosa que huevear tres meses por sus calles, son parte de la historia, y hoy en día lo visito con mayor responsabilidad. Sabiendo que los domingos por la noche me espera ese melancólico camino de regreso al mundo real. San Bartolo está horrible, con pistas y veredas en estado calamitoso y casas abandonadas, pero citando otra vez a Calamaro, “no me importa nada, San Bartolo es mío y no lo cambiaría, me lo quedo con toda su porquería”.

Hoy mis contemporáneos y yo nos sentimos invadidos por todos lados. Hay gente que se pasea como si nada por las calles sanbartolinas cargando sus malos modales y su indiferencia para con nosotros, que nacimos acá. A ellos los miro y es inevitable pensar en los amigos de mi viejo que me observaban cuando yo me creía un palomilla en el lugar que otrora les perteneció. Y se traslada a mi lado musical el coro de la canción de Ruben Blades cuando le brinda una revancha a Pedro Navaja contra el borracho que osó llevarse su puñal, el revolver y sus dos pesos: estos novatos qué (se) creen… si este es mi barrio, papá.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Lecciones de Carlitos (F)

No sé qué más hacer con este texto. Nació de una conversación con Carlitos, que existe, y pensé: algo debo de escribir, lo que salga. En fin, se lo dedico a Carlitos, que nunca lo sabrá.
En ocasiones como esta me acuerdo de Carlitos, un amigo chofer que conocí en un viaje a Chiclayo hace algunos años. Se me viene a la memoria con poca frecuencia, sobre todo cuando mis pensamientos llevan largo rato divagando, y el tema de la infidelidad retoma la primera plana. No es que ande con ganas de “sacar los pies del plato”, ni que mi entrepierna goce de estímulos cercanos y ajenos. Ya verán que eso es lo más apartado de la realidad en estos momentos. Pero recuerdo las frases de Carlitos, alejadas de elegancia pero contundentes, esa tarde noche chiclayana que me llevó a conocer la calle de los burdeles.

Yo había llegado a Chiclayo por trabajo. Fue un viaje relámpago. De ida y vuelta. Sólo debía monitorear unos detalles que mi jefe de entonces despreciaba por flojera, generando mis malos deseos mientras le decía que sí, que podía viajar. Hoy que ocupo su puesto lo entiendo, y muy a mi pesar, lo imito de vez en cuando. Llegué de mal humor, sin dormir mucho y algo peleado con Luciana, y contaba con generosos viáticos que luego de un pálido almuerzo, un par de bolsas de chifles y un king kong, se me querían escapar de la billetera. Mi pasaje de regreso decía siete y media de la noche, y siendo las cuatro y diez, no tenía nada más que hacer. Llévatelo en la camioneta un rato para que conozca, le dijo mi contacto chiclayano a Carlitos, que me saludaba con respeto sin poder disimular del todo el rostro de reciente siesta.

Con el tiempo aprendí que en los viajes a provincias los empresarios, administradores, periodistas o chupes de oficina aprovechan para darle rienda suelta a sus instintos copulativos, y dejan el disfraz de maridos modelos para interpretar el patético rol del putero. En ese entonces no lo sabía, y me demoré en captar las indirectas de Carlitos. Acá la vida es barata, en Chiclayo las mujeres son fieles, es chiquito pero hay de todo, me decía; y la traducción correcta era: el polvo cuesta veinte soles, las hembras se prestan para todo y nadie se va a enterar de nada.
*
Llegué a un descampado espacio con pinta de escena de crimen montado en una Nissan cuatro por cuatro de llantas enormes pero silenciosas, siendo copiloto de un hombre que apenas conocía. Sólo me quedó confiar. Y efectivamente, el escenario se convirtió en el paraíso de los cherocas. Una pampa enorme, desértica, de donde emergían cuatro locales de dudosísima reputación con letreros huachafos y categóricos alusivos a night clubs. Aún no oscurecía.

Aquí el polvo te cuesta diez lucas, me dijo Carlitos. Aunque si chamullas lo rebajas a ocho. Pero la frutilla del postre la ofrecía el quinto local. Alejado varios metros del resto, aparecía “Las pocitas”, un espacio con pinta de hotel de tres estrellas, de esos que se convierten en cinco en provincias. Ahí, según Carlitos, la cosa era distinta. También es puterío, me dijo cuando ingenuo, le pregunté si un hotel así podía captar clientela tan cerca del pecado. Acá te cobran entrada, dos lucas cincuenta, y el polvo es más caro, te sale veinte soles.

Antes de mi aventura chiclayana jamás había acudido a un burdel. Ni siquiera en las épocas más duras de mi soltería había cedido a esa antigua modalidad. Mucho menos desde que encontré a Luciana, y ni en mi despedida de soltero caí en las garras de una fémina que cobra por rozar su cuerpo con más de cien penes al año. Mi excusa tenía mucho de ética y de responsabilidad por mi salud. Todo muy elegante. Pero gran parte de culpa la tenía el hecho de que por mi velocidad en la eyaculación, pagar 200 soles (lo que cuesta una puta más o menos agraciada en Lima) no salía para nada a cuenta.

A Carlitos no le di ninguna excusa, pero era obvio por mi pasmado rostro y por el hecho de que no dejé mi mochila en la camioneta, que nada iba a pasar. Le seguí la corriente rumbo al primero de los locales, mientras el crujir de los chifles en mi mochila fungía de banda sonora. El “Johana’s” tenía un amplio corredor por donde deambulaban los que bauticé como “despreciables”, muchachos misios y arrechos con pinta de experiencia en el arte de matar el tiempo en búsqueda de una puta bondadosa que les muestre algún presagio de sus servicios con un gesto o una travesura, para amenizar sus infames masturbaciones. También había clientes, pocos en realidad. Pasadas por centavos las cinco de la tarde, en Chiclayo y en cualquier parte, la gente con adquisición económica permanece en sus trabajos, así que las señoritas del “Johana’s” aprovechaban el rato para maquillarse, descansar o hablar por teléfono.

El “Johana’s” olía terriblemente. A sexo, a pecado, a cloro sazonado con espermatozoides disímiles. Y Carlitos lo atravesaba con natural familiaridad. Se acercaba a las chicas a consultarles el precio, les pedía “un poco más de información para el hombre”, señalándome, y ellas asentían mostrando indicios de sus vaginas sin afeitar o con frases que más que calentar, asustaban. Constaté que la información de Carlitos era verdad. Todas cobraban diez soles. Alguna te decía quince notando mi postura foránea, pero eran fáciles de regatear. Carlitos escogió a la que le parecía más agraciada y me dijo “ya, usted mismo es”, con un ademán de sostenerme la mochila. La chica no estaba mal en verdad, pero sin exagerar, si tenía DNI lo había sacado hace poquito. No tío, me voy a sentir un pedófilo. Con esa excusa safé.

*

Los demás locales no tenían nada distinto al “Johana’s”. Eso me dijo Carlitos, tal vez entendiendo que sería difícil convencerme. Volvimos a la camioneta con el pretexto de esperar las seis y media de la tarde, hora de apertura de “Las Pocitas”. Nos estacionamos cerca de la puerta y cada tanto veíamos llegar a las chicas. Eran considerablemente más agraciadas que las del “Johana’s”. Bueno, quedaremos en que eran el doble de mejores, por eso su cariño costaba el doble. Carlitos no volvió a insistirme, y giró la conversación a temas banales. Yo no lo escuchaba. Cambié de postura por la tentación, y sólo pensaba en que a aquella muchacha de piel canela, alta y bien despachada que aterrizaba en “Las Pocitas” la hubiese podido cortejar si la encontrase en una discoteca limeña. O que a la siguiente, un poco más baja y sin tantos atributos, pero sin duda más bonita, le daría un beso sin ningún tipo de inconvenientes. Carlitos me preguntaba por mi trabajo y si era mi primera vez en Chiclayo, y yo pensaba que a razón de mi fugaz primer round, 40 soles sí podía gastar.

En esas estábamos hasta que de pronto las frases de Carlitos me cautivaron, y pesaron más que mis hormonas pecadoras. Era un hombre entrañable. Jocoso y humilde, pícaro e indagador. Me preguntaba por Lima. Por el precio de la comida, por la calidad de los burdeles. Y sin preguntarme nada íntimo, me aconsejaba casi paternal. No te cases, no tengas hijos aún. Aprovecha tu juventud. Yo volvía a pensar en Luciana y en todos los planes que teníamos, tan fuera de aquello de aprovechar la juventud.

"Yo tengo una hija", me dijo Carlitos, "pero cinco mujeres". Siempre me ha sorprendido la manera de afrontar la fidelidad en algunas personas. Tal vez mi círculo sea el más aburrido de todos, pues aunque se hable de otras chicas y de las ganas de palpar otros cuerpos, no tengo amigos infieles. Y he sospechado que aquel que confiese ese pecado será vitoreado al inicio, celebrado con salud y palmaditas de hombro, pero luego confrontado y criticado en silencio. Pero estoy seguro que en sectores sociales distintos al mío, en círculos de amistad como el de Carlitos, la trampa es parte de la vida diaria. Estás en nada si no tienes una amante. Aún así, asumo que tener cinco es algo fuera de lo común en todos lados.

Varias veces me he enfrentado a sujetos que exageran en sus anécdotas, y a simple deducción, Carlitos sería uno de ellos. Pero se encargó, luego de detallarme aspectos puntuales de cada una, de comprobarlos con llamadas a sus celulares. Descontó a su mujer, a ella no le marcó el teléfono. Habló con la trampa más antigua y con el altavoz encendido, le pidió perdón por no poder visitarla. Llamó a la que trabajaba en un colegio, y le comentó que le había gustado mucho el restaurante en el que cenaron la última vez. Se excitó charlando con su última conquista, quedando con obscenidades que ella no dudó en responder con similares frases, en un encuentro íntimo esa misma noche. Y se peleó con la más joven de todas, chica que tenía 29 años y que según Carlitos, era su amante desde los 17. Ella es la más jodida, me dijo luego de colgar.

Pensé en la mujer de Carlitos. Con qué detalles llenará su existencia para vivir la historia desde el otro lado sin darse cuenta. Carlitos me decía que jamás lo había ampayado. Que él sabía cómo hacerla. Y yo pensaba en la reacción de Luciana si siquiera se enterase de mi presencia en el “Johana’s”. No había espacio en mis temores para visualizar su rostro al descubrirme con mi eventual amante. ¿Podría perdonarme una canita al aire? ¿Yo podría manejar una doble relación? ¿Y una quíntuple? Somos hombres, ¿no?, tenemos necesidades, me decía Carlitos.

Todas las palabras de mi nuevo amigo me llenaban de dudas. La vida es una sola, me decía, al final te vas a morir de viejo y vas a decir “tanto tiempo me pasé con esta mujer, tanto hice por mis hijos, ¿para qué?”. Yo pensaba en la escasa lista de mujeres que adornaban mi carrera de pingaloca. Y me preguntaba si acaso la manera de vivir de Carlitos, alejado del estrés del trabajo, con un sueldo pequeño, pero con el carisma suficiente para tener un hogar y cuatro amantes no era el verdadero objetivo de la vida. También en Luciana, en que jamás le había sido infiel, en que llevaba junto a ella seis años y medio. Y sazonado por el momento, con el rabillo del ojo miraba a las chicas que se aproximaban a “Las Pocitas”. Ya en el colmo de la enajenación, imploraba por que Carlitos me lleve de regreso al “Johana’s”.
*

Minutos antes de que den las seis y media, una llamada volvió a colocar a Carlitos en su rol de chofer con desidia constante. Había olvidado hacer unos envíos y debía regresar. No pude conocer “Las Pocitas”. No importa, le dije a Carlitos, igual no iba a pasar nada. Un pisotón típico de niño con rabieta golpeó a mi mochila, y el crujir de los chifles actuó como el sonido de mi conciencia. Será mejor así. Volveré a Lima con mis viáticos enteros y saldré a comer con el amor de mi vida.

Y a todo esto chochera, dijo Carlitos finalmente, ¿tú cuántas mujeres tienes? Cuando le dije que sólo me conformaba con una, su respuesta me descuadró: si yo con esta cara tengo cinco, si me prestas la tuya yo llego a veinte.

Al llegar a Lima decidí olvidarme por completo de mi aventura en los burdeles. Aún sin pecar, no me parecía algo digno de contar, y no lo comenté ni con mis más cercanos amigos. Semanas después Luciana me dijo que estaba embarazada, y fue más fácil alejar de mi memoria a Carlitos, al “Johana’s”, a “Las Pocitas” y a los olores terribles que adornaron mi estadía chiclayana.

Jamás volví a un burdel. Mi hija se volvió lo más importante de mi vida y ni siquiera el fracaso de mi matrimonio me alejó del amor y de las ganas de contemplarla. He pasado algunos meses solo. No he tenido que rendir cuentas a nadie desde que Luciana dejó mi hogar. He tenido contacto con otras mujeres pero no es lo mismo. Compararía la acción con el imaginario de mi cuerpo en “Las Pocitas”. Polvo y a cobrar. Vacío y vacío.

No quiero dar marcha atrás, pero es duro. Sólo cuando reaparecen las dudas, vuelve Carlitos a mi memoria. La infidelidad ocurre cuando menos lo pensamos y de la forma más inesperada. ¿Habrán ampayado a Carlitos? ¿Con qué mentiras seguirá manteniendo su hogar? ¿Tenía razón en todo lo que me dijo? ¿Cuáles son las armas para ser un infiel empedernido? ¿Si lo fuiste una vez, lo serás siempre? Y retumban en mi cerebro llamadas misteriosas cerca de las once de la noche, cancelación de planes a última hora con excusas de trabajo extra, frialdad extrema en la intimidad. Confesiones y llantos. Y me pregunto si mi amigo chiclayano podría conquistar veinte mujeres con mi cara, aún si se entera que no seguí sus consejos. Y tuve que morderme el orgullo, y por temor a no tener siquiera una, acepté el perdón.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Llegó Sudáfrica (Y)

A Manuel Burga, con el odio de siempre.
El Mundial ha empezado ya. Lo bueno de la globalización y de la información instantánea está en la posibilidad de emocionarse por la Copa del Mundo más allá de ser un invitado de piedra. Más allá de ser parte de un país que no sabe de clasificaciones desde hace 27 años. Y es que en el Perú nos hemos acostumbrado a mundiales ajenos, y eso no merma el fanatismo, no impide la emoción. No escuchar el himno en la cita más importante del planeta fútbol es una rutina, como lo es hinchar por Brasil o Argentina, anhelar que las figuras que nos regala la globalización lleguen enteras, o acaso desearle el mal a un país vecino. En el Mundial están todas las figuras que hemos aprendido a querer (y a conocer de verdad) desde que el fútbol se masificó con la televisión y se volvió pan de cada día con la Internet. Y este de Sudáfrica promete vértigo en nuestros televisores aún con nuestra camiseta de la selección guardada en el cajón con la ropa de verano.

El Mundial ha empezado ya, porque se acaban de sortear en Ciudad del Cabo los grupos que le dan forma de una vez en nuestros anhelos y pronósticos a ese mágico mes que esperamos con ansias cada cuatro años. Y desde ya podemos sacar conclusiones. La primera es que luego de dos mundiales con la suerte en el sorteo diametralmente opuesta, esta vez a Argentina le ha tocado un grupo accesible en el papel, y a Brasil el que será denominado como el “grupo de la muerte”. Después podemos decir que Uruguay la tendrá muy dura; que Paraguay tiene el escenario perfecto para demostrar por qué fue considerado durante largo período en las Eliminatorias como el mejor país de Sudamérica; y que Chile la ha sacado barata.

A continuación, un recorrido más profundo de lo que espero de nuestros hermanos de continente:

Argentina: Empecemos por Argentina, equipo del cual soy hincha acérrimo desde que tengo criterio para el fútbol, y mi viejo me contagió el amor por Maradona y Caniggia aquella lejana tarde de 1990 cuando los albicelestes eliminaron a Italia. Debe haber sido la primera vez que vi a mi viejo emocionado por un partido. Yo que en esa época, contagiado por los chicos de mi colegio, simpatizaba por Brasil, me volví maradoniano hasta hoy que le perdono sus exabruptos y confío aún en sus milagros para transformar a su selección en un equipo. Hoy Argentina es cualquier cosa menos un equipo. Y Diego tendrá que trabajar durísimo para plasmar en la cancha el 12 de junio a once muchachos que muestren presagios de triunfo, y no a un grupo de hombres confundidos, con los colores de su camiseta como única arma.

Si Argentina logra formar un plantel serio, y Diego encuentra la manera idónea de rodear a Messi, la fase de grupos la tendrían que pasar caminando. Nigeria siempre es un duro rival, pero no es el equipo del 94 que metía miedo a cada segundo. Tampoco es el de la generación Atlanta 96 con Kanú como abanderado. Hoy tiene a Obafemi Martins como figura principal, un atacante veloz pero que hace rato perdió sitio entre los clase A. Después a Mikel, un mediocampista del Chelsea que es muy bueno. Y nada más. Pese a eso, es el rival más duro del grupo. Después está Grecia, que a partir de la Euro 2004 (con consagración y levantada de copa incluida) resulta un enigma, de lo contrario sería un equipo más. Prometen un buen trabajo táctico, como para vislumbrar un partido a cero hasta el minuto 76, y que luego Messi abra el camino para el primero, e Higuaín ponga el 2-0. Y termina el grupo la ascendente Corea del Sur. Llegan con el cartel de haber clasificado desde México 86 a todos los mundiales disputados. Y luego de haber terminado invictos en sus Eliminatorias, los de Ji Sung Park, volante veloz del Manchester United, su mejor figura, quieren demostrar que no fue casualidad lo del Mundial 2002, cuando anfitriones, llegaron a las semifinales.

Incluso la Argentina actual, sin un esquema definido, con Maradona sin respaldo popular, con Messi de caminante distraído, puede quedar primera del grupo. Con trabajo, sin dudas los del país del tango empiezan su aventura sudafricana en octavos de final.

Brasil: Es inevitable pintarse el corazón de verdeamarelho en los mundiales. Sobre todo para nosotros, tan acostumbrados a las derrotas, alquilar un sentimiento ganador es muy fácil, y Brasil nos viene dando motivos desde hace varios torneos como para sumarnos a su coche triunfalista. Esta vez el destino los ha posicionado en el grupo más difícil, pero estoy seguro de que a ellos les da lo mismo. El miedo, como siempre, es para el rival. A Brasil mientras más lejos lo enfrentas mejor. Corea del Norte está llamada a terminar con cero puntos su reintegro a la cita mundialista. Y los otros dos rivales, Costa de Marfil y Portugal, deben estar preocupados. Brasil tiene un equipo como para ser campeón. Desde ya afirmo que es mi candidato. Tiene al mejor arquero del mundo y una defensa muy solvente. En ofensiva, lo sabemos, Brasil siempre es Brasil. Lo mejor del grupo G es que se verán las caras Kaká, Cristiano Ronaldo y Drogba. Uno de ellos quedará fuera en primera ronda. Portugal ha perdido contundencia por la veteranía de hombres como Deco, Carvalho o Paulo Ferreira, pero tiene en Cristiano (si llega entero) al desequilibrio individual más trascendente del mundo. Y Costa de Marfil llega con un equipo sólido, con la experiencia de haber pasado por el “grupo de la muerte” en Alemania 2006 y con la promesa de no ser, como aquella vez, Drogba y diez más. ¿Mi pronóstico? Brasil está adentro. Y Corea del Norte debe estar comprando ya los pasajes de regreso. Entre Cristiano y Drogba (dos de mis jugadores favoritos) prefiero no opinar.

Uruguay: Siguiendo con esta lista, cuyo orden obedece al corazón, es el turno de Uruguay. A los charrúas sí les ha tocado el “grupo de la muerte”. Dando por descontado un trabajo digno de Sudáfrica por ser local, Francia y México le dan un toque de impredecible al grupo A. A Uruguay no le sobra nada. Es evidente, desde la manera en que clasificó hasta el nivel de sus jugadores, no puede mirar por encima del hombro a nadie. Lo bueno es que lo saben, y tienen a un técnico inteligente como Tabárez que se encargará de repetírselo a todos sus hombres. A un equipo que ha perdido contra la peor selección peruana de los últimos años no se le puede augurar muchos éxitos, pero los uruguayos saben de hazañas. Y encuentran a sus rivales en mal momento. México se ha dormido en sus laureles, y ha convertido en pedantería aquello de ser un equipo de primer nivel. Hoy carece de figuras rimbombantes y ya le faltan el respeto hasta en su penosa Concacaf. Y a Francia le sucede lo mismo que a Argentina. No encuentra el equipo. Tiene que trabajar mucho porque jugadores hay. En esta serie cualquier cosa puede pasar. El “grupo de la muerte” se ha emparejado hacia abajo, y si sus representantes siguen caminando entre la mediocridad de sus actuales momentos, Uruguay podría clasificar. Pero de acá a seis meses todo puede cambiar.

Paraguay: Paraguay navega en el mismo pedestal que Argentina y Brasil desde hace mucho, y ya es hora de demostrar aquello en el Mundial. Es cu cuarta cita consecutiva, y los agarra con la madurez necesaria como para predecir algo grande. A Paraguay se le debe pedir cuartos de final como mínimo. No hacerlo sería desprestigiar a Sudamérica, y seguir dándole motivos a la FIFA para que mantenga los cuatro cupos y medio cuando, por nivel, deberían ser cinco y medio. Tendrán de rival a vencer a la “desconocida” Eslovaquia, de la que sólo se conoce al central del Liverpool Skrtel; y a la que imaginamos débil Nueva Zelanda. Y completará el grupo la última campeona del mundo, Italia. Los italianos suelen ofrecer un planteamiento mezquino y no se hacen problemas si en la primera ronda regalan empates. Paraguay está llamado a clasificarse sin problemas. Les auguro, en el peor de los casos, 5 puntos, con empates ante Eslovaquia e Italia y triunfo con Nueva Zelanda; pero si llegan a 9 no habría nada de raro. Los del “Tata” Martino han demostrado tener un plantel competitivo con jugadores que se saben de memoria su libreto. Y Sudáfrica 2010 es su oportunidad de demostrarlo.

Chile: Aunque la chapa de “enemigo” es menor a la del 98, nunca querré que a Chile le vaya bien. Aunque el odio haya mutado y ni se me pase por la cabeza la idea de seguirle los pasos a mi primo Camote que para Francia 98 arrancó de su álbum Navarrete la página de Chile, mi rencoroso corazón obtendrá la calma en Sudáfrica cuando el equipo de Bielsa esté eliminado. Para el análisis puedo decir que Chile realizó una magnífica Eliminatoria y gracias a Marcelo Bielsa goza de un equipo con credenciales positivos. Y subrayo a Bielsa (nombrado por tercera vez en el párrafo) porque en él me baso para decir que Chile tiene todo para alcanzar hasta los cuartos de final. Tiene todo para ser la “sorpresa” del Mundial. La experiencia en Bielsa le hará no cometer los errores del pasado. Carga con la maleta de haber quedado eliminado en primera fase en el 2002 cuando dirigía a Argentina. Y dos veces no le cortan la cola al gato, dice un dicho.

Chile enfrentará en su grupo a España, selección considerada por muchos como candidata al título. Pero el esquema de Bielsa, bien interpretado y con artífices en buena noche, tiene con qué hacerle frente. España trabaja como ninguno el balón en el mediocampo, no en vano cuenta con Xavi e Iniesta, los mejores volantes del mundo el último año, y con Cesc Fabregas, otro fuera de serie. Y arriba están enfiladitos con dos atacantes mortales: Niño Torres y Villa. Chile le puede jugar de tú a tú, y cualquier cosa puede pasar si “Chupete” Suazo convierte una de las tres oportunidades que seguro tendrá de liquidar a Casillas. Será un partido de ida y vuelta con pinta de Perú versus Brasil de México 70. Pero de todos modos, para los mapochos ese no es el partido. El rival a vencer es Suiza, una selección que ha mejorado mucho y aparenta ser muy sólida. Ahí está el Mundial para los de Bielsa. Y desde esta trinchera (que es la norte por única vez) afirmo, con envidia, que tienen todo para superarlos. Honduras tiene que despedirse acorde a su realidad, con cero puntos. Vienen de perder contra Perú, y eso es garantía suficiente como para decir que están en nada. A Chile lo seguiré pese a que no guardo simpatía ni por su camiseta ni por ninguno de sus jugadores. Al menos en el 98 yo era hincha oculto del “Matador” Salas. Y aquella vez festejé como goles peruanos los de Brasil que sirvieron para mandar a su casa a mi ídolo en octavos de final.

El resto: Ahora sólo queda esperar a junio para darle rienda suelta a la más grande emoción que el fútbol tiene reservada. No creo en los que dicen que tal Mundial fue mejor que otro. Todos han sido (y serán) extraordinarios para mí. Espero que aparezcan las figuras. Que los llamados a romper, la rompan (y que no se rompan antes de tiempo, como Zidane en el 2002 o Romario para Francia 98). Que campeone un sudamericano (si no es Argentina, que sea Brasil). Que África siga sorprendiendo con un equipo adorable, como Camerún del 90, Nigeria del 94 o Senegal del 2002. Que Alemania siga el rumbo de su historia pero con algo más de emoción que las últimas veces. Que Inglaterra demuestre por qué en los videojuegos sigue comandando la selección más fuerte del mundo, que aparezcan Lampard y Gerrard, porque esta vez sí es ahora o nunca. Que en Sudáfrica apreciemos la consagración de esa magnífica y poco valorada generación de holandeses que en la Euro 2008 fueron los mejores. Que Van der Vaart, Robben y Sneijder se olviden que alguna vez pasaron por el Real Madrid y muestren el exquisito fútbol que sólo en la casa blanca no rindió frutos. Que los italianos sumen fantasía a su catenaccio. Que Cristiano Ronaldo la descosa, que Messi haga seis goles, que Kaká sea Kaká, que Eto’o tenga un buen torneo, que Drogba haga un par de golazos, que Forlán esté diez puntos, que Cabañas nos reivindique a los sudacas con un codazo y un gol en un mismo partido. Que Maradona sea feliz. Que Dunga sea ganador pese a Dunga.

Y bueno, la de siempre: que Dios me de vida para algún día, así sea lejano, poder escribir sobre un Mundial con mi camiseta de la selección al lado.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Destellos del Derby (Y)

A falta de tertulias peloteras hace tiempo, les dejo mi apreciación del clásico del fútbol español, el partido más esperado del año. Y le dedico el texto a mis primos Camote y Roca, dos de mis compinches favoritos cuando se trata de hablar de fútbol, y que deben andar borrachos en algún bar de Catalunya. Visca el Barça.
Hace un par de semanas leí un artículo en el Deporte Total de El Comercio dedicado a Zlatan Ibrahimovic. Lo firmaba un columnista que no conocía, de esos que desfilan de vez en cuando en las últimas páginas del diario con artículos no del todo coyunturales, y decía que el delantero sueco era un jugador letal en partidos accesibles, pero intrascendente en los importantes. Juraba compartir la opinión con Arrigo Sachi, que goza con la autoridad de haberlo tenido cerca varias temporadas en Italia. Decía que Zlatan era un perfecto goleador de Liga, pues al ser este un torneo largo que suele coronar a los equipos que menos se complican ante rivales en el papel más débiles, el Barcelona podría dar por descontado buenos desempeños de su actual número nueve ante el Almería, el Bilbao o el Espanyol. Pero en los partidos más picantes o determinantes, de esos que aparecen con los clásicos y sobre todo en torneos como la Champions por ejemplo, extrañarían a Eto’o. Los números respaldan esa afirmación, pues Ibrahimovic ha ganado el Calcio italiano cinco temporadas seguidas (dos con la Juve y tres con el Inter) y en la Champions ha deambulado con más pena que gloria. Pero lo de intrascendente acaba de pasar a la historia hoy con su gol en el triunfo por uno a cero del Barcelona ante el Real Madrid, acaso el partido más importante del mundo en la actualidad.

Y es que este clásico ha tenido muchas contradicciones. Sobre el papel el Barcelona debía arrasar al Madrid (por actual momento, por localía), pero a mi entender eso no ocurrió, sobre todo en el primer tiempo. El Madrid complicó mucho al Barça jugándole de tú a tú, algo impensado en la Liga pasada, y si hubiese encontrado el Derby a Cristiano Ronaldo con ritmo, cualquier cosa podía pasar. En los pronósticos Iker Casillas tendría un excesivo trabajo, y fue Víctor Valdés el que puso el primer gol de la noche con ese atajadón a Cristiano. Los centrales del Madrid serían protagonistas, y para mí Carles Puyol fue el mejor jugador del partido. Lo que no pudo escapar de los pronósticos fue el resultado. Ganó el mejor, pero lo hizo porque pegó en el momento justo, no necesariamente por ser superior.

Y ahí fue fundamental Ibrahimovic. Entró por un deslucido Thierry Henry y en su primer contacto con la pelota la mandó a guardar. Como para callar a los que no lo tenían en los clásicos. Con su sola presencia “Ibra” es un peligro constante. Aún si permanece alejado del área, aún si viene de una lesión, aún si está impreciso como hoy. Jugadores como él o Messi tienen que estar en la cancha siempre, así el equipo se quede con diez. Así lo interpretó Guardiola, y eso fue lo que no entendió Pellegrini al sustituir a Cristiano Ronaldo cuando su equipo estaba en superioridad numérica en el campo, y al hacerlo, entregó el partido. Lo perdió ahí mismo.

Después de tamaña estupidez del chileno, el clásico fue más azulgrana que nunca. Recién se pareció al de los pronósticos. Apareció la mejor versión del Barça, esa que no extraña a sus figuras si se lesionan, la misma que vuelve imperceptible la expulsión de uno de sus hombres. Messi demostró que es un jugador de equipo, y realizó una labor táctica fundamental, llena de sacrificio e inteligencia para descontrolar a sus rivales (que se llenaron de amarillas por detenerlo) aún alejado de los metros finales, que es cuando hace daño. Y se hizo la luz con ese poema al fútbol que suelen ofrecer Xavi e Iniesta cuando controlan los partidos, incluso si tienen como rival de contacto directo a un estratega nato como Kaká, que como todo el Madrid, desapareció después del ingreso de Benzema por Ronaldo. Dani Alves plasmó su personalidad y su estilo, que se complementa como ninguno en el mundo con el toque fino de Xavi, Iniesta y Messi, y luego de mandar dos centros a la tribuna en el primer tiempo, le puso el pase gol a Ibrahimovic y le cedió a Messi la gloria en bandeja para sellar el partido, pero Lío perdió, tal vez por primera vez en su carrera, ante el achique de Casillas. Y colaboró Keita, anduvo correcto Abidal, Toure hizo lo suyo. E inflaron el pecho los dos zagueros. Puyol demostró que hoy en día es de lejos, pero de muy lejos, el mejor central del mundo. Y Piqué su complemento ideal. Nunca se complican, son fuertes en el mano a mano, colaboran en ataque. Que se agarren los delanteros si España los mantiene juntos en el Mundial.

El Barcelona tiene con qué pelear el protagonismo en la Liga, en la Champions y en la Copa del Rey. No se caería el mundo si repiten el triplete al finalizar la temporada. Pero el Madrid ha demostrado que al menos en los partidos entre ellos, puede encontrar la fórmula para contrarrestar poderes. Si bien carece de seguridad en líneas puntuales como las de Albiol y Arbeloa, tiene el equilibrio en el mediocampo que extrañaba con Guti y Gago y que se hará prolijo con el correr de los partidos con Lass y Xabi Alonso. Y salvo Marcelo que no termina de convencer, goza de jugadores correctos como Pepe, Sergio Ramos e Higuaín (a ese dámelo siempre), y cuenta con la magia asegurada, salvo lesiones, de Cristiano y Kaká.

Lo que tiene que hacer en el acto Florentino Pérez es mandar a Pellegrini de regreso a Santiago. Pero ya. Mantenerlo es tan absurdo como prescindir de Cristiano Ronaldo los últimos veinte minutos de un partido trascendental con el rival con uno menos. Y tan irrespetuoso como decir que si se trata de clásicos, Zlatan no moja.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

AdioZ (Y)

Despojado de todo estilo elegante de redacción, a puro corazón, un texto largo, huachafo y cursi. Casi exclusivo para mis incondicionales. Los demás, no lo lean. Es una especie de epístola de despedida hacia los miembros de mi ex hogar. Prometo ahora que he logrado postear sin que se cumpla, por un día, un mes desde mi última vez, hacerlo más seguido.
Luego de 27 años de fervoroso estatus de mantenido, he dejado mi casa. Casi no ha habido tiempo para despedidas. Ni para añoranzas declaradas. Simplemente un sábado por la tarde, y sin hacer mucho aspaviento, les di la espalda a mis padres y a mis hermanos junto a una maleta y un futuro inquieto. Semanas después, mi familia dejó el último hogar en el que fuimos cinco para por primera vez desde 1990, volver a ser cuatro en una mudanza. Hoy en la casa de mi familia no están más mis pertenencias. No hay siquiera un espacio con mi sello. Tan sólo quedan en el alma de mis seres más queridos rezagos de mi presencia, de cada cicatriz que les dejé mientras les hacía compañía. Hoy que no cuento más con una cama unipersonal en el terruño de esas entrañables personas, quiero rendir un homenaje al último hogar que nos supo sentir como familia. A ese espacio que me exilió a un diminuto y asfixiante dormitorio y que por cuestiones ajenas a este texto, goza de la antipatía general de mi gente. Pero que para mí será especial eternamente. Porque pese a haber vivido en nueve casas distintas junto a mi familia, ese dúplex miraflorino encallado en la calle Ramírez Gastón marcó una etapa definitiva en la vida de los que llevan mi sangre, y cuando el tiempo se encargue de posicionar mi nuevo estatus en el mar de las anécdotas, yo le daré vida a ese pequeño pero íntimo porcentaje de mi ímpetu que hoy permanece en silencio, y que me gritará cada vez más fuerte que parte de mí se quedó ahí.

Un adiós gigante, de la A a la Z:

Amanecer: no hay mayor placer al despertar que hacerlo sin obligaciones. Extraño la comodidad de amanecer en mi casa. El jugo de naranja sin necesidad de cansar mis brazos, la cama impecable minutos después. Los periódicos en la mesa. El “buenos días” de mi madre incluso cuando mi presencia venía cargada de culpa. Es inevitable, todo el que deja la casa de sus padres añora el relajo sin responsabilidad de los amaneceres.

Balcón: por ahí miraba la bulla y si no hacía frío, escuchaba el futuro muy abrigado. Fue la dosis de respiro ante el encierro de mi cuarto. El aire ambiguo del que duda si atravesar la calle o quedarse en casa.

Cochera: fue mi primer indicio de independencia. La cochera de mi carro quedaba aparte de la del resto del edificio. Su espacio y el diminuto control negro eran sólo para mí. Cuando andaba tristón o me emocionaba más de la cuenta con una canción, me quedaba diez o quince minutos ahí. No había que rendirle cuentas a nadie.

DirecTV: mi cuarto no tenía Cable Mágico en mi última casa. Versus y los partidos de Alianza jamás atravesaron mi último cubículo. Sí había DirecTV, que si no tomamos en cuenta lo mencionado líneas arriba (que es básico), es mucho mejor. Tenía todos los canales de deportes, series y películas que desfilan en la oferta del cable en el Perú. Fui feliz madrugadas solitarias con Movie City, Cinemax (en diversas versiones), Cine Latino, etc. Hoy sí veo a mi Alianza en mi cuarto, pero películas, sólo en DVD.

Espejo: he dicho que mi cuarto era minúsculo, casi una ratonera, pero tenía todo. Una cama, un televisor, un clóset, un baño. Y en el baño, un espejo. Era el núcleo de la habitación. Con esa otra dimensión al otro lado de los cristales mi espacio crecía. Enfrentándome día a día a esa liturgia, con prisa o sin ella, vestido o en toalla, dejé de pertenecer al grupo de los niños que odiaban los espejos.

Facilismo: lógico, tener servido all inclusive es descomunalmente conveniente. Hoy adoro el vértigo que significa luchar para llegar a fin de mes, aún cuando mi sueldo me dure exactamente 15 días, pero con el tiempo odiaré las cuentas y recordaré las épocas en las que mi única responsabilidad era existir. Ese facilismo que llega a enfermar con el paso de los años, pero una vez que logramos despojarnos de sus taras, quisiéramos volver a sus ramas aunque sea por un rato.

Grifo: pasé un poco más de un año en el departamento de Ramírez Gastón, pero desde el año 2001 viví, digamos, en el mismo barrio. Antes mi familia anduvo en la calle Gustavo Escudero, y nos acostumbramos con intensidad al grifo más cercano. En todo ese período lo he visitado en horas de lo más dispares. Muchas noches, algunas veces cerca de las siete de la mañana, incontables madrugadas. Los últimos tiempos dibujaron mi anatomía cabizbaja junto a mi hermano en ese establecimiento, y se lo agradezco con el alma por el aguante. Íbamos tan sólo para matar el tiempo, para ofrecerle más chances al insomnio. Por eso, sobre todo los martes de pichanga cuando la noche se alarga, extraño ese grifo con la misma intensidad con la que me volví su hincha.

Internet: sobran las palabras. En estos tiempos de comunicación instantánea, básico contar con Internet. Felizmente en el hogar que hoy me cobija con amor y responsabilidad, el WiFi me sonríe, pero no sé hasta cuándo gozaré de esa suerte. Por el momento el presupuesto no tiene en cuenta ni por asomo boletas de Internet.

Juergues: la parte bonita de ser un desempleado está en la escasez de responsabilidad por levantarse temprano. Entonces, si había una juerga entre semana, pues me sumaba sin pudor. Aunque no exageré mucho sobre todo los últimos tiempos, hubo épocas en las que salir por la noche a embriagarme los jueves era cuestión de rutina. Entonces llegar a mi casa a las cinco de la mañana para levantarme a la una de la tarde y simplemente comer con voracidad para esperar el fin de semana, era sumamente delicioso. Qué lejanos se ven los “juergues” hoy día. Una sola vez he ido a trabajar resaqueado un viernes en mi nuevo empleo. Juré no volver a hacerlo nunca.

Kiosco: cómo olvidar a la señora del kiosco. Pese a que jamás compartí con ella más palabras que “seño” o “Bocón”, su mirada enigmática, con esos ojos indescifrables y los gestos en otra parte, fueron parte de mis pasos apurados. Hoy que estamos a puertas de un nuevo Mundial, juro que cuando Navarrete o Paninni me deleiten con sus clásicos álbunes, me daré una vuelta por su kiosco a comprarle el clásico paquetón de figuritas con el que le alegraba la tarde. Sólo en esas oportunidades su sonrisa fue genuina.

La iglesia: mis viejos pertenecen a una comunidad católica, y han pasado casi 15 años con rituales que los separaban del hogar los sábados y uno que otro día de la semana por la noche. Aunque han perdido la batalla por suministrarme de su fervorosa fe, respeto con la célula más comprometida de mi ser todo lo que han dado por su iglesia. Y no en vano he sido niño, adolescente y adulto escuchando (a veces muy a lo lejos) la palabra de Dios. Soy creyente aunque no practico la religión. Pero converso con Dios y me persigno y lo evoco cuando estoy en aprietos. Y en mi existir quedan grandes porciones de la fe que profesan mis padres. En mis anhelos está la capacidad de perder la vida por el semejante, algo que hacen todos los miembros de la iglesia de mi familia, aquellos que mis padres llaman “sus hermanos de comunidad”. Y eso es más fuerte que cualquier religión. Más importante que la confesión o la hostia.

Nina: la nueva casa de mi familia queda a siete cuadras de mi trabajo. Todos los días a la una de la tarde empiezo los pasos apurados para llegar al almuerzo. Es toda una experiencia de verdad. Son 10 minutos de ida, 40 para almorzar y meterle a la sobremesa, y 10 más para regresar. Pero vale la pena porque así la sazón de Anita (Nina para nosotros) le pone el parche a mi hambre. Platos amados por la multitud, como el ají de gallina o la carapulcra por ejemplo, no los acepto ni en restaurantes, y si ella no me prepara el arroz con pollo, lo devuelvo.

Olor: ¿A qué huele tu casa? Nadie sabe, pero reconoceríamos ese aroma entre millones sin ningún tipo de problemas. Mi casa era el perfume de mi mamá, la transpiración trabajadora de mi padre, los adornos de mi hermana, las camisetas de fútbol empapadas de mi hermano y mis zapatillas pezuñentas después de meter mil goles. También la fritura deliciosa cuando se avecinaba un bistec con papas fritas o la papa rellena más sabrosa del planeta. ¿A qué olía mi casa? No lo sé, pero era un aroma entrañable.

Parque: también está conmigo desde el 2001. La tenue luz de sus faroles por la noche que le daba forma a un paisaje silencioso mientras caminaba con alguna compañía grata en ese parque, es un lienzo para mi memoria.

Quieres: con signo de interrogación. Vivir en familia es gozar de los ofrecimientos. ¿Quieres más tequeños? ¿Quieres este pedazo de chocolate? ¿Quieres que te de un poco más de dinero? ¿Quieres mudarte de una vez?

Ruido: parte de formar una familia es sumarse a un ruido exclusivo, casi un sello, una distinción. Debido a las reglas del hogar, los tipos de ruido se van plasmando. Y poco a poco ganan la batalla. Hoy que es de noche y escribo en silencio, no es difícil extrañar las carcajadas de mi madre frente a la televisión o sus canciones en la compu desde temprano; “el bajen el volumen” que fue una característica de toda la época universitaria de mi hermana cuando le daban esas ganas locas de dormirse temprano, como a las once y media de la noche, y mi hermano y yo andábamos gritando goles ficticios en la Playstation; los eructos y las tiradas de puerta de mi hermano, de niño la de su cuarto para manifestar su furia, de grande los cajones de la despensa para saciar su hambre a las tres de la mañana; o la voz a lo lejos de mi padre pidiéndome un favor, o simplemente comentándome un gol que estábamos viendo en televisores distintos, juntos pero separados.

Soledad: conforme uno va creciendo las ganas de emigrar son más fuertes, y los primeros pasos se suelen dar cuando nos quedamos con la casa vacía. Yo era feliz mientras estaba solo en mi casa. Era el rey. Hacía lo que me venía en gana. Había tiempo para todo, pero sobre todo para perderlo sin cuestionamientos asolapados ni interrupciones. Claro, la soledad era magnífica mientras me garantizaban que alguna vez, ya sea tarde o temprano, la casa volvería a estar llena.

Teléfono: ahora que me he tenido que enfrentar a contratos y a bancos y a AFPs, se me ha hecho muy difícil inhibir de mi paladar la frase 2715928 al momento de dar mi teléfono. Ese número me ha acompañado, creo, más de una década. Hoy no existe más. Como tampoco existe en mi bolsillo el último celular que fue cortesía de mis padres. Le tuve que decir adiós a mi Nextel. El último objeto, o la última cuenta, que me pagarán mis viejos (qué conchudo suena eso a los 27). Hoy mi nuevo teléfono me lo brinda mi chamba, y entre mis planes a futuro se encuentran adefesieros objetos que les pienso regalar a mis papás a manera de retribución. Y como ellos son de oro, los tomarán como si se tratase de lo mejor de lo mejor. Como si fuera un Nextel con radio ilimitado y 50 minutos libres sin pagar un mísero sol.

Universidad: yo he sido un eterno estudiante universitario. Mi casa me ha soportado como un ser humano relacionado a parciales, finales y exposiciones un larguísimo período. Pese a que hoy disfruto con llegar a mi casa del trabajo y no tener nada más que hacer, extraño el ritmo de la universidad. Extraño sobre todo los horarios de mierda que me tocaban, como las clases a las siete de la mañana. Esas tiradas de pera eran deliciosas. Mi vieja las detestaba. “Igual voy a pasar, yo sé hasta cuándo puedo faltar”, le decía. Lo que nunca supo fue que cada fin de ciclo, casi rutinariamente, tenía que redactar mentirosos y suplicantes mails a mis profesores para que no me jalen por inasistencias.

Winning: soy adicto al Winning y no me da vergüenza confesarlo. Desde que tengo uso de razón, los videojuegos son para mí una connotación de mi verdadera pasión lúdica: el fútbol. Jamás me enganché con otras variantes. Mis consolas (ya sean de Nintendo, Súper, N64, PlayStation 1, 2 y 3) han recibido en un 98% juegos de fútbol. Y el Winning lidera el ranking. Como soy un solitario, soy de los pocos que siempre prefirió enfrentarse a la máquina que a un semejante. Y le contagié el vicio a mi hermano. Era ley algunas noches llegar a mi casa anhelando que él no esté frente a la Play. Y cuando lo veía inmerso en sus Master League, lo odiaba un poco. A él le pasaba exactamente lo mismo. La última consola que compartimos fue la PlayStation 3, y hoy navega, pesadísima y en un maletín deportivo, de casa en casa. Y es inevitable (aunque ya no nos odiemos) que cuando nos piquen las manos por hundirnos en los apasionantes torneos que nos regala el Winning y el juego no ande cerca, nos dejemos de extrañar un poquito.

Xmas: (perdón por la huachafería, pero la X es jodida) connotación de la Navidad en lenguaje gringo. ¿Qué ejemplo más claro de unión familiar que la Navidad? En mi casa esa época, que en realidad incluye casi todo diciembre, siempre fue especial. Cuando había bonanza económica y cuando éramos misios. Sólo recuerdos gratos para la Navidad. Ese espíritu heredado de mis padres lucharé por trasladárselo a mi hija (¿o será hijo?). Papa Noel no existe hijita, pero la Navidad sí.

Zzz: por último, la hora de dormir. Las buenas noches, aunque a veces fueron gritos de cuarto a cuarto con la palabra “chau”, siempre existieron en mi casa. Cuando no me despedía de mi mamá por ejemplo, me invadía una sensación claustrofóbica. “¿Qué pasa si le ocurre algo en la noche?”. Despedirme de mis viejos cada noche era casi una cábala para mí. Una cuestión de conveniencia tal vez. Pero en fin.

Las letras reservadas:

Chelta: si le digo Marcelo a mi hermano él no voltea. Mi voz con su nombre está reservada para Salas, para Bielsa, para cualquiera de sus tocayos. Él es Chelta, y lo será mientras yo viva. Le puse esa chapa en honor a una palabra que él repetía de pequeño que se me extravió de la memoria, pero su apodo quedó. Mi hermano llegó al último barrio que compartí con mi familia siendo un gordito chinchoso al que sometía con llaves al estilo Dragon Ball y se fue convertido en un hombre más alto y más guapo que yo. Y como ya he dicho, me llevaré en el alma su aguante en mis últimas noches, cuando me ayudaba a pelearle al insomnio en madrugadas solitarias, todas mis angustias, en ese bendito camino que nos llevaba al grifo, a nuestro grifo, y donde le decía con palabras y silencios que no debería ser como yo (al menos no tanto). Mi hermano es mi amigo más querido, y de todo lo que “perdí” cuando dejé mi casa, su compañía es lo que más extraño.

Hermana: cuando evoco a mi casa asoma mi hermana Paloma concentrada en su trabajo mientras yo perdía el tiempo, y la interrumpía casi por joder con preguntas absurdas. Y extraño su paciencia para jamás darme la espalda. Para tolerar mis imposiciones caletas como cuando éramos niños y el aburrimiento me llevaba a hacerla renegar. Fue mi primera enemiga, cuando era una chillona exagerada; y mi primera amiga, cuando tuvo el plus de presentarme a la que sería la madre de mis hijos. Mi hermana hoy ocupa mi lugar de hija mayor, y como conmigo le brota la empatía, seguro dirá que aprendió de mí. Yo aprendí de ella su sentido de perseverancia, y rescato que pese a tenerme cerca más de 24 años, no se haya contagiado de mis demonios. Y que haya sido yo el que más veces quedó “volando a la deriva”.

Mamá: soy y seré un hijo para siempre. Y mi madre es mi madre pues, con ella no hay objetividad. Comparto ese sentimiento con todo el que me lea, estoy seguro. Mi mami fue Mamá con mayúsculas mientras viví a su lado. Su luz aparece en todo rezago de felicidad que me regala el mundo. Y la tengo archivada en los más antiguos y trascendentales documentos de mi memoria. Como cuando a los tres años la esperaba a que llegue de su universidad y ella lucía una chompa beige que yo adoraba. Como cuando estaba por acabar la primaria y se sentaba conmigo para hacerme estudiar, y no cesaba hasta que le creyese la frase que repite hasta hoy: tú sí puedes. Como cuando se emocionaba hasta las lágrimas con mis escasísimos logros. A mi madre no le reprocho nada, y todo el que le cuestione algo, pues que se vaya a la reconcha de la suya.

Viejo: mi viejito siempre estará conmigo. El mismo que por un descuido casi me mata en nuestro primer hogar, cuando tal vez para cuidar a un niño tenía la misma experiencia que tengo yo hoy. El mismo que con un silbido a modo de saludo me devolvía a la tierra. El mismo que algún día me dijo “toma, es tuyo”, y me entregó mi primer auto. El mismo que sólo dormía tarde las noches de partido y que comía con la misma voracidad con la que hacía dieta, tres o cuatro panes con mantequilla. El mismo que me enseñó que cuando la vida te lesiona, con sacrificio y garra, y sobre todo fe, se puede uno recuperar. Yo ya quiero que nazca mi hijita(o) para intentar regalarle un papá como el que tengo yo. Y sobre todo porque será la única(o) capaz de despojar del pedestal de mis afectos a mis padres. Porque hoy ensayo un adiós a medias, pero sólo con ella estaré preparado para despedirlos definitivamente.

Yo: el Gabriel de la casa de familia no existe más. Con estas líneas se despide, con el compromiso explícito (siempre conchudeando) de seguir solicitando su ayuda y su compañía para siempre. Esta vez desde trincheras diferentes, pero con el cariño de toda la vida. Ya saben que pese a mis aires de autosuficiencia y a mi incapacidad de manifestar mis sentimientos a veces, siempre los necesité. Y los voy a seguir necesitando. Aunque los objetos de su nueva casa me señalen como un extraño, aunque me haya llevado mis contadas pertenencias, tengan la certeza de que un pedazo importantísimo de mi existencia se quedará con ustedes por los siglos de los siglos.

Ah!, no se olviden nunca de mi voz en la ducha. Y sobre todo en estos tiempos, pongan play en “Amor y control”. Porque a pesar de los problemas, familia es familia. Y cariño es cariño.