martes, 3 de agosto de 2010

Divagaciones en la patria (Y)

"Llevo tus marcas en mi piel, y hoy sólo te vuelvo a ver"
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De pronto una tibia garúa con olor a mañana mansa, el cielo gris asolapado por la brisa y mis pasos coordinados en una calle que me conoce demasiado me llevan a pensar que efectivamente, podría vivir en San Bartolo todo el año. Contagiado por el optimismo sin que importe mucho que me alisto para ir a trabajar, que debo llegar al auto surcando ladridos mendigantes de perros escuálidos y hambrientos, y que la vasta de mi pantalón se empapa sin tregua de húmedo barro, digo para mí mismo que con un auto a gas, una casa con cochera y cable pirateado me pasaría los inviernos en mi playa, yendo y viniendo hacia y desde la Lima de las combis, la bulla y los aires sobrepoblados. Aquí podría educar a Inés en sus primeros años de vida. Aquí la contagiaría del amor por el mar (pese a que nunca pude adoptarlo del todo). Aquí le enseñaría que es posible y hermoso caminar sin esquivar transeúntes apurados y conductores distraídos. Inés podría contar con un espacio, a media hora del mundo real, donde la naturaleza sea venerada, y el silencio y la soledad vistos como fuentes de inspiración y no de aburrimiento. He llegado a San Bartolo para el feriado por el cumpleaños del Perú. Creo que es la primera vez en diez años que no he salido de Lima. Antes, con el plus de las vacaciones universitarias y las ganas de escapar, pasaba las Fiestas Patrias en el Cusco, Máncora, Iquitos, Huaraz; o hasta en las desérticas playas del norte chico. Esta vez no ha habido tiempo. Esta vez tengo a mi cargo una niña de dos meses y medio. Pero ante la posibilidad de “honguearme” en mi casa, con el húmedo y letal aire de Barranco como protagonista, mi San Bartolo querido me ha cobijado, como tantas veces. Esta vez no ha sido “por último a San Bartolo”.

2

Inés no lo sabe, y no lo entiende cuando se lo cuento con voz alta mientras la llevo en su coche en su primer paseo por el malecón donde crecí, por las veredas donde me caí y me levanté, por la esquina en donde me emborraché junto a mis cómplices compatriotas de mi patria veraniega, por el pasaje donde conversé por primera vez con su mamá. Pero es inevitable emocionarme. Es inevitable desear toparme de nuevo con los personajes que hicieron más atractivo el cuento de mi vida, para que me descubran junto a mi logro más preciado, junto al fruto de mi futuro tan lejano y tan cercano de mis recuerdos de tardes sin zapatos y ganas de todo menos de Lima. Aquí fue, le digo, y ella sonríe, se estira y bosteza al mismo tiempo, y guardo para mí la continuación de la frase porque evoco tantas posibilidades.

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Flora nos dará el encuentro. No se lo dije, pero necesitaba un momento a solas junto a Inés y San Bartolo. Porque San Bartolo tiene en mí dos etapas, en una está Flora y en la otra no. En una soy un niño y en la otra un aprendiz de padre. E Inés ocupa tanto mi mundo que hasta la quiero partícipe de mi despedida hacia esa niñez de la que jamás me despedí a solas, y su coche corta el viento y no es difícil la nostalgia, por mis primos que se han casado o se han ido a Barcelona o a Canadá, por los paseos a toda velocidad de copiloto en la bicicleta de un amigo que ni sabrá hoy que soy papá, por el lujoso inmueble que ha crecido sobre el patio de la casa en donde jugué mis primeros partidos junto a mis primeros compinches y por la noche tuve mis primeras fiestas con las primeras chicas que no pude besar.

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Pero ya no hay nadie. Ya nada es igual. Ni siquiera en el verano. Y no es justo, pienso para mí mismo, querer impregnar de un amor que fue y es mío a mi hija. No es justo que ella crezca con las anécdotas de un pasado con niños a montones y bicicletas y casas abiertas cuando a lo mucho tendrá como compañeros a mis propios amigos, mientras se emborrachan en la playa junto a mí y mis recuerdos, y la contemplan, y piensan que ellos pronto, muy pronto, pero todavía, y ya nadie anda en bicicleta porque los sábados la gente chupa desde temprano y no sabes si te toparás con un borracho con complejo de Ayrton Senna o con un mañoso que te ha estado observando hace semanas pero no te diste cuenta, y las casas están cerradas y los autos en cocheras que te cuestan cinco soles y te empujan a la flojera y a caminar sin ganas en el retorno, porque si te descuidas te rompen la luna.

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Flora está con nosotros ahora. Y vuelve la felicidad a mi mente. Esta es mi familia. Lo he logrado. Aquí fui parte de un sueño cuando mis abuelos paternos y maternos coincidieron en San Bartolo. En este suelo fui una realidad junto a mis padres, y les regalé una familia con tardes de postal como esta, comprando “bombas” y “quequitos” en la panadería que hoy ofrece hasta Ciabattas. Aquí finalmente mi semilla ha crecido, y lo que sembré con entusiasmo, aciertos y muchos errores lanza frases indescriptibles en un idioma mágico que me lleva a la genuina carcajada. ¿Vivirías todo el año en San Bartolo?, le pregunto a Flora. Y ella responde afirmativamente. Y sin dudarlo. Lo vamos a hacer, pienso, se lo debo a mi balneario. Se lo debemos.

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El parque principal de San Bartolo tiene jardín. El verde prevalece en lo que fue color arcilla por primera vez desde que tengo uso de razón. Es sin duda una buena gestión del alcalde actual. Igual que las veredas del malecón, que hoy son lisas y ya no apestan a desagüe camino al bufadero. El progreso se ha llevado las huellas de mil caídas y heridas. El alcalde actual persigue en estas épocas electorales su segunda reelección. Es decir, lucha por seguir en el podio por tercer proceso consecutivo. Mal no lo ha hecho. En realidad, pienso, para destacar no tenía que hacer mucho, porque antes de él los alcaldes se dedicaban a regalar terrenos en pos de votos y aceptación, y a robar y a chupar mientras le abrían todas las puertas a la “invasión”. Hoy San Bartolo tiene agua potable. Increíble. Increíble que en estos tiempos “modernos” eso resulte “increíble”.

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En el parque que hoy está verde y donde se encuentra la iglesia en la que bautizaron a mi hermano y a la que desde ese momento, en febrero o marzo del 92 o 93, habré regresado sólo un par de veces, hay una construcción obra de Sedapal. Un mini imperio cercado de colores metálicos donde yacen un par de máquinas grandes que fungen de desaguadero (según la “casera” que me vende guargüeros y bolitas y alfajores de miel y manjarblanco). Ese es el principal motor del progreso en San Bartolo. La principal obra del alcalde. Qué más da, que gane de nuevo. Dicen que esta vez tiene once competidores, pero cada uno más incapaz que el otro. Conozco a uno, pero no lo suficiente como para catalogarlo como capaz o incapaz. Esa construcción de Sedapal, no podía ser de otra manera, tiene fama de “trucha”. Anda en líos con la ley por evasión de costos (asumo). Frente a ella hay un pedazo de concreto donde se ha escrito la frase “Bienvenidos a San Bartolo” (o algo parecido). Decido que le quiero tomar una foto a Flora junto a Inés con ese letrero de cemento como fondo. Y casi al instante un policía veterano, chaparro y con bigotes de nazi salta de su guarida y me ordena que me retire, que aquí están prohibidas las fotos. Recuerdo de inmediato haber leído algunas noticias y pienso, “no quieren periodistas y me han confundido con uno de ellos”. Opto por retirarme, pero Flora quiere explicaciones. Obvio, no pueden expulsar a nadie de un parque público. El tombo, amaestrado sin duda por el alcalde, no desea discutir y alza la voz. Flora contragolpea y el infeliz le grita “¡retírese!”, con autoridad de escuela militar. Me deja frío y no logro contestarle más que con una mirada de odio. Flora se termina por largar del lugar y echa humo de la rabia. Y yo no la he defendido. En esa guerra interna por conquistarla de todos los días que es la convivencia, hoy he perdido. Y mal. Y por culpa de ese hijo de la gran puta que encima ha hecho llorar a mi hija. El primer llanto por susto de su vida. El primer grito autoritario que escucha, de esos que me he jurado jamás lanzarle. Me lleno de rabia. Soy muy tranquilo, me digo. A veces eso es malo. Y pienso que ya no quiero vivir en San Bartolo. Y que no quiero que gane la reelección el actual alcalde. Y no siento pudor al desear, frente a la iglesia del bautizo de mi hermano, que le de un cáncer terminal en no pocos años a ese tombo de mierda.

8

Mi feriado por Fiestas Patrias se cortó el viernes 30, y debí regresar a Lima por la mañana para volver en la noche, como lo hacían mi padre y mis tíos en los veranos de mi infancia. Nunca le he dado espacio en mis pensamientos a esa liturgia. Hoy que soy el protagonista recuerdo que varias veces, sobre todo los viernes, venían acompañados, en grupos de dos o máximo de tres. No sé si lo hacían por ahorrar gasolina o por hacer más divertido el trayecto. A veces llenaban de latas de cerveza los interiores del auto, y tal vez sea esa la razón que envuelve todo. Hubo varios veranos, sin embargo, que mi padre regresaba todas las noches sin compañía hacia San Bartolo. Escuchaba noticias de fútbol por la radio, o algún cassette que repetía sin cansarse. No es sencillo, pienso hoy que estoy en su lugar. Pero tiene su lado placentero. Es de noche. El trayecto de ida pasa más rápido por la responsabilidad. Me he portado como todo un padre de familia. He salido de mi trabajo, he recogido la ropa sucia de mi casa para llevarla a la lavandería, he ido al supermercado a comprar algunos insumos y estoy surcando el tráfico detestable de la avenida Huaylas. En algunos minutos menguará y estaré en la carretera, emulando a mi padre y a mis tíos. No me acompaña nadie. Tampoco abro ninguna lata de cerveza. Tengo el auto repleto de objetos propios de mi nueva vida, de esos que sólo por Inés estoy llevando. No escucharé fútbol. Mi tiempo es distinto al de mi padre, y ya por Internet y a mi ritmo, me he enterado de todo el acontecer deportivo, cultural y hasta político. Le he perdido paciencia al dial de nuestra FM, así que volveré a mis viejos discos piratas, escondidos en medio de bolsas de ropa, estufas, hervidores de agua, almohadas, edredones de plumas. Me cuesta dos semáforos encontrar el estuche con mi música y pienso que sólo por ese motivo, hubiese sido mejor viajar acompañado. Felizmente atrapo ese viejo objeto cuadrado de color negro, que los chicos que no son del tiempo de mi padre ni de mi tiempo han cambiado por una especie de cajetilla de cigarros de lustroso plástico al que llaman Ipod. Mi música se resume sobre todo a un cantante: Andrés Calamaro. Él, con diferentes versiones, ocupa el 70% de mi repertorio. Lo escojo sin protestar. Tomo un disco que recopila diversas canciones en vivo. Quiero casi a la fuerza que alguna me haga pensar en Inés, pero el buen Andrés se ha hecho padre tarde. Entonces me sumerjo en todo tipo de pensamientos. La noche tiene la facultad de ponerme negativo y melancólico y optimista y jubiloso a la vez. Como Calamaro. De pronto ya no estoy pensando en nada en particular. Y en todo al mismo tiempo. Me atrapa el cansancio y me pesa el alma. Imploro por fuerzas por ganar la guerra de esta noche. Y el equipo de música de mi auto ahora me regala a nuestro cantante favorito en sus tiempos de Los Rodríguez, y vuelvo a interpretar el papel del hombre que está por regresar a su casa, porque San Bartolo es mi casa, a encontrarse con la sonrisa de su hija. Y le creo al maestro cuando dice que “esta vez el dolor va a terminar”. Claro que sí. Y todo lo demás también.

miércoles, 21 de julio de 2010

Sudáfrica en 50 cracks (Y)

Sólo para los que hubiesen querido hablar de fútbol conmigo en esa maravillosa etapa del 11 de junio al 11 de julio.

El Mundial ha acabado hace algunos días, y la resaca futbolera se va apagando sin hacer ruido. Poco a poco se convertirá en un despertar más sereno y vacío, y la añoranza por esos sentimientos desaforados nos empujará a los fanáticos a sumarnos a cualquier fiesta que ose con asemejarse, así sea nuestro tercermundista campeonato Descentralizado. Los destellos de la Jabulani, de Sudáfrica, de Larissa Riquelme, del estúpidamente célebre pulpo Paul pasarán a la historia en no mucho tiempo, y sólo reaparecerán las imágenes pintadas de rojo español y de Andrés Iniesta catapultándose como genio inmortal cuando, en cuatro años, nuestros sentidos peloteros nos lleven de regreso a un jolgorio que siempre amenaza con ser mejor que el anterior.

Así de categórico es el fútbol. Al final el Mundial deja para la foto la imagen del campeón, y salvo en contadas excepciones (la Holanda de Cruyff en el 74, el llanto de Maradona en Italia 90, el cabezazo de Zidane a Materazzi), la participación de los perdedores permanece largo rato en la retina del cada vez más olvidadizo fanático. Yo he querido inmortalizar en este texto el accionar de los que no la hicieron. De los que fracasaron en el intento. De los que nadie hablará cuando los estímulos marketeros que envuelven al torneo preferido de la FIFA aspiren con contagiarnos de su espíritu, como si no bastase con el amor incondicional que sentimos por nuestro deporte rey. Lógico, también habrá un (vasto) espacio para ese maravilloso equipo de Vicente del Bosque. No hacerlo sería una falta de respeto para un campeón con holgado merecimiento; y sería privarme del placer narrativo que significa escribir sobre España, similar al disfrute que genera con su fútbol a ras del piso y el fino toque de sus excepcionales mediocampistas.

Hablaré brevemente primero de los países, pero los protagonistas del análisis (que pudo ser mucho más exhaustivo o imparcial de no ser por lo que explico aquí) serán los jugadores. De las selecciones sólo puedo decir que España se consagró porque fue el que mejor fútbol hizo a lo largo del torneo, y porque derrotó en un partidazo al segundo mejor equipo del Mundial: Alemania. Y sobre todo, España es campeón porque Brasil, el único capaz de superarlo, fue eliminado insólitamente por Holanda en cuartos de final. Pese a las críticas a Dunga y a su sistema “defensivo” y poco vistoso, Brasil fue en mi opinión el mejor equipo hasta los fatídicos 45 minutos finales de su participación. Fue yendo, fiel a su historia, de menos a más, llegando a tener un altísimo pico en su rendimiento en pasajes de la masacre contra Chile y en el primer tiempo contra los holandeses, que debió terminar con un resultado más abultado. Con la eliminación de Brasil todo quedaba en manos de España o de Alemania, porque Holanda no llegó nunca a posicionarse como candidato. Por primera vez desde que tengo uso de razón primaron en el esquema naranja la marca y el amarre del juego. Acostumbrados a ver a equipos holandeses comandados por el talento de Bergkamp o la contundencia de Van Nistelrooy, presenciamos esta vez a una escuadra que jugó al ritmo de Marc Van Boomel. Y les bastó con la esporádica magia de sus dos mejores hombres, Sneijder y Robben, para ganar con lo justo y casi sin despeinarse sus partidos, en una primera ronda con rivales muy livianitos y la serie más sencilla de los octavos de final.

Argentina es un párrafo aparte. Llegaron hasta donde puede llegar un equipo de excelentes jugadores sin la mínima intendencia de un director técnico. Maradona demostró que en el fútbol el entrenador y el futbolista son dos cuerpos totalmente diferentes. Diego armó mal el equipo al prescindir de Zanetti y Cambiasso, presuntamente vitales en reemplazo de dos puntos flacos del equipo: el lateral derecho y el mediocampista que acompañe a Mascherano. Después se contagió de las virtudes de sus “muchachos”, y plasmó un esquema digno de México 70, con un solo volante de quite y dos ofensivos, y tres puntas. Ni en el PlayStation se puede ganar así en estos tiempos. Menos contra un equipo versátil y lleno de variantes, como la insólitamente joven Alemania. Argentina debió prescindir de Tévez o de Higuaín para jugar con cuatro en el medio frente a los teutones. A Diego lo terminó por hundir el excelente nivel mostrado por Carlitos tanto en las prácticas como en los primeros partidos, y el oportunismo del “Pipita” para mojar cuatro veces en un torneo que lo tuvo lejos de sus mejores tardes madrileñas. Si sentaba a uno de los dos contra Alemania no se molestaba nadie. Ni que fueran Batistuta.

Palmas para los sudamericanos, con Uruguay como abanderado fundamental de nuestra raza latina. Qué equipazo. Maestro Tabárez. Ídolo Forlán. Correcto lo de Paraguay. Cumplió. Si no llegaba a los cuartos de final hubiese sido un fracaso, teniendo en cuenta que desde hace diez o doce años es potencia en Sudamérica, la plaza más difícil para jugar las Eliminatorias. Y Chile, ya lo dijo Zamorano, ganó contra los que tenía que ganar y perdió con los que tenía que perder. El fixture estaba hecho para que en el mejor de los casos tengan la campaña que tuvieron.

La decepción fue África, aunque ya los cables noticiosos nos daban un presagio de lo que sería un Camerún diezmado y una Nigeria sin un adecuado recambio generacional. La lesión de Drogba terminó por hundir a Costa de Marfil, que en su segunda cita mundialista en el “grupo de la muerte” (en el 2006 compartió grupo con Argentina, Holanda y Serbia) tuvo además de enemigo al fixture, que lo colocó frente a Brasil en el segundo partido, el que tenían que ganar sí o sí los pentacampeones. En Europa faltó categoría globalmente (Suecia, Rusia o Turquía hubiesen ofrecido un mejor papel que Eslovenia, Serbia y Grecia), pero al final pesaron sus tres mejores exponentes: España, Holanda y Alemania. Lo de Italia y Francia no fue una decepción. Aunque confieso que los imaginaba superando al menos la fase inicial, sólo un iluso podía apostar por su ingreso al podio de los semifinalistas. Domenech se debió largar a su casa ni bien acabado el Mundial del 2006, donde lo salvó la magia de Zidane; e Italia carecía del material hasta para fortalecerse con su “catenaccio”, sin contar que esta vez no había ni un Baggio ni un Del Piero ni un Totti que marque la diferencia. No hubo, siquiera, un Pirlo, lesionado y aburguesado.

El fútbol es de los jugadores

A continuación presentaré una lista de los futbolistas que en mi opinión fueron protagonistas. Vale aclarar que su ingreso en este mini ranking está regido por las expectativas que tenía con ellos o por la cantidad de partidos en los que los pude ver. Estarán separados en cuatro grupos: las decepciones, los que cumplieron, los que destacaron y los miembros del equipo ideal según mi criterio. Y estarán acomodados de acorde a sus méritos, de menor a mayor.

Las decepciones:

1- Wayne Rooney: el ariete del Manchester United fue la gran decepción de la copa del mundo. Llegó con el cartel de candidato a goleador, con todos los boletos para ser el abanderado de la selección que debía ser por fin protagonista, y pasó sin pena ni gloria. Errático hasta en jugadas sencillas, se despidió sin anotar un solo gol. Es joven y tendrá revancha, pero es el segundo Mundial en el que fracasa. El peor jugador del torneo.
2- Fabio Cannavaro: el último rey de la copa FIFA fue un fiasco. Protagonista tangible de lo que fue su selección en este torneo. La campaña de Italia en el Mundial se resume con un Cannavaro vencido tras un saque lateral de un eslovaco. Una actuación diametralmente opuesta a la del Mundial pasado, que amenaza con perjudicarlo en el podio de los más grandes de la historia. Franco Baresi, actualmente y sin estirar las piernas, hubiese cumplido un mejor papel.
3- Frank Lampard: otro que caminó en el Mundial. Salvo contra Alemania y específicamente en el disparo que acabó con ese grosero error arbitral que lo privó de gritar su único gol en copas del mundo, no fue gravitante. Al igual que Rooney, fue su segunda decepción mundialista. Lampard es Dios en el Chelsea, pero ha quedado demostrado que con su selección no rinde.
4- Franck Ribery: tuvo una asistencia en el último gol de Francia en el Mundial, pero estuvo irreconocible en todo el torneo. Desde que Ribery fue tentado por el Madrid y el Barcelona su rendimiento ha estado en constante picada. Peleas con su técnico, lesiones, expulsiones. Y un Mundial para el olvido.
5- Felipe Melo: el villano de la eliminación de Brasil. Borró con su autogol y su absurda expulsión el gran pase a Robinho para el gol frente a Holanda. Era el “defendido” de Dunga y debió ser el más ecuánime cuando las papas empezaron a quemarse. Otro que al alcanzar protagonismo (con su pase a la Juventus) ha diezmado su accionar.
6- Humberto Suazo: el “Chupete” tuvo el infortunio de llegar lesionado a la cita mundialista. Su actuación hace recordar al “Diablo” Etcheverry, vital para la clasificación de Bolivia a USA 94 pero que en el Mundial anduvo lesionado. Etcheverry fue expulsado a los veinte minutos en su único partido en el 94, y al “Chupete”, errático como nunca antes, la crítica no lo recordará por algo mejor que al boliviano.
7- Fernando Torres: el “Niño” no estuvo en el Mundial. España mostró su mejor juego con él en el banco, ya sea con Llorente primero, o con Pedrito después. Ingresó por Villa en los últimos minutos de la final y se desgarró. Casi ni se le ha visto en los festejos de “la furia” en La Cibeles. Es el único español del mundo que no está 100% contento.
8- Steven Gerrard: anotó un golazo en el debut frente a Estado Unidos y anduvo batallador, pero su currículum prometía mucho más. Gerrard es uno de los jugadores más completos en la historia del fútbol a mi gusto, y lamentablemente tendrá que contarle a sus hijos que el Mundial no pasó por él. Es difícil imaginar que en Brasil 2014, con 34 años, pueda jugarse una revancha. Una lástima.
9- Claudio Bravo: el portero chileno fue protagonista de la jugada que terminó por hundir a Chile, cuando salió a cortar sin criterio un balón lejos de su arco dejándole servido el gol a Villa. Los años se encargarán de borrar de la memoria de la gente que el campeón del 2010 pudo quedar afuera en primera ronda a manos de un sudamericano. Para el bien de Bravo, nadie hablará con el tiempo de su estupidez.
10- Julio César: el mejor arquero del mundo falló cuando menos tenía que fallar. Era su Mundial, su oportunidad de pasar a la historia, pero los libros y las estadísticas dirán que Taffarel y Marcos, porteros con menores cualidades que él, fueron mucho más trascendentes. Un arquero de Brasil, equipo al que le llegan ocho veces por campeonato, no puede tener dos errores gruesos. Y Julio César los tuvo.
11- Samuel Eto’o: anotó dos goles pero su selección fue la peor del torneo (sólo superó a Corea del Norte). Además el último gran número 9 del Barcelona estuvo lejos de su mejor nivel. No fue el Eto’o del Barza, fue el Eto’o del Inter, un jugador que con 29 años está viviendo un declive en su carrera. Camerún basaba sus esperanzas en él, y terminar con cero puntos en un Mundial en su continente, es un fracaso rotundo.
12- Cristiano Ronaldo: anotó un gol y destacó en la goleada de Portugal frente a Corea del Norte, pero lo suyo frente a España, cuando su equipo más lo necesitaba, fue muy opaco. Cristiano le dio pie a los imbéciles que dicen que es un jugador producto del marketing. No se portó a la altura de lo que para mí es: un jugador excepcional.

Los que sólo cumplieron:

13- Didier Drogba: con un solo brazo se dio maña para pesar siempre, y para ser una constante amenaza para los defensores rivales. Anotó un golazo frente a Brasil, y a diferencia de Eto’o, fue más gravitante en su selección. Llegó a contagiarlos, pero no alcanzó.
14- Kaká: le bastaron chispazos para destacar. Casi sin sudar tuvo tres o cuatro pases de gol, pero su rendimiento no pasó a mayores. Se esperaba mucho más de él. Se fue sin anotar y con una expulsión, ambas cosas rarísimas en su carrera.
15- Robbie Van Persie: fue el gran sacrificado de la selección holandesa. Jugó de nueve cuando él es extremo o media punta. Fue más lo que rebotó que lo que aportó. Igual fue titular en el sub campeón del mundo, y eso es meritorio.
16- Javier Mascherano: no le alcanzó para ser el ancla de su selección. Se vio superado en varios pasajes, sobre todo frente a Alemania. Pese a eso el “Masche” tuvo buenos momentos. Es un jugador que sólo sirve cuando está 8 puntos, y eso no ocurrió en el Mundial. Alemania 2006 lo gozó en mayor nivel.
17- Robinho: cumplió. No se puede esperar más de alguien que ha resignado gloria por volver a su país a recuperar la autoestima. Igual tuvo chispazos geniales. Individualmente, en el “mano a mano”, fue de los mejores del torneo. Hizo dos goles, pero da la impresión de que no logra asentarse en una selección de peso como la brasilera.
18- Gonzalo Higuaín: hizo cuatro goles (un hat-trick frente a Corea) y eso le basta para aprobar, pero no estuvo en un buen nivel. Salvo el golazo que hizo ante México, lo del “Pipita” no fue superlativo. Sigo pensando que a Argentina lo que le falta es un 9 de peso. Está claro que Higuaín no lo es, y Milito, de gran nivel en el Inter, no fue tomado en cuenta, y por su edad, no tendrá revancha al parecer. Argentina con Luis Fabiano, por ejemplo, sería otra cosa.
19- Maicon: el segundo mejor lateral derecho que he visto en mi vida tuvo un Mundial aceptable. Anotó un golazo en el debut de Brasil, y hasta el segundo tiempo frente a Holanda tenía todos los boletos para ser el mejor lateral del torneo, pero se cayó.
20- Xabi Alonso: lo menos bueno dentro de lo excelso de la selección española. No fue protagonista pero cumplió. Falló un penal que le hubiese proporcionado más puntos. En la final fue cambiado en un momento clave. Su salida le dio visa para la historia a su reemplazante, Césc Fábregas.
21- Luis Fabiano: demostró su calidad con tres golazos que son marca registrada. Tiene un guante en el pecho. Además, es ágil y con dribling, y posee un portentoso disparo. En un puesto picante como el centro delantero brasilero, ha demostrado desde hace rato que está a la altura. No es Ronaldo, pero con lo que tiene le ha bastado. ¿Seguirá para el 2014?
22- Lucio: pocas veces vi un partido en el que el central de un equipo ganador por 3 a 0 sea figura, y Lucio lo fue contra Chile. Tuvo un gran Mundial, aunque se diluyó en el peor momento. Ha sacado chapa para la eternidad al superar a Pelé como el brasilero con más presencias en la copa del mundo, y eso es suficiente para nombrarlo. Cumplió.
23- Lionel Messi: al 10% de su juego fue lo mejor de Argentina. Generó muchísimas situaciones de gol y estuvo fino con la pelota. Le faltó meterla, pero la tuvo ahí. Fue el mejor jugador de la primera fase en mi opinión. Y sin despeinarse. Contra Alemania fue una sombra. Messi llegó para ser la estrella y no lo consiguió, pero es tan bueno que incluso con un 4 a 0 a cuestas, y sin haber hecho un solo gol, no podemos decir que fracasó. Tendrá revancha.

Los destacados:

24- Gabriel Heinze: el “Gringo” fue la revelación de la escuadra de Maradona. Acaso el único acierto del entrenador albiceleste. Lo “bancó” a muerte, como dirían los “chés”. Y Heinze fue una muralla hasta que se topó con Alemania. Además, anotó el gol más importante para Argentina en este Mundial: el primero. Había que verlo al “Gringo” en la cancha. Su rostro no podía transmitir más compromiso, y con sus conocidas limitaciones, destacó.
25- Tim Howard: arquerazo. Fue la diferencia principal entre Estados Unidos e Inglaterra en el partido que empataron a uno. Ha demostrado muy buen nivel. Es rápido y sobrio. Y se nota que sufre cuando pierde.
26- Justo Villar: no tenía muchas expectativas con este portero que a mi gusto, es muy bajito para ser el número uno de una selección que se hizo grande con Chilavert. Pese a eso respondió. Contra España anduvo muy bien, y fue vencido por Villa tras varios rebotes. Ha pagado su deuda. Es el “1” de Paraguay.
27- Antolín Alcaraz: el abanderado de la defensa paraguaya. El destacado dentro de una defensa que cumplió con creces, como siempre. Pocos lo conocían y mostró su personalidad y su buen juego. Con un certero cabezazo abrió el camino en el empate contra Italia. Le ganó en el juego aéreo a una defensa conocidas por destacar en ese rubro.
28- Landon Donovan: un crack. El gringo no tendrá en este lado del continente el marketing que posee en su patria, pero qué jugador que es. Aparece cuando tiene que aparecer, es técnico, con temperamento. Hizo goles claves y ya pasó a la historia, en mi opinión, como el mejor futbolista estadounidense de todos los tiempos.
29- Carlos Tévez: el “Apache” puso en aprietos a Diego con su gran nivel. Tuvo que variar su sistema para darle cabida en la oncena titular, cuando días antes había declarado que sólo jugaría con Messi e Higuaín en la delantera. Tévez se preparó como nadie para este torneo y en la cancha se vieron los resultados. Anotó un golazo contra México (y otro en offside pero oportunísimo) y ya tiene, sin hacer mucho aspaviento, tres goles en los mundiales.
30- Miroslav Klose: se quedó a un gol de igualar a Ronaldo como el máximo artillero en la historia de los mundiales. Nunca entenderé por qué diablos no jugó contra Uruguay, apelando siquiera a un penal o a una posibilidad de remate con la cabeza, que es casi como un penal para él. Hizo cuatro goles y demostró que es un delantero de temer. Cuando se pone la camiseta de su selección (o de la selección que lo ha acogido, porque él es polaco), la rompe.
31- Eduardo: arquerazo. Sólo fue vencido una vez, y el verdugo fue David Villa, nada menos. Portugal demostró que no era Ronaldo y diez más. Tuvo un equipo compacto (con Tiago y Meireles en magnífico nivel también) y hasta tuvo un buen arquero. Lástima que se les cruzó España. Fue el otro equipo al que el fixture le jugó una mala pasada.
32- Lukas Podolski: al igual que Klose (polaco también) rinde más en su selección que en su club. Literalmente se puso la camiseta, y se dedicó a trabajar en pos del conjunto. Ya no fue más el errático atacante catalogado como una eterna promesa, en el Mundial fue un extremo con un importante ida y vuelta. Contra Argentina, por ejemplo, lo vimos defendiendo en su área con el mismo ahínco con el que pugnaba por desbordar en la rival. Muy buen trabajo.
33- Mark van Bommel: pegó más de la cuenta y jugó gratis la mayoría de los partidos (en la final fue un exceso), pero a van Bommel dámelo siempre. Es el “6” que todo equipo quisiera tener. Con presencia física para intimidar a los rivales, para marcar territorio y presencia. Y con buen pie para elaborar jugadas y para controlar los tiempos del partido. Muy buena labor.
34- Arévalo Ríos: no lo tenía nadie al uruguayo, y fue un motor en el medio campo. La fusión perfecta entre Mascherano y el mejor “Chicho” Serna. Mete los noventa minutos, y en ocasiones puntuales, como en el desborde para el centro hacia Forlán en el mejor gol del Mundial según la FIFA, demuestra calidad. Ha incrementado en 500% su valor en el mercado. Uruguayo de pura cepa.
35- Luis Suárez: con un inicio opaco, Luisito se ganó el corazón de todos a punta de sacrificio y con trascendencia en dos partidos claves: anotó los goles contra México y contra Corea, por lo que su accionar está sólo un escalón debajo de lo hecho por Forlán. Este inicio de temporada en Europa los teléfonos del Ajax deben estar reventando. Suárez no se va a quedar mucho más tiempo ahí.
36- Bastian Schwensteiger: un crack que ha despertado en la retina del fanático. Venía pasando desapercibido las últimas dos temporadas, pero en la última reapareció con la magnitud que anticipó en sus inicios. De lo mejor de Alemania en el Mundial. Nadie extrañó a Ballack en la primera línea. Contra Argentina jugó para 9 puntos.
37- Mesut Özil: junto a Messi, lo mejor de la primera fase en mi opinión. Manejó los hilos de Alemania, y fue el jugador diferente en un equipo lleno de vértigo y sacrificio. Es el 10 de estos tiempos, el hombre que flota detrás del 9 y que hace la pausa. En el Bremen nadie extraña a Diego. Özil es mejor.
38- Sergio Busquets: un crack. Simplemente eso. Tiene todos los requisitos para ser el volante del futuro. Presencia física, ubicación y excelente pie. Fue el ancla del equipo campeón. El soporte de la genialidad de Xavi e Iniesta, a quienes cada día conoce más. Un dignísimo ejemplar de las canteras del Barza. Se quedó a un pasito de entrar al equipo ideal.
39- Arjen Robben: demostró que después de Messi y Cristiano Ronaldo, es el jugador más desequilibrante del mundo. A diferencia de los cracks mencionados, con Robben todos sabemos lo que va hacer, pero lo termina haciendo. Todos sabemos hacia dónde va a amagar, pero deja en ficha hasta al más mentado de los defensores. Hizo añicos a Michel Bastos contra Brasil, y pese a llegar diezmado al Mundial, fue determinante siempre que le tocó jugar. Lamentablemente falló cuando menos debía de fallar. En la final se encontró con Casillas, quien en dos jugadas lo condenó al insomnio para siempre. Robben estuvo a un pasito de la gloria, pero no la pudo alcanzar. Otro que por poquito no está en el equipo ideal.

El quipo ideal: en este caso no están ordenados por méritos, simplemente es un equipo configurado así: arquero; lateral derecho, central, lateral izquierdo; un volante de primera línea, tres volantes de segunda línea; un extremo, un mediapunta y un centrodelantero.

40- Iker Casillas: no tiene que parecerle a nadie exagerado si digo que Iker Casillas es el mejor arquero de la historia del fútbol. Su actuación (aún con el gol de Suiza en el que culparon a su bella novia Sara Carbonero) ha sido excelente todo el Mundial. Contra Paraguay fue fundamental al atajarle el penal a “Tacuara” Cardozo, un hombre que hasta contando entrenamientos debe haber fallado dos penales en toda su carrera. Y en la final España tuvo tres goles: el de Iniesta y las dos tapadas de Iker ante Robben. Ha ganado como capitán y figura la Eurocopa y el Mundial. Tiene dos Champions en su currículum. Es el número “1” del Madrid desde hace más de diez años. ¿Se necesita algo más para ser el mejor de todos los tiempos? Si alguien me dice que sí, no importa, Casillas lo va a conseguir.
41- Sergio Ramos: qué capacidad para jugar siempre para ganar. Para no dar una sola pelota por perdida. Para llegar al área rival. Para golpear cuando es necesario. Gran actuación de este hombre, de los mejores en su posición desde hace rato. Sergio Ramos parece torpe pero con la pelota sabe, y mucho. Tiene look de relajado, pero juega con un compromiso ejemplar los noventa minutos.
42- Carles Puyol: clave en el gol frente a Alemania, y muy seguro siempre. Al igual que Thuram en el 98 o Brehme en el 90, Puyol fue un defensor que definió una semifinal del Mundial. Con esta nueva consagración (ya había alzado la Euro en el 2008) “Tarzán” le pone el punto final a una apoteósica carrera con su selección. En el Barza, tiene para para rato.
43- Gio Van Bronchorst: recuerdo que cuando empezó el Mundial y lo vi como titular y capitán de Holanda, descarté a su país como candidato. “Un equipo que sigue contando con Gio no puede ser protagonista”, me dije. Es que Van Bronchorst desde hace varios años había desaparecido de la élite del fútbol, tras exitosos pasos por el Arsenal y el Barcelona. De regreso en la liga de su país lo imaginaba devaluado. Pero su actuación me tapó la boca. De las gratas sorpresas del Mundial. Gio plasmó su experiencia en la zaga, y podríamos decir que, a diferencia de la mayoría de laterales del planeta, en la marca ha mejorado con los años. Hizo un golazo ante Uruguay, y en la final tuvo una dignísima actuación.
44- Diego Pérez: si en las Eliminatorias pasadas nos enterábamos de que el “Ruso” jugaría contra Perú, no pasaba nada. Lo teníamos archivado como un volante batallador y no mucho más. Pero el nivel mostrado por el volante de contención uruguayo este Mundial ha sido superlativo. Una imagen que grafica su accionar está en el gol de Cavani para el provisorio empate contra Alemania: el balón lo tiene Schwensteiger, acaso el mediocampista más certero del equipo teutón, y el “Ruso” se lanza de carretilla para robarle el balón, demostrando que en una jugada de quite y sacrificio también se puede encontrar arte. Así empezó el fabuloso contragolpe de Uruguay. Eso fue el “Ruso” Pérez este Mundial. Un hombre que a los 30 años alcanzó la gloria. Y que ha sacado chapa de inolvidable en un país plagado de jugadores de su estirpe. Cuando nos volvamos a topar contra los uruguayos recemos para que el “Ruso” ande resfriado.
45- Xavi: lo único que ha hecho Xavi este torneo es cumplir con lo que todos esperábamos de él. Desde hace un par de años se ha posicionado como el mejor del mundo en su posición, y con una amplia ventaja. Conoce de memoria el juego, y tiene una relación muy fuerte con la pelota. Parece dotado de algo mágico que nos hace pensar que tenerlo en un equipo es trampa. Está siempre bien ubicado y participativo. Es imposible que pase desapercibido porque la pelota está siempre con él. Manejó los hilos de España como viene manejando los del Barcelona desde hace mucho. Y cuando está enchufado, es poco probable que su equipo no gane. E imposible que su equipo no tenga absolutamente el control de la pelota. Un crack.
46- Wesley Sneijder: apareció en los momentos justos. Fue vital contra Brasil y contra Uruguay. Plasmó su técnica y su inteligencia siempre. Tuvo una gran temporada en el Inter, pero en el Mundial la superó. Llegó repleto de confianza y los resultados fueron claros: 5 goles para un volante en un Mundial es un mérito casi inalcanzable. Como para que los dirigentes del Madrid se sigan arranchando los pelos por haber prescindido de sus servicios.
47- Andrés Iniesta: fue a mi gusto el mejor jugador del Mundial. El complemento perfecto de Xavi. Iniesta flota en la cancha. En todo momento parece que está por perder el balón, pero no se la quitan nunca. A diferencia de Zidane, que con su porte y su estampa daba la impresión de que todo lo hacía fácil, con Iniesta todo parece difícil, hasta improbable, y lo termina haciendo. Para mí fue el mejor jugador del torneo por encima de Forlán, porque su equipo salió campeón y él, siendo mediocampista, anotó el gol del título. Además apareció en los momentos claves. Contra Chile con esas caricia a la red que fue su gol, contra Paraguay para hilar la pelota hasta el gol de Villa, contra Portugal para empezar con la jugada que definió el partido. Y en la final no se amilanó con las patadas y luchó hasta el final por romper el cero. Que él haya hecho el gol del título es un premio merecidísimo para una actuación descollante. Al igual que Xavi, Iniesta ha patentado un estilo. No se los puede comparar con nadie. Son y serán ellos, nada más.
48- Tomas Müller: la revelación del torneo. Hizo cinco goles, plasmando así toda su eficacia. Además es táctico y colabora. Puede jugar de extremo, de volante o de delantero. Un jugador completo. Tuve la suerte de verlo en uno de sus primeros partidos en la Primera del Bayern, y lo jugó como si tuviese 15 años en el fútbol. Fiel al estilo alemán, Müller parece uno de esos aplicados estudiantes que al encontrar su primer trabajo se adecuan al instante, y se tornan imprescindibles. Así vive el fútbol. Lo vi también en su primer gol en la Bundesliga, casi ni lo festejó. Como cuando anotó por primera vez en el Mundial, que sólo se abrazó con alguno de sus compañeros y regresó para continuar el juego. Tiene hielo en la sangre, y esa es su principal virtud. Si mi equipo tuviese un penal definitorio en el último minuto, mataría porque lo patee él.
49- Diego Forlán: el personaje de la Copa del Mundo, sin dudas. El diferente de una selección compacta y con compromiso. Forlán fue para Uruguay el Maradona del 86 en Argentina. Hizo cinco goles, dejando en claro que fuera de ser un delantero con mucho oficio para armar el juego y manejarlo, es sobre todo un goleador de raza. Daniel Peredo lo describió como el único crack sudamericano que rinde igual en su club como en su selección. Nunca tan acertado el periodista de Cable Mágico. Forlán fue ídolo en Independiente, se las ingenió para sumar minutos en un Manchester que contaba con el mejor Van Nistelrooy y con suplentes históricos como Ole Gunnar Solskjær, fue Pichichi de la Liga en el Villarreal y repitió el plato en el Atlético de Madrid. Siempre está. Tiene idéntico remate con ambas piernas, ejecuta tiros libres y no se le recuerda un penal fallado. Además posee lo que necesita todo delantero: química con la red. El arco es para él como la sala de estar de su casa en Montevideo. Lo visita comodísimo.
50- David Villa: no anotó ni en la semifinal ni en la final, pero definió los partidos contra Honduras, Chile, Portugal y Paraguay. De no ser por lo superlativo de Andrés Iniesta en la recta final, hubiese sido a mi gusto la figura del Mundial. Es un delantero con alma de volante de contención. Le sobra temperamento. Es peleador y valiente. Y cuando le toca hacer lo suyo, los goles, no tarda en aparecer. Al igual que Forlán, usa ambos pies para disparar, y es certero con la pelota parada. Es determinante además. Fue el goleador de la Eurocopa 2008 que consagró a su selección, y con sus cinco goles en el Mundial se ha catapultado como el español más efectivo en la historia del torneo, superando a ilustres cracks como Butragueño y Raúl. A diferencia de este último, que ha realizado toda su carrera en el Real Madrid, un equipo que facilita el mito de los delanteros, el “Guaje” Villa la ha peleado desde abajo. Debutó en el Sporting de Gijón, pasó por el Zaragoza y alcanzó prestigio internacional con el Valencia. Debutó con 24 años en su selección, y hoy, a punto de cumplir los 29, puede decir que lo ha ganado todo. Y en un lapso de seis años. El premio a su admirable carrera es su reciente fichaje con el Barcelona. Un motivo más para seguirle los pasos a ese mágico equipo. Un motivo más para disfrutar, domingo tras domingo, de la base del último campeón del mundo.

viernes, 9 de julio de 2010

Mi propio Mundial (Y)

A los que esperan mi análisis de la Copa del Mundo. He aquí la razón de su ausencia.
Es imposible que Inés, mi hija, no sea la protagonista de absolutamente todo lo que me pasa. Lamentablemente para mi pedazo futbolero, su llegada ha estado ligada casi exactamente al Mundial, y ha acaparado en cada gesto, en cada movimiento, una importante porción de mi cerebro que en cualquier otro momento de mi vida hubiese estado cien por ciento sumido en el rodar de la pelota.

Puedo decir que este de Sudáfrica ha sido el primer Mundial de los últimos que me quedan por vivir. Inés ha marcado con tinta indeleble un antes y un después en mi existencia, y el fútbol no es ajeno a esa sentencia. Llego a esa conclusión porque mi hija tiene una relación directa con el hecho de que este haya sido el primer Mundial que me descubre trabajando, que me recibe con responsabilidades. Y a partir de ahora no hay marcha atrás. Hasta el 98 viví la cita más importante del planeta fútbol en el colegio, y para el 2002, en mi condición de relajado estudiante universitario, acomodé horarios de tarde-noche para que las madrugadas me encuentren lúcido, y así disfrutar de todos los partidos del torneo jugado en Japón y Corea. Me di el lujo de escribir una reseña por cada choque, y me quedó un documento de 53 páginas con un detallado análisis de todo lo vivido en el Mundial que consagró a Ronaldo.

En el año 2006 conseguí mi primer trabajo, al que renuncié un mes antes de que ruede el balón en Alemania aduciendo que necesitaba más tiempo para culminar mis estudios, pero con la clara intención de no pasarme un Mundial en la oficina con un sueldo de practicante (y de practicante de periodismo incluso) ni cagando. Por mi edad tenía la certeza de que el 2006 sería mi último Mundial con privilegios, pero uno nunca sabe lo que le tiene reservado el destino en cuatro largos años. En mis pensamientos más optimistas me veía trabajando en un periódico deportivo, y si no me mandaban a Sudáfrica, al menos tendría la obligación de ver toditos los partidos para cuajar mi análisis. Cuando me ponía pesimista me imaginaba desempleado y solo, viviendo de propinas cada vez más misias pero con el tiempo del mundo para encerrarme en mi cuarto a escuchar en mute a Eddie Fleischman. Encima mi experiencia como “perdedor de tiempo” profesional me indicaba que nunca iba a faltar un partner en idéntica situación, y que pese a los bolsillos flacos, siempre se puede hacer “chanchita” para las chelitas. ¡Cuánto me envidiarían mis amigos oficinistas!

Bueno, el destino quiso que Sudáfrica 2010 me halle como padre de una hermosa niña. Viviendo con mi novia en un departamento con un televisor que ni por una broma de mal gusto estuvo en los recientes catálogos de electrodomésticos. E inmerso en los vaivenes de una oficina con horarios vetados para los partidos más importantes. Supe de antemano que no me quedaba otra, y planeé mi estrategia. Coloqué mi despertador a las seis de la mañana para poder apreciar al menos el primer partido del día en primera fase y me compré por 20 soles un VHS de segunda para grabar el partido más chévere del día. Pero todo fue en vano…

Inés entró a tallar con más fuerza que la defensa de Paraguay, con más compromiso que los uruguayos, y me dio la estocada con más contundencia que los inspirados alemanes contra Argentina. Sus despertadas clamando por alimento en las madrugadas fueron como la eliminación de un favorito en primera ronda, y me hacían llegar machacado y con un ojo cerrado al partido de las seis y media. Sus agudos chillidos, justito cuando la acomodaba en su cuna luego de haberla adormilado en mis brazos largo rato trabajando en su pueril psicología (diciéndole bajito que el partido de Brasil estaba por comenzar), fueron como groseros errores arbitrales. Y cuando todo era propicio para un ambiente a cien por ciento fútbol, arremetía con una ocurrencia, con sus primeras sonrisas genuinas, y ni siquiera los espectadores que vieron los partidos de Paraguay junto a Larissa Riquelme estuvieron tan dichosamente distraídos.

Así me pasé este Mundial. Sólo Inés ha sido capaz de sustraerme del fútbol sin generar en mí el mínimo disgusto. Igual me he dado tiempo para ver varios partidos (los de Argentina y Brasil, por ejemplo, los vi toditos; a Alemania y España también los he seguido), y siempre están los programas deportivos y las páginas de Internet para mantener a uno al tanto.

En ese punto quiero mencionar a la otra figura que ha tenido mi propio Mundial: mi hermano Marcelo. Si Inés ha sido la protagonista excluyente, mi hermano ha sido la simpática revelación.

Yo he manifestado desde chico mis deseos de pertenecer al periodismo deportivo, pero por diversos motivos, jamás lo he conseguido. Mi hermano, como todo muchacho de veinte años, no tiene claro qué es lo que quiere hacer por la vida, y luego de haber ingresado a la Universidad Pacífico a la rama de administración sin animarse a llevar al menos un curso, pasó a las filas de la De Lima, en la misma carrera. Al descubrir que los números no le llenaban el alma, y también apoyado por cierto tufillo adolescente que empuja al hueveo más que al sacrificio, ha encallado en la facultad de comunicaciones, desentendiéndose de mis malos ejemplos, y siguiendo la misma línea que han tomado también los primos que más quiere.

Por cosas de la vida él no ha podido estudiar este ciclo, y fuera de deprimirse y de estacionarse y de dedicarse a pasar la vida; fuera de actuar como hubiese actuado yo, decidió buscar trabajo. El destino lo llevó a sumarse a las filas de un conocido portal (peru.com) en la sección, vaya paradoja, de deportes. Mi brother ha sido contratado para cubrir el acontecer deportivo todo el tiempo que dure el Mundial, siendo una de sus funciones narrar el minuto a minuto de los partidos, para deleite de los que como yo, estamos presos en la oficina mientras nuestros ídolos sudan la camiseta.

Mi hermano ha tenido la suerte que anhelé yo hace cuatro años: que te paguen por ver el Mundial. Me he guiado por sus comentarios para saber, por ejemplo, qué tal juega Corea del Sur, o hasta qué punto debí apostar por Ghana antes que por Estados Unidos. Él ha tenido este 2010 lo que yo tuve el 2002: un Mundial completo. Pero al fin y al cabo, trabajo es trabajo, y la vez pasada me rompió el alma cuando me dijo: “pucha, yo antes anhelaba que empiece el Mundial, pero ahora ya quiero que acabe”. Claro, no creo que a ningún fanático le agrade la idea de levantarse a las 5 y media de la mañana para salir al trabajo un domingo mientras ves por la calle a la gente que recién llega de su juerga.

Los mundiales de mi vida están ligados a mi hermano de una u otra manera, porque él llegó al mundo en el 90, cuando yo viví mi primer Mundial con intensidad a los ocho años de edad (aún recuerdo, y él lo ha comprobado, cómo se conformaban todos los grupos de ese torneo). En el 94 me dejó la anécdota más graciosa. Al ver la tanda de penales de la definición por el título entre Brasil e Italia, él estaba efusivo gritando junto a mi familia los goles de Brasil. En un penal convertido por Italia su cerebrito de cuatro años gritó el gol con mucha fuerza, pero al notar el silencio del resto como respuesta, atinó a decir, vivazo y sobre la marcha, y sin bajar la intensidad de su voz, “qué pena, qué pena”. En el 98 se le dio por ser grande, y quería estar a la altura de los conocimientos que teníamos mi viejo y yo, que tertuliábamos a menudo sobre fútbol junto a él. Y un día agarró uno de esos cards con la estampa de los jugadores y empezó a leer los nombres de algunos con mucha familiaridad. Y empezó con Seedorf (había que tener un mínimo conocimiento futbolero para saber que la doble “e” en Seedorf se pronunciaba como “i”) pero él leyó el nombre con “e”, y encima, confundido por el holograma, le agregó otra “e” al final, entonces sonó “Sedorfe”. Las burlas no tardaron en aparecer, acentuándose cuando en lugar de leer Alcorta, dijo “Alcorrata”.

En el 2002 le llegó el principio de la adolescencia, y decidió bajar esa barriga rolliza que amenazaba con quedarse de manera perenne, y en medio de dietas que lo privaron de sus tortillas de fideos inter diarias y de sus canchitas de mantequilla (con su chupada de bolsa más), fue formando al muchacho fuerte y esbelto que es hoy. De paso ese año dejó de jugar conmigo a otra cosa que no sea PlayStation, y tanto nuestras mechitas a lo Dragon Ball como nuestras pichangas en el jardín de mi casa pasaron a la historia.

En el 2006 encontró el amor, y acabó el colegio y se hizo más alto que yo y aprendió a “chupar” al ritmo de mis amigos más borrachos, y contra todos los pronósticos, se hizo un jugador de fútbol importante. Y este 2010 lo ha pasado trabajando, en un acto por el que jamás dejaré de sacarme el sombrero, y por el que lo felicito y le agradezco. Ha cobrado su primer sueldo, y bondadoso como siempre, me hizo el único regalo que recibí en mi primer día del padre. Marcelo no tiene el talento que tengo yo para jugar al fútbol, pero en base a garra y temperamento, me ha ido superando. Hoy le digo, y no le miento, que en el 2002 escribí 53 páginas sobre el Mundial, las mismas que hoy reviso y me avergüenzan. Y que él ya dio los pasos para superarme en todo, hasta escribiendo.

A mi hijita Inés le contaré más adelante que el año en que nació fue un año de Mundial. Que mientras yo me iba enamorando de su sonrisa, en Sudáfrica los mejores representantes del deporte más hermoso del mundo pugnaban por la gloria. Se enterará que por el segundo gol de Tévez a México le arranché fuerte de la boca la mamadera haciéndola llorar, y que por limpiarle un vómito travieso me perdí el gol de Robinho a Chile. Le contaré que contra mi pesar no fue el Mundial de Maradona ni de Messi; menos de Dunga ni de Kaká. Le diré que para mí fue el Mundial de ella, y que sin que importe el ganador entre España y Holanda, el campeón fue mi hermano, su tío Marcelo.

martes, 1 de junio de 2010

Iba yo a salir papá (Y)

Para Florita en su cumpleaños.
"Fueron nueve meses de angustias e incertidumbres,
hoy es el momento cumbre
por fin ha empezado el show"
Ser padre es difícil. Fuera del cliché, esa frase se resume en un hecho tangible: la imposibilidad de dormir. Porque se podrá tener un buen trabajo, se podrá gozar de un buen salario, se podrá contar con todos los utensilios sugeridos por los manuales, pero si a tu hija le da por llorar en las madrugadas, fuiste. Inés llegó a mi vida hace 17 días, y desde entonces mis horas de sueño se traducen en cortos e interrumpidos intervalos que me vienen dejando magullado, sin fuerzas y cada vez más amigo del café de la oficina. Apelo al optimismo y pienso que la cosa mejorará, que en algunos meses mi hijita habrá encontrado por fin la comodidad en el mundo, y entenderá que la noche es para descansar. Pero estoy convencido de que dormir para mí jamás será lo mismo, y que esos chillidos ronquitos de mi bebita clamando por su leche o por sabe Dios qué otra necesidad, son apenas un entrenamiento para la noche en que le de fiebre, le duela el oído o me tenga agonizando de la angustia porque le dije que regrese a las doce y son la una y media y no llega.

Mi vida antes de Inés no existe más, y las madrugadas en vela son un baldazo de agua fría para que de una vez lo capte y lo acepte. Mi persona ha dejado de ser prioridad. Mis anhelos y caprichos han pasado a un segundo plano. Mi vida hoy es dominada por ese pedacito de gente que cada día se me hace más conocido, y que tiene la potestad de moldear mi ánimo a niveles superlativos. Inés no lo sabe pero dependo de ella. Porque si llora me manda a la lona, y si acepta que la tenga en mis brazos y me mira como quien descubre el cariño, me acoge un sentimiento que va mucho más allá de la felicidad.

Ser padre es acaso más complicado que ser madre. Flora me dice a cada momento que Inés me reconoce, que mi voz le es familiar, pero es innegable que para mi hija su madre es lo más importante. Podría decir incluso que es lo único importante. Inés depende las 24 horas de su mamá, y sólo en el mágico fruto de su pecho encuentra el consuelo. Sólo con ella le puede hacer frente a un mundo tan ajeno a la impermeable cuevita en la que pasó sus primeros nueve meses de vida. Yo soy simplemente un contemplativo testigo de ese vínculo maravilloso, y mi función actualmente está más ligada a ofrecer apoyo y a estar alerta que a verdaderamente trascender en el desarrollo de mi niña.

Hay algo fisiológico irrefutable en la relación de una madre con su hijo. Las mujeres se preparan nueve meses para el gran acontecimiento. Lo van conociendo en cada pequeño movimiento, en cada náusea, en cada cambio hormonal. De manera innata saben qué hacer, cómo reaccionar desde las primeras aproximaciones del recién nacido. Lo veo clarito en Flora. Su instinto de mamá es conmovedor. No duerme, no descansa, y pese a ello está siempre presente para saciar los pedidos de Inés. Nunca de mala gana, siempre con amor. Ha guardado en el cajón sus demonios para adoptar un papel de súper héroe. Atrás ha quedado su desidia, su mal humor. Hoy su semblante es sublime, entregado; al fin y al cabo, maternal.

Con los papás el paquete es diferente. El instinto aflora con el paso de los días. Y muy lentamente. El embarazo es para nosotros sólo una tímida etapa de transición, entonces de golpe nos encontramos frente a un ser que desconocemos, que respira, bosteza y sonríe en miniatura, pero que llora con holgura. En primera instancia el cariño por el hijo es una extensión del cariño hacia la madre. Por eso asumo que un mal esposo (o un mal compañero sentimental) no podrá ser jamás un buen padre. Inés ha llegado a mi vida días antes de que cumpla 28 años, y me ha hallado inexperto, diría que hasta incapaz. Aún me sigo sintiendo un hijo, conservo todavía aficiones inmaduras y me cuesta aceptar el rótulo de señor. Pero cada vez que veo a Flora dándole vida a mi niña ruego porque me contagie, imploro por el momento en que Inés me descubra como su papá. Y trato de olvidar que hasta hace unos días era un muchacho con ganas de jugar Play Station y que compraba con ludópata devoción, figuritas del álbum del Mundial.

La tarea es difícil, está clarísimo. Inés sólo conoce el llanto como medio de comunicación, y comunica muchas cosas. Me abruma la impotencia con cada lágrima, y fuera de lo auditivo, su llanto me destroza porque imagino que le está doliendo el alma, y yo a su lado, parado y palpando su mínima anatomía, me reconozco vetado para calmarla. Creo que ese es el primer mensaje fuerte que te dan los hijos: tú vas a estar siempre ahí, a la mano para tratar de socorrerlos, pero no podrás evitar que sufran, no impedirás que conozcan la frustración, la sentencia de que la vida no es el cuento de hadas que imaginaron mientras flotaban en el vientre de su madre.

Ser padre es difícil, y lo es cada vez más. Pero ser padre también es maravilloso. Y lo es cada vez más. Inés es increíblemente hermosa. Tiene unos ojos que comunican desde ya, pese a que la sabiduría popular nos cuenta que por el momento están preparados para ver apenas manchas. Su nariz y su boca parecen dos botones de caramelo. Bosteza y estornuda en colores y musicalmente. Tiene el significado genuino de la ternura tatuado en sus cachetes. Sus pies invitan a la sonrisa. Sus manos son mínimas, pero conllevan un estilo, el estilo de su madre. Y de su cuerpo brota un aroma que quisiera impregnármelo para siempre.

Los libros y los pediatras nos cuentan que sus acciones hoy en día son dominadas por algunos reflejos, pero a mí me dan la pauta para imaginar cómo será más adelante. Está llena de muecas, tiene una en particular empequeñeciendo los labios como si estuviese silbando o mandando un beso que me derrite. A veces parece enfadada, y mueve esas pequeñas pelusitas que fungen de cejas en señal de desaprobación. Otras veces, en el clímax de su belleza, sonríe, y llego a la conclusión de que no habrá jamás un paisaje o una obra de arte capaz de superarla.

Inés ya llegó al mundo. Existe. Se mueve. Respira. Está sanita. Es un pedacito de mi cuerpo que no conoce la maldad, ignora las injusticias, escupe a la timidez y a la desconfianza. Es una personita que brota amor en cada milésima de segundo, y con cada movimiento, me incita a imaginar por primera vez el futuro con optimismo. Inés a veces está inquieta y fastidiada, entonces acepta que la cargue, y yo le canto canciones melódicas y se da el trabajo de escucharme para después dormirse. Inés se fusiona con su mami para obtener alimento, y me invitan a contemplarlas mientras descubro que los milagros existen. Inés me regala con su mirada una nueva oportunidad para ser mejor persona, y no me va a alcanzar la vida para agradecérselo.



miércoles, 12 de mayo de 2010

Digo tu nombre (Y)

"No abuses de mi inspiración, no acuses a mi corazón..."
Ahora sí, hasta que llegues, estas son las últimas líneas que te escribo.
La historia del por qué de tu nombre.
Si la criatura que se resiste a salir, y navega plácida e indiferente en el vientre de Flora fuese varón, ya tendría nombre desde hace mucho tiempo. Se llamaría Diego con el prematuro consentimiento de ambos, y el conserje de mi edificio tendría en algunos días a un nuevo mini tocayo. No nos haríamos bolas. Se llamaría Diego porque es el nombre que quise para mí desde niño, y acentuó su fortaleza cuando me enteré que existía sobre la tierra un tal Maradona. Se llamaría Diego porque a diferencia del resto de nombres de futbolistas que propuse, Flora lo aprobó con simpatía, y con un poco de ingenuidad se comió el “no” cuando me dijo: “¿no será por Maradona, no?”.

Pero si reviso las peripecias y contradicciones de la decisión de bautizar a nuestra futura niña es fácil sospechar que Diego hubiese sido uno más de la lista de descartados, y tendríamos en estos momentos a un nombre impensado, tal vez a uno de los que negué tajantemente cuando dije que ningún hijo mío se llamaría de manera rara u original. Llegar al consenso en el nombre que figurará en los documentos de nuestra hija ha sido una batalla difícil. Un proceso áspero en el que no han faltado la desilusión y la pena; el efímero triunfo y la piconería.

El arte de escoger nombres ha aparecido en realidad desde hace mucho en mí, en las cada vez más esporádicas e infructuosas aproximaciones al mundo de la ficción. En esa índole no se me hacía difícil bautizar a los personajes masculinos. En ellos, generalmente extraídos de los retazos más oscuros de mi alter ego, a veces hasta un nombre feo calzaba bien. Además aparecían los básicos complementos, los compinches o rivales del protagonista. Y vamos, a quién le molesta el nombre de los amigos; a quién coño le interesa cómo se llama el desgraciado con el que tu chica te pone los cuernos.

Escoger en cambio el nombre de la protagonista era (es) más complicado. Tendría que sonar bien, tendría que llevarme al suspiro, a las ganas de seguir dándole vida a ese personaje del que me venía enamorando, y que saciaba en cada párrafo el travieso impulso de tentar otros labios en la vida real. Por eso propuse Lucía como la alternativa más profunda y duradera. Hasta hace muy poquito mi hija se llamaría así, y de no ser porque Flora se desencantó en algún momento clave, nos estaríamos ahorrando tanto rollo. Lucía es un nombre hermoso que me evoca a mujeres encantadoras por más que no haya conversado más de dos minutos con alguna de sus cuantiosas representantes. Lucía me suena a mujer más que cualquier otro nombre, y no sé qué pedazo de mi subconsciente es el responsable de ello.

Al personaje femenino del primer cuento que me recuerdo le puse Lucía. Fue mi debut en el arte de bautizar a la gente. Lo escribí a mediados del 2002, y pese a que imprimí un par de copias, desapareció de mis archivos y de mi vida. Desde cualquier punto de vista literario e incluso desde el modesto control de calidad de este blog, el cuento era impresentable, pero le guardo un cariño súper especial porque con él descubrí que era feliz escribiendo, que podía sortear mis angustias y mis temores en la azotea de mi ex casa, mientras el mundo amenazaba con llevarme de encuentro. Lucía se llamaba aquella muchacha de mi cuento, y era la novia del mejor amigo e ídolo del narrador (y protagonista), que en silencio la amaba. La trama era sencilla y previsible, propia de un muchacho de veinte años atormentado, con un final triste y solitario.

A esa Lucía me la llevaré siempre conmigo por más que su historia se haya extraviado en los herméticos vientos de la cibernética, mucho antes del blog y del USB que cargo cual llavero hoy en día. Y creí que una tierna manera de compensar su existencia sería eternizando su nombre en mi hija. Pero no se pudo. Hubo algo en su fonética o en su popularidad que no terminó de cuajar en Flora, llegando a convencerme incluso, y lo descartamos una tarde de verano con mucha pena.

Pero Lucía no es el único nombre que ha formado parte de mis escritos. Durante mucho tiempo, amparado en la masoquista y solitaria actividad de anhelar un imposible, creé una musa con la que me jugaba la revancha ante los partidos que la realidad me ganaba por goleada. Fue la protagonista hasta de mis incursiones (aún menos célebres) a la poesía. Se llamaba Fiorella, un nombre que Flora rechazó de plano, alegando que bastaba con una F en la familia, pero acaso a sabiendas de la existencia, aún en mi cerebro, de esa musa imprescindible que calzaba aspectos de ella, pero no completamente.

Fiorella, la mujer de mis sueños, la chica por la que más he sufrido en la vida, tampoco le dará el nombre a mi hija. Será mejor así. Las poquísimas oportunidades en que se dignó a sonreírme no pesan tanto como sus desprecios, como su indiferencia, y agasajarla de una manera tan sincera me sonaba injusto, acaso una resignación. De plano llegaron los rechazos hacia las otras habituales compañeras de mi incipiente narrativa, y tanto Isabel, Marisol y Micaela, no ingresaron siquiera a la lista de pre-convocadas. Entendí que sería yo el indicado de postular candidatas, pero el dictamen final sería responsabilidad de Flora, así ella se niegue a aceptarlo.

Luego de lanzar casi por compromiso y sin ningún motivo literario que las proteja nombres como Nadia, Isabela (con una L para que se distinga) y Alisa (con una S y no tanto por Allysa Milano como por Alianza Lima), me dediqué a sabotear la elección favorita de Flora: Mariel. Mariel era a mujer lo que Diego a hombre cuando jugábamos a imaginar el futuro, mucho antes de que los fríos números de unos análisis nos digan por Internet, una larga noche de agosto, que nuestras vidas cambiarían para siempre. Mariel, por ser la candidata de Flora, lideró la elección casi toda la campaña. Fue una versión antipática del Alianza de los noventa: se cayó al final. Y fui cien por ciento responsable de su bajón. Me propuse mencionar cada vez más a menudo que empecé a querer ese nombre por una chica que me tenía loco en las épocas más lindas y pueriles de mi San Bartolo; y la terminé por convencer cuando le dije que se vería opacada por una de sus ex alumnitas favoritas, que se llama Mariel, y que sustrae de toda objetividad pedagógica a Flora cada vez que le sonríe.

Entonces llegó la hecatombe. Estábamos a mes y medio de la fecha pactada y nuestra niña no tenía nombre. Habíamos descartado los principales candidatos, habíamos discutido hasta airadamente en el camino, habíamos hecho sorteos fraudulentos con papelitos, y nada. Volví a mis orígenes y me amparé de nuevo en mis escritos. Con una salvedad, no deberían ser parte del pasado, tendrían que representar el futuro. Y decidí por primera vez arrebatarle parte de lo que me ha quitado (y me quitará) el tiempo (o la desidia, que es mucho peor) cuando juego a representar a un escritor, y mis historias sólo toman vida, y hasta de manera estructurada, en mi cabeza.

Recogí la historia que me ha venido rondando desde hace meses, desde que me mudé a Barranco, que por esas cosas de las musas no he podido colocarle ni un párrafo en el ordenador. Entonces casi como adentrándome a la sala de reunión donde se sella un pacto inquebrantable, y capeando el temporal, le solté el nombre de la protagonista a Flora: ¿qué te parece Inés?

Su reacción lejos de conmoverme o entristecerme, me dejó perplejo. Sólo atinó a aprobar el nombre con un gesto dominado por los labios. Inés pasó a ser la sorpresiva candidata que se tumba a los favoritos, en una mezcla del Fujimori de los noventas (rebeldía hacia los poderosos) y el Alan del 2006 (en contra del feo enemigo). Ahora el dubitativo era yo. Si es tan bonito, ¿por qué no se me había ocurrido antes? ¿No es un nombre de vieja? ¿Estoy seguro?

Debo confesarlo, volví a retroceder. Necesitaba una señal divina, tal vez algo místico para re-convencerme. Pensé en todos los acontecimientos que llegaron con la concepción de mi hija. En cómo su alumbramiento escenificaría el triunfo de la vida justito después de un par de años caóticos, sumido en la depresión y el pesimismo, coronados malamente con la repentina e inexplicable partida de mi tía Cecilia. Y sucedió el milagro.

Una noche luego de aterrizar fallidamente en Larcomar para ver una película, mientras nos engullíamos un par de sánguches del Burger King, Flora me comentó que había estado conversando con Melissa, la hija de Constantino, hermano favorito de Cecilia y que como ella, no está más con nosotros; y como ella, personaje vital en la historia de mi vida. Melissa le había preguntado por el nombre de la futura bebé, y Flora le había dicho que estaba pensando en Inés. Ella respondió diciendo que le gustaba mucho, que era ese el nombre que su papá quería para ella. Que ella era incluso Melissa Inés. Dejé de masticar como un ex presidiario recién liberado, y con la boca aún llena, le dije: ya está. Se va a llamar Inés. La protagonista de mi nueva historia se va a llamar Inés.

Así, me dije en silencio, la Ceci va a estar contenta, y junto a Constantino, no tendrán otra alternativa que cuidar y proteger desde su cielo a mi hijita como me cuidaron y me protegieron tanto tiempo a mí. Y así será más simbólico el acontecimiento cuando mire a los ojitos a Inés, y sienta que es verdad, que después de tanto dolor, la vida será más fuerte que la muerte.

viernes, 30 de abril de 2010

Se va abril (F)

Se va abril y con las últimas gotas de su rutina se lleva paisajes de aprendizaje, desprendimiento y muerte. Se cierra abril y su libro parece tan corto y tan largo. Se despide abril y desde mi cueva se asoma la semilla gigante con letras de colores que dibujan la palabra vida. Se va abril y carga con veintisiete soledades y me deja el camino servidito y me susurra que la cuenta regresiva será maravillosa.

Abril no existe más. El mundo será otro. Individualismo en extinción. Amor correspondido. Abril duró por nueve. Abril pateaba fuerte por las noches. Abril sentía mi voz. Para abril no habrá mañana. Abril es el pasado. Es la llave hacia el futuro.

La puerta está cerquita. Es el epílogo de la eterna sombra. La alcanzo de puntillas. Y no me espera más que luz.

miércoles, 7 de abril de 2010

Servinacuy in the Junin street (Y)

A mi primo Gonzalo, en calidad de su más fiel y querido guardián.
Es imposible ser un hombre de 27 años de la Lima “clasemediera” y no guardar un cariño especial por Barranco. Un distrito relacionado entrañablemente con la juerga, con lugares como Sargento, Wahios, La Noche, Mochileros; guariques a los que jamás se llegaba con un propósito disímil al de consumir serias cantidades de cerveza a un precio más cómodo que el de las discotecas que se volvieron top, casi siempre acomodadas en ese homenaje al comercio que es Larcomar. Yo no escapo a ese pronunciamiento, he juergueado cerca al boulevard Sánchez Carrión más de diez años de mi vida, pero Barranco forma parte de mis afectos sobre todo porque en uno de sus rincones, en la avenida Cajamarca, se encuentra mi colegio, un lugar al que acudí mañana tras mañana durante diez años seguidos siendo alumno, y que sigo frecuentando con regular frecuencia hasta hoy. Barranco, entonces, siempre ha sido mi segundo distrito. Ese espacio al que llegamos con la mentalidad exclusiva de pasarla bien; ese terreno en el que podemos carcajearnos, hacer deporte y hasta cometer algún delito con la seguridad de que en algún momento del día lo dejaremos, y retornaremos al hogar verdadero, al calor monótono y apacible que te acepta hasta cuando roncas, hasta cuando lloras.

Si hubiese dependido de mí el escoger un distrito para mi primer hogar como independizado, Barranco se llevaba todos los boletos. Por eso estoy agradecido al destino (el verdadero artífice de nuestras decisiones) el haber confabulado una serie de episodios para que mi deseo se haga realidad, para tener la dicha de mencionar luego de haberlo tenido cerca durante veinte años, que pertenezco a Barranco, que soy un barranquino. Que vivo en la bella calle Junín, cerquita al mar, y que cuando miro la noche desde mi balcón me acoge una felicidad indescriptible.

Pese a que aún no lloro, Barranco me acoge por primera vez en madrugadas sin que mi cerebro esté distorsionado, y me tolera roncando, despertando y hasta desnudo. Comparto el hogar con mi novia mientras esperamos la llegada de nuestra hija. Y coincidimos al afirmar que mejor lugar que este no le hubiésemos podido ofrecer.

La prueba de fuego

Todos sabemos que el matrimonio es una etapa crucial en la relación de pareja. Que en tiempos pasados era acaso la única posibilidad de independencia para cierta gente. Hoy que el mundo ha avanzado lo suficiente como para tachar de obsoletos a ciertos pensamientos la convivencia es cosa de todos los días. Y la comparto. Pienso que toda pareja que decida sellar su amor con un anillo de compromiso debería pasar primero por esta prueba de fuego. Y en caso no se llegue al objetivo, pese a que la ruptura siempre es dolorosa, podría ocurrir sin papeleos ni etiquetas terribles e imperecederas como el divorcio. Yo hoy vivo con mi novia, y estamos aprendiendo a aceptarnos con la mayor voluntad del mundo. Porque hay algunos detalles que pese a la cercanía de la pareja reservamos exclusivamente para el hogar. Y aunque, valgan verdades, Flora y yo tuvimos una pequeña gran prueba años antes de compartir el mismo techo, posicionando nuestro romance en una vorágine en la que yo me pasaba cinco de los siete días de la semana despertando en su casa, había momentos de mi vida sólo para la mía, para mis manías, para mi desorden. Había espacios que sólo podía explorar yo, objetos que sólo tomaban vida gracias a mis órdenes autoritarias.

Guerrillas internas

Hoy he perdido sobre todo el control absoluto del televisor. Ahí empieza la primera guerra de los sexos. Es que el ocio es fundamental en la vida, y la tele ha colmado ese espacio de una manera contundente. Todos al llegar a la casa luego de pasar horas en el trabajo queremos una cama y el control remoto. Yo había acostumbrado mis horas de zapping a todo tipo de programas relacionados al fútbol. Y para mi pesar, Flora no soporta ese maravilloso deporte. Basta que mis manos naveguen por canales como el 3, el 50, el 51, el 52 y el 53 (sí, tenemos cable a la antigua) para que ella suelte sonidos desaprobatorios. Algún puchero, algún gemido, o frases de todo tipo con el mensaje tatuado: fútbol no.

Para poder ver fútbol, salvo contadas excepciones tramitadas con días de anticipación, debo esperar a las once u once y media de la noche, la hora en la que Flora ingresa al mundo de los sueños. Entonces encuentro razón al horario del programa de Barnechea y Coki Gonzáles en Frecuencia Latina, los domingos justito después de Jaime Bayly, cuando antes me burlaba del gordo de Philip Butters (el conductor anterior) con la frase: “pobre, su programa sólo lo ve él mismo, y a punto de quedarse dormido”. El precio de mi independencia es ver el resumen de los goles del fin de semana tal como imaginaba a Butters, con una mano en el control y la otra en un vaso de Coca-Cola; con un ojo en Messi y el Barcelona y con el otro pidiendo permiso para sumarse a la aventura de Flora en el terriblemente corto (sobre todo el domingo) mundo de los sueños.

La tele es fundamental. Más aún en una pareja como Flora y yo, que sólo nos acercamos a la computadora para aspectos relacionados al trabajo. Porque si fuese ella, por ejemplo, una adicta al Facebook, me dejaría algunas horas el reinado a mí. Y si yo le proporcionaría el tiempo que en verdad requiero a mis escritos, ella andaría sumergida en esos programas de maternidad que me ponen nervioso o en ese bodrio televisivo llamado “Ghost Whisperer”, que inexplicablemente le fascina a Florita y que yo rechazo tal vez de puro picón por el veto al fútbol. La idea, entonces, es llegar al consenso. Y lo hemos ido construyendo desde antes de nuestro arribo a Barranco. Cuando sabemos que hay tiempo de sobra, compramos un DVD pirata y nos despanzurramos a ver una película. En ese rubro siempre concordamos. Y cuando llega la hora del zapping nos hemos hecho amigos (y perdón por la franqueza) de “Desperate Housewives”; y si se trata de confesar, “Los Exitosos Gomes” nos mantienen ocupados de nueve a diez de la noche. Después coincidimos en las series que todo el mundo ve, como “Friends” (aunque Flora la sigue cada vez con menos ahínco, y yo la defiendo ya por una cuestión de principios) o “Two and a Half Man”.
La hora de los caprichos

En lo que sí he ganado es en las comidas. Un triunfo a medias, una victoria mentirosilla. Ahora depende de mí el alimento a ingerir por las noches. Flora no se mete conmigo en ese terreno y me da libre albedrío sin protestar. Como almuerzo en la casa de mis padres, y por costumbre tengo el pésimo hábito de no ingerir ni medio pan en el desayuno, mi presupuesto alimenticio se reserva para la cena, para el lonche, para el momento del día en que se come mejor. Y ahí manda mi estado de ánimo, la elección la rige lo que voy alucinando a golpe de seis de la tarde, cuando lo engullido en el almuerzo ha pasado a mejor (o peor) vida. Lo negativo aparece también ahí, en la mismísima elección, generalmente dominada por comidas poco sanas. Así desfilan por mi repertorio alimentos como las hamburguesas con queso, los sánguches mixtos dos por uno (dos quesos y dos jamones por pan) o las pizzas caseras, que gracias a un hornito que me regalaron mi hermana y su novio, me salen exquisitas. De esta manera, mientras colmo de colesterol mi organismo y me disfrazo del más elemental de los chef, soy preso de una sensación similar a la que tuve al descubrir que podía viajar en micro solo, que se incrementa cuando de vez en cuando Flora me acepta un bocado, y lo aprueba con una mezcla de felicidad y tierna consideración.

La responsabilidad

Lo primero que descubrimos al dejar el hogar de nuestros padres, y después del período de exaltación y júbilo que significa hallar un terreno para uno mismo, es todo lo que nos ahorramos siendo hijos. O mejor dicho, todo lo que gastaremos a partir de nuestra independencia. La vida es cara aún sin lujos, aún con ayuda de la familia, aún gorreando almuerzos, aún sin hijos. Mi sueldo es un plastiquito de color azul con naranja que funge de vale ante las cajeras de Metro. No había caído jamás en la cuenta de lo doloroso que resulta esa liturgia: la registradora anunciando dígitos que afectan directamente a tu economía y sin siquiera haber pagado por, no sé, un buen plato en el “Antica” o una entrada al cine para ver una película en 3D. Para nada. Hoy gasto 30, 40 hasta 100 soles y mi canasta está repleta de productos que antes me llegaban gratuitos y que jamás me di el tiempo de agradecer. Hablo de consistentes rollos de papel higiénico, pastas de dientes, líquidos para limpiar platos y vasos, venenos para liquidar insectos, desodorantes, shampoos, jabones, frutas, verduras, tallarines, corn flakes. Eso sin contar los que pagaría con gusto, como el queso, el jamón, los salames, la leche condensada, las gaseosas. Felizmente el lado cleptómano que tengo me permite escabullir en mis bolsillos una bolsa diaria de M&M's, que devoro con gusto y pensando cojudamente que el vivo soy yo.

El Metro de Barranco queda muy cerca de mi casa, y es un punto de encuentro para toda la comunidad del distrito. Ahí me topo siempre con la misma gente en mi mismo plan, consumiendo y consumiendo para sobrevivir. A veces me pregunto si sufrirán tanto como yo; si mientras retiran sus billeteras de sus bolsillos accederán a la tristísima conclusión que me atormenta, esa que me indica que la vida laboral es simplemente llegar a un lugar de nueve de la mañana a seis de la tarde para perderte los partidos de la Champions League y el crecimiento de Lionel Messi, y así poder venir a Metro a comprar el lonche. Pero cada loco con su tema.

También me pregunto cómo sería mi vida independiente sin una mujer al lado. Porque la diferencia entre sexos aparece en momentos claves de la convivencia, y las compras forman parte de ellos. Me pasa mucho esta escena: Flora y yo llegando a Metro con la misión de comprar cinco panes y un par de paltas. Mientras nos adentramos en esos pasillos subliminalmente amarillos vamos de la mano. Luego escoge un producto fuera de los planes. La suelto para poder cargarlo. Luego toma otro. Tengo que ir en búsqueda de la carretilla. A pagar. Pensé gastar siete soles. Mi boleta de compra dice 32.

Después veo mi casa impecable. Que no me falta un solo utensilio. Y tengo que aceptar que absolutamente todo lo que Flora escoge es imprescindible. El panorama en soledad se dibuja diametralmente opuesto. No tendría refrigeradora pues sin su empuje no me hubiese puesto las pilas para recoger la que me han prestado. Mis caprichos caducarían y a la larga gastaría más al renovarlos. Viviría en armonía con el polvo que me ofrece gratuitamente el fuerte viento de Barranco, acumularía semanas de ropa sucia, no habría una sola planta, no hubiese cambiado jamás el foco que se me quemó en el baño y habría pasado más de los dos días que pasé alumbrándome en la ducha con una lámpara vieja. Me dejaría vencer por la flojera, esa enemiga que sólo sucumbe cuando Flora me pide un favor.

Los nuevos roles: unas de cal, otras de arena

Por Flora he adoptado algunas acciones que si supieran en mi casa se caerían de espaldas. Por ejemplo yo soy el encargado, en la mayoría de las ocasiones, de lavar los platos, vasos, ollas, licuadoras, sartenes y equis utensilios que utilizamos. Eso es un paso gigantesco si tomamos en cuenta que he crecido sin siquiera levantar el plato hacia la cocina luego de comer. Hoy me aviento a la aventura de abrir el caño y contrarrestar el ruido del agua cantando temas de toda época con una voz que seguramente todos mis vecinos deben reconocer (y detestar). Y en el camino me enfrento a escobillas y restos de comidas, a polos manchados de espuma y a pedidos como el de la última navidad, cuando en mi imaginaria lista de regalos, junto a las zapatillas que alcancé a comprar con las justas, coloqué un mejor escurridor para aligerarme la tarea.

También me encargo de botar la basura. Y eso es quizás lo único que detesto hacer. Todo bien con la de la cocina (pese a que a veces se filtran incontables hormigas en diversas cáscaras de granadillas o tunas), pero la liturgia de extraer la bolsa del tacho del baño es realmente desagradable. Por eso cuando nos caen nuestras pocas visitas ruego porque ninguno tenga que defecar, y si veo a alguno con toda la pinta de querer evacuar lo mando directamente al baño del fondo, donde ni siquiera me he dignado a colocar un tacho, sin importar que los papeles cagados interfieran en las tuberías de todo el edificio.

Otra de mis tareas es tender la cama. O mejor dicho, hacer la finta de que la tiendo, estirando las sábanas y acomodando malamente los pijamas entre las almohadas. Flora está embarazada y me he propuesto aliviarle la carga de esas labores domésticas, pero tampoco soy un fanático. Lógico que tengo otros errores. El cuarto que será de mi hijita está poblado de mis pertenencias y cada vez que Flora llega del trabajo tengo que cerciorarme de que la puerta esté cerrada sino la puedo matar del disgusto. “Cuándo vamos a tener listo esto”, me dice mientras yo intento desaparecer con la mirada tres o cuatro maletines que tengo en el suelo desde que me mudé, mis zapatillas de fútbol con sus pedazos de caucho incluidos, una caja con mi colección de revistas “El Gráfico” que me niego a regalar, y mi objeto más valioso, mi PlayStation 3, que la vez pasada osé en colocar en la cuna que espera a mi bebé, y por poquito me salvé del divorcio.

Dulce espera barranquina

Tengo más de seis meses en la calle Junín, ese pedacito de Barranco que me llevaré para siempre cuando me tenga que mudar. Y he sido exageradamente feliz. Me encanta desenvolverme por las calles como si fuesen una extensión de mi casa. Adoro tener cerca a las boticas, a una bodega completita, al emolientero, a diversas sangucherías, a la Tapa, a Los Reyes Rojos, al malecón, a mi casero que me vende a tres por nueve las películas que ya no veo en el cine. Me aligera la vida tener a todos los bancos a paso de caminante, a un cambista de dólares fiel, a improvisados cuidadores de carros con pinta de asesinos pero que me consideran su causita.

Mi hogar tiene además un aura novedoso a cada momento, y se prepara poco a poco para recibir a la personita que lo seguirá iluminando. Inconcientemente (o tal vez más concientes que nunca) todo paso que damos es por ella. Para Flora tal y como está la casa sería imposible que la albergue, pero para mí está perfecta, sólo falta la hermosa cereza del postre. El techo del cuarto de la bebe se viene pelando por culpa de una inundación en el piso de arriba y quizás es sencillo sospechar que mi desorden continuará por los siglos de los siglos. Pero no es así. Hemos demostrado que nos habituamos a lo que nos dice el destino, y estoy seguro de que cuando la niña llegue todo será hermoso.

Estamos viviendo una etapa linda, que no se da muy a menudo en la vida, y trae consigo mucha responsabilidad. Somos unos verdaderos inexpertos y particularmente ando lleno de miedos. Pero me supera la emoción. Quiero inundar de llantos mis madrugadas, quiero tener que odiar más de la cuenta a Metro por comprar los pañales. Quiero conocer la felicidad verdadera con sonrisas nuevas, con descubrimientos mutuos.

Siempre me he llevado bien conmigo mismo, y la soledad es una compañera muy agradable para mí. Hace un par de meses Flora se fue de viaje dejándome solo por una semana. Aunque de antemano sabía que la extrañaría, confieso que parte de mí tuvo un ligero bochorno de emoción. Podría hacer lo que me diera la gana, ahora sí, con todas las de la ley. Pero por una extraña razón, pese a que jamás le he temido a los fantasmas, no pude dormir. Me agobiaba una añoranza nueva, nunca antes descubierta. Un dolor en el pecho similar a la angustia, rebotes en la cama, malos pensamientos. Entendí entonces que me hacía falta Flora, pero también esa presencia mágica, esos latidos y susurros que valen por dos y que la convierten en la persona que más me importa en la tierra. E interpreté la ausencia como la sentencia de que jamás disfrutaría del despertar solo. Que no volvería a dormir sin ese nuevo amor que venimos forjando desde hace años, pero que recién nació en Barranco, en la mágica e inolvidable calle Junín.