lunes, 15 de noviembre de 2010

Señor banquero, devuélvame el dinero (Y)

Un texto cargado de bilis. Un paréntesis a lo habitual. A veces las anécdotas negativas mueren recién acompañadas del teclado.
Hace algunos años, más o menos a mediados del 2003, un amigo con el que compartía mis horas universitarias (que tenían muchísimo más de ocio que de estudio) me incitó a buscar trabajo. Ya es el momento, me dijo, conozco un lugar en el que te dan chamba de hecho y no tienes que hacer mucho. Estudiábamos periodismo y llevábamos largo rato entendiendo que para poder destacar en esa rama en este país había que empezar literalmente desde el subsuelo, con largas jornadas de trabajo en lugares en los que no te remuneraban ni con un sencillo para el pasaje. Entonces lo único que atiné a preguntarle fue si el laburo era con paga. Claro que sí, me dijo con la genuina autosuficiencia que conserva hasta hoy cuando tratamos de aprovechar nuestras largas y pajeras conversaciones, ideando futuros y variopintos negocios.

Fue así que llegamos a postular al BCP, el banco con más clientela del Perú (este es un dato avalado por mi mera observación). Nos fuimos bien al terno y sin abandonar nuestras esencias: él no me lo decía pero ya se veía próximamente escalando puestos hasta aterrizar en la gerencia del banco, y yo le rezaba a todos los santos para que el taxista que nos transportaba se pierda o sufra algún percance que nos prive de llegar a la hora pactada, y así terminar en algún café de mala muerte de la avenida Brasil para meternos nuestros por entonces clásicos desayunos. Al fin y al cabo la vida para mí a los 21 años era eso: faltar a las clases para perder el tiempo junto a mi amigo con dos sánguches mixtos cada uno. El tema del trabajo y la independencia no me quitaban el sueño por el momento.

En efecto, mis oraciones casi se disfrazan de realidad, y el tráfico de la mañana sumado a un conductor despistado nos hicieron llegar con las justas al lugar, tanto que estuve a punto de convencer a mi amigo de abandonar la faena. Pero entramos. Y nos enfrentamos a nuestra primera batalla con el temible mundo laboral. Lo primero que llamó mi atención fue el grueso grupo de postulantes a los puestos vacantes. Mierda, me dije, cuánto huevón quiere ser cajero de banco. El hecho es que nos separaron en dos grupos, en uno estuve yo y en el otro mi amigo. Primero rendimos una eterna prueba psicológica y si mal no recuerdo también un sencillísimo examen para medir tu nivel numérico y verbal. Y después pasamos a una entrevista grupal en la que aprovechaban para conocer un poco sobre uno mientras analizaban tus facultades para enfrentarte a los clientes. Luego de cerca de tres horas en ese martirio, en mi grupo dieron los nombres de los primeros eliminados. Creo que el mío fue el tercero o el cuarto. Morí rapidito.

Qué vergüenza, me dije. Y encima tengo que esperar a que acabe este huevón. Salí con la autoestima por los suelos en búsqueda de un kioskito para comprarme una bolsita de chifles para menguar el agujero que tenía en el estómago y con lo primero que me encuentro en la calle fue con el cacharrazo de mi amigo. Habla, me dijo, ¿te escogieron? No, le dije a secas. A mí tampoco, sentenció desatando las carcajadas que han caracterizado todos estos años nuestra amistad.

No recuerdo si acabamos en algún huarique o si optamos por ir a la universidad a levantarnos la moral con las desgracias de algún compañero. Lo cierto es que hicimos un pacto para no volver a postular a ese tipo de trabajos. Decidimos, sin dejar de observar nuestro ego por los suelos, que lo nuestro iba más con el ingenio poco comprendido de la redacción, y que eso de andar en terno era para los cojudos.

Esta anécdota hubiese permanecido en algún escondite de mi memoria de no ser por lo que me ocurrió hace un par de semanas, algo que me llevó a pensar en el poder abusivo de los bancos y en la manera en la que el destino me alejó de sumarme a sus dominios. El día jueves 28 de octubre se corrió el rumor por mi oficina de que habían pagado el sueldo. Por una cuestión de rutina y para ver por fin de nuevo mi cuenta con saldo a favor entré a la banca virtual del BCP, y me di con la sorpresa de que el monto que figuraba en mi poder era superior al que debería tener. ¿Ya pagaron la grati? Para nada, me dijeron. En la pantalla figuraba que habían hecho un depósito de 2800 soles el martes 26, y que ese mismo martes, habían retirado del cajero 1420 soles.

Obviamente yo desconocía de dónde diablos habían caído esos 2800 soles, y más aún, me preocupaba el hecho de que habían utilizado mi tarjeta, mi clave y mi DNI para retirar un dinero del cajero. Inmediatamente fui al banco a reclamar, y ahí empezó una larga racha de situaciones que me sacaron de mis casillas. La primera señorita que me atendió me bloqueó la tarjeta y al instante me dio una nueva. Me dijo sutilmente sobre el dinero extra (unos 1380 soles) que “quedaba en mi conciencia” si lo tomaba o no. Lógicamente yo ya andaba saltando en un pie pensando en cómo iría a gastar ese monto, en que pagaría mis deudas y hasta me sobraría para comprarle algo útil y bonito a mi hijita y el par de zapatillas de fútbol que se me hacen urgentes. Pero la señorita me dijo “eso sí, has tu reclamo, pero hazlo por el hecho de que han retirado dinero sin tu consentimiento, no reclames por la plata extra”.

Le hice caso. Hablé desde los teléfonos que hay en el ingreso del BCP de Pardo. Me atendió una voz de hombre joven y poco servicial, indicándome que en 24 o 48 horas resolverían el caso, y que me llegaría a mi correo la respuesta. Yo colgué con más ganas de retirar el dinero extra que de sacarme las dudas, pero acto seguido, tenía bloqueada también mi nueva tarjeta. Quise acercarme a ventanilla para hacer la operación de retiro desde ahí pero me ganó el tiempo, debía regresar al trabajo y sin almorzar.

Ese jueves mi jornada laboral acabó casi a la par de la clausura de las oficinas del banco, y no tuve más remedio que esperar al día siguiente, fin de mes, fecha de pago y de cobranzas y de transacciones en todo el país. Me hice un espacio entre las nueve y diez de la mañana y llegué al banco a solicitar que me desbloqueen mi tarjeta, pero otra señorita, la tercera protagonista de esta historia, me dijo, parca y pedante, como si me estuviese haciendo un favor o como si yo fuese un cliente moroso, que no había sistema, y “no se sabe hasta qué hora”.

Ya andaba preocupado. Se avecinaba un fin de semana largo y no tenía más que centavos en la billetera. Acceder a mi cuenta era algo sumamente urgente. Tuve que comerme el día laboral con la cabeza en otro sitio, contando los minutos y rezando para que no aparezca algo de último momento que me retenga en la oficina más de la cuenta. A las cinco en punto, felizmente, salí como un rayo hacia el banco. Tenía hasta las seis para de una puta vez acabar con este trámite. Por la cantidad de gente aglomerada en el BCP me atendieron en Plataforma a las seis en punto. La cuarta protagonista de este tormento me retuvo mientras hablaba cojudeces por teléfono, y al comentarle mi situación, siendo las seis y tres minutos, me dijo que era imposible, que mi caso estaba siendo analizado por la sección Fraude del banco, y que ellos sólo atendían hasta las seis.

Le insistí, le dije que esto era ya un abuso, que debía realizar una serie de pagos y que me estaban perjudicando en demasía. Me comunicó por teléfono con la quinta despreciable de esta hecatombe. Se mostró atenta y predispuesta a resolver mi caso. Pero fue una trampa. Sólo actuó con velocidad y eficiencia para consultarme si yo conocía de dónde provenía una transacción a mi cuenta de 2800 soles. Error de principiante o de hombre desesperado, le dije que no. Ya, me dijo, en estos momentos la señorita que lo está atendiendo le va a entregar un papel que usted debe firmar permitiendo que el banco retire esa cantidad de su cuenta. Pero ya han retirado la mitad sin mi consentimiento, y desde un cajero, le contesté. Ah sí, me dijo algo nerviosa, entonces el banco va a retirar la diferencia. Sólo atiné a preguntarle si se vería perjudicado mi salario, y me dijo que no. Y después de solicitarle que por favor se me permita hacer uso de mi dinero, le pregunté por qué diablos había ocurrido todo este embrollo.

Ahí su voz empezó a tambalear, ya no hablaba con la misma fluidez con la que me había exhortado a firmar la bendita autorización. Me dijo que desconocía de dónde provenía el fraude, pero que sí se sabía con certeza que el dinero que se me había depositado correspondía a “otro cliente”. Agotado, decidí dejar de indagar para casi implorarle que me resuelva el desbloqueo de mi tarjeta. Siguió tambaleando y me dijo que era imposible, que incluso por ser feriado el lunes, no atenderían hasta el martes, fecha en la que el banco retiraría mi “no dinero” para que recién vuelva la normalidad a nuestra “relación”. Luego de que le alcé la voz y me desparramé con un trágico discurso sobre pagos y deudas y moras, me hiperjuró que al día siguiente, el sábado, podría retirar el 100% de mi sueldo en cualquier ventanilla.

Me retiré a mi casa derrotado y con ganas de matar a medio mundo. Demás está decir que el sábado, en lugar de aprovechar la mañana para descansar, estuve a primera hora en la sucursal del BCP de mi distrito, Barranco, para que la sexta protagonista, esta vez más amable pero no menos ineficiente, me reconfirme que sería imposible hacer uso de mi sueldo hasta el martes. Juro que sentí ganas de llorar. Felizmente conseguí alguien que me preste un dinero para poder sobrevivir todo el fin de semana largo. Claro, sin posibilidad de ningún lujo y vetando mis ganas de salir en búsqueda de la noche al menos en el puto Halloween.

Me puse a pensar en la importancia de los bancos en la vida de las personas. En cómo dependemos inevitablemente no sólo de sus horarios y de sus impuestos y de sus habilidades para la cobranza, sino también de sus errores. Y con la sed de venganza que me embargó, me sentí una hormiga en medio de la jungla. No hay nada por hacer, sentencié.

Al final he llegado a la conclusión de que el fraude no fue hecho por un “clonador” o un ratero monse. ¿Con qué motivo me depositaría un dinero para retirar sólo la mitad? El “choro”, el vivazo, proviene del mismo banco. Un trabajador ambicioso encontró un dinero extra, perdido por algún otro colega suyo en un acto de imbecibilidad, y lo colocó en la primera cuenta que encontró (me niego a aceptar que haya escogido la mía adrede), para luego, conocedor de códigos y contraseñas, hacer el retiro caleta. No me sorprendería que la misma señorita nerviosona que me mintió por teléfono obligándome a salir de mi cama por la mañana del sábado mientras ella dormía sin ningún tipo de remordimiento, esté involucrada en la faena. Sea cual sea el caso, la “aventura” que han tenido conmigo es muy grave, y habla muy mal de un banco ¿prestigioso? como el BCP.

En cuestión de 48 horas estuve en el cielo por la dicha de haber sido bendecido con un dinero extra y en el infierno de los trámites absurdos y la poca predisposición de ayuda. Lo jodido de los bancos es la habilidad de sus trabajadores de “pelotearte” de mano en mano, de teléfono en teléfono, de ventanilla en ventanilla con la clara misión de no comprometerse contigo. Uy, te entiendo, te dice uno, pero no te puedo ayudar, te comunico con otro. Y ese otro, lo mismo. Qué sarta de ineficientes.

No fue difícil, entonces, remontarme a la anécdota del inicio de este relato. No fue difícil acordarme de mi amigo y de lo mal que nos sentimos, en público y sobre todo en privado, por no haber sido escogidos para trabajar en el BCP. Ahora le puedo decir que nos chotearon por que vieron mucha honestidad en nuestros rostros y actitudes, y que si no estamos hasta ahorita vestidos de terno y corbata en las vacías y embusteras oficinas de los bancos es porque nuestra esencia, incomprendida y relajada, no tiene nada que contarle a la ineficiencia.
Mi amigo y yo seguimos soñando con algún proyecto juntos. Nos reunimos a veces y (siempre) prometemos pronto novedades. Aún trabajamos en zapatillas y despreciamos a la burocracia, y nuestras reuniones “laborales” siguen desembocando en carcajadas y tragaderas. Lo triste es que a la hora de pagar, lo hacemos con tarjeta.

martes, 26 de octubre de 2010

No es lo mismo (Y)

"Vivir es lo más peligroso que tiene la vida".
No recuerdo exactamente cómo dejé de ser hincha de Alejandro Sanz. Cuándo empecé a entender a sus críticos. Cuándo lo fui dando de baja de mis estuches de discos. Sin duda fue en mis primeros asomos al mundo de la adultez, al descubrir que en el amor y en la vida el territorio deja cada vez menos espacio para las “princesas de un cuento infinito”, y que la ondita atormentada del “Qué no te daría yo” no me servía para nada. De la mano de “Más”, su mejor material discográfico, Sanz se inmiscuyó en mis desvaríos adolescentes “Pisando fuerte”, y al son de temas como “Si hay Dios”, “Aquello que me diste” y “Corazón partío”, me regaló, al menos en el rubro musical, una sentencia muy difícil de alcanzar a esa tormentosa edad: la pérdida del miedo al qué dirán. Mientras mis contemporáneos se esmeraban en moldear su disfraz de rebeldía y “alpinchismo” dejando por sentado su virilidad y su desprecio a todo lo que consideraban cursi, a mí no me temblaba el labio cuando declaraba que me gustaban las canciones de un hombre que volvía locas a las mujeres dejándoles la huachafa duda de “¿Y si fuera ella?”.

Es muy fácil imaginar las razones por las que Alejandro Sanz conquista a sus fanáticas: es melodioso y romántico, y físicamente tiene la pinta de ser alguien alcanzable. No es Brad Pitt ni Jude Law. Es un hombre que roza el metro setenta, de pelo negro y bastante orejón, pero hay algo mágico en su voz y en su look de inofensivo conquistador que las atrapa. ¿Pero qué tiene o tuvo conmigo para volverme uno de sus fieles hinchas?

Con la reflexión del presente he llegado a la conclusión de que los atributos del intérprete de “El alma al aire” en mi caso estuvieron ligados a su mensaje de perdedor crónico. En un muchacho como el que fui a los 16 años, atiborrado de complejos y con el deseo explícito de palpar los cuerpos de cuanta mujer se me ponía enfrente, aunque acostumbrado a terminar invicto todas las noches de cortejo, el hecho de enterarme de la existencia de un cantante que en la gran mayoría de sus hits sucumbía ante el amor pero que cosechaba fanáticas en gruesa cantidad, fue muy liberador. Sanz no es Sabina y su “tenían razón mis amantes en eso de que antes el malo era yo”, ni tampoco Calamaro cuando es capaz de decir “yo no quise lastimarte, solamente te dije que no”. A Sanz su novia le pone los cuernos luego de irse de viaje sin él a un hotel “tan romántico y lujoso”. Sanz extraña “Ese último momento”. Sanz recompensa al estúpido que llevamos dentro alguna vez todos los hombres que nos resignamos al adiós diciéndole a su chica “tú sólo has actuado, y yo aún sabiendo que mentías, me callé”.

La gasolina de mis actos, generada en esencia desde mi niñez pero moldeada en mi adolescencia, tiene mucho que ver con la resignación, con la baja autoestima, con el miedo. Y en ese auto pequeño e incoloro que fue mi vida largo tiempo, Sanz calzaba perfecto. Como el amigo cómplice que te sube los ánimos manifestándote que él anda peor. Entonces, mientras miraba desde muy lejos a la chica que me tenía loco, o me amparaba en el retraimiento para no socializar en mis primeras jornadas universitarias, o me era muy difícil creerme capaz de alcanzar un logro cualquiera, inspeccionaba por toda la carrera musical de Alejandro Sanz antes de “Más”, y le daba incontables oportunidades a las canciones olvidadas de sus siguientes discos por el mero placer de sentirme un conocedor.

No es coincidencia que mi fidelidad hacia Sanz haya disminuido con los años. “A golpes contra el calendario” tuve que ir escapando de la burbuja mediocre y pesimista en la que me venía hundiendo, y comprendí que el amor, fuente de la vida, es una batalla en la que no nos podemos dar el lujo de mostrarnos desarmados. E inevitablemente desalojé del primer lugar de mi ranking musical al buen Alejandro, reemplazándolo por otros intérpretes que lograron tocarme el alma con la fuerza de sus letras, con analogías hacia situaciones “de verdad”, al punto en que llegué a catalogar a “El hombre que no podía dejar de masturbarse”, de Daniel F, como la canción de amor por excelencia.

En el rol que he decidido interpretar hoy que tengo 28 años y una hija pequeña, la carga negativa tiene que desaparecer. En el rol que he decidido interpretar hoy que le toco las puertas a la base tres y soy un hombre sin mujer, la melancolía está prohibida. En el rol que he decidido interpretar hoy con la certeza de que la vida está repleta de momentos dificilísimos, Alejandro Sanz y su devoción por el sufrimiento deben descansar en el baúl de mis recuerdos más sinceros, esos que sólo aparecen “Cuando nadie me ve”.

Este 2010 Alejandro Sanz ha sacado un nuevo disco: “Paraíso Express”. Luego de tres años de ausencia, tres años fundamentales en mi desarrollo personal, ha reaparecido en las radios, y lo he escuchado por primera vez con el oído de un hombre adulto. Y no lo voy a negar: me ha vuelto a atrapar. Pero esta vez sin al vaho del pesimismo, esta vez a sabiendas de que a las dificultades hay que ponerles el pecho y que está vetado el que se estaciona en las tristezas. Entonces he llegado a la conclusión de que ni en mil años dedicaría “Desde cuándo” (su tema más romántico) a nadie; me he ilusionado pensando que aunque aún no me la presentan, existe la mujer por la que tendrá sentido en mí “Sin que se note” (su tema más ganador); y no ha sido necesario que me confirmen o me desmientan que “Tú no tienes la culpa” (su tema más sincero) lo escribió pensando en Manuela, su primera hija con una mujer que ya no es más su mujer.

El último sábado se presentó en el estadio Monumental, y me obsequiaron una entrada. A riesgo de posicionarme para muchos como un homosexual aún en el clóset, debo confesar que sería la cuarta ocasión en la que acudiría a un concierto de Sanz, desde el 2001 por su gira “El alma al aire”, el 2004 con “No es lo mismo” y el 2007 con “El tren de los momentos”. Pero por primera vez lo hacía sin la efusividad de antaño. Y eso me dejó la calma de sentir que he crecido, y superado mi relación con el que fue durante mucho tiempo la insignia de mi derrota. Porque en el 2001 era un inexperto, el 2004 un hijito de papá, el 2007 un hombre al que se le acababa el crédito de sus excusas y este 2010, “Viviendo deprisa”, me ha recibido con una racha inacabable de situaciones muy fuertes, pero pese a todo, de pie.

En un momento del concierto fue inevitable retroceder en el tiempo y sentirme de nuevo el adolescente temeroso que lo idolatraba, el aprendiz de conquistador que dedicaba “Aquello que me diste”, el muchacho con el corazón roto que una tarde de verano del 2003 adoptó a “¿Lo ves?” como el himno de su pesar, el viajero que no pudo ser feliz del todo en Argentina porque “Buenos Aires me dolió, pienso tanto en ti”, el soñador que alucinaba con cargar a su hijita mientras le susurraba “Y sólo se me ocurre amarte”, el enamorado que no deseaba ni imaginarse lo que sería sentir en carne viva las desgarradoras estrofas de “A la primera persona”. Al ritmo de Sanz empecé a recordar lo vivido desde el 2001 hasta este 2010, y volvieron como en una película vieja todas esas imágenes. “Todas menos una, que se olvidó de mí”.

Y cuando mi cerebro le estaba dando cabida a la depresión y al lamento, pensé en mi hijita Inés, que es el mágico emblema de todo lo complicado y hermoso que me queda por vivir. Entonces miré fijamente a la pantalla gigante del concierto en un primer plano del cantante al que había venido a “saludar”. Lo descubrí con varios kilos demás, el pelo algo entrecano y una sonrisa cómplice que me indicó que lo que fui no es lo que soy. Y le prometí en silencio que jamás me volvería a contagiar de su tristeza. Nunca más, Alejandro.

“Míranos aquí diciendo adiós”.

domingo, 3 de octubre de 2010

Siete rimas (F)

De todos los géneros o estilos abarcados por la escritura, la poesía es el que siento más distanciado de mí. Por esta (quizás) única vez, dejo el formato habitual a cambio de estos textitos que por respeto a los poetas, no puedo llamar poemas. Habrá que tomarlos como lo que son: un ejercicio atrevido.




1- Inés

Ni aún mintiendo te alcanzo
muñequita de tinta y dolor
en tus ojos obtengo el descanso
que ni en sueños me ofrece el amor

Me golpea aferrarme a la calma
a mitad de carrera dormí
lo intento y entrego mi alma
por salir del infierno por ti

Pedacito de cielo en verano
en tu mirada empeño esta mano
inspirada en tu próximo mes

Imaginas en mí la grandeza
y te escribo la palabra belleza
que no alcanza a rozarte los pies.


2- Domingos

Almohadas sin rastros de besos
con meriendas al vuelo y silencio
que me vienen calando los huesos
como si bastase con poco de aprecio

Nombras un mundo por conquistar
de pasajes a anhelos de satisfacción
Y me subo a tu idea sin poder reprochar
que adiós no significa emoción

Pero me contagias de finos sabores
de nuevos estímulos bailando en colores
con permiso a morder la manzana

Y ya no siento tan fría tu mano
aún sabiéndome poco cristiano
que moriré al terminar la semana.


3- Viejo

Vale más el que no discrimina
que el poderoso en perfumes y cremas
Me lo dijo allá arriba en la cima
y lo confirma sumido en problemas

No me legó su capacidad de luchar
la virtud de sacar adelante un partido
Dejo todo por verlo ganar
aunque nunca se da por vencido

Ya le dio la vuelta a la vida y repite
de memoria me sé su consejo
afectuoso como rayo de sol

En mi corazón él con nadie compite
sabe tanto y le pido a mi viejo
que me cuente de nuevo su gol.


4- Salmona

Le tendrá que gustar Calamaro
por si le nace un reclamo furioso
cuando note en mi andar algo raro
la que arriesgue a sumarse al negocio

El paquete parece agradable
pero esconde mentira y maldad
yo defiendo con uñas y sables
el importe de mi libertad

Advertir siempre será positivo
aunque a veces nos falte un motivo
Andrés siempre me da una canción

Ahora sólo a esperar la condena
pues para la desilusión y la pena
suficiente con un corazón


5- María

Esforzado en seguir en tu juego
de bombardas a la melancolía
sólo por ti me revelo ante el fuego
y da igual si te llamo María

A tu lado me siento un desastre
pero cuántos recuerdos y risas
añorando encontrarte en la tarde
para mandar a la mierda a la prisa

Qué virtud la de algunas mujeres
de conquistar aunque pasen los años
renovándose en mar de promesas

Te regalo mi tiempo si quieres
aunque sé que prefieres a extraños
no me cansa soñar que me besas


6- Rutina

La rutina es una amarga señora
rencorosa ante malos momentos
no distingue ni ocasos ni aurora
en su afán por llevarte de encuentro

Te golpea y te obliga a olvidar
que algún día estuviste en su cama
empeñado en querer contentar
sus más arduos caprichos de dama

Lo mejor de empezar es mentira
en la balanza el amor nunca pesa
y se torna en chispazos de ira

Lo peor del final es la duda
el temor de saber con certeza
si ha llegado la hora más cruda


7- Adiós

No habrá tiempo de adioses ni duelos
es urgente cerrar el cajón
la ventana se lleva los cielos
compartidos en satisfacción

En reemplazo aparece el momento
de embusteras e impías mejillas
frente en alto sin mentirte te miento
si te digo que no hay más cosquillas

Queda viuda la mitad de mi piel
sometido al perdón ignorado
me resigno a tus gestos de hiel

Me conoces en todo y lo sabes
parte mía ya está con candado
pero no me devuelvas las llaves

lunes, 20 de septiembre de 2010

Te lo digo cantando (Y)

"Cantar es disparar contra el olvido".
A mí nadie me va a quitar de la cabeza la certeza de que tú, hijita mía, pese a haber cumplido apenas cuatro meses en este mundo, eres inteligente y perceptiva, y has notado en la primera monotonía a la que te venías adaptando unos cambios significativos. Te habrá sorprendido no encontrar mi voz en tus traviesos despertares de madrugada, ni mis manos hábiles para el cariño y las palmaditas en la espalda que te ayudaban a desinflarte. Habrás entendido que algo se rompía cuando nos descubrías a tu madre y a mí inmersos en discusiones indescifrables que desembarcaban en rostros ajenos a los habituales, y veías que de nuestros ojos, fabricados para contemplarte, brotaban unas gotitas como las de tu mamadera al salir del baño María. Y en un gesto que no me cansaré de agradecerte, me has demostrado que me extrañas cuando llego de visita y me sonríes, y no lloras, y luchas contra el sueño para permanecer más tiempo en mis brazos, y me cuentas de tu día con esa vocecita aguda que no conoce de rutinas ni de despedidas.

Yo no hago más que pensar en ti, y aunque confieso que he estado preocupado y hasta convencido de que te estaba dañando, he llegado a la conclusión de que todo va a estar bien. Que la decisión tomada por tu mami y por mí es la correcta, y que nada tiene que ver contigo. La vida de los adultos suele ser así. Tiene cosas que se nos hacen difíciles de procesar, de aceptar. Pero a veces uno tiene suerte, y se cruzan por tu camino personas inolvidables, y te aferras a ellas para luchar contra las adversidades de un mundo complicado, y aún en los sombríos retazos de la derrota descubres un vínculo que los torna invencibles.

Tu mami y yo tuvimos esa suerte. En un ambiente cargado de estímulos individualistas y pegado cada vez más a lo efímero, nos conocimos, y nos dijimos al oído y en silencio que no concebíamos la vida sin el otro. Caminamos de la mano en contra de lo establecido con la promesa de que primaría el amor en cada uno de nuestros pasos y nuestras decisiones. Por eso hoy que ha llegado la noche nos podemos decir adiós mirándonos a los ojos. Y podemos ser cómplices en la tarea de darle brillo a la luz eterna que hemos formado, que eres tú.

Tú has llegado en físico a este mundo recién el pasado mayo, pero existes en nuestros pensamientos desde hace diez años. Si algo tuvimos claro tu mami y yo durante todo nuestro camino fue que en algún momento aparecerías. Que serías un ser maravilloso, que te entregaríamos todo el amor que nos tuvimos (nos tenemos) pero multiplicado, y que tu sonrisa sería el objetivo fundamental de nuestra existencia. Nada ha cambiado hoy que no somos una pareja. Por el contrario. Han aumentado las ganas de (re)conocerte, de descubrir en cada gesto tuyo el pasaje de retorno a los momentos más lindos de nuestras vidas. Nosotros estaremos juntos para siempre en ti. Y es en vano decirte que como a Inés Reaño León, jamás amaremos a nadie.

Yo me voy, pero te dejo en buenas manos. Tu mami es una mujer espectacular. Bella por fuera y por dentro. Leal, comprometida, desprendida. Dulce, con sensibilidad, y con ese toque de inocencia que la torna adorable y que no ha perdido con los años pese a las trabas que le ha puesto un destino que la llevó a madurar antes de tiempo. Fue muy fácil enamorarme de ella y recibir con la mejor predisposición todo lo que me fue enseñando. Con su sonrisa descubrí que podía ser importante para alguien, cuando la adolescencia y las miradas no correspondidas me hacían pensar en lo contrario. Aprendí a su lado a vivir en empatía, sin egoísmos. Y me embarqué en esa mágica faena de ser su compañero en las buenas y en las malas; su motivo de carcajada y su hombro para las lágrimas. Yo le enseñé a confiar. La llevé a puro corazón a creer en el amor verdadero, ese amor que no te abandona y te acepta con esos oscuros y eternos rasguños que acoplamos en el alma conforme vamos haciéndonos grandes.

En el camino tropezamos, nos perdonamos, dejamos pasar algunas cosas; viajamos, soñamos, caminamos muchísimo de la mano. Y sin que nos diéramos cuenta nos hicimos adultos en un mundo en el que ser adulto es muy difícil. La vida en mi opinión es una carrera hacia la cima de un cerro que puede ser empinado o pequeño, pero del que inevitablemente hay que bajar. A tu mami y a mí nos tocó mirar el mundo desde la cima. Desde una cima enorme. Y llegó el momento de descender. Nunca te daré una respuesta satisfactoria al por qué de nuestra separación, sólo se me ocurre decir quizás con una dosis de egoísmo que cuando analizamos el camino de regreso nos dimos cuenta de que no volveríamos a ser los mismos, que lo que habíamos cosechado para llegar hasta arriba era demasiado intenso y hermoso como para desmoronarlo en un viaje que inevitablemente tiene como meta a la muerte. Decidimos entonces afrontarlo de otra manera. Y dejar de ser Flora y Gabriel para convertirnos en mamá y papá.

Sólo así podremos descender sin hacernos daño. Sólo así se ha hecho realidad lo que soñamos desde la primera vez que descubrimos que nos amábamos: estaremos juntos para siempre.

Tú eres la causa, tú eres ese regalo.

Nadie sabe lo que le deparará el futuro. No sé dónde estaremos ubicados tu mamá y yo cuando seas capaz de leer estas líneas, pero sé que lo que no te va a faltar en esos momentos es amor. Amor multiplicado. Un amor que lleva diez años floreciendo, y que a partir de hoy sólo tiene un objetivo: tu felicidad.

Quizás te cuestionarás muchas cosas, hasta te enfadarás por algunos detalles ineludibles, pero quiero que te quede clarito que a ti te estuvimos esperando desde hace mucho, y que tu sonrisa escenifica el triunfo de una relación que fue hermosa, una relación que iluminó a las dos personas que más te aman en la tierra, y a los que nos vieron de lejos o de cerca caminar firmes cuando todos se caían.

Mira si no es linda nuestra historia que quedará en el recuerdo que lo último que vivimos juntos fue tu nacimiento. Tu mami aumentó su belleza contigo dentro. Y yo fui un orgulloso testigo de ese florecimiento, de esa conexión que tuvo a tu lado desde que se enteró que llegarías. Ahí creciste mientras yo te hacía compañía por las noches, y te acariciaba anhelando descubrir esa sonrisa que cuando fue realidad, superó con creces mis expectativas. Y era inevitable cantarte todo el día. Por eso cuando llegaste reconocías mi voz, y pese a que parezca imposible de creer, cesaba tu llanto cuando te repetía las mismas canciones que escuchabas cuando estabas en esa mágica cuevita del vientre de tu mami.

Tu padre canta todo el día. Eso ya lo tendrás clarito desde antes de que seas capaz de leerme. Sea cual sea mi estado de ánimo, siempre canto. Tu mami se sorprendía a menudo por eso, y me decía “¿de dónde sacas esas canciones? ¿Cómo se te ocurren?”. Y yo nunca le respondí lo que te digo hoy por primera vez: antes de conocer a tu mami yo vivía en silencio, pero al aceptarme como suyo, ella impregnó de melodía mi mundo. A partir de eso sólo canto. Y cantaré para siempre.

Ella me ha escuchado interpretar a muchísimos cantantes, incluso hemos cantado a dúo muchas veces mientras caminábamos por alguna calle escondida de Miraflores. A veces podía elegir un tema de un artista que ella no toleraba, pero por el sólo hecho de escuchar mi voz, le llegaba a gustar. Así pasó desde el inicio de nuestro romance con un cantante español que le puso música a un poema que decía: “por eso, vida mía, por el día a día, por enseñarme a ver el cielo más azul; por ser mi compañera y darme tu energía, no cabe en una vida mi gratitud”. Una canción que le dije a tu mami que sería nuestra cuando llevábamos apenas días como enamorados, y ni sospechábamos todo lo que el destino tenía reservado para nosotros. Hoy cada rincón de ese poema se ha hecho realidad. Dile a tu mami que tú eres esa ilusión, que con esa sabia canción de despedida me voy. Y que a la vez (capaz de ganar y de perder) me quedo. Tú y yo, hijita linda, tenemos muchísimos conciertos por delante.

martes, 3 de agosto de 2010

Divagaciones en la patria (Y)

"Llevo tus marcas en mi piel, y hoy sólo te vuelvo a ver"
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De pronto una tibia garúa con olor a mañana mansa, el cielo gris asolapado por la brisa y mis pasos coordinados en una calle que me conoce demasiado me llevan a pensar que efectivamente, podría vivir en San Bartolo todo el año. Contagiado por el optimismo sin que importe mucho que me alisto para ir a trabajar, que debo llegar al auto surcando ladridos mendigantes de perros escuálidos y hambrientos, y que la vasta de mi pantalón se empapa sin tregua de húmedo barro, digo para mí mismo que con un auto a gas, una casa con cochera y cable pirateado me pasaría los inviernos en mi playa, yendo y viniendo hacia y desde la Lima de las combis, la bulla y los aires sobrepoblados. Aquí podría educar a Inés en sus primeros años de vida. Aquí la contagiaría del amor por el mar (pese a que nunca pude adoptarlo del todo). Aquí le enseñaría que es posible y hermoso caminar sin esquivar transeúntes apurados y conductores distraídos. Inés podría contar con un espacio, a media hora del mundo real, donde la naturaleza sea venerada, y el silencio y la soledad vistos como fuentes de inspiración y no de aburrimiento. He llegado a San Bartolo para el feriado por el cumpleaños del Perú. Creo que es la primera vez en diez años que no he salido de Lima. Antes, con el plus de las vacaciones universitarias y las ganas de escapar, pasaba las Fiestas Patrias en el Cusco, Máncora, Iquitos, Huaraz; o hasta en las desérticas playas del norte chico. Esta vez no ha habido tiempo. Esta vez tengo a mi cargo una niña de dos meses y medio. Pero ante la posibilidad de “honguearme” en mi casa, con el húmedo y letal aire de Barranco como protagonista, mi San Bartolo querido me ha cobijado, como tantas veces. Esta vez no ha sido “por último a San Bartolo”.

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Inés no lo sabe, y no lo entiende cuando se lo cuento con voz alta mientras la llevo en su coche en su primer paseo por el malecón donde crecí, por las veredas donde me caí y me levanté, por la esquina en donde me emborraché junto a mis cómplices compatriotas de mi patria veraniega, por el pasaje donde conversé por primera vez con su mamá. Pero es inevitable emocionarme. Es inevitable desear toparme de nuevo con los personajes que hicieron más atractivo el cuento de mi vida, para que me descubran junto a mi logro más preciado, junto al fruto de mi futuro tan lejano y tan cercano de mis recuerdos de tardes sin zapatos y ganas de todo menos de Lima. Aquí fue, le digo, y ella sonríe, se estira y bosteza al mismo tiempo, y guardo para mí la continuación de la frase porque evoco tantas posibilidades.

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Flora nos dará el encuentro. No se lo dije, pero necesitaba un momento a solas junto a Inés y San Bartolo. Porque San Bartolo tiene en mí dos etapas, en una está Flora y en la otra no. En una soy un niño y en la otra un aprendiz de padre. E Inés ocupa tanto mi mundo que hasta la quiero partícipe de mi despedida hacia esa niñez de la que jamás me despedí a solas, y su coche corta el viento y no es difícil la nostalgia, por mis primos que se han casado o se han ido a Barcelona o a Canadá, por los paseos a toda velocidad de copiloto en la bicicleta de un amigo que ni sabrá hoy que soy papá, por el lujoso inmueble que ha crecido sobre el patio de la casa en donde jugué mis primeros partidos junto a mis primeros compinches y por la noche tuve mis primeras fiestas con las primeras chicas que no pude besar.

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Pero ya no hay nadie. Ya nada es igual. Ni siquiera en el verano. Y no es justo, pienso para mí mismo, querer impregnar de un amor que fue y es mío a mi hija. No es justo que ella crezca con las anécdotas de un pasado con niños a montones y bicicletas y casas abiertas cuando a lo mucho tendrá como compañeros a mis propios amigos, mientras se emborrachan en la playa junto a mí y mis recuerdos, y la contemplan, y piensan que ellos pronto, muy pronto, pero todavía, y ya nadie anda en bicicleta porque los sábados la gente chupa desde temprano y no sabes si te toparás con un borracho con complejo de Ayrton Senna o con un mañoso que te ha estado observando hace semanas pero no te diste cuenta, y las casas están cerradas y los autos en cocheras que te cuestan cinco soles y te empujan a la flojera y a caminar sin ganas en el retorno, porque si te descuidas te rompen la luna.

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Flora está con nosotros ahora. Y vuelve la felicidad a mi mente. Esta es mi familia. Lo he logrado. Aquí fui parte de un sueño cuando mis abuelos paternos y maternos coincidieron en San Bartolo. En este suelo fui una realidad junto a mis padres, y les regalé una familia con tardes de postal como esta, comprando “bombas” y “quequitos” en la panadería que hoy ofrece hasta Ciabattas. Aquí finalmente mi semilla ha crecido, y lo que sembré con entusiasmo, aciertos y muchos errores lanza frases indescriptibles en un idioma mágico que me lleva a la genuina carcajada. ¿Vivirías todo el año en San Bartolo?, le pregunto a Flora. Y ella responde afirmativamente. Y sin dudarlo. Lo vamos a hacer, pienso, se lo debo a mi balneario. Se lo debemos.

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El parque principal de San Bartolo tiene jardín. El verde prevalece en lo que fue color arcilla por primera vez desde que tengo uso de razón. Es sin duda una buena gestión del alcalde actual. Igual que las veredas del malecón, que hoy son lisas y ya no apestan a desagüe camino al bufadero. El progreso se ha llevado las huellas de mil caídas y heridas. El alcalde actual persigue en estas épocas electorales su segunda reelección. Es decir, lucha por seguir en el podio por tercer proceso consecutivo. Mal no lo ha hecho. En realidad, pienso, para destacar no tenía que hacer mucho, porque antes de él los alcaldes se dedicaban a regalar terrenos en pos de votos y aceptación, y a robar y a chupar mientras le abrían todas las puertas a la “invasión”. Hoy San Bartolo tiene agua potable. Increíble. Increíble que en estos tiempos “modernos” eso resulte “increíble”.

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En el parque que hoy está verde y donde se encuentra la iglesia en la que bautizaron a mi hermano y a la que desde ese momento, en febrero o marzo del 92 o 93, habré regresado sólo un par de veces, hay una construcción obra de Sedapal. Un mini imperio cercado de colores metálicos donde yacen un par de máquinas grandes que fungen de desaguadero (según la “casera” que me vende guargüeros y bolitas y alfajores de miel y manjarblanco). Ese es el principal motor del progreso en San Bartolo. La principal obra del alcalde. Qué más da, que gane de nuevo. Dicen que esta vez tiene once competidores, pero cada uno más incapaz que el otro. Conozco a uno, pero no lo suficiente como para catalogarlo como capaz o incapaz. Esa construcción de Sedapal, no podía ser de otra manera, tiene fama de “trucha”. Anda en líos con la ley por evasión de costos (asumo). Frente a ella hay un pedazo de concreto donde se ha escrito la frase “Bienvenidos a San Bartolo” (o algo parecido). Decido que le quiero tomar una foto a Flora junto a Inés con ese letrero de cemento como fondo. Y casi al instante un policía veterano, chaparro y con bigotes de nazi salta de su guarida y me ordena que me retire, que aquí están prohibidas las fotos. Recuerdo de inmediato haber leído algunas noticias y pienso, “no quieren periodistas y me han confundido con uno de ellos”. Opto por retirarme, pero Flora quiere explicaciones. Obvio, no pueden expulsar a nadie de un parque público. El tombo, amaestrado sin duda por el alcalde, no desea discutir y alza la voz. Flora contragolpea y el infeliz le grita “¡retírese!”, con autoridad de escuela militar. Me deja frío y no logro contestarle más que con una mirada de odio. Flora se termina por largar del lugar y echa humo de la rabia. Y yo no la he defendido. En esa guerra interna por conquistarla de todos los días que es la convivencia, hoy he perdido. Y mal. Y por culpa de ese hijo de la gran puta que encima ha hecho llorar a mi hija. El primer llanto por susto de su vida. El primer grito autoritario que escucha, de esos que me he jurado jamás lanzarle. Me lleno de rabia. Soy muy tranquilo, me digo. A veces eso es malo. Y pienso que ya no quiero vivir en San Bartolo. Y que no quiero que gane la reelección el actual alcalde. Y no siento pudor al desear, frente a la iglesia del bautizo de mi hermano, que le de un cáncer terminal en no pocos años a ese tombo de mierda.

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Mi feriado por Fiestas Patrias se cortó el viernes 30, y debí regresar a Lima por la mañana para volver en la noche, como lo hacían mi padre y mis tíos en los veranos de mi infancia. Nunca le he dado espacio en mis pensamientos a esa liturgia. Hoy que soy el protagonista recuerdo que varias veces, sobre todo los viernes, venían acompañados, en grupos de dos o máximo de tres. No sé si lo hacían por ahorrar gasolina o por hacer más divertido el trayecto. A veces llenaban de latas de cerveza los interiores del auto, y tal vez sea esa la razón que envuelve todo. Hubo varios veranos, sin embargo, que mi padre regresaba todas las noches sin compañía hacia San Bartolo. Escuchaba noticias de fútbol por la radio, o algún cassette que repetía sin cansarse. No es sencillo, pienso hoy que estoy en su lugar. Pero tiene su lado placentero. Es de noche. El trayecto de ida pasa más rápido por la responsabilidad. Me he portado como todo un padre de familia. He salido de mi trabajo, he recogido la ropa sucia de mi casa para llevarla a la lavandería, he ido al supermercado a comprar algunos insumos y estoy surcando el tráfico detestable de la avenida Huaylas. En algunos minutos menguará y estaré en la carretera, emulando a mi padre y a mis tíos. No me acompaña nadie. Tampoco abro ninguna lata de cerveza. Tengo el auto repleto de objetos propios de mi nueva vida, de esos que sólo por Inés estoy llevando. No escucharé fútbol. Mi tiempo es distinto al de mi padre, y ya por Internet y a mi ritmo, me he enterado de todo el acontecer deportivo, cultural y hasta político. Le he perdido paciencia al dial de nuestra FM, así que volveré a mis viejos discos piratas, escondidos en medio de bolsas de ropa, estufas, hervidores de agua, almohadas, edredones de plumas. Me cuesta dos semáforos encontrar el estuche con mi música y pienso que sólo por ese motivo, hubiese sido mejor viajar acompañado. Felizmente atrapo ese viejo objeto cuadrado de color negro, que los chicos que no son del tiempo de mi padre ni de mi tiempo han cambiado por una especie de cajetilla de cigarros de lustroso plástico al que llaman Ipod. Mi música se resume sobre todo a un cantante: Andrés Calamaro. Él, con diferentes versiones, ocupa el 70% de mi repertorio. Lo escojo sin protestar. Tomo un disco que recopila diversas canciones en vivo. Quiero casi a la fuerza que alguna me haga pensar en Inés, pero el buen Andrés se ha hecho padre tarde. Entonces me sumerjo en todo tipo de pensamientos. La noche tiene la facultad de ponerme negativo y melancólico y optimista y jubiloso a la vez. Como Calamaro. De pronto ya no estoy pensando en nada en particular. Y en todo al mismo tiempo. Me atrapa el cansancio y me pesa el alma. Imploro por fuerzas por ganar la guerra de esta noche. Y el equipo de música de mi auto ahora me regala a nuestro cantante favorito en sus tiempos de Los Rodríguez, y vuelvo a interpretar el papel del hombre que está por regresar a su casa, porque San Bartolo es mi casa, a encontrarse con la sonrisa de su hija. Y le creo al maestro cuando dice que “esta vez el dolor va a terminar”. Claro que sí. Y todo lo demás también.

miércoles, 21 de julio de 2010

Sudáfrica en 50 cracks (Y)

Sólo para los que hubiesen querido hablar de fútbol conmigo en esa maravillosa etapa del 11 de junio al 11 de julio.

El Mundial ha acabado hace algunos días, y la resaca futbolera se va apagando sin hacer ruido. Poco a poco se convertirá en un despertar más sereno y vacío, y la añoranza por esos sentimientos desaforados nos empujará a los fanáticos a sumarnos a cualquier fiesta que ose con asemejarse, así sea nuestro tercermundista campeonato Descentralizado. Los destellos de la Jabulani, de Sudáfrica, de Larissa Riquelme, del estúpidamente célebre pulpo Paul pasarán a la historia en no mucho tiempo, y sólo reaparecerán las imágenes pintadas de rojo español y de Andrés Iniesta catapultándose como genio inmortal cuando, en cuatro años, nuestros sentidos peloteros nos lleven de regreso a un jolgorio que siempre amenaza con ser mejor que el anterior.

Así de categórico es el fútbol. Al final el Mundial deja para la foto la imagen del campeón, y salvo en contadas excepciones (la Holanda de Cruyff en el 74, el llanto de Maradona en Italia 90, el cabezazo de Zidane a Materazzi), la participación de los perdedores permanece largo rato en la retina del cada vez más olvidadizo fanático. Yo he querido inmortalizar en este texto el accionar de los que no la hicieron. De los que fracasaron en el intento. De los que nadie hablará cuando los estímulos marketeros que envuelven al torneo preferido de la FIFA aspiren con contagiarnos de su espíritu, como si no bastase con el amor incondicional que sentimos por nuestro deporte rey. Lógico, también habrá un (vasto) espacio para ese maravilloso equipo de Vicente del Bosque. No hacerlo sería una falta de respeto para un campeón con holgado merecimiento; y sería privarme del placer narrativo que significa escribir sobre España, similar al disfrute que genera con su fútbol a ras del piso y el fino toque de sus excepcionales mediocampistas.

Hablaré brevemente primero de los países, pero los protagonistas del análisis (que pudo ser mucho más exhaustivo o imparcial de no ser por lo que explico aquí) serán los jugadores. De las selecciones sólo puedo decir que España se consagró porque fue el que mejor fútbol hizo a lo largo del torneo, y porque derrotó en un partidazo al segundo mejor equipo del Mundial: Alemania. Y sobre todo, España es campeón porque Brasil, el único capaz de superarlo, fue eliminado insólitamente por Holanda en cuartos de final. Pese a las críticas a Dunga y a su sistema “defensivo” y poco vistoso, Brasil fue en mi opinión el mejor equipo hasta los fatídicos 45 minutos finales de su participación. Fue yendo, fiel a su historia, de menos a más, llegando a tener un altísimo pico en su rendimiento en pasajes de la masacre contra Chile y en el primer tiempo contra los holandeses, que debió terminar con un resultado más abultado. Con la eliminación de Brasil todo quedaba en manos de España o de Alemania, porque Holanda no llegó nunca a posicionarse como candidato. Por primera vez desde que tengo uso de razón primaron en el esquema naranja la marca y el amarre del juego. Acostumbrados a ver a equipos holandeses comandados por el talento de Bergkamp o la contundencia de Van Nistelrooy, presenciamos esta vez a una escuadra que jugó al ritmo de Marc Van Boomel. Y les bastó con la esporádica magia de sus dos mejores hombres, Sneijder y Robben, para ganar con lo justo y casi sin despeinarse sus partidos, en una primera ronda con rivales muy livianitos y la serie más sencilla de los octavos de final.

Argentina es un párrafo aparte. Llegaron hasta donde puede llegar un equipo de excelentes jugadores sin la mínima intendencia de un director técnico. Maradona demostró que en el fútbol el entrenador y el futbolista son dos cuerpos totalmente diferentes. Diego armó mal el equipo al prescindir de Zanetti y Cambiasso, presuntamente vitales en reemplazo de dos puntos flacos del equipo: el lateral derecho y el mediocampista que acompañe a Mascherano. Después se contagió de las virtudes de sus “muchachos”, y plasmó un esquema digno de México 70, con un solo volante de quite y dos ofensivos, y tres puntas. Ni en el PlayStation se puede ganar así en estos tiempos. Menos contra un equipo versátil y lleno de variantes, como la insólitamente joven Alemania. Argentina debió prescindir de Tévez o de Higuaín para jugar con cuatro en el medio frente a los teutones. A Diego lo terminó por hundir el excelente nivel mostrado por Carlitos tanto en las prácticas como en los primeros partidos, y el oportunismo del “Pipita” para mojar cuatro veces en un torneo que lo tuvo lejos de sus mejores tardes madrileñas. Si sentaba a uno de los dos contra Alemania no se molestaba nadie. Ni que fueran Batistuta.

Palmas para los sudamericanos, con Uruguay como abanderado fundamental de nuestra raza latina. Qué equipazo. Maestro Tabárez. Ídolo Forlán. Correcto lo de Paraguay. Cumplió. Si no llegaba a los cuartos de final hubiese sido un fracaso, teniendo en cuenta que desde hace diez o doce años es potencia en Sudamérica, la plaza más difícil para jugar las Eliminatorias. Y Chile, ya lo dijo Zamorano, ganó contra los que tenía que ganar y perdió con los que tenía que perder. El fixture estaba hecho para que en el mejor de los casos tengan la campaña que tuvieron.

La decepción fue África, aunque ya los cables noticiosos nos daban un presagio de lo que sería un Camerún diezmado y una Nigeria sin un adecuado recambio generacional. La lesión de Drogba terminó por hundir a Costa de Marfil, que en su segunda cita mundialista en el “grupo de la muerte” (en el 2006 compartió grupo con Argentina, Holanda y Serbia) tuvo además de enemigo al fixture, que lo colocó frente a Brasil en el segundo partido, el que tenían que ganar sí o sí los pentacampeones. En Europa faltó categoría globalmente (Suecia, Rusia o Turquía hubiesen ofrecido un mejor papel que Eslovenia, Serbia y Grecia), pero al final pesaron sus tres mejores exponentes: España, Holanda y Alemania. Lo de Italia y Francia no fue una decepción. Aunque confieso que los imaginaba superando al menos la fase inicial, sólo un iluso podía apostar por su ingreso al podio de los semifinalistas. Domenech se debió largar a su casa ni bien acabado el Mundial del 2006, donde lo salvó la magia de Zidane; e Italia carecía del material hasta para fortalecerse con su “catenaccio”, sin contar que esta vez no había ni un Baggio ni un Del Piero ni un Totti que marque la diferencia. No hubo, siquiera, un Pirlo, lesionado y aburguesado.

El fútbol es de los jugadores

A continuación presentaré una lista de los futbolistas que en mi opinión fueron protagonistas. Vale aclarar que su ingreso en este mini ranking está regido por las expectativas que tenía con ellos o por la cantidad de partidos en los que los pude ver. Estarán separados en cuatro grupos: las decepciones, los que cumplieron, los que destacaron y los miembros del equipo ideal según mi criterio. Y estarán acomodados de acorde a sus méritos, de menor a mayor.

Las decepciones:

1- Wayne Rooney: el ariete del Manchester United fue la gran decepción de la copa del mundo. Llegó con el cartel de candidato a goleador, con todos los boletos para ser el abanderado de la selección que debía ser por fin protagonista, y pasó sin pena ni gloria. Errático hasta en jugadas sencillas, se despidió sin anotar un solo gol. Es joven y tendrá revancha, pero es el segundo Mundial en el que fracasa. El peor jugador del torneo.
2- Fabio Cannavaro: el último rey de la copa FIFA fue un fiasco. Protagonista tangible de lo que fue su selección en este torneo. La campaña de Italia en el Mundial se resume con un Cannavaro vencido tras un saque lateral de un eslovaco. Una actuación diametralmente opuesta a la del Mundial pasado, que amenaza con perjudicarlo en el podio de los más grandes de la historia. Franco Baresi, actualmente y sin estirar las piernas, hubiese cumplido un mejor papel.
3- Frank Lampard: otro que caminó en el Mundial. Salvo contra Alemania y específicamente en el disparo que acabó con ese grosero error arbitral que lo privó de gritar su único gol en copas del mundo, no fue gravitante. Al igual que Rooney, fue su segunda decepción mundialista. Lampard es Dios en el Chelsea, pero ha quedado demostrado que con su selección no rinde.
4- Franck Ribery: tuvo una asistencia en el último gol de Francia en el Mundial, pero estuvo irreconocible en todo el torneo. Desde que Ribery fue tentado por el Madrid y el Barcelona su rendimiento ha estado en constante picada. Peleas con su técnico, lesiones, expulsiones. Y un Mundial para el olvido.
5- Felipe Melo: el villano de la eliminación de Brasil. Borró con su autogol y su absurda expulsión el gran pase a Robinho para el gol frente a Holanda. Era el “defendido” de Dunga y debió ser el más ecuánime cuando las papas empezaron a quemarse. Otro que al alcanzar protagonismo (con su pase a la Juventus) ha diezmado su accionar.
6- Humberto Suazo: el “Chupete” tuvo el infortunio de llegar lesionado a la cita mundialista. Su actuación hace recordar al “Diablo” Etcheverry, vital para la clasificación de Bolivia a USA 94 pero que en el Mundial anduvo lesionado. Etcheverry fue expulsado a los veinte minutos en su único partido en el 94, y al “Chupete”, errático como nunca antes, la crítica no lo recordará por algo mejor que al boliviano.
7- Fernando Torres: el “Niño” no estuvo en el Mundial. España mostró su mejor juego con él en el banco, ya sea con Llorente primero, o con Pedrito después. Ingresó por Villa en los últimos minutos de la final y se desgarró. Casi ni se le ha visto en los festejos de “la furia” en La Cibeles. Es el único español del mundo que no está 100% contento.
8- Steven Gerrard: anotó un golazo en el debut frente a Estado Unidos y anduvo batallador, pero su currículum prometía mucho más. Gerrard es uno de los jugadores más completos en la historia del fútbol a mi gusto, y lamentablemente tendrá que contarle a sus hijos que el Mundial no pasó por él. Es difícil imaginar que en Brasil 2014, con 34 años, pueda jugarse una revancha. Una lástima.
9- Claudio Bravo: el portero chileno fue protagonista de la jugada que terminó por hundir a Chile, cuando salió a cortar sin criterio un balón lejos de su arco dejándole servido el gol a Villa. Los años se encargarán de borrar de la memoria de la gente que el campeón del 2010 pudo quedar afuera en primera ronda a manos de un sudamericano. Para el bien de Bravo, nadie hablará con el tiempo de su estupidez.
10- Julio César: el mejor arquero del mundo falló cuando menos tenía que fallar. Era su Mundial, su oportunidad de pasar a la historia, pero los libros y las estadísticas dirán que Taffarel y Marcos, porteros con menores cualidades que él, fueron mucho más trascendentes. Un arquero de Brasil, equipo al que le llegan ocho veces por campeonato, no puede tener dos errores gruesos. Y Julio César los tuvo.
11- Samuel Eto’o: anotó dos goles pero su selección fue la peor del torneo (sólo superó a Corea del Norte). Además el último gran número 9 del Barcelona estuvo lejos de su mejor nivel. No fue el Eto’o del Barza, fue el Eto’o del Inter, un jugador que con 29 años está viviendo un declive en su carrera. Camerún basaba sus esperanzas en él, y terminar con cero puntos en un Mundial en su continente, es un fracaso rotundo.
12- Cristiano Ronaldo: anotó un gol y destacó en la goleada de Portugal frente a Corea del Norte, pero lo suyo frente a España, cuando su equipo más lo necesitaba, fue muy opaco. Cristiano le dio pie a los imbéciles que dicen que es un jugador producto del marketing. No se portó a la altura de lo que para mí es: un jugador excepcional.

Los que sólo cumplieron:

13- Didier Drogba: con un solo brazo se dio maña para pesar siempre, y para ser una constante amenaza para los defensores rivales. Anotó un golazo frente a Brasil, y a diferencia de Eto’o, fue más gravitante en su selección. Llegó a contagiarlos, pero no alcanzó.
14- Kaká: le bastaron chispazos para destacar. Casi sin sudar tuvo tres o cuatro pases de gol, pero su rendimiento no pasó a mayores. Se esperaba mucho más de él. Se fue sin anotar y con una expulsión, ambas cosas rarísimas en su carrera.
15- Robbie Van Persie: fue el gran sacrificado de la selección holandesa. Jugó de nueve cuando él es extremo o media punta. Fue más lo que rebotó que lo que aportó. Igual fue titular en el sub campeón del mundo, y eso es meritorio.
16- Javier Mascherano: no le alcanzó para ser el ancla de su selección. Se vio superado en varios pasajes, sobre todo frente a Alemania. Pese a eso el “Masche” tuvo buenos momentos. Es un jugador que sólo sirve cuando está 8 puntos, y eso no ocurrió en el Mundial. Alemania 2006 lo gozó en mayor nivel.
17- Robinho: cumplió. No se puede esperar más de alguien que ha resignado gloria por volver a su país a recuperar la autoestima. Igual tuvo chispazos geniales. Individualmente, en el “mano a mano”, fue de los mejores del torneo. Hizo dos goles, pero da la impresión de que no logra asentarse en una selección de peso como la brasilera.
18- Gonzalo Higuaín: hizo cuatro goles (un hat-trick frente a Corea) y eso le basta para aprobar, pero no estuvo en un buen nivel. Salvo el golazo que hizo ante México, lo del “Pipita” no fue superlativo. Sigo pensando que a Argentina lo que le falta es un 9 de peso. Está claro que Higuaín no lo es, y Milito, de gran nivel en el Inter, no fue tomado en cuenta, y por su edad, no tendrá revancha al parecer. Argentina con Luis Fabiano, por ejemplo, sería otra cosa.
19- Maicon: el segundo mejor lateral derecho que he visto en mi vida tuvo un Mundial aceptable. Anotó un golazo en el debut de Brasil, y hasta el segundo tiempo frente a Holanda tenía todos los boletos para ser el mejor lateral del torneo, pero se cayó.
20- Xabi Alonso: lo menos bueno dentro de lo excelso de la selección española. No fue protagonista pero cumplió. Falló un penal que le hubiese proporcionado más puntos. En la final fue cambiado en un momento clave. Su salida le dio visa para la historia a su reemplazante, Césc Fábregas.
21- Luis Fabiano: demostró su calidad con tres golazos que son marca registrada. Tiene un guante en el pecho. Además, es ágil y con dribling, y posee un portentoso disparo. En un puesto picante como el centro delantero brasilero, ha demostrado desde hace rato que está a la altura. No es Ronaldo, pero con lo que tiene le ha bastado. ¿Seguirá para el 2014?
22- Lucio: pocas veces vi un partido en el que el central de un equipo ganador por 3 a 0 sea figura, y Lucio lo fue contra Chile. Tuvo un gran Mundial, aunque se diluyó en el peor momento. Ha sacado chapa para la eternidad al superar a Pelé como el brasilero con más presencias en la copa del mundo, y eso es suficiente para nombrarlo. Cumplió.
23- Lionel Messi: al 10% de su juego fue lo mejor de Argentina. Generó muchísimas situaciones de gol y estuvo fino con la pelota. Le faltó meterla, pero la tuvo ahí. Fue el mejor jugador de la primera fase en mi opinión. Y sin despeinarse. Contra Alemania fue una sombra. Messi llegó para ser la estrella y no lo consiguió, pero es tan bueno que incluso con un 4 a 0 a cuestas, y sin haber hecho un solo gol, no podemos decir que fracasó. Tendrá revancha.

Los destacados:

24- Gabriel Heinze: el “Gringo” fue la revelación de la escuadra de Maradona. Acaso el único acierto del entrenador albiceleste. Lo “bancó” a muerte, como dirían los “chés”. Y Heinze fue una muralla hasta que se topó con Alemania. Además, anotó el gol más importante para Argentina en este Mundial: el primero. Había que verlo al “Gringo” en la cancha. Su rostro no podía transmitir más compromiso, y con sus conocidas limitaciones, destacó.
25- Tim Howard: arquerazo. Fue la diferencia principal entre Estados Unidos e Inglaterra en el partido que empataron a uno. Ha demostrado muy buen nivel. Es rápido y sobrio. Y se nota que sufre cuando pierde.
26- Justo Villar: no tenía muchas expectativas con este portero que a mi gusto, es muy bajito para ser el número uno de una selección que se hizo grande con Chilavert. Pese a eso respondió. Contra España anduvo muy bien, y fue vencido por Villa tras varios rebotes. Ha pagado su deuda. Es el “1” de Paraguay.
27- Antolín Alcaraz: el abanderado de la defensa paraguaya. El destacado dentro de una defensa que cumplió con creces, como siempre. Pocos lo conocían y mostró su personalidad y su buen juego. Con un certero cabezazo abrió el camino en el empate contra Italia. Le ganó en el juego aéreo a una defensa conocidas por destacar en ese rubro.
28- Landon Donovan: un crack. El gringo no tendrá en este lado del continente el marketing que posee en su patria, pero qué jugador que es. Aparece cuando tiene que aparecer, es técnico, con temperamento. Hizo goles claves y ya pasó a la historia, en mi opinión, como el mejor futbolista estadounidense de todos los tiempos.
29- Carlos Tévez: el “Apache” puso en aprietos a Diego con su gran nivel. Tuvo que variar su sistema para darle cabida en la oncena titular, cuando días antes había declarado que sólo jugaría con Messi e Higuaín en la delantera. Tévez se preparó como nadie para este torneo y en la cancha se vieron los resultados. Anotó un golazo contra México (y otro en offside pero oportunísimo) y ya tiene, sin hacer mucho aspaviento, tres goles en los mundiales.
30- Miroslav Klose: se quedó a un gol de igualar a Ronaldo como el máximo artillero en la historia de los mundiales. Nunca entenderé por qué diablos no jugó contra Uruguay, apelando siquiera a un penal o a una posibilidad de remate con la cabeza, que es casi como un penal para él. Hizo cuatro goles y demostró que es un delantero de temer. Cuando se pone la camiseta de su selección (o de la selección que lo ha acogido, porque él es polaco), la rompe.
31- Eduardo: arquerazo. Sólo fue vencido una vez, y el verdugo fue David Villa, nada menos. Portugal demostró que no era Ronaldo y diez más. Tuvo un equipo compacto (con Tiago y Meireles en magnífico nivel también) y hasta tuvo un buen arquero. Lástima que se les cruzó España. Fue el otro equipo al que el fixture le jugó una mala pasada.
32- Lukas Podolski: al igual que Klose (polaco también) rinde más en su selección que en su club. Literalmente se puso la camiseta, y se dedicó a trabajar en pos del conjunto. Ya no fue más el errático atacante catalogado como una eterna promesa, en el Mundial fue un extremo con un importante ida y vuelta. Contra Argentina, por ejemplo, lo vimos defendiendo en su área con el mismo ahínco con el que pugnaba por desbordar en la rival. Muy buen trabajo.
33- Mark van Bommel: pegó más de la cuenta y jugó gratis la mayoría de los partidos (en la final fue un exceso), pero a van Bommel dámelo siempre. Es el “6” que todo equipo quisiera tener. Con presencia física para intimidar a los rivales, para marcar territorio y presencia. Y con buen pie para elaborar jugadas y para controlar los tiempos del partido. Muy buena labor.
34- Arévalo Ríos: no lo tenía nadie al uruguayo, y fue un motor en el medio campo. La fusión perfecta entre Mascherano y el mejor “Chicho” Serna. Mete los noventa minutos, y en ocasiones puntuales, como en el desborde para el centro hacia Forlán en el mejor gol del Mundial según la FIFA, demuestra calidad. Ha incrementado en 500% su valor en el mercado. Uruguayo de pura cepa.
35- Luis Suárez: con un inicio opaco, Luisito se ganó el corazón de todos a punta de sacrificio y con trascendencia en dos partidos claves: anotó los goles contra México y contra Corea, por lo que su accionar está sólo un escalón debajo de lo hecho por Forlán. Este inicio de temporada en Europa los teléfonos del Ajax deben estar reventando. Suárez no se va a quedar mucho más tiempo ahí.
36- Bastian Schwensteiger: un crack que ha despertado en la retina del fanático. Venía pasando desapercibido las últimas dos temporadas, pero en la última reapareció con la magnitud que anticipó en sus inicios. De lo mejor de Alemania en el Mundial. Nadie extrañó a Ballack en la primera línea. Contra Argentina jugó para 9 puntos.
37- Mesut Özil: junto a Messi, lo mejor de la primera fase en mi opinión. Manejó los hilos de Alemania, y fue el jugador diferente en un equipo lleno de vértigo y sacrificio. Es el 10 de estos tiempos, el hombre que flota detrás del 9 y que hace la pausa. En el Bremen nadie extraña a Diego. Özil es mejor.
38- Sergio Busquets: un crack. Simplemente eso. Tiene todos los requisitos para ser el volante del futuro. Presencia física, ubicación y excelente pie. Fue el ancla del equipo campeón. El soporte de la genialidad de Xavi e Iniesta, a quienes cada día conoce más. Un dignísimo ejemplar de las canteras del Barza. Se quedó a un pasito de entrar al equipo ideal.
39- Arjen Robben: demostró que después de Messi y Cristiano Ronaldo, es el jugador más desequilibrante del mundo. A diferencia de los cracks mencionados, con Robben todos sabemos lo que va hacer, pero lo termina haciendo. Todos sabemos hacia dónde va a amagar, pero deja en ficha hasta al más mentado de los defensores. Hizo añicos a Michel Bastos contra Brasil, y pese a llegar diezmado al Mundial, fue determinante siempre que le tocó jugar. Lamentablemente falló cuando menos debía de fallar. En la final se encontró con Casillas, quien en dos jugadas lo condenó al insomnio para siempre. Robben estuvo a un pasito de la gloria, pero no la pudo alcanzar. Otro que por poquito no está en el equipo ideal.

El quipo ideal: en este caso no están ordenados por méritos, simplemente es un equipo configurado así: arquero; lateral derecho, central, lateral izquierdo; un volante de primera línea, tres volantes de segunda línea; un extremo, un mediapunta y un centrodelantero.

40- Iker Casillas: no tiene que parecerle a nadie exagerado si digo que Iker Casillas es el mejor arquero de la historia del fútbol. Su actuación (aún con el gol de Suiza en el que culparon a su bella novia Sara Carbonero) ha sido excelente todo el Mundial. Contra Paraguay fue fundamental al atajarle el penal a “Tacuara” Cardozo, un hombre que hasta contando entrenamientos debe haber fallado dos penales en toda su carrera. Y en la final España tuvo tres goles: el de Iniesta y las dos tapadas de Iker ante Robben. Ha ganado como capitán y figura la Eurocopa y el Mundial. Tiene dos Champions en su currículum. Es el número “1” del Madrid desde hace más de diez años. ¿Se necesita algo más para ser el mejor de todos los tiempos? Si alguien me dice que sí, no importa, Casillas lo va a conseguir.
41- Sergio Ramos: qué capacidad para jugar siempre para ganar. Para no dar una sola pelota por perdida. Para llegar al área rival. Para golpear cuando es necesario. Gran actuación de este hombre, de los mejores en su posición desde hace rato. Sergio Ramos parece torpe pero con la pelota sabe, y mucho. Tiene look de relajado, pero juega con un compromiso ejemplar los noventa minutos.
42- Carles Puyol: clave en el gol frente a Alemania, y muy seguro siempre. Al igual que Thuram en el 98 o Brehme en el 90, Puyol fue un defensor que definió una semifinal del Mundial. Con esta nueva consagración (ya había alzado la Euro en el 2008) “Tarzán” le pone el punto final a una apoteósica carrera con su selección. En el Barza, tiene para para rato.
43- Gio Van Bronchorst: recuerdo que cuando empezó el Mundial y lo vi como titular y capitán de Holanda, descarté a su país como candidato. “Un equipo que sigue contando con Gio no puede ser protagonista”, me dije. Es que Van Bronchorst desde hace varios años había desaparecido de la élite del fútbol, tras exitosos pasos por el Arsenal y el Barcelona. De regreso en la liga de su país lo imaginaba devaluado. Pero su actuación me tapó la boca. De las gratas sorpresas del Mundial. Gio plasmó su experiencia en la zaga, y podríamos decir que, a diferencia de la mayoría de laterales del planeta, en la marca ha mejorado con los años. Hizo un golazo ante Uruguay, y en la final tuvo una dignísima actuación.
44- Diego Pérez: si en las Eliminatorias pasadas nos enterábamos de que el “Ruso” jugaría contra Perú, no pasaba nada. Lo teníamos archivado como un volante batallador y no mucho más. Pero el nivel mostrado por el volante de contención uruguayo este Mundial ha sido superlativo. Una imagen que grafica su accionar está en el gol de Cavani para el provisorio empate contra Alemania: el balón lo tiene Schwensteiger, acaso el mediocampista más certero del equipo teutón, y el “Ruso” se lanza de carretilla para robarle el balón, demostrando que en una jugada de quite y sacrificio también se puede encontrar arte. Así empezó el fabuloso contragolpe de Uruguay. Eso fue el “Ruso” Pérez este Mundial. Un hombre que a los 30 años alcanzó la gloria. Y que ha sacado chapa de inolvidable en un país plagado de jugadores de su estirpe. Cuando nos volvamos a topar contra los uruguayos recemos para que el “Ruso” ande resfriado.
45- Xavi: lo único que ha hecho Xavi este torneo es cumplir con lo que todos esperábamos de él. Desde hace un par de años se ha posicionado como el mejor del mundo en su posición, y con una amplia ventaja. Conoce de memoria el juego, y tiene una relación muy fuerte con la pelota. Parece dotado de algo mágico que nos hace pensar que tenerlo en un equipo es trampa. Está siempre bien ubicado y participativo. Es imposible que pase desapercibido porque la pelota está siempre con él. Manejó los hilos de España como viene manejando los del Barcelona desde hace mucho. Y cuando está enchufado, es poco probable que su equipo no gane. E imposible que su equipo no tenga absolutamente el control de la pelota. Un crack.
46- Wesley Sneijder: apareció en los momentos justos. Fue vital contra Brasil y contra Uruguay. Plasmó su técnica y su inteligencia siempre. Tuvo una gran temporada en el Inter, pero en el Mundial la superó. Llegó repleto de confianza y los resultados fueron claros: 5 goles para un volante en un Mundial es un mérito casi inalcanzable. Como para que los dirigentes del Madrid se sigan arranchando los pelos por haber prescindido de sus servicios.
47- Andrés Iniesta: fue a mi gusto el mejor jugador del Mundial. El complemento perfecto de Xavi. Iniesta flota en la cancha. En todo momento parece que está por perder el balón, pero no se la quitan nunca. A diferencia de Zidane, que con su porte y su estampa daba la impresión de que todo lo hacía fácil, con Iniesta todo parece difícil, hasta improbable, y lo termina haciendo. Para mí fue el mejor jugador del torneo por encima de Forlán, porque su equipo salió campeón y él, siendo mediocampista, anotó el gol del título. Además apareció en los momentos claves. Contra Chile con esas caricia a la red que fue su gol, contra Paraguay para hilar la pelota hasta el gol de Villa, contra Portugal para empezar con la jugada que definió el partido. Y en la final no se amilanó con las patadas y luchó hasta el final por romper el cero. Que él haya hecho el gol del título es un premio merecidísimo para una actuación descollante. Al igual que Xavi, Iniesta ha patentado un estilo. No se los puede comparar con nadie. Son y serán ellos, nada más.
48- Tomas Müller: la revelación del torneo. Hizo cinco goles, plasmando así toda su eficacia. Además es táctico y colabora. Puede jugar de extremo, de volante o de delantero. Un jugador completo. Tuve la suerte de verlo en uno de sus primeros partidos en la Primera del Bayern, y lo jugó como si tuviese 15 años en el fútbol. Fiel al estilo alemán, Müller parece uno de esos aplicados estudiantes que al encontrar su primer trabajo se adecuan al instante, y se tornan imprescindibles. Así vive el fútbol. Lo vi también en su primer gol en la Bundesliga, casi ni lo festejó. Como cuando anotó por primera vez en el Mundial, que sólo se abrazó con alguno de sus compañeros y regresó para continuar el juego. Tiene hielo en la sangre, y esa es su principal virtud. Si mi equipo tuviese un penal definitorio en el último minuto, mataría porque lo patee él.
49- Diego Forlán: el personaje de la Copa del Mundo, sin dudas. El diferente de una selección compacta y con compromiso. Forlán fue para Uruguay el Maradona del 86 en Argentina. Hizo cinco goles, dejando en claro que fuera de ser un delantero con mucho oficio para armar el juego y manejarlo, es sobre todo un goleador de raza. Daniel Peredo lo describió como el único crack sudamericano que rinde igual en su club como en su selección. Nunca tan acertado el periodista de Cable Mágico. Forlán fue ídolo en Independiente, se las ingenió para sumar minutos en un Manchester que contaba con el mejor Van Nistelrooy y con suplentes históricos como Ole Gunnar Solskjær, fue Pichichi de la Liga en el Villarreal y repitió el plato en el Atlético de Madrid. Siempre está. Tiene idéntico remate con ambas piernas, ejecuta tiros libres y no se le recuerda un penal fallado. Además posee lo que necesita todo delantero: química con la red. El arco es para él como la sala de estar de su casa en Montevideo. Lo visita comodísimo.
50- David Villa: no anotó ni en la semifinal ni en la final, pero definió los partidos contra Honduras, Chile, Portugal y Paraguay. De no ser por lo superlativo de Andrés Iniesta en la recta final, hubiese sido a mi gusto la figura del Mundial. Es un delantero con alma de volante de contención. Le sobra temperamento. Es peleador y valiente. Y cuando le toca hacer lo suyo, los goles, no tarda en aparecer. Al igual que Forlán, usa ambos pies para disparar, y es certero con la pelota parada. Es determinante además. Fue el goleador de la Eurocopa 2008 que consagró a su selección, y con sus cinco goles en el Mundial se ha catapultado como el español más efectivo en la historia del torneo, superando a ilustres cracks como Butragueño y Raúl. A diferencia de este último, que ha realizado toda su carrera en el Real Madrid, un equipo que facilita el mito de los delanteros, el “Guaje” Villa la ha peleado desde abajo. Debutó en el Sporting de Gijón, pasó por el Zaragoza y alcanzó prestigio internacional con el Valencia. Debutó con 24 años en su selección, y hoy, a punto de cumplir los 29, puede decir que lo ha ganado todo. Y en un lapso de seis años. El premio a su admirable carrera es su reciente fichaje con el Barcelona. Un motivo más para seguirle los pasos a ese mágico equipo. Un motivo más para disfrutar, domingo tras domingo, de la base del último campeón del mundo.

viernes, 9 de julio de 2010

Mi propio Mundial (Y)

A los que esperan mi análisis de la Copa del Mundo. He aquí la razón de su ausencia.
Es imposible que Inés, mi hija, no sea la protagonista de absolutamente todo lo que me pasa. Lamentablemente para mi pedazo futbolero, su llegada ha estado ligada casi exactamente al Mundial, y ha acaparado en cada gesto, en cada movimiento, una importante porción de mi cerebro que en cualquier otro momento de mi vida hubiese estado cien por ciento sumido en el rodar de la pelota.

Puedo decir que este de Sudáfrica ha sido el primer Mundial de los últimos que me quedan por vivir. Inés ha marcado con tinta indeleble un antes y un después en mi existencia, y el fútbol no es ajeno a esa sentencia. Llego a esa conclusión porque mi hija tiene una relación directa con el hecho de que este haya sido el primer Mundial que me descubre trabajando, que me recibe con responsabilidades. Y a partir de ahora no hay marcha atrás. Hasta el 98 viví la cita más importante del planeta fútbol en el colegio, y para el 2002, en mi condición de relajado estudiante universitario, acomodé horarios de tarde-noche para que las madrugadas me encuentren lúcido, y así disfrutar de todos los partidos del torneo jugado en Japón y Corea. Me di el lujo de escribir una reseña por cada choque, y me quedó un documento de 53 páginas con un detallado análisis de todo lo vivido en el Mundial que consagró a Ronaldo.

En el año 2006 conseguí mi primer trabajo, al que renuncié un mes antes de que ruede el balón en Alemania aduciendo que necesitaba más tiempo para culminar mis estudios, pero con la clara intención de no pasarme un Mundial en la oficina con un sueldo de practicante (y de practicante de periodismo incluso) ni cagando. Por mi edad tenía la certeza de que el 2006 sería mi último Mundial con privilegios, pero uno nunca sabe lo que le tiene reservado el destino en cuatro largos años. En mis pensamientos más optimistas me veía trabajando en un periódico deportivo, y si no me mandaban a Sudáfrica, al menos tendría la obligación de ver toditos los partidos para cuajar mi análisis. Cuando me ponía pesimista me imaginaba desempleado y solo, viviendo de propinas cada vez más misias pero con el tiempo del mundo para encerrarme en mi cuarto a escuchar en mute a Eddie Fleischman. Encima mi experiencia como “perdedor de tiempo” profesional me indicaba que nunca iba a faltar un partner en idéntica situación, y que pese a los bolsillos flacos, siempre se puede hacer “chanchita” para las chelitas. ¡Cuánto me envidiarían mis amigos oficinistas!

Bueno, el destino quiso que Sudáfrica 2010 me halle como padre de una hermosa niña. Viviendo con mi novia en un departamento con un televisor que ni por una broma de mal gusto estuvo en los recientes catálogos de electrodomésticos. E inmerso en los vaivenes de una oficina con horarios vetados para los partidos más importantes. Supe de antemano que no me quedaba otra, y planeé mi estrategia. Coloqué mi despertador a las seis de la mañana para poder apreciar al menos el primer partido del día en primera fase y me compré por 20 soles un VHS de segunda para grabar el partido más chévere del día. Pero todo fue en vano…

Inés entró a tallar con más fuerza que la defensa de Paraguay, con más compromiso que los uruguayos, y me dio la estocada con más contundencia que los inspirados alemanes contra Argentina. Sus despertadas clamando por alimento en las madrugadas fueron como la eliminación de un favorito en primera ronda, y me hacían llegar machacado y con un ojo cerrado al partido de las seis y media. Sus agudos chillidos, justito cuando la acomodaba en su cuna luego de haberla adormilado en mis brazos largo rato trabajando en su pueril psicología (diciéndole bajito que el partido de Brasil estaba por comenzar), fueron como groseros errores arbitrales. Y cuando todo era propicio para un ambiente a cien por ciento fútbol, arremetía con una ocurrencia, con sus primeras sonrisas genuinas, y ni siquiera los espectadores que vieron los partidos de Paraguay junto a Larissa Riquelme estuvieron tan dichosamente distraídos.

Así me pasé este Mundial. Sólo Inés ha sido capaz de sustraerme del fútbol sin generar en mí el mínimo disgusto. Igual me he dado tiempo para ver varios partidos (los de Argentina y Brasil, por ejemplo, los vi toditos; a Alemania y España también los he seguido), y siempre están los programas deportivos y las páginas de Internet para mantener a uno al tanto.

En ese punto quiero mencionar a la otra figura que ha tenido mi propio Mundial: mi hermano Marcelo. Si Inés ha sido la protagonista excluyente, mi hermano ha sido la simpática revelación.

Yo he manifestado desde chico mis deseos de pertenecer al periodismo deportivo, pero por diversos motivos, jamás lo he conseguido. Mi hermano, como todo muchacho de veinte años, no tiene claro qué es lo que quiere hacer por la vida, y luego de haber ingresado a la Universidad Pacífico a la rama de administración sin animarse a llevar al menos un curso, pasó a las filas de la De Lima, en la misma carrera. Al descubrir que los números no le llenaban el alma, y también apoyado por cierto tufillo adolescente que empuja al hueveo más que al sacrificio, ha encallado en la facultad de comunicaciones, desentendiéndose de mis malos ejemplos, y siguiendo la misma línea que han tomado también los primos que más quiere.

Por cosas de la vida él no ha podido estudiar este ciclo, y fuera de deprimirse y de estacionarse y de dedicarse a pasar la vida; fuera de actuar como hubiese actuado yo, decidió buscar trabajo. El destino lo llevó a sumarse a las filas de un conocido portal (peru.com) en la sección, vaya paradoja, de deportes. Mi brother ha sido contratado para cubrir el acontecer deportivo todo el tiempo que dure el Mundial, siendo una de sus funciones narrar el minuto a minuto de los partidos, para deleite de los que como yo, estamos presos en la oficina mientras nuestros ídolos sudan la camiseta.

Mi hermano ha tenido la suerte que anhelé yo hace cuatro años: que te paguen por ver el Mundial. Me he guiado por sus comentarios para saber, por ejemplo, qué tal juega Corea del Sur, o hasta qué punto debí apostar por Ghana antes que por Estados Unidos. Él ha tenido este 2010 lo que yo tuve el 2002: un Mundial completo. Pero al fin y al cabo, trabajo es trabajo, y la vez pasada me rompió el alma cuando me dijo: “pucha, yo antes anhelaba que empiece el Mundial, pero ahora ya quiero que acabe”. Claro, no creo que a ningún fanático le agrade la idea de levantarse a las 5 y media de la mañana para salir al trabajo un domingo mientras ves por la calle a la gente que recién llega de su juerga.

Los mundiales de mi vida están ligados a mi hermano de una u otra manera, porque él llegó al mundo en el 90, cuando yo viví mi primer Mundial con intensidad a los ocho años de edad (aún recuerdo, y él lo ha comprobado, cómo se conformaban todos los grupos de ese torneo). En el 94 me dejó la anécdota más graciosa. Al ver la tanda de penales de la definición por el título entre Brasil e Italia, él estaba efusivo gritando junto a mi familia los goles de Brasil. En un penal convertido por Italia su cerebrito de cuatro años gritó el gol con mucha fuerza, pero al notar el silencio del resto como respuesta, atinó a decir, vivazo y sobre la marcha, y sin bajar la intensidad de su voz, “qué pena, qué pena”. En el 98 se le dio por ser grande, y quería estar a la altura de los conocimientos que teníamos mi viejo y yo, que tertuliábamos a menudo sobre fútbol junto a él. Y un día agarró uno de esos cards con la estampa de los jugadores y empezó a leer los nombres de algunos con mucha familiaridad. Y empezó con Seedorf (había que tener un mínimo conocimiento futbolero para saber que la doble “e” en Seedorf se pronunciaba como “i”) pero él leyó el nombre con “e”, y encima, confundido por el holograma, le agregó otra “e” al final, entonces sonó “Sedorfe”. Las burlas no tardaron en aparecer, acentuándose cuando en lugar de leer Alcorta, dijo “Alcorrata”.

En el 2002 le llegó el principio de la adolescencia, y decidió bajar esa barriga rolliza que amenazaba con quedarse de manera perenne, y en medio de dietas que lo privaron de sus tortillas de fideos inter diarias y de sus canchitas de mantequilla (con su chupada de bolsa más), fue formando al muchacho fuerte y esbelto que es hoy. De paso ese año dejó de jugar conmigo a otra cosa que no sea PlayStation, y tanto nuestras mechitas a lo Dragon Ball como nuestras pichangas en el jardín de mi casa pasaron a la historia.

En el 2006 encontró el amor, y acabó el colegio y se hizo más alto que yo y aprendió a “chupar” al ritmo de mis amigos más borrachos, y contra todos los pronósticos, se hizo un jugador de fútbol importante. Y este 2010 lo ha pasado trabajando, en un acto por el que jamás dejaré de sacarme el sombrero, y por el que lo felicito y le agradezco. Ha cobrado su primer sueldo, y bondadoso como siempre, me hizo el único regalo que recibí en mi primer día del padre. Marcelo no tiene el talento que tengo yo para jugar al fútbol, pero en base a garra y temperamento, me ha ido superando. Hoy le digo, y no le miento, que en el 2002 escribí 53 páginas sobre el Mundial, las mismas que hoy reviso y me avergüenzan. Y que él ya dio los pasos para superarme en todo, hasta escribiendo.

A mi hijita Inés le contaré más adelante que el año en que nació fue un año de Mundial. Que mientras yo me iba enamorando de su sonrisa, en Sudáfrica los mejores representantes del deporte más hermoso del mundo pugnaban por la gloria. Se enterará que por el segundo gol de Tévez a México le arranché fuerte de la boca la mamadera haciéndola llorar, y que por limpiarle un vómito travieso me perdí el gol de Robinho a Chile. Le contaré que contra mi pesar no fue el Mundial de Maradona ni de Messi; menos de Dunga ni de Kaká. Le diré que para mí fue el Mundial de ella, y que sin que importe el ganador entre España y Holanda, el campeón fue mi hermano, su tío Marcelo.