viernes, 6 de marzo de 2009

Quisiera ser cinéfilo (Y)

A Pende, para que todos los días sean viernes.
Deben ser los escasos kilometrajes que reservo para mis sueños, o la insolvencia de estímulos en épocas claves, pero jamás se me pasó por la mente la posibilidad de ser cineasta. Ni siquiera cuando descubrí que poseía cierto talento para escribir, anhelé ser, por ejemplo, guionista. Nada. Ni productor ni director. Ni siquiera el man del script. Ni en mis más optimistas fantasías apareció la palabra cine en el rodaje de mi futuro. Ni como extra. Cosa curiosa, porque el cine (y todo lo que envuelve) es uno de mis pasatiempos predilectos. No hay mayor sensación de placer que tener tiempo y monedas para poder adquirir una entrada, acomodarse estratégicamente en la sala oscura, y hasta prescindiendo de la canchita, esperar una película.

Me encanta ir al cine. Es un ritual apasionante, como la vida misma, con sus idas y vueltas. Con sus subidas y sus bajadas. Ir al cine significa desligarte de la realidad por dos horas y media, y eso es siempre maravilloso; pero también incluye rezar porque la película elegida colme las expectativas, y sobre todo, implorar porque no te toque un desgraciado en la fila de atrás que te patee el asiento sin mesura, o lo que es peor, un infeliz que se la pase hablando por teléfono o haciendo sabe Dios qué comentarios al de su costado sin guardar el mínimo pudor ante el resto. El cine es mágico porque no depende de uno mismo que la experiencia sea provechosa, pero siempre queremos volver, esperar una revancha. Como en el fútbol. Como con tu equipo favorito.

Los últimos días de mi ocio han estado colmados de cine. Quizás por la llegada del Óscar, y un tanto por el polémico triunfo de “La teta asustada”. También porque pude gozar de “Slumdog Millionaire” (en español, “Quiero ser millonario”), la cinta que arrasó en los premios de la Academia, y quedé más que satisfecho al salir de la sala. No soy un “Cinéfilo”. Sería iluso catalogarme en ese sitial. He despreciado películas muy aplaudidas por “los que saben” como “El arca rusa”, por ejemplo, que a mi entender fue un bodrio. Y mi repertorio de películas, con énfasis en esas imprescindibles del pasado, es, por decir lo menos, mezquino.

Saber de cine es como saber de fútbol. Podemos nombrar algunos equipos “caletas”, detallar de memoria la trayectoria de un determinado jugador; pero el verdadero conocedor del deporte rey destaca desde el momento en que suelta un comentario sobre lo que debería hacer un entrenador y adivina. Es el que más o menos a los 75 u 80 minutos del partido sabe si lo que resta es para relajarse o para sufrir. Ser cinéfilo no es mencionar sacando pecho en una conversación que Sean Penn ganó también el Óscar con “Río místico”, o recomendar embriagado por la coyuntura (como yo) “El lector” porque Kate Winslet cumple un papel genial. Cinéfilo es el que sabe de movimientos de cámara, de planos estilo general, medio o hasta plano detalle, esos tips que me ofrecieron en diversos cursos de la universidad que mi memoria decidió emanciparlos junto a un papelito con letras tamaño cinco para el famoso “plaje”. Cinéfilo es el que por ahí sorprende recomendándote una película de título lúdico o vacío (gracias a los traductores por estos lares) como “Los fantasmas nunca olvidan”. Cinéfilo es el que no necesita de una carencia en la inspiración ni de ver un capítulo de Seinfeld relacionado al cine para escribir sobre el séptimo arte por primera vez en su Blog.
El cine y yo

Debo tener más de veinte años acudiendo al cine. No sé por qué mis primeros recuerdos datan de “La noche de las narices frías” en un olvidado y seguro hoy demolido cine de la capital acompañado de mi padre. Le pregunté por ello hace poco y me dijo que no recordaba ni un pedazo del trailer de esa anécdota. Debo haberlo soñado, esa fue mi conclusión, pero por algo será. Mi niñez tiene al cine como protagonista furtivo, de esos que aparecen poco pero que resuelven la trama de la película, porque ir al cine significaba festejo, y salir de la rutina es maravilloso hasta cuando se tienen ocho o nueve años. Iba con mis padres a veces (pocas veces en verdad) y recuerdo “Las Tortuninjas” en una sala de Lince, o “Daniel el travieso”, el debut “cinemero” de mi hermano menor, en el cine “Metro” del Centro de Lima. Iba con mis primos y recuerdo “Mi pobre angelito 2” en el ex Alcázar, o “El rey León” en el Centro Comercial Arenales. Iba con un amigo de mi promoción que hoy es cineasta (cómo es la vida) a ver “Jurassic Parck”, y hasta hoy que nos encontramos esporádicamente hacemos mención a esa anécdota. Iba con mi colegio, en la actividad que más añoro de ese espacio barranquino, siempre los viernes en las últimas horas de la semana. Qué placer. Recuerdo hoy, no sé por qué, “El jorobado de Notre Dame” o “Todos somos estrellas” (película peruana, por siaca), y mis mañas nunca provechosas de sentarme cerca a la chica que me gustaba.

Cuando fui creciendo recuerdo claramente dos episodios con la gente de mi promoción del colegio, ya como una actividad alejada de la currícula. El primero, para ver “Rescatando al soldado Ryan” en el cine Pacífico. No encontramos entradas para el horario de las ocho de la noche y tuvimos que esperar hasta las 10 y 45. Éramos siete u ocho hombres del salón haciendo hora por Miraflores. Al final nos depositamos en el parque apoyados en nuestras mochilas, porque no habíamos ido a casa en ningún momento. Al entrar a la sala y veinte minutos después de empezada la película, era graciosísimo ver a mis amigos sucumbiendo uno por uno ante los poderes del sueño. Escuchar un ronquido fue la hecatombe. Y la otra anécdota data de la genial “Loco por Mary”. Fuimos también seis o siete hombres del salón a ver la película. Estábamos en quinto de media y el bacilón era fumarnos un porraso de marihuana antes. En ese momento yo era el de menor experiencia en esas artes, y llegué a la sala como si me hubiese metido un ácido y para bajar su efecto, una dosis de hongos. No me dejó de latir el corazón y sentía que moría mientras mis compañeros se carcajeaban tanto por mi desventura como por las inolvidables escenas que nos mostraron esa noche fría de invierno Cameron Díaz y Ben Stiller. Escenas que reviví años después por la tele y que llegaron como nuevas a mi cerebro, pues de aquella vez del cine sólo recuerdo los distorsionados comentarios de mis amigos dirigidos a mí al acabar la película, y no sé por qué me late hasta hoy la frase “pasado de vueltas”.

Tiempo después, ya fuera de mi época colegial, un gran amigo mío me comentó entre líneas que en su intento por conquistar a la que por ese entonces era la chica de su vida, había quedado con un grupo mixto para ir al cine en mancha, y me proponía sumarme al barco. En esos tiempos se había apoderado de mi persona un genuino instinto antisocial, y me negué rotundamente. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando tocaron el timbre de mi casa. Al abrir me recibió mi amigo con el batallón de gente convocada para la bendita salida. Juro que me iba a negar, estaba más que dispuesto, pero vi en sus ojos por vez primera que me necesitaba, que era capaz hasta de suplicar. El resultado fue un bodrio de cine italiano (si la memoria no me falla, creo que hasta era una película muda), y una oda general al difuerzo que nos obligó a dejar la sala a la mitad del film. Han pasado casi diez años y nuestra amistad se ha fortalecido. Ha habido de ambas partes otras miradas suplicantes, y nos hemos hecho viejos cada verano cerquita de ese grupo de niños y niñas con ganas de crecer.

El cine después formó parte fundamental en mi relación de pareja. Entre otras cosas, creo que la mutua afición cinemera ha sido básica para tanto tiempo de romance. No sé si nos hubiésemos soportado sin el cine, sin las películas. Tal vez ese tiempo destinado a las entradas, a las tarjetas para los descuentos, a la lectura de las críticas de cine, hubiese sido utilizado en absurdas peleas o en ganas de escapar. Quién sabe. El día que formalizamos nuestra unión, salíamos del cine. Ella me juraba que no iba a otra sala que no sea la del Alcázar, y por ese entonces de Caminos del Inca no me movía nadie. Gané yo la primera batalla y ese fue nuestro destino. ¿La película? Una cursi y melodramática con Ben Affleck y Gwyneth Paltrow. Como es lógico, ni más volvimos a Caminos del Inca, y perdí sin objeciones ante el Óvalo Gutiérrez y su Cineplanet. Al final, un poco por el precio y por la cercanía, nos hemos quedado, creo que para siempre, con Larcomar.

También soy capaz de ir al cine solo. Es una actividad que valoro muchísimo y que no la hago tanto como quisiera. No me da vergüenza aparecer en una sala repleta de parejas, familias o grupos de amigos. De hecho mis ratos de ocio en la Universidad de Lima muchas veces los he pasado en ese ex imperio de las salas comerciales que es el Cinemark del Jockey Plaza. La última que vi sin compañía en ese recinto fue “Paranoid Park”, y no me canso de recomendarla. Pero si me piden una anécdota en esa faceta solitaria me quedo con “Kill Bill 2”. Recuerdo que la vi en el último horario, cerca de las once de la noche en el Cineplanet de Primavera, y salí excitadísimo, con unas ganas enormes de comentarla. Creo que ha sido la única vez que he extrañado a alguien en el cine.

El cine y el fútbol, ojo a esta afirmación, van de la mano en el repertorio de mi vida. Jamás quise ser cineasta pero festejo su existencia tanto como la de los futbolistas. No soy ni uno ni lo otro, pero en cambio navego por “pichangas” tratando ser un crack y me basta con galardonarme siempre de ser el hombre que más sabe de fútbol en la reunión; y me dedico, por otro lado, a escribir de vez en cuando historias con el oscuro deseo de que quizás alguien las recoja y haga en mi honor una mala película.

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