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martes, 8 de marzo de 2011

Los monstruos y la mujer noche (F)

Creo en los fantasmas, terribles, de algún extraño lugar (y en mis tonterías para hacer tu risa estallar).
Tiago fue el primero en hablarme de la mujer noche. Ocurrió una tarde de primavera, mientras paseábamos en bicicleta por el malecón de la brisa, y yo le repetía las mismas frases que atormentaban mi cerebro desde hacía unos meses, y él respondía siempre amable, siempre positivo, aún a sabiendas de que yo reconocía de memoria su naturaleza, y lo que escondía entre las sombras de sus ojos tristes. Lo hizo casi pidiendo permiso, como si estuviese rompiendo el tácito pacto que colocaba a nuestra amistad en el espacio en el que él actuaba como receptor y yo como el ególatra paciente de un psicólogo barato que a la larga me ofrecería las frases que requería escuchar, con tal de no sufrir, con tal de no reír, con tal de no despegar del letargo en el que me había encallado.

He conocido a una chica, me dijo sin variar la suavidad de su voz.

Yo conozco a Tiago desde que tengo uso de razón. Lo he visto crecer y moldear esa personalidad tan inquietante, esa mezcla de tormento y encanto. Y sé que cada vez que me menciona una chica es porque se trata de “la chica”. Por eso decidí prestarle atención y olvidarme de mis rollos repetidos. Tiago me hablaba de una presencia ineludible. De un volcán en medio del fuerte ruido silencioso de una discoteca al que bautizó como mujer noche. De unos ojos de caramelo. De una sonrisa fácil. De algún amigo que le jugó algunas bromas. De una mirada fija de dos segundos. De sus párpados escondiéndose. Y se me hacía facilísimo imaginarlo. Y hasta sentir ternura por sus vacilaciones, por la maldita coreografía de avispas en su estómago. Por su callar. Por su extrañar. Por su escribir luego para borrar después.

Yo representaba en mi cerebro su figura en la discoteca, con un vaso de cerveza en una mano y tolerando el humo de los cómodos parroquianos pese a cargar en el pecho con el cartel de no fumador. Por eso perdí un poco el hilo de su discurso mientras me posicionaba junto a él en la imaginación, con la certeza de que nada hubiese cambiado yo, que en nada hubiese contribuido. Y tal vez por el atardecer, no me percaté del todo de que nos habíamos cruzado con un grupo de gente en el malecón mientras pedaleábamos, y la única chica del grupo se le quedó mirando, y entonces volvió en nuestro silencio su relato. Y las avispas y el humo y el dolor. Era ella, me dijo cuadras después, era la mujer noche. Uno de ellos debe de ser el novio, sentenció, y las emociones de hacía instantes se dilataron en esos tremendos ojos de tristeza.

Tiago y yo somos esos ojos tristes. Por eso lo quiero tanto. Y por eso me esmero en tenerlo cerca pese a que nuestra unión está muy ligada al fracaso. Antes de aquella bicicleteada por el malecón y de la aparición de la mujer noche en nuestras conversaciones el único tema era mi insomnio. Había pasado meses sin poder dormir por las noches, sin conocer la clara luz del día, adentrándome en pensamientos dolorosos que no me permitían producir ningún párrafo hacia el futuro, y Tiago había sido mi aliado. Mi compañía fiel. He llegado a pensar que por purita consideración él tampoco dormía, y que aquello de compartir el insomnio era una excusa para no abandonarme.

Mi insomnio tenía nombre de mujer. Y Tiago conllevaba la angustia. Éramos cómplices los tres de una parte importante de nuestra relación de a dos que nos había llevado a pasar las páginas calcadas de un calendario con disfraz de eternidad, y que se había roto intempestivamente en el séptimo mes. Insomnio, entonces, era mujer, y por ella había conocido a Octavio. El segundo personaje en hablarme de la mujer noche.

Octavio sopesa la melancolía de Tiago. Su compañía es, también, indispensable. Pero desde el otro lado del cristal. A él me lo presentó insomnio cuando aún podía dormir, cuando aún el día me era familiar y no se había convertido en un deseo cada vez más lejano. Y fuera de tenerle celos, lo utilicé para usurpar sus pensamientos y para impregnar en insomnio el virus mentiroso de mis anhelos.

Cuando las noches se hicieron más largas Octavio dejó de recorrer nuestro sendero. Y vaya coincidencia, había vuelto a aparecer con un discurso opuesto al de Tiago pero con la misma protagonista. Para Octavio la mujer noche era una presencia alcanzable, vulnerable además, y el supuesto novio un escollo baldío. Me hablaba también de una discoteca aunque distinta a la de Tiago. Me hablaba de un malestar narciso que lo había depositado en un extraño estatus antisocial, y de la mujer noche rondándole en más de tres oportunidades con genuino interés. Siempre se me ha hecho difícil creerle a Octavio pero pocas veces me ha decepcionado. Suele ser un conquistador pero le falta moderar su ímpetu. Su principal virtud no radica, como él cree, en su facha; figura en su ágil sentido del humor. Y según lo que me contaba de la mujer noche, era ella una persona propicia a la carcajada. Podía ser verdad.

Decidí despojar la pena y alejar a Tiago de la conversación para seguir averiguando aspectos de la mujer noche desde la retina de Octavio. Uno se da cuenta cuando una chica está interesada, me dijo, y ella lo está. Necesito saber en qué frecuencia anda, porque no me quiero enrollar en nada serio con nadie. He estado amarrado mucho tiempo y ya sabes, se viene el verano. Para Octavio mucho tiempo era poco tiempo. Y era de los contados personajes que metía el bichito de las terceras personas entre insomnio y yo. Lamenté la suerte de Tiago. Su silencio y su contemplación exagerada. Y hasta sentí misericordia por la mujer noche. Las chicas que se obsesionan con gente como Octavio nunca acaban bien.

Pero debo confesar que algo en el accionar de mi amigo me generaba cierta envidia (sana). En pos de alcanzar la luz, semanas atrás, uno de los primeros manotazos de ahogado apareció anhelando esa coraza para mí. Deseando esa armadura para enfrentar la bulla y atrapar corazones. Lo necesitaba con urgencia por esos tiempos de madrugadas palpables. Había muchos peces en el agua y muchos andaban con la temperatura apta para sumarse a la puntería de mi anzuelo. Pero la mujer noche se había convertido de pronto en alguien especial en mi cerebro y el mar me había dejado de interesar. Pese a que no la había visto de frente, me era familiar. Más aún cuando una noche cercana al verano la reconocí sentada en el mismo malecón en el que Tiago la había encontrado, conversando con Esteban, el tercer hombre en hablarme de ella.

Esteban es un amigo peculiar. Sé que compartimos muchas cosas, que tenemos muchos rasgos en común, pero extrañamente nuestros encuentros son exiguos, y nunca llegamos a sentirnos cómodos frente a frente. Es como si cada uno supiese algo del otro que no se atreve a mencionar, pero que sabemos trascendente. Somos parecidos, lo acepto. Pero no queremos serlo. Si no fuera por la intriga que me generó su encuentro con la mujer noche no lo hubiese buscado. Así ha sido siempre nuestra amistad. Esporádica y fuerte. Genuina e impertinente.

Me saludó con más cariño del habitual. Sabía perfectamente de mis peripecias con insomnio. Más allá de mis ojeras y mi andar amortiguado, intuí en él una conexión con mi interior. Me dio gusto. ¿Qué ondas con la mujer noche? Le solté la pregunta sin pestañear. Él me respondió como si estuviese a la espera. Y me dijo que sabía de lo que sentía Tiago por ella, y que ella, además, no era tan ajena en su respuesta. Pero que no dudaba en afirmar que Octavio la había conquistado. Y había algo más: Esteban también la quería, y la quería desde antes.

Nunca te lo mencioné pero es verdad, me dijo Esteban. Ha pasado mucho tiempo desde que ella frecuentaba mi espacio pero su presencia, aún en la distancia, jamás resultó intrascendente. Esteban me hablaba de un cariño casi familiar. De días de infancia. De huellas en orillas. De idilios prohibidos. De corazones rotos. De un encuentro furtivo. He seguido sus pasos siempre, me decía. Y creo que nos hemos tenido a nuestro modo un cariño cómplice, aún sabiéndonos inalcanzables.

Pero había algo esta vez que empujaba a Esteban a dejar de lado el simple cariño. Algo que no podía describir pero que lo llevaba a pugnar por conquistarla. Vista desde sus ojos, la mujer noche alcanzaba el clímax en mi inquietante curiosidad. Entré en un dilema moral. Me sentí el emperador de la hipocresía. Tres de mis amigos más íntimos se disputaban, a su manera, el amor de la misma chica. El amor enigmático de la mujer noche. Y en lugar de tomar partido por alguno veía cada una de sus historias como el estímulo fundamental de mi propio despegue. Cuando insomnio no era insomnio este tipo de vacilaciones quedaban rápidamente en el olvido, o dibujadas en forma de letras en pantallas unipersonales. Ahora no había excusas. Esa fue la egoísta conclusión a la que llegué.

Tiago jamás daría el paso crucial. Octavio andaba preocupado en demasiados detalles. Y Esteban había perdido su oportunidad. Al despedirme de él, me habló de otra discoteca. Una distinta a las frecuentadas por mi par de amigos. Pero esta vez, no mencionó el pasado.
De pronto estaba yo sumido en el humo de los parroquianos. Tolerando el ruido silencioso de un antro olvidado. Con las huellas de insomnio escondidas para siempre en el bolsillo. La descubrí entre las sombras y noté que los ojos tristes a veces cargan mercurio. Y cuando los párpados se vuelven fulminantes, superan la barrera de los dos segundos. Sabiéndome poco agraciado, solté un chiste al aire y asomó el cálido brío de una carcajada. Era tal como me la había descrito Tiago, pero diferente. Avispas danzaban en un pasadizo de dulzura. Un volcán ahora en reposo. Y me acordé de Octavio a la sonrisa número tres. Entonces noté que como Esteban, yo la podía haber amado en tiempos lejanos, pero eso ya no era relevante. ¿Nos conocemos? Me preguntó casi afirmándolo. Y yo la tomé de la mano para no soltarla. Y aprendí a cerrar los ojos para despertar y despertar al lado de la mujer noche, conociendo la real magnitud de sus encantos a plena luz del día.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Aguardiente de mora (F)

La carne de este cuento fue concebida hace un par de años, una tarde solitaria en San Bartolo, desde la terraza de una casita hermosa en la que podía mirar el mar, y mientras pensaba en la muerte. Lo he venido editando mucho tiempo, tratando infructuosamente de impregnarle la madurez del presente, y estoy exhausto. El punto de partida es un hecho real, y está ambientado en un lugar de verdad, que es la chacra de los abuelos de mi ex novia. Podría escribir muchísimas cosas relacionadas a la chacra. Todas positivas y trascendentes. Lo podría hacer incluso con cursilería en una especie de merecida despedida, pero ese lugar, que ya no es mío, será de Inés muchísimo tiempo, y eventualmente habrá que regresar. Por eso alejo el pudor y hago públicos a todos estos falsos personajes (sobre todo al narrador). Felizmente hoy están de moda frases célebres diciendo que la ficción es la mejor manera de hacer interesante a la vida. Que “inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”. En el momento en que escribí este cuento mi lado más hijo de puta quería tal vez esa vida. Quién sabe. Así salió. Se lo dedico a Adrián (mi verdadero compañero de la chacra), quien fue hasta hace unos meses mi cuñado, y será mi amigo y mi familia (escogida) para siempre. Por el gusto de habérmelo cruzado la otra noche. Por el gusto de redescubrir su esencia buena. Por sentirme partícipe de ella.
Pensando en la Terrano, el Chilco y en Pablito.
He tomado una ducha un sábado por la mañana y mi cerebro no tiene la palabra resaca en su repertorio. He separado un billete de cincuenta soles de mi billetera que terminará en las arcas de un grifo y Luciana me ha preguntado ya en siete oportunidades qué tal le queda la ropa. Todo es parte de la liturgia que implica visitar la chacra de su familia al sur de Lima. Esta vez la excusa es irrechazable. Es el cumpleaños número 80 de su abuela materna, la única que le queda con vida y una de las personas que más ha querido en sus 27 años de existencia.

Son esporádicas las reuniones en la chacra, y casi siempre tienen que ver con cumpleaños. He recorrido los 75 kilómetros que separan mi Miraflores del lugar desde hace casi una década. Al inicio, cuando no contaba con auto, era muy tedioso. Esperar un ómnibus veloz hacia el sur es complicado. Luego se me hizo más llevadero, pero no puedo negar el estrés que me genera manejar por la carretera, sobre todo en épocas de verano como ésta, y aún, pese a las repeticiones, no logro captar el atajo que me lleva a la puerta de ingreso al lugar sin consultarle a Luciana. Ha pasado más de un año desde el acontecimiento que marcó el futuro de su familia, y la chacra me vuelve a recibir con retazos de la felicidad de antaño por primera vez, desde que un arisco infortunio se filtró en sus planes. Hasta las flores parecen haber despertado de su letargo. Hay música de moda en el añejo pero eficiente equipo de sonido. Y las botellas de ese aguardiente delicioso en base a moras, cuya existencia es exclusividad de los árboles en este gran espacio anaranjado por el que deambulan vacas y caballos escuálidos, han reaparecido.

El último cumpleaños de la abuela no se festejó en la chacra. No había entonces espacio para sonrisas ni felicitaciones. El aroma a hospital y la resignación de los médicos estaban en carne viva. El abuelo no soltó las manos de su esposa en todo momento. Tampoco derramó una lágrima en público. Le restaba oxígeno para seguir exteriorizando su torso inquebrantable ante la humanidad acongojada. Mi suegra desecha. Su optimismo fue más una negación hasta que los dibujos en la angustiosa pantalla se salieron de la línea. Y Luciana ida. Como yo, que no entré a la habitación en ninguna de mis visitas a la clínica. Como yo que no tuve el valor de despedirme. Como yo que había olvidado el rostro de mi padre pero ya era sabio para entender incluso a los cuatro años de edad que la vida también estaba acabando para mi madre. Ese gesto cómplice fue quizás mi principal motivo para seguir llenando de meses y monotonías una relación por la que desde hace mucho había dejado de luchar.

*

La chacra se ha llenado de sus habituales visitantes. He saludado amable como siempre a todo el repertorio mayor. Un beso en la mejilla y un fuerte apretón de manos acompañando a las palabras “hola” y “bien” serán suficientes. Por eso amo llegar a la chacra. Nadie me pregunta nada. No se meten en mi vida ni me cuestionan. Ser ignorado es para mí un halago. Detesto las comparaciones y Ernesto, el esposo de Marisol, la única prima contemporánea de Luciana, me supera en todo lo que podría interesarle a un grupo en los vientos de los cincuentas. Ernesto tiene dos años más que yo y es mi antítesis. Viste una camisa elegante y llega en pantalón desde que era un aprendiz de veinteañero. Se involucra en conversaciones “adultas” sin aparentar aburrimiento. Y no calla ni con el pensamiento a su mujer cada vez que se impone más de la cuenta en voz alta. Pese a eso, cuando ya cumplió con el protocolo, este hombre de hielo es mi complemento, mi “amigo de la chacra”. No me imagino su compañía en otro escenario pero sólo gracias a él he soportado las largas ausencias de Luciana, siempre colaborando en la cocina, entreteniendo a sus primos más chicos, y desde que Marisol es mamá, sin despegarse de Mariel, el dulce retoño de dos añitos de la pareja perfecta de la familia.

“Voy a dejar a Luciana”, le he dicho a Ernesto. Y automáticamente ha roto el hielo a nuestro modo: sirviendo un par de vasos puros de aguardiente de mora.

*
Marisol siempre ha sido un enigma. Manifiesta su felicidad sin siquiera desplegar una pizca de su sonrisa. Llegó al mundo medio año antes que Luciana, y eso la torna especial en la familia. Su condena es que sin importar el rubro, debe superar a mi mujer en todo. Dar un poco más. Eso sólo genera malestar y sacrificio en ella. Luciana ni se inmuta, pues es una persona relajada, no se hace problemas. Está acostumbrada a darle pelea a la vida sin estacionarse mucho en lo negativo. Por eso quizás lleva conmigo tanto tiempo. Por eso aceptó la convivencia antes que el matrimonio, el mismo año en que Ernesto y Marisol festejaron su unión en una derrochante ceremonia.

Marisol se las ha ingeniado para cumplir el ritmo de lo establecido. Se lo inculcaron sus padres desde que la colocaron en un colegio para mujeres de carácter religioso. De esos que antaño significaban “clase”, tan fuera de la coyuntura mundial. Y respondió con las mejores notas del salón. Luego una carrera de cinco años exactos, el novio, el trabajo a los 22, el matrimonio, la hija y un embarazo como meta próxima. Por eso se esmera en presentar a Ernesto a los octogenarios primos lejanos de su abuela que acaban de llegar a la chacra y lo separa de mi lado justo cuando esperaba su respuesta. A Luciana, por supuesto, no se le ocurre hacer lo mismo conmigo.

*

Estoy apoyado en una de esas rocas que fungen de sillas bordeando la piscina de la chacra. Los primos menores de Luciana se lanzan clavados y simulan surfear trepados a antiguas tablas hawaianas con la genuina libertad en sus ojos que no varió ni con los acontecimientos del año pasado. A algunos los conozco desde las panzas de sus madres. A otros he visto crecer. Luego de Marisol y Luciana hubo una pausa prolongada en la procreación de la familia. La tercera es Micaela, una niña que ya cumplió 18 años, y que recuerdo desde cuando le llenaron de fierros la dentadura y no le interesaba realizarme los más básicos trucos de magia acomodando las piernas sin cubrirse el calzón. En el último cumpleaños de Luciana que festejamos en la chacra ella ya tenía 16, y mis amigos no dejaron de observarla con una morbosidad que me incomodó. Micaela se alejó de mí conforme fue creciendo. Hoy sólo nos saludamos y nos gastamos durante cuatro segundos la misma broma de siempre. Después me entero de sus cosas por mi suegra, que a veces comenta sus desdichas, disfrazadas de un español encallado en Lima algo mayor que ella con ojos lindos y traviesos.

*

He prolongado mi decisión mucho tiempo. La idea de alejarme de Luciana ha estado latente desde que me descubrí indiferente a mis pecados, y noté en su capacidad por tolerar mis silencios una serena resignación. Continúo siendo el equilibrio de sus actos pese a que sin ella, al igual que en el camino para entrar a la chacra, ando desorientado por la vida. Sin embargo son lejanas en mi memoria las imágenes de la Luciana enamorada. Nos siento como dos hermanos compartiendo una casa acordándose de vez en cuando que se aprecian. Nuestra propia pantalla angustiosa hace rato que colapsó, pero decidimos ignorar su desborde. La observo desde la piscina mientras un clavado me salpica la camisa. Está junto a la homenajeada, y me pregunto si el tiempo le alcanzará a la señora para conocer al próximo hombre de su nieta favorita. Te voy a extrañar, digo para mí mientras me sirvo ahora mi tercer vaso de alcohol.

*

El licor de mora que preparan aquí es un manjar. Una variante eficiente del pisco, aguardiente bandera del Perú. Navega suavecito por la garganta y desencadena, mientras adormece, las neuronas de la felicidad. Hoy día es indispensable. Después de tiempo están permitidas las sonrisas en la chacra. Algunas señoras allegadas a la abuela, de esas que sólo se asoman en su cumpleaños, se dedican a divertirla. La hacen hasta bailar, y la multitud celebra con carcajadas sus esforzados pasos danzantes. Ella sonríe arrugadísima y tierna, con el pelo más blanco que veré en el mundo y los ojos fuertes que comunican que por hoy día, su ausencia descansará efectivamente en el lujoso jarrón lleno de cenizas de la capilla.

Es hora de comer. Marisol y Luciana entran en una competencia por quién atiende mejor a la gente. Una competencia que sólo conoce la primera. Cuando ya todos tienen sus platos, nos acomodamos los cuatro en la misma mesa. Ahora Marisol propondrá un tema incómodo y Ernesto no la frenará. Me preguntará por mi trabajo para que quede claro a quién le va mejor. Comentará su próximo viaje junto a Ernesto o sus planes de adquirir una nueva camioneta. Yo ya ni muestro incomodidad. Mi mediocridad ha sido mi aliada en la decisión de aceptar ser el segundo frente a los éxitos de Ernesto. Más aún ahora que conozco su secreto. Más aún ahora que la dosis de antítesis ha disminuido.

Fue sin querer. Nunca habíamos tenido una conversación tan íntima, y sin duda lo descuadré cuando mencioné lo de Luciana. Sentí su alejamiento largos minutos, hasta que me lo crucé en el baño. Mientras se lavaba las manos escuchando la melodía de mi orina alcoholizada, me dijo: “es iluso creer que uno le puede ganar a la vida, que uno escoge su destino”. Luego de secarse las manos me cogió el hombro y me dijo: “pero hay cosas que ayudan”. Automáticamente sacó de su bolsillo un papelito doblado de forma archiconocida. “Pídeme cuando quieras”.

*

Nunca imaginé a Ernesto involucrado en drogas. Me hubiese aliviado algunas mentirillas para escabullirme entre los matorrales de la chacra a meterle tres o cuatro pitadas al cigarro de marihuana que me suele acompañar. Hubiese fumado conmigo tal vez, o servido de cortina de humo (aunque no literalmente) para hacerlo con menos tensión. A la coca le tengo respeto. Y aunque de vez en cuando retorno a ella, desde que vivo con Luciana es más complicado. Se hace la desentendida pero más de una vez la he pillado husmeando entre las esquinas de mis tarjetas. En otras épocas la juerga fue su peor enemiga, y no se despegaba de mi lado ni me dejaba salir sin ella por temor a que mi nariz se blanquee.

En la mesa, pese a ser un cemento por dentro, Ernesto actúa como siempre. Amable ante los adultos que le dirigen bromas, educado para servir el refresco tanto a Marisol como a Luciana. Su esposa ahora toma la batuta de la conversación. “¿Y ustedes? ¿Para cuándo?” me dice señalando a Mariel con sus ojos inexpresivos y su estática sonrisa. Luciana responde como suele hacerlo ante esa pregunta, con un gesto sarcástico y acústico para dejar en claro que no depende de ella. Yo prefiero callar e imaginar la posible reacción de Marisol al descubrir a Ernesto jalando. Lo último que supe de ella a propósito de las drogas fue que estaba en contra. Que jamás las había probado.

*

Fue unos meses antes de la aparición de la punta del iceberg de la tragedia, en la última celebración en la chacra con todas las de la ley. Cuando los hospitales y los médicos eran parte de lejanas anécdotas. Luciana es una escritora magnífica que desaprovecha su talento en una frívola agencia de publicidad, y en una oportunidad se adjudicó el primer puesto en la categoría de cuento de los reconocidos juegos florales de su universidad. Coincidimos el siguiente fin de semana todos en la chacra. Creo que se celebraba la primera comunión de alguno de sus primos. Mi suegra hizo público el asunto y no se hablaba de otra cosa en la reunión que no sea del premio de su hija. Todos querían leer ese cuento que me tenía como protagonista oculto. Una especie de “yo” mejorado. Menos dubitativo.

Marisol no sabía cómo actuar. Sentía la derrota por primera vez. No había felicitado a Luciana de antemano y no tenía con qué excusa retroceder. Faltó en la cocina un insumo, como suele suceder, y la abuela, al notarme cerca, me pidió por favor que vaya a conseguirlo. Tenía que usar el auto, el establecimiento más cercano queda lejos. “Yo te acompaño”, dijo Marisol, “quiero comprar unas cosas”. Hasta ahí todo estaba en orden, pero yo recordé que mi viejo Honda Civic no había sido lavado en semanas, y que sin duda, desparramados por la guantera o los posavasos, aparecerían residuos de mi idilio marihuanero. No tuve ni tiempo ni armas para limpiar la escena del crimen. Marisol andaba inquieta y yo sabía que era por el premio de Luciana. Movía con nerviosismo las piernas y no paraba de conversar y de mirarme fijamente. Justo cuando la situación estaba llegando al pico de la incomodidad, notó pequeñas ramas verdes por la caja de cambios, y la curiosidad la obligó a abrir la guantera, donde descansaba una latita de la que era fácil adivinar su contenido.

Lo que continuó a la escena me descuadró. Marisol se olvidó de su conversación y con voz autoritaria me dijo: “para, estaciónate acá”, y me obligó a detener el auto en plena carretera, como si se hubiese averiado o bajado una llanta. Antes de que pueda hacer cualquier gesto, se dio maña para desprenderme del cinturón de seguridad y desabrocharme el cierre del pantalón. Segundos después se había levantado la falda y cabalgaba con ferocidad mientras me llenaba de besos húmedos y automáticos. Los autos pasaban raudos no muy a menudo y ella no llevaba ropa interior. Eso bastó para que mi excitado cerebro no descargue el freno hacia mi erección. “¿Desde cuándo fumas?”, me decía alternando sus gemidos embusteros. Yo trataba de mentir pero no podía. Me sentía en el más enardecido de los interrogatorios. “¿Y Luciana fuma?”. Cuando le respondí afirmativamente mientras acomodaba con violencia mis dientes en sus gruesos pezones, afianzó la velocidad hasta que segundos después, acabé dentro de ella. No soltó ningún gemido más. Luego se reacomodó en su asiento y dijo: “sabía que era una fumona. La marihuana me parece desagradable”.

Nunca más hablé del tema con Marisol ni con nadie. Ella siguió actuando como siempre. El día de la consumación de la tragedia, todos los hijos, nietos y demás familiares habían ofrecido sus condolencias a la abuela, y con todos, Marisol incluida, ella había actuado con serenidad, pero cuando se acercó Luciana, rompió en llanto. En algún momento de la ceremonia me llegó un mensaje de texto: “te espero afuera”. Era Marisol.

*

La noche va a llegar pronto. El baile se ha generalizado. Hasta el abuelo ahora danza al ritmo de huachafos hits. Es en vano decir que después del almuerzo le solicité el papelito a Ernesto, y al aguardiente de mora le hemos añadido varias latas de cerveza que han entrado a nuestro organismo sin que nadie externo las pueda notar jamás. He olvidado por un momento mis vacilaciones. La coca me sensibiliza. También me excita y no dejo de mirar con lujuria a Marisol. Ella me ignora. Más tarde le diré que quiero tener un hijo con Luciana, que de este año no pasará, que una gran noticia se hace urgente en estos momentos. Ella caerá en mi trampa y seguro se las ingeniará para en algún descuidado dormitorio o entre los matorrales, plasmar su poder a su manera.

Luciana baila conmigo y soporta mis besos como cuando éramos una pareja de verdad. “Te voy a extrañar”, me consuelo en silencio otra vez introspectivamente. Luego nos tomamos un descanso. Está agotada, pero yo no ceso de beber. Ignora que ese hombre ideal que bailotea robóticamente con su prima me ha proporcionado la coca, tanto como Ernesto ignora que conozco de memoria todos los rincones ocultos del cuerpo de su esposa. Luciana acomoda su rostro en mi hombro y contempla a la multitud que se mueve como en una ola. “Qué increíble que ya haya pasado un año”, me dice, y ambos suspiramos con dirección a la capilla.

*

Es tiempo de la foto de rigor. La misma que todos los años discrimina a los invitados que no son de la familia. Es una costumbre. Sólo aparecen en la imagen los abuelos, los hijos y sus parejas, y los primos. Desde que se casó con Marisol, Ernesto forma parte de la foto. Mi relación no goza del consentimiento de Dios, así que yo siempre quedo aparte junto a los invitados que han llegado con paracaídas. Pero hoy la abuela hace una pausa y me llama por mi nombre para luego dirigirse al grupo de rechazados. “Acérquense”. Yo acudo casi con regocijo y tomo de la mano a Luciana. “Esta vez no quiero que falte nadie”, sentencia la abuela. Y ensaya para el flash la más arrugada de las sonrisas.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Lecciones de Carlitos (F)

No sé qué más hacer con este texto. Nació de una conversación con Carlitos, que existe, y pensé: algo debo de escribir, lo que salga. En fin, se lo dedico a Carlitos, que nunca lo sabrá.
En ocasiones como esta me acuerdo de Carlitos, un amigo chofer que conocí en un viaje a Chiclayo hace algunos años. Se me viene a la memoria con poca frecuencia, sobre todo cuando mis pensamientos llevan largo rato divagando, y el tema de la infidelidad retoma la primera plana. No es que ande con ganas de “sacar los pies del plato”, ni que mi entrepierna goce de estímulos cercanos y ajenos. Ya verán que eso es lo más apartado de la realidad en estos momentos. Pero recuerdo las frases de Carlitos, alejadas de elegancia pero contundentes, esa tarde noche chiclayana que me llevó a conocer la calle de los burdeles.

Yo había llegado a Chiclayo por trabajo. Fue un viaje relámpago. De ida y vuelta. Sólo debía monitorear unos detalles que mi jefe de entonces despreciaba por flojera, generando mis malos deseos mientras le decía que sí, que podía viajar. Hoy que ocupo su puesto lo entiendo, y muy a mi pesar, lo imito de vez en cuando. Llegué de mal humor, sin dormir mucho y algo peleado con Luciana, y contaba con generosos viáticos que luego de un pálido almuerzo, un par de bolsas de chifles y un king kong, se me querían escapar de la billetera. Mi pasaje de regreso decía siete y media de la noche, y siendo las cuatro y diez, no tenía nada más que hacer. Llévatelo en la camioneta un rato para que conozca, le dijo mi contacto chiclayano a Carlitos, que me saludaba con respeto sin poder disimular del todo el rostro de reciente siesta.

Con el tiempo aprendí que en los viajes a provincias los empresarios, administradores, periodistas o chupes de oficina aprovechan para darle rienda suelta a sus instintos copulativos, y dejan el disfraz de maridos modelos para interpretar el patético rol del putero. En ese entonces no lo sabía, y me demoré en captar las indirectas de Carlitos. Acá la vida es barata, en Chiclayo las mujeres son fieles, es chiquito pero hay de todo, me decía; y la traducción correcta era: el polvo cuesta veinte soles, las hembras se prestan para todo y nadie se va a enterar de nada.
*
Llegué a un descampado espacio con pinta de escena de crimen montado en una Nissan cuatro por cuatro de llantas enormes pero silenciosas, siendo copiloto de un hombre que apenas conocía. Sólo me quedó confiar. Y efectivamente, el escenario se convirtió en el paraíso de los cherocas. Una pampa enorme, desértica, de donde emergían cuatro locales de dudosísima reputación con letreros huachafos y categóricos alusivos a night clubs. Aún no oscurecía.

Aquí el polvo te cuesta diez lucas, me dijo Carlitos. Aunque si chamullas lo rebajas a ocho. Pero la frutilla del postre la ofrecía el quinto local. Alejado varios metros del resto, aparecía “Las pocitas”, un espacio con pinta de hotel de tres estrellas, de esos que se convierten en cinco en provincias. Ahí, según Carlitos, la cosa era distinta. También es puterío, me dijo cuando ingenuo, le pregunté si un hotel así podía captar clientela tan cerca del pecado. Acá te cobran entrada, dos lucas cincuenta, y el polvo es más caro, te sale veinte soles.

Antes de mi aventura chiclayana jamás había acudido a un burdel. Ni siquiera en las épocas más duras de mi soltería había cedido a esa antigua modalidad. Mucho menos desde que encontré a Luciana, y ni en mi despedida de soltero caí en las garras de una fémina que cobra por rozar su cuerpo con más de cien penes al año. Mi excusa tenía mucho de ética y de responsabilidad por mi salud. Todo muy elegante. Pero gran parte de culpa la tenía el hecho de que por mi velocidad en la eyaculación, pagar 200 soles (lo que cuesta una puta más o menos agraciada en Lima) no salía para nada a cuenta.

A Carlitos no le di ninguna excusa, pero era obvio por mi pasmado rostro y por el hecho de que no dejé mi mochila en la camioneta, que nada iba a pasar. Le seguí la corriente rumbo al primero de los locales, mientras el crujir de los chifles en mi mochila fungía de banda sonora. El “Johana’s” tenía un amplio corredor por donde deambulaban los que bauticé como “despreciables”, muchachos misios y arrechos con pinta de experiencia en el arte de matar el tiempo en búsqueda de una puta bondadosa que les muestre algún presagio de sus servicios con un gesto o una travesura, para amenizar sus infames masturbaciones. También había clientes, pocos en realidad. Pasadas por centavos las cinco de la tarde, en Chiclayo y en cualquier parte, la gente con adquisición económica permanece en sus trabajos, así que las señoritas del “Johana’s” aprovechaban el rato para maquillarse, descansar o hablar por teléfono.

El “Johana’s” olía terriblemente. A sexo, a pecado, a cloro sazonado con espermatozoides disímiles. Y Carlitos lo atravesaba con natural familiaridad. Se acercaba a las chicas a consultarles el precio, les pedía “un poco más de información para el hombre”, señalándome, y ellas asentían mostrando indicios de sus vaginas sin afeitar o con frases que más que calentar, asustaban. Constaté que la información de Carlitos era verdad. Todas cobraban diez soles. Alguna te decía quince notando mi postura foránea, pero eran fáciles de regatear. Carlitos escogió a la que le parecía más agraciada y me dijo “ya, usted mismo es”, con un ademán de sostenerme la mochila. La chica no estaba mal en verdad, pero sin exagerar, si tenía DNI lo había sacado hace poquito. No tío, me voy a sentir un pedófilo. Con esa excusa safé.

*

Los demás locales no tenían nada distinto al “Johana’s”. Eso me dijo Carlitos, tal vez entendiendo que sería difícil convencerme. Volvimos a la camioneta con el pretexto de esperar las seis y media de la tarde, hora de apertura de “Las Pocitas”. Nos estacionamos cerca de la puerta y cada tanto veíamos llegar a las chicas. Eran considerablemente más agraciadas que las del “Johana’s”. Bueno, quedaremos en que eran el doble de mejores, por eso su cariño costaba el doble. Carlitos no volvió a insistirme, y giró la conversación a temas banales. Yo no lo escuchaba. Cambié de postura por la tentación, y sólo pensaba en que a aquella muchacha de piel canela, alta y bien despachada que aterrizaba en “Las Pocitas” la hubiese podido cortejar si la encontrase en una discoteca limeña. O que a la siguiente, un poco más baja y sin tantos atributos, pero sin duda más bonita, le daría un beso sin ningún tipo de inconvenientes. Carlitos me preguntaba por mi trabajo y si era mi primera vez en Chiclayo, y yo pensaba que a razón de mi fugaz primer round, 40 soles sí podía gastar.

En esas estábamos hasta que de pronto las frases de Carlitos me cautivaron, y pesaron más que mis hormonas pecadoras. Era un hombre entrañable. Jocoso y humilde, pícaro e indagador. Me preguntaba por Lima. Por el precio de la comida, por la calidad de los burdeles. Y sin preguntarme nada íntimo, me aconsejaba casi paternal. No te cases, no tengas hijos aún. Aprovecha tu juventud. Yo volvía a pensar en Luciana y en todos los planes que teníamos, tan fuera de aquello de aprovechar la juventud.

"Yo tengo una hija", me dijo Carlitos, "pero cinco mujeres". Siempre me ha sorprendido la manera de afrontar la fidelidad en algunas personas. Tal vez mi círculo sea el más aburrido de todos, pues aunque se hable de otras chicas y de las ganas de palpar otros cuerpos, no tengo amigos infieles. Y he sospechado que aquel que confiese ese pecado será vitoreado al inicio, celebrado con salud y palmaditas de hombro, pero luego confrontado y criticado en silencio. Pero estoy seguro que en sectores sociales distintos al mío, en círculos de amistad como el de Carlitos, la trampa es parte de la vida diaria. Estás en nada si no tienes una amante. Aún así, asumo que tener cinco es algo fuera de lo común en todos lados.

Varias veces me he enfrentado a sujetos que exageran en sus anécdotas, y a simple deducción, Carlitos sería uno de ellos. Pero se encargó, luego de detallarme aspectos puntuales de cada una, de comprobarlos con llamadas a sus celulares. Descontó a su mujer, a ella no le marcó el teléfono. Habló con la trampa más antigua y con el altavoz encendido, le pidió perdón por no poder visitarla. Llamó a la que trabajaba en un colegio, y le comentó que le había gustado mucho el restaurante en el que cenaron la última vez. Se excitó charlando con su última conquista, quedando con obscenidades que ella no dudó en responder con similares frases, en un encuentro íntimo esa misma noche. Y se peleó con la más joven de todas, chica que tenía 29 años y que según Carlitos, era su amante desde los 17. Ella es la más jodida, me dijo luego de colgar.

Pensé en la mujer de Carlitos. Con qué detalles llenará su existencia para vivir la historia desde el otro lado sin darse cuenta. Carlitos me decía que jamás lo había ampayado. Que él sabía cómo hacerla. Y yo pensaba en la reacción de Luciana si siquiera se enterase de mi presencia en el “Johana’s”. No había espacio en mis temores para visualizar su rostro al descubrirme con mi eventual amante. ¿Podría perdonarme una canita al aire? ¿Yo podría manejar una doble relación? ¿Y una quíntuple? Somos hombres, ¿no?, tenemos necesidades, me decía Carlitos.

Todas las palabras de mi nuevo amigo me llenaban de dudas. La vida es una sola, me decía, al final te vas a morir de viejo y vas a decir “tanto tiempo me pasé con esta mujer, tanto hice por mis hijos, ¿para qué?”. Yo pensaba en la escasa lista de mujeres que adornaban mi carrera de pingaloca. Y me preguntaba si acaso la manera de vivir de Carlitos, alejado del estrés del trabajo, con un sueldo pequeño, pero con el carisma suficiente para tener un hogar y cuatro amantes no era el verdadero objetivo de la vida. También en Luciana, en que jamás le había sido infiel, en que llevaba junto a ella seis años y medio. Y sazonado por el momento, con el rabillo del ojo miraba a las chicas que se aproximaban a “Las Pocitas”. Ya en el colmo de la enajenación, imploraba por que Carlitos me lleve de regreso al “Johana’s”.
*

Minutos antes de que den las seis y media, una llamada volvió a colocar a Carlitos en su rol de chofer con desidia constante. Había olvidado hacer unos envíos y debía regresar. No pude conocer “Las Pocitas”. No importa, le dije a Carlitos, igual no iba a pasar nada. Un pisotón típico de niño con rabieta golpeó a mi mochila, y el crujir de los chifles actuó como el sonido de mi conciencia. Será mejor así. Volveré a Lima con mis viáticos enteros y saldré a comer con el amor de mi vida.

Y a todo esto chochera, dijo Carlitos finalmente, ¿tú cuántas mujeres tienes? Cuando le dije que sólo me conformaba con una, su respuesta me descuadró: si yo con esta cara tengo cinco, si me prestas la tuya yo llego a veinte.

Al llegar a Lima decidí olvidarme por completo de mi aventura en los burdeles. Aún sin pecar, no me parecía algo digno de contar, y no lo comenté ni con mis más cercanos amigos. Semanas después Luciana me dijo que estaba embarazada, y fue más fácil alejar de mi memoria a Carlitos, al “Johana’s”, a “Las Pocitas” y a los olores terribles que adornaron mi estadía chiclayana.

Jamás volví a un burdel. Mi hija se volvió lo más importante de mi vida y ni siquiera el fracaso de mi matrimonio me alejó del amor y de las ganas de contemplarla. He pasado algunos meses solo. No he tenido que rendir cuentas a nadie desde que Luciana dejó mi hogar. He tenido contacto con otras mujeres pero no es lo mismo. Compararía la acción con el imaginario de mi cuerpo en “Las Pocitas”. Polvo y a cobrar. Vacío y vacío.

No quiero dar marcha atrás, pero es duro. Sólo cuando reaparecen las dudas, vuelve Carlitos a mi memoria. La infidelidad ocurre cuando menos lo pensamos y de la forma más inesperada. ¿Habrán ampayado a Carlitos? ¿Con qué mentiras seguirá manteniendo su hogar? ¿Tenía razón en todo lo que me dijo? ¿Cuáles son las armas para ser un infiel empedernido? ¿Si lo fuiste una vez, lo serás siempre? Y retumban en mi cerebro llamadas misteriosas cerca de las once de la noche, cancelación de planes a última hora con excusas de trabajo extra, frialdad extrema en la intimidad. Confesiones y llantos. Y me pregunto si mi amigo chiclayano podría conquistar veinte mujeres con mi cara, aún si se entera que no seguí sus consejos. Y tuve que morderme el orgullo, y por temor a no tener siquiera una, acepté el perdón.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Cuatro gallos (F)

Un cuentito después de tiempo. Para los hermanos Saco. Los míos. Mis gallos.
Aquel día Chirozo y Manotas no quisieron pelear. Rechazando las leyes explícitas, se observaron breves segundos y dirigieron sus pensamientos hacia el infinito. Era mi primera vez en un coliseo para peleas de gallos. Un debut pacífico, pensé. Surgieron breves silbatinas. Los separaron. Los hicieron “pechar” con la danza infalible del pico a pico. Pero nada. Se pidió disculpas a la concurrencia. ¿Cada cuánto ocurre esto?, pregunté. Nunca, me dijo Guillermo, que para ese entonces refunfuñaba y casi déspota, anulaba todo compromiso futuro con el apostador que había elegido.

Guillermo nos había insistido tiempo atrás. Vamos, se van a divertir. Por fin habíamos coincidido ese sábado, y éramos una vez más nosotros, como hace tanto. Aldo y Manuel me habían convencido. Van unos hembrones, me dijeron en dos mails por separado. Yo imaginaba que en las peleas de gallos me podría encontrar con cualquier cosa menos con hembrones. Todo lo demás estaba ahí, como en mi imaginación. El criollismo, la tradición. La música en vivo. Las apuestas. El sello del vicio, colorado y de ojos inyectados, en los gestos de los conocedores. Y cómo no, el trago. Aldo y Manuel andaban con sed. Fuera de acá, dijeron cuando Guillermo sugirió esperar hasta la pelea siguiente. Segundos después teníamos una botella de pisco a nuestra merced. Cuatro gallos, decía la etiqueta. Vaya nombre. Quién pudiera tener la dicha que tiene el gallo. Salud, compadre.

Cada encuentro de los cuatro era un triunfo desde hacía algunos años, cuando la vida se había puesto seria, y el dinero, el trabajo y las mujeres nos habían alejado. No podíamos hallar entre las primeras carcajadas la fecha exacta de nuestra última vez. Yo tenía una hipótesis, pero preferí callar. Lo concreto es que éramos amigos desde siempre, y cuando estábamos juntos nos olvidábamos de interpretar los roles que nos había asignado el destino. Aldo no era más el payasito de su grupo de trabajo. Manuel no tenía que ensayar aquellas posturas importantes frente a los clientes de la empresa de su padre. Y Guillermo dejaba de vender, de exagerar, de mentir para ganarse el pan de cada día. No recordábamos detalles de nuestro último encuentro, generalmente bañado de risas, apodos y una que otra confesión, pero tenía la certeza de que esta vez el más necesitado de aquello era yo. Llevaba un mes sin empleo desde que la revista a la que le dedicaba mediocres artículos me había mecido por tercera vez en cuanto al aumento del miserable sueldo que me pagaban, y no tuve más alternativa que renunciar. Dignidad le dicen. Las pelotas. Andaba con la moral por los suelos, sin mucho por ofrecer y con la sospecha de que Mariana me había perdido la fe.

Los siguientes gallos se diferenciaron totalmente de Manotas y Chirozo. Tanto que no tuve ni tiempo de memorizar sus nombres. Las peleas de estos animales duran realmente muy poco, escasos segundos vibrantes que de vez en cuando regalan a la multitud rastros de sangre. Parece que los gallos de pelea se atacan por instinto. Basta que sientan la presencia de un similar para empezar a pelear. Llevan cual prótesis una eficiente navaja, el arma mortal. Y todo concluye cuando el gallo derrotado (muerto) entierra el pico. En muchas peleas el vencedor deja de existir segundos después de su triunfo, y en pocas ocasiones, el triunfante logra permanecer entero para participar en otra pelea. Guillermo era el único especialista. Las apuestas corrían mínimo desde 50 soles y él se había adjudicado ya 200. Como en todo ritual en el que influye el azar, había que tener cierto tino para no perder por goleada. Poco a poco, sin siquiera hablar, nuestro amigo nos estaba incentivando a participar, a dejar de lado las apuestas internas que en su pico máximo de emoción, llegaron a cinco soles. Para ese entonces el gallo que más quería era el de nuestra botella. Sentí que me estaba emborrachando mucho antes que mis amigos. Debe ser el estrés, pensé. Y los observaba eufóricos ante las maniobras de los púgiles con plumas, interrumpiendo su rictus únicamente para contestar las llamadas de sus mujeres.

A mí Mariana no me había llamado. Tampoco me había puesto peros tras comentarle la posibilidad de salir un sábado por la tarde sin ella y a beber alcohol. Cosa rara. Mis tres amigos sí tuvieron complicaciones. Aldo hasta tuvo que mentir. Más tarde, cuando las peleas hayan declarado al campeón y el pisco nos embarcase a la conversación sincera, hablaría de mi trabajo y del dolor por un ingrato futuro económico. Me darían consejos y tal vez propondrían algún contacto. Cholo, ya sabes que si necesitas billete, pídeme nomás. Hubiese preferido hablar de Mariana. Les hubiese comentado a mis tres gallos el tiempo que llevaba sin hacerle el amor, sus gestos forzados al hablarme, su escasez de compromiso, su poca similitud con la mujer que me había hecho pensar en el para siempre.

En las peleas de gallos sí hay hembrones. No sé bajo qué criterio acuden en masa a ese lugar tan ajeno a las discotecas en las que terminarán la noche. Lo cierto es que, sin exagerar del todo, en el coliseo podemos encontrar casi un desfile de modas. Todas acompañadas de grandes grupos de hombres de la clase más alta de la capital, atiborrándose de cervezas y convirtiendo el palco preferencial del lugar en una connotación de un after party de concierto de lujo. En algún momento de la jornada nos dirigimos hacia allí, a contemplar a las chicas. Ese era, según los mails de Aldo y Manuel, nuestro propósito principal de la actividad sabatina al fin y al cabo; y con el pretexto de comprar unas cervezas, iniciamos el patético espectáculo que suele ofrecer un grupo de cuatro ex chiquillos que ni siquiera por la experiencia y el garbo que ofrece una billetera con tarjetas de crédito son capaces de confrontar a una dama. Nuestros ojos destilaban pisco y excitación. La antítesis de lo que necesitaba cualquier mujer en ese momento.

Pero hubo algo que me empujó a cambiar la historia. Quizás el hecho de creerme por primera vez aquello de “no tengo nada que perder”. Tal vez el velorio en el que se hallaba mi celular. O el vértigo que ofrece una pelea de gallos. Y es que el cortejo tiene similares desenlaces, hay un perdedor y un sobreviviente, o en el peor de los casos, la indiferencia de Chirozo y Manotas. Escogí a una linda chica, lucía un saco verde y la sonrisa perfecta. Pude haberle dicho cualquier cosa pero para la anécdota quedarán frases como mi papá cría gallos, es el santo de una amiga y no, no tengo novio. Mis tres gallos observaban más allá cómo un beso en la mejilla aparentaba el triunfo del cuarto, el más necesitado de gloria, que se selló un rato después con un salud a lo lejos que se prestaba para todo tipo de interpretación. Hubo varios picotazos de envidia.

Para una de las últimas peleas, entre Aldo, Manuel y yo juntamos 50 soles y apostamos, tercos, en contra del gallo que eligió Guillermo. Perdimos, y contrapesamos la desazón embutiéndonos un par de sánguches de lechón y una porción de anticuchos. La noche aún tenía camino por ofrecer y cada uno un plan distinto junto a sus parejas. No nos veríamos hasta dos semanas después, cuando los convoqué para darles la noticia. Esa noche Mariana me recibió en su casa sin variar su indiferencia. Odié a Chirozo y a Manotas. Pensé en los sobrevivientes y en su dañado futuro. Y quise enterrar el pico, pero quién pudiera tener la dicha que tiene el gallo.

martes, 3 de febrero de 2009

Homenaje tardío al amor invisible (F)

A mi adolescencia. Tortuoso y entrañable romance.
Es curioso y hasta criticable, pero creo estar en la capacidad por fin, de afirmar que las palabras que adornarán mi siguiente frase le darán vida a nuestra última conversación. Y sonará en el resto rarísimo porque jamás hemos hablado. Pero te lo digo con certeza pese al temor: Te he olvidado. Sí. Mi alma ha sucumbido a la llegada del anticuerpo exacto, y ya tu presencia no genera en mí esa maldita danza de abejas en el pecho. Ni el sudor de manos. Tampoco la añeja sentencia de que no serás mía, y ese pesar infinito que me mandaba cuesta abajo, a conversar con mis demonios.

Nos ha recibido por separado un antro cargado de almas indiferentes, y ya no estoy solo. Fiorella está a mi lado y también su anillo y la fecha tatuada: en un mes. El ambiente despide una melodía conocida y ambas danzan al ritmo. Alterno las pupilas. Son segundos interminables. La maquillada conclusión me reconforta. Será mejor así. Hoy llevo una camisa elegante escogida por Fiorella. Han desaparecido los deslucidos polos del colegio que un par de veces por semana nos depositaban a ti y a mí en la misma casilla. Ya no tengo que actuar de polizonte en las fiestas amparado en la tibia cerveza que no me empujaría a saludarte. Ahora tengo con quién bailar. Tu mirada, por otro lado, sigue siendo ajena a la mía, pero considero injusto que ignores lo propia que fue todos estos años mientras inventaba nuestra historia. Ya no sufro (eso creo) y te la quiero contar.

El primer amor también puede ser platónico, me defendía así cuando hablaba de ti con mis amigos. Y lo sigo creyendo. Pero es curioso cómo la manera de querer a una persona aumenta proporcionalmente con la incapacidad de querernos a nosotros mismos. Así mientras sonreías con los ojos exactos y tu armadura roja, yo me cuestionaba hasta los codos. Y tu distanciamiento constituía algo parecido a la depresión. Esto me trajo desventuras. Mi corazón, porfiado, moldeaba a menudo discursos que me llevarían a tus brazos. Al menos a tu mirada, a tu atención. Jamás los puse en práctica. Todo era lamentos. Oda a la resignación. Al desprecio unipersonal. Hasta en mi inconciente te me hacías imposible. Qué duro era soñarte y al despertar, por unos seis o siete segundos, preguntarme: ¿fue de verdad?

Fuiste el punto de partida. Tu piadoso desprecio, un molde. Me amparé en el retraimiento, en la soledad. Y mi introspección le fue dando dotes de inalcanzable a tu retrato. Eso se trasladó también a los demás. Siempre se me hizo difícil ligar, por ejemplo. Llegué a sentir a todas las chicas bonitas con tus ojos. Esos ojos que sin importar el color, serían indiferentes a mis movimientos. Entonces, aunque jamás me permití volar tan bajo, arribaba a la batalla con el score en contra. Y eso tuvo repercusión, qué duda cabe, en mi personalidad.

El ritmo de mi vida lo ha marcado la incertidumbre de sacarte a bailar en la fiesta de fin de año. Mi existencia es ese inmenso salón de baile, y yo sigo inventando excusas para permanecer sentado. Desde ti, no he podido con las frustraciones. Prefiero encerrar con siete llaves a la ilusión, no sacarla a flote. Pese a eso el destino me ha protegido. Pero estoy seguro, pude haber llegado más alto si hubiese prevalecido el valor en mayores ocasiones. Después he tenido una vida, asumo, como la de cualquiera a mi edad. Me he involucrado en tres relaciones. Fiorella es la última. Tuve sexo desde mi primera chica. Fui un celoso y llegué a amar. Me dejaron. Sufrí como un condenado. Me obsesioné con la segunda. También me dejó. De ella no me despedí bien. Fui cariñoso e infiel, y me escudé siempre en el pesimismo: ellas también me lo deben hacer. Seguro así fue.

*

Nos seguimos encontrando un par de años después del colegio pero la distancia nunca dejó de alargarse. Incluso sé que te enteraste de mi relación con Sofía, mi primera novia. Ella frecuentaba más o menos tu círculo en ese momento. A veces pensaba que aquello te podía afectar. Que al menos un rasguño te podía originar en el ego. Hoy no me importa. Luego supe de tu alejamiento del país. Divorcio de tus padres, contaban las malas lenguas. Qué extraño, nunca conocí a tu papá. Jamás revelé el secreto de tu belleza en tu madre. Me dijeron que tu destino fue Miami. Otros por ahí Canadá. Preferí imaginarte en un lugar más interesante. Barcelona, París, Londres. Acaso Buenos Aires. Y serías escritora o cineasta. Tal vez para contrarrestar de alguna manera mis frustraciones.

Yo no me fui nunca. Me quedé acá. Mis planes de vivir afuera se diluyeron a la par de mis sueños de ser escritor. Sin pedirme permiso. Acabé la universidad algo tarde, pero casi al instante conseguí un trabajo. Y luego otro, donde me encuentro hoy, cobrando un sueldo mezquino pero mucho más digno que mi esfuerzo. Mi estatus no es un problema para Fiorella, y la amo por ello. Que una persona se atreva a surcar los usurpadores mares del destino conmigo es un halago valiosísimo, como comprenderás.

La ventaja más importante de la separación en nuestra historia estuvo en el hecho de que jamás te noté cerca de algún enamorado. Y no tuve que lidiar con la desagradable escena de un beso. Construir en cambio un personaje fue más fácil (acaso tú también lo eras). Tenía la posibilidad de moldearlos para que siempre sean superados por mí. Mis defectos, ahora sí, pasaban a un segundo plano. Pensaba en que jamás hallarías un hombre capaz de tratarte como traté a Sofía. Lo mismo con Daniela, mi segundo amor. Nadie aguantaría tus angustias ni les daría solución incluso perjudicándose a él mismo como hice yo con ella. Nadie te ofrecería la enigmática seguridad que despliego en Fiorella, y a ningún hombre le dirías, como ella, que deseas que tus hijos lleven su apellido. En mi reparto, nadie sería capaz de quererte como lo mereces. Sólo yo.

Cuando los años pasaron y la pérdida de la virginidad fue inevitable (a tu caso le adjudiqué la edad de 20 años, ¿exageré?), simplemente lo asumí. Jamás en mi vida, ni en los momentos más fuertes de mi idilio, proyecté una escena tuya teniendo sexo. Si supieras lo alto que puede volar mi imaginación, tomarías aquello como un piropo. Eres quizás la única mujer a la que no he imaginado en la cama. Pero si me pides un esfuerzo, también te digo: nadie como yo.

*

Lo que vivimos en la adolescencia marca nuestra vida y tu llegada sacudió la mía. De tal forma que me costó muchísimo reacomodarla. En el camino experimenté de todo y me quedé con algunas cosas que hoy son adicciones. Me he sometido a ellas aunque a veces se me escapen de las manos. Soy casi un hipocondríaco y le temo a la muerte, siempre creo estar cerca. El insomnio es mi condena. Acaso es el miedo al futuro, al nuevo día. He tratado siempre de encontrar respuestas como lo hacía en el colegio, sin mayor esfuerzo y deseando que el recreo ofrezca la dosis justa de respiro para seguir cuestionándolo todo. Así se me fue el tiempo.

Ahora estoy a un mes.

Te he vuelto a ver. Y pese a este antro reproductor de sudores y sonidos estridentes, tu belleza sigue intacta. No así tu aura. Los años sin contemplar tu rostro y los golpes en mi calendario quizás me obligan a catalogarte como ajena. Ya no eres la misma pero eres igual. La música golpea y llevo de la mano a Fiorella. Te observo de lejos y me parece increíble que estés allí, tan cerca; y más increíble incluso que seas justo tú, dentro de un mar de mujeres hermosas, la única que engendró aquellos sentimientos.

Lo repito, te he superado. Pero quién sabe, quizás la verdad es que por mi condición, pese a la fatalidad de antaño, me he resignado por primera vez a que jamás te tendré. Tal vez dentro de mis complejos y mi timidez; dentro del escondite de mis ojos cada vez que te tenía cerca, guardaba una esperanza. Hoy se ha diluido. Así ha tenido que ser. Estoy listo para tomar otro rumbo, para que mi nostalgia, ese mal incurable, sea como diría un escritor que admiro: una nostalgia por el presente. Y el pasado seas tú de la forma en que hoy te observo bailoteando a diez parejas de distancia: una huella prohibida.

Eso sí, te ruego, al menos como retribución a todo el tiempo que has estado en mi cabeza, que te alejes. Que tu aguda mirada no se vuelva a cruzar con la mía y no me saludes ni con las cejas. Que dejes en casa esa bendita armadura roja con la que me conquistaste hace más de una década. Y que mi nombre siga siendo para ti un punto oscuro dentro de un cuadro abstracto. De lo contrario, no sería raro que mis demonios retomen la batuta de la conversación y me devuelvan a los dieciséis años, cuando el anticuerpo era aún una quimera. Cuando no había cuentas que saldar ni partes por entregar. Y la música se haga precisa en un salón mucho más íntimo que este que me dibuja la última escena de tu sonrisa. Porque esta vez, te juro, sí te invito a bailar.

martes, 18 de noviembre de 2008

Simulacro (F)

Este cuento no tiene ninguna dedicatoria en especial. Como siempre que escribo largo, lo dedicaré a todo el que se de el trabajo de leerme hasta el final.
Habían pasado unas semanas desde la última réplica, pero Camila aún no podía dormir en paz. Su cuarto, separado apenas por un pequeño baño del de sus padres, no volvería a tener la puerta cerrada, y la distancia se le tornaba eterna cada vez que su memoria la retrocedía a la noche más espeluznante en sus siete años de existencia. Y volvían el miedo, la angustia, la claustrofobia; la voz de su madre diciéndole “ya vuelvo, no demoro”; los alaridos de Vicky, la empleada del hogar, al borde del desmayo; la ventana del balcón estallando. La hora y media que insistió marcando los números celulares de sus padres hasta que aparecieron, casi en simultáneo, desde rumbos distintos.

Roberto y Luciana tuvieron a Camila tres años después de su casamiento. De los veintiocho no paso, le había advertido Luciana, y Roberto, aceptado como si las fechas no le importasen, pero sabiendo que treinta y dos era un buen número para convertirse en padre, y para dejar por fin, de jugar a la adolescencia. No deseaban un hermano para Camila, y eso había engendrado una dulce niña, hermosa. Pero engreída como pocas y en ocasiones, asustadiza. El día del terremoto la pareja tuvo una fuerte discusión. Olvidarían rápidamente lo que desencadenó la batalla pero ambos intuían de qué lado se producían las balas. Lo último que recordaba Luciana antes de que la tierra jugase al fin del mundo en gran parte del Perú, era su insistencia para ubicar a Roberto mediante el teléfono, y la manera en que aborreció la casilla de voz. Al llegar al hogar, ambos abrazaron un largo rato a su hija, que no cesaba en llanto. Luego se miraron casi con ternura, con complicidad afectiva. Esa noche la pasaron los tres en la habitación de Camila haciendo caso omiso a las noticias. Habían vuelto, al menos en apariencia, a ser una familia.

Luciana no volvió a saber nada de Laura, una antigua amistad, hasta cinco días después del terremoto. En ocasiones, cuando el pesimismo se apoderaba de sus pensamientos, imaginaba cómo sería su reacción, cómo se enteraría, con quién lo haría incluso. No intuyó jamás que sería Laura la intermediaria entre la aparente calma de su mundo y la tormenta de la realidad. No imaginó que una amiga a la que había aceptado casi a imposiciones por gente común, y por la que tenía escondida antipatía, la citaría en un café para comentarle con fechas y datos concretos que su marido la estaba engañando.

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“Mi mami ha estado llorando”, le dijo dos días antes del terremoto Camila a Roberto. Y ese fue el primer indicio de una inminente hecatombe para él. Había llevado hasta el momento con cuidado la relación. Citas en hoteles clandestinos, en cafés pocos concurridos por la gente de su entorno. Llamadas siempre desde el número de la oficina, regalos de cierto lujo cada vez que Claudia dibujaba entre líneas el “hasta cuándo”. Luciana no era ninguna tonta, pero Roberto sabía que la credibilidad y la confianza eran adjetivos profundos en su relación, y que su larguísimo camino como hombre fiel le permitía ciertos privilegios. Llevaba casi nueve meses saliendo con Claudia, una bella mujer que no llegaba a los veinticinco años. Roberto no supo qué decir ante las palabras de su hija. Esbozó un ya se le pasará, o quizás un la llamaré para preguntarle qué tuvo.

Desde la cita con Laura, Luciana no sabía cómo afrontar sus días en el hogar. La rabia y el odio cambiaban sus fichas por una gran incertidumbre. Conocía amigas que habían pasado por lo mismo, y el epílogo en esas situaciones era siempre el divorcio. No tenía ningún ejemplo sobre una mejora en sus vidas. Al contrario, mucho psicoanálisis, uno que otro viaje ineficaz, pérdida del estatus social. Recordaba claramente cómo le sirvió de escudo a su prima Mariela cuando Raúl, su esposo, la abandonó por su secretaria, y se le habían quedado casi tatuadas en la memoria unas palabras que reaparecían en sus pensamientos: no sabes cómo me duele que otra persona, una extraña, sea la que decida a partir de ahora mi futuro, el futuro de mi familia.

Y así sería. Roberto se iría con su amante, y dejaría en el hogar que moldearon juntos tanto física como espiritualmente durante una década, el crecimiento de su hija, acaso la condena hacia la imposibilidad de un alejamiento, y el imán que los llevaría a envejecer juntos pero separados.

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Atando cabos Roberto llegó a la conclusión de que su esposa llevaba más tiempo procesando la noticia. Que el llanto era una secuela de algo duradero. Las últimas semanas las habían surcado con poco sexo, algo fuera de lo común en su relación, y las cotidianas riñas venían cargadas de frases que fuera de ser impulsivas, parecían premeditadas en Luciana. Por otro lado, él había dejado pasar mucho tiempo las preguntas. ¿Aún la amo? ¿Me estoy enamorando de Claudia?

La relación con Luciana se enfrió desde el nacimiento de Camila. Como suele pasar con las buenas personas, la hija era lo más importante. Acaso lo único importante. Y le habían dedicado su vida. Literalmente. Cada vez que tenían una conversación fluida, era por ella, y las veces que homenajeaban su amor con la felicidad de aliada, era para celebrar un destello de su mágica existencia. Una buena libreta, una impecable presentación en una clausura, el hecho de que había sido sin dudas la más linda de un santo infantil.

Pese a ello Roberto jamás contempló la posibilidad del adulterio. Fue en una fiesta de fin de año de la empresa en la que trabajaba con éxito desde siempre, cuando conoció a Claudia. Daniel, un colega suyo, lo había casi obligado a bailar con ella, que venía con el cartel de ser amiga de algunas de las chicas de ventas. Esa noche se desbordó de placer al sentir tan cerca una imagen así. Claudia podía pasar como esas mujeres a las que Roberto volteaba a mirar suspirando para sí mismo la imposibilidad de alcanzarla. Y conforme corrían los tragos y el whisky se apoderaba de su entrepierna, imaginaba esos pechos, apenas protegidos por un atrevido escote negro, cerca de sus labios. Claudia olía delicioso. Un aroma indescifrable. Un aroma que no era de Luciana, ni de su rutina, ni de sus músculos adentrándose cada vez más al mar de los cuarentas.

Un par de años antes, Luciana había decidido, o se había resignado, a una relación para toda la vida. Era de las personas que no creían en los para siempre, y dejaba una luz de duda a todo lo que se le tornaba positivo. Pero observándose al espejo de la vida notó que el tren se le estaba pasando. Que no sería jamás la sensual mujer que conquistó a Roberto y por la que se tuvo que comer incontables escenas de celos. En silencio, Luciana opinaba como la mayoría, “es una mujer mucho más guapa que su marido”, y eso le había permitido algunas licencias en la flor de su relación, cuando enamorados. Roberto siempre babeó por ella. Y Luciana lo aceptó un poco por su inteligencia y su nivel económico, y otro tanto porque era tiernísimo con ella.

Había una evidencia esta vez. Ya jamás podría olvidar a Roberto. Jamás superaría su partida. Jamás aparecería el hombre que babee por ella ni el tierno. Tampoco el millonario capaz de comprarla al menos materialmente, alejando de su cerebro el proscrito dilema de volver a trabajar. Las cosas cambiarían, pero qué más daba, no estaba dispuesta a mostrarse ante el mundo, de la noche a la mañana, como una “cornuda” más.

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Camila andaba preocupada. Le habían dicho en su colegio que habría un simulacro para saber qué hacer y cómo reaccionar ante un posible terremoto. Le dijeron que al día siguiente, a las once de la mañana, se detendrían las clases y todos deberían actuar como si la tierra estuviese sacudiendo sus certezas. No dejaba de pensar en ello, quería tener a sus padres cerca. O al menos que le permitan llevar un celular para marcar sus números desde antes, porque así sí entraría la llamada. “¿Va a haber otro terremoto mami? ¿Cómo es eso del simulacro?”. Luciana le había explicado con la cabeza en otro sitio lo que ocurriría, pero Camila no quería saber nada con terremotos ni temblores ni réplicas. Que se vayan con su simulacro a otra parte.

Luciana tampoco quería más remesones, y decidió enfrentar a su marido. Ese mismo día, cual detective cumplidor con creces de una misión, Laura le mencionó por teléfono que estaba completamente segura. “Se llama Claudia, es una conocida de las hermanas Gutiérrez. El hijo de Marisol trabaja en un casino cerca de un hotel en Angamos, y los ha visto salir varias veces de allí”. No había marcha atrás. Por fin la villana tenía nombre. A partir de eso sería más fácil martirizarse el cerebro averiguando hasta sus notas en la primaria. El blanco en el que depositaría sus nocivos y malintencionados dardos tendría ya una foto.

Desde el terremoto, Roberto había vuelto a ser el esposo preocupado y afectuoso. Algunas tareas reservadas para Luciana, como levantar cada mañana con cariño a Camila o llegar de vez en cuando a la casa con algún postre, las había tomado él. Por primera vez en la vida, el trabajo había dejado de ser lo más importante. La culpabilidad lo abstraía de sus obligaciones. La última noche que pasó con Claudia le dejó un sabor agridulce. Nunca más, llegó a pensar en algún momento. Pero, ¿cómo terminar con el asunto? Nueve meses es una eternidad cuando se esconde el corazón, y las palabras a veces son arpías. Te amo, le llegó a decir a su amante alguna vez.

Como siempre, Camila volvía a apoderarse de su mundo. Era una mala época para noticias de alejamientos. La niña no había vuelto a ser la misma desde el terremoto, y a partir de ello, la toma de decisiones era para Roberto un poema al “stand bye”. Lo que sentía por Luciana no había variado desde la aparición de Claudia, y eso le generaba la sensación de eternidad para su actual estado. Tal vez era el descaro, o los vientos helados de la rutina, pero podía mirar a los ojos a su esposa. Podía bromear con ella de vez en cuando. Y con regular frecuencia, penetrarla por las noches de la manera en que ella más lo disfrutaba.

Una llamada telefónica de Luciana trajo consigo lo evidente. Su voz sonaba áspera e irreverente. ¿Cómo se había enterado? ¿Qué detalle había dejado olvidado? “Necesitamos hablar”, le dijo su esposa. Y Roberto contestó como el que se sabe derrotado, sin pedir adelantos ni insinuaciones. Dejó para otro momento la llamada a Claudia y trató de ensayar su repertorio culposo ante Luciana. ¿Qué decirle? ¿Negar todo? ¿Voltearle la torta? “Cómo puedes desconfiar de mí”. ¿Y Claudia? ¿Aceptaría tan fácil la cosa? “Ya no nos podemos ver más”. Hasta se imaginaba en una película estilo Woody Allen en la que el marido arrepentido decide regresar con su mujer y tiene que lidiar con la obsesión y el chantaje de su amante. “La creo capaz”. Además, no iba a ser tan fácil deshacerse de ella, lo tenía agarrado desde la parte más frágil y menos pensante del hombre. Roberto no llegó a una clara conclusión.

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Luciana se armó de valor y lo esperó en la entrada del hogar. Tenía preparadas de antemano sus palabras. Empezaría probándolo, “¿quién es Claudia? ¿Por qué te ha llamado a la casa? ¿Cómo conoce el número?”. Si notaba cinismo, alzaría un poco la voz, “no te hagas el idiota. Ya sé que te encamas con ella en un hotel en Angamos”. Luego, lo sabía, aparecerían las lágrimas y su voz se resquebrajaría hasta matarlo de la pena, para luego sentenciar: “Quiero el divorcio Roberto. Es lo mejor”. Sus palabras finales tendrían a Camila como protagonista. “Sólo los fines de semana y sin esa perra”.

Roberto, por su diálogo interpersonal, demoró un poco más de lo debido. Y tal vez para alargar la agonía, se apareció con una pizza. Eso desconcertó un momento a Luciana. Camila lo sintió llegar y salió de su cama. “¡Qué rico! ¿Puedo?”, dijo contenta. “Sólo un pedazo porque sino no puedes dormir”, dijo Luciana. “Lo que diga tu mami”, sentenció Roberto. Ya sentados en la mesa y luego de traer los platos, vasos y cubiertos respectivos, la intranquilidad se apoderó de la mujer. Quería expulsar su mierda de una vez por todas. “A dormir Camila”. “Yo la acuesto”, dijo Roberto, y Luciana lo interceptó con seriedad: no, tengo que hablar contigo.

Antes de darle rienda suelta al discurso, una sensación extraña se apoderó de Luciana. Sintió un ligero mareo y sus extremidades empezaron a actuar sin su permiso. Eran los nervios, la rabia, la tristeza. Su mente había estado todo este tiempo preocupada en confirmar una verdad explícita, y su cuerpo recién empezaba a procesar aquello. Ahora tenía enfrente a Roberto, era el mismo pero distinto. El que la conquistó años atrás con una ternura mágica, tan desemejante de la de sus ex hombres, ahora cargaba vacío en sus ojos, ese aura alejado de los prescindibles. Lo observó fijamente y sin saber cómo, sus labios empezaron a actuar: “Estoy embarazada”.

Roberto reaccionó con inusitada alegría. Había escondido los nervios muy bien, pero aquello fue un desahogo. Le acarició la barriga y hasta dio la impresión de acandilar el rostro. “Lo estaba esperando tanto”, le dijo al oído. “Qué buena noticia”. Se abrazaron largo rato y volvieron a besarse como en mucho tiempo. Luego Camila llamó desde su habitación a Roberto. “La duermo al toque mi amor, voy pronto al cuarto”.

“Papi, ¿Qué es un simulacro?”. “Ah hijita, es para saber cómo reaccionar ante un terremoto”. “Pero, ¿va a haber otro terremoto mañana?”. “No hija, un simulacro es un terremoto de mentira. No va a haber un terremoto nunca más”. “¿Me lo prometes?”. “Te lo prometo”, dijo Roberto, y le dio un gran beso a su hija. Se quedó con ella unos segundos acariciándole el cabello. Un alivio profundo acaparó su mente para luego volver a Claudia, y a sus senos, y a su forma de tocarlo, y al aroma de su lengua y de su sexo. Estaba listo para hacerle el amor a su mujer. Para embarazarla incluso. Le dio un último beso a su hija en la frente, y después de muchas lunas, le cerró la puerta.

viernes, 1 de agosto de 2008

En la playa (F)

El teléfono celular empezó a sonar y a moverse torpemente sobre la mesa de noche. Marisol fue a su encuentro. Notó en la pantalla el nombre de Javier, su esposo. Decidió no contestar apurada como siempre, y esperar hasta la quinta o sexta timbrada. Anticipaba el contenido de la conversación. Y efectivamente, Javier le diría que se le había presentado una reunión imprevista esa noche, y que al día siguiente, muy temprano, tendría otra. No tenía sentido llegar tarde a su casa de playa en el sur para tener que madrugar. Otra promesa incumplida. Era martes, y Marisol tendría que dormir sola. Una vez más.
Al cabo de un rato, Marisol notó que eran las nueve de la noche. Y que en su gran casa de playa sólo chismoseaban sus dos empleadas domésticas en el cuarto de servicio, muy al fondo. Luego de dimitir la bronca por la ausencia de Javier, extrañó a sus hijos. Daniel, el mayor, y el más afectivo, llevaba tres meses viviendo en España. Macarena, la segunda, trabajaba. Y Diego, el menor, alegaba que en la playa no había nadie de su edad, y que prefería pasar los días de semana de sus primeras vacaciones universitarias, en Lima. Marisol sintió ganas de llamar a alguno. Pero no lo hizo. Total, si ellos no me extrañan, no tengo por qué arriesgarme a una voz seca y a frases para inquirir, como sacadas con cucharita.
Su soledad se había convertido en una rutina ese verano. Su gran casa blanca, de terraza con vista al mar y pequeña piscina en el tercer piso era como un refrigerador en el polo norte. Marisol pasaba las mañanas en la playa, con su sombrilla y un libro que le servía de escudo para escapar de las otras mujeres. De la felicidad de aquellas. Con sus hijos pequeños y esas tareas que Marisol extrañaba, como bañarlos en el mar, hacer castillos de arena, comprarles helados con mesura. Las tardes eran para la televisión y la siesta. Tal vez una película en el DVD y la contemplación de su celular. ¿Quién se acordará de mí? Por las noches le daba rienda suelta a un vicio que Javier detestaba en ella. Buscaba entre sus cajones más escondidos una lata que antiguamente había servido de envoltura a unas galletas riquísimas. De su interior extraía un papelito delgadísimo y algunas ramas verdes. El encendedor y a alejarse del mundo.
El fuego en el cuarto, por el viento. Una larga bocanada. Otra pequeña. La tos. Cinco pitadas más. Un incienso. Incrustado en la maseta. La noche. Linda. De lo que se pierde Javier. ¿En qué andará? No hay nadie a esta hora. Sólo se escucha el mar en evidente marea baja. ¿La tele? Alguna película. Me aburro. Silencio. ¿Cómo era? Pérdida de memoria, bochornos, sudor, cambios de humor. ¿Sequedad? Por Dios, no. A todo esto, ¿ya es mucho tiempo sin sexo? Ya se viene abril. ¿Una gran fiesta? ¿Para qué? El tocador. Sí, aún hay mimosas.

Ya no había carcajadas, como antaño. Cuando ese vicio era compartido con Javier o sus amigas. Cuando era la reina de la misma playa que hoy la acogía casi con lástima. Cuando su rubia cabellera era auténtica y no maquillada. Cuando su cuerpo, aún hoy esbelto, era la envidia de todas las mujeres, su rostro en verdad hermoso, y los surcos de sus ojos, cosas para viejas. ¿Qué he hecho con mi vida? Llegaba a decir en el colmo de los malos pensamientos. La palabra resignación parecía creada exclusivamente para ella. De pronto, sonó el teléfono. Era su hijo Diego. Marisol andaba ensimismada, y quizás para su hijo su voz le sonó como a sueño. Lo cierto es que el mensaje fue claro: llegaría al día siguiente como al medio día a la playa, y lo haría con un amigo. Salvador mamá, sí te he hablado de él.

La mañana recibió a Marisol con otro semblante. Después de tiempo, se esmeró en hacer las compras en el mercado, dio indicaciones a la cocinera para la preparación de un buen pescado frito como le gustaba a Diego, y se vistió bonita. Su delgadez le permitía, a diferencia de sus contemporáneas, usar bikini, y complementó el ropaje con una faldita a cuadros oscura que le había obsequiado Javier en Navidad. Siempre hay que verse bien.
Diego la saludó parcamente y Salvador fue muy educado. Marisol le quiso decir que no le dijese señora, que la hacía sentir vieja, pero intuyó que eso incomodaría a su hijo. Los dos chicos se fueron a la playa raudamente, y Marisol llegó algunos minutos después. Se ubicó en el lugar de siempre y deseó en silencio que no se le acercase ninguna de las señoras del balneario. Libro en mano, y anteojos oscuros, resolvió contemplar el mar, que parecía ese día de otro color. Del color de la ropa de baño de Diego. Muy cerca de ella se acomodó un grupo de cuatro mujeres que no llegaban a los cuarenta pero que habían pasado los treinta ya hace rato. No la empelotaron. Marisol las analizaría una por una como lo hacía desde siempre con todas las mujeres. Rolluda, celulítica, atrevida para usar ese bikini, anoréxica. Era miércoles, y fuera de los niños pequeños que correteaban entre la arena y la orilla, no había mucho que observar. Las cuatro mujeres, en apariencia, andaban solas. No habían venido ni con sus hijos ni sus maridos (si acaso los tuviesen) y poco les importaba guardar la cordura. Maquinalmente trasladaron su conversación hacia los únicos cuerpos apetecibles que se podían hallar en la playa: Diego y Salvador.
Marisol escuchaba con vergüenza y algo de fastidio algunas frases. El rubiecito (Diego) tiene el poto rico. Ah no, a mí me gusta el de pelo corto (Salvador), mira la espalda que tiene. Qué edad tendrán (Diego tenía 19 años, y Marisol intuía que Salvador andaba por ahí también). No sé, ¿20? ¿21? Ay no, más mocosos se ven, 17 o 18. “Qué desfachatez, como si estos les darían bola”. Oye ¿y han probado hacerlo con un chibolo? Marisol no quiso escuchar más pero la respuesta en coro del grupo la hizo prestar atención. ¡Claaaaro!!! A esa edad son fogosísimos, y duran tres o cuatro como si nada. Marisol pensó en pararse, gritarle al grupo de viejas arrechas que se estaban pasando, que el rubiecito era su hijito Diego, el menor de todos, y que seguramente no había tenido sexo aún. Pero le ganó el morbo y la chismosería. Una de las mujeres empezó el relato. Es facilísimo conseguir mocosos dispuestos. Yo ya lo he hecho con varios. Hay chicos que se la pasan así. Y son riquísimos ah. Los encuentras sobre todo en el gimnasio. Un par de favores, alguna insinuación, y listo. Ellos creen que son pendejos porque les invitas de comer o les regalas algo pero no saben el favor que nos hacen. Imagínate si tendríamos que esperar a nuestros maridos para tirar. Ellos ya tienen a sus chibolas desde hace tiempo, y no les afecta en nada. Al contrario. ¿Por qué nosotras no? Claaaaro, volvían a decir al unísono.
Diego y Salvador se acercaron hacia Marisol. Llegaban en búsqueda de dinero. Querían matar el tiempo tomando cervezas, como grandes. Conforme se fueron acercando, el rostro de las mujeres fue cambiando. Es la mamá, qué roche. Marisol fingió distracción. Estaba también avergonzada. De pronto observó a Salvador. Le reconoció la espalda perfecta, el cabello corto y exacto, los ojos dulces y su sonrisa de niño malo. Mientras buscaba en su cartera algún billete de cincuenta soles, notó que la mujer que había estado hablando de sus aventuras en el gimnasio miraba a Salvador de una extraña manera. Luego él la observó, y le levantó las cejas en señal de saludo.

Por la tarde y luego de conversar por teléfono con Javier algunos minutos, y que este se ponga cariñoso un instante para después decirle que no llegaría a la playa hasta el viernes, fue inevitable para Marisol pensar en las mujeres de la playa. ¿Estaba bien lo que hacían? ¿Era cierto que todos los hombres tenían su chibola escondida? Javier no viene a dormir hoy, tampoco mañana. Y yo…
Después del almuerzo, Diego y Salvador habían salido rápidamente. Casi no hubo tiempo para conversar. Se habían encontrado con algunos amigos. Iban a beber cerveza y para Marisol eso no estaba muy bien. Es miércoles y están tomando. En fin, no quería preocuparse. Ya saben lo que hacen. Aún no se sacaba de la cabeza la conversación de las mujeres de la playa. Encima, el saludo de Salvador con una de ellas le había parecido sospechoso. ¿Acaso era él uno de los chicos que se acostaba con mayores? ¿Y Diego? ¿También? ¡No!
Quizás era el sol que seguía sofocando, el calor y la ausencia de sexo en semanas, pero Marisol no se podía sacar de la cabeza a Salvador. Mira la espalda que tiene, le decía en su memoria la voz caliente de una de las mujeres de la playa. De pronto sucedió lo que no le ocurría hacía mucho. El bochorno, el sudor. Aún tengo mimosas, no te alteres. Luego, se le mezclaron sensaciones. Lo recordó. Lo imaginó. Sintió humedad en su entrepierna después de tiempo. Esto la llenó de gozo un instante. Entró al baño. Cerró la puerta. En milésimas de segundo estaba desnuda. Qué hacer. ¿Tocarse? Hace tiempo no lo hago. Se miró al espejo. No. Mejor abro la lata de galletas. No. Un baño de agua fría.

Marisol terminó en la piscina. Escuchando algo de música y alternando la lectura de una revista con las argollas de humo de su cigarro. Había cambiado de personaje en sus pensamientos. Ahora era Javier. Siempre, Javier. Su carencia de afectos, su indiferencia. La desidia con la que respondía a sus pedidos de arreglar la casa o la camioneta. ¿Tanta reunión en una semana? En fin. Luego escuchó ruidos en el primer piso. Supo que alguien entraba por el sonido coreográfico de sus móviles. Imaginó que serían Diego y Salvador, pero al asomarse por la escalera con una toalla en el cuerpo, sólo distinguió al segundo.
Rápidamente, Marisol descendió hacia su cuarto. Quizás llegaría Diego en un rato y desearían usar la piscina. Casi se atrevió a decir “Salvador, ¿no quieres bañarte en la piscina?” Pero este había ingresado fugazmente al baño. Volvieron a ella la conversación de las mujeres de la playa y la posible complicidad de alguna con Salvador. Y como por arte de magia, su imaginación recreó las películas que veía algunas noches en un canal prohibido de cable, y que a veces le servían a Javier para incentivar sus deseos. En alguna de ellas, Salvador saldría del baño, la sorprendería en su cuarto y la sometería con su espalda perfecta y su sonrisa de niño malo.
Lo que ocurrió fue la antítesis del erotismo. Marisol se acercó hacia el baño en el que estaba Salvador y lo escuchó expulsar literalmente toda la cerveza que había consumido, y de pasada, el pescado frito del almuerzo. Sintió asco. No se alejó mucho. En minutos lo escuchó de nuevo. Intuyó que se ahogaba. Se preocupó. ¿Estás bien? Salvador no respondió. ¿Estás bien? Nada. Voy a entrar. Nada. Marisol entró. Salvador estaba adormilado sentado a los pies de la ducha. Despierta, despierta, ¿estás bien? Salvador reaccionó. Sí señora, no se preocupe.
Al rato Marisol lo acompañaría a su cuarto. Le pondría una sábana extra por el frío. El chico temblaba, pobrecillo. Gracias señora, le diría Salvador. Y Marisol se guardaría una vez más aquello de “no me digas así por que me haces sentir vieja”. Luego volvería a su cuarto. Revisaría en su tocador las toallas higiénicas. Y la cantaleta de siempre. Pérdida de memoria, bochornos, sudor, cambios de humor. Puede ser ¿Sequedad? Jamás. Esperaría a Diego. Quizás lo retaría. Cómo es posible que tomen así un miércoles. Volvería a ser madre y estaría contenta. Sería una noche sin lata de galletas. Y a esperar con ansias el viernes, que llegaba Javier.

jueves, 12 de junio de 2008

Combis asesinas (F)

Viernes. Seis y media. La mañana, como siempre, con aroma a kerosene. Agrio cielo vestido de gris. Malena llevaba cuarenta minutos despierta. Le había preparado el desayuno a su hermano Andrés e improvisado un ropaje a tono con su trabajo. Pantalón de buso gris, polera vieja azul y zapatillas blancas. Tenía 16 años, y el año anterior, había terminado el colegio en Carhuaz, su tierra natal. Aún extrañaba su terruño, y recordaba las sinceras lágrimas de su madre cuando se despidieron, mientras abrazaba a sus tres hermanos menores. Su padre vivía en Lima, y la había convencido sin mucha dificultad que lo acompañase, con la promesa de que estudiaría en un instituto o academia. Pero llevaba dos meses en la capital y de estudios aún no le hablaban. Su padre era un eterno trabajador de una empresa constructora, pero que con el tiempo había ahorrado dinero. Eso le servía para invertir en algo que le permitía aumentar sus ingresos. Entonces alquilaba una combi. Su hijo Andrés la manejaba, y Malena era su ayudante.

Las combis en Lima funcionan así: el chofer conduce y su ayudante hace de cobrador. Generalmente ese trabajo recae en jóvenes varones que por falta de preparación no están en capacidad de encontrar algo mejor. Y tienen una particularidad: son todos vivos. Para sobrevivir en el tráfico limeño hay que estar alerta, y eso es una modalidad engendrada por las combis, que no respetan las señales de tránsito, se cruzan de carril a carril sin importarles ni los transeúntes ni los pasajeros, y hacen oídos sordos a los insultos. El cobrador tiene que estar a tono. Entonces utiliza un lenguaje achorado, se viste como el pandillero más temido y ensaya miradas asesinas. Adopta un papel que imita a los ídolos del barrio, y que muy en el fondo, no quiere interpretar.

Ese viernes el tráfico sería insoportable. Desde las ventanas de la combi, haciendo un esfuerzo, se veía el cielo con una tajada de naranja insípida. Andrés la trataría con dureza, como siempre. Y Malena impregnaría sus manos con un aroma a moneda sucia. Las horas se harían eternas y ella tendría que matar el tiempo observando la ciudad, ese monstruo interminable que la llenaba de anhelos y de miedos. Ese pedazo casi metálico tan ajeno al verde y celeste de sus días en la sierra. Era mágico notar los cambios. El contraste. Al inicio las casas modestas, las calles grises, el aire triste, la gente con sencillo. Luego los edificios, las tiendas, el cine, la gente de oficina. Malena observaba en todo su recorrido imágenes habituales, como aquellos hombres de los paraderos que indicaban a los choferes si andaban bien de tiempo o si su competencia se había llevado a la mayoría de pasajeros. A ellos les daba monedas doradas, de esas que tienen poco valor. Y veía que ciertos locales, sobre todo de comidas, se repetían en zonas urbanas. De todos ellos le llamaba la atención una pizzería azul adornada por un dominó, y se juraba que cuando tuviese dinero, entraría a probar.

Ya había aprendido algunos tips del cobrador. Pedir pasaje un par de minutos después del arribo del pasajero, no abrir la puerta si un policía andaba cerca, exigir a cada momento que la gente se apriete, que “al fondo había sitio”. Cuando se iba con velocidad y la combi estaba llena, no se frenaba en algunos paraderos. A los niños y los ancianos mejor no recogerlos. Y al pasajero que se quedaba dormido, o tenía cara de imbécil, pues se le pedía dos veces el pasaje “por si las moscas”.

Lo que más molestia le generaba a Malena no ocurría precisamente en la combi. Ahí, en cierto modo, se sentía protegida. Era un incómodo paréntesis a la precariedad. Un submarino terrestre que le propiciaba la dosis pequeña de oxígeno que no encontraría en la calle. Su hermano Andrés era duro con ella, pero si alguien le faltaba el respeto, lo bajaba en el acto. Lo peor del día llegaba al final. Cuando había que estirar las piernas y enfrentarse al mundo sin escudo. Por la noche, todos los choferes y cobradores que alquilaban las combis las tenían que devolver en un mismo lugar a la misma hora. Muy cerca de allí había un restaurante muy barato en el que comían, y de vez en cuando, consumían cervezas. En ese escenario estos cautivos del tráfico gastaban lo que conseguían con el sudor de su frente y los malos humores en una típica liturgia a la mediocridad de su existencia. Carcajadas. Bromas que veneraban lo vulgar. Chelas al polo. Generalmente los días de semana Malena y Andrés comían rápido y luego partían, pero los viernes era día de fiesta. Entonces Malena quedaba expuesta.

Ese viernes Andrés tomó más de la cuenta, como el resto, y eventualmente tuvo que ir al baño o en búsqueda de cigarros en los puestos de los vendedores ambulantes que rondaban por el lugar. Cuando eso ocurría, los hombres aledaños a su mesa se acercaban a Malena a decirle improperios, y según aumentaba la cebada en sus cerebros, empezaban a tocarla. Malena no encontraba fuerzas para frenarlos. Sólo atinaba a observar a lo lejos y de reojo a su hermano.

“Mamita ¿qué haces por acá tan tarde?”, le decía alguno con un tono de voz por el que Malena sentía asco. Después rozaba sus manos llenas de callos por entre sus muslos. Malena alejaba el cuerpo. Luego llegaba otro. “Flaca, vámonos de acá, te invito unas chelas por mi casa, no te va a pasar nada, mamasita”. Y amagaba con acariciarle la barbilla. Luego explotaban carcajadas hasta que reaparecía Andrés. “Salud flaco”, le decían. “Salud”, respondía él empinando el codo. Cobardía o respeto. Códigos indescifrables.

Se quedaron en el local un par de horas. Luego regresaron a su hogar. En el camino casi ni hablaron. Andrés hizo planes desde su teléfono celular y Malena aguantó las lágrimas. Su padre llegaría más tarde. Sus horarios no coincidían con los de sus hijos. Ella quiso esperarlo despierta para conversar, contarle sus desventuras. Pero al verlo aparecer con evidentes síntomas de haber estado libando licor también, prefirió el silencio. Y los recuerdos. La mano de su padre ácida de furia en el rostro de su madre.

Detestaba su trabajo. Encima de tener que adoptar una personalidad que no era la suya y de andar vestida de mala manera, aguantar a los borrachos era ya mucho. El domingo por la tarde, día de su descanso, mientras paseaba en silencio por las calles de su barrio, Malena se encontró con una vecina suya. Tenía 19 años, tres más que ella. Era delgada y alta. Pese al frío del otoño limeño, vestía una minifalda de jean y un top negro. Andaba maquillada exageradamente, como a la espera del príncipe que la borre de su rutina. Se llamaba Adela, y resultó muy amable y abierta al diálogo.
-Te he visto varias veces llegar con tu hermano, ¿trabajas con él en la combi o te recoge de algún otro sitio? –preguntó la vecina-.
-Trabajo con él –respondió Malena, entre avergonzada y apenada- le ayudo a cobrar pasaje.
-¿Y te gusta tu trabajo?
-No creo que a nadie le guste ese trabajo, pero lo tengo que hacer.
-¿Pero te pagan bien?
-Algo es algo. Estoy ahorrando para poder estudiar. ¿Y tú? ¿No trabajas? –preguntó Malena.
La vecina hizo un sonido agudo con la garganta y movió la cabeza en señal de negación.
-¿Y de dónde sacas plata? –dijo Malena. ¿Tu papá te da tanto?
-No. Qué me va a dar. Yo saco plata como todas las chicas del barrio.
Malena la observó sin entender nada.
-Buscando chicos pues –dijo la vecina. Es la única forma. Así hacen toooodas las chicas del barrio.
Y empezó a explicarle la modalidad. Salimos a las discotecas, bailamos, tomamos algo, y marcamos a los chicos que pueden tener más plata. Nos acercamos, y listo. Pero eso sólo los viernes y los sábados ah. Los jueves nos mudamos hacia otras partes. Nos vamos a locales por Miraflores o Barranco, esos sitios pitucos, y buscamos carne mayor. Ese día salen muchos viejos arrechos, la mayoría casados a escondidas de sus esposas, y siempre andan buscando chicas. A ellos igual, nos acercamos, tomamos algo y después, que pase lo que pase. Pero yo no soy ninguna puta ah, si el viejo no me gusta no me acuesto con él.
Malena tuvo sentimientos encontrados. Quiso preguntarle cómo era que sacaban dinero así, pero le pareció bastante obvio. Adela masticaba chicle y hacía globitos casi instintivamente. ¿Cómo era posible que ella tenga esa ropa sin recibir sueldo? A Malena no le alcanzaba ni para acercarse a la pizzería del dominó. Encima, tenía que madrugar todos los días, y jamás aparecía la ocasión de usar sus mejores ropajes. Por otro lado, sintió pena por Adela. Hasta rechazo por la forma como pasaba la vida. Y se dijo a sí misma que jamás haría algo similar. Recordó, además, que fuera de los besos calientes que se daba con Óscar, su ex enamorado en Carhuaz, jamás había tenido sexo. Y que para ella la virginidad, y la sexualidad en general, eran algo muy importante. “Anímate amiga, no te vas a arrepentir”, le diría Adela al despedirse.

Extrañaba Carhuaz. ¿Ya era hora de volver? Lima era una ciudad en la que no había futuro. Malena llegó a pensar que no le quedaría otra que aceptar en algún momento un trabajo al que se prometió jamás ingresar: el de empleada doméstica. A razón del suyo o el de su vecina, aquel era más digno. Pero algo dentro de ella le decía que no podía más, que no valía la pena tanto sacrificio. Que tal vez había sido un error descartar un futuro como el de su madre, rodeada de gallinas y de cuyes y de embarazos. Pasaron un par de meses y la tónica era la misma. El cielo lucía un abrigo con molestosos puntitos transparentes y las fuerzas para enfrentarse a él eran cada mañana más escasas. Andrés seguía consumiendo cervezas religiosamente todos los viernes. No había pasado a mayores, pero los borrachos no la dejaban en paz. Amenazaban con llevársela a la fuerza luego de que controlaban sus instintos copulativos acariciándola cada vez más cerca.
El camino del local hacia su casa era muy peligroso, y Malena le había prometido a su padre que jamás lo haría sola. Pero un viernes no aguantó y escapó. Desobedeciendo las órdenes de Andrés, repleta de rezos y más alerta incluso que cuando había que cobrar boleto a pasajeros revoltosos, llegó a su hogar. Sintió en el alma una gran satisfacción. Lo había logrado. ¿Su vida cambiaría de ahí en adelante? Tomó una ducha cantando, se vistió de la mejor manera, como nunca lo había hecho en Lima. Se maquilló y se perfumó. Sentía que era capaz de todo. Por un segundo hasta tuvo ganas de buscar a Adela, “acompañarla, nada más”. Luego desistió y se desparramó en el cuarto de su padre a ver televisión.
Al rato escuchó bulla. Era muy temprano para que llegue Andrés. Tuvo miedo de que sea un ladrón, y retomó los rezos. Abrieron la chapa de la puerta con facilidad. Reconoció a su padre. Él, luego de tambalear y de quedarse pensativo unos segundos, se le acercó, y el perfume de ella fue suplido por aromas a viernes de choferes y cobradores. Luego Malena sólo escuchó frases distorsionadas y creyó estar frente a uno de ellos. No tuvo fuerzas. Y decidió cerrar los ojos y esperar. Recordó el llanto de su madre cuando se tuvieron que despedir. Luego su cerebro se abstrajo dibujando las imágenes de la Lima que recorría a diario. Su Lima. Condenadamente, su Lima. Las monedas, los boletos, los pasajeros. Las calles bonitas, los edificios, la pizzería del dominó. El dolor físico fue insignificante. Aquella noche se le abrieron todas las posibilidades. Y de Carhuaz mejor ni acordarse.

jueves, 22 de mayo de 2008

La sal de Matute (F)

A mi padre, por ser la antítesis de este cuento.
Los tres primeros días de mi regreso a Lima han estado llenos de ajetreos. Reencontrarse con la familia, lamentar el desorden de las calles, recibir las condolencias. Recordar a papá. Fuera de la tristeza, he visto a mi madre vulnerable. Sin la fuerza de sus mejores años, cuando nos empujaba a mis hermanas y a mí al esfuerzo, a la superación. Cuando asolapaba la falta de trabajo de mi padre y su desamor, incursionando en negocios pequeños que permitían mantener a la familia dignamente. Debe ser la edad. Sesenta y cinco abriles no son pocos. Mi hermana Carola, la única que sigue en el Perú, ha aceptado a regañadientes llevársela a vivir con ella. La condición es obvia, y tanto Silvia como yo, que estamos instalados en Miami desde hace buen tiempo, la aceptamos. Cada mes habrá que enviar dinero.

Tengo 31 años y sigo soltero. Me fui del país a los 25, cuando el futuro se me tornaba incierto, y una novia duradera, me había puesto las maletas. Mi hermana Silvia ya vivía en Miami, y con los documentos en regla gracias a su matrimonio con un gringo con cierta ascendencia al gobierno, me dio una mano. Al poco tiempo ya tenía los papeles en orden, y me desenvolvía como Pedro por su casa en esa ciudad llena de edificios, playas, sol y ese aire tan ambiguo que brinda la sensación de no ser de ninguna parte. Mis trabajos no han variado mucho desde que llegué. Mozo, acomodador de carros, limpiador de piscinas. Pero la regla aprendida de mi madre, de guardar siempre pan para mayo, me permite un estatus más digno que el de la mayoría de mis colegas latinoamericanos.

Carola me dio la noticia. Llamó a mi casa un viernes por la noche y la reaparición repentina de su número en mi identificador de llamadas me hizo imaginar lo peor. Ojalá no sea mi mamá, pensé. Mi padre se fue de golpe. No hubo sufrimientos ni lo afectó el cáncer al pulmón que tanto temía por su adictiva y precipitada afición al cigarrillo. Un infarto se lo llevó mientras dormía la siesta. Unas horas después, yo ya estaba tomando el primer vuelo a mi Lima desde que la abandoné.


Me quedan algunos días más en Perú, y luego del velorio y el entierro, ha llegado la calma. Desde que me enteré de la noticia he tratado de hallar en mi memoria acontecimientos que me unan a mi viejo. Nunca fuimos amigos. No hizo bien su trabajo como padre. Sólo se las ingeniaba para tratarme con dureza de vez en cuando, sobre todo de pequeño, y cuando se dio cuenta de que su hijo menor no sería homosexual, me dejó de lado. Ya en Estados Unidos nuestra relación, digamos, mejoró. Hablábamos esporádicamente por teléfono, me hacía con cariño las mismas preguntas de siempre y yo notaba en su voz cierta añoranza. De mi viejo no conservo ningún diálogo profundo. Nunca le pedí un consejo. La única afición que le recuerdo es el fútbol, y para su desgracia, ese deporte tan popular en mi Perú, nunca me cautivó.

Pero es precisamente el fútbol lo que me traslada a él hoy que lo quiero extrañar. Cada vez que mi madre aparecía con la cantaleta de que debíamos pasar más tiempo juntos, que nuestra relación era nula y distintas frases afines que mi viejo y yo no dudábamos en negar, a mi padre se le ocurría la misma solución. Nos vamos al estadio, me decía con ese tono de voz entre triste y autoritario. Habré pisado ese templo en el que se rinde devoción a falsos dioses que cuando nos representan en el extranjero son unos mansos gatitos, unas cinco o seis veces. Recuerdo que la primera vez me llamó la atención la majestuosidad del verde césped del estadio Nacional. Impresionante. Mi viejo notó en mí aquel interés y yo lo supe emocionado. Jugaban Alianza Lima, ese tradicional equipo criollo de camisetas blanquiazules que envuelve en pasión a todo tipo de gente en el Perú, y el Municipal. Mi viejo era hincha de Alianza, y recuerdo siempre que sus amigos le decían a manera de broma que “cuando lo lleves al cachorro al estadio procura que sea contra un equipo fácil, no vaya a ser que pierdas”. Ese día el triunfo blanquiazul era cuestión de trámite, pero el destino tenía reservado para ese momento el clic de mi desunión hacia mi padre, y por consiguiente, hacia el fútbol. Alianza perdió dos a uno contra un Municipal que mereció la victoria ampliamente. Desde ese día hasta hoy cada vez que me preguntan de qué equipo soy hincha, digo “echa Muni”, arenga con la que es reconocido el Municipal, un equipo carismático y del que la mayoría de sus hinchas roza la tercera edad. Y desde ese día mi viejo no dudó en catalogarme como un falso amuleto. Como una anti cábala. En suma, un salado.

La ocasión lo ameritaba, así que me averigüé cuándo jugaba Alianza para ir a verlo. Decidí que era la mejor manera de despedirme de mi viejo. Rindiéndole homenaje a su pasión. Alianza jugaba en su estadio de Matute, en el populoso distrito de La Victoria, donde el cielo es más blanquiazul que en cualquier parte del mundo, y donde hasta los rateros dudan su arremetida si te ven con la insignia de ese querido equipo. Las veces siguientes que acudí al estadio con mi viejo fueron en ese escenario, el Alejandro Villanueva, denominado así en honor al máximo ídolo de la escuadra. Pocas veces ganó Alianza, así que nunca dejé de ser el salado. Mi padre iba seguido al estadio. Siempre solo. Decía que no era necesaria la compañía pues en la tribuna podía conversar con todo el mundo. Y efectivamente, hoy que lo recuerdo, mi viejo era otro en el estadio. Cambiaba su semblante indiferente y conversaba con su compañero de butaca. Dejaba de lado su pausado tono de voz y vociferaba en contra de los jugadores, el árbitro o el entrenador. Olvidaba su tacañería y me compraba las gaseosas más aguadas de la tierra, los sánguches de pollo con el menor relleno posible, maníes envueltos en cáscara. De todo con tal de mantenerme callado.


Había olvidado ese sentimiento que me generaba el estadio. El camino inhóspito inquebrantable que me llevaba al miedo y al malhumor. La claustrofobia por tanto movimiento. Siempre admiré en mi padre la maña que se daba para cruzar a los micros y a las combis en la avenida Isabel La Católica, ese pedazo de concreto que los días de partido, alberga cual hormigas obreras, a todo tipo de seres humanos apurados. El criollismo que afloraba en el viejo para encontrar sitio en un estacionamiento poblado por la informalidad. La fortaleza con la que superaba todos los obstáculos sin renegar, a diferencia de los insultos que ofrecía a diario por las pistas de mi Magdalena querida. La recompensa le llegaba al ingresar al estadio. Ahí solo había espacio para su Alianza.

Felizmente esta vez, he subido a un taxi que ha tenido que atravesar por todas esas periferias. A decir verdad, con mucho menos talento que el de mi viejo. Por fin estoy en la tribuna de occidente. La que tanto prefería él, y la destinada para la gente con más poder adquisitivo. Alianza, vaya casualidad, se enfrenta al Municipal. Algunas cosas han cambiado. Veo menos gente de tés negra en el equipo. Antes me llamaba mucho la atención ver a esos jugadores negros enfundados en lo blanquiazul de su armadura, con dientes blanquísimos que alumbraban la tarde noche lúdicamente. Las camisetas se han modernizado, incluso la de Municipal, que antiguamente era una réplica de las que utiliza la selección peruana. Hay menos gente en las butacas, cuánto lo lamentaría mi viejo. Y la hinchada principal, que se sigue colocando en la tribuna sur de Matute, ha dejado de tener esas banderolas con las que me entretenía mínimo diez minutos.

El partido es de trámite parejo, y tengo la ligera sospecha de que el destino se las va a ingeniar para que desde donde esté, mi viejo comente: “sigue siendo un salado este”. Por más que lo intento es difícil encontrar algo que pueda relacionar directamente con mi padre. Hace más de diez años que no pisaba el estadio de Matute y no reconozco algunas cosas. Pero me divierte pensar que el grupo de gente que insulta impaciente a mi costado fue cómplice de mi viejo alguna vez. O que aquella señorita que me intenta vender una golosina ganando el doscientos por ciento del precio algún día fue despachada por la indiferencia de mi padre. Pero nada más. Su rastro es una huella tímida en el actual Alejandro Villanueva. Su anatomía, con la casaca de cuero agamuzada aún en verano y sus eternas zapatillas blancas, han ido a parar al baúl de los recuerdos del recinto victoriano, junto con el viejo tablero que ofrecía el marcador con el resultado del partido, o las propagandas de productos que ya no existen.

Hasta que apareció. Por fin una silueta conocida. Un retazo de los pocos momentos de unión con mi padre. Está igualito. Algo más arrugado y peinando algunas canas pero es el mismo. El personaje por el que mis ratos en Matute se hacían más llevaderos. Sigue en lo suyo y Alianza que no anota. Un costal celeste a sus espaldas y la tribuna que se altera. Abriendo un paquete y ofreciendo. “Una canchita para que Alianza gane”. Siempre hacía lo mismo. El canchero, le decíamos mi viejo y yo. El vendedor de cancha, las palomitas de maíz, del estadio de Matute. Dulces y saladas, con una estrategia de marketing que aún lo diferencia del resto. Él ofrece gratuitamente su producto y te deja el sabor en los labios. Luego no hay forma, no queda otra que comprar.

Mi padre cada vez que me veía aburrido me decía: “Ya viene el canchero”. Y yo fingía consolarme ante la llegada de ese personaje enigmático. Qué hará en sus ratos libres. De qué vivirá. No creo que sólo de la cancha.


El partido está llegando a su fin. Parece que al empate a cero no lo cambian ni los ídolos de antaño, de los que veneraba mi viejo en sus esporádicas borracheras. Ya no están Cueto, Cubillas ni Sotil. Ya no está Pocho Rospigliosi, que con su radio Ovación, un Perú en sintonía, hacía más larga mi agonía en el camino de regreso a casa. Ya no está mi padre en la tribuna. Queda sólo el vendedor de cancha. El canchero. “Un poco de cancha para que meta gol Alianza”. Cuando le ligaba esa proyección, mi padre lo señalaba como amuleto. Una especie de anti-yo. Fuera de generarme envidia, me alegraba ver a mi viejo feliz. Hoy que lo pienso, su sonrisa en el estadio es lo más auténtico que conservo de él.

Había algo en la mirada del canchero que me generaba dudas. A veces pensaba que para él era más conveniente que Alianza no ganase. Que así vendía mejor. Esta vez no me he aguantado y le he hecho la pregunta de rigor. “Maestro, ¿es usted hincha de Alianza de verdad o es pura finta?”. A mi viejo le hubiese dado otro infarto si lo escuchase. “No sobrino, yo soy echa Muni”.


Estoy de regreso en Miami. Me despedí de mi madre y no sé por qué razón imaginé que sería nuestro último encuentro. De ella conservaré muchos recuerdos, felizmente. A mi padre no lo extraño. Creo que nunca lo extrañé. Nos fuimos despidiendo desde hace mucho. Hoy que estoy a millares de kilómetros de distancia del distrito de La Victoria, sólo me quedan las ganas de susurrarle al oído que cuando íbamos al estadio, el salado no era yo.