martes, 4 de noviembre de 2008

D10S es mi DT (Y)

Pese a quien le pese, este texto está dedicado a todos los Maradonianos del mundo. ¿Y los demás? Que aguanten...
En el más recóndito rincón de mi ego, habita un argentino. Lo digo con convicción, huachafería y algo de arrogancia. Todo el que me conoce sabe que, pese a mi manera de ser, tan disímil de la del “che” estándar, soy un confeso seguidor de la cultura albiceleste. Me enamoré de Argentina desde que un lejano día de comienzos de los noventa mi viejo trajo a mi hogar una edición de “El Gráfico”, y a partir de entonces empezó un idilio que incluye mi fanatismo por distintas telenovelas y series argentinas (incluyendo Cebollitas, y sin llegar a Chiquititas); la devoción por las mujeres de ese país, comprobada primero en televisión y luego en vivo y en directo; mi entrada en semana de estreno cada vez que el cine comercial limeño nos trae una película de esas que a menudo protagoniza Ricardo Darín; y por supuesto, mi admiración hacia su fútbol. Hoy en día que Alianza es una lágrima soy mucho más seguidor del Apertura argentino que de nuestro pobre pero siempre querido balompié. Y eso ya es mucho. Soy hincha de Boca Juniors, fan de Juan Román Riquelme, y adicto al programa que conducen el “Pollo” Vignolo y Gustavo López llamado “90 minutos de fútbol”.

Si hay algún personaje que destaca dentro de todo lo que envuelve Argentina en mí, es Diego Armando Maradona. Al Diez lo voy a defender siempre. Hasta cuando me quede sin fundamentos. Es el hombre que mejor ha hecho en la historia de la humanidad lo que más me gusta hacer, que es jugar al fútbol. Y encima se ha dedicado, con subidas y bajadas, con goles y con dopings, de engrandecer al deporte rey, de darle aires de cultura, brillos de la más empática humanidad incluso después de haber sido Dios. Mientras escribo estas líneas está siendo presentado como el nuevo seleccionador del equipo argentino, suplantando al “Coco” Basile y generando todo tipo de controversias en su país y en el mundo. Y todos se preguntan, ¿lo logrará?

Yo soy de los que opino que para ser un entrenador de una selección importante hoy en día, más que tácticas y estrategias, se necesita de un adecuado manejo de grupo y de mucho tino para elegir a los once titulares. Si a cualquier mortal fanático del fútbol le dan la selección argentina para un solo partido, contra, por ejemplo, Rusia, lo gana. ¿Qué tan mal lo puede hacer Maradona? Es muy distinto ser DT de Mandiyú o de Racing (los ex equipos del Diego en su faceta de exfutbolista) que aceptar una escuadra que puede darse el lujo de prescindir de Rodrigo Palacio, Pablo Aimar o Walter Samuel, porque antes están Messi, Agüero o Demichelis. (¿Cuánto daríamos en el Perú por Samuel, Palacio y Aimar? Y acá nos quedamos callados cuando el silbato del entrenador se lo dan al “Chemo”, que a diferencia de Maradona, quien por su país se peleó hasta con la FIFA, y se puso la camiseta aún con los tobillos destrozados, alguna vez renunció a jugar por Perú).

A cualquier otro entrenador argentino lo peor que le puede suceder es quedar eliminado en primera ronda del Mundial (como sucedió con Bielsa en el 2002). Porque las Eliminatorias, pese a la coyuntura actual que los deposita por primera vez fuera del primer lugar, las van a superar con Maradona, Basile o hasta con “Chemo”. Y después la vida continúa. Pero Maradona es Maradona, no es una persona cualquiera, como diría Calamaro. Y no sabe de equilibrios. Así lo demuestra su apoteósica y a veces incomprensible carrera. En mi opinión los fanáticos del fútbol debemos esperar dos posibilidades: o el desastre, traducido en que se pelee con los jugadores o con Bilardo, o que hable incoherencias de Grondona a la primera derrota, o que falte a los entrenamientos y termine vilipendiado e insultado por sus desmemoriados hinchas; o la gloria, que en la filosofía del Diego no es otra que ser campeón del mundo.

Lo que ocurre con Diego, y tal vez es lo único que le juega en contra, lo grafica un periodista de El Comercio en el epílogo de su nota, y dice algo así: “Ahora Maradona no podrá hacer la mano de Dios. Todo el mundo lo estará mirando”. Y es verdad. El protagonismo que perdió Diego el día que se retiró del fútbol lo va a recobrar ahora, y eso significa un peso casi insostenible, que lo supo llevar algún día al infierno mismo. Si en el 94 los gringos se dieron cuenta de que estaban organizando un Mundial fue porque Maradona llevaba la 10 de Argentina. Ya me imagino la cobertura mediática que generará su selección en Sudáfrica 2010. Los flashes recaerán en el petizo que dejará la armadura celeste y blanca que nos hizo emocionar en más de una ocasión, y que a cambio lucirá un terno impecable y unas ganas locas de saltar a la cancha a meter un gol. Eso tal vez aísle la responsabilidad en los Riquelme, Messi o Tévez actuales, quienes al igual que los Caniggia, Batistuta, Ortega y Simeone de antaño, no han sabido cómo convivir con ella.

Pues ha llegado el culpable de esa responsabilidad tan fuerte, de esa condena de los días “DD” (Después de Diego) en el fútbol argentino. Ha llegado en un momento complicado a poner el pecho. A decirle al mundo que está de regreso a un lugar que no fue el mismo desde que partió, allá por el año 94 y luego de un brillante partido contra Nigeria. Ha vuelto para lucir esa corona que para el argentino que respira entusiasmado en un recóndito rincón de mi ego, pase lo que pase, no dejará jamás.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Con el perdón de los poetas (F)

La vieja computadora de mi hogar ha revivido. Ha hallado por fin su sitio en el nuevo departamento de mi familia, y luego de mucho tiempo, hoy me he sentado en ella. Fuera de su imagen tan distante de la moda actual, me ha hecho revivir viejos momentos. Buceando entre sus archivos, he encontrado muchísimos textos míos, de esos que hacía cuando "joven", obteniendo sentido en el alma con las teclas. Hay muchos cuentos inconclusos, y otros terminados que no valen la pena. Y vaya casualidad, hay muchos "poemas" (si es que se le puede llamar poesía a eso, un garabato de palabras en insolente oda a la cursilería). He elegido seis de los 18 que encontré. Debo confesar que disfruté leyéndolos, mucho más por lo que significa el remonto a viejas épocas que por su calidad, es obvio. Y he decidido colocarlos en mi Blog. Quizás por ofrecerles, de alguna manera, inmortalidad. O tal vez porque la inspiración no se viene acordando de mí muy seguido. Da igual. Aquí están. Para que se rían, se burlen; y para que el que me conoce desde hace mucho, descubra mi anatomía en esos "versos" que vienen fechados, y tenga conmigo, a la distancia, una cómplice mueca de melancolía.


1-Enigmas

Al futuro.

Llantos, rabietas, besos, felicidad.
Te imagino corriendo tras la pelota, mirándome a lo lejos, esperando mi aplauso.
Hay que jugar y reír mucho para contrarrestar las tristezas y las derrotas.
Los recuerdos, la indiferencia y los enigmas.
Dibujo en mi mente tu sonrisa.
La belleza de tu madre, sus ojos, sus manos.
Para nada mi insomnio y mi depresión.
Me tocó este sitio de cerros tristes y calles descuidadas.
De desempleo, violencia y oscuro aire.
Donde el que obvia más normas la pasa mejor.
Donde reinan la insolencia de las combis y la capacidad de arreglar por lo bajo con el policía.
De niño conservo el colegio.
Mi timidez, la amistad y la añoranza.
La extrema vagancia y las ganas de ir.
Mi primera ilusión no fue correspondida.
Llegó junto con mi adolescencia y me dejó el complejo y el miedo a la mujer bonita.
Los amigos llenaron mis tiempos de soledad.
Su abrazo, su fútbol, su mar.
Sus sueños.
De buen salario, whiskies, carros y balnearios.
La familia tan presente y tan distante.
El cariño, el festejo, los primos.
El chisme, la envidia, la muerte.
La propina del abuelo.
El primer amor es siempre igual.
Entregar hasta lo último y llorar al final.
Creer eterno el cariño y no coincidir con los tiempos ni los sueños.
Del mío las caminatas, el cine y las tostadas.
Las peleas, los celos y los errores.
No soy parte de ningún gremio.
Quizás estoy cerca de los desconocidos escritores a los que el talento les falta y sus obras son leídas por su fantasma de madrugada.
Alguna vez tuve ilusión.
Pero la vida se encargó a golpes de quitármela.
La felicidad es fugaz y con los años es más escasa.
Sabía antes de crearte que esto era así.
Fue un egoísmo pero me venció una vez más el temor a quedarme solo al fin.
Como herencia te dejo mis lágrimas y mis últimos chispazos de emoción.
La que te engendró alguna vez fue mi mejor compañía.
Me amó y la amé.
Espero entiendas nuestras aberraciones si nos ves de lejos hoy.
Si te causo lástima quiero que sepas que con tu existencia superaste todo lo que alguna vez deseé.
Y si algún día ya de grande me recuerdas dame el abrazo justo, sin hablar.
Ya estaré cansado y solo, esperándote para dar el paso al costado.
Rendido, soñando con algún recuerdo de niñez.
Una tarde de sol.
De San Bartolo, sus calles y su aroma a libertad.

Mayo 2002

2-De Maradonas y zapatos

A los platónicos

Le llamó la atención su blusa rosada.
Su tierno caminar y mirada coqueta.
La vio acercarse.
Él temblaba.
Su pecho veía nacer los primeros golpes de amor en sus cortos diez años.
No entendía.
Ella cada vez más cerca.
La misma edad.
Los mismos sentimientos.
Ella con su madre y él con su padre en una tienda de zapatos miraflorina.

Su conocida timidez se hizo más notoria.
Ahí frente al espejo de pies la observaba un poco.
La niña ni se inmutaba.
Le parecía extraño aquel muchachito con zapatos de fútbol y medias cochinas.
Se probaba los zapatos y no le gustaban.
Se engreía.
Él dejaba de soñar con Maradonas y Chavos del 8.
Había cambiado.
No hacía más que pensar en la niña.

Al acabar la compra la niña se fue.
Se olvidó del muchachito raro.
Fue feliz con sus zapatitos de moda.
El padre del niño le ofreció la comida más deseada y él no aceptó.
Sólo se miraba al espejo y se conocía.
Le interesaba su aspecto.
No se gustaba.
Luego los años pasaron.
La niña linda siempre la más linda del salón.
El muchachito siempre tímido y descontento.

Cada uno por su camino creciendo y enfrentándose al mundo.
A la niña linda el amor se le presentaba siempre.
Después de romper miles, le habían roto el corazón y se decepcionaba.
El muchacho siempre solitario.
Enamorándose en secreto.
Nunca correspondido.
Ella hermosa con su blusa rosada y él con fútbol y música triste.
Se ven a diario.
Ella lo piensa misterioso y le interesa.
En silencio él la ama.

Diciembre 2003


3-Un viejo encuentro

A mi infancia.

Tiene mi memoria un rincón poco visitado.
De oscuro aire, aroma natural y viejos caminantes.
De paisaje repetido y novedoso.
De sol luminoso y negra noche.

Tiene mi memoria un rincón de comienzos de año.
De primeras palabras, gritos y paseos.
De risas y mal humor.
De chocolates y rabietas.

Tiene mi memoria un rincón casi perdido.
De pólvora, abrazo y panetón.
De ligas y figuras duplicadas.
De árboles y museos.

Tiene mi memoria un rincón que renace.
De ausencia, melancolía y olvido.
De 20 y casi 5.
De seguridad y miedo.

Tiene mi memoria un rincón para la quinta.
De automóviles antiguos, malos vecinos y parques incoloros.
De resbaladera y óxido.
De La Romana y Monterrey.

Tiene mi memoria un rincón privilegiado.
De propinas, caramelos y caminatas.
De felicidad y admiración.
De Pueblo Libre y de mi abuelo.

Julio 2002


4-Un día insólito

Fue un día en apariencia común.
El sol despertó a los metódicos habitantes e hizo presagiar el calor y el sudor.
La alegría y las ganas de compartir.
Una mañana mansa a mi entender.
Vestido para nada para la ocasión me ganó el mal humor del pantalón negro en épocas de erisipela.
La tarde rutinaria envolvió mi cansancio.
No quise moverme más.
Me declaré muerto en vida en estas horas de panza llena y series de televisión.
Sin querer llegó la noche.
La intenté sentir de lejos.
No quise involucrarme en su magia.
Había algo en su mirada que me daba mala espina.

Fue un día en apariencia común.
El sonido del despertador a distintas horas fue odiado por cada trabajador descontento.
La mañana silenciosa.
El ruido de los pájaros y las bocinas se detuvo insólitamente.
Apurado emprendí el viaje hacia el malestar de escuchar sin escuchar.
El atardecer me fue llenando de pistas.
Era posible creer que en este día corriente algo distinto iba a suceder.
Me saludó el extraño personaje que vaga por la avenida.
El muchacho que pide limosna me ofreció una porción de su merienda.
La noche se mostró coqueta.
Mis pocas ganas de seguirla se convirtieron de pronto en necesidad.
Olvidé la flojera y quise golpearme con su ruido.

Fue un día en apariencia común.
Pero en mi casa me despidieron con miedo.
Olvidé las fotos de la billetera.
Mi mejor zapatilla no me quiso acompañar.
La tarde llegaba a su fin.
Sin cambios, todo mal.
Mala cara del profesor y absurdas bromas de los estudiantes.
Intrigado esperé que anochezca.
Al llegar al antro aparecieron en mi mente cada uno de mis movimientos durante este insólito día.
Aturdido y desconcertado a lo lejos divisé a la muerte.
Diez metros atrás siguiendo órdenes del demonio.
Disfrazado de mujer.
El día en que el amor murió.

Octubre 2002

5-Conocerte

A la reconciliación

Enamorarme fue encontrarte.
Un amanecer tu imagen.
Un despertar tu voz.

Conquistarte fue luchar.
Un escondite a mi inseguridad.
Un antifaz a mi oscuridad.

Tenerte fue gozar.
Recibir tu alma.
Sorprenderme con tu entrega.
Tus labios un sueño.
Tu anatomía una ilusión.

Mantenerte fue sufrir.
Una constancia mis celos.
Una aberración mi obsesión.

Despedirte fue un impulso.
Un masoquismo mi actitud.
Una equivocación mi auto confianza.

Recordarte fue llorar.
Sufrir mi adicción.
Añorar tu calor.

Nuestro tiempo fue fugaz.
Larga mi soledad.
Irremplazable tu presencia.

Febrero 2003

6-Preludio de un adiós

A la niña de los ojos verdes

Verde y castaño.
Sonrisa celestial.
Rostro incansable.
Majestuosa mirada.
Dulce caminar.
Melodía al hablar.
Eterna luna llena.
Manos de ceda.
Ojos luminosos.
Belleza sobrenatural.

Eterna oscuridad.
Rostro maltratado.
Pasado tormentoso.
Excesiva timidez.
Afligido atardecer.
Nada que ofrecer.
Desafinado al hablar.
Ojos tristes.
Manos de cartón.
Resignado corazón.

Lejanía.
Soledad.
Melancolía.
Preludio de un adiós.
Inminente desconsuelo.
Celos.
Admiración y desprecio.
Luz y sombra.
Imposible.
Tú y yo.

Abril 2003

martes, 7 de octubre de 2008

Resurrección (Y)

A la persona que durante este período de ausencia, ha ingresado una y otra vez en búsqueda de un nuevo texto. Bueno, si acaso existe.
Culpar a la ingratitud por el prolongado tiempo sin contactarnos es una lisura. Me escudo, como siempre, aduciendo a mi más porfiado demonio: la dejadez. Convertida con el correr de días negros, en una especie de depresión. A veces creo que nunca podré superar ese sentimiento. Una hábil mezcla de frustración, miedo, tristeza; con un toque de certezas ineludibles, que se apodera de mi anatomía de vez en cuando. Siempre hay una razón más fuerte, en ocasiones evidente, que esparce su virus contagioso en cada célula de mi alma. Y cuando la enfermedad se expande, la tos es asma, y lo pequeño se agiganta.

Siempre he pensado que todas las etapas, sobre todo las malas, vienen cargadas de un aprendizaje. A veces es bueno tocar fondo. Besar la tierra para levantarnos. Para decir basta. Por eso no puedo catalogar a este tiempo como olvidable. Todo lo contrario. Hoy que he decidido despertar, llevo en mi maleta la pesada carga de mis últimos días, y su semblante cabizbajo, atontado, me inclina a cambiar la frecuencia, a crear un nuevo personaje para el enigmático repertorio de mi vida.

He querido disimular con algunos, ser sarcástico con otros. Un fantasma para varios. Hay momentos en los que no es necesario ser evidente. Los que saben de tus miedos, la que te acepta tal como eres, el juez y parte de tus vicios, entienden. En situaciones así no hay quién te pueda lanzar el flotador, sólo queda, desde la otra perspectiva, dejar que el tiempo pase, que los susurros de la primavera se encarguen de ofrecer la clave para encontrar, dentro de uno mismo, la solución. O acaso, la sana resignación.

Alguna vez leí, o me contaron, o lo escuché por azar, un consejo que decía que cuando una voz interna te susurra al oído que lo que profesas es en vano, que tu arte es insuficiente y carente de valor, lo utilices. Canta, pinta, escribe. Y así, la voz se apagará. Trataré de tomarle la palabra. Que las energías negativas descansen por un buen rato, porque yo esta vez, pese a mi personalidad apegada a la rutina y la quietud, me he cansado de ellas.

He vuelto.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Yo no voy al psicólogo (¿y me siento bien?) (Y)

Alguna vez le escuché a alguien que admiro decir: el mejor homenaje que le podemos hacer a los que se han ido, es seguir viviendo.
Este texto está dedicado a mi actual psicólogo, mi querido Blog.
La psicología está muy cerca en mi vida. Tengo una hermana a punto de graduarse en esas artes, y la he observado romperse el alma los últimos años. He sido testigo de su crecimiento profesional y de su esfuerzo por ir moldeando el ojo (o el oído) que todo psicólogo debe poseer. He visto también a algunas de sus amigas-colegas en lo mismo, y tal vez por sano prejuicio, me dan la impresión de ser distintas, como si estuviesen analizando el mundo en silencio a cada momento. Soy de las personas que creen en la psicología. Que confía en que los problemas del ser humano se pueden resolver o disminuir con la ayuda de otro, y si este está sentado en un despacho prestándote atención, mucho mejor. Pese a eso jamás he ido al psicólogo. Aún en estos tiempos, cuando aquello de “eso es para los locos” es una frase obsoleta y carente de sentido común. Quizás por flojera o falta de dinero. Quizás por esa bendita costumbre de postergar hasta el extremo todo. No lo sé.

Cada vez me convenzo más sobre la urgencia de un psicólogo en mi vida. Alguien externo a mis afectos que me ponga en vereda, y que me de la pauta para resolver mis rollos existenciales. Poco a poco me acerco a ese momento, y para eso, tal vez de manera inconsciente, suelto frases sueltas en las sobremesas familiares del estilo “lo que tengo yo es emocional”, o “no sé si podría soportar un psicólogo”. A todo el que conozco que asista a terapia lo interrogo, y si me entero de alguien que estudió psicología o que la ejerce, me intereso en su vida, lo cuestiono.

En esa línea ando en este, mi último ciclo como universitario (luego de una etapa en extremo duradera que incluye de todo un poco y a la que daré cabida en otro u otros textos de mi Blog), desde el momento de la matrícula, cuando me noté hastiado de los cursos de mi facultad, y quise “parchar” créditos en otra. Apareció entonces la posibilidad de llevar algunos cursos en Psicología, con la excusa de conocer más sobre el ser humano bajo el motivo de escribir historias, pero con la certeza de acercarme en algo al instante en que un psicólogo haga trizas mi vida en una hoja de papel de su cerebro.

La experiencia no ha podido ser más rara. Sólo en una mente atrofiada como la mía se podía pensar en estos cursos ajenos a mi carrera como algo más fácil de afrontar. Todo lo contrario. Carezco de una base mínima y a menudo me pierdo. No están los “vagonetas” como yo que adornamos los salones de la facultad de Comunicaciones. Y se tiene que leer más. Mucho más. Encima me he tenido que enfrentar a tres demonios de mi vida (de esos que resolveré si Dios quiere con un psicólogo): el tormento de ser un “viejo” para la universidad, el recelo hacia un espacio desconocido, y el extraño estado, una mezcla de ignorancia con temor, que generan las mujeres en mí.

Es una sentencia: el grueso de la población que estudia psicología actualmente pertenece al género femenino. Los salones de comunicaciones tienen cierta tendencia a las mujeres, pero podríamos hablar de un 60 a 40 en términos de porcentaje. Entonces siempre se puede hallar al compañero más flojo que uno; al grupo de trabajo repleto de hombres, de esos que dejan todo para el último y que no creen en las reuniones en casas; al amigo con el que estallas en cómplices carcajadas burlándote de algo o al que lo escuchas suspirar con más devoción de la que podrías generar (incluso en épocas austeras) por el paso de una chica bonita. Así es más fácil. Y así he superado el primer demonio que mencioné, por tener siempre más edad que la mayoría, hasta hoy, en mi quinto año en la Universidad de Lima.

El primer error en mi etapa como “psicólogo” fue matricularme en un curso de tercer ciclo. De esos que llevan los muchachos aplicados que hasta hace un año eran colegiales. El nombre me sedujo, Psicología de la Comunicación. Vamos, me dije, estudias eso, debes estar preparado. Ahora no sólo estoy algo confundido (no había prestado tanto reparo académico en la comunicación desde el lado subjetivo, por ejemplo) sino que he estado apunto de cometer uno de los pecados más infames de la vida, de esos que sólo imaginaba para las mujeres en sus cuarentas, que es ocultar la edad. En mi primera clase como estudiante de psicología me tocó hacer un trabajo en grupo entre cuatro personas. Felizmente encontré abrigo en una chica a mi costado, que al notar a la gente buscando a sus amistades para la elaboración del equipo sin prestarle atención, me dijo casi suplicando: ¿puedo ser contigo? En unos minutos encontramos a otros dos desamparados. Felizmente (me dije), un hombre y una mujer. Como suele suceder con los trabajos en grupo, si el profesor ofrece 20 minutos se dedica mínimo la mitad del tiempo a las relaciones humanas. Ahí fui notando la diferencia. Debe haber sido una de las primeras veces en mi vida en las que me sentí cuajado. Observé en los rostros de mis nuevos compañeros la tierna luz de la inexperiencia. La pizca de orgullo que florecía en mi anatomía se apagó cuando preguntaron las edades. Dejé mi respuesta para el final anhelando un ingreso repentino y autoritario del profesor pidiendo silencio. No se me hizo el milagro. Trastabillé y por un momento pensé en la posibilidad de decir 23, 24. Hasta 21 por un microsegundo. Cuando sentencié los arcaicos 26 la sorpresa se apoderó del ambiente, y me mandé con un rollo sobre el término de mi carrera y mis planes a futuro en el que me sentí casi peor de mentiroso.

Todo lo desconocido se demora en ser recibido por mí. Lo proceso cuando es inevitable. Y llegar a un salón de clases siendo un extraño siempre me ha parecido un trámite (pese a que en demasiadas oportunidades he sido el nuevo del aula). Mi técnica consiste en arrinconarme en un sector desapercibido y tratar de interpretar el rol del hombre misterioso, ese que no transmite nada fácilmente. La multitud se olvida de mí rápidamente y poco a poco me da espacio para ir socializando. Pero lo que me sucedió en los siguientes cursos psicológicos a los que estoy condenado fue la hecatombe. No había multitud. Éramos once personas de las cuales nueve ¡eran mujeres!

Al momento de la matrícula, ya habiendo hecho un click para seleccionar el curso Psicología de la Comunicación, yo tenía espacio para cuatro créditos. Así que decidí llevar dos cursos de dos cada uno. Me dije, “si valen un par de créditos nomás, la cosa va a ser papaya”. Tamaña equivocación. Psicología de la Familia es un curso tedioso en el que abundan teorías llenas de datos, y llevar Sexualidad Humana en un salón repleto de féminas, y siendo incluso alumno de otra facultad, es todavía más complicado, y me hace quedar a ojos juzgantes de las chicas mínimo como un degenerado. Y seré con el tiempo, qué duda cabe, un fácil blanco de burlas para cada intervención jocosa.

Mi relación con las mujeres siempre ha sido difícil. No sé a qué trauma obedece aquello pero me cuesta socializar con el sexo opuesto. Tampoco soy un eterno “chuncho”, pero jamás doy el primer paso, y necesito llegar a familiarizarme demasiado para mostrarme tal y como soy. En ese instante quiero creer que me gano cierto cariño, pero casi con ninguna mujer a lo largo de mi vida he podido generar una relación más allá de los cortos diálogos, digamos. No soy de los que tiene una mejor amiga, por ejemplo. Incluso en tiempos pasados era el principal defensor de la postura que afirma que es imposible la amistad entre géneros distintos. “Inevitablemente va a aparecer el deseo”, decía. Siempre que he tenido oportunidad de abordar una cierta dosis de complicidad (para no llegar al extremo de decir amistad) con una chica, me he alejado. He depositado nuestra relación en el limbo de las personas a las que se saluda por compromiso y a los momentos incómodos cuando el encuentro es inevitable.

Debe ser por que a muy temprana edad alcancé todo lo que anhelaba en una mujer, y casi saltando de felicidad tuve que ponerle el stop al proceso por mejorar mi tara. Ya no necesitaba una mujer que me de su cariño, que me bese. Que me ame. Y para mí, si eso no venía incluido en el paquete, el regalo no servía. Antes de hallar a mi novia atravesé por esa durísima y excitante etapa que es la búsqueda de pareja, y en el camino tropecé con mi timidez, con la imposibilidad de sacar a bailar a alguien, con el consuelo de anhelar platónicamente a un imposible. De hecho todas, o la gran mayoría (bueno, es un decir, tampoco fueron muchas) de mujeres que alcanzaron mis labios antes de mi novia dieron el primer paso. Un gesto, una sonrisa. Una certeza de que no me rechazaría. Una “mandada” con todas las de la ley. Dios fue bueno conmigo, y en mi primer “desahuevamiento” para el cortejo, me dieron el sí (aunque ella afirme que eso del primer paso no es del todo mérito mío, en fin).

Hoy he comprendido que las relaciones humanas entre géneros van mucho más allá del sexo. Que mi dificultad al confrontar una mujer puede generarme graves consecuencias incluso en términos laborales, y lo que es peor, al menos en mi caso, no tener “amigas” es colocar una barrera difícil al momento de crear personajes femeninos en mis ratos de ficción. Este ciclo la vida me ha puesto una prueba dura en dos de mis cursos psicológicos. Hasta el momento soy un ente silencioso, un lunar de los que avergüenzan en el compacto rostro del salón. Va a ser difícil, lo sé. No creo que ningún hombre tolere estar sentado dos horas en una clase que gira en torno a preguntas escondidas (del estilo “una amiga me contó”) de las chicas sobre los métodos anticonceptivos, por ejemplo. Pero habrá que hacerlo. Habrá que opinar sobre el aparato reproductor y resolver las dudas que tenga el repertorio (incluyendo a la profesora) sobre los genitales masculinos. Habrá que evitar las risas nerviosas cuando aparezcan términos como la eyaculación, o poner cara de “ya lo sabía” cuando se metan con el condón. Habrá que plasmar la experiencia que no poseo.

Mi problema con las mujeres es uno de los tantos temas que podría tratar con mi inminente psicólogo. Es quizás el más identificable, pero abarca o saca a flote a otros, como la timidez, la antisociabilidad (si vale el término). Acaso el pesimismo. De todas maneras pienso que mi experiencia en la facultad de psicología va a ser provechosa. Lo malo es que hay que aprobar los cursos, y si se inmersa en el camino la dificultad extrema, los terminaré odiando. Algo aprenderé. Alguna ventaja sacaré y, ojalá, podré dar a luz un par de cuentos distintos, un personaje femenino entrañable.

Lo que es una sentencia es que mi trabajo conmigo mismo, mis diálogos y dudas unipersonales, no serán resueltos. No hallaré el motivo por el que mis ojos se escabullen de los de alguna gente. No recibiré pautas para que cuando me agobie el mundo mi estómago no me coloque al borde de la clínica ni me haga pensar en la muerte. No podré superar el temor por perder a mis seres queridos, ni a la mala liturgia que son las despedidas en mí. No sabré con exactitud lo que ocurre con mi alma cuando sin razón aparente me pongo triste. No podré descubrir los demonios que llevo ocultos, los traumas de mi niñez, aquel acontecimiento que te marca para siempre. Todo eso lo trabajaré cuando me anime a visitar a un psicólogo. Y en el peor de los casos, asumo, si no hay remedio, tendré que dejarme de vainas y aprender a vivir así.

Quién sabe, tal vez la terapia produzca otro yo. Un Gabriel distinto. Menos atormentado, más seguro de sí mismo. Quizás aprenda a expulsar las palabras que callo y que desquician a mi novia. Quizás obtenga más fe en mis proyectos. Más optimismo para con el futuro. Quizás encuentre en el fondo de mi corazón, virtudes que desconozco. Tal vez adquiera confianza con mi psicólogo y lo quiera, y así podré compartir experiencias con mi hermana y el resto de sus amigas colegas. Quién sabe, tal vez hasta yo pueda hallar a mi mejor amiga.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Un homenaje reyrojino al rey de todos los colores. Fue un honor, querido Director (RR)

La escritura es para mí la única forma de encontrarle sentido a muchas cosas en la vida. Con este texto me despido del director de mi colegio, y está dedicado a toda la familia de Constantino Carvallo. Con todo el respeto del mundo.
El pasado lunes quedará en la memoria de muchísima gente como un día inexplicable. Injusto. El día en que la vida nos gritó con golpes certeros, aniquilantes, que no siempre el ser una buena persona y desenvolverse de la manera más solidaria posible garantiza un largo camino. A los 55 años, con mucho por ofrecer aún, dejó de existir Constantino Carvallo, el director de mi colegio. Una de las personas más extraordinarias que ha dado el Perú últimamente, y la personalidad más influyente que hemos gozado los que tuvimos el honor de pertenecer a su escuela, alumbrando la calle Cajamarca en Barranco.

Hablar de Constantino en estas difíciles horas es redundante. Un educador genial, filósofo, escritor. Dirigente sin finalidades de lucro del equipo más popular del Perú. Un hombre que con su don de gente y esa bendita virtud de ser certero, de no equivocarse jamás en sus apreciaciones, cambió la existencia de miles. Y le dio forma a una institución como Los Reyes Rojos, luchando contra muchos en un inicio y recibiendo el respeto de todos, tiempo después.

Constantino creó una forma de ser. Una personalidad. Una mística: el ser reyrojino. Esa distinción que llevamos y lucimos orgullosos todos sus alumnos ante el resto. Esa armadura que nos impulsa a creer en la validez de nuestras opiniones. Que nos permite soñar con la igualdad de la gente en un país desigual. Que nos dará la fuerza para educar a nuestros hijos con libertad, sin castraciones ni restricciones absurdas. Ser reyrojino es llevar un pedazo del corazón de Constantino Carvallo, y de eso no nos priva ni la muerte.

Cada uno tiene su propia historia con Constantino. Hoy asomarán de manera inevitable todas esas vivencias en los que como yo, tratamos de hallar sin éxito en el silencio de la noche una respuesta a su partida. Parte de ser reyrojino es permanecer en la escuela incluso después de la graduación y la fiesta de promoción. Mi vínculo con Constantino, vaya paradoja, se hizo más lindo con mi posición de ex alumno. Por una u otra razón, quizás por mis hermanos menores o por el hecho de que mi novia es profesora en Los Reyes desde hace cinco años, siempre he estado presente en las clausuras, bingos o kermeses. Lo mejor de esos momentos era encontrarme con Constantino. Siempre ahí. Oculto. Entre las sombras pero presente. Su sólo saludo era para mí motivo de orgullo. Y cuando había oportunidad de encararlo, vencía la timidez que me atormenta y con la que reaccionaba ante el resto de profesores, y me acercaba a hablarle. Cariñoso a su manera, me daba espacio en ese mundo tan singular que poseía y conversábamos. De fútbol sobre todo, es cierto, pero siempre había lugar para el jolgorio, y para hacerlo estallar en esa risa tan particular que extrañaremos para siempre.

De mis épocas escolares recuerdo el temor que enfundaba. Ese ruido extraño con el que arremetía cuando atrapaba a alguno corriendo por el hall del colegio. Sus asambleas y esa dura manera de tratar a algunas personas que generaban en el resto hasta odios, pero que a la larga servían para cumplir con un fin educativo. Constantino sabía exactamente a quién gritar. A quién humillar incluso. A quién tratar con dulzura. A quién exigirle que se saque veinte y a quién felicitar por un once.

Mi colegio tiene un rito temido llamado las pruebas de sexto grado. Para pasar a la secundaria, hay que vencer una serie de dificultades que muestren que estamos en la capacidad de afrontarla. Una de ellas, la más temida, es enfrentarse a un jurado en un examen oral sobre todo lo aprendido hasta el momento. El jurado, lógicamente, lo encabezaba Constantino. Sexto grado, allá por el año 93, fue un momento clave en mi vida. Me costó mucho desprenderme de mi exagerada introspección y de mi timidez. Fueron básicos en esa tarea Fabián y Cecilia, otros queridísimos profesores, que me moldearon hasta el punto de poder estar cara a cara con el jurado. Recuerdo que al entrar a esa tétrica sala, Constantino me saludó muy amable, y luego empezó con las preguntas. Yo había estudiado como jamás lo volví a hacer en la vida, pero mi delgada personalidad de niño de once años me jugó una mala pasada. Se me borró lo aprendido y no respondí ninguna pregunta. Constantino me dijo, siempre amable, “yo creo que no has estudiado mucho, mejor prepárate bien y vienes mañana”. Me estaba desaprobando. Yo en ese momento era un niño que con las justas hablaba con sus compañeros, pero me armé de valor y le dije a ese “monstruo” que tenía al frente: “No, mejor tómame otra cosa, por ejemplo Historia”. En ese instante Constantino decidió que yo había pasado la prueba. Me dijo: “claro, te tomo lo que quieras”, y me empezó a preguntar sobre historia. Sé que vencer mi miedo y enfrentarlo era mi prueba de fuego, y que en silencio con esos ojos profundos con los que estudiaba al mundo se dijo: “este chico está preparado, lo ha logrado”. Ya de nada importó que mi nervioso cerebro confunda personajes porque tampoco respondí bien las preguntas de historia. Ese gesto era Constantino. Eso es Los Reyes Rojos.

Ya de más grande mi relación con mi director tuvo que ver con mi vagancia y esos benditos y eternos castigos de las tardes o los sábados. Cuando ya no había remedio y él notaba que mis compañeros y yo estábamos en nada, se dedicaba a bromear, o a realizar pequeños concursos soltando preguntas al aire para que el primero en contestar sea liberado. Parece mentira pero esas jornadas interminables son las que más extraño del colegio. Inglés era un martirio para mí y siempre me tenía que quedar con él por las tardes. Cuando estuve en quinto de media me llegó a decir que si salíamos campeones en fútbol de Barranco, me aprobaba. Lo hicimos. Y él siempre cumplía sus promesas. Como cuando retó a mi promoción también en quinto de media a un partido contra los chicos de la categoría 84 del colegio, que por ese entonces contaba con Paolo Guerrero, Alexander Sánchez, Roberto Guizazola y otros chicos del Alianza a los que tanto ayudó. Nos dijo que si perdíamos iríamos el domingo al colegio, pero que si ganábamos nos regalaba diez cajas de cerveza. Ganamos y él cumplió. Aún lo recuerdo, abstemio como era, tomando esas cervezas con alguno de nosotros, los que más lo queríamos.

Recuerdo que cuando estaba en cuarto de media, para variar, me habían dejado castigado por no aprobar un examen de lectura. Ya se estaba haciendo costumbre, y notaba en mis profesores cierta preocupación por mi desidia. Estaba sentado tratando de leer en la biblioteca del colegio cuando me dijeron que Constantino quería hablar conmigo en su oficina, que quedaba unos metros al fondo. Empecé a temblar. Se venía lo peor. Me imaginé sus gritos por primera vez reflejados en mí. Su decepción. Mi inminente llanto. Entré nervioso como jamás lo había estado y me dijo de frente: “He preguntado a los de Alianza que están en quinto y cuarto de media quién es el mejor jugador del colegio sin contarlos a ellos. Y me han dicho que tú”. No lo podía creer. Era un halago que venía con un desahogo. Los de Alianza eran mis amigos, es cierto, pero valían sus palabras. “Te voy a estar chequeando”, me dijo Constantino. En ese entonces me olvidé de los libros y me propuse ser en verdad el mejor jugador del colegio.

Pese a ello creo que nunca le pude demostrar lo bien que jugaba al fútbol. Ya de más grande, el año pasado, acudí junto a mi novia a un paseo que hacían los padres de familia con los alumnos de cuarto de media, el salón de su hermano, cuyo tutor era Constantino. Ahí tuve la oportunidad de jugar por primera vez con él. Y pese a que me esmeré en colocarle incontables pases para que se haga goleador a un jugador difícil como él, que jugó parado en un perímetro del área rival con la particularidad de contar con un sánguche de chorizo en la mano, no pude cumplir una buena labor. Al final del partido lo vacilaban sus alumnos por su escasa fortuna al momento de disparar al arco. Él aceptó las críticas y con una sonrisa dijo al aire mirándome a mí: “sí, pero he visto a otros cracks también fallar hoy ah”. Fue suficiente.

Si como futbolista no le pude demostrar todo lo que sabía, me queda el recuerdo de que con la escritura sí lo logré. Él se enteró de la existencia de mi Blog, y me mandó una invitación con mi novia para participar en un concurso de cuentos organizado por la municipalidad de La Victoria en el que sería jurado. Pasaron los meses y no hace mucho (hace tan poco en realidad) llegaron los resultados. Me adjudiqué una mención honrosa, y vía mail, me mandó felicitaciones. Yo le respondí repleto de agradecimiento. Luego en la premiación me dijo: “estuviste ahí de ganar ah, tienes que seguir así”. Me quedó pese a eso la duda de que si otro hubiese sido mi nombre, tal vez mi cuento hubiese pasado desapercibido. Constantino, perceptivo y acertado, se encargó de comunicarme por intermedio de mi tío Willi y de mi viejo, que mi cuento le había encantado, y que para él merecí ganar incluso.

Hace un par de semanas me lo volví a encontrar. No hablamos del cuento ni del concurso. Preferí evitar ese tema. Hablamos, como siempre, de fútbol. Coincidimos en algunos temas y fiel a su costumbre, con algún comentario me cambió la manera de pensar en otros. Luego nos dimos la mano y me despedí de él con la certeza de volverlo a encontrar veinte años más, por lo menos.

Constantino se ha ido como lo que fue, un grande de verdad. La muerte es imposible de digerir, pero es más llevadera cuando el difunto es un débil, un enfermo terminal o un anciano. Cuando se va una persona joven es más doloroso. Cuando el que se despide es el hombre al que tú considerabas el más fuerte de todos, es intolerable. Parece mentira. Es muy difícil imaginar al colegio sin él. Sin su presencia en las clausuras, sin su mirada autoritaria y genuina. Sin su capacidad para solucionar con una palabra o un gesto, la vida de un ser humano. Constantino se fue enfundado en una bandera de su querido Alianza Lima recibiendo el cariño de miles de sus ex alumnos y de su familia, los deudos más auténticos. Yo acompañé el rito con dolor y respeto. No me asomé a su tumba y preferí esconder mi rostro acongojado.

Hoy lo quiero tener cerca, volverlo a saludar. Devolverle el abrazo paternal con el que nos educó a tantos reyrojinos. Conversar con él de fútbol ¿has visto qué mal está Alianza? Constantino querido, si los dirigentes tuvieran el uno por ciento de tu sapiencia. Si el Perú contaría con más ciudadanos como tú. Te agradezco absolutamente todo. Por formar Los Reyes Rojos y salvarme la vida al hacerlo. ¿Qué hubiese sido de mí en otra escuela? Tú lo sabes. Gracias por permitirme estudiar gratis la mayor parte de mi escolaridad, cuando la economía en mi casa no lo permitía. Gracias por ser tan cariñoso con mis hermanos, tan respetuoso con mis padres. Gracias por hacerme reyrojino de corazón, y por brindarme el plus de estar orgulloso de haberte conocido. De gritarle al mundo que mi director fue un ser increíble, y que cuando se fue lo sentí como si fuese de mi familia, porque eso es Los Reyes Rojos. Tú no eres un rey rojo, eres un rey de todos los colores. Gracias por los últimos momentos que compartimos, por ser tan influyente en mi vida hasta el final. Y por brindarme la fuerza para continuar en mi vocación, por esa promesa silenciosa de seguir remando con la escritura. Si me felicitaste tú que eres un genio, ¿qué más quiero yo? Descansa en paz, querido amigo, la vida se pierde de mucho sin ti. Y ten la certeza de que fuiste un hombre trascendente, y que un pedazo tuyo se quedará en el alma de todos los que pasamos de verdad por Los Reyes Rojos, que te amamos.

Tu alumno, tu amigo, tu hincha.

Gabriel Reaño

jueves, 7 de agosto de 2008

Por más que digan que no es una virtud (Y)

A Rengi, que me vendió la entrada.
Soy fanático de Tierra Sur. Me he ido dando cuenta de eso desde hace unos seis años, cuando reapareció en mi repertorio un disco de esa banda liderada por Pochi Marambio, y noté que me sabía de memoria muchas de sus canciones. Luego los he seguido en distintos conciertos, y me han enganchado hasta situaciones inimaginables, como colocarme en primera fila a cantar y bailar cual ferviente seguidor de la cultura rasta. En cuestiones musicales soy muy patriota, y suelo dedicarle minutos a grupos o cantantes de nuestro país, pero hoy, más cuajado en mis emociones y gustos, puedo decir que Tierra Sur es mi favorito.

Mi cariño por la banda data de mis primeros años escolares, en Los Reyes Rojos. Tierra Sur solía presentarse a ofrecer conciertos en mi colegio. Los recuerdo por el año 90 o 91, siempre con Pochi a la cabeza, cantando “Raíces, Rock y Reggae” o “Mi marimba”, deleitando nuestras clausuras y poniendo a bailar al son del reggae a incontables mocosos, que venerábamos a ese grupo que aún no había alcanzado la fama por “Llaman a la puerta” o “Piraña”.

Por ello, casi subliminalmente, me sabía de memoria muchas de sus canciones, cuando fuera del colegio, redescubrí un disco de ellos. Y ya con un paso a la adultez, he prestado mayor atención a la mística de sus temas. A sus mensajes peace and love. A sus instrumentos y a esa capacidad por predicar el reggae, género musical cuya mayoría de exponentes (abanderados por el eterno Bob Marley), interpreta en inglés, en peruanísimo castellano. El reggae, una cultura, un estilo de vida que tiene un poco de rock, un poco de jazz y mucho de África, y que genera alegría y ganas de moverse entre los mansos oleajes de la paz, no puede ser exclusivo. Y lo sabe Tierra Sur.

Ayer he estado en un concierto de Tierra Sur realizado en “La noche” de Barranco, y que para variar, tuvo relación con Los Reyes Rojos. Uno de los hijos menores de Pochi acaba su escolaridad este año, y con miras a juntar fondos para el viaje de su promoción, logró convocar a la banda para un concierto en el que si se les pagó algo, fueron un par de jarras de cerveza y algunos chots de pisco ofrecidos por uno que otro padre de familia. Fue inevitable acordarme de las clausuras de antaño. Sobre todo cuando Pochi llamó al escenario a sus hijos menores para que lo acompañen en alguna canción. De inmediato volvieron a mí las imágenes de un concierto en el que hizo lo mismo con Alec y Noel, sus hijos mayores, que por ese entonces estaban en quinto de media, y que hoy en día son indispensables en Tierra Sur. Así comprendí por qué soy tan hincha. Mi unión con la banda tiene mucho sabor reyrojino, y mis entrañables épocas en esa escuela son para siempre. Por eso festejé más que el resto cuando Pochi dijo, casi al finalizar el concierto, que ellos estarán con Los Reyes Rojos siempre, por más que sus hijos acaben el colegio.

Hoy en día Tierra Sur ha cambiado. Han ido rotando músicos, y tal vez de aquel primer grupo que observé cuando estaba en cuarto grado de primaria sólo queda Pochi. Pero el ritmo es el mismo. El sentimiento es el mismo. Tierra Sur descansa en el talento de Alec y Noel, con el bajo y la guitarra, y en la potencia de Constantino Álvarez (como los dos anteriores, ex reyrojino) en la batería. Además cuenta con un muy buen tecladista y una saxofonista que no desentona jamás. Y la fruta del postre es su encantadora corista, quien además nos deleita con sus geniales dotes en el cajón.

Si hablamos de canciones me quedo con “Humanidad”, tema sólo algunas veces interpretado en conciertos, y que describe el sentimiento por la humanidad diciendo “tu locura me tortura, me hiere, y aún así te amo”. Después es imposible no mencionar “Reggae mama” (antes de andar quiero yo bailar), “Ella tiene reggae” o “Mi marimba”. “Canto a los santos” está llena de positivismo, y con el negroide floreciendo (no son ideas nomás), se canta a pulmón abierto, “voy a rezar a los santos, pa’ que todo salga bien, que mi país se levante, y el tercer mundo también”. “Raíces, Rock y Reggae” es brutal, y dice algo parecido a “tengo para dar, raíces, rock y reggae, traigo mi música, y te la entrego a ti”. Y bueno, “Hierba mala” es un himno, y hasta al más parroquiano de los monaguillos le provoca escucharla con el aire de la marihuana cerca.

Sólo me queda agradecer a Tierra Sur por enseñarme que con el reggae también puedo disfrutar, y por abrir mi apetito por intérpretes como Don Carlos o Alpha Blondy, geniales dioses rastas que antes de Pochi, los hubiese catalogado (incultamente) como simples viejitos hierberos. También a los muchachos de quinto de media de mi cole que organizaron el concierto, por brindarme la oportunidad de terminar un día particularmente malo en mi vida, saltando adormecido y eufórico pa’ que todo salga bien. Por más que digan que no es una virtud, a mí me gusta Tierra Sur.

Este texto no podría acabar de otra manera: “Tieeerraa, tieerraa sur. Tierra de soooooool, y cielo azuuuul".

viernes, 1 de agosto de 2008

En la playa (F)

El teléfono celular empezó a sonar y a moverse torpemente sobre la mesa de noche. Marisol fue a su encuentro. Notó en la pantalla el nombre de Javier, su esposo. Decidió no contestar apurada como siempre, y esperar hasta la quinta o sexta timbrada. Anticipaba el contenido de la conversación. Y efectivamente, Javier le diría que se le había presentado una reunión imprevista esa noche, y que al día siguiente, muy temprano, tendría otra. No tenía sentido llegar tarde a su casa de playa en el sur para tener que madrugar. Otra promesa incumplida. Era martes, y Marisol tendría que dormir sola. Una vez más.
Al cabo de un rato, Marisol notó que eran las nueve de la noche. Y que en su gran casa de playa sólo chismoseaban sus dos empleadas domésticas en el cuarto de servicio, muy al fondo. Luego de dimitir la bronca por la ausencia de Javier, extrañó a sus hijos. Daniel, el mayor, y el más afectivo, llevaba tres meses viviendo en España. Macarena, la segunda, trabajaba. Y Diego, el menor, alegaba que en la playa no había nadie de su edad, y que prefería pasar los días de semana de sus primeras vacaciones universitarias, en Lima. Marisol sintió ganas de llamar a alguno. Pero no lo hizo. Total, si ellos no me extrañan, no tengo por qué arriesgarme a una voz seca y a frases para inquirir, como sacadas con cucharita.
Su soledad se había convertido en una rutina ese verano. Su gran casa blanca, de terraza con vista al mar y pequeña piscina en el tercer piso era como un refrigerador en el polo norte. Marisol pasaba las mañanas en la playa, con su sombrilla y un libro que le servía de escudo para escapar de las otras mujeres. De la felicidad de aquellas. Con sus hijos pequeños y esas tareas que Marisol extrañaba, como bañarlos en el mar, hacer castillos de arena, comprarles helados con mesura. Las tardes eran para la televisión y la siesta. Tal vez una película en el DVD y la contemplación de su celular. ¿Quién se acordará de mí? Por las noches le daba rienda suelta a un vicio que Javier detestaba en ella. Buscaba entre sus cajones más escondidos una lata que antiguamente había servido de envoltura a unas galletas riquísimas. De su interior extraía un papelito delgadísimo y algunas ramas verdes. El encendedor y a alejarse del mundo.
El fuego en el cuarto, por el viento. Una larga bocanada. Otra pequeña. La tos. Cinco pitadas más. Un incienso. Incrustado en la maseta. La noche. Linda. De lo que se pierde Javier. ¿En qué andará? No hay nadie a esta hora. Sólo se escucha el mar en evidente marea baja. ¿La tele? Alguna película. Me aburro. Silencio. ¿Cómo era? Pérdida de memoria, bochornos, sudor, cambios de humor. ¿Sequedad? Por Dios, no. A todo esto, ¿ya es mucho tiempo sin sexo? Ya se viene abril. ¿Una gran fiesta? ¿Para qué? El tocador. Sí, aún hay mimosas.

Ya no había carcajadas, como antaño. Cuando ese vicio era compartido con Javier o sus amigas. Cuando era la reina de la misma playa que hoy la acogía casi con lástima. Cuando su rubia cabellera era auténtica y no maquillada. Cuando su cuerpo, aún hoy esbelto, era la envidia de todas las mujeres, su rostro en verdad hermoso, y los surcos de sus ojos, cosas para viejas. ¿Qué he hecho con mi vida? Llegaba a decir en el colmo de los malos pensamientos. La palabra resignación parecía creada exclusivamente para ella. De pronto, sonó el teléfono. Era su hijo Diego. Marisol andaba ensimismada, y quizás para su hijo su voz le sonó como a sueño. Lo cierto es que el mensaje fue claro: llegaría al día siguiente como al medio día a la playa, y lo haría con un amigo. Salvador mamá, sí te he hablado de él.

La mañana recibió a Marisol con otro semblante. Después de tiempo, se esmeró en hacer las compras en el mercado, dio indicaciones a la cocinera para la preparación de un buen pescado frito como le gustaba a Diego, y se vistió bonita. Su delgadez le permitía, a diferencia de sus contemporáneas, usar bikini, y complementó el ropaje con una faldita a cuadros oscura que le había obsequiado Javier en Navidad. Siempre hay que verse bien.
Diego la saludó parcamente y Salvador fue muy educado. Marisol le quiso decir que no le dijese señora, que la hacía sentir vieja, pero intuyó que eso incomodaría a su hijo. Los dos chicos se fueron a la playa raudamente, y Marisol llegó algunos minutos después. Se ubicó en el lugar de siempre y deseó en silencio que no se le acercase ninguna de las señoras del balneario. Libro en mano, y anteojos oscuros, resolvió contemplar el mar, que parecía ese día de otro color. Del color de la ropa de baño de Diego. Muy cerca de ella se acomodó un grupo de cuatro mujeres que no llegaban a los cuarenta pero que habían pasado los treinta ya hace rato. No la empelotaron. Marisol las analizaría una por una como lo hacía desde siempre con todas las mujeres. Rolluda, celulítica, atrevida para usar ese bikini, anoréxica. Era miércoles, y fuera de los niños pequeños que correteaban entre la arena y la orilla, no había mucho que observar. Las cuatro mujeres, en apariencia, andaban solas. No habían venido ni con sus hijos ni sus maridos (si acaso los tuviesen) y poco les importaba guardar la cordura. Maquinalmente trasladaron su conversación hacia los únicos cuerpos apetecibles que se podían hallar en la playa: Diego y Salvador.
Marisol escuchaba con vergüenza y algo de fastidio algunas frases. El rubiecito (Diego) tiene el poto rico. Ah no, a mí me gusta el de pelo corto (Salvador), mira la espalda que tiene. Qué edad tendrán (Diego tenía 19 años, y Marisol intuía que Salvador andaba por ahí también). No sé, ¿20? ¿21? Ay no, más mocosos se ven, 17 o 18. “Qué desfachatez, como si estos les darían bola”. Oye ¿y han probado hacerlo con un chibolo? Marisol no quiso escuchar más pero la respuesta en coro del grupo la hizo prestar atención. ¡Claaaaro!!! A esa edad son fogosísimos, y duran tres o cuatro como si nada. Marisol pensó en pararse, gritarle al grupo de viejas arrechas que se estaban pasando, que el rubiecito era su hijito Diego, el menor de todos, y que seguramente no había tenido sexo aún. Pero le ganó el morbo y la chismosería. Una de las mujeres empezó el relato. Es facilísimo conseguir mocosos dispuestos. Yo ya lo he hecho con varios. Hay chicos que se la pasan así. Y son riquísimos ah. Los encuentras sobre todo en el gimnasio. Un par de favores, alguna insinuación, y listo. Ellos creen que son pendejos porque les invitas de comer o les regalas algo pero no saben el favor que nos hacen. Imagínate si tendríamos que esperar a nuestros maridos para tirar. Ellos ya tienen a sus chibolas desde hace tiempo, y no les afecta en nada. Al contrario. ¿Por qué nosotras no? Claaaaro, volvían a decir al unísono.
Diego y Salvador se acercaron hacia Marisol. Llegaban en búsqueda de dinero. Querían matar el tiempo tomando cervezas, como grandes. Conforme se fueron acercando, el rostro de las mujeres fue cambiando. Es la mamá, qué roche. Marisol fingió distracción. Estaba también avergonzada. De pronto observó a Salvador. Le reconoció la espalda perfecta, el cabello corto y exacto, los ojos dulces y su sonrisa de niño malo. Mientras buscaba en su cartera algún billete de cincuenta soles, notó que la mujer que había estado hablando de sus aventuras en el gimnasio miraba a Salvador de una extraña manera. Luego él la observó, y le levantó las cejas en señal de saludo.

Por la tarde y luego de conversar por teléfono con Javier algunos minutos, y que este se ponga cariñoso un instante para después decirle que no llegaría a la playa hasta el viernes, fue inevitable para Marisol pensar en las mujeres de la playa. ¿Estaba bien lo que hacían? ¿Era cierto que todos los hombres tenían su chibola escondida? Javier no viene a dormir hoy, tampoco mañana. Y yo…
Después del almuerzo, Diego y Salvador habían salido rápidamente. Casi no hubo tiempo para conversar. Se habían encontrado con algunos amigos. Iban a beber cerveza y para Marisol eso no estaba muy bien. Es miércoles y están tomando. En fin, no quería preocuparse. Ya saben lo que hacen. Aún no se sacaba de la cabeza la conversación de las mujeres de la playa. Encima, el saludo de Salvador con una de ellas le había parecido sospechoso. ¿Acaso era él uno de los chicos que se acostaba con mayores? ¿Y Diego? ¿También? ¡No!
Quizás era el sol que seguía sofocando, el calor y la ausencia de sexo en semanas, pero Marisol no se podía sacar de la cabeza a Salvador. Mira la espalda que tiene, le decía en su memoria la voz caliente de una de las mujeres de la playa. De pronto sucedió lo que no le ocurría hacía mucho. El bochorno, el sudor. Aún tengo mimosas, no te alteres. Luego, se le mezclaron sensaciones. Lo recordó. Lo imaginó. Sintió humedad en su entrepierna después de tiempo. Esto la llenó de gozo un instante. Entró al baño. Cerró la puerta. En milésimas de segundo estaba desnuda. Qué hacer. ¿Tocarse? Hace tiempo no lo hago. Se miró al espejo. No. Mejor abro la lata de galletas. No. Un baño de agua fría.

Marisol terminó en la piscina. Escuchando algo de música y alternando la lectura de una revista con las argollas de humo de su cigarro. Había cambiado de personaje en sus pensamientos. Ahora era Javier. Siempre, Javier. Su carencia de afectos, su indiferencia. La desidia con la que respondía a sus pedidos de arreglar la casa o la camioneta. ¿Tanta reunión en una semana? En fin. Luego escuchó ruidos en el primer piso. Supo que alguien entraba por el sonido coreográfico de sus móviles. Imaginó que serían Diego y Salvador, pero al asomarse por la escalera con una toalla en el cuerpo, sólo distinguió al segundo.
Rápidamente, Marisol descendió hacia su cuarto. Quizás llegaría Diego en un rato y desearían usar la piscina. Casi se atrevió a decir “Salvador, ¿no quieres bañarte en la piscina?” Pero este había ingresado fugazmente al baño. Volvieron a ella la conversación de las mujeres de la playa y la posible complicidad de alguna con Salvador. Y como por arte de magia, su imaginación recreó las películas que veía algunas noches en un canal prohibido de cable, y que a veces le servían a Javier para incentivar sus deseos. En alguna de ellas, Salvador saldría del baño, la sorprendería en su cuarto y la sometería con su espalda perfecta y su sonrisa de niño malo.
Lo que ocurrió fue la antítesis del erotismo. Marisol se acercó hacia el baño en el que estaba Salvador y lo escuchó expulsar literalmente toda la cerveza que había consumido, y de pasada, el pescado frito del almuerzo. Sintió asco. No se alejó mucho. En minutos lo escuchó de nuevo. Intuyó que se ahogaba. Se preocupó. ¿Estás bien? Salvador no respondió. ¿Estás bien? Nada. Voy a entrar. Nada. Marisol entró. Salvador estaba adormilado sentado a los pies de la ducha. Despierta, despierta, ¿estás bien? Salvador reaccionó. Sí señora, no se preocupe.
Al rato Marisol lo acompañaría a su cuarto. Le pondría una sábana extra por el frío. El chico temblaba, pobrecillo. Gracias señora, le diría Salvador. Y Marisol se guardaría una vez más aquello de “no me digas así por que me haces sentir vieja”. Luego volvería a su cuarto. Revisaría en su tocador las toallas higiénicas. Y la cantaleta de siempre. Pérdida de memoria, bochornos, sudor, cambios de humor. Puede ser ¿Sequedad? Jamás. Esperaría a Diego. Quizás lo retaría. Cómo es posible que tomen así un miércoles. Volvería a ser madre y estaría contenta. Sería una noche sin lata de galletas. Y a esperar con ansias el viernes, que llegaba Javier.