jueves, 9 de junio de 2011

Conclusiones de un knockout amazónico (Y)

A Vidita, como quien empieza a pagar la deuda.


El verbo viajar, en su primera aproximación, aviva lo peor de mi ser. Me coloca cara a cara con mis más obstinados demonios, aquellos que tienen que ver con mi desidia y mi apego a la rutina, con mi temor a lo desconocido y mi mediocre afición por la aventura. Abandonar el cómodo sillón de mis días grises para embarcar hacia promisorios palacios tornasolados es algo que genera en mi anatomía más tedio que ilusión, más ganas de estacionarme que de pasarla bien. Rápidamente compruebo que he estado equivocado, y ya instalado en mi destino de turno, disfruto como cualquier hijo de vecino de la apacible posibilidad de respirar otros aires alejados de la responsabilidad del día a día. Pero en un inicio, siempre, siempre sufro.

Por eso no tuvo nada de raro que posponga mis citas con la clínica para vacunarme contra la fiebre amarilla y la hepatitis cuando me encomendaron un viaje laboral hacia Moyobamba, o que extienda mis quehaceres para así poder responder con un pendiente cuando me indicaban que debía comprar mi pasaje de una vez. Lo único que sabía de Moyobamba era su ubicación en la selva del Perú, y que en ese lugar, no hacía mucho tiempo, un miembro del staff de la ONG en la que trabajo había muerto con un diagnóstico que los médicos locales decidieron sellar como dengue.

La fecha ineludible llegó, asumida en mí con la misma desazón del que espera el último día para iniciar el trabajo final de un curso, y me embarqué al aeropuerto Jorge Chávez para pasar cuatro días en la selva como quien se va por un fin de semana a San Bartolo, con exactos y ligeros ropajes, con sólo un par de zapatillas y con aquello de la vacuna para la fiebre amarilla como asignatura pendiente.

Rápidamente comprendí que uno no puede menospreciar a la selva.

Llegué a Tarapoto (desde donde tenía que embarcarme en un colectivo hacia Moyobamba) no sin antes comprar sobre la marcha en el aeropuerto de Lima un pomo de repelente que sería fundamental para sosegar los inminentes (ay, mi fatalidad) ataques del dengue, y comprobé por primera vez que estaba solo en un lugar inhóspito. A partir de ese momento los mototaxis, los mosquitos y el calor agobiante de la selva serían mis compañeros.

El knockout llegó en el primer asalto. Ya instalado en Moyobamba y luego de un reconocimiento de la zona, me di con la desagradable sorpresa de que mi maleta había sido ultrajada, y que para mi desdicha, me habían dejado cada uno de mis míseros ropajes a cambio de la ausencia del setenta por ciento de mis viáticos (que por una estupidez retiré del cajero íntegramente en Lima), la cámara de fotos y la grabadora que me habían proporcionado en la chamba, y una laptop prestada por mi novia, con ese adorable gesto de desprendimiento que tiene para conmigo. A la lona. Uno, dos, y hasta diez. KO.

Quería que me enterrasen ahí mismo. O que me envíen por un tubo hacia Barranco para esconderme en mi casa de este mal sueño. Pero había que pelearse con el administrador del hotel (sospechoso principal del hurto), había que hacer la denuncia, había que confesar frente a mi chica, y lo peor, ¡había que trabajar!

Mi regla eterna de ahuyentar los malestares una vez inmerso en el viaje se rompía por primera vez. Estaba desahuciado, y la única voz capaz de ofrecerme calma en ese momento andaba lamentándose porque el descuidado de su novio había extraviado acaso su pertenencia más preciada, alejándola para siempre de todos sus archivos, entre los que se encontraba la música que había bajado especialmente para mí cuando le deslicé la posibilidad de llevarme su laptop a un viaje de trabajo. Nunca antes me había sentido tan miserable.

Pero la selva tenía reservado algo más para mí.

Dentro de las labores que me asignaron estaba la visita a una tecnología implementada por la ONG en una localidad llamada Shampuyacu, donde habitan los awajunes, esos hombrecillos amigos del café y el cacao que se comunican en una lengua peculiarmente tosca. Para llegar al destino (una captación y una represa capaz de llevar agua potable a toda una comunidad), había que realizar una caminata aparentemente sencilla, pues el núcleo del milagro tecnológico estaba en un pozo subterráneo, en la profundidad de un cerro.

Me enrumbé a la travesía junto a dos awajunes vestidos como si salieran a dar un simple paseo (uno calzaba unos elegantes zapatos en punta y el otro caminaba en sandalias), así que no me preocupé por mi jean viejo y mis zapatillas con suela gastada. A los dos minutos de la caminata descubrí que me había equivocado de plano. El sendero era simple para un selvático, pero para un citadino como yo resultaba inhóspito por donde se lo mirase. Había que trepar entre cerros con pinta de no haber recibido huellas humanas jamás, húmedos por la lluvia y el rocío de las plantas, y de vez en cuando, había que saltar entre alejadas rocas para no caerse al río. En la primera prueba dificultosa mi par de zapatillas se enterraron en lodo, y en la segunda perdí el equilibrio y mi peso venció la rama que había fungido de soga en mis compañeros, y caí al río, mojándome para siempre el jean.

Soy un viajero eventual, pero algo he viajado. Y pese a no ser un montañista, varias caminatas he realizado en mis casi 30 años de existencia. Pero juro que como la que viví junto a los awajunes no hay otra. Ni por asomo. Poco a poco, mientras lamentaba mi suerte y hasta sospechaba que mis compinches me estaban trasladando a un terreno olvidado para matarme, me fui mimetizando con la amazonía, y logré surcar las demás dificultades: atravesar campos protegidos por alambres con púas, doblegar unos perros salvajes que hicieron chillar hasta a los awajunes, caer entre matorrales dominados por extraños insectos que devoraron mi cuello, trepar pendientes apoyado por un palo que en un mal movimiento casi me destroza la pierna, saltar entre rocas acrecentando una vieja y terca lesión que tengo en el muslo… todo eso a cambio de un sudor infinito y de diversos raspones cuando no picaduras de sutiles embajadores del dengue.

Pero al llegar a mi destino, y tras captar la felicitación de los awajunes, graficada en el alejamiento de las posturas desconfiadas con las que me recibieron, cambiando el tono burlesco de su lengua nativa por unas voces amables y dispuestas a resolver mis interrogantes, me sentí muy bien. Más aún al notar la importancia de la tecnología para ellos y su agradecimiento para con mi trabajo. Al menos me hicieron sentir, en el medio de la más auténtica selva, más útil que el grueso de mis contemporáneos que comentaban con poses y rabia sobre política a través de sus Blackberrys en Lima.

El camino de regreso lo hice con mayor destreza (sin duda influyó mi decisión de mandar al baúl de los recuerdos a mi jean y a mis zapatillas), y aún con los golpes del knockout post robo, llegué a la conclusión de que había valido la pena la pelea. Por la noche decidí entrar a una cabina de Internet para sentir el hueco contacto de mis días grises, y por fortuna tenía un email de mi novia (ya sin su laptop, escrito tal vez desde otra cabina), que entre otras cosas me pedía que esté tranquilo, que a pesar de las malas noticias, me andaba extrañado. Yo le respondí contándole sobre mi travesía exagerando mis pesares. E impulsado por la fuerza de su apoyo incondicional, me dije a mí mismo que quería la revancha. Y que en mi próximo viaje, esta vez con los guantes bien puestos, le sacaría la concha de su madre a cualquiera.

martes, 24 de mayo de 2011

Amores perros (Y)

Algún día supe de mascotas. Todo nació con la aproximación de Aika, la primera perra de los Reaño Barriga. Era un inquieto ejemplar de los Schnauzer, esos canes en miniatura poblados de pelos plomos. Nos cayó de regalo una tarde de 1996 (si mal no recuerdo) y creo que escenificó el triunfo de una familia que había pasado de vivir en un pequeño departamento a una casa de dos pisos, con jardincito en la entrada y patio trasero. Aika fue en teoría la perra de mi hermana Paloma, aunque ella desde el primer día le dio la espalda a su papel de “ama” (o “dueña”). Al primer amague de mordiscazo decidió cambiar de ilusión, y se dedicó a sus quehaceres de incipiente adolescente. En su lugar, como quien alcanza el regalo anhelado, Aika, traviesa e imparable, encontró en mi viejo a su primer y único amor. Durante años fue literalmente su “perra guardiana”. Ni bien el hombre se asomaba por la casa, a punta de gruñidos y mordiscos a ras del pie, lo “defendía” hasta del saludo de cualquiera. Pobre del que osaba con tocarlo.

Mi madre le perdió la paciencia rapidísimo, y con mi hermano menor mantuvo una tormentosa relación repleta de celos, que alcanzó el ápice con una frase patentada para la historia de las sobremesas de la familia: (mi hermano –voz aún aguda y desatinada-) “papi, ¿a quién quieres más, a mí o a Aika?”.

Conmigo primó siempre la indiferencia. Hice el intento alguna vez de encariñarme con su torpeza y su muy desagradable aroma pero más pudieron mis autoritarios encierros cada vez que se me ocurría patear la pelota en el patio o los gritos de “¡cállate!” cuando importunaba con sus aullidos. De todas maneras mentiría si dijese que no le agarré cariño. Pero fue un cariño que disminuyó con el pasar del tiempo. A punto de sentir por ella lo que sentía, no sé, por la mesa de noche en la que guardaba mis más oscuros secretos o el control remoto de la cochera que fungía de llave cuando aterrizaba juergueadazo los fines de semana de mi alargada dependencia.

Desde hace unas semanas mi hijita Inés me ha hecho pensar en Aika. No porque compare el vértigo de los primeros años de mi mascota con la actividad que manifiesta mi más preciado amor cuando está a mi cargo, que terminan por dejarme igual de exhausto, pero mucho menos malhumorado. He recordado a Aika porque Inesita, a un pasito de cumplir su primer año en el mundo, a un pasito de mandarse a caminar por sí misma, a un pasito de que ¡por fin! le florezcan los dientes, ha desarrollado un cariño inédito por los perros.

Por algo los llaman “el mejor amigo del hombre”.

Inés es una criatura muy bien estimulada. Recibe amor a borbotones desde sus dos familias, que mueren y matan por ella. Va a cumplir un año recién y ya se ha dado cuenta de que puede variar de comportamiento según el área en la que se desenvuelve. En su “casa uno” (la de su mamá) es más dócil y obediente (aunque no llega nunca a ser una bebé fácil). En su “casa dos” (que son dos, la mía y la de mis padres) hace lo que le viene en gana. Es una batalla cambiarle el pañal, es un trabajo de Estado darle de comer. Ha captado que tiene en mi figura (y por ende en la de mis afectos) un pasaje a la tierna rebeldía. Porque no le puedo decir “no” a ninguno de sus caprichos. Porque cuando suelta esos llantitos improvisados con lágrimas de cocodrilo me dan ganas de regalarle hasta lo que no tengo.

Y en ese maravilloso accionar que es su descubrimiento del mundo, los perros representan su primer acto unipersonal. Nadie le ha enseñado figuras de perritos dibujados, nadie le ha impostado ladridos, nadie le ha regalado (adrede) un peluche canino. Además, no tiene en sus genes ninguna ilación con las mascotas. Pero ella se muere por los perros. Es un vacilón pasearla en su coche por el parque y notar su pequeña anatomía impaciente al cruzarse con un perro vecino. Se levanta del asiento, los quiere tocar, les “habla” de manera especial. A veces, cuando quiero llamar su atención, hago torpísimos “guau-guaus” y ella automáticamente sale en búsqueda del animal.

Era reacio a creer todo esto pero me convencí cuando en una de esas noches difíciles y apasionantes en las que estamos solos los dos le puse un video en la lap top de una canción equis, y apareció un perro en la trama: casi destroza la pantalla. El colmo ocurrió hace dos días (noche similar), me disponía a darle de comer y desde mi balcón se escuchó un ladrido. Sus gestos me llevaron a que la retire de su silla con cinturón y la llevé a tirar lente desde mi segundo piso. No encontramos al animal y ella, desconocedora aún del peligro, luchaba por desprenderse de mis brazos en una escena que me hizo pensar en Michael Jackson, y de purito vértigo, me la llevé, muy a su pesar. No se calmó hasta que tuve que abandonar la faena de sus alimentos y la saqué a la calle para toparnos con cuatro perros distintos que fueron colmando su sed de “domadora”.

Inés es el anhelo de mi futuro y la frutilla de un presente que me sonríe. Pero también es la reconciliación con mi pasado, la rectificación de mis errores. Las impredecibles vueltas del destino han colocado a mi familia de nuevo en un departamento. La casa en la que fuimos felices muchos años forma parte de nuestros recuerdos más sinceros, y junto a ese gran espacio en el que me hice hombre, también se fue Aika, que murió acogida por la tristeza sin despedirse de mi papá. He decidido que, así no tenga jamás un patio trasero ni mucho menos un jardín, si Inés continúa con su fascinación por los perros me compraré uno (tal vez esta vez no será un Schnauzer). Y por ella y por las huellas de Aika en mi alma indiferente, juro que lo trataré muchísimo mejor.

viernes, 29 de abril de 2011

Carreteras (Y)

Buscándote sin saber dónde voy.


Los encargos laborales habían concluido y mi compañero y yo tuvimos tiempo libre desde las cinco de la tarde. En lugar de quedarnos a deambular por la Plaza de Armas de Ayacucho, decidimos arribar a alguno de los destinos turísticos de la ciudad, y elegimos el más cercano: las ruinas de Wari, a poco más de media hora del terrapuerto de Cruz del Sur, desde donde acabábamos de comprar nuestros pasajes de regreso. Después de disfrutar con los monumentos arqueológicos y de conectar con la naturaleza en una recomendable caminata, llegó la hora de partir. Salimos a la carretera en búsqueda de un taxi, notando que en los primeros cinco minutos de nuestra misión no se había asomado vehículo alguno. Mal augurio.

Empecé a pensar en las carreteras. Esos laberintos imprescindibles. Y recordé algunas anécdotas que los tuvieron de protagonistas. Aquí relato algunas:

Yo no bailo solo: volvió a mi cerebro un viaje realizado con mi familia a Huaraz, allá por el año 96, y la manera en que había tolerado los achaques de la altura sin necesidad de ningún medicamento. A la hora de retornar, un sentimiento de todopoderoso se apoderó de mi cerebro, y en el desayuno me empujé un mate de coca con tres panes con huevo frito. Viajaba junto a mis padres, mi hermana y una prima que había venido de paseo desde Los Ángeles. En otros carros, los demás miembros del clan Reaño nos hacían caravana. Ellas no cesaban de darle vueltas a un cassette de un dueto femenino que se hacía llamar “Ella baila sola”, y las constantes curvas me instaban a odiar sus voces chillonas cada vez más. De pronto mi estómago me indicó que debía pedirle a mi padre que estacione el auto, ahí, en pleno camino, porque estaba a punto de fabricar mi propia carretera para las hormigas del suelo serrano, que cual tsunami, padecerían ante unas olas gigantes con olor a huevo frito. Hasta hoy recuerdo las risas burlonas de mi prima y mi hermana. Y mi venganza al momento de recuperar el color en mi rostro de decirles que su “interpretación” a dúo había sido tan nauseabunda que no lo pude evitar. Y hasta hoy, cuando mi neurona musical le ordena a mi cerebro que debo cantar, aparece de vez en cuando la frase “de mayor quiero ser mujer florero”, de la canción más absurda de “Ella baila sola”. Y ese día no como huevo frito ni cagando.

Cousin on the rocks (mushroom mountain): éramos jóvenes y teníamos licencia para experimentar. Andábamos bien acompañados y con los estímulos de una vida sin ajetreos pre rupturas, migraciones, soledades y bolsillos flacos. Mi primo y yo, sin tener aún en claro que de aquel grupo de viajeros seríamos los únicos en patentar una relación hacia la eterna posteridad, nos sumamos a la iniciativa de alguno de ingerir unos champiñones a lo natural que nos despertaron absolutamente todas las neuronas de la felicidad. El escenario era perfecto: la laguna de Llanganuco y su exquisito frío y sus paisajes aledaños con espejos minerales y árboles sonrientes. A la hora del retorno, por un camino plenamente de trocha y una Station Wagon zigzagueante, dejé el disfrute colectivo para meterme de lleno en mis introspecciones, en ese entonces, un film por el que desfilaban todos mis afectos, hasta los lejanos, sazonados con el infalible insumo de la sonrisa, llegando a la conclusión de que comentaría mi aventura hasta con mis padres, y que recomendaría aquel platillo al natural a todo el mundo. Tiempo después, cuando la licencia estaba por caducar, volví a saborearlo, con la misma intensidad pero con resultados diametralmente opuestos. Ahora me alimento con champiñones muy de vez en cuando, pero los alejo de su naturaleza contaminándolos de una manera gastronómicamente correcta. Las carreteras de trocha sólo me generan dolores de cabeza. Y de las compañías de Llanganuco sé poco y nada. Eso sí, a mi primo, felizmente, lo sigo teniendo cerca.

Gargantas de lata y eternas: la agencia de turismo que me regaló mi primera experiencia laboral pagada se empecinaba en mandarme a cubrir las más inertes comisiones, casi siempre acontecidas en algún lugar donde se celebraba la apertura de un nuevo destino de alguna aerolínea, el Workshop de algún hotel, el aniversario de cualquier empresa relacionada al turismo. Lo triste es que chambeaba de 9 de la mañana a seis de la tarde, y estas comisiones generalmente ocurrían a partir de las siete u ocho de la noche, por lo que me pasaba prácticamente el día entero trabajando (bueno, si podríamos llamar trabajo a tomar sin ganas un par de fotos y a devorar bocaditos con poco pudor). Pero un día la cosa pasó a mayores, y fue el primer indicio fuerte que me llevó a pensar que los 500 soles que cobraba cada fin de mes no tenían sentido: me mandaron de viaje a Lunahuaná todo un fin de semana, a cubrir un festival de deportes de aventura. Acudí a regañadientes, dejando varado mi clásico plan de verano sanbartolino. Fui junto a un pata de mi chamba que hasta ese momento me resultaba indiferente, pero que terminó convirtiéndose en mi primer amigo del trabajo. El primer día yo cumplí como todo un practicante (mi puesto en Comunica2, mi primera chamba) con mis obligaciones mientras él descansaba en la piscina del hotel o se “perdía” por el pueblo. En la noche se celebraba una fiesta con todos los periodistas y deportistas. Allí me crucé con un par de amigos de El Comercio que estaban en las mismas, y junto a mi broder, hicimos buenas migas. Terminamos en otro tono en Cañete, parloteando como si fuésemos íntimos de toda la vida. Al día siguiente mi amigo decidió seguir descansando y yo me uní al dúo de El Comercio saboteando su empeño y conminándolos al siempre rico hueveo. No sé cómo llegó una botella de pisco a nuestras manos, y decidimos caminar y caminar por la carretera en la que descansa el valle de Lunahuaná. Nos dio la noche mientras escuchábamos el relato de uno de ellos, que decía que el pisco en Lunahuaná era mágico, y que su mejor atributo tenía relación con la longevidad. No le hubiésemos creído si es que no aterrizábamos en una cabaña al borde de la carretera a comprar nuestra segunda botella de pisco, y compartimos la tertulia con un par de ancianos que bordeaban los noventa años, y que chupaban con el hígado más entero que nosotros. Siempre recordaré ese viaje. A veces cuando no me basta con mi salario me acuerdo de mis 500 soles. A veces cuando ingiero pisco puro me acuerdo de mis compinches de aquella vez. A veces cuando me siento viejo me acuerdo de Lunahuaná.

Un copiloto con piel de gallina: viajar es siempre positivo. Así lo hagas sin mapa y sin brújula, así te ampares a las reglas del destino sin tener la más remota idea del desenlace. Pero a veces uno tiene la dicha de hacerlo en los dominios de una cápsula capaz de trasladarte a lugares apasionantes. Eso me ocurrió en una travesía que hice de copiloto junto a mi tío más viajero en un año nuevo, a bordo de su histórico Hyundai rojo, con el que atravesamos de hachazo diversas regiones y climas del Perú. Desde Pachacayo y sus casitas de campo con bríos europeos y el calorcito siempre tierno de San Ramón; pasando por Tarma, donde recibimos las 12 en una fiesta de pueblo al ritmo de una orquesta que repetía sin envidiarles nada todos los hits del “Grupo 5”; o las peripecias contaminantes de La Oroya, ese pueblo a 3 mil 800 metros sobre el nivel del mar que te vuelve de metal las fosas nasales en pocos segundos. Fue un viaje redondo. Lo pasé atento a las anécdotas de mi tío, sorprendiéndome de su familiaridad con los lugares más recónditos, conociéndolo un poco más, sintiéndome orgulloso de formar parte de sus afectos. Y en mi misión de copiloto, tuve que adoptar facetas de su recia personalidad para no desentonar, y creo que encontró en mi compañía una grata sorpresa. En nuestra primera noche, que pasamos en Pachacayo, mientras tomábamos whisky sin hielo y disfrutábamos de unas ínfimas galletas con queso serrano que habíamos encontrado en el camino, el frío, el hambre y el deseo de aventura se apoderaron de nosotros, y por sugerencia de mi tío salimos en búsqueda de un restaurante en la carretera donde vendían “un caldo de gallina espectacular”. Lo malo fue que nos agarró la lluvia. Una lluvia que de tímida pasó a ser torrencial mientras el Hyundai rojo esquivaba las maniobras egoístas de los camiones y buses interprovinciales. Teniendo al volante a mi tío me sentía seguro en medio de una montaña rusa al natural dominada por la niebla, las fuertes gotas de agua y la aparición imprevista de los enemigos de ocasión: los demás vehículos. Al llegar a nuestro destino, los otros tripulantes del auto bajaron raudos con las glándulas salivales anhelando el caldito de gallina. “¿Qué tal el camino? Un poco bravo, ¿no?”, me dijo mi tío, y por primera y única vez en ese viaje fue un ser humano normal. Su pálido rostro y su agotamiento se impregnaron automáticamente en mí. Cuando llegaron los platos todos devoraron dispuestos a la tertulia, pero mi tío y yo nos pasamos en silencio ese momento, dejando intactos nuestros caldos, acaso pensando que nos quedaba todavía el camino de regreso.

En esas cuatro mini-historias pensaba mientras se hacía de noche y ningún vehículo osaba por pasar por nuestro lado. Mi compañero andaba metros atrás, captando imágenes que se perderían al ratito en los archivos desordenados de su laptop. Mi angustia se agigantaba conforme pasaban los minutos, y ya me imaginaba durmiendo en plena carretera tiritando de frío a la espera de que un puma o cualquier otro animal salvaje acabe con mi vida. De pronto, cual Coca-Cola en el desierto, apareció una combi destartalada atiborrada de pasajeros. Ya en su interior llegué a la conclusión de que algo debería escribir al respecto. Y bueno, aquí está.

Oda a la pulga (Y)

A todos los niños del fútbol.



Sólo cuando te veo en ese escenario verde fabricado para ti, estoy de acuerdo con el salario que se les paga a los futbolistas. Cuando llega hacia tu pie izquierdo ese objeto redondo que muy pronto aprendemos a amar, el mundo parece un lugar feliz. El fútbol, definido por alguno como lo más importante de lo menos importante, es como la vida misma, esa estación inexplicable, esa condena llena de arrebatos sobrenaturales que muchos buscamos explicar con un Dios. La diferencia en el fútbol aparece contigo, la certeza de que lo sobrenatural es palpable, que lo inesperado resulta rutinario, que los dioses respiran y visten la 10 del Barcelona.

Los fanáticos de mi generación te debemos los últimos rayos de emoción en tiempos en donde un tal Mourinho vende más que los futbolistas, en días donde cada vez hay menos espacio para los Zidanes o los Riquelmes. Vivir es jugar, diría un amigo, y vivir (yo agrego) es contemplar tu juego. El juego y los ídolos están reservados para los niños, y cada vez que asomas en la pantalla me siento orgulloso de seguir siendo un niño…

…el niño que bordeando las tres décadas tiene un afiche con tu imagen en su cuarto, y que cambió la hora de su almuerzo en el trabajo para coincidir con tu danza en el segundo tiempo, acaso sospechando que alguito me regalarías, un lujo, un pase genial; y que fue recompensado con ese oportunismo tan tuyo para poner el primero y con esa genialidad tan tuya (y ya no maradoniana) para hacerme saltar y gritar que el hambre y la angustia del minuto a minuto habían valido la pena.

Gracias por existir, querido Messi.

lunes, 18 de abril de 2011

Políticamente nulo (Y)

Desde que Alan García tomó el poder del país, en el 2006, han pasado muchas cosas en mi mundo. Cinco años es un período considerable en el ciclo de vida de un ser humano. En toda circunstancia, define el cambio de una etapa a otra. Yo tenía 24 años cuando Toledo le entregó el sillón presidencial a Alan. Y hoy, a puertas de unas nuevas Elecciones, bordeo los 29. Durante el gobierno que está por concluir, acabé a regañadientes la universidad. Me posicioné en un trabajo, no sin antes navegar entre el desempleo y la incertidumbre. Viajé mucho por el Perú. Salí del país una vez. Viví con pasión dos Mundiales y una Copa América. Sufrí con la Selección y sus absurdas decisiones dirigenciales. Disfrute de un título de Alianza Lima. Me enamoré del juego de un tal Lionel Messi. Viví en tres hogares distintos. Abandoné la casa de mis padres. Me convertí en padre. Terminé una relación de pareja. Empecé otra. Leí algunos libros. Descubrí a Daniel Alarcón y a Haruki Murakami, y me volví uno de sus fans. Me compré un Play 3 y pasé de ser el rey, a pelear la baja en el Winning Eleven. Me creé una cuenta en Facebook. Empecé un blog. Escribí con regular frecuencia. Pasé sin pena ni gloria por diversos concursos literarios. Obtuve una mención honrosa en uno. Acudí al cementerio a despedir a cuatro seres muy queridos. Tuve unos dolores espantosos en el estómago que me llevaron a pensar que yo sería el siguiente. Una tarde cualquiera, medité arduamente sobre la triste sentencia de que pronto tendré 30 años.

Traté de ser más abierto en diversos temas. Decidí ser un hombre medianamente informado (bienaventurada la Web de El Comercio). Logré entablar largas conversaciones más allá del fútbol. Desde que tuve una hija, me preocupé por el futuro. Vi que las noticias hacían alarde de un crecimiento económico en el país, pero a mí, como a millones de compatriotas, no me tocó ni media tajada. Como buen peruano, olvidé pronto los antecedentes de Alan García y me dediqué a mis quehaceres. Parece que fue ayer cuando voté en contra de Ollanta Humala.

Muchas cosas han cambiado. Menos la política, con la salvedad de que ahora la discuten con pasión improvisada los jóvenes por las redes sociales (y esto es el despegue, ojalá, de la formación de muchachos muchísimo más informados que yo). Yo me he mantenido al margen. Me incliné por Toledo en un inicio pero terminé por sucumbir ante la falsa salvación denominada PPK. Hoy quisiera tener alguna opinión cuajada sobre el tema. Pero no la tengo. Muchas cosas han cambiado por mi mundo desde que Alan García tomó el poder del país en el 2006. He envejecido. He madurado. Pero mi relación con la política (no sé qué tanta culpa tengo) sigue siendo infantil. Sigue siendo la del jovenzuelo de 24 años que escribió este texto tras votar por el clásico “mal menor”. Y perdón por la franqueza:


Alan Presidente.

El triunfo del mal menor


Acostumbrado a mirar de reojo la política y a juzgar benévolamente y sin criterios fijos a nuestros gobernantes, este 2006 hubo un hecho que me impulsó a dejar de lado mi indiferencia y a empaparme, al menos en algo, del acontecer electoral: la posibilidad latente (y cada vez más fuerte) de que el ex mandatario Alan García sea el sucesor de Toledo en el sillón presidencial. Al principio me causó risa. Y hasta llegué a tildar de ilusos a los simpatizantes apristas que, entre las sombras primero, y luego con mucha arrogancia, lo daban como ganador. Luego me sumé al coche de la mayoría de limeños de mi condición (económica y social) que apoyaron a Lourdes Flores sin tener siquiera un argumento sólido. El problema era cómo hacer para que Alan no sea Presidente. Y Lourdes era la elección más fácil, ya que Susana Villarán, Diez Canseco, Lay o Paniagua eran sinónimos de terquedad o reservados para soñadores, pues su popularidad era escasa.

Por otro lado, siempre observé con respeto (y miedo) el fenómeno Ollanta Humala. Es evidente que el Perú es un país centralizado en el que Lima ata y desata, y en el que las demás provincias o departamentos son prácticamente arrojados al abandono, generándose así la aparición de muchísimos “Miniperúes” (si vale el término). La consecuencia lógica es la generación de un resentimiento gigante y entendible originado sobre todo en la sierra, la zona más pobre del país, ante los incontables años de gobiernos que no han hecho más que acrecentar las diferencias sociales y económicas entre Lima y el resto. Y Ollanta apuntaba a ese gran sector. Y lo hacía a la altura del rencor enorme de la gente de esos “Miniperúes”. No es necesario ser un gran orador o medir un metro noventa para decirle al pobre que es pobre por culpa de unos cuantos, y que el nacionalismo (se pudo llamar hasta “chichanismo” y daba igual) es la solución.

Confieso que hasta el día de las elecciones de abril, cuando observé a la gente de “mi país” (Lima pituca) vitorear a Lourdes Flores e insultar a Humala, pensé: lo hemos logrado. Sin darme cuenta que esta vez el iluso era yo. A escondidas, Alan García tomaba fuerzas, y los resultados al final de esas fatídicas semanas que se llamaron Onpe indicaron que Ollanta era ganador con algo más del 30 % y que en segunda vuelta su rival era Alan.

Una bomba. Escuché a más de uno en mi entorno frases con el “me voy del país” como título. Había que elegir: un asesino o un ladrón. El famoso mal menor quedaba como único salvavidas en medio de un naufragio. Lourdes pecó de honesta tal vez. O se equivocó de aliados. Le faltó entender que para dominar un país hay que ser un poco hijo de puta. Y para dominar el Perú, algo más. Los días siguientes hasta ayer 4 de junio fueron una constante, que cambió de giro y de villano: hay que tumbar a Humala. Hay que ver la manera de que no gane este individuo amigo del rencor de la sierra y del descontento de la selva.

En eso el periodismo y los medios de comunicación en general fueron claves. Periódicos que otrora escribían pestes de García esta vez lo hacían de Ollanta, y hasta Jaime Bayly, enemigo de Alan, se mostró a su favor, con tal de que Humala no siga avanzando y aquello del fusilamiento de los gays (que en realidad envolvía otros aspectos mucho más serios y reales) pase al olvido. Nunca vi una competencia tan desigual. El fascista contra el candidato de todos. El asesino contra el arrepentido. El que estaba con el serrano y con el olvidado, contra el que prometía extraer del abandono al de la sierra pero sin dejar de lado los engreimientos hacia nosotros, los limeños. En síntesis, el malo contra el bueno. ¿Qué bueno?

No recuerdo exactamente (repito, nunca fui muy político, y tal vez era muy pequeño) el gobierno anterior de Alan García. Sí recuerdo los años siguientes, cuando el terrorismo nos colocó al borde del colapso y cuando “un chinito cualquiera” nos dominó durante 10 años. Sí recuerdo los tiempos en que la palabra Alan era sinónimo del diablo. El tren eléctrico, la inflación. Su exilio. Las frases de “Alan Vuelve” en las paredes tan amenazantes y semejantes para mí como las que decían “Viva el Presidente Gonzalo”. La canción “Las torres” de los “No sé quién y los no sé cuántos” cuya “lisura” más fuerte era “Alan García y su compañía”. Los no tan lejanos años en los que pensar en un triunfo de García y su APRA era un pasaporte a la destrucción.

Pese a que siempre dije que votaría en blanco o viciaría mi voto me ganó el miedo. Tuve claro desde que perdió Lourdes Flores que mi voto, muy a regañadientes, sería para Alan. Ollanta se equivocó y mucho. Su peor enemigo fue Chávez y tal vez también Abugattás, y al menos para mí, su antipática esposa. Sólo en el Perú ocurre el fenómeno que indica que cada vez los candidatos a la presidencia son peores. A la fuerza y con violencia no se gana, y quizás si hubiese sido más medido en sus declaraciones y con sus allegados, Humala sería el ganador. Las estadísticas y los números dicen que mal no le fue.

Ayer caminaba por Miraflores cuando me dieron las cuatro de la tarde, y en un pequeño restaurante frente a Ripley escuché gritar de alegría a la multitud. Alan García era el nuevo Presidente del Perú, y la gente festejaba. Señoras que seguro hicieron esas colas por el arroz y la leche que nuestro nuevo líder ha prometido que no existirán; señores que quizás algún día fueron apristas y luego fujimoristas y luego toledistas, que no hacen más que resumir la incertidumbre del pueblo y la posibilidad inexistente de poder solidarizarnos con alguien de la política para siempre, porque nadie sabe si mañana aparecerá envuelto en la corrupción. Yo cerré mi puño en señal de triunfo. Como festejando un gol de Alemania contra Ecuador en el Mundial. Sabiendo que el gol de las elecciones no era el gol del enemigo, pero tampoco el mío.

No logro entender el fenómeno de Alan García con la gente. Es cierto, muchos no lo pasan, sólo lo consideran el salvador ante la casi arremetida de Humala, pero hay quienes lo aclaman. Quienes en realidad sí festejaron su gol como el gol del Perú. Eso obedece tal vez al deseo del pueblo de identificarse con alguien. A falta de ídolos deportivos desde hace rato, bienvenidos los ídolos de la política. Imagino que Alan en el 85 para estos que festejan era como el Maradona a puertas de gritar su triunfo en México 86 para los argentinos. Joven, de verbo florido, ni cholo ni gringo, grande. Quién mejor que él para gobernarnos. Pero ese ídolo sí fue de barro y decepcionó a todos. No consiguió el título ni mucho menos. No hizo sufrir de pena al pueblo por una suspensión por doping, pero “sólo” los depositó en el cruel castigo de la pobreza. Y en un camino maldito con pinta de círculo vicioso, que continúa hoy, 16 años después de que el ídolo abandonara el país casi como un criminal.

Ese Alan hoy no existe más, pero el constante ir y venir del Perú lo ha hecho renacer entre sus tinieblas. Espero que esas canas que hoy adornan su ex cabellera de galán mexicano y esos kilos demás que han ensanchado su papada y su abdomen no sean sinónimos de aspirar una tajada más grande aún, sino que muestren su madurez y su capacidad para que al menos esta vez, no nos friegue tanto. No quiero ni imaginarme en cinco años cuando la “sierra exportadora” sea una quimera y pase al olvido. Cuando la centralización cada vez sea más reducida. Cuando la educación en el Perú siga paupérrima. Y cuando Chile acentúe su diferencia contra nosotros y nos siga sacando ventajas, y la meta de Alan de superarlos cause una de esas risas que sirven para aguantar un poco el llanto. Y tenga que decidir mi voto por un Ollanta más cuajado y con más experiencia. La regla en mi Perú indica que aparecerá en cinco años, si es que no en menos, un candidato peor. Y que volveremos a festejar el gol del mal menor.

Gabriel, junio 2006.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Un sentimiento, no un verbo (Y)

Líneas asorochadas. Nostalgia provinciana.
El Perú es maravillosamente lindo sobre todo cuando salimos de Lima, o de la rutina, o del tedio gris, que es lo mismo. El Perú es enigmáticamente lindo porque al llegar al corazón de una provincia aún nos golpean las huellas de Lima y su falsa (u obsoleta) aristocracia y su tarjeta de crédito. El Perú es injustamente lindo porque el paisaje que nos sacude más el cerebro está escondido en un pueblito recóndito habitado por la cruel regla del pobre, o la lejanía en peligro, o la soledad ignorante.
Ayacucho ya no es terror. Ayacucho es positivo. Lo compruebo con mis contactos laborales de estos lares, que empiezan llamándome "ingeniero" y terminan gastándome bromas sanas pero irreproducibles luego de que les cuento un poquito sobre mi vida. En Ayacucho los miedos se quedan en la puerta. Dentro de las casas asoman crucifijos y santitos estáticos junto a unas fotografías antiguas que nos relatan que por acá ocurrió algo crucial para esta patria, algo injusto y (tristemente) comprensible.
Pero la gente de a pie es amable. Y cuando escuchan PPK se cagan de risa. Pero si hablan de Keiko hablan del Chino, de sus obras, de su supremacía ante los (más, un poco más) malos de la película. Y Toledo no hizo nada, y si volvió Alan… pues voto por Keiko. Humala está loco (vaya, una buena). La gente de a pie sigue siendo amable. José, el del hotel, me saluda con afecto y mirándome a los ojos; Sandra, la de la bodega, se sonroja con optimismo; y Soledad, en la inmensidad del campo y de su titánica faena de cuidar vacas de una a seis de la tarde, es Madeinusa (y no Magaly), y no acepta posar para la cámara porque no le gusta la ropa que lleva puesta (que a mí me parece hermosa).
Viajar es un sentimiento, no es un verbo. En mí: es tensión, nerviosismo, flojera… y al final, disfrute máximo. Viajar también, y sobre todo, es volver.
Y volver es añorar.
Inés aparece en cada rostro feliz. En cada distracción del piloto. Inés está en mis vacilaciones cuando la imagino conmigo en la sierra; y en mi preocupación porque con este frío, no se me vaya a enfermar. Inés está en la canción "Ay Carmela", que una noche le hizo Sabina a su hija. Y mientras la escucho con atención por primera vez en mi cuarto de hotel, debo salir porque se me anuda la garganta, y necesito plasmar en bonito estas cojudeces que vengo arañando en mi libreta de apuntes.
Entonces le doy un click a la pantalla y recuerdo a la otra mitad de mi amor, a la actual protagonista de mis satisfacciones humanas, y noto que el Perú es chévere fuera de Lima, pero más chévere si la tuviese a mi lado, y que estoy en Ayacucho muriendo de frío, bajo la resaca tétrica de un camino poblado de lodo patinante en una inhóspita carretera lluviosa y un mágico arcoíris a las 5 y 29, y la evoco diciéndome que ya quiere que llegue el invierno, y no acepto sus argumentos, y como se da cuenta, me dice que también anhela el invierno para tomarse un café conmigo. O mejor un tecito, mi amor.
Siento que viajar es satisfactorio porque siempre hay que volver a casa ("a alguna casa"). Y es lindo redescubrir que el Perú es mucho más que la Lima de los problemas y de los embaucadores de vehículos. Y en un cielo diferente, te palpita el alma pensando en Inés, y maquinas con emoción en cuál de las frías esquinas le encontrarás el regalo perfecto. Y recuerdas que estás en Ayacucho en un insólitamente helado mes de marzo. Y que rodeada de sol, tu "princesa vampira" respira. Y te mira. Y te acepta pese a lo que eres y lo que no serás jamás. Y la extrañas, porque Barranco se parece tanto a Órganos… y le pedirás a los Dioses o a las pastillas que te permitan dormir pese al frío, y aunque añores con el alma las últimas olas del verano, soñarás con ese café desabrigado. O tienes razón, un tecito está bien.

martes, 8 de marzo de 2011

Los monstruos y la mujer noche (F)

Creo en los fantasmas, terribles, de algún extraño lugar (y en mis tonterías para hacer tu risa estallar).
Tiago fue el primero en hablarme de la mujer noche. Ocurrió una tarde de primavera, mientras paseábamos en bicicleta por el malecón de la brisa, y yo le repetía las mismas frases que atormentaban mi cerebro desde hacía unos meses, y él respondía siempre amable, siempre positivo, aún a sabiendas de que yo reconocía de memoria su naturaleza, y lo que escondía entre las sombras de sus ojos tristes. Lo hizo casi pidiendo permiso, como si estuviese rompiendo el tácito pacto que colocaba a nuestra amistad en el espacio en el que él actuaba como receptor y yo como el ególatra paciente de un psicólogo barato que a la larga me ofrecería las frases que requería escuchar, con tal de no sufrir, con tal de no reír, con tal de no despegar del letargo en el que me había encallado.

He conocido a una chica, me dijo sin variar la suavidad de su voz.

Yo conozco a Tiago desde que tengo uso de razón. Lo he visto crecer y moldear esa personalidad tan inquietante, esa mezcla de tormento y encanto. Y sé que cada vez que me menciona una chica es porque se trata de “la chica”. Por eso decidí prestarle atención y olvidarme de mis rollos repetidos. Tiago me hablaba de una presencia ineludible. De un volcán en medio del fuerte ruido silencioso de una discoteca al que bautizó como mujer noche. De unos ojos de caramelo. De una sonrisa fácil. De algún amigo que le jugó algunas bromas. De una mirada fija de dos segundos. De sus párpados escondiéndose. Y se me hacía facilísimo imaginarlo. Y hasta sentir ternura por sus vacilaciones, por la maldita coreografía de avispas en su estómago. Por su callar. Por su extrañar. Por su escribir luego para borrar después.

Yo representaba en mi cerebro su figura en la discoteca, con un vaso de cerveza en una mano y tolerando el humo de los cómodos parroquianos pese a cargar en el pecho con el cartel de no fumador. Por eso perdí un poco el hilo de su discurso mientras me posicionaba junto a él en la imaginación, con la certeza de que nada hubiese cambiado yo, que en nada hubiese contribuido. Y tal vez por el atardecer, no me percaté del todo de que nos habíamos cruzado con un grupo de gente en el malecón mientras pedaleábamos, y la única chica del grupo se le quedó mirando, y entonces volvió en nuestro silencio su relato. Y las avispas y el humo y el dolor. Era ella, me dijo cuadras después, era la mujer noche. Uno de ellos debe de ser el novio, sentenció, y las emociones de hacía instantes se dilataron en esos tremendos ojos de tristeza.

Tiago y yo somos esos ojos tristes. Por eso lo quiero tanto. Y por eso me esmero en tenerlo cerca pese a que nuestra unión está muy ligada al fracaso. Antes de aquella bicicleteada por el malecón y de la aparición de la mujer noche en nuestras conversaciones el único tema era mi insomnio. Había pasado meses sin poder dormir por las noches, sin conocer la clara luz del día, adentrándome en pensamientos dolorosos que no me permitían producir ningún párrafo hacia el futuro, y Tiago había sido mi aliado. Mi compañía fiel. He llegado a pensar que por purita consideración él tampoco dormía, y que aquello de compartir el insomnio era una excusa para no abandonarme.

Mi insomnio tenía nombre de mujer. Y Tiago conllevaba la angustia. Éramos cómplices los tres de una parte importante de nuestra relación de a dos que nos había llevado a pasar las páginas calcadas de un calendario con disfraz de eternidad, y que se había roto intempestivamente en el séptimo mes. Insomnio, entonces, era mujer, y por ella había conocido a Octavio. El segundo personaje en hablarme de la mujer noche.

Octavio sopesa la melancolía de Tiago. Su compañía es, también, indispensable. Pero desde el otro lado del cristal. A él me lo presentó insomnio cuando aún podía dormir, cuando aún el día me era familiar y no se había convertido en un deseo cada vez más lejano. Y fuera de tenerle celos, lo utilicé para usurpar sus pensamientos y para impregnar en insomnio el virus mentiroso de mis anhelos.

Cuando las noches se hicieron más largas Octavio dejó de recorrer nuestro sendero. Y vaya coincidencia, había vuelto a aparecer con un discurso opuesto al de Tiago pero con la misma protagonista. Para Octavio la mujer noche era una presencia alcanzable, vulnerable además, y el supuesto novio un escollo baldío. Me hablaba también de una discoteca aunque distinta a la de Tiago. Me hablaba de un malestar narciso que lo había depositado en un extraño estatus antisocial, y de la mujer noche rondándole en más de tres oportunidades con genuino interés. Siempre se me ha hecho difícil creerle a Octavio pero pocas veces me ha decepcionado. Suele ser un conquistador pero le falta moderar su ímpetu. Su principal virtud no radica, como él cree, en su facha; figura en su ágil sentido del humor. Y según lo que me contaba de la mujer noche, era ella una persona propicia a la carcajada. Podía ser verdad.

Decidí despojar la pena y alejar a Tiago de la conversación para seguir averiguando aspectos de la mujer noche desde la retina de Octavio. Uno se da cuenta cuando una chica está interesada, me dijo, y ella lo está. Necesito saber en qué frecuencia anda, porque no me quiero enrollar en nada serio con nadie. He estado amarrado mucho tiempo y ya sabes, se viene el verano. Para Octavio mucho tiempo era poco tiempo. Y era de los contados personajes que metía el bichito de las terceras personas entre insomnio y yo. Lamenté la suerte de Tiago. Su silencio y su contemplación exagerada. Y hasta sentí misericordia por la mujer noche. Las chicas que se obsesionan con gente como Octavio nunca acaban bien.

Pero debo confesar que algo en el accionar de mi amigo me generaba cierta envidia (sana). En pos de alcanzar la luz, semanas atrás, uno de los primeros manotazos de ahogado apareció anhelando esa coraza para mí. Deseando esa armadura para enfrentar la bulla y atrapar corazones. Lo necesitaba con urgencia por esos tiempos de madrugadas palpables. Había muchos peces en el agua y muchos andaban con la temperatura apta para sumarse a la puntería de mi anzuelo. Pero la mujer noche se había convertido de pronto en alguien especial en mi cerebro y el mar me había dejado de interesar. Pese a que no la había visto de frente, me era familiar. Más aún cuando una noche cercana al verano la reconocí sentada en el mismo malecón en el que Tiago la había encontrado, conversando con Esteban, el tercer hombre en hablarme de ella.

Esteban es un amigo peculiar. Sé que compartimos muchas cosas, que tenemos muchos rasgos en común, pero extrañamente nuestros encuentros son exiguos, y nunca llegamos a sentirnos cómodos frente a frente. Es como si cada uno supiese algo del otro que no se atreve a mencionar, pero que sabemos trascendente. Somos parecidos, lo acepto. Pero no queremos serlo. Si no fuera por la intriga que me generó su encuentro con la mujer noche no lo hubiese buscado. Así ha sido siempre nuestra amistad. Esporádica y fuerte. Genuina e impertinente.

Me saludó con más cariño del habitual. Sabía perfectamente de mis peripecias con insomnio. Más allá de mis ojeras y mi andar amortiguado, intuí en él una conexión con mi interior. Me dio gusto. ¿Qué ondas con la mujer noche? Le solté la pregunta sin pestañear. Él me respondió como si estuviese a la espera. Y me dijo que sabía de lo que sentía Tiago por ella, y que ella, además, no era tan ajena en su respuesta. Pero que no dudaba en afirmar que Octavio la había conquistado. Y había algo más: Esteban también la quería, y la quería desde antes.

Nunca te lo mencioné pero es verdad, me dijo Esteban. Ha pasado mucho tiempo desde que ella frecuentaba mi espacio pero su presencia, aún en la distancia, jamás resultó intrascendente. Esteban me hablaba de un cariño casi familiar. De días de infancia. De huellas en orillas. De idilios prohibidos. De corazones rotos. De un encuentro furtivo. He seguido sus pasos siempre, me decía. Y creo que nos hemos tenido a nuestro modo un cariño cómplice, aún sabiéndonos inalcanzables.

Pero había algo esta vez que empujaba a Esteban a dejar de lado el simple cariño. Algo que no podía describir pero que lo llevaba a pugnar por conquistarla. Vista desde sus ojos, la mujer noche alcanzaba el clímax en mi inquietante curiosidad. Entré en un dilema moral. Me sentí el emperador de la hipocresía. Tres de mis amigos más íntimos se disputaban, a su manera, el amor de la misma chica. El amor enigmático de la mujer noche. Y en lugar de tomar partido por alguno veía cada una de sus historias como el estímulo fundamental de mi propio despegue. Cuando insomnio no era insomnio este tipo de vacilaciones quedaban rápidamente en el olvido, o dibujadas en forma de letras en pantallas unipersonales. Ahora no había excusas. Esa fue la egoísta conclusión a la que llegué.

Tiago jamás daría el paso crucial. Octavio andaba preocupado en demasiados detalles. Y Esteban había perdido su oportunidad. Al despedirme de él, me habló de otra discoteca. Una distinta a las frecuentadas por mi par de amigos. Pero esta vez, no mencionó el pasado.
De pronto estaba yo sumido en el humo de los parroquianos. Tolerando el ruido silencioso de un antro olvidado. Con las huellas de insomnio escondidas para siempre en el bolsillo. La descubrí entre las sombras y noté que los ojos tristes a veces cargan mercurio. Y cuando los párpados se vuelven fulminantes, superan la barrera de los dos segundos. Sabiéndome poco agraciado, solté un chiste al aire y asomó el cálido brío de una carcajada. Era tal como me la había descrito Tiago, pero diferente. Avispas danzaban en un pasadizo de dulzura. Un volcán ahora en reposo. Y me acordé de Octavio a la sonrisa número tres. Entonces noté que como Esteban, yo la podía haber amado en tiempos lejanos, pero eso ya no era relevante. ¿Nos conocemos? Me preguntó casi afirmándolo. Y yo la tomé de la mano para no soltarla. Y aprendí a cerrar los ojos para despertar y despertar al lado de la mujer noche, conociendo la real magnitud de sus encantos a plena luz del día.