jueves, 27 de noviembre de 2008

Los Cadillacs tocando para ti (Y)

(Esta vez) "no me importa poner las letras, sólo me importa mi mujer".
Hace un par de años parecía imposible, pero es la realidad. Están a la vuelta de la esquina. A tan sólo horas de su presentación en el mítico Estadio Nacional. Sí. Los Fabulosos Cadillacs llegan al Perú, y este sábado prometen no parar de sonar, rompiendo ritmo en las rodillas, “y su nombre va a estar encendido en un cartel”. Es imposible ser amante de la música en español y no guardar especial cariño por Los Fabulosos. Una banda contagiante, de buena vibra, y sobre todo, humana, real. Desde su ritmo, con una dosis grande de Ska, otra de reggae, un poco de balada, merengue y hasta salsa, pasando por la particular voz de Vicentico y la amorfa figura de varios de sus músicos, generan empatía, una sensación de pertenencia, como si fuera fácil treparse al escenario y ser un Cadillac.

Pese a ser seguidor de la banda, confieso no ser un fiel fanático. De hecho en el concierto me sorprenderán con varios temas cantados a pulmón abierto por la multitud que seguro no conoceré. Pero mi relación con el grupo de mi tocayo Gabriel Fernández Capello (Vicentico) lleva escondida una etapa fundamental en mi vida. Es, sin temor a equivocarme, el único repertorio musical que comparto con mi pareja. Ella podrá aborrecer a veces a Calamaro y yo haber ganado un poco la batalla por alejarla de los grupos en inglés que seguramente le hacían evocar viejos amores, pero basta que aparezca la murga de Los Fabulosos para que compartamos el momento, desafinemos a la par, y movamos los cuerpos instintivamente. Cuando se enteró de que venían a Lima me dijo: voy a ir de todas maneras. Luego de que esbocé una tacañería para acudir al sector más barato del estadio, arremetió: ahí irás tú solito. Después llegamos a un consenso: mi regalo de Navidad será la entrada a “Fabulosos”, señalada como, descontando los sitios VIPS, la mejor tribuna del concierto.

Antes de que Flora llegase a mi vida los Cadillacs ya sonaban en mi entorno. Pero fuera de que “Matador” se impregne en mi mente sobre todo porque así le cantaban a un delantero chileno del River Plate que yo idolatraba pese a problemas de frontera, y que “Vasos Vacíos” haya sido la banda sonora de mi viaje de promoción, no tenía mayor conocimiento. “Mal bicho” no me convencía, y hasta tenía dudas sobre si la mágica “Yo no me sentaría en tu mesa” era de ellos. Recuerdo que mis primeros acercamientos a Flora coincidieron con el posicionamiento del extraordinario disco doble en vivo de los Cadillacs llamado “Hola y Chau”, que marcaba la despedida de la banda. Y cómo días después de darle el primer beso una lejana madrugada en San Bartolo, observé por televisión un extracto de ese concierto que cambiaría mi vida para siempre: la canción “Carnaval toda la vida”.

Carnaval, como la gran mayoría de temas de Los Fabulosos, se presta a distintas interpretaciones. Pero a mí me sabía a Flora. Era yo un adolescente inexperto en el amor, que se creía incapaz de abordar a una mujer más allá de una noche, y repleto de dudas existenciales. Pero mi noche con ella había sido la mejor de mi vida. Y Vicentico me decía así: “Por qué será que todos guardan algo, cosas tan duras que nadie quiere decir… Por qué será que me gusta la noche… Carnaval toda la vida, y una noche junto a vos…”

La vida quiso que esa noche se multiplique, y al ritmo de los Cadillacs encima, es decir, de la manera más humana posible. Entonces los problemas de primerizo romance pasional se arreglaban dedicándole al futuro “Vos sabés”; y cuando el diablito era más fuerte que la calavera podía pedir perdón en silencio con “Siguiendo la luna”, y esa bendita estrofa que dice: “Vamos mi cariño que todo está bien, esta noche cambiaré, te juro que cambiaré”. Cuando me las daba de dramático no podía faltar “Basta de llamarme así”; y si me hacía sufrir, me amparaba borracho en “está lloviendo pero yo no me voy a mojar, mis amigos me cubren cuando voy a llorar”.

Así la fui conquistando, como un Cadillac de alma, de esos panzones, cheleros y hasta cocainómanos, que dicen lisuras en el escenario y que invitan al público a que se caguen “en los políticos de mierda”, con odas a los revolucionarios como Víctor Jara. Como un fabuloso que desafina y se emborracha, y al que los padres catalogan como “no confiable”, pero son auténticos y bonachones, porque “esa noche, esa noche, yo te amé…”

Florita entendió que los príncipes de hadas no existen, y se animó a abordar mi camino “siguiendo la luna y su huella invisible”, y yo la contemplé hasta con temor (“no es que tu mirada me sea imposible, tan solo es la forma como caminas”). Y por vez primera dejé de ser el número dos en la lista. Por eso el concierto del sábado es especial. Lo pasaré saltando festejando que no voy a “morir sin antes haber amado”, al lado de mi más querida Fabulosa, y con la promesa silenciosa de luchar para que nuestro tiempo para ella nunca deje de ser un carnaval. Carnaval toda la vida.

martes, 18 de noviembre de 2008

Simulacro (F)

Este cuento no tiene ninguna dedicatoria en especial. Como siempre que escribo largo, lo dedicaré a todo el que se de el trabajo de leerme hasta el final.
Habían pasado unas semanas desde la última réplica, pero Camila aún no podía dormir en paz. Su cuarto, separado apenas por un pequeño baño del de sus padres, no volvería a tener la puerta cerrada, y la distancia se le tornaba eterna cada vez que su memoria la retrocedía a la noche más espeluznante en sus siete años de existencia. Y volvían el miedo, la angustia, la claustrofobia; la voz de su madre diciéndole “ya vuelvo, no demoro”; los alaridos de Vicky, la empleada del hogar, al borde del desmayo; la ventana del balcón estallando. La hora y media que insistió marcando los números celulares de sus padres hasta que aparecieron, casi en simultáneo, desde rumbos distintos.

Roberto y Luciana tuvieron a Camila tres años después de su casamiento. De los veintiocho no paso, le había advertido Luciana, y Roberto, aceptado como si las fechas no le importasen, pero sabiendo que treinta y dos era un buen número para convertirse en padre, y para dejar por fin, de jugar a la adolescencia. No deseaban un hermano para Camila, y eso había engendrado una dulce niña, hermosa. Pero engreída como pocas y en ocasiones, asustadiza. El día del terremoto la pareja tuvo una fuerte discusión. Olvidarían rápidamente lo que desencadenó la batalla pero ambos intuían de qué lado se producían las balas. Lo último que recordaba Luciana antes de que la tierra jugase al fin del mundo en gran parte del Perú, era su insistencia para ubicar a Roberto mediante el teléfono, y la manera en que aborreció la casilla de voz. Al llegar al hogar, ambos abrazaron un largo rato a su hija, que no cesaba en llanto. Luego se miraron casi con ternura, con complicidad afectiva. Esa noche la pasaron los tres en la habitación de Camila haciendo caso omiso a las noticias. Habían vuelto, al menos en apariencia, a ser una familia.

Luciana no volvió a saber nada de Laura, una antigua amistad, hasta cinco días después del terremoto. En ocasiones, cuando el pesimismo se apoderaba de sus pensamientos, imaginaba cómo sería su reacción, cómo se enteraría, con quién lo haría incluso. No intuyó jamás que sería Laura la intermediaria entre la aparente calma de su mundo y la tormenta de la realidad. No imaginó que una amiga a la que había aceptado casi a imposiciones por gente común, y por la que tenía escondida antipatía, la citaría en un café para comentarle con fechas y datos concretos que su marido la estaba engañando.

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“Mi mami ha estado llorando”, le dijo dos días antes del terremoto Camila a Roberto. Y ese fue el primer indicio de una inminente hecatombe para él. Había llevado hasta el momento con cuidado la relación. Citas en hoteles clandestinos, en cafés pocos concurridos por la gente de su entorno. Llamadas siempre desde el número de la oficina, regalos de cierto lujo cada vez que Claudia dibujaba entre líneas el “hasta cuándo”. Luciana no era ninguna tonta, pero Roberto sabía que la credibilidad y la confianza eran adjetivos profundos en su relación, y que su larguísimo camino como hombre fiel le permitía ciertos privilegios. Llevaba casi nueve meses saliendo con Claudia, una bella mujer que no llegaba a los veinticinco años. Roberto no supo qué decir ante las palabras de su hija. Esbozó un ya se le pasará, o quizás un la llamaré para preguntarle qué tuvo.

Desde la cita con Laura, Luciana no sabía cómo afrontar sus días en el hogar. La rabia y el odio cambiaban sus fichas por una gran incertidumbre. Conocía amigas que habían pasado por lo mismo, y el epílogo en esas situaciones era siempre el divorcio. No tenía ningún ejemplo sobre una mejora en sus vidas. Al contrario, mucho psicoanálisis, uno que otro viaje ineficaz, pérdida del estatus social. Recordaba claramente cómo le sirvió de escudo a su prima Mariela cuando Raúl, su esposo, la abandonó por su secretaria, y se le habían quedado casi tatuadas en la memoria unas palabras que reaparecían en sus pensamientos: no sabes cómo me duele que otra persona, una extraña, sea la que decida a partir de ahora mi futuro, el futuro de mi familia.

Y así sería. Roberto se iría con su amante, y dejaría en el hogar que moldearon juntos tanto física como espiritualmente durante una década, el crecimiento de su hija, acaso la condena hacia la imposibilidad de un alejamiento, y el imán que los llevaría a envejecer juntos pero separados.

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Atando cabos Roberto llegó a la conclusión de que su esposa llevaba más tiempo procesando la noticia. Que el llanto era una secuela de algo duradero. Las últimas semanas las habían surcado con poco sexo, algo fuera de lo común en su relación, y las cotidianas riñas venían cargadas de frases que fuera de ser impulsivas, parecían premeditadas en Luciana. Por otro lado, él había dejado pasar mucho tiempo las preguntas. ¿Aún la amo? ¿Me estoy enamorando de Claudia?

La relación con Luciana se enfrió desde el nacimiento de Camila. Como suele pasar con las buenas personas, la hija era lo más importante. Acaso lo único importante. Y le habían dedicado su vida. Literalmente. Cada vez que tenían una conversación fluida, era por ella, y las veces que homenajeaban su amor con la felicidad de aliada, era para celebrar un destello de su mágica existencia. Una buena libreta, una impecable presentación en una clausura, el hecho de que había sido sin dudas la más linda de un santo infantil.

Pese a ello Roberto jamás contempló la posibilidad del adulterio. Fue en una fiesta de fin de año de la empresa en la que trabajaba con éxito desde siempre, cuando conoció a Claudia. Daniel, un colega suyo, lo había casi obligado a bailar con ella, que venía con el cartel de ser amiga de algunas de las chicas de ventas. Esa noche se desbordó de placer al sentir tan cerca una imagen así. Claudia podía pasar como esas mujeres a las que Roberto volteaba a mirar suspirando para sí mismo la imposibilidad de alcanzarla. Y conforme corrían los tragos y el whisky se apoderaba de su entrepierna, imaginaba esos pechos, apenas protegidos por un atrevido escote negro, cerca de sus labios. Claudia olía delicioso. Un aroma indescifrable. Un aroma que no era de Luciana, ni de su rutina, ni de sus músculos adentrándose cada vez más al mar de los cuarentas.

Un par de años antes, Luciana había decidido, o se había resignado, a una relación para toda la vida. Era de las personas que no creían en los para siempre, y dejaba una luz de duda a todo lo que se le tornaba positivo. Pero observándose al espejo de la vida notó que el tren se le estaba pasando. Que no sería jamás la sensual mujer que conquistó a Roberto y por la que se tuvo que comer incontables escenas de celos. En silencio, Luciana opinaba como la mayoría, “es una mujer mucho más guapa que su marido”, y eso le había permitido algunas licencias en la flor de su relación, cuando enamorados. Roberto siempre babeó por ella. Y Luciana lo aceptó un poco por su inteligencia y su nivel económico, y otro tanto porque era tiernísimo con ella.

Había una evidencia esta vez. Ya jamás podría olvidar a Roberto. Jamás superaría su partida. Jamás aparecería el hombre que babee por ella ni el tierno. Tampoco el millonario capaz de comprarla al menos materialmente, alejando de su cerebro el proscrito dilema de volver a trabajar. Las cosas cambiarían, pero qué más daba, no estaba dispuesta a mostrarse ante el mundo, de la noche a la mañana, como una “cornuda” más.

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Camila andaba preocupada. Le habían dicho en su colegio que habría un simulacro para saber qué hacer y cómo reaccionar ante un posible terremoto. Le dijeron que al día siguiente, a las once de la mañana, se detendrían las clases y todos deberían actuar como si la tierra estuviese sacudiendo sus certezas. No dejaba de pensar en ello, quería tener a sus padres cerca. O al menos que le permitan llevar un celular para marcar sus números desde antes, porque así sí entraría la llamada. “¿Va a haber otro terremoto mami? ¿Cómo es eso del simulacro?”. Luciana le había explicado con la cabeza en otro sitio lo que ocurriría, pero Camila no quería saber nada con terremotos ni temblores ni réplicas. Que se vayan con su simulacro a otra parte.

Luciana tampoco quería más remesones, y decidió enfrentar a su marido. Ese mismo día, cual detective cumplidor con creces de una misión, Laura le mencionó por teléfono que estaba completamente segura. “Se llama Claudia, es una conocida de las hermanas Gutiérrez. El hijo de Marisol trabaja en un casino cerca de un hotel en Angamos, y los ha visto salir varias veces de allí”. No había marcha atrás. Por fin la villana tenía nombre. A partir de eso sería más fácil martirizarse el cerebro averiguando hasta sus notas en la primaria. El blanco en el que depositaría sus nocivos y malintencionados dardos tendría ya una foto.

Desde el terremoto, Roberto había vuelto a ser el esposo preocupado y afectuoso. Algunas tareas reservadas para Luciana, como levantar cada mañana con cariño a Camila o llegar de vez en cuando a la casa con algún postre, las había tomado él. Por primera vez en la vida, el trabajo había dejado de ser lo más importante. La culpabilidad lo abstraía de sus obligaciones. La última noche que pasó con Claudia le dejó un sabor agridulce. Nunca más, llegó a pensar en algún momento. Pero, ¿cómo terminar con el asunto? Nueve meses es una eternidad cuando se esconde el corazón, y las palabras a veces son arpías. Te amo, le llegó a decir a su amante alguna vez.

Como siempre, Camila volvía a apoderarse de su mundo. Era una mala época para noticias de alejamientos. La niña no había vuelto a ser la misma desde el terremoto, y a partir de ello, la toma de decisiones era para Roberto un poema al “stand bye”. Lo que sentía por Luciana no había variado desde la aparición de Claudia, y eso le generaba la sensación de eternidad para su actual estado. Tal vez era el descaro, o los vientos helados de la rutina, pero podía mirar a los ojos a su esposa. Podía bromear con ella de vez en cuando. Y con regular frecuencia, penetrarla por las noches de la manera en que ella más lo disfrutaba.

Una llamada telefónica de Luciana trajo consigo lo evidente. Su voz sonaba áspera e irreverente. ¿Cómo se había enterado? ¿Qué detalle había dejado olvidado? “Necesitamos hablar”, le dijo su esposa. Y Roberto contestó como el que se sabe derrotado, sin pedir adelantos ni insinuaciones. Dejó para otro momento la llamada a Claudia y trató de ensayar su repertorio culposo ante Luciana. ¿Qué decirle? ¿Negar todo? ¿Voltearle la torta? “Cómo puedes desconfiar de mí”. ¿Y Claudia? ¿Aceptaría tan fácil la cosa? “Ya no nos podemos ver más”. Hasta se imaginaba en una película estilo Woody Allen en la que el marido arrepentido decide regresar con su mujer y tiene que lidiar con la obsesión y el chantaje de su amante. “La creo capaz”. Además, no iba a ser tan fácil deshacerse de ella, lo tenía agarrado desde la parte más frágil y menos pensante del hombre. Roberto no llegó a una clara conclusión.

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Luciana se armó de valor y lo esperó en la entrada del hogar. Tenía preparadas de antemano sus palabras. Empezaría probándolo, “¿quién es Claudia? ¿Por qué te ha llamado a la casa? ¿Cómo conoce el número?”. Si notaba cinismo, alzaría un poco la voz, “no te hagas el idiota. Ya sé que te encamas con ella en un hotel en Angamos”. Luego, lo sabía, aparecerían las lágrimas y su voz se resquebrajaría hasta matarlo de la pena, para luego sentenciar: “Quiero el divorcio Roberto. Es lo mejor”. Sus palabras finales tendrían a Camila como protagonista. “Sólo los fines de semana y sin esa perra”.

Roberto, por su diálogo interpersonal, demoró un poco más de lo debido. Y tal vez para alargar la agonía, se apareció con una pizza. Eso desconcertó un momento a Luciana. Camila lo sintió llegar y salió de su cama. “¡Qué rico! ¿Puedo?”, dijo contenta. “Sólo un pedazo porque sino no puedes dormir”, dijo Luciana. “Lo que diga tu mami”, sentenció Roberto. Ya sentados en la mesa y luego de traer los platos, vasos y cubiertos respectivos, la intranquilidad se apoderó de la mujer. Quería expulsar su mierda de una vez por todas. “A dormir Camila”. “Yo la acuesto”, dijo Roberto, y Luciana lo interceptó con seriedad: no, tengo que hablar contigo.

Antes de darle rienda suelta al discurso, una sensación extraña se apoderó de Luciana. Sintió un ligero mareo y sus extremidades empezaron a actuar sin su permiso. Eran los nervios, la rabia, la tristeza. Su mente había estado todo este tiempo preocupada en confirmar una verdad explícita, y su cuerpo recién empezaba a procesar aquello. Ahora tenía enfrente a Roberto, era el mismo pero distinto. El que la conquistó años atrás con una ternura mágica, tan desemejante de la de sus ex hombres, ahora cargaba vacío en sus ojos, ese aura alejado de los prescindibles. Lo observó fijamente y sin saber cómo, sus labios empezaron a actuar: “Estoy embarazada”.

Roberto reaccionó con inusitada alegría. Había escondido los nervios muy bien, pero aquello fue un desahogo. Le acarició la barriga y hasta dio la impresión de acandilar el rostro. “Lo estaba esperando tanto”, le dijo al oído. “Qué buena noticia”. Se abrazaron largo rato y volvieron a besarse como en mucho tiempo. Luego Camila llamó desde su habitación a Roberto. “La duermo al toque mi amor, voy pronto al cuarto”.

“Papi, ¿Qué es un simulacro?”. “Ah hijita, es para saber cómo reaccionar ante un terremoto”. “Pero, ¿va a haber otro terremoto mañana?”. “No hija, un simulacro es un terremoto de mentira. No va a haber un terremoto nunca más”. “¿Me lo prometes?”. “Te lo prometo”, dijo Roberto, y le dio un gran beso a su hija. Se quedó con ella unos segundos acariciándole el cabello. Un alivio profundo acaparó su mente para luego volver a Claudia, y a sus senos, y a su forma de tocarlo, y al aroma de su lengua y de su sexo. Estaba listo para hacerle el amor a su mujer. Para embarazarla incluso. Le dio un último beso a su hija en la frente, y después de muchas lunas, le cerró la puerta.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Semilla amarilla (F)

A los flojos. Para que me lean.
Me arrancaría un instante la mentira, alejaría la soledad. Tus ojos de plata, al girar, han alumbrado el farol, en mi sombra, en mi ropa, en mi río interior. Pequeña fruta prohibida, el enigma, la curiosidad, el egoísmo, derrotan mis convicciones, generan mi huida, y te quiero alcanzar; de tanto seguirlo tu aroma es esencial, de tanto soñarlo, tu sabor me es familiar. ¿Bastará con fingir? ¿Hasta cuándo puede uno actuar? Semillita amarilla, de voz lejana e impía sonrisa. Por ti tampoco podré cambiar.

martes, 4 de noviembre de 2008

D10S es mi DT (Y)

Pese a quien le pese, este texto está dedicado a todos los Maradonianos del mundo. ¿Y los demás? Que aguanten...
En el más recóndito rincón de mi ego, habita un argentino. Lo digo con convicción, huachafería y algo de arrogancia. Todo el que me conoce sabe que, pese a mi manera de ser, tan disímil de la del “che” estándar, soy un confeso seguidor de la cultura albiceleste. Me enamoré de Argentina desde que un lejano día de comienzos de los noventa mi viejo trajo a mi hogar una edición de “El Gráfico”, y a partir de entonces empezó un idilio que incluye mi fanatismo por distintas telenovelas y series argentinas (incluyendo Cebollitas, y sin llegar a Chiquititas); la devoción por las mujeres de ese país, comprobada primero en televisión y luego en vivo y en directo; mi entrada en semana de estreno cada vez que el cine comercial limeño nos trae una película de esas que a menudo protagoniza Ricardo Darín; y por supuesto, mi admiración hacia su fútbol. Hoy en día que Alianza es una lágrima soy mucho más seguidor del Apertura argentino que de nuestro pobre pero siempre querido balompié. Y eso ya es mucho. Soy hincha de Boca Juniors, fan de Juan Román Riquelme, y adicto al programa que conducen el “Pollo” Vignolo y Gustavo López llamado “90 minutos de fútbol”.

Si hay algún personaje que destaca dentro de todo lo que envuelve Argentina en mí, es Diego Armando Maradona. Al Diez lo voy a defender siempre. Hasta cuando me quede sin fundamentos. Es el hombre que mejor ha hecho en la historia de la humanidad lo que más me gusta hacer, que es jugar al fútbol. Y encima se ha dedicado, con subidas y bajadas, con goles y con dopings, de engrandecer al deporte rey, de darle aires de cultura, brillos de la más empática humanidad incluso después de haber sido Dios. Mientras escribo estas líneas está siendo presentado como el nuevo seleccionador del equipo argentino, suplantando al “Coco” Basile y generando todo tipo de controversias en su país y en el mundo. Y todos se preguntan, ¿lo logrará?

Yo soy de los que opino que para ser un entrenador de una selección importante hoy en día, más que tácticas y estrategias, se necesita de un adecuado manejo de grupo y de mucho tino para elegir a los once titulares. Si a cualquier mortal fanático del fútbol le dan la selección argentina para un solo partido, contra, por ejemplo, Rusia, lo gana. ¿Qué tan mal lo puede hacer Maradona? Es muy distinto ser DT de Mandiyú o de Racing (los ex equipos del Diego en su faceta de exfutbolista) que aceptar una escuadra que puede darse el lujo de prescindir de Rodrigo Palacio, Pablo Aimar o Walter Samuel, porque antes están Messi, Agüero o Demichelis. (¿Cuánto daríamos en el Perú por Samuel, Palacio y Aimar? Y acá nos quedamos callados cuando el silbato del entrenador se lo dan al “Chemo”, que a diferencia de Maradona, quien por su país se peleó hasta con la FIFA, y se puso la camiseta aún con los tobillos destrozados, alguna vez renunció a jugar por Perú).

A cualquier otro entrenador argentino lo peor que le puede suceder es quedar eliminado en primera ronda del Mundial (como sucedió con Bielsa en el 2002). Porque las Eliminatorias, pese a la coyuntura actual que los deposita por primera vez fuera del primer lugar, las van a superar con Maradona, Basile o hasta con “Chemo”. Y después la vida continúa. Pero Maradona es Maradona, no es una persona cualquiera, como diría Calamaro. Y no sabe de equilibrios. Así lo demuestra su apoteósica y a veces incomprensible carrera. En mi opinión los fanáticos del fútbol debemos esperar dos posibilidades: o el desastre, traducido en que se pelee con los jugadores o con Bilardo, o que hable incoherencias de Grondona a la primera derrota, o que falte a los entrenamientos y termine vilipendiado e insultado por sus desmemoriados hinchas; o la gloria, que en la filosofía del Diego no es otra que ser campeón del mundo.

Lo que ocurre con Diego, y tal vez es lo único que le juega en contra, lo grafica un periodista de El Comercio en el epílogo de su nota, y dice algo así: “Ahora Maradona no podrá hacer la mano de Dios. Todo el mundo lo estará mirando”. Y es verdad. El protagonismo que perdió Diego el día que se retiró del fútbol lo va a recobrar ahora, y eso significa un peso casi insostenible, que lo supo llevar algún día al infierno mismo. Si en el 94 los gringos se dieron cuenta de que estaban organizando un Mundial fue porque Maradona llevaba la 10 de Argentina. Ya me imagino la cobertura mediática que generará su selección en Sudáfrica 2010. Los flashes recaerán en el petizo que dejará la armadura celeste y blanca que nos hizo emocionar en más de una ocasión, y que a cambio lucirá un terno impecable y unas ganas locas de saltar a la cancha a meter un gol. Eso tal vez aísle la responsabilidad en los Riquelme, Messi o Tévez actuales, quienes al igual que los Caniggia, Batistuta, Ortega y Simeone de antaño, no han sabido cómo convivir con ella.

Pues ha llegado el culpable de esa responsabilidad tan fuerte, de esa condena de los días “DD” (Después de Diego) en el fútbol argentino. Ha llegado en un momento complicado a poner el pecho. A decirle al mundo que está de regreso a un lugar que no fue el mismo desde que partió, allá por el año 94 y luego de un brillante partido contra Nigeria. Ha vuelto para lucir esa corona que para el argentino que respira entusiasmado en un recóndito rincón de mi ego, pase lo que pase, no dejará jamás.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Con el perdón de los poetas (F)

La vieja computadora de mi hogar ha revivido. Ha hallado por fin su sitio en el nuevo departamento de mi familia, y luego de mucho tiempo, hoy me he sentado en ella. Fuera de su imagen tan distante de la moda actual, me ha hecho revivir viejos momentos. Buceando entre sus archivos, he encontrado muchísimos textos míos, de esos que hacía cuando "joven", obteniendo sentido en el alma con las teclas. Hay muchos cuentos inconclusos, y otros terminados que no valen la pena. Y vaya casualidad, hay muchos "poemas" (si es que se le puede llamar poesía a eso, un garabato de palabras en insolente oda a la cursilería). He elegido seis de los 18 que encontré. Debo confesar que disfruté leyéndolos, mucho más por lo que significa el remonto a viejas épocas que por su calidad, es obvio. Y he decidido colocarlos en mi Blog. Quizás por ofrecerles, de alguna manera, inmortalidad. O tal vez porque la inspiración no se viene acordando de mí muy seguido. Da igual. Aquí están. Para que se rían, se burlen; y para que el que me conoce desde hace mucho, descubra mi anatomía en esos "versos" que vienen fechados, y tenga conmigo, a la distancia, una cómplice mueca de melancolía.


1-Enigmas

Al futuro.

Llantos, rabietas, besos, felicidad.
Te imagino corriendo tras la pelota, mirándome a lo lejos, esperando mi aplauso.
Hay que jugar y reír mucho para contrarrestar las tristezas y las derrotas.
Los recuerdos, la indiferencia y los enigmas.
Dibujo en mi mente tu sonrisa.
La belleza de tu madre, sus ojos, sus manos.
Para nada mi insomnio y mi depresión.
Me tocó este sitio de cerros tristes y calles descuidadas.
De desempleo, violencia y oscuro aire.
Donde el que obvia más normas la pasa mejor.
Donde reinan la insolencia de las combis y la capacidad de arreglar por lo bajo con el policía.
De niño conservo el colegio.
Mi timidez, la amistad y la añoranza.
La extrema vagancia y las ganas de ir.
Mi primera ilusión no fue correspondida.
Llegó junto con mi adolescencia y me dejó el complejo y el miedo a la mujer bonita.
Los amigos llenaron mis tiempos de soledad.
Su abrazo, su fútbol, su mar.
Sus sueños.
De buen salario, whiskies, carros y balnearios.
La familia tan presente y tan distante.
El cariño, el festejo, los primos.
El chisme, la envidia, la muerte.
La propina del abuelo.
El primer amor es siempre igual.
Entregar hasta lo último y llorar al final.
Creer eterno el cariño y no coincidir con los tiempos ni los sueños.
Del mío las caminatas, el cine y las tostadas.
Las peleas, los celos y los errores.
No soy parte de ningún gremio.
Quizás estoy cerca de los desconocidos escritores a los que el talento les falta y sus obras son leídas por su fantasma de madrugada.
Alguna vez tuve ilusión.
Pero la vida se encargó a golpes de quitármela.
La felicidad es fugaz y con los años es más escasa.
Sabía antes de crearte que esto era así.
Fue un egoísmo pero me venció una vez más el temor a quedarme solo al fin.
Como herencia te dejo mis lágrimas y mis últimos chispazos de emoción.
La que te engendró alguna vez fue mi mejor compañía.
Me amó y la amé.
Espero entiendas nuestras aberraciones si nos ves de lejos hoy.
Si te causo lástima quiero que sepas que con tu existencia superaste todo lo que alguna vez deseé.
Y si algún día ya de grande me recuerdas dame el abrazo justo, sin hablar.
Ya estaré cansado y solo, esperándote para dar el paso al costado.
Rendido, soñando con algún recuerdo de niñez.
Una tarde de sol.
De San Bartolo, sus calles y su aroma a libertad.

Mayo 2002

2-De Maradonas y zapatos

A los platónicos

Le llamó la atención su blusa rosada.
Su tierno caminar y mirada coqueta.
La vio acercarse.
Él temblaba.
Su pecho veía nacer los primeros golpes de amor en sus cortos diez años.
No entendía.
Ella cada vez más cerca.
La misma edad.
Los mismos sentimientos.
Ella con su madre y él con su padre en una tienda de zapatos miraflorina.

Su conocida timidez se hizo más notoria.
Ahí frente al espejo de pies la observaba un poco.
La niña ni se inmutaba.
Le parecía extraño aquel muchachito con zapatos de fútbol y medias cochinas.
Se probaba los zapatos y no le gustaban.
Se engreía.
Él dejaba de soñar con Maradonas y Chavos del 8.
Había cambiado.
No hacía más que pensar en la niña.

Al acabar la compra la niña se fue.
Se olvidó del muchachito raro.
Fue feliz con sus zapatitos de moda.
El padre del niño le ofreció la comida más deseada y él no aceptó.
Sólo se miraba al espejo y se conocía.
Le interesaba su aspecto.
No se gustaba.
Luego los años pasaron.
La niña linda siempre la más linda del salón.
El muchachito siempre tímido y descontento.

Cada uno por su camino creciendo y enfrentándose al mundo.
A la niña linda el amor se le presentaba siempre.
Después de romper miles, le habían roto el corazón y se decepcionaba.
El muchacho siempre solitario.
Enamorándose en secreto.
Nunca correspondido.
Ella hermosa con su blusa rosada y él con fútbol y música triste.
Se ven a diario.
Ella lo piensa misterioso y le interesa.
En silencio él la ama.

Diciembre 2003


3-Un viejo encuentro

A mi infancia.

Tiene mi memoria un rincón poco visitado.
De oscuro aire, aroma natural y viejos caminantes.
De paisaje repetido y novedoso.
De sol luminoso y negra noche.

Tiene mi memoria un rincón de comienzos de año.
De primeras palabras, gritos y paseos.
De risas y mal humor.
De chocolates y rabietas.

Tiene mi memoria un rincón casi perdido.
De pólvora, abrazo y panetón.
De ligas y figuras duplicadas.
De árboles y museos.

Tiene mi memoria un rincón que renace.
De ausencia, melancolía y olvido.
De 20 y casi 5.
De seguridad y miedo.

Tiene mi memoria un rincón para la quinta.
De automóviles antiguos, malos vecinos y parques incoloros.
De resbaladera y óxido.
De La Romana y Monterrey.

Tiene mi memoria un rincón privilegiado.
De propinas, caramelos y caminatas.
De felicidad y admiración.
De Pueblo Libre y de mi abuelo.

Julio 2002


4-Un día insólito

Fue un día en apariencia común.
El sol despertó a los metódicos habitantes e hizo presagiar el calor y el sudor.
La alegría y las ganas de compartir.
Una mañana mansa a mi entender.
Vestido para nada para la ocasión me ganó el mal humor del pantalón negro en épocas de erisipela.
La tarde rutinaria envolvió mi cansancio.
No quise moverme más.
Me declaré muerto en vida en estas horas de panza llena y series de televisión.
Sin querer llegó la noche.
La intenté sentir de lejos.
No quise involucrarme en su magia.
Había algo en su mirada que me daba mala espina.

Fue un día en apariencia común.
El sonido del despertador a distintas horas fue odiado por cada trabajador descontento.
La mañana silenciosa.
El ruido de los pájaros y las bocinas se detuvo insólitamente.
Apurado emprendí el viaje hacia el malestar de escuchar sin escuchar.
El atardecer me fue llenando de pistas.
Era posible creer que en este día corriente algo distinto iba a suceder.
Me saludó el extraño personaje que vaga por la avenida.
El muchacho que pide limosna me ofreció una porción de su merienda.
La noche se mostró coqueta.
Mis pocas ganas de seguirla se convirtieron de pronto en necesidad.
Olvidé la flojera y quise golpearme con su ruido.

Fue un día en apariencia común.
Pero en mi casa me despidieron con miedo.
Olvidé las fotos de la billetera.
Mi mejor zapatilla no me quiso acompañar.
La tarde llegaba a su fin.
Sin cambios, todo mal.
Mala cara del profesor y absurdas bromas de los estudiantes.
Intrigado esperé que anochezca.
Al llegar al antro aparecieron en mi mente cada uno de mis movimientos durante este insólito día.
Aturdido y desconcertado a lo lejos divisé a la muerte.
Diez metros atrás siguiendo órdenes del demonio.
Disfrazado de mujer.
El día en que el amor murió.

Octubre 2002

5-Conocerte

A la reconciliación

Enamorarme fue encontrarte.
Un amanecer tu imagen.
Un despertar tu voz.

Conquistarte fue luchar.
Un escondite a mi inseguridad.
Un antifaz a mi oscuridad.

Tenerte fue gozar.
Recibir tu alma.
Sorprenderme con tu entrega.
Tus labios un sueño.
Tu anatomía una ilusión.

Mantenerte fue sufrir.
Una constancia mis celos.
Una aberración mi obsesión.

Despedirte fue un impulso.
Un masoquismo mi actitud.
Una equivocación mi auto confianza.

Recordarte fue llorar.
Sufrir mi adicción.
Añorar tu calor.

Nuestro tiempo fue fugaz.
Larga mi soledad.
Irremplazable tu presencia.

Febrero 2003

6-Preludio de un adiós

A la niña de los ojos verdes

Verde y castaño.
Sonrisa celestial.
Rostro incansable.
Majestuosa mirada.
Dulce caminar.
Melodía al hablar.
Eterna luna llena.
Manos de ceda.
Ojos luminosos.
Belleza sobrenatural.

Eterna oscuridad.
Rostro maltratado.
Pasado tormentoso.
Excesiva timidez.
Afligido atardecer.
Nada que ofrecer.
Desafinado al hablar.
Ojos tristes.
Manos de cartón.
Resignado corazón.

Lejanía.
Soledad.
Melancolía.
Preludio de un adiós.
Inminente desconsuelo.
Celos.
Admiración y desprecio.
Luz y sombra.
Imposible.
Tú y yo.

Abril 2003

martes, 7 de octubre de 2008

Resurrección (Y)

A la persona que durante este período de ausencia, ha ingresado una y otra vez en búsqueda de un nuevo texto. Bueno, si acaso existe.
Culpar a la ingratitud por el prolongado tiempo sin contactarnos es una lisura. Me escudo, como siempre, aduciendo a mi más porfiado demonio: la dejadez. Convertida con el correr de días negros, en una especie de depresión. A veces creo que nunca podré superar ese sentimiento. Una hábil mezcla de frustración, miedo, tristeza; con un toque de certezas ineludibles, que se apodera de mi anatomía de vez en cuando. Siempre hay una razón más fuerte, en ocasiones evidente, que esparce su virus contagioso en cada célula de mi alma. Y cuando la enfermedad se expande, la tos es asma, y lo pequeño se agiganta.

Siempre he pensado que todas las etapas, sobre todo las malas, vienen cargadas de un aprendizaje. A veces es bueno tocar fondo. Besar la tierra para levantarnos. Para decir basta. Por eso no puedo catalogar a este tiempo como olvidable. Todo lo contrario. Hoy que he decidido despertar, llevo en mi maleta la pesada carga de mis últimos días, y su semblante cabizbajo, atontado, me inclina a cambiar la frecuencia, a crear un nuevo personaje para el enigmático repertorio de mi vida.

He querido disimular con algunos, ser sarcástico con otros. Un fantasma para varios. Hay momentos en los que no es necesario ser evidente. Los que saben de tus miedos, la que te acepta tal como eres, el juez y parte de tus vicios, entienden. En situaciones así no hay quién te pueda lanzar el flotador, sólo queda, desde la otra perspectiva, dejar que el tiempo pase, que los susurros de la primavera se encarguen de ofrecer la clave para encontrar, dentro de uno mismo, la solución. O acaso, la sana resignación.

Alguna vez leí, o me contaron, o lo escuché por azar, un consejo que decía que cuando una voz interna te susurra al oído que lo que profesas es en vano, que tu arte es insuficiente y carente de valor, lo utilices. Canta, pinta, escribe. Y así, la voz se apagará. Trataré de tomarle la palabra. Que las energías negativas descansen por un buen rato, porque yo esta vez, pese a mi personalidad apegada a la rutina y la quietud, me he cansado de ellas.

He vuelto.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Yo no voy al psicólogo (¿y me siento bien?) (Y)

Alguna vez le escuché a alguien que admiro decir: el mejor homenaje que le podemos hacer a los que se han ido, es seguir viviendo.
Este texto está dedicado a mi actual psicólogo, mi querido Blog.
La psicología está muy cerca en mi vida. Tengo una hermana a punto de graduarse en esas artes, y la he observado romperse el alma los últimos años. He sido testigo de su crecimiento profesional y de su esfuerzo por ir moldeando el ojo (o el oído) que todo psicólogo debe poseer. He visto también a algunas de sus amigas-colegas en lo mismo, y tal vez por sano prejuicio, me dan la impresión de ser distintas, como si estuviesen analizando el mundo en silencio a cada momento. Soy de las personas que creen en la psicología. Que confía en que los problemas del ser humano se pueden resolver o disminuir con la ayuda de otro, y si este está sentado en un despacho prestándote atención, mucho mejor. Pese a eso jamás he ido al psicólogo. Aún en estos tiempos, cuando aquello de “eso es para los locos” es una frase obsoleta y carente de sentido común. Quizás por flojera o falta de dinero. Quizás por esa bendita costumbre de postergar hasta el extremo todo. No lo sé.

Cada vez me convenzo más sobre la urgencia de un psicólogo en mi vida. Alguien externo a mis afectos que me ponga en vereda, y que me de la pauta para resolver mis rollos existenciales. Poco a poco me acerco a ese momento, y para eso, tal vez de manera inconsciente, suelto frases sueltas en las sobremesas familiares del estilo “lo que tengo yo es emocional”, o “no sé si podría soportar un psicólogo”. A todo el que conozco que asista a terapia lo interrogo, y si me entero de alguien que estudió psicología o que la ejerce, me intereso en su vida, lo cuestiono.

En esa línea ando en este, mi último ciclo como universitario (luego de una etapa en extremo duradera que incluye de todo un poco y a la que daré cabida en otro u otros textos de mi Blog), desde el momento de la matrícula, cuando me noté hastiado de los cursos de mi facultad, y quise “parchar” créditos en otra. Apareció entonces la posibilidad de llevar algunos cursos en Psicología, con la excusa de conocer más sobre el ser humano bajo el motivo de escribir historias, pero con la certeza de acercarme en algo al instante en que un psicólogo haga trizas mi vida en una hoja de papel de su cerebro.

La experiencia no ha podido ser más rara. Sólo en una mente atrofiada como la mía se podía pensar en estos cursos ajenos a mi carrera como algo más fácil de afrontar. Todo lo contrario. Carezco de una base mínima y a menudo me pierdo. No están los “vagonetas” como yo que adornamos los salones de la facultad de Comunicaciones. Y se tiene que leer más. Mucho más. Encima me he tenido que enfrentar a tres demonios de mi vida (de esos que resolveré si Dios quiere con un psicólogo): el tormento de ser un “viejo” para la universidad, el recelo hacia un espacio desconocido, y el extraño estado, una mezcla de ignorancia con temor, que generan las mujeres en mí.

Es una sentencia: el grueso de la población que estudia psicología actualmente pertenece al género femenino. Los salones de comunicaciones tienen cierta tendencia a las mujeres, pero podríamos hablar de un 60 a 40 en términos de porcentaje. Entonces siempre se puede hallar al compañero más flojo que uno; al grupo de trabajo repleto de hombres, de esos que dejan todo para el último y que no creen en las reuniones en casas; al amigo con el que estallas en cómplices carcajadas burlándote de algo o al que lo escuchas suspirar con más devoción de la que podrías generar (incluso en épocas austeras) por el paso de una chica bonita. Así es más fácil. Y así he superado el primer demonio que mencioné, por tener siempre más edad que la mayoría, hasta hoy, en mi quinto año en la Universidad de Lima.

El primer error en mi etapa como “psicólogo” fue matricularme en un curso de tercer ciclo. De esos que llevan los muchachos aplicados que hasta hace un año eran colegiales. El nombre me sedujo, Psicología de la Comunicación. Vamos, me dije, estudias eso, debes estar preparado. Ahora no sólo estoy algo confundido (no había prestado tanto reparo académico en la comunicación desde el lado subjetivo, por ejemplo) sino que he estado apunto de cometer uno de los pecados más infames de la vida, de esos que sólo imaginaba para las mujeres en sus cuarentas, que es ocultar la edad. En mi primera clase como estudiante de psicología me tocó hacer un trabajo en grupo entre cuatro personas. Felizmente encontré abrigo en una chica a mi costado, que al notar a la gente buscando a sus amistades para la elaboración del equipo sin prestarle atención, me dijo casi suplicando: ¿puedo ser contigo? En unos minutos encontramos a otros dos desamparados. Felizmente (me dije), un hombre y una mujer. Como suele suceder con los trabajos en grupo, si el profesor ofrece 20 minutos se dedica mínimo la mitad del tiempo a las relaciones humanas. Ahí fui notando la diferencia. Debe haber sido una de las primeras veces en mi vida en las que me sentí cuajado. Observé en los rostros de mis nuevos compañeros la tierna luz de la inexperiencia. La pizca de orgullo que florecía en mi anatomía se apagó cuando preguntaron las edades. Dejé mi respuesta para el final anhelando un ingreso repentino y autoritario del profesor pidiendo silencio. No se me hizo el milagro. Trastabillé y por un momento pensé en la posibilidad de decir 23, 24. Hasta 21 por un microsegundo. Cuando sentencié los arcaicos 26 la sorpresa se apoderó del ambiente, y me mandé con un rollo sobre el término de mi carrera y mis planes a futuro en el que me sentí casi peor de mentiroso.

Todo lo desconocido se demora en ser recibido por mí. Lo proceso cuando es inevitable. Y llegar a un salón de clases siendo un extraño siempre me ha parecido un trámite (pese a que en demasiadas oportunidades he sido el nuevo del aula). Mi técnica consiste en arrinconarme en un sector desapercibido y tratar de interpretar el rol del hombre misterioso, ese que no transmite nada fácilmente. La multitud se olvida de mí rápidamente y poco a poco me da espacio para ir socializando. Pero lo que me sucedió en los siguientes cursos psicológicos a los que estoy condenado fue la hecatombe. No había multitud. Éramos once personas de las cuales nueve ¡eran mujeres!

Al momento de la matrícula, ya habiendo hecho un click para seleccionar el curso Psicología de la Comunicación, yo tenía espacio para cuatro créditos. Así que decidí llevar dos cursos de dos cada uno. Me dije, “si valen un par de créditos nomás, la cosa va a ser papaya”. Tamaña equivocación. Psicología de la Familia es un curso tedioso en el que abundan teorías llenas de datos, y llevar Sexualidad Humana en un salón repleto de féminas, y siendo incluso alumno de otra facultad, es todavía más complicado, y me hace quedar a ojos juzgantes de las chicas mínimo como un degenerado. Y seré con el tiempo, qué duda cabe, un fácil blanco de burlas para cada intervención jocosa.

Mi relación con las mujeres siempre ha sido difícil. No sé a qué trauma obedece aquello pero me cuesta socializar con el sexo opuesto. Tampoco soy un eterno “chuncho”, pero jamás doy el primer paso, y necesito llegar a familiarizarme demasiado para mostrarme tal y como soy. En ese instante quiero creer que me gano cierto cariño, pero casi con ninguna mujer a lo largo de mi vida he podido generar una relación más allá de los cortos diálogos, digamos. No soy de los que tiene una mejor amiga, por ejemplo. Incluso en tiempos pasados era el principal defensor de la postura que afirma que es imposible la amistad entre géneros distintos. “Inevitablemente va a aparecer el deseo”, decía. Siempre que he tenido oportunidad de abordar una cierta dosis de complicidad (para no llegar al extremo de decir amistad) con una chica, me he alejado. He depositado nuestra relación en el limbo de las personas a las que se saluda por compromiso y a los momentos incómodos cuando el encuentro es inevitable.

Debe ser por que a muy temprana edad alcancé todo lo que anhelaba en una mujer, y casi saltando de felicidad tuve que ponerle el stop al proceso por mejorar mi tara. Ya no necesitaba una mujer que me de su cariño, que me bese. Que me ame. Y para mí, si eso no venía incluido en el paquete, el regalo no servía. Antes de hallar a mi novia atravesé por esa durísima y excitante etapa que es la búsqueda de pareja, y en el camino tropecé con mi timidez, con la imposibilidad de sacar a bailar a alguien, con el consuelo de anhelar platónicamente a un imposible. De hecho todas, o la gran mayoría (bueno, es un decir, tampoco fueron muchas) de mujeres que alcanzaron mis labios antes de mi novia dieron el primer paso. Un gesto, una sonrisa. Una certeza de que no me rechazaría. Una “mandada” con todas las de la ley. Dios fue bueno conmigo, y en mi primer “desahuevamiento” para el cortejo, me dieron el sí (aunque ella afirme que eso del primer paso no es del todo mérito mío, en fin).

Hoy he comprendido que las relaciones humanas entre géneros van mucho más allá del sexo. Que mi dificultad al confrontar una mujer puede generarme graves consecuencias incluso en términos laborales, y lo que es peor, al menos en mi caso, no tener “amigas” es colocar una barrera difícil al momento de crear personajes femeninos en mis ratos de ficción. Este ciclo la vida me ha puesto una prueba dura en dos de mis cursos psicológicos. Hasta el momento soy un ente silencioso, un lunar de los que avergüenzan en el compacto rostro del salón. Va a ser difícil, lo sé. No creo que ningún hombre tolere estar sentado dos horas en una clase que gira en torno a preguntas escondidas (del estilo “una amiga me contó”) de las chicas sobre los métodos anticonceptivos, por ejemplo. Pero habrá que hacerlo. Habrá que opinar sobre el aparato reproductor y resolver las dudas que tenga el repertorio (incluyendo a la profesora) sobre los genitales masculinos. Habrá que evitar las risas nerviosas cuando aparezcan términos como la eyaculación, o poner cara de “ya lo sabía” cuando se metan con el condón. Habrá que plasmar la experiencia que no poseo.

Mi problema con las mujeres es uno de los tantos temas que podría tratar con mi inminente psicólogo. Es quizás el más identificable, pero abarca o saca a flote a otros, como la timidez, la antisociabilidad (si vale el término). Acaso el pesimismo. De todas maneras pienso que mi experiencia en la facultad de psicología va a ser provechosa. Lo malo es que hay que aprobar los cursos, y si se inmersa en el camino la dificultad extrema, los terminaré odiando. Algo aprenderé. Alguna ventaja sacaré y, ojalá, podré dar a luz un par de cuentos distintos, un personaje femenino entrañable.

Lo que es una sentencia es que mi trabajo conmigo mismo, mis diálogos y dudas unipersonales, no serán resueltos. No hallaré el motivo por el que mis ojos se escabullen de los de alguna gente. No recibiré pautas para que cuando me agobie el mundo mi estómago no me coloque al borde de la clínica ni me haga pensar en la muerte. No podré superar el temor por perder a mis seres queridos, ni a la mala liturgia que son las despedidas en mí. No sabré con exactitud lo que ocurre con mi alma cuando sin razón aparente me pongo triste. No podré descubrir los demonios que llevo ocultos, los traumas de mi niñez, aquel acontecimiento que te marca para siempre. Todo eso lo trabajaré cuando me anime a visitar a un psicólogo. Y en el peor de los casos, asumo, si no hay remedio, tendré que dejarme de vainas y aprender a vivir así.

Quién sabe, tal vez la terapia produzca otro yo. Un Gabriel distinto. Menos atormentado, más seguro de sí mismo. Quizás aprenda a expulsar las palabras que callo y que desquician a mi novia. Quizás obtenga más fe en mis proyectos. Más optimismo para con el futuro. Quizás encuentre en el fondo de mi corazón, virtudes que desconozco. Tal vez adquiera confianza con mi psicólogo y lo quiera, y así podré compartir experiencias con mi hermana y el resto de sus amigas colegas. Quién sabe, tal vez hasta yo pueda hallar a mi mejor amiga.