viernes, 23 de enero de 2009

Con el "Burrito" es robo

De todas las atrocidades que ha publicado la prensa deportiva a lo largo de mi “carrera” como apasionado del fútbol, la de ayer fue la más cruel. Es muy común que cada vez que se abra el mercado de pases en el Perú los diarios suelten noticias sin confirmar cuya única misión es confundir e ilusionar al hincha en vano. Las portadas se llenan con imágenes mal “photoshopeadas” de jugadores con camisetas ajenas, y mínimo una vez al año, se menciona a un crack de talla internacional que está por venir al país. Al “Tigre” Jairo Castillo lo han voceado para todos los equipos grandes incluso en el éxtasis de su carrera. El “Chelo” Delgado es una posibilidad desde que dejó Boca Juniors. Higuita iba a tapar por Alianza. Leo Rodríguez sería el 10 de la “U”. El “Beto” Acosta se iba a pasear por acá porque lo querían todos. Hasta Bebeto apareció de blanquiazul el año del centenario aliancista. La realidad es que los clubes no han podido traer ni a Lujambio ni al “Bichi” Fuertes, y nos hemos conformado con el mellizo malo de los Barros Schelotto, con un “Peque” Benítez destrozado, un Alvarenga desconocido o un Elkin Murillo que parecía su doble. Ayer la “bomba” fue el “Burrito” Ortega. Crack de cracks. Acaso el último ídolo del River Plate argentino.

Lo triste es que parecía verdad. Ariel está jugando los descuentos de su frenética carrera en un equipo de Segunda División en su país. Fue expulsado de River el pasado año por su evidente problema con el alcohol. Y si a eso le sumamos su rostro de pendenciero eterno, es un jugador hecho para Alianza. Fabricado para ese equipo que ha sabido darles porte de ídolos a hombres como el “Loco” Enrique, Palinha o Flavio Maestri, cuando el fútbol los había alejado de las buenas noticias.

He aprendido a no hacer mucho caso a los periódicos si sueltan esas “bombas”. Siempre le pongo el freno a mi viejo cuando, ilusionado, me enseña una portada del Bocón o del Líbero con el posible 10 de Alianza (lo estamos buscando hace tanto viejito). Pero mentiría si afirmo que no me emocioné cuando vi al “Burrito” ayer. Al menos por un momento lo imaginé con la camiseta que más amo en el mundo. Con las medias abajo y los botines sencillos, dribleando a cuanto rival se le ponga al frente y anotando esos golazos de antología con los que me conquistó hace más de diez años. Pero en Matute, y en un clásico encima.

Generalmente cuando un crack aterriza en el Jorge Chávez lo hace de sorpresa. Solano llegó de golpe a la “U”. Ni al más sensacionalista de los redactores se le había ocurrido ese dato. Y recuerdo que cuando Palinha ancló en Cristal, su nombre no fue voceado las semanas previas. Si Ortega hubiese sido una posibilidad tendría que haber aparecido en Matute sin que nadie lo espere. Pero los dirigentes de mi equipo jamás han logrado una de esas faenas. Aún espero a Cabrol por ejemplo, aquel 10 compañero de Jayo en Unión de Santa Fé que en el 2002 se escapó de las oficinas aliancistas. Y aún me duele recordar al presidente Masías anunciando semanas “al jale del año” para presentarnos finalmente al hijo de Cubillas, que jugaba menos que yo.

Con el “Burrito” todo se ha desmentido rápidamente. Fue una fugaz ilusión, de esas que duelen en el alma y cuestan procesar. Al menos me sirvió para evocarlo en mi memoria. Para recordar lo que me emocionaba viéndolo jugar, o cómo me sentía orgulloso cuando adolescente y pelucón, alguna vez me bautizaron como “Orteguita”. Ariel fue un monstruo. Un crack que supo cargar con la responsabilidad de llevar la número 10 de Argentina después de Maradona, y que en un Mundial jugando contra Inglaterra, verdugo eterno del Diego, lo homenajeó haciendo cuatro “huachas” en 45 minutos. Poseedor de una gambeta endiablada y genuina, goleador incluso, capaz de pegarle de igual manera con la derecha y la izquierda, con tiros libres certeros. Además, humano, requisito fundamental para que un mortal se convierta en mi ídolo. En fin, algún día les hablaré a mis hijos de él.

Lo que jugabas “Burrito”. Si las portadas fueran certezas, lo feliz que me hubieras hecho.

jueves, 15 de enero de 2009

Catarsis laboral (Y)

Al IPG, para que encuentren el éxito pronto (y un administrador, de paso)
Algún día de mi zigzagueante adolescencia medité la posibilidad de estudiar Administración de Empresas. Aún no comprendo la regla que indica que a los 15 o 16 años uno debe saber a qué se quiere dedicar durante toda su vida, pero me pidieron una opción, y elegí esa. Un poco por mi padre, que metía presión entre las sombras, como quien no quiere la cosa; y otro poco porque a esa edad lo que uno menos quiere es colocarse cara a cara con el futuro, y se resuelven los aprietos tan sólo para salir del paso. Administración entonces, ese era mi destino. Qué importaba mi escasez de química con los números. Daba igual mi falta de orden. Total, todo se aprende. No recuerdo quién o cómo se me cambió el chip. Pero si hay algo que no he hecho en mi prorrogada etapa de universitario es acercarme a esa carrera. Mis dilemas han viajado por otro lado, acaso por mi inmadurez, acaso por mi vagancia. Nunca dejé las ciencias de la comunicación, sí dejé universidades, pero ni siquiera cuando observaba a mis contemporáneos ir acumulando capital por haber elegido otras ramas, medité la posibilidad de mudarme de profesión.

La vida es ingrata e impredecible. Han pasado muchos años desde que ingresé al mundo universitario, y hoy me encuentro desempeñando una función ajena a todo lo que estudié (o aprendí, para ser más exactos). Me han ganado los almanaques y el dinero ya no es un juego, así que he aceptado colaborar en un negocio de mi padre fungiendo de administrador. Vaya paradoja. Yo que le puse la cruz a los números ni bien obtuve un poquito de criterio, ahora me encuentro realizando sumas y restas con el Excel, contando dinero para los sueldos, ensayando un dulce gesto para que no me odien más de lo necesario cuando no tenga con qué pagar a la gente.

He entrado en un dilema. Le tengo cariño al negocio, y mi padre ha depositado toda su fe en él (sin contar su capital). Ya vengo colaborando ahí desde hace un año, pero con aspectos que tienen que ver con lo mío (básicamente textos, y una que otra labor de “fercho”). Así tenía tiempo para mis proyectos personales. Mi oficina podía permanecer en silencio largas horas, utilizadas para escribir mis cosas, leer buenos libros o para darle movida a mi Blog. Hoy el tiempo se pasa volando. En un abrir y cerrar de ojos me da la hora del almuerzo, y la novela de Paul Auster que empecé a buen ritmo a finales del 2008, se ha quedado estancada, ocupando su lugar muchas facturas, una que otra boleta, ingresos miles a caja por si se me ha escapado un sol de mis cuentas. La noche me recibe agotado, y lo que menos deseo en el mundo es sentarme frente a mi computadora.

Siempre me jacté de ir contra la corriente, de demorar mi ingreso al sobre poblado mundo laboral y todo lo que ello implica (tarjetas de crédito, descuentos por planillas, etc.). Pese a eso, observaba a mi alrededor distintos allegados ya inmersos, y los veía con la billetera gruesa y con proyectos cada vez más serios. Claro, a la hora de averiguar sobre su rutina diaria, la sana envidia que me generaba mi pálido monedero se convertía en lástima. Metidos en la oficina horas y horas. Casi sin ver la luz. Algunos laburando hasta los sábados.

Hoy en día, asumo, mi trabajo no tiene mucha diferencia con el de los oficinistas que surcan ocho horas diarias el camino del estrés. ¿Será que después de una década el destino me está diciendo socarronamente que debí cuidar mis palabras cuando dije que quería estudiar administración? “No la estudiarás, pero ejercerás esa carrera toda tu vida”. Eso es mucho peor. Un maleficio.

Los artistas (con el perdón de los verdaderos, me incluyo en esa lista a veces agonizando en el intento) estamos hechos para otra cosa. En síntesis, el dinero no es lo nuestro. O no debería serlo, en todo caso. Si un pintor trabaja sólo pensando en el precio de su obra, está frito. Si un escritor escribe para publicar, lo mismo. Uno se cohíbe, sufre. Y la línea que separa el éxito del fracaso se torna inabordable. Un administrador de empresas tiene la boleta de su sueldo tatuada en la frente desde que empieza a llevar cursos de su carrera. Ese es el fin, su propósito en la vida. Dicen que los chicos que salen de la Pacífico, a los 35 años deben ser millonarios, o al menos tener resuelta su vida. Tamaña presión. El éxito en los artistas viene en otro empaque. Una sincera felicitación, un elogio. Acaso un hincha.

Llevo poquísimo tiempo realizando tareas administrativas, y sería injusto colocarme en ese pedestal. Lo gracioso es que siempre imaginé a aquellos hombres como inteligentes, con una “chamba” dificilísima que les genere excesivo raciocinio. Sólo puedo decir que mucho más neuronas pierdo intentando darle forma a un texto de una página que en todo un día cuajando cifras. Más difícil se me hace escribir un cuento que andar con el Excel y llamando por teléfono. Pero cada loco con su tema.

Algún día de pensamientos absortos llegué a la conclusión de que los artistas (y en ese rubro incluyo a los publicistas, fotógrafos, cineastas, escritores, etc.) están en este mundo para darles diversión a los hombres que de verdad trabajan. Para que el personaje de oficina se relaje por las noches. Una vida de terno y corbata, de poderosas y efímeras cantidades de dinero, de escaso tiempo para vacacionar, no sería digna sin los artistas. Sin una buena exposición de un talentoso pintor, sin una novela agradable, sin una película en el cine con su canchita y gaseosa grandes, porque a ellos sí les alcanza. Los artistas combaten la monotonía. Alegran la existencia.

Lo lamentable aparece con el dinero. Y en ese rótulo conviene formar parte de la otra vereda. Es probable que un administrador mediocre obtenga un trabajo decente y alcance a vivir dignamente. Un artista mediocre, o promedio, para no hacerle espacio al pesimismo, vivirá entre las sombras, misio como él solo, adentrándose cada vez más a la introspección y relegando su existencia a su obra, desconocida y desterrada de la fama. Por eso es un riesgo no elegir como carrera la Administración o la Economía o la Ingeniería. Ahí, salvo aislados desastres, todo cae por su propio peso. Con las Ciencias de la comunicación no. Por ejemplo, una rama directa de esa profesión, como la prensa escrita, ya sea en periódicos o revistas, suele ser ingrata. Si es que no destacas sobremanera ante el resto, si es que no eres un “crack” de las letras o la fotografía, para llegar a un diario importante se requiere de una mixtura de situaciones. Tal vez una recomendación de un poderoso allegado, una relación de chupamedias con algún profesor de la universidad, una perseverancia inmensa traducida en diversas agachadas de cabeza ante los abusos del poder y el palidísimo sueldo hacia los practicantes. Yo no tengo nada de eso. Y así es muy difícil.

Es muy probable que sea ese el verdadero motivo de mi actual estado. Andando entre la línea del artista y el ciudadano común y corriente. Acaso mi desgracia está en querer trabajar como artista y cobrar como empresario. Hoy la vida me sigue dando lecciones. Un trabajo monótono y vacío, sin emociones. Y aunque mi sueldo espere calientito para poder ir al cine sin que sea martes de dos por uno, no soy feliz.

Yo quiero ser artista. Quiero pasar la vida escribiendo. También quiero tener dinero. Quiero viajar por el mundo. Pero puedo afirmar, sin temor a que el destino me castigue como lo hizo con mi apurada elección hacia la Administración a los 16 años, que si me dan a elegir entre un trabajo de oficina bien remunerado, o un ático con una lap top para escribir mis cosas y vivir de la caridad de mis lectores, me quedo con lo segundo. Claro, uno nunca debe escupir al cielo. No vaya a ser que a la porción snob que poseo le haga un guiño un buen par de zapatillas. Y esas se pagan con Excel, no con Word.

martes, 30 de diciembre de 2008

El año de la conciencia (Y)

A mi madre, para cerrar con broche de oro.
Horas antes de que den las doce de la noche del 25 de diciembre, observé en la sala de la casa de unos tíos donde celebraba la noche buena, que su perra Frida andaba aturdida por causa de los benditos “cohetones”. Siempre los he detestado. Un poco por el fastidio explosivo y otro tanto porque jamás los pude dominar. Nunca he reventado una rata blanca, y de la mítica “sarta” de colores navideños no he pasado. Y eso. Pero esta vez trajeron a mi memoria a mis dos perras, Aika y Sara, que si de por sí eran inquietas y ladraban ante cualquier movimiento, por estas fechas vivían atormentadas. Casi como un soldado en guerra que siente los pasos del enemigo. Recién entonces caí en que ya no las tenía. Que ya no vivían más conmigo, y que sus penetrantes ladridos y sus dolorosas manifestaciones de afecto habían desaparecido de mi mundo. Y no me había dado mucha cuenta.

Eso me sirvió para hacer un repaso, y llegué a la conclusión de que el 2008 ha sido un año particularmente de despedidas, de cambios. Me acosté un enero en una gran casa con jardín, cochera amplia y salones que podía no visitar durante varios días; y amanecí un diciembre compartiendo un edificio, en un departamento exacto y ameno, pero que ha destinado mi sitio, para no alterar su función de familia en comodidad, a un espacio extremadamente reducido, donde he tenido que desparecer mis dos mesas de noche, la vieja cómoda que soportaba todo mi ropaje, y la gran cama de dos plazas que albergó los mejores sueños de mi prolongada adolescencia.

Mi familia varió de vivienda, y la cronología indica que mis días están contados. Pero lo más importante es que dejamos atrás los complementos de lo que fue nuestro mundo durante casi diez años. Sara vive hoy con Anita, la empleada de mi hogar de toda la vida, y Aika, su mamá, se murió ahí también, dos meses después de que “les diéramos de baja” por falta de espacio. Dejamos de frecuentar a un personaje imprescindible en mi hogar, el famosísimo tío Yaya, aquel hombre de casi dos metros de estatura que caminaba encorvado y a paso ligero por la avenida Benavides para llegar a cuidar mi casa todos los días. Y que con cuya entrañable vocezaza regó de carcajadas, sabios consejos y apodos varios las visitas de nuestros amigos. Se fue Niaso de mi hogar, la popular “ia”, con un embarazo a cuestas y una tímida sonrisa que despachará sus últimos ratos de disconformidad en mi memoria. Quedamos sólo cinco. Y tal vez de manera egoísta, nos hemos acomodado sin recurrir a las añoranzas.

Es que así es la vida. Lo he podido comprobar este 2008. Las cosas cambian, el tiempo pasa y no perdona. Cada 31 de diciembre se me hace más intolerable. Me coloca irremediablemente cara a cara con la muerte. Con ese impostergable momento que son las despedidas. Fue un año raro. Me mudé, acudí al trabajo con horarios fijos un tiempo prolongado por primera vez en la vida, me gané una mención honrosa en un concurso de cuentos. Extrañé a mi primo Roca, compinche de mi mundo social mis últimos años. Se me fue Constantino. Anduve mal de salud la mayor parte del tiempo. Terminé en la clínica una vez. Le di la espalda a la universidad y ella no se dio cuenta. Me emborraché, le hice daño a mi cuerpo como nunca antes. Me reí un montón. Lloré más que otros años. Escribí más que otros años. Me leyeron más que nunca. Llegué a pensar que mi depresión no era broma, que se hacía crónica, y hasta medité en la posibilidad de medicarme. No fui al psicólogo. Creé un Blog.

He llegado a pensar que la vida es una carrera inacabable, y que somos como ese maratonista que participa por amor al deporte, sin saber cómo ni cuándo llegará a la meta. Cada paso es más complicado. Cada kilómetro es una agonía. Algunos encuentran la fórmula necesaria para contrarrestarla. Yo estoy en la búsqueda. No entiendo a los que festejan y se abrazan por la llegada del nuevo año. Yo sólo festejaría si mañana a las doce me llevan de regreso al 2008. Y si me dan la certeza de que los que aún me acompañan, se quedarán conmigo.

Adiós 2008. En fútbol: un desastre. Alianza una lágrima, la selección un asco. Lo mejor fue el título de la San Martín, porque se lo robó a la U. Un equipo: Boca Juniors. Un jugador: Juan Román Riquelme. ¿Y lo demás? El libro: Tokio Blues. La película: Paranoid Park. El concierto: Andrés Calamaro. La juerga: concierto de Los Fabulosos Cadillacs, el evento del año. La canción: “Bajan”, de Spinetta como Pescado Rabioso, un gratísimo descubrimiento. Un acontecimiento: el offside de mi conciencia.

Un sincerísimo deseo para todo el que me lea: que su 2009 sea bueno. O al menos superior a mi 2008. Que abunde el amor, la salud nunca nos falte, y que los sueños pisen tierra.
Abrazos.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Los Cadillacs tocando para ti (Y)

(Esta vez) "no me importa poner las letras, sólo me importa mi mujer".
Hace un par de años parecía imposible, pero es la realidad. Están a la vuelta de la esquina. A tan sólo horas de su presentación en el mítico Estadio Nacional. Sí. Los Fabulosos Cadillacs llegan al Perú, y este sábado prometen no parar de sonar, rompiendo ritmo en las rodillas, “y su nombre va a estar encendido en un cartel”. Es imposible ser amante de la música en español y no guardar especial cariño por Los Fabulosos. Una banda contagiante, de buena vibra, y sobre todo, humana, real. Desde su ritmo, con una dosis grande de Ska, otra de reggae, un poco de balada, merengue y hasta salsa, pasando por la particular voz de Vicentico y la amorfa figura de varios de sus músicos, generan empatía, una sensación de pertenencia, como si fuera fácil treparse al escenario y ser un Cadillac.

Pese a ser seguidor de la banda, confieso no ser un fiel fanático. De hecho en el concierto me sorprenderán con varios temas cantados a pulmón abierto por la multitud que seguro no conoceré. Pero mi relación con el grupo de mi tocayo Gabriel Fernández Capello (Vicentico) lleva escondida una etapa fundamental en mi vida. Es, sin temor a equivocarme, el único repertorio musical que comparto con mi pareja. Ella podrá aborrecer a veces a Calamaro y yo haber ganado un poco la batalla por alejarla de los grupos en inglés que seguramente le hacían evocar viejos amores, pero basta que aparezca la murga de Los Fabulosos para que compartamos el momento, desafinemos a la par, y movamos los cuerpos instintivamente. Cuando se enteró de que venían a Lima me dijo: voy a ir de todas maneras. Luego de que esbocé una tacañería para acudir al sector más barato del estadio, arremetió: ahí irás tú solito. Después llegamos a un consenso: mi regalo de Navidad será la entrada a “Fabulosos”, señalada como, descontando los sitios VIPS, la mejor tribuna del concierto.

Antes de que Flora llegase a mi vida los Cadillacs ya sonaban en mi entorno. Pero fuera de que “Matador” se impregne en mi mente sobre todo porque así le cantaban a un delantero chileno del River Plate que yo idolatraba pese a problemas de frontera, y que “Vasos Vacíos” haya sido la banda sonora de mi viaje de promoción, no tenía mayor conocimiento. “Mal bicho” no me convencía, y hasta tenía dudas sobre si la mágica “Yo no me sentaría en tu mesa” era de ellos. Recuerdo que mis primeros acercamientos a Flora coincidieron con el posicionamiento del extraordinario disco doble en vivo de los Cadillacs llamado “Hola y Chau”, que marcaba la despedida de la banda. Y cómo días después de darle el primer beso una lejana madrugada en San Bartolo, observé por televisión un extracto de ese concierto que cambiaría mi vida para siempre: la canción “Carnaval toda la vida”.

Carnaval, como la gran mayoría de temas de Los Fabulosos, se presta a distintas interpretaciones. Pero a mí me sabía a Flora. Era yo un adolescente inexperto en el amor, que se creía incapaz de abordar a una mujer más allá de una noche, y repleto de dudas existenciales. Pero mi noche con ella había sido la mejor de mi vida. Y Vicentico me decía así: “Por qué será que todos guardan algo, cosas tan duras que nadie quiere decir… Por qué será que me gusta la noche… Carnaval toda la vida, y una noche junto a vos…”

La vida quiso que esa noche se multiplique, y al ritmo de los Cadillacs encima, es decir, de la manera más humana posible. Entonces los problemas de primerizo romance pasional se arreglaban dedicándole al futuro “Vos sabés”; y cuando el diablito era más fuerte que la calavera podía pedir perdón en silencio con “Siguiendo la luna”, y esa bendita estrofa que dice: “Vamos mi cariño que todo está bien, esta noche cambiaré, te juro que cambiaré”. Cuando me las daba de dramático no podía faltar “Basta de llamarme así”; y si me hacía sufrir, me amparaba borracho en “está lloviendo pero yo no me voy a mojar, mis amigos me cubren cuando voy a llorar”.

Así la fui conquistando, como un Cadillac de alma, de esos panzones, cheleros y hasta cocainómanos, que dicen lisuras en el escenario y que invitan al público a que se caguen “en los políticos de mierda”, con odas a los revolucionarios como Víctor Jara. Como un fabuloso que desafina y se emborracha, y al que los padres catalogan como “no confiable”, pero son auténticos y bonachones, porque “esa noche, esa noche, yo te amé…”

Florita entendió que los príncipes de hadas no existen, y se animó a abordar mi camino “siguiendo la luna y su huella invisible”, y yo la contemplé hasta con temor (“no es que tu mirada me sea imposible, tan solo es la forma como caminas”). Y por vez primera dejé de ser el número dos en la lista. Por eso el concierto del sábado es especial. Lo pasaré saltando festejando que no voy a “morir sin antes haber amado”, al lado de mi más querida Fabulosa, y con la promesa silenciosa de luchar para que nuestro tiempo para ella nunca deje de ser un carnaval. Carnaval toda la vida.

martes, 18 de noviembre de 2008

Simulacro (F)

Este cuento no tiene ninguna dedicatoria en especial. Como siempre que escribo largo, lo dedicaré a todo el que se de el trabajo de leerme hasta el final.
Habían pasado unas semanas desde la última réplica, pero Camila aún no podía dormir en paz. Su cuarto, separado apenas por un pequeño baño del de sus padres, no volvería a tener la puerta cerrada, y la distancia se le tornaba eterna cada vez que su memoria la retrocedía a la noche más espeluznante en sus siete años de existencia. Y volvían el miedo, la angustia, la claustrofobia; la voz de su madre diciéndole “ya vuelvo, no demoro”; los alaridos de Vicky, la empleada del hogar, al borde del desmayo; la ventana del balcón estallando. La hora y media que insistió marcando los números celulares de sus padres hasta que aparecieron, casi en simultáneo, desde rumbos distintos.

Roberto y Luciana tuvieron a Camila tres años después de su casamiento. De los veintiocho no paso, le había advertido Luciana, y Roberto, aceptado como si las fechas no le importasen, pero sabiendo que treinta y dos era un buen número para convertirse en padre, y para dejar por fin, de jugar a la adolescencia. No deseaban un hermano para Camila, y eso había engendrado una dulce niña, hermosa. Pero engreída como pocas y en ocasiones, asustadiza. El día del terremoto la pareja tuvo una fuerte discusión. Olvidarían rápidamente lo que desencadenó la batalla pero ambos intuían de qué lado se producían las balas. Lo último que recordaba Luciana antes de que la tierra jugase al fin del mundo en gran parte del Perú, era su insistencia para ubicar a Roberto mediante el teléfono, y la manera en que aborreció la casilla de voz. Al llegar al hogar, ambos abrazaron un largo rato a su hija, que no cesaba en llanto. Luego se miraron casi con ternura, con complicidad afectiva. Esa noche la pasaron los tres en la habitación de Camila haciendo caso omiso a las noticias. Habían vuelto, al menos en apariencia, a ser una familia.

Luciana no volvió a saber nada de Laura, una antigua amistad, hasta cinco días después del terremoto. En ocasiones, cuando el pesimismo se apoderaba de sus pensamientos, imaginaba cómo sería su reacción, cómo se enteraría, con quién lo haría incluso. No intuyó jamás que sería Laura la intermediaria entre la aparente calma de su mundo y la tormenta de la realidad. No imaginó que una amiga a la que había aceptado casi a imposiciones por gente común, y por la que tenía escondida antipatía, la citaría en un café para comentarle con fechas y datos concretos que su marido la estaba engañando.

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“Mi mami ha estado llorando”, le dijo dos días antes del terremoto Camila a Roberto. Y ese fue el primer indicio de una inminente hecatombe para él. Había llevado hasta el momento con cuidado la relación. Citas en hoteles clandestinos, en cafés pocos concurridos por la gente de su entorno. Llamadas siempre desde el número de la oficina, regalos de cierto lujo cada vez que Claudia dibujaba entre líneas el “hasta cuándo”. Luciana no era ninguna tonta, pero Roberto sabía que la credibilidad y la confianza eran adjetivos profundos en su relación, y que su larguísimo camino como hombre fiel le permitía ciertos privilegios. Llevaba casi nueve meses saliendo con Claudia, una bella mujer que no llegaba a los veinticinco años. Roberto no supo qué decir ante las palabras de su hija. Esbozó un ya se le pasará, o quizás un la llamaré para preguntarle qué tuvo.

Desde la cita con Laura, Luciana no sabía cómo afrontar sus días en el hogar. La rabia y el odio cambiaban sus fichas por una gran incertidumbre. Conocía amigas que habían pasado por lo mismo, y el epílogo en esas situaciones era siempre el divorcio. No tenía ningún ejemplo sobre una mejora en sus vidas. Al contrario, mucho psicoanálisis, uno que otro viaje ineficaz, pérdida del estatus social. Recordaba claramente cómo le sirvió de escudo a su prima Mariela cuando Raúl, su esposo, la abandonó por su secretaria, y se le habían quedado casi tatuadas en la memoria unas palabras que reaparecían en sus pensamientos: no sabes cómo me duele que otra persona, una extraña, sea la que decida a partir de ahora mi futuro, el futuro de mi familia.

Y así sería. Roberto se iría con su amante, y dejaría en el hogar que moldearon juntos tanto física como espiritualmente durante una década, el crecimiento de su hija, acaso la condena hacia la imposibilidad de un alejamiento, y el imán que los llevaría a envejecer juntos pero separados.

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Atando cabos Roberto llegó a la conclusión de que su esposa llevaba más tiempo procesando la noticia. Que el llanto era una secuela de algo duradero. Las últimas semanas las habían surcado con poco sexo, algo fuera de lo común en su relación, y las cotidianas riñas venían cargadas de frases que fuera de ser impulsivas, parecían premeditadas en Luciana. Por otro lado, él había dejado pasar mucho tiempo las preguntas. ¿Aún la amo? ¿Me estoy enamorando de Claudia?

La relación con Luciana se enfrió desde el nacimiento de Camila. Como suele pasar con las buenas personas, la hija era lo más importante. Acaso lo único importante. Y le habían dedicado su vida. Literalmente. Cada vez que tenían una conversación fluida, era por ella, y las veces que homenajeaban su amor con la felicidad de aliada, era para celebrar un destello de su mágica existencia. Una buena libreta, una impecable presentación en una clausura, el hecho de que había sido sin dudas la más linda de un santo infantil.

Pese a ello Roberto jamás contempló la posibilidad del adulterio. Fue en una fiesta de fin de año de la empresa en la que trabajaba con éxito desde siempre, cuando conoció a Claudia. Daniel, un colega suyo, lo había casi obligado a bailar con ella, que venía con el cartel de ser amiga de algunas de las chicas de ventas. Esa noche se desbordó de placer al sentir tan cerca una imagen así. Claudia podía pasar como esas mujeres a las que Roberto volteaba a mirar suspirando para sí mismo la imposibilidad de alcanzarla. Y conforme corrían los tragos y el whisky se apoderaba de su entrepierna, imaginaba esos pechos, apenas protegidos por un atrevido escote negro, cerca de sus labios. Claudia olía delicioso. Un aroma indescifrable. Un aroma que no era de Luciana, ni de su rutina, ni de sus músculos adentrándose cada vez más al mar de los cuarentas.

Un par de años antes, Luciana había decidido, o se había resignado, a una relación para toda la vida. Era de las personas que no creían en los para siempre, y dejaba una luz de duda a todo lo que se le tornaba positivo. Pero observándose al espejo de la vida notó que el tren se le estaba pasando. Que no sería jamás la sensual mujer que conquistó a Roberto y por la que se tuvo que comer incontables escenas de celos. En silencio, Luciana opinaba como la mayoría, “es una mujer mucho más guapa que su marido”, y eso le había permitido algunas licencias en la flor de su relación, cuando enamorados. Roberto siempre babeó por ella. Y Luciana lo aceptó un poco por su inteligencia y su nivel económico, y otro tanto porque era tiernísimo con ella.

Había una evidencia esta vez. Ya jamás podría olvidar a Roberto. Jamás superaría su partida. Jamás aparecería el hombre que babee por ella ni el tierno. Tampoco el millonario capaz de comprarla al menos materialmente, alejando de su cerebro el proscrito dilema de volver a trabajar. Las cosas cambiarían, pero qué más daba, no estaba dispuesta a mostrarse ante el mundo, de la noche a la mañana, como una “cornuda” más.

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Camila andaba preocupada. Le habían dicho en su colegio que habría un simulacro para saber qué hacer y cómo reaccionar ante un posible terremoto. Le dijeron que al día siguiente, a las once de la mañana, se detendrían las clases y todos deberían actuar como si la tierra estuviese sacudiendo sus certezas. No dejaba de pensar en ello, quería tener a sus padres cerca. O al menos que le permitan llevar un celular para marcar sus números desde antes, porque así sí entraría la llamada. “¿Va a haber otro terremoto mami? ¿Cómo es eso del simulacro?”. Luciana le había explicado con la cabeza en otro sitio lo que ocurriría, pero Camila no quería saber nada con terremotos ni temblores ni réplicas. Que se vayan con su simulacro a otra parte.

Luciana tampoco quería más remesones, y decidió enfrentar a su marido. Ese mismo día, cual detective cumplidor con creces de una misión, Laura le mencionó por teléfono que estaba completamente segura. “Se llama Claudia, es una conocida de las hermanas Gutiérrez. El hijo de Marisol trabaja en un casino cerca de un hotel en Angamos, y los ha visto salir varias veces de allí”. No había marcha atrás. Por fin la villana tenía nombre. A partir de eso sería más fácil martirizarse el cerebro averiguando hasta sus notas en la primaria. El blanco en el que depositaría sus nocivos y malintencionados dardos tendría ya una foto.

Desde el terremoto, Roberto había vuelto a ser el esposo preocupado y afectuoso. Algunas tareas reservadas para Luciana, como levantar cada mañana con cariño a Camila o llegar de vez en cuando a la casa con algún postre, las había tomado él. Por primera vez en la vida, el trabajo había dejado de ser lo más importante. La culpabilidad lo abstraía de sus obligaciones. La última noche que pasó con Claudia le dejó un sabor agridulce. Nunca más, llegó a pensar en algún momento. Pero, ¿cómo terminar con el asunto? Nueve meses es una eternidad cuando se esconde el corazón, y las palabras a veces son arpías. Te amo, le llegó a decir a su amante alguna vez.

Como siempre, Camila volvía a apoderarse de su mundo. Era una mala época para noticias de alejamientos. La niña no había vuelto a ser la misma desde el terremoto, y a partir de ello, la toma de decisiones era para Roberto un poema al “stand bye”. Lo que sentía por Luciana no había variado desde la aparición de Claudia, y eso le generaba la sensación de eternidad para su actual estado. Tal vez era el descaro, o los vientos helados de la rutina, pero podía mirar a los ojos a su esposa. Podía bromear con ella de vez en cuando. Y con regular frecuencia, penetrarla por las noches de la manera en que ella más lo disfrutaba.

Una llamada telefónica de Luciana trajo consigo lo evidente. Su voz sonaba áspera e irreverente. ¿Cómo se había enterado? ¿Qué detalle había dejado olvidado? “Necesitamos hablar”, le dijo su esposa. Y Roberto contestó como el que se sabe derrotado, sin pedir adelantos ni insinuaciones. Dejó para otro momento la llamada a Claudia y trató de ensayar su repertorio culposo ante Luciana. ¿Qué decirle? ¿Negar todo? ¿Voltearle la torta? “Cómo puedes desconfiar de mí”. ¿Y Claudia? ¿Aceptaría tan fácil la cosa? “Ya no nos podemos ver más”. Hasta se imaginaba en una película estilo Woody Allen en la que el marido arrepentido decide regresar con su mujer y tiene que lidiar con la obsesión y el chantaje de su amante. “La creo capaz”. Además, no iba a ser tan fácil deshacerse de ella, lo tenía agarrado desde la parte más frágil y menos pensante del hombre. Roberto no llegó a una clara conclusión.

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Luciana se armó de valor y lo esperó en la entrada del hogar. Tenía preparadas de antemano sus palabras. Empezaría probándolo, “¿quién es Claudia? ¿Por qué te ha llamado a la casa? ¿Cómo conoce el número?”. Si notaba cinismo, alzaría un poco la voz, “no te hagas el idiota. Ya sé que te encamas con ella en un hotel en Angamos”. Luego, lo sabía, aparecerían las lágrimas y su voz se resquebrajaría hasta matarlo de la pena, para luego sentenciar: “Quiero el divorcio Roberto. Es lo mejor”. Sus palabras finales tendrían a Camila como protagonista. “Sólo los fines de semana y sin esa perra”.

Roberto, por su diálogo interpersonal, demoró un poco más de lo debido. Y tal vez para alargar la agonía, se apareció con una pizza. Eso desconcertó un momento a Luciana. Camila lo sintió llegar y salió de su cama. “¡Qué rico! ¿Puedo?”, dijo contenta. “Sólo un pedazo porque sino no puedes dormir”, dijo Luciana. “Lo que diga tu mami”, sentenció Roberto. Ya sentados en la mesa y luego de traer los platos, vasos y cubiertos respectivos, la intranquilidad se apoderó de la mujer. Quería expulsar su mierda de una vez por todas. “A dormir Camila”. “Yo la acuesto”, dijo Roberto, y Luciana lo interceptó con seriedad: no, tengo que hablar contigo.

Antes de darle rienda suelta al discurso, una sensación extraña se apoderó de Luciana. Sintió un ligero mareo y sus extremidades empezaron a actuar sin su permiso. Eran los nervios, la rabia, la tristeza. Su mente había estado todo este tiempo preocupada en confirmar una verdad explícita, y su cuerpo recién empezaba a procesar aquello. Ahora tenía enfrente a Roberto, era el mismo pero distinto. El que la conquistó años atrás con una ternura mágica, tan desemejante de la de sus ex hombres, ahora cargaba vacío en sus ojos, ese aura alejado de los prescindibles. Lo observó fijamente y sin saber cómo, sus labios empezaron a actuar: “Estoy embarazada”.

Roberto reaccionó con inusitada alegría. Había escondido los nervios muy bien, pero aquello fue un desahogo. Le acarició la barriga y hasta dio la impresión de acandilar el rostro. “Lo estaba esperando tanto”, le dijo al oído. “Qué buena noticia”. Se abrazaron largo rato y volvieron a besarse como en mucho tiempo. Luego Camila llamó desde su habitación a Roberto. “La duermo al toque mi amor, voy pronto al cuarto”.

“Papi, ¿Qué es un simulacro?”. “Ah hijita, es para saber cómo reaccionar ante un terremoto”. “Pero, ¿va a haber otro terremoto mañana?”. “No hija, un simulacro es un terremoto de mentira. No va a haber un terremoto nunca más”. “¿Me lo prometes?”. “Te lo prometo”, dijo Roberto, y le dio un gran beso a su hija. Se quedó con ella unos segundos acariciándole el cabello. Un alivio profundo acaparó su mente para luego volver a Claudia, y a sus senos, y a su forma de tocarlo, y al aroma de su lengua y de su sexo. Estaba listo para hacerle el amor a su mujer. Para embarazarla incluso. Le dio un último beso a su hija en la frente, y después de muchas lunas, le cerró la puerta.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Semilla amarilla (F)

A los flojos. Para que me lean.
Me arrancaría un instante la mentira, alejaría la soledad. Tus ojos de plata, al girar, han alumbrado el farol, en mi sombra, en mi ropa, en mi río interior. Pequeña fruta prohibida, el enigma, la curiosidad, el egoísmo, derrotan mis convicciones, generan mi huida, y te quiero alcanzar; de tanto seguirlo tu aroma es esencial, de tanto soñarlo, tu sabor me es familiar. ¿Bastará con fingir? ¿Hasta cuándo puede uno actuar? Semillita amarilla, de voz lejana e impía sonrisa. Por ti tampoco podré cambiar.

martes, 4 de noviembre de 2008

D10S es mi DT (Y)

Pese a quien le pese, este texto está dedicado a todos los Maradonianos del mundo. ¿Y los demás? Que aguanten...
En el más recóndito rincón de mi ego, habita un argentino. Lo digo con convicción, huachafería y algo de arrogancia. Todo el que me conoce sabe que, pese a mi manera de ser, tan disímil de la del “che” estándar, soy un confeso seguidor de la cultura albiceleste. Me enamoré de Argentina desde que un lejano día de comienzos de los noventa mi viejo trajo a mi hogar una edición de “El Gráfico”, y a partir de entonces empezó un idilio que incluye mi fanatismo por distintas telenovelas y series argentinas (incluyendo Cebollitas, y sin llegar a Chiquititas); la devoción por las mujeres de ese país, comprobada primero en televisión y luego en vivo y en directo; mi entrada en semana de estreno cada vez que el cine comercial limeño nos trae una película de esas que a menudo protagoniza Ricardo Darín; y por supuesto, mi admiración hacia su fútbol. Hoy en día que Alianza es una lágrima soy mucho más seguidor del Apertura argentino que de nuestro pobre pero siempre querido balompié. Y eso ya es mucho. Soy hincha de Boca Juniors, fan de Juan Román Riquelme, y adicto al programa que conducen el “Pollo” Vignolo y Gustavo López llamado “90 minutos de fútbol”.

Si hay algún personaje que destaca dentro de todo lo que envuelve Argentina en mí, es Diego Armando Maradona. Al Diez lo voy a defender siempre. Hasta cuando me quede sin fundamentos. Es el hombre que mejor ha hecho en la historia de la humanidad lo que más me gusta hacer, que es jugar al fútbol. Y encima se ha dedicado, con subidas y bajadas, con goles y con dopings, de engrandecer al deporte rey, de darle aires de cultura, brillos de la más empática humanidad incluso después de haber sido Dios. Mientras escribo estas líneas está siendo presentado como el nuevo seleccionador del equipo argentino, suplantando al “Coco” Basile y generando todo tipo de controversias en su país y en el mundo. Y todos se preguntan, ¿lo logrará?

Yo soy de los que opino que para ser un entrenador de una selección importante hoy en día, más que tácticas y estrategias, se necesita de un adecuado manejo de grupo y de mucho tino para elegir a los once titulares. Si a cualquier mortal fanático del fútbol le dan la selección argentina para un solo partido, contra, por ejemplo, Rusia, lo gana. ¿Qué tan mal lo puede hacer Maradona? Es muy distinto ser DT de Mandiyú o de Racing (los ex equipos del Diego en su faceta de exfutbolista) que aceptar una escuadra que puede darse el lujo de prescindir de Rodrigo Palacio, Pablo Aimar o Walter Samuel, porque antes están Messi, Agüero o Demichelis. (¿Cuánto daríamos en el Perú por Samuel, Palacio y Aimar? Y acá nos quedamos callados cuando el silbato del entrenador se lo dan al “Chemo”, que a diferencia de Maradona, quien por su país se peleó hasta con la FIFA, y se puso la camiseta aún con los tobillos destrozados, alguna vez renunció a jugar por Perú).

A cualquier otro entrenador argentino lo peor que le puede suceder es quedar eliminado en primera ronda del Mundial (como sucedió con Bielsa en el 2002). Porque las Eliminatorias, pese a la coyuntura actual que los deposita por primera vez fuera del primer lugar, las van a superar con Maradona, Basile o hasta con “Chemo”. Y después la vida continúa. Pero Maradona es Maradona, no es una persona cualquiera, como diría Calamaro. Y no sabe de equilibrios. Así lo demuestra su apoteósica y a veces incomprensible carrera. En mi opinión los fanáticos del fútbol debemos esperar dos posibilidades: o el desastre, traducido en que se pelee con los jugadores o con Bilardo, o que hable incoherencias de Grondona a la primera derrota, o que falte a los entrenamientos y termine vilipendiado e insultado por sus desmemoriados hinchas; o la gloria, que en la filosofía del Diego no es otra que ser campeón del mundo.

Lo que ocurre con Diego, y tal vez es lo único que le juega en contra, lo grafica un periodista de El Comercio en el epílogo de su nota, y dice algo así: “Ahora Maradona no podrá hacer la mano de Dios. Todo el mundo lo estará mirando”. Y es verdad. El protagonismo que perdió Diego el día que se retiró del fútbol lo va a recobrar ahora, y eso significa un peso casi insostenible, que lo supo llevar algún día al infierno mismo. Si en el 94 los gringos se dieron cuenta de que estaban organizando un Mundial fue porque Maradona llevaba la 10 de Argentina. Ya me imagino la cobertura mediática que generará su selección en Sudáfrica 2010. Los flashes recaerán en el petizo que dejará la armadura celeste y blanca que nos hizo emocionar en más de una ocasión, y que a cambio lucirá un terno impecable y unas ganas locas de saltar a la cancha a meter un gol. Eso tal vez aísle la responsabilidad en los Riquelme, Messi o Tévez actuales, quienes al igual que los Caniggia, Batistuta, Ortega y Simeone de antaño, no han sabido cómo convivir con ella.

Pues ha llegado el culpable de esa responsabilidad tan fuerte, de esa condena de los días “DD” (Después de Diego) en el fútbol argentino. Ha llegado en un momento complicado a poner el pecho. A decirle al mundo que está de regreso a un lugar que no fue el mismo desde que partió, allá por el año 94 y luego de un brillante partido contra Nigeria. Ha vuelto para lucir esa corona que para el argentino que respira entusiasmado en un recóndito rincón de mi ego, pase lo que pase, no dejará jamás.